Los Starks durante milenios tuvieron razón "el invierno se acerca". Rhaegar Targaryen estaba viendo con sus propios ojos como finalmente había llegado, y aunque por décadas esta había sido su más grande obsesión, aunque casi mandó al infierno a los siete reinos en su búsqueda del príncipe que fue prometido, nada, absolutamente nada lo preparó para esto.

En algún momento llegó la noche y no volvió a salir el sol, de eso ya hacía semanas, cada ser vivo en Winterfell vivió esos días en incertidumbre. Esperando, sólo esperando el fin del mundo, y finalmente había llegado.

Lo primero que sintieron fue el frío que atravesaba las capas de piel, erizaba la carne y congelaba hasta el corazón. Todo movimiento en el castillo se detuvo, sólo había unos cuantos que lo habían experimentado, la mayoría lo sentía por primera vez, pero todos sabían lo que significaba. El cuerno sonó una, dos y tres veces. Los Otros estaban aquí.

Rhaegar Targaryen, el rey de los siete reinos de Poniente se estremeció al escuchar el llanto de un bebé que retumbo en cada piedra del castillo. Desde las almenas observó el que sería el campo de batalla, el ejército más grande que el mundo haya visto organizándose a través de las hogueras de fuego que ni siquiera la tormenta que se avecinaba había apagado. Eso le dio esperanza, ni siquiera el Rey de la Noche era tan fuerte como para apagar el fuego de dragón. Miró a su derecha y encontró los ojos grises de su hijo menor llenos de determinación. Miró a su izquierda y los ojos índigo de su heredero brillaron con resolución. Hace tres lunas eran hombres asustados, hoy eran dos padres decididos a heredarles un mundo mejor a sus hijos.

Llego la hora – dijo Rhaegar finalmente. Sus hijos asintieron, sus rostros parecían esculpidos en piedra a la luz de las antorchas

Protégelos – Jahaerys lo miró con los ojos grises que había heredado de Lyanna

Si no volvemos, diles que los amamos – añadió Aegon, su rostro de piel bronceada como el de Elia

Se lo dirán ustedes mismos – aseguró Rhaegar abrazando a sus hijos por los hombros, eran tan altos como él y esta vez más que nunca añoró el tiempo en que podía sostenerlos con sus manos – es una orden de su Rey

Padre – murmuró Aegon

No, escúchenme – dijo, su vida entera paso frente a sus ojos, todas las personas que amó, todas las personas que amaba, haciéndolo terriblemente consciente de lo que se avecinaba – cometí muchos errores que nunca me perdonare, especialmente con sus madres, las abandone cuando más me necesitaban

No te juzgamos por eso, nunca – apuntó Jahaerys

Que es el deber comparado con el amor de una mujer – recitó Rhaegar

Con el aroma de tu hijo recién nacido en tus brazos - completó Aegon

Ahora lo entienden – Rhaegar apretó a sus hijos contra si – y eso los hace mejores hombres de lo yo jamás fui ni seré, sin dudarlo cometería mil veces los mismos errores si eso me asegura que Rhaenys y ustedes estarán conmigo como ahora. No me arrepiento de mis decisiones, pero eso no significa que no me culpe

Aegon y Jahaerys asintieron mirando nuevamente a la oscuridad. El silencio sólo roto por el rugido de los dragones sobre ellos.

Vamos – dijo Rhaegar sin soltarlos. El nudo en su estómago apretándose con más fuerza.

Bajaron las escaleras sumidos en sus pensamientos. Los rostros de Elia y Lyanna lo juzgaban, le susurraban al oído exigiéndole que protegiera a sus hijos, Rhaegar quería hacerlo, obligarlos a esconderse, llevar a toda su familia lejos, pero no podía, este era su deber aunque doliera, y ellas lo sabían, lo habían sabido siempre. Había cosas que eran simplemente más grandes que ellos.

¡Dioses! – dijo Rhaenys abrazándolos a los tres de una manera que sólo ella conocía cuando llegaron al Salón de Winterfell. Todos estaban allí. Los que irían a luchar y los que se quedarían a proteger

El primer dragón de Rhaegar se parecía muchísimo a su madre. Rhaenys físicamente era una dorniense, cabellos oscuros y piel bronceada, pero con su armadura roja como la sangre, sus pieles grises como el lobo del blasón de su esposo y DarkSister colgando de su cadera era toda una princesa guerrera Targaryen.

Sus hijos se separaron y miraron a la pequeña multitud, vestidos completamente de negro, un hábito que habían adoptado desde el tiempo que pasaron con la Guardia de la Noche, y en el que descubrieron su indiscutible destino. Aegon, sus cabellos plateados brillaba a la luz de las antorchas, sus ojos índigo buscaban entre las personas. Jahaerys con el cabello negro y la piel clara de la antigua valyria encontró el motivo de su propia búsqueda. Sus tres hijos eran muy diferentes, pero viéndolos así nadie dudaba de que fueran hermanos, que la sangre del dragón corría por sus venas.

Rhaegar nunca se atrevió a contarles a sus hijos la profecía con la que tanto se había obsesionado cuando era joven. Cuando volvieron a Desembarco del Rey con historias de hombres muertos de escalofriantes ojos azules, las palabras quisieron dejar sus labios, pero no lo hicieron. Era demasiado cobarde, nunca se atrevió a contarles la verdadera razón de las muertes de sus madres, su búsqueda enfermiza del príncipe que fue prometido, de la canción de fuego y hielo. Jahaerys no se merecía semejante carga, porque no era suya, era de Rhaegar y un par de años después obtuvo las respuestas a las preguntas que se había hecho toda la vida.

Eddard Stark vio conmocionado como la historia se repetía frente a sus ojos. Su pequeña dama tranquila se convertía en la salvaje loba roja de Winterfell desacatando su negativa y huyendo junto a su príncipe. Aegon desafió todas las ordenes de Rhaegar, y le importó una mierda que Rhaenys ya estuviera casada con Robb Stark, que esto sólo traería inestabilidad al reino, que él estaba prometido con Margarey Tyrell, por primera y única vez Aegon le escupió en la cara su matrimonio con Lyanna Stark. Rhaegar no tenía argumentos para eso, aunque lo intentó, los dioses saben que apeló a la razón de su hijo, a su inquebrantable, hasta ese momento, cumplimiento de su deber, pero nada lo persuadió, él quería a su loba y a tomar por culo el puto trono de hierro y los putos Tyrell.

Al notar que si Rhaegar quería mantener a Dorne satisfecho con el hijo de Elia aun como heredero de la corona y mantener al Dominio en el redil tenía que ceder ante Aegon y el compromiso con los Tyrel se mantendría a través de él. Jahaerys dejó de lado su temperamento tranquilo y la sangre de dragón salió a relucir en el momento menos oportuno, mando a la mierda a Rhaegar, a la fe, a los Tyrel y a los Stark porque él se casaría con Daenerys le gustase a quien le gustase.

Rhaegar se vio con una nueva rebelión a sus puertas simplemente porque sus hijos querían hacer lo que les daba la gana. Eddard Stark llegó a Desembarco del Rey a por su hija. Mace Tyrell exigía el cumplimiento del compromiso con su propia hija y Dorne mandó a Oberyn para asegurarse de como mierdas terminaba todo, pero todo termino con la llegada de un dragón blanco desde el norte que se unió a los rugidos de sus hermanos sobre Desembarco del Rey, lo destacable y crucial es que este dragón tenía un jinete, Rhaenys se aseguró de que todos lo notaran, los cinco dragones estaban listos para ser montados.

La conquista de los siete reinos quedaría reducida a un juego de niños comparado con lo que pasaría si alguien osa desafiar la autoridad de los dragones – declaró frente al pequeño consejo

Tú no tienes poder aquí, eres una Stark – replicó Petyr Baelish, y hasta Rhaegar tembló ante la mirada de su hija

Rhaenys Stark, si – dijo – de la casa Targaryen, que no se te olvide nunca Baelish porque el invierno se acerca con fuego y sangre

¿Es eso una amenaza, mi señora? – inquirió Varys. Rhaenys sonrió

Nadie obligara a mis hermanos y a mis tíos a casarse, hasta aquí con el asuntillo de tratar a los niños reales como mercancía – declaró y luego miró a Varys – Una amenaza no sirve de nada mi Lord

En los días posteriores cada ser vivo en los siete reinos miró con asombro y terror la perfecta línea y sincronía en la que volaban cinco dragones adultos con sus respectivos jinetes. Poniente entero entendió ese día quien tenía el poder hegemónico en el continente y sólo Rhaegar sabía que no era él en lo absoluto.

Casi un año más tarde los dragones rugían y los lobos aullaban fuera del Gran Septo de Baelor, sus hijos se arrodillaron para decir sus votos frente a los siete y luego en la noche bajo el árbol corazón del sureño bosque de dioses. La comida y la bebida fue abundante, y el pleito anterior olvidado, todos felices porque los príncipes tenían a sus princesas. Sólo entonces Rhaegar escuchó al bardo cantar sobre una mujer besada por el fuego y otra mujer besada por el hielo que habían conquistado a sus príncipes, allí, medio borracho, atónito y perplejo, delante de todos los grandes y pequeños señores de los siete reinos, Rhaegar reconoció para sus adentros que ni en sus más locas divagaciones llegó a prever esto. Recordó los eventos de todo el día, los Targaryen y los Starks juntos como jamás se había visto, y entendió que las profecías se interpretaban, y que podía haber más de una versión de la misma canción.

Ahora lo confirmaba, cinco años después y con la muerte azotando las puertas.

Rhaenys, en toda su hermosura y calor, la niña del abrazador sol de Dorne, jinete de Viserion, cayó rendida ante el lobo joven del norte, que aun con su apariencia Tully y su encantadora sonrisa, podía congelar a cualquiera con una mirada de esos ojos azules. Mirándolos despedirse de Rickard, su pequeño hijo de cuatro años, con Viserion y Viento Gris rodeándolos en el patio de Winterfell, Rhaegar vio su tercera versión.

Sansa Stark, la mujer besada por el fuego, con su armadura plateada y custodiada por Dama, su enorme loba huargo, sus ojos azules brillaban con un desafío impropio de su temperamento generalmente dócil, en sus brazos arrullaba a Edderys, su hijo de sólo tres lunas, un Targaryen en toda regla, un hermoso bebé de cabello plateado, piel clara y ojos azules. Aegon los miraba abrazándolos como si así pudiera mantenerlos seguros, el fuego de Elyaron brillando en sus ojos índigo.

Daenerys, su cabello plateado casi blanco destacaba en la oscuridad, su piel clara y ojos violetas, era el hielo hecho carne, un hielo que se derretía mientras se despedía de su pequeña hija de dos lunas, Lyanna miraba al mundo con sus ojos tan parecidos a los de su madre, pero con el cabello tan oscuro como el de la mujer con la que compartía nombre. Jahaerys estaba firmemente a su lado, dispuesto a arrancarle la garganta con sus propias manos al Rey de la noche sin con eso se aseguraba de que su familia estaba a salvo.

Ellos cuatro, Sansa, Aegon, Daenerys y Jahaerys, eran su segunda versión.

Luego el propio Jahaerys, el hijo de Lyanna Stark, el lobo blanco y el dragón de invierno. Un Stark de pies a cabeza, pero con fuego de dragón brillando en sus ojos grises. Su primera versión de la canción de fuego y hielo.

Rhaegar se quedaría junto a Ned Stark a proteger el castillo, si Winterfell caía estaban perdidos, pero ver a sus hijos marchar a la batalla sin poder acompañarlos era lo peor que había hecho en su vida. Aunque una vocecita le susurró al oído que era para lo que los había preparado.

Rhaenys montó en Viserion, Aegon a Elyaron, Jahaerys en Rhaegal, Daenerys en Balerion y Viserys en Raellon. Los jinetes de dragones despegaron para derrotar a la mismísima oscuridad.