Los personajes de la siguiente historia no me pertenecen, sin embargo la historia es completamente mía, solo utilizo los personajes de Candy-Candy para inspirarme y darles otra historia feliz.
Queda prohibido publicar esta o cualquiera de mis historias en otra plataforma aún si me dan el crédito, me reservo los derechos del autor. Escribo sin fines de lucro, solo por diversión y entretenimiento.
ENTRE CARTAS Y MENTIRAS
CAPÍTULO I
AMOR O TRAICIÓN
El galope de un caballo se escuchaba fuertemente a ir este corriendo entre la blanca arena que descansaba en aquella playa, mientras las olas tocaban muy apenas las patas de aquel magnífico ejemplar, el cual era dirigido por un joven que corría entusiasta aprovechando los primeros minutos de la mañana. Se sentía libre, vivo, feliz de experimentar aquella carrera que lo llevaba contra el viento, aprovechando la maravillosa vista que le brindaba la vida aquella mañana calurosa.
Su rostro reflejaba una gran sonrisa, su corazón latía acelerado por la adrenalina que le provocaba el correr a esa velocidad, su caballo se sentía igual que él, libre y vivo. El equino disfrutaba aquellas carreras a las que era sometido todas las mañanas, era un ritual, una costumbre que había adoptado hacía muchos años y la cual había continuado al establecer ahí definitivamente su morada. Ya era un hombre, una persona capaz de decidir lo que haría con su vida, ya no era el niño al que le decían qué hacer su padre o su familia, ahora él llevaba el control de la misma, así como llevaba la rienda de su fiel amigo, su caballo, el único que sentía nunca le había fallado en todos los años que llevaba con él, teniéndolo desde muy joven cuando era tan solo un potrillo. Era lo único que había pedido llevarse consigo, lo único que había necesitado después de perderla a ella, lo demás solo eran mentiras que se habían construido a su alrededor cuando era un chiquillo.
El galope de su compañero fue disminuyendo poco a poco a una orden suya, ya se acercaban a la playa a la que acudía. Bajó de su caballo y lo dejó que corriera libre en aquel lugar, mientras él enfocaba su mirada hacia el mar, aquel mal que era parte de su propiedad y en el que ningún intruso tenía la autorización para entrar y violar su privacidad. Aquel lugar que entre riscos y rocas estaba resguardado y era su lugar favorito desde que lo había encontrado siendo un niño y cuando tuvo la oportunidad construyó su fortaleza en ese sitio para hacerlo su hogar, un hogar elegante, fino y espacioso, pero un hogar solitario, sin su risa, sin su mirada, sin la chispa y alegría que proyectaba su sola presencia. Observó el mar como si este le fuera a decir lo que había salido mal en su vida, como si él tuviera las respuestas de su desdicha.
El agua salada chocaba furiosa contra las rocas y se deshacían las olas dejando únicamente una brisa que desprendía un aroma fresco por la mañana, el mar estaba agitado así como su corazón lo estaba desde tiempo atrás. Sus ojos azules veían las aguas removerse ansiosas, con furia, con la misma furia que se podía apreciar en aquella mirada que si bien era hermosa, estaba vacía en ese momento, agitada como el mar, más, cuando repasaba una vez más el momento que lo había marcado para siempre, cualquiera que viera aquella mirada podría hacer una comparación con el mar, ya que su color y su intensidad era como observar aquel mar embravecido.
-¿Te vas a ir? – Preguntó la pequeña al jovencito que la miraba tierno e ilusionado.
-Mi padre quiere que vaya con él. – Respondió triste al muchacho.
-¿No estarás en mi presentación? – La pecosa bajaba el rostro triste, decepcionada por lo que escuchaba, cuando él se dio cuenta de ello, la tomó por el rostro y besó su frente con cariño, ilusionado con aquel dulce amor que había encontrado, el primero en su vida, pero el único hasta ese momento.
-No te preocupes, volveré para ese día, así sea solo un día, volveré a tu lado. – Decía sincero, rogando que se le permitiera volver para aquel día tan importante para su dulce llorona.
-¡Te voy a extrañar! –dijo de nuevo y sus hermosos ojos verdes se iluminaron con las lágrimas que brotaban de ellos arrojándose a sus brazos al sentir ella aquella despedida como un final en su vida.
-No llores por favor pecosa… ya sabes que eres mucho más linda cuando ríes que cuando lloras… - Le dijo en un susurro en su oído, apartándola tierno para enfocar sus azules en los de ella, tomando con su mano derecha su barbilla mientras la otra acariciaba su rostro, observando con detenimiento sus labios, aquellos labios rosas y carnosos que lo volvían loco. Tenía 14 años, pero su instinto comenzaba a despertar y la necesidad de probar sus labios lo asaltaba continuamente, más en aquel momento, aquel en el que ella mordía su labio inferior mientras temblaban a unos escasos centímetros de los de él, quien le rogaba con la mirada que no se fuera. Bastó un segundo para que ella también tomara atención de los labios varoniles del muchacho, como llegando al mismo pensamiento, besar su boca aunque sea una vez.
El contacto fue rápido, él la besó por primera vez y ambos sintieron que un millón de fuegos artificiales explotaron en su mente, mientras sus estómagos liberaban el aleteo de millones de mariposas y las aves del jardín cantaban alegres. El beso duró poco, pero fue tierno, dulce y húmedo, un beso primerizo que los transportó hacia lo desconocido, a un lugar que ambos pisaban por primera vez y que él estaba seguro que no había podido volver a llegar, solo ella había causado aquel efecto en él.
-También te voy a extrañar princesa. – Le dijo por primera vez, ya no fue Candy simplemente, él la llamaría de ahora en adelante mi princesa, mi pecosa, mi dulce Candy, mi amor. – Pero volveré y te escribiré diario. – Le decía emocionado, ilusionado por el momento compartido, por haber sido correspondido al fin por aquella niña de risa alegre que le había robado el corazón por primera y única vez, y que sin darse cuenta con aquel beso y aquella despedida él lo dejó en sus manos, marchándose al poco tiempo para no volverse a ver nunca más.
Una lágrima brotó de sus ojos recorriendo su mejilla, la cual salió sin que él lo notara, ya varias veces le había sucedido. Después de haber recibido aquella invitación a la cual no había respondido, sus recuerdos habían vuelto con mayor fuerza y seguían doliendo como la primera vez. Suspiró y emprendió su camino de regreso.
Su camisa blanca dejaba la piel bronceada de su pecho a medio cubrir y los pantalones del mismo color se agitaban con el viento mientras cabalgaba más lentamente a su mansión.
Dejó su caballo en las caballerizas mientras el mozo lo alimentaba y lo hidrataba, él se dirigió descalzo a su morada. El mayordomo lo vio venir y abrió la puerta con una sonrisa amable, viendo con naturalidad que el patrón llegaba una vez más sin sandalias, era común en él perderlas en el risco, y no le molestaba, le gustaba sentir la arena en sus pies descalzos mientras caminaba en ella, pero al llegar a su casa le incomodaba.
-Me voy a bañar James. – Le dijo amablemente, como era él con el personal que lo servía.
-Muy bien joven Anthony. – Respondió el mayordomo con una sonrisa inclinándose con respeto al dejarlo pasar.
Anthony llegó a su habitación subiendo las escaleras que se encontraban del lado derecho del salón, caminando entre los pasillos que lo llevaban a su espacio, a pesar de ser su casa, aquella mansión le parecía fría y solitaria, solo en su habitación se sentía como tal, como un hogar.
Las cortinas estaban abiertas, la cama ya había sido hecha, estaba impecable como cada rincón de aquel lugar, abrió las ventanas para que entrara la brisa marítima que ahora era su compañera, hacía tiempo que había quedado atrás el aroma a rosas que se colaba por su ventana y el cual extrañaba verdaderamente, en aquel lugar las rosas no florecían, solo en su invernadero, por el clima caluroso la Dulce Candy era la que se negaba a salir de aquel lugar, solo ahí la podía mantener, el invernadero era otro lugar que tenía a los que no dejaba entrar a nadie, uno de ellos era el invernadero y otro su habitación, la cual él mismo mantenía en orden y solo James podía entrar a ella, pero ninguna mucama ni ningún otro empleado tenía permitido hacerlo.
Desnudó su cuerpo en el cuarto de baño, despojándose de sus frescas ropas de playa como cada mañana, descubriendo su alto y atlético cuerpo, el cual había formado con la equitación y la esgrima que practicaba diariamente. Era un joven hermoso, de cuerpo delgado y estilizado, su vientre marcado y sin grasa evidenciaba su buen estilo de vida, sus piernas eran fuertes y firmes así como su espalda ancha y sus glúteos bien formados, el bronceado de su cuerpo era parejo como si se asoleara como Dios lo trajo al mundo en su habitación. Dejó que el agua cubriera su cuerpo, relajándose poco a poco a pesar que estaba fría, atrás habían quedado los baños tibios o calientes, el clima de Florida era caliente y no existía el invierno para él que estaba acostumbrado al frío clima de Escocia, Inglaterra o Chicago.
Le había costado adaptarse a ese clima, sin embargo las ganas de comenzar una nueva vida apartada de todos era mayor que el calor que gobernaba en aquel ambiente.
Como si fuera un ritual tomó su traje de color claro, su camisa y cubrió aquella obra de arte esculpida por los dioses con esmero, colocó su corbata azul cielo o azul como el mar, como ahora comparaba sus ojos, ya que evitaba compararlos como lo había hecho aquella vez su "princesa".
-Mi princesa. – Pensó sonriendo de lado, sarcástico, ya no la llamaba así en voz alta desde hacía mucho tiempo, ella ya era la Julieta de otro Romeo, y eso aún dolía, vaya si dolía en el alma a pesar de que trataba de evitar pensar en ellos, los sucesos que se habían presentado los últimos días lo obligaba a hacerlo constantemente, no es que alguna vez hubiera conseguido olvidarla o no pensar en ella, pero había podido controlar a su mente sumiéndose en innumerables actividades para distraerla de aquellos pensamientos que solo le habían traído dolor y más mentiras.
El llamado de la puerta lo sacó de sus pensamientos, peinó su rubio cabello con dedicación, el mismo corte que había llevado de niño, lo había vuelto a recortar cuando se enteró por los espectaculares del periódico que aquel chico lo llevaba igual de largo, así que prefirió recortarlo y volver a su antiguo look, aquel con el que había enamorado a su pecosa.
-¿Qué sucede James? – Preguntó aún sin abrir la puerta.
-Joven Anthony, tiene una visita. – Dijo el mayor amablemente, parado erguido afuera de la puerta aguardando la salida de su joven patrón, sabía bien que a pesar de ser un patrón amable y noble sus únicas reglas que eran cumplidas al pie de la letra era no entrar al invernadero y a su habitación sin autorización previa.
Anthony salió de la habitación acomodando una vez más su corbata, James asintió asegurando que estaba recta, siempre se preocupaba por su apariencia limpia e impecable.
-¿Quién es James? ¿No me digas que es otra vez Gabriela? – Preguntó cansado una vez más, James sonrió divertido y negó en el acto.
-De ninguna manera joven Anthony, abajo lo espera un caballero. – Dijo amablemente. Eso extrañó al rubio quien se dirigió a las escaleras que lo llevarían directamente al despacho. – Lo hice pasar al salón. – Dijo James.
-Muy bien, en cuanto llegue al despacho lo haces pasar. – Dijo seguro el rubio. - ¿Su nombre? – Preguntó como si hubiera olvidado lo más importante.
-Albert. – Dijo simplemente el mayordomo, así como se había presentado aquel elegante caballero quien se notaba que realmente no era de Florida al portar un traje de color oscuro. Anthony se extrañó de escuchar aquel nombre.
-Puede usted pasar. – Dijo James a Albert quien lo esperaba en el salón principal de la mansión.
-¿Le dijo que éramos tres? – Preguntó con tiento y una sonrisa.
-¡Oh no! – Respondió de la misma forma. – Creo que el joven necesita una sorpresa agradable y que más el recibir a sus primos y su tío. – Dijo con una sonrisa aquel hombre que apreciaba de verdad a su patrón.
-Muy bien, muchas gracias James. – Respondió Albert con una sonrisa de agradecimiento, se dirigió a sus sobrinos y les sonrió. – En un momento vuelvo. – Dijo para caminar hacia donde lo llevaba James, mientras les indicaba a los jóvenes que aguardaran cómodamente en el salón.
Stear y Archie observaron cómo se alejaba Albert del salón, mirándose uno a otro, nerviosos por la reacción que temían tendría el rubio.
-Tranquilízate Archie. – Dijo Stear al ver que su hermano comenzaba a caminar de un lado a otro inquieto. – Anthony es noble y no se rehusará a hablar con nosotros.
-¡Pero yo lo defraudé! – Decía el chico elegante en un claro desespero a su hermano. – Yo le negué la felicidad que él merecía solo por el hecho de pensar que yo tenía más derecho que él de merecer su amor. – Stear lo veía triste por la decisión que había tomado su hermano en sus días de colegio y que había escondido por mucho tiempo hasta que su misma conciencia lo hizo hablar provocando el distanciamiento del rubio con toda la familia, especialmente con ellos.
-Adelante. – Respondió Anthony seco y firme.
-Con tu permiso. – Dijo Albert tratando de hacer ligero el ambiente, pues con solo entrar sintió lo tenso que estaba su sobrino. Estaba de pie observando la ventana, se enfocaba en el mar y a lo agitado que estaba aún, buscando controlar las emociones que se mecían en su pecho, en ese momento sentía que su corazón se agitaba con el mar.
-¿Tú dirás tío? – Dijo como respuesta.
-¿Así que sabes quién soy? – Preguntó Albert acercándose al escritorio que estaba en aquel lugar, un despacho muy iluminado y fresco a pesar del frío recibimiento. Anthony volteó a verlo una vez que encontró el valor para hacerlo y con una seña de su mano le indicó que podía sentarse. Albert lo observaba emocionado, le daba gusto volver a verlo después de tantos años y más verlo convertido en un exitoso joven.
-Suelo leer casi todas las cartas. – Respondió simplemente mientras ambos se sentaban uno frente al otro con la misma elegancia y clase. Ambos eran muy parecidos. Albert sonrió por la respuesta, él creía que solo respondía las que se referían al consorcio.
Anthony ayudaba en el manejo de los negocios de la familia, y así como Archie y Stear se había preparado en economía a petición de su padre y abuela, para eso se lo habían llevado lejos de Lakewood al ser uno de las cabezas principales de la familia, recibiría una educación impecable una vez que terminara, así y solo así podría conseguir el permiso para desposar a Candy, esa había sido la condición impuesta por el "tío abuelo" al él solicitar su permiso para cortejarla, por eso había aceptado irse antes de la presentación para poder prepararse así por cinco largos años con esfuerzo y ahínco, aunque nunca pensó que la vida le jugaría tantas sorpresas, ante las mentiras e inventos que le había jugado su propia sangre. Albert asintió a su respuesta tratando de ignorar la forma en la que había sido recibido.
-¿A qué has venido tío? – Preguntó sin querer ser grosero, pero aún seguía molesto con él por la manera en que le había saboteado su romance con Candy al enviarlo tan lejos de ella.
-No recibimos la confirmación de tu asistencia. – Respondió Albert. Anthony lo observó incomprensivo.
-¿A eso has venido? – Preguntó incrédulo. Albert sonrió y asintió.
-Queremos saber si asistirás. – Habló de nuevo el patriarca.
-¿Queremos? – Preguntó de nuevo Anthony, al parecer cada palabra que decía el mayor era incomprensible para el menor.
-Stear y Archie vienen conmigo. – Dijo sabiendo lo que implicaba la mención de aquellos nombres. Anthony se levantó inmediatamente de su lugar y puso las manos en el escritorio, demostrando su molestia por tal atrevimiento de su parte.
-¿Están aquí? ¿¡Cómo te atreviste a traerlo a mi casa!? – Preguntó sin ocultar la molestia que le provocaba aquella acción por parte de su tío.
-Quieren hablar contigo. – Respondió Albert tranquilo, como si no le afectara la manera con la que actuaba su sobrino.
-Yo no tengo nada que hablar con ellos, especialmente con Archie. – Respondió sin apartar la vista de su tío, decidido en su proceder y dándole a entender que no cambiaría su actitud.
-Tienen derecho a explicar lo sucedido. – Dijo Albert en defensa de los otros dos chicos, levantándose de su asiento al igual que Anthony para tratar de hacerlo entrar en razón.
-Ya lo han hecho, sin embargo yo no tengo nada que decirles. – Decía molesto. Su rostro varonil demostraba en sus facciones el humor que tenía en ese momento.
-Una carta no es suficiente. – Dijo Albert. – Además, nunca la respondiste. Nunca respondes las cartas, solo sabemos de ti gracias a George. – Decía Albert sin querer sobresaltarse, pero le parecía que aquella actitud de su sobrino estaba rebasando los límites de su paciencia.
-¿Sabes lo que él me hizo? – Preguntó indignado, viendo a la cara a su tío. Albert asintió.
-Archie está muy arrepentido de su anterior actitud. – Respondió el mayor. Anthony suspiró cansado frotándose los ojos con una sola mano.
-Tal vez tío, sin embargo su arrepentimiento nada puede solucionar. – Decía melancólico trayendo de nuevo a su mente la hermosa y tierna imagen de Candy, sobre todo aquella en la que estaba con su uniforme blanco al lado de los dos Cornwell y otras enfermeras, aquella que habían tomado en el paseo por Chicago cuando Candy llegó al hospital de la ciudad. Stear se la había enviado y así podía tener una idea de cómo estaba ella hasta ese momento. – Además sabes bien que solo cumplo con mi trabajo, no necesitan saber más de mí. – Dijo de la misma forma melancólica con la que había iniciado a hablar.
-Somos tu familia Anthony. – Dijo Albert casi como súplica.
-Eso no les importó antes, a ninguno de ustedes. – Dijo volteándose de nuevo hacia la ventana, buscando en aquel mar embravecido un poco de calma para su alma.
-¿Les? ¿A qué te refieres? – Preguntó confundido Albert.
-Cuando me enviaste lejos de Candy, fue solo el comienzo de nuestra separación. – Dijo tranquilo como si nada le importara ya aquella decisión del pasado, sin embargo su corazón se sentía tan roto, herido y traicionado. Albert lo dejó terminar aquella frase que le había dicho suspirando.
-¿De dónde sacaste eso? – Preguntó hasta cierto punto divertido. Anthony volteó a verlo de nuevo. –Yo no te envié lejos, a mí me dijo la tía abuela que habías decidido prepararte para llegar un día a ser digno de mi hija, lo cual me pareció extraño por tu reciente petición y más porque para mí no habría alguien más digno para mi hija que mi sobrino. – Explicó Albert. Anthony lo miró extrañado.
-A mí me dijo que tenía que prepararme si quería ser digno de ella, que tenía que trabajar para que tú aceptaras el compromiso que solicitaba. – Ambos quedaron en silencio, observándose uno al otro comprendiendo que había sido otra mentira más, una de las tantas que había descubierto poco a poco a lo largo de ese tiempo. – No sé por qué no me sorprende. – Dijo Anthony, él había aceptado aquella condición que en su momento le pareció razonable al sentirse un hombre maduro, cuando era tan solo un mocoso, un adolescente con ganas de ganar el mundo para poder ponerlo ante los pies de su Dulce Candy. – Desde un principio vio con malos ojos a Candy. – Dijo de nuevo captando quien era la que había arreglado todo a su conveniencia, había utilizado a su padre para que él se lo llevara lejos, y a pesar de que sirvió para formarlo como el hombre exitoso que era, era solo una trampa que ella le había comenzado a tejer para evitar aquel compromiso.
-Creo que hasta ahora hemos descubierto el motivo por el que te fuiste de Lakewood justo antes de la presentación. – Dijo Albert molesto con la tía abuela, sin embargo aprovecharía aquello a su conveniencia. Anthony lo vio sonreír.
-¿Qué sucede? – Le preguntó extrañado por la manera en la que le sonreía.
-Que ahora me debes una disculpa. – Dijo ampliando su sonrisa y más al ver como Anthony levantaba sus cejas incrédulo a lo que decía. – Al haberme culpado todos estos años de haberte enviado lejos de Candy y el resultar que soy inocente, me debes una disculpa. – Anthony sonrió de lado al comprender lo que su tío quería hacer.
-Está bien tío, te debo una disculpa. – Dijo bajando su mirada resignada. Había descubierto otra mentira que le habían dicho y a pesar de haberlo molestado, había descubierto que su "tío abuelo" había sido inocente todo ese tiempo.
-Está bien. – Dijo Albert con una sonrisa de satisfacción. – Te disculpo, ya que ambos fuimos engañados, pero quiero que hables con Stear y Archie. – Dijo tranquilo el mayor, con una sonrisa sincera. Anthony lo veía indeciso. – Solo así aceptaré tú disculpa. – Dijo de nuevo. Anthony suspiró resignado, tal vez si hablaba con su primo descubría algo más que le habían ocultado, aunque para esas alturas ya nada importaba, Candy ya no era una chica libre y eso le dolía en el alma. Hacía unos meses le habían enviado una carta donde le comunicaban de la decisión de la pecosa de irse a Nueva York junto al actor y él sabía que no era para volver, su corazón se lo decía y era una corazonada que le afectaba enormemente su alma.
-Hablaré con ambos, pero no te prometo nada. – Respondió Anthony, Albert sonrió emocionado y se levantó para hablarle a sus otros sobrinos, aquellos que se habían quedado a ayudarlo después de que había recuperado su memoria.
Archie se levantó una vez más de su lugar, seguía ansioso por estar ahí esperando una respuesta de su tío.
-¿Y bien? – Preguntó Stear quien estaba igual de ansiosos que Archie.
-Aceptó verlos. – Dijo Albert con una gran sonrisa. Stear pegó un brinco emocionado, sin embargo el corazón de Archie brincó con angustia no sabía lo que podía esperar de Anthony.
- ¡Lo sabía! – Dijo levantando los brazos en señal de triunfo. – Archie bajó la mirada nervioso.
-¿Qué sucede? – Le preguntó Albert.
-¿Qué voy a decirle? – Decía apenado aún por su proceder, nunca pensó que todo aquello que había hecho siendo un adolescente hubiera afectado tanto a terceros, cuando su única meta era conseguir el amor de aquella chica de ojos verdes.
-La verdad. – Dijo Albert- Él merece una disculpa de frente y tú un perdón por parte de él, para que sus almas estén tranquilas y en paz. – Decía con sabiduría, sabía que ambos estaban sufriendo por aquella trampa que había ideado el gatito y a pesar de saber que Anthony estaba en lo cierto de estar ofendido él quería que se perdonaran todos sus desacuerdos.
-Además es la única condición que yo te pido. – Dijo Stear, viendo como su hermano batallaba para encontrar las palabras necesarias para enfrentarse a su primo, parecía un niño que había robado algo en la tienda y que sus padres lo llevaban a devolverlo y pedir perdón, algo así había sucedido.
-Muy bien. – Dijo agarrando valor una vez más, como cuando salió de Chicago rumbo a Florida para hablar de una vez por todas con su primo.
Avanzó a paso firme pero indeciso en su interior, tenía que enfrentarse a su destino, aquel que él mismo había provocado por su necedad de obtener algo que no le pertenecía, por su insistencia de entrar a fuerzas al corazón de la rubia interponiéndose entre ellos de la manera en la que nunca se había imaginado intervenir, era hora de enfrentar de frente a su primo y pedir una disculpa por su proceder en el pasado, después de todo nada había resultado como él lo había deseado, sin embargo si había logrado lo que quería hacer en un principio arrepintiéndose en el alma por ello.
Continuará…
Buen día hermosas, aquí arranco con otra historia más para mi rubio consentido, espero de todo corazón sea de su agrado y no solo por ser Anthonyfic sino porque verdaderamente les quede la necesidad o la curiosidad de leer qué es lo que pasará o qué es lo que sigue. Espero sus comentarios con ansia para continuar con la actualización de ella. Gracias por leer y dejar tu comentario.
Quiero por este medio felicitar abiertamente a mi amiga Mayely León, muchas felicidades por ese nuevo pequeño(a) que viene en camino, espero que las náuseas no sean muchas amiga, te mando un fuerte abrazo.
Dennise Treviño, espero que leas también esta historia y como no sé si lees los mensajes, deseo de todo corazón que estés mucho mejor de ánimo hermosa, te mando un abrazo.
Saludos y bendiciones
GEOMTZR
