Disclaimer: Los personajes de Sakura Card Captor pertenecen a CLAMP.

Para Suzu, la mejor amiga que puede existir.


Caramel

Capítulo uno

- Ese jodido rock alternativo -


(Sakura)

—¡Kinomoto!, deja de ponerle tanta azúcar, ¡es un pastel para diabéticos! —casi sentí que se me salía el corazón al ver a mi profesor de repostería avanzada, con los ojos a punto de salirse de sus orbitas y la cara más roja que las manzanas premium de la canasta de las frutas. Su cabeza calva estaba que echaba humo y podía jurar que, si le ponía un huevo encima, este se cocinaría sin mayor problema.

Me iba a reír, juro por lo más sagrado que sí, pero me aguanté, como pude, reprimiendo mis carcajadas en el interior de mi garganta o estaba segura que me echarían a patadas de la universidad.

Dios, sálvame, no la quiero embarrar.

—L-lo siento profesor, no escuche que la indicación era no utilizar azúcar —me disculpé inmediatamente, sabiendo que eso no me salvaría de la reprimenda que me iban a zampar en la cara por andar distraída y no prestar suficiente atención a la clase.

El profesor Matsumoto me miró como si acabara de recordarle a todos sus ancestros y de la risa que me habían dado mis tontos pensamientos de antes, pasé al pánico absoluto.

Estaba frita… y no precisamente como una patata sumergida en aceite, no. Eso sería lo mejor que me podía pasar en un caso como este.

Frita mal, ¡quemada!

—Si no deja de pensar en las cosas sin sentido, que una señorita básica como usted tendría en la mente, voy a echarla de esta clase y habrá suspendido el año completo, ¡entendió! —amenazó, colocando sus manos sobre la estación de trabajo que yo solía ocupar y que quedaba en una de las esquinas, muy cerca de la puerta que daba a la despensa de la universidad y que tenía ingredientes de alta gama que raras veces nos permitían utilizar para cocinar.

Por un momento quise reprocharle que me estuviera diciendo básica, aunque no tenía una idea muy clara de si se refería a mi cabeza, a mi forma de ser o a que no pusiera atención. Como sea, era un insulto muy horrible si su intención era denigrar mi inteligencia y quizás, de estar en otras circunstancias, yo habría sido la primera en devolverle la ofensa diciendo que era un viejo gordo y calvo con aires de superioridad.

Maldito pelón.

Obviamente no dije nada, porque no me convenia estar a malas con un profesor. Llevaba dos años muy buenos en la escuela de gastronomía, como para echarlo a perder gracias a una discusioncilla de cinco minutos. Así que, guardándome mis ganas de insultar al idiota que tenía enfrente, le sonreí de la forma más hipócrita que pude, cual Jim Carrey interpretando uno de sus tantos papeles extravagantes en películas cómicas y me dispuse a tirar la mezcla que ya había quedado inservible, luego de que le añadiera azúcar convencional, en lugar de un suplemento tipo Stevia.

Pastel para diabéticos… pastel para diabéticos.

—Si alguien más quiere meterse al club de los tontos despistados, como la señorita Kinomoto aquí presente, levante la mano y haga el favor de retirarse de una vez —y la perra seguía y seguía, claro, porque no podía estar ni diez segundos sin insultarme—. Bien, recuerden que el tiempo de cocción es fundamental, deben observar que el bizcocho tenga una textura agradable, prácticamente perfecta, no demasiado seca, tampoco cruda —y a mí que me lleve el demonio.

Sobra decir que la clase se me complicó bastante después de eso, por suerte, sólo se trataba de una práctica y no de un examen en el que tuviéramos que terminar la preparación inicial.

Como siempre, no faltó el presumido, el clásico chico de los pasteles, que había nacido con un don para la repostería y que prácticamente podía considerarse como un maldito superdotado al que todo le sale bien.

Hiroshi Nakagawa era ese caso particular, con el que suelen comparar a los peores como yo y adularlos tanto que se creen dueños del mundo, inflando sus egos más que si fueran un globo aerostático parlante. El tipejo no reparaba en burlarse de mí, con esas miraditas ácidas que le devolvía tanto como podía; para su buena suerte, no había nacido con el don de ser sarcástica, ni de estar insultando a cuanta persona se me pusiera enfrente, así que le ignoraba la mayor parte del tiempo y me paseaba por la vida como si nada pasara.

—Mejor suerte para la próxima, Kinomoto —Hiroshi pasó a un lado mío luego de que la clase se diera por terminada, empujándome un poco con su hombro izquierdo y riendo de forma exagerada y patética.

—Maldito loco hijo de la gran… —lo quería matar, de verdad que tenía unas ganas incontrolables de ahorcarlo hasta que se quedara sin aire y lanzar el cuerpo al primer rio que me encontrara camino a mi casa. Pero no estaba dispuesta a arruinar mi carrera, ni mi futuro como chef profesional cinco estrellas, solo por asesinar a esa basura de ser humano, que ni siquiera merecía que lo volteara a ver.

Oh no, mi futuro era más importante.

Caminé hacia el estacionamiento de la universidad, llevándome un par de libros sobre repostería y el juego de cuchillos y espátulas que solía utilizar durante las clases que impartía la pésima imitación de Pierre Hermé.

Estando en el lugar, atiborrado de autos lujosos, no fue difícil encontrar mi modesto Beetle de color verde, así que me apresure a caminar hasta allá para abrir la puerta del copiloto y dejar todo lo que llevaba cargando, incluyendo mi bolso marrón con mil compartimentos para guardar cosas y un termo rosa que llenaba con café caliente todas las mañanas.

Miré mi reloj de muñeca y salí del estacionamiento.

Las calles de Kioto eran muy transitadas, pero a esa hora del día no había muchas almas deseosas de atiborrarlas, así que no tenía muchos problemas en llegar a mi próximo destino, ubicado sobre una de las avenidas más importantes de la ciudad. Esa región, particularmente, era reconocida por los grandes corporativos que se erguían en edificios ostentosos, tiendas de lujo y restaurantes cinco estrellas que servían la comida más deliciosa de casi todo Japón.

Si pudiera trabajar en uno de esos, mi vida estaría resuelta para siempre…

Soñar no cuesta nada, Sakura.

Aparqué mi pequeño vehículo en el estacionamiento subterráneo de la casa de modas de mi amiga Tomoyo. Le deje las llaves al encargado del lugar, que era un hombre muy amable de unos cincuenta y todos, le sonreí ligeramente luego de dar una reverencia y acto seguido caminé con decisión a la planta alta, encontrándome con modelos yendo de aquí para allá, todas en traje de baño y algunas con conjuntos chillones que amenazaban con destruir mis retinas.

—Cielos, que buen desastre tienes aquí Tomoyo —mi amiga estaba unos metros adelante, dando indicaciones sobre telas, cosas que no debían ir en no sé qué lugar y reclamos de porque nunca podían hacer nada de lo que ella decía al pie de la letra.

Al verme, su rostro relajó sus facciones y prácticamente corrió a abrazarme como desesperada, sin importarle que pudiera estar cubierta de harina para pastel o que su hermoso atuendo, confeccionado con las mejores telas de todo el continente, pudiera mancharse horriblemente.

Ella podía ser una diseñadora muy famosa, pero Daidouji jamás había tenido una personalidad frívola o superficial, ni hablar de que fuera la clase de persona que se preocupa en exceso por las apariencias o las cosas materiales. Al contrario, siempre estaba dispuesta a ayudar a cuanta persona se le pusiera enfrente, sin importar que no fueran de su mismo circulo social.

Prueba estaba en la amistad que tenía conmigo, desde hacía años.

Y yo estaba más quebrada que el hielo de los polos.

—Qué bueno que te apareces por aquí Sakura —su voz sonaba desesperada, quizás por haber estado trabajando durante horas, sin recibir un merecido descanso—. Necesito que me ayudes, estas modelos no lucen bien la colección de trajes de baño y si tu…

—Ah no, Tomoyo, no —me negué, interrumpiendo su dialogo que iba en una dirección que a mí no me gustaba prácticamente para nada—. Ya hemos hablado de esto, yo no tengo el cuerpo para ser modelo y mucho menos para lucir un traje de baño, ¿qué va a decir Touya si ve la revista de modas?, va a querer asesinarme por exhibirme como un trozo de carne en congelador, sin ofender —las chicas que estaban caminando de un lado a otro me miraron bastante mal por mi comentario anterior y tuve que hacer esa aclaración para que entendieran que no era cosa mía el decir lo de la carne y el resto.

Bueno, tal vez un poco, pero gran parte de la culpa la tenía mi hermano mayor Touya y su absurda sobreprotección. Aunque él viviera a miles de kilómetros de Kioto, no dejaba de vigilarme cual espía del servicio secreto, cosa que era un tanto… espeluznante.

Aun no entendía cómo le hacía.

—Por favor Sakura, no seas mala conmigo, Touya ni siquiera verá la revista, en Hakone no se preocupan por ver a mujeres en traje de baño —apuntó—. Y son puras mentiras eso de que no tienes cuerpo para lucir uno de mis hermosos diseños, tú estás loca mujer, ya quisiera cualquiera tener ese cuerpo tan hermoso.

—No me mires como un cachorro herido, sabes que lo odio —Daidouji estaba usando su arma ultra secreta en mi contra. Sabía perfectamente que era capaz de convencerme de casi cualquier cosa con tan solo imitar al gato con botas de Shrek—. He tenido un día horrible en la universidad y no planeo que termine conmigo, en traje de baño, circulando por todo Japón.

—Y si prometo que no serán fotos para la revista, solo para la colección que verá alguno que otro empresario, ¿aceptarías? —Tomoyo juntó sus manos en una plegaria y yo la obligué a que deshiciera el gesto en cuando le separé los dedos, sin entender muy bien a que se refería con eso de las fotos para empresarios y las de la revista.

Una sonaba a algo así como prostitución.

Obviamente no lo era.

Sakura imbécil.

—¿Cuál es la diferencia? —decidí que era mejor preguntarle, antes de que mi cerebro colapsara de tanto estarme haciendo ideas absurdas. Mi amiga caminó hacia un pequeño mueblecito que estaba al lado de un lujoso aparador de madera pintada y sacó un catálogo con varias fotos de modelos que yo no había visto hasta ese momento.

—Bueno, una cosa es tomar fotos profesionales para la siguiente edición de la Fashion Magazine y otra muy distinta que esas fotos se queden en este álbum —explicó, hojeando los protectores de hojas que contenían innumerables fotografías de distintos tipos de ropa, telas, trajes de baño y uno que otro dibujo—. Solo se muestran a los empresarios que van a comprar los diseños para exhibirlos en sus tiendas de ropa o en algún desfile, son únicamente para que vean los modelos y se decidan por cuales comprar, como vez, no forman parte de ninguna revista, se quedan aquí resguardados.

—De todas maneras…

—Por favor, Sakura —otra vez el puchero y las manos de plegaria—. Juro que no te pediré nada nunca más, me ayudarías mucho, por favor, te prometo que no publicaré nada, es más, guardaré el álbum en una caja fuerte especial con mil combinaciones.

—¿Tienes una caja fuerte?

—En casa —levanté una ceja sin saber que era lo que Tomoyo podría guardar en un sitio como ese—. Anda, te compraré lo que quieras, incluso la batidora esa que tanto has querido por meses para practicar tus pasteles en casa, ¿cómo se llamaba?

—La ultra mix 800, eso es jugar sucio, ¿lo sabes? —Daidouji rio escandalosamente al ver que había dado en el blanco con su soborno. Ella sabía lo importante que era para mí el comprarme una batidora para practicar en casa y que esa, justamente esa, era la mejor batidora para repostería que pudiera conseguir en el mercado.

Obviamente no había podido comprarla por falta de ingresos, yo era pobre, mi padre apenas había podido apoyarme con algunos gastos de la universidad y el resto había tenido que pagarlo yo, gracias a mi trabajo en la cafetería cercana a mi pequeño departamento, como barista.

Comprar ese tipo de cosas era demasiado complicado para mí, requería de mucho esfuerzo, tiempo y ahorros que difícilmente se sostenían por demasiado tiempo.

Había tantas cosas por pagar. Renta, libros, ingredientes…

Para Tomoyo la vida era un tanto diferente, por supuesto. Al ser hija de Sonomi Daidouji, afamada empresaria de la moda, había tenido una vida llena de lujos y comodidades, los mismos que llegaba a compartir conmigo y a utilizar de ese modo cuando quería sobornarme.

—Seria el pago por tus servicios de modelo, querida, no tienes por qué tomarlo como si fuera un acto de corrupción —seguía mirándola acusadoramente, pero ella no parecía sentirse demasiado incomoda con eso—. De todos modos, nunca me permitiste ayudarte con los gastos de la universidad, siempre estuviste rechazándome y eso no se le hace una amiga.

—Oh, por favor, sabes que quería lograr esto por mi propia cuenta y tampoco planeaba abusar de tus riquezas —Tomoyo se cruzó de brazos, haciendo un puchero que me pareció de lo más infantil—. Daidouji, deja de actuar de ese modo, ni siquiera lo hice por rechazarte, tampoco podía estar viviendo con la culpa de que mi mejor amiga este costeando mis estudios.

—¿Ahora es culpabilidad?

—Ya deja los reclamos, maldita toxica —me quejé, sonriendo poco después al ver que había logrado arrancarle una risa de diversión con mi último apodo—. Está bien, voy a ayudarte, pero si veo las fotos en los enormes carteles de la ciudad, te juro que…

—¡Si, si!, puedes matarme si quieres, arrancarme la cabeza, los dedos, ¡te amo! —no había terminado de amenazarla, cuando me vi siendo arrastrada a una puerta que quedaba tras el fino mostrador de la tienda principal. Tomoyo me jaló hacia una habitación algo grande, que tenía un montón de cosas en el interior, telas en rollos enormes, fotografías, posters, un pequeño armario que se usaba como vestidor y todo lo necesario para una sesión de fotos profesionales.

—Es como entrar a Narnia —murmuré, sin dejar de ver los grandes reflectores y el fondo blanco que se alzaba casi hasta tocar el techo—. No tenía ni idea de que tenías este submundo dentro de tu casa de modas y eso que vengo prácticamente todos los días a contarte mis tragedias.

—Jamás me preguntaste por la puerta —Tomoyo se plantó frente a mí con la más radiante de sus sonrisas y me extendió un bikini rojo pasión que resaltaba no solo por el color, también por lo diminutas que eran sus dos piezas—. Ponte esto y aquí estaremos esperándote Noriko y yo.

—¿Noriko?

—Sí, sí, Noriko Suzuhara, la fotógrafa, ¡saluda Nori!, ¡ella es mi modelo estrella! —la tal Noriko estaba sentada en una esquina de la habitación, sobre un banco de madera que no se veía demasiado resistente, pero aguantaba su peso de forma magistral.

Lo que más llamaba la atención en ella era… bueno, en realidad toda ella llamaba mucho la atención. Tenía un estilo muy curioso, iba vestida con unos jeans desgastados, un suéter negro y unos converse que no se veían nada nuevos, portaba una muñequera con una calavera roja en su mano izquierda, además de su cabello teñido de un azul eléctrico y los audífonos gigantes que colgaban de su cuello.

Me miró fugazmente luego de que mi amiga la llamara, ella levantó la mano de la muñequera a modo de saludo y siguió revisando la cámara fotográfica que, estaba segura, valía más que mi sueldo de tres meses.

—Que chistosa —no parecía ser la clase de chica que trabaja en lugar tan rosado y girly como lo era la casa de modas de mi amiga, pero Tomoyo se notaba muy contenta con ella, así que suponía que su trabajo era demasiado bueno como para no contratarla.

No seas prejuiciosa Sakurita, que de eso te vienes quejando todo el día.

—Tu ve a cambiarte y Noriko —llamó—. No quiero que uses los audífonos aquí, te lo he dicho varias veces, si vas a escuchar música puedes reproducirla en nuestro mini altavoz, darling.

—Como usted diga, señorita Daidouji —le eché un último vistazo a la chica, antes de encerrarme en la mini bodega para cambiarme de ropa. Tenía un espejo de cuerpo completo pegado detrás de la puerta, por lo que iba a ser fácil verme con esa mini cosa puesta y asegurarme de que todo estuviera en su lugar.

Segundos después, me arrepentí…

El bikini se ajustaba perfectamente al cuerpo, pero era demasiado pequeño para mi gusto. Yo no estaba nada familiarizada con utilizar esas cosas y ni siquiera me atrevía a lucirlas en público.

—Hasta donde he llegado por una maldita batidora —no era realmente cualquier batidora, pero ¡ya que más daba!, ya estaba ahí, ya había dicho que sí y la música afuera me daba pauta a pensar que Noriko estaba muy inspirada y preparándose para tomarme las dichosas fotos, con su cámara profesional disparando cual ametralladora.

Smells Like Teen Spirit sonaba con excesiva potencia y si bien no odiaba el rock alternativo, no podía decir que era uno de mis géneros musicales favoritos.

Prefería algo más tranquilo, no sé, música pop...

—¿Estas lista Sakura?, ya tenemos que empezar —Tomoyo me habló desde el otro lado de la puerta y yo me hice una última inspección visual, ajustando los tirantes del bikini, que rodeaban mi cuello sutilmente.

No quería salir, ya me estaba dando vergüenza.

Bueno, ya, no seas cobarde Sakura, allá afuera solo hay puras mujeres, no hay nada de malo.

Abrí la puerta luego de respirar hondo y vi como los ojos de Tomoyo brillaban, de tal modo que comenzó a asustarme. Parecía que la había poseído alguna clase de espíritu diabólico, porque me contemplaba como si hubiera reanimado un cadáver en un cementerio y estuviera muy orgullosa de tal hazaña.

No era… muy buena analogía.

—¡Que hermosa te ves!, ¡no me equivocaba al decir que lucirías espectacular!

—N-no me siento muy cómoda con esto, yo creo que…

—Arrepentimientos nada, ahora, ¡las fotos!, ven aquí —Tomoyo me jaló de la mano y me hizo pararme frente al fondo blanco, con los dos grandes reflectores apuntando directamente a mi cuerpo—. Noriko, quiero que tomes varias fotos, necesito que sean de cuerpo completo, con un enfoque especial a sus ojos, resaltan muchísimo con el rojo y su tono de piel, sin desenfoques, lo más nítidas que puedas.

—Como usted diga, señorita Daidouji —la mujer se asemejaba a un androide, no parecía existir otra cosa en su vocabulario que no fuera el como usted diga, señorita Daidouji y considerando la clase de mejor amiga que tenía, no me sorprendería que se hubiera fabricado un terminator para cumplir con sus propósitos en la industria de la moda.

Ya estaba delirando, señor…

—Necesito que se coloque de espaldas y gire el cuerpo lentamente hacia mí, luego, levante su mano izquierda y colóquela sobre su barbilla —Noriko me dio un par de órdenes que obedecí poco después. Ella se me acercó al ver que no estaba efectuando los movimientos de una forma muy correcta y me movió cual muñeca de trapo, para que pudiera hacer sus primeras fotos—. No sufra señorita Kinomoto o las fotos van a quedar muy mal y habrá que repetirlas —yo me reí por primera vez en lo que iba del día y Tomoyo aplaudió como foca después de eso, pero no entendía que tenia de particular, solo me había hecho gracia su comentario y el tono de voz tan… cómico.

—Dime que lo tienes.

—Totalmente —Noriko le enseñó la pantalla táctil de la cámara a Daidouji y sus ojos brillaron de un modo horriblemente diabólico.

—¡Es la mejor!, toma otras tres y terminamos —ni siquiera me habían dejado ver la dichosa foto que tanto había emocionado a mi amiga. La terminator me dio un par de indicaciones más y poco a poco la vergüenza inicial se fue diluyendo, hasta que pude sentirme un poco más en confianza.

En eso estábamos, cuando la puerta secreta se abrió repentinamente y por ella entró un desconocido.

Un desconocido, hombre…

—Oh, cuanto lo siento Shaoran, se me olvidó que vendrías a recoger el contrato, en un segundo te lo traigo, espérame aquí —Tomoyo pareció reconocerlo inmediatamente, pero ni siquiera se molestó en recriminarle el hecho de haber entrado como si estuviera en su casa y aun menos cuando yo estaba prácticamente semi desnuda en medio del maldito lugar.

Maldita Tomoyo, te voy a asesinar.

Quise detener a mi amiga antes de que saliera del cuarto, de pronto se había olvidado de que yo todavía seguía ahí y se estaba alejando rápidamente hacia la puerta.

—Señorita Kinomoto… —Noriko me dijo no sé qué sobre tener cuidado con quien sabe qué cosa, pero ni siquiera le puse mucha atención. Quería que Tomoyo se regresara en ese mismo instante y sacara de ahí al recién llegado, que no sabía qué demonios quería, pero ya estaba mirándome muy atentamente y…

¡Me estaba mirando!

Retrocedí en el momento que mi pie se enredó con un cable que conectaba con uno de los reflectores y casi terminé embarrada en el piso de no ser porque un par de fuertes brazos detuvieron mi caída. Noriko alcanzó a detener el reflector antes de que se estrellara y casi pude oír un suspiro de alivio de su parte.

Entonces me di cuenta que el desconocido de antes me estaba tomando de la cintura y yo tenía apoyadas mis manos en sus brazos. Unos muy, muy buenos brazos, cubiertos con la tela de una camisa de color azul marino.

Al levantar la mirada, me encontré con unos ojos caramelo que me observaban fijamente, en un rostro esculpido por los mismos dioses del olimpo. El hombre que tenía frente a mí era atractivo con ganas, es decir, su nariz respingada era perfecta, labios carnosos, facciones bien detalladas, cejas pobladas y un cabello alborotado que le daba un toque terriblemente sexy.

Madre santa, que hombre…

—Oye, piernas sexys, ten más cuidado o vas a terminar por arruinar todo el set de producción —luego de ayudarme a estar de pie, el tipo me susurró esas palabras al oído, haciendo que me recorriera un escalofrió completo de pies a cabeza.

Espera… un… maldito… segundo.

—¿A quién carajo le dices piernas sexys? —el encanto de antes se esfumó, en cuanto mi cerebro proceso el muy poco convencional calificativo del que había sido víctima. El hombre frente a mi sonrió como si acabara de hacer una travesura y se cruzó de brazos, despreocupadamente—. Escúchame bien, maldito degenerado, exijo que te retractes ahora mismo.

—¿Por qué habría de hacerlo? —preguntó de vuelta, sin cambiar su tono de voz burlón—. Te estoy halagando, pequeña desconsiderada, sólo tienes que darme las gracias y seguir con tu vida.

—Lo que te voy a dar son unas buenas patadas, hijo de… —estuve muy cerca de golpearlo, de no ser porque Tomoyo salió de quien sabe dónde y se interpuso entre el extraño y yo, sujetándome de las muñecas e inmovilizándome en el acto.

—Sakura, querida, ¡tranquilízate, por favor!, ¿qué crees que haces? —Daidouji me miró con una sonrisita nerviosa, pero el tipo tras ella no dejaba de burlarse de mí, al contrario, parecía que la situación le estaba resultando de lo más divertida.

Yo estaba hecha una furia…

Ese idiota tenía que darle muchas gracias a mi amiga, porque de no estar ella, ya le habría arrancado los ojos, ¡y la lengua!

—¿Qué estoy haciendo?, le voy a dar una lección a este pervertido asqueroso, ¡eso es lo que voy a hacer!, ¿cómo se atreve?

—Estoy segura que debe haber un mal entendido en todo esto —no sabía si estaba hablándole a él o a mí, pero daba exactamente lo mismo, podía ir llamando a la policía si quería, yo iba a terminar ahorcando a ese idiota—. Vamos a calmarnos y empezamos de nuevo, ¿de acuerdo?, Sakura tranquilízate, ¿quieres?, es importante.

—Yo no tengo ningún problema —el tipo seguía con esa misma sonrisita burlona que tanto me estaba molestando y Tomoyo, en lugar de defenderme, prácticamente me estaba amenazando con la mirada.

Lentamente deshizo el agarre del que me había hecho presa y yo tuve que contar hasta mil para mantener la calma.

Y ese imbécil seguía sonriendo…

—De acuerdo, ahora que estamos un poco más tranquilos, Sakura, él es Shaoran Li, es el representante de Li Corporation, va a dirigir los desfiles de mi nueva colección a lo largo del año y vino para recoger el contrato que firmamos hace apenas dos días —explicó, mascullando un poco las últimas palabras, como si quisiera darme a entender que era demasiado importante quedar bien con el pervertido—. Shaoran, ella es Sakura Kinomoto, es mi mejor amiga desde hace años y me está ayudando con las fotos de los diseños de verano.

—No sabía que tenías una amiga modelo, Tomoyo.

—Oh, no, ella no es modelo, es estudiante de gastronomía, pero siempre ha lucido espectacularmente todos mis diseños —me crucé de brazos, desviando la mirada hacia el piso, sin entender porque Daidouji le estaba proporcionando tantos detalles a un idiota como ese. Noriko se me acercó poco después para ponerme una bata perlada sobre los hombros y hasta ese momento me di cuenta que todavía seguía con el bikini puesto, paseándome como abeja en primavera.

—Me dijiste que el contrato está afuera, ¿puedo tomarlo? —el tal Shaoran se puso serio después de escuchar las explicaciones de mi amiga y esta asintió un par de veces, sonriendo.

—Sígueme por favor, yo misma te lo entregaré —Tomoyo comenzó a caminar de nuevo hacia la salida y yo me quede prácticamente en el mismo lugar, esperando a que el imbécil ese le siguiera los pasos y se desapareciera de mi vista.

Pero eso no sucedió…

Li se me acercó y me tomó de la cintura, pegándome a su cuerpo de tal modo que me hizo perder la respiración. El contacto había sucedido tan de pronto, que no había tenido ni tiempo de reaccionar o de apartarlo siquiera.

—Nos vemos luego, piernas sexys —el tipo me hizo sonrojar en exceso cuando susurró esas palabras muy cerca de mi oído derecho, con un tono de voz ronco y seductor que sonaba muy diferente al burlón de antes—. Buena música por cierto… amo a Nirvana —Noriko levantó su pulgar a modo de despedida, luego de que el ultimo halago se lo diera a sus gustos musicales tan particulares. Aparatándose de mí, comenzó a caminar hacia la salida, desapareciendo tras la puerta poco después y dejándome con un sinfín de emociones recorriendo mi cuerpo como marea.

Yo me deje caer sobre el piso, sin creérmelo.

Era un maldito pervertido, de esos que les encanta creerse dueños del mundo y piensan que pueden tener a todas las mujeres que quieran a su disposición.

Y yo me había quedado como una completa idiota frente a él.

¡Y ese maldito rock alternativo que no dejaba de sonar!

Maldito Li, mil veces maldito, juro que si te veo de nuevo me las pagarás.


N/A:

Historia en tiempo de pandemia, tiene mucho tiempo que no paso por aquí, es un anti estrés en tiempos tan difíciles como los de ahora.

Si les gusta la historia no duden en decírmelo y si llegaron hasta acá gracias por tomarse un tiempo para leer.

Nos leemos en la siguiente update, que las musas siempre los acompañen.