Disclaimer: Los personajes de la trama no me pertenecen, son creación de Craig Barttlet.
"Yo creo que se puede establecer una división entre la juventud y la madurez. La juventud acaba cuando termina el egoísmo. La madurez empieza cuando se vive para los demás" Hermann Hesse
PRÓLOGO
Dio una última mirada alrededor, a la casa vacía en la que había vivido los últimos cinco años.
Dentro de esas paredes, sus padres y él habían sido una familia.
Era lo que siempre quiso, lo que toda su vida había deseado. Cuando en sexto grado sus padres le dijeron que tenían que volver a Guatemala, a continuar con sus investigaciones, sus expediciones y estudios de las civilizaciones que antiguamente poblaron aquella región, la idea de volver a perderlos le resultó aterradora.
Por eso les había suplicado porque lo llevaran con él. Sabía que eso significaba dejar atrás a sus abuelos, a los huéspedes de Sunset Arms, que habían sido su familia los primeros doce años de su vida. Sabía que significaba dejar atrás a sus amigos… a su novia. Pero no dudó cuando tomó su decisión, y cinco años después no se arrepentía. Aunque irse hiciera a Helga odiarlo, y con el tiempo lo distanciara de Gerald…
Ahora, finalmente, volvería a Hillwood. Sus padres habían terminado su trabajo de años. Sus descubrimientos eran fascinantes y los expondrían en el museo nacional de Antropología y Arqueología que abrieron en Hillwood hace tres años.
Y esa era la razón de que ahora su casa estuviera vacía, su padre afuera con el camión de la mudanza y su madre le llamara para subir al taxi que los llevaría al aeropuerto.
Suspiró. Aunque le alegraba volver a ver sus abuelos, volver a ver a Helga lo ponía muy nervioso… ¿Qué habría pasado en la vida de la rubia esos cinco años?
La menor de las hermanas Pataki se miraba en el espejo por quinta vez esa mañana, todavía no estaba segura de que el atuendo que había escogido le convencía… nunca le había importado su apariencia, pero suponía que algunos malos hábitos se pegan, y quien con lobos duerme a aullar aprende.
Su amistad con Rhonda Wellington Lloyd le había costado más neuronas de las que creyó si esta era la sexta vez que se ponía frente al espejo y se miraba detalladamente, su cabello largo caía en ondas a su alrededor enmarcando su rostro cuidadosamente maquillado para darle un aspecto natural a su piel y resaltar los mejores rasgos de la rubia, llevaba un delicado suéter de cachemir que se había comprado durante el verano en París, el corte dejaba su clavícula y hombros expuestos en un color negro que contrastaba con su blanca piel. Sus pantalones eran tan blancos que parecían nuevos, un cinturón naranja neón le acentuaba su cintura y para terminar se había calzado unas zapatillas cerradas de un rosa vibrante.
Suspiró. Todavía tenía problemas en decidir si se veía de buen gusto o no era para nada elegante, pensó con cierto retintín burlón al usar en su mente una frase típica de su amiga pelinegra. Aquello estaba decidido, juntarse tanto con Rhonda había matado sus neuronas si ahora usaba sus frases en una conversación consigo misma.
Intentando recobrar un poco de dignidad, salió de su habitación negándose a sí misma el verse una última vez al espejo. Mientras descendía las escaleras llamó a gritos a su hermana Olga varias veces, al llegar abajo iba a hacerlo una vez más cuando una masculina voz la cortó.
-Olga está terminando de empacar tu bolso de deportes G- antes de girarse a comprobar el dueño de la voz que tan familiar era para ella a esas alturas, sus mejillas enrojecieron tanto que no había manera de ocultar su sonrojo… Al estar frente a esos ojos del color del chocolate derretido, lo vio sonreír arrogante al saberse responsable de la reacción de la chica.
- ¡Qué rayos te pasa zopenco! Vas a provocarme un infarto, no te aparezcas, así como así, ¿quién te crees que eres? ¿Houdini? – el exabrupto de la chica sólo la avergonzó más al darse cuenta la forma en la que le había hablado a su ahora oficial novio, anteriormente siempre había sido así con él y le estaba costando deshacerse de esos viejos hábitos.
-En primera, mi bella Helga- inició el chico con una voz suave mientras se acercaba a su pareja lentamente -Houdini era un escapista, no podía aparecerse a su voluntad en cualquier sitio- vio cómo la rubia tragaba con dificultad al estar prácticamente pegado a ella, sonrió de nuevo -En segundo lugar, no soy ninguna aparición, tu hermana me dejó pasar- levantó los brazos y acarició lenta y tortuosamente la piel expuesta de los hombros y clavícula de su novia que parecía hipnotizada con su mirada, ensanchó su sonrisa -Y en tercer lugar… Te ves… - Gerald descendió los centímetros que lo separaban de los labios de su chica, sólo para rosarlos sutilmente y desplazarse hacia su oído derecho -Exquisita- murmuró sensualmente consiguiendo un temblor en el cuerpo de su novia que no pudo esconder de él.
- ¡Listo hermanita bebé! Tus cosas están preparadas ya pueden irse a… ¿Hermanita bebé? - Olga detuvo sus palabras al ver a su hermana menor de pie, congelada en la estancia, a unos pasos de su novio. Tenía la mirada perdida y las manos temblorosas - ¿Helga? ¿Está todo bien? – Gerald se apresuró a tomar el bolso de deportes de manos de Olga, y asegurarle a la mayor que no había nada malo. Como ya se les hacía tarde, con una mano en la espalda baja de Helga la urgió a moverse hacia la puerta de la casa Pataki.
Olga salió a despedirlos y no dejó de agitar su brazo hasta que la camioneta del moreno era imposible de ver a la distancia. Con un semblante intranquilo volvió a ingresar a la casa, su hermana menor ciertamente le preocupaba mucho, después de todo lo que había pasado el año anterior esperaba que su último año de preparatoria fuera tranquilo y lleno de momentos felices, agitó su cabeza para despejarse un poco, ella también tenía un día ajetreado por delante.
Después de avanzar unas calles, Helga al fin salió de su estupor y comenzó a manotear el brazo de Gerald quien no sentía dolor por los pequeños golpes de las finas manos de su novia y sólo rio complacido con la reacción de la rubia.
-La próxima vez que hagas algo como eso voy a matarte Johanssen- le advirtió con el ceño fruncido la delgada chica.
-No lo dudo Helga mi amor, no lo dudo- y mientras Gerald se concentraba en el camino, contento con ser él quien provocaba todas esas emociones en Helga, no se dio cuenta de que la rubia giraba el rostro para esconder el rojo escarlata que o cubría.
Para el moreno fue tan natural llamarla mi amor, que no se percató siquiera de que lo había hecho ni de que era la primera vez que le decía de esa forma, sin embargo, Helga claro que se percató y no podía dejar de sonreír por todas las mariposas que agitadas le hacían cosquillas no sólo en el estómago, sino por todo su cuerpo. Finalmente parecía que tendría un buen año, parecía que todo estaba en su lugar en su vida, ella se sentía feliz. Ignorante de que cierto rubio y cierta oriental estaban por presentarse en su vida tan abruptamente como salieron de ella.
