LEETEUK

Otra vez la pesadilla

La misma pesadilla me despertó de nuevo. Estaba sudando, la cabeza me estallaba y esas estúpidas luces brillaban dentro de mis ojos. Los apreté con los puños cerrados y solo conseguí que se hicieran más intensas. El doctor había dicho incontables veces que debía tratarme para migraña, pero ¿qué iba a saber el de lo que realmente me pasaba?

El niño de mis sueños lloraba incansablemente y no importaba lo que yo hiciera, jamás lo hacía callar. A su alrededor todo caía a pedazos, no importaba dónde estuviéramos, ya fuera Seúl, un bosque de China o Central Park, en Nueva York; todo se oscurecía y se derrumbaba. Escuchaba silbidos a lo lejos, truenos ¿o balazos? Y ¿qué iba yo a saber? El estrés post traumático de haber estado en la milicia era más de lo que podía soportar y admitir. Nadie lo sabía, a nadie se lo había confiado.

Suspiré y abrí lentamente los ojos. Mi respiración ya se sentía más pausada y el dolor comenzaba a irse. A mi lado, David roncaba, como siempre. ¿Qué podía esperar de él? Su frase favorita era "Relájate Leeteuk, no conseguirás nada si sigues estresado". Quizá debía decirle lo que realmente me pasaba, y juro que había estado a punto de hacerlo en varias ocasiones, pero... algo me detenía. Seguramente se burlaría de mí y me diría que una terapia me vendría bien.

No hay terapia que cure esto.

Me levanté de la cama y fui hacia la ventana. ¿Saben que Nueva York nunca duerme? Quizá por eso escogí venir aquí. Desde el ejército no he podido dormir bien una sola noche, así que no importa la hora, siempre hay algo abierto, un bar repleto de gente o al menos una tienda de conveniencia donde comprar licor y volver a casa para beber hasta perder la conciencia.

Así conocí a David. Entré a una de esas tiendas y fui directo a los refrigeradores donde guardaban las cervezas. Quería uno o dos six packs, sólo para pasar el rato, pero un muchacho alto y rubio estaba estorbando la entrada, sin poder decidirse.

–Oye –le dije bastante molesto–, ¿vas a comprar algo o me dejas pasar?

Él sólo volteo y torció la boca. No dijo nada, y no tenía que hacerlo, pues el flechazo fue instantáneo. Se hizo dos pasos hacia atrás y me dejó sacar la cerveza, sentía su mirada clavada en mi espalda, un poco más abajo, de hecho. Cuando tuve mi mercancía, y disimulando lo mejor que pude, caminé hasta la caja, pagué y salí de la tienda sin siquiera intentar ver dónde estaba aquel rubio que me había dejado tan descolocado. No lo vi hasta que estábamos en el estacionamiento y yo abría la puerta de mi Bentley Continental azul metálico.

–¿Te vas a tomar eso tú sólo? –preguntó con burla, mirándome de arriba abajo, haciéndome sentir unos escalofríos que no había sentido antes, ni con una mujer.

Como única respuesta me encogí de hombros y entré en el carro, al momento de querer cerrar la puerta, él la detuvo y negó con la cabeza.

–Es buena cerveza, tienes buen gusto –su voz era grave, clara y extremadamente sensual.

–Eso me han dicho –respondí y quise cerrar la puerta de nuevo, pero el resultado fue el mismo–. ¿No me vas a dejar ir?

–Me parece que no.

Cuando llegamos a mi casa olvidamos todo acerca de las cervezas. Apenas pude cerrar la puerta detrás de nosotros. Mi habitación nos quedaba muy lejos, así que la sala fue el lugar. Ahí amanecimos, desnudos, abrazados y satisfechos. Y David no se fue jamás.

–¿Estas bien Lee? –su voz me hizo saltar–. ¿Otra vez las pesadillas?

Me encogí de hombros y regresé a la cama, sentándome a su lado, no hizo por acercarse y yo tampoco lo hubiera permitido, sabía que cuando yo estaba así era mejor dejarme solo.

–Necesitas descansar, Lee –me dijo con tono condescendiente. Odiaba que me dijera así. Sólo mi padre me había dicho así–. Vámonos de vacaciones. A donde quieras, tú escoge, el tiempo que quieras.

–No puedo David, y no me digas Lee, sabes que lo odio. Tengo el musical y mañana son las audiciones.

–Eres el productor, Leeteuk –el énfasis que puso en mi nombre completo fue peor que la contracción–, puedes comenzar las audiciones cuando quieras.

–Eso no es profesional y lo sabes. Ya se envió el anuncio y hemos recibido bastantes aplicaciones, no puedo cancelar. Además, he invertido mucho dinero en esta producción, ¿con qué nos vamos a ir de vacaciones?

En los años que llevábamos juntos, David no había podido mantener un trabajo estable por más de dos o tres meses. Y los que conseguía eran de mesero o valet parking, y no desprecio estos trabajos, pues son honestos, pero este hombre hacía de estos oficios algo vergonzoso.

–Como quieras –terminó por decir, como siempre que salía el tema del dinero, y se acostó, dándome la espalda–, yo solo quiero que te relajes y seas feliz.

Lo siguiente que escuché fueron sus ronquidos. Me levanté y fui a la cocina, saqué una botella de vino del refrigerador y, sentado en el enorme sillón que tenía frente a la enorme pantalla que siempre dejaba en silencio, me terminé el contenido bebiendo directamente de la botella.

Cuando me desperté estaba cubierto con una manta. Esos detalles me mataban. Varias veces había intentado terminar la relación con David, pero luego él salía con cosas así y yo pensaba que no estaba tan mal. Al final de cuentas, ¿con quién iría yo? Era mejor estar con él que solo. Odiaba estar solo, lo había estado toda mi infancia, yendo de un país a otro, huyendo sin saber por qué. Suspiré y me levanté. Me dolía todo el cuerpo y la cabeza seguía estallándome.

Arrastré los pies hasta el baño y me metí en la regadera. El chorro de agua fría me regresó a mis sentidos y dejé que corriera libremente por mi espalda. Los brazos de David me rodearon el pecho y me atrajo hacia él. Sentí su piel caliente en contraste con el agua fría, sus labios fueron dejando un camino de besos desde mi cuello hasta el hombro.

–Es en serio, Leeteuk –dijo con sus labios en mi piel–, no me gusta verte así. Tienes demasiado trabajo, no hemos tomado vacaciones desde hace meses, años. ¿Cuándo fue la última vez? Fuimos a Dubai, ¿te acuerdas? La pasamos muy bien.

¿Cómo no iba a recordar Dubai si mi cuenta bancaria quedó casi en ceros al regresar? No dije nada, sólo apreté los puños contra la pared de la regadera y me separé de él.

–Tengo que irme, David –le dije, volteándome hacia él–, tengo junta con los promotores. Mañana recibimos a los bailarines y al menos debo saber qué voy a ofrecerles.

David resopló, pero sin decir nada salió de la regadera, dejándome solo y con un enorme hueco en el estómago.

Cuando entré a la cocina, dispuesto a sólo tomar café e irme, había un enorme desayuno nutritivo en el lugar donde siempre me sentaba: había omelette, fruta picada, jugo de naranja, café y pan tostado con mantequilla. El desgraciado sabía exactamente cómo hacerme sentir mal justo antes de salir. Lo miré y él me dedicó esa sonrisa torcida que me había enamorado perdidamente en aquella tienda. Me senté pesadamente en el banco alto y comencé a comer la fruta picada.

–No podré terminarme todo, lo siento –le dije mientras masticaba el segundo pedazo de fruta y alejaba el plato para tomar el del omelette.

–No importa –respondió casualmente, sentándose frente a mí–, con que comas algo es suficiente. Tienes un día pesado y necesitas alimentarte bien. ¿Quieres que te lleve algo para el almuerzo?

–No… –dudé, sabía que lo estaba hiriendo, pero no me importó–. Seguramente no comeremos temprano y cuando lo hagamos iremos todos juntos o pediremos algo para seguir trabajando.

–De acuerdo –respondió, y bajó la vista. Yo suspiré, derrotado.

–Escucha David –dejé el tenedor sobre el omelette a medio comer–, no son mis mejores días. Sabes cómo me pongo cuando tengo una producción en puerta. Las pesadillas, el estrés, el dinero… No quiero que esto nos haga pelear, ¿de acuerdo?

–Entiendo, pero… te extraño terriblemente cuando tienes estos proyectos. Llegas tarde la mayoría de las noches, te vas temprano, no hay fines de semana.

Me levanté del banco y fui junto a él, le sonreí y tomé su rostro entre mis manos, acercándolo hacia mí. En cuanto mis labios tocaron los suyos una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo y maldije en mi mente. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes, en la regadera o anoche, cuando me desperté sudoroso? David correspondió el beso y me atrajo hacia él, sus manos en mi cintura. Sentí su cuerpo tan cerca que suspiré sin querer. Terminamos el beso, pero no nos separamos, nos quedamos abrazados por unos buenos minutos.

–Te amo, Leeteuk, lo sabes –susurró contra mi cabello.

–También te amo, David.

–Vete o se te hará tarde –se separó de mí y me sonrió–. Yo recojo.

Puse el GPS para encontrar el camino más rápido a la oficina, odiaba el tráfico de Nueva York y sentía que ya había perdido bastante tiempo. Llamé a mi asistente desde el auto y me dijo que los promotores llegarían retrasados exactamente por el mismo motivo. Eso no me relajó en lo absoluto, pero al menos me daba unos segundos de respiro. Para mí, un coreano que sólo vivió en Corea del Sur sus primeros cuatro años, la puntualidad significaba llegar quince minutos antes de la cita.

Entré a mi oficina y los documentos estaban listos: la lista de los participantes era de unos treinta, sus fotografías y los detalles de su experiencia laboral estaban impresos a color y organizados en folders con los respectivos nombres. Abrí varios al azar sólo para ver las fotografías. La experiencia es importante en este negocio, saber en qué obras, musicales o dramas habían participado ayudaba, pero yo había aprendido a ver otras cosas en los rostros impresos. La sonrisa, la mirada, la forma de colocar la barbilla me decía mucho más de lo que la experiencia indicaba.

Uno en particular me llamó la atención. Sólo había un nombre en el folder y ese nombre no era estadounidense: Siwon. Abrí el folder y su foto captó toda mi atención. Tez morena clara, ojos cafés, una media sonrisa que marcaba los hoyuelos en sus mejillas. De inmediato supe exactamente qué hacer con él.