Parte I: El inicio de la pesadilla.
Todo comenzó a la dulce edad de once años.
Se celebraba un banquete ya como tradición en el reino de Gryffindor, donde habían asistido todas las naciones más cercanas que resultaron en la paz después de la guerra.
Los Reyes de Hufflepuff, un alto hombre de cabello color castaño junto a una mujer de pelo café y mirada dulce, estaban más que felices por la calma, porque al fin el querido continente de Hogwarts, al menos el del bando ganador, estaba recontruyéndose.
Los monarcas de Ravenclaw, dos pelinegros serios pero inmensamente bondadosos con su pueblo, simplemente no podían esperar hasta que la guerra por fin terminase, (porque simplemente la encontraban sinsentido), y llegaran a aquel dulce punto, luego de analizar sus posibilidades y haberse unido al lado con más posibilidades de vencer.
También estaban los reyes de Hogsmeade, y Godric's Hollow, que si bien no habían participado directamente en la Guerra, habían ayudado al último, y eso les merecía una invitación al banquete.
Y finalmente, estaban los aclamados gobernantes de Slytherin. La reina Narcissa, de cabellos rubios y tan bella como la flor a la que fue nombrada junto a su esposo Lucius, se encontraban allí por mera cortesía. Solo, por asuntos políticos.
El Reino de Slytherin jamás había sido aliado del de Gryffindor, es más, en el pasado fueron constantes enemigos al ser de los Reinos más grandes, y durante aquella corta pero fría guerra en contra del gran continente de Durmstrang, habían permanecido neutrales, alegando que no estaba entre sus planes morir sin una causa. La mayoría de la gente les llamaba cobardes.
Harry, el hijo del Rey James y la Reina Lily, los monarcas de Gryffindor, a su pequeña y corta edad simplemente pensaba que tenían mucha inteligencia y sentido de la supervivencia y que de cierta forma los admiraba.
O al menos eso creía, hasta que conoció a su hijo: Draco Malfoy.
Cuando Harry lo vio a través del salón, emocionado porque al fin en esas reuniones de adultos existiera otro niño de su edad con quién hablar y divertirse, con su pelo platinado brillante a la luz de las velas, una escencia a magia que solo podía comparar con la vainilla y rosas y unos ojos grises que lucían tan gentiles como etereos, solo pudo pensar en lo afortunado que era.
Al menos, hasta que éste abrió la boca.
—No puedo creer lo apestosa que es ésta ciudad —dijo él arrugando la nariz—, en Slytherin todo huele a jardines, aquí pareciera que abunda la miseria.
Harry detuvo su marcha, apenas oyó estas palabras.
—¿Y la comida? —tomó un pedazo de algo que había en una de las bandejas y con rabia la tiró encima— Un asco. No puedo creer que padre nos traiga a convivir con la inmundicia.
Narcissa apenas le estaba prestando atención mientras hablaba con otras personas y Draco le tiraba el vestido con pequeños toques para seguir quejándose.
—Ya, Draco, compórtate...
—¡Me quiero ir mamá! le dijo enojado y cruzando los brazos sobre su pecho— Me quiero ir, me quiero ir, me quiero ir —repetía el pequeño príncipe—. Juro que si padre no nos saca de acá en media hora, me iré para siempre y jamás me volverán a ver.
—Entonces hazlo.
Harry, quién se había mantenido callado y viéndolo desde una cierta distancia, habló con recelo.
Draco se volteó hacia su voz con una mirada desagradable en el rostro, los labios fruncidos y la nariz algo apretada.
—No sabía que los sirvientes tuviesen permitido hablarle a los príncipes — dijo con todo el veneno que un niño pequeño podía poseer.
Harry apretó las manos a sus costados, tornándose rojo de la rabia.
—Si esto fuese Slytherin, te mandarían a colgar sin pensarlo, sirviente —prosiguió antes de volver la cabeza a su madre, que aún no le miraba—. Mamá, va--
—"Si fuisi Islythirin, si fuisi Slythirin"—Harry le remedó de manera infantil—. ¿Por qué no te largas ya a tu tierra de cobardes? Estoy seguro que aquí nadie te quiere de todas formas.
Los ojos color mercurio brillaban peligrosamente ante éstas palabras, volviendo a volcar su atención en el ojiverde.
—Eso es precisamente lo que trato de hacer, sirviente, por si no lo habías notado, ojalá por mí no volver a pisar jamás estas tierras mal olientes. — le escupió en voz alta y con rabia.
La gente a su alrededor comenzaba a mirarse y a susurrar en torno a los pequeños príncipes quienes se estaban mandando dagas con la mirada.
—Y ojalá por mi no verte nunca más —le dijo el pelinegro levantando la voz—, si fuese tú, me daría vergüenza decir que vengo de allí, Slytherin no es nada, no son nadie, no han hecho nada digno...
No se supo realmente cuál de los dos se avalanzó primero sobre el otro y por qué a tan temprana edad ambos tenían varitas de práctica y estaban tratando de lanzarse hechizos humillantes o si realmente el mocomurciélago que Draco había recibido había sido uno que le rebotó o si las piernas de gelatina con las que Harry apenas podía mantenerse en pie fue debido a que el pequeño Malfoy erró en un hechizo y resultó aquel.
Pero lo importante es que desde ese momento en adelante, luego de que ambos reyes los separaron avergonzados y discutiendo un poco, se declararon enemistad jurada y cada vez que se veían, no dudaban en demostrárselo.
Como a los trece años cuando volvieron a hablarse en un torneo de duelos a las afueras del reino de Ravenclaw. Antes de eso solo se habían visto a lo lejos, sus padres demasiado avergonzados de dejarlos pasar tiempo juntos como niños normales.
Harry había podio escapar de los Reyes y se encontraba vagando un poco por los alrededores del campo donde se realizaba el torneo, medio absorto en sus pensamientos.
Su mejilla dolía con creces, luego de que jugando a girar la botella una tarde en el palacio, al Príncipe le haya tocado besar a Charlie Weasley, y sin mucha explicación, su hermana más pequeña se haya puesto roja de rabia luego de que Charlie aceptó algo tímido el reto y fuese a asestarle un golpe que, cuando Harry se interpuso, llegó a él.
Se tocó la mejilla con un gesto de dolor y se preguntó como una niña de doce años le pegó un puñetazo hace dos días y podía seguirle doliendo.
—Lindo moretón, Potter —una voz burlona pronunció a sus espaldas—, le hace bastante juego a tu cara de imbécil, ¿Quieres que te de otro, así lo puedes combinar?
Harry tensó la mandíbula y con pesadez se giró para al fin encontrarse con la única persona que en su corta vida había oído arrastrar las palabras de aquella manera.
Draco Malfoy, con su porte elegante y su traje a la medida estaba plantado delante de el con una sonrisa socarrona y los ojos brillantes de malicia. Había crecido unos cuantos centímetros, igualando el tamaño de Harry y su pelo ésta vez lucía mucho más despeinado que la primera vez que le vio, a los once años, pero aún asi estaba mil veces más ordenado que el de él.
—O yo podría darte uno a ti, y del golpe aprovecho de devolverte a Slytherin. Dime, ¿te gustaría una patada, o un puñetazo será suficiente? —le espetó enojado. Merlín, era tan fácil perder los estribos con el rubio.
La sonrisa de Malfoy flaqueó levemente.
—Como si tu cuerpo flacuchento podría alguna vez poder contra mí — le respondió.
—Sí, porque tú eres muy musculoso, ¿verdad?
Harry anotó mentalmente ejercitarse hasta ser el doble de su tamaño solo para joderle, cosa que obviamente al llegar a su casa, hizo sin parar.
Malfoy se le acercó lentamente, aún sin borrar la sonrisa.
—No sabía que Ravenclaw hiciera caridad, Potter —le escupió—. ¿Invitando a los pobretones de Gryffindor? Mi familia jamás lo haría. Pero véele el lado positivo, cuando llegues a tu casa podrás contar que por fin saliste de aquel mugriento lugar a los cerdos.
Harry decidió que una patada en el estómago era la mejor opción.
Esta vez fueron sus madres que llegaron a separarlos, horrorizadas. Lily le decía que él no lo había criado para actuar como un animal y que ni siquiera podía confiar en dejarlo solo mientras que Narcissa hablaba en palabras bajas y una mirada tan gélida que pudo haber helado hasta el mismo infierno.
Los obligaron a disculparse aunque claro está, ninguno de los dos lo sentía.
Luego de aquello, llegó el próximo año donde nuevamente se reunieron a la fuerza. Los reyes de Hufflepuff habían concebido a su primera hija y era la celebración de su bautizo, así que todos los gobernantes de Hogwarts estaban invitados.
Lily le había advertido de sobre manera que se comportara, que estarían en un evento bastante importante y que no quería ninguna escena. James se limitó a decirle que si no lograba controlarse, se decepcionaría mucho de él.
Al parecer, a Draco le habían dicho cosas parecidas ya que a pesar de sus comentarios mordaces, aquella vez no hubo golpes ni magia, ni siquiera una discusión muy grande.
Pero sí le sirvió para aprender una lección.
No le gustaba ser ignorado, pero sobre todo no soportaba ser ignorado por Potter.
—Al fin estás usando algo mínimamente decente —le susurró una vez que pudo encontrarle más o menos más apartado en la fiesta de los reyes.
Harry ni siquiera le miró, siguió concentrado en la pista de baile, mientras llevaba una copa a sus labios.
—Me pregunto cuánta gente se tuvo que quedar sin comer para que pudieras comprarte ese atuendo, me he enterado que Gryffindor no tiene mucho estos días —siguió presionando.
Nada.
El ojiverde no había crecido mucho, y su cabello seguía siendo el mismo desastre de siempre, su mandíbula estaba algo más definida y el traje blanco con dorado se ceñía a su cuerpo que cada vez lucía menos débil.
—Con razón tu mamá prácticamente la ha suplicado a la mía por cosechas, no me extraña que toda esa jugarreta de años atrás haya sido simple envidia de tu parte.
—Nadie te tiene envida, Malfoy —le respondió duramente Harry, aún sin posar sus ojos sobre él, con la mandíbula tensa—. No tengo idea quién te mintió tanto, podría darte el contacto de un psicomago para que vayas a ver tus delirios de grandeza.
Draco sonrió. El tema de su reino siempre ha sido un tópico sensible para el príncipe.
—¿Y por qué tienes el contacto de un psicomago, Pity-Potty? —le dijo con burla— ¿Algo que no nos hayas contado? Yo siempre supe que eras un demente.
Harry no lucía contento, pero volvió a ignorarlo.
—Supe que tenías prohibido hacer magia, Potter —comenzó tentativamente Draco luego de unos segundos de silencio—. ¿Tus papás no quieren que hagas demostraciones públicas porque no quieren avergonzarse más que por el simple hecho de haber permitido que nacieras?
Los orbes esmeralda chocaron con los de color mercurio, iracundos y casi destellando fuego. Draco pudo notar como en el inicio y por la mitad de la frente una cicatriz que parecía un rayo se extendía. Una que no había estado allí antes. Lo impresionó, pero de alguna forma manejó no jadear de la sorpresa.
—Cállate, Malfoy.
—Oblígame.
Se miraron fijamente por lo que parecieron horas, retándose con la mirada y recitándose todo el odio y rencor que guardaban por el otro, hasta que Harry de forma obligada, apartó la mirada y se alejó a grandes zancadas de allí.
Draco se sintió desilusionado porque ni siquiera hubo un pequeño duelo aquella vez y la discusión había sido de un solo lado prácticamente todo el tiempo.
Luego, se horrorizó consigo mismo por aquel sentimiento, porque simplemente era anormal.
Quizá si debía visitar a un psicomago después de todo.
Pasó poco más de un año para que volvieran a verse, ésta vez en una fiesta conmemorativa en la capital de Slytherin.
Era verano, y Harry usaba una túnica de color verde esmeralda con pequeños toques dorados, como ya era usual en la gente de Gryffindor. Llevaba el cabello tan caótico como de costumbre y la mirada cada vez más peligrosa. Cualquier indicio de la niñez había quedado atrás para dar paso a un adolescente de quince años de tomo y lomo. La mandíbula afilada como una cuchilla, los brazos tensos y musculosos.
Draco no estaba tan distante de aquello tampoco. Había crecido bastante pero su cuerpo seguía siendo tan delgado como en la niñez. Las piernas largas se apretaban en unos pantalones negros y una camisa delgada color gris adornaba su torso firme y tonificado. Tenía el cabello mucho más largo, y ocupaba un pequeño broche de plata en uno de los bolsillos. Tenía calor, pero un Slytherin jamás iba a perder la clase. Mucho menos un Malfoy.
Ésta vez fue Harry quién se acercó a un callado Draco que se encontraba mirando a lo lejos el mar con una copa que seguramente contenía whisky de fuego entre los dedos.
—Al parecer tu familia te traicionó, Malfoy —habló en un tono burlón tan parecido al del rubio que lo asustó un poco, en cuanto llegó a su lado.
Draco apenas lo miró de soslayo, sin inmutarse demasiado.
—¿Y por qué sería eso, Potter? —arrastró las palabras, como siempre lo había hecho pero esta vez un tono aburrido resonaba en ellas.
—Aquí estamos los pobretones de Gryffindor, en tu tierra —le respondió con una gran sonrisa, extendiendo los brazos—, comiendo de nuestra propia comida, eso sí. Al final, los que tuvimos que hacer caridad fuimos nosotros.
El ojigris apretó fuertemente la copa con sus dedos y sus labios formaron una sola línea con claro disgusto.
—¿Y de ésto presumías tanto? —continuó Harry, mirando alrededor con una mirada apreciativa— He conocido burdeles hundidos en la mierda, mejores cuidados que ésta pocilga a la que llamas hogar.
Draco se giró hacia él a la velocidad de la luz, sacando su varita de su manga y posándola en el cuello del pelinegro con la respiración irregular. Harry puso una sonrisa maliciosa en su boca mientras no apartaba la mirada de su rostro.
—¿No te gusta recibir de tu propia medicina, eh Malfoy? —le dijo ensanchando la sonrisa— O sea que además de cobarde, eres un hipócrita.
Draco apretó aún más la varita contra su cuello.
—Dime una sola razón por la que no debería matarte aquí y ahora —su voz fue siseante.
—Hazlo —le retó Harry—. Hazlo, adelante. Mátame.
El chico de verdad estaba a punto de hacerlo, una vena sobresalía de su frente mientras Harry aún sonreía, claramente divertido y nada asustado por la situación.
—¿O tienes miedo, Malfoy? —le susurró— ¿Tienes miedo de matarme?
Los ojos verdes le miraban con tal intensidad que pudieron haberlo derretido ahí mismo, mientras la manzana de Adán del pelinegro se movía lentamente.
—Yo lo haría.
Despertó de su ensoñación y con brusquedad retiró la varita del lugar de su mandíbula, mientras que con un pedazo de su camisa la limpiaba con una expresión de asco.
—Me gustaría verte intentarlo —dijo antes de desaparecer.
Harry no volvió a divisarle en todo la fiesta.
Aunque, ese mismo año, volvieron a verse.
Era inusual, hubo una reunión urgente en Hogsmeade de la que sus padres no quisieron contarle a ninguno de los dos.
Harry le había rogado a su mamá para quedarse en el palacio, no queriendo inmiscuirse más de lo necesario en los asuntos de la corona antes de tiempo y también para aprovechar de pasar más de éste mismo con Ginny. Y Ron y Hermione, obviamente. Pero sobre todo Ginny.
Al final, su mamá accedió a que la llevara, solo para que no se aburriera, obviamente, solo por eso.
Draco fue todo lo contrario. Prácticamente les rogó a sus padres para acompañarlos. No pudiendo soportar realmente la soledad del castillo si Blaise o Pansy no se encontraban allí y porque realmente necesitaba saber qué pasaba con su Reino. Necesitaba aprender a ser un buen gobernante.
Así que allí se encontraban ambos.
A ninguno le habían dejado entrar a la Sala de Comandos por mucho que Draco haya insistido en ello y Harry haya pedido por mera curiosidad.
Estaban situados en una sala más pequeña, pobremente adornada y de paredes pintadas de tonos lila.
Harry y Draco llevaban ahí por lo menos una media hora sin mirarse o pronunciar una sola palabra, lo cual era decir bastante considerando que entre los dos solo podía nacer el caos.
Cada uno tenía mejores cosas de las que preocuparse, y solo sus respiraciones se escuchaban, o eso era al menos hasta que Ginny apareció.
—¿Harry? —una voz dulce cortó el aire mientras unos pasos se acercaban. Ambos chicos levantaron la cabeza para divisar como una muchacha pelirroja en pijama caminaba hacia ellos.
—¿Gin? —el moreno preguntó con las cejas juntándose en preocupación, mientras el rubio le observaba con atención.
—Lo siento Harry, no podía dormir, y de pronto tú no estabas, yo...— Ginny paró abruptamente al notar como Draco Malfoy estaba sentado a unos pocos metros de donde el Príncipe de Gryffindor se encontraba.
A Draco la situación le incomodaba y le causaba gracia en partes iguales, sin saber muy bien por qué.
—Gin, vuelve a la cama —le dijo Harry levantándose y con un tono de voz meloso. Malfoy tuvo que aguantar la risa—. Ya iré, me necesitan aquí, ¿bueno? —preguntó pasándole un mechón rojo por detrás de la oreja.
—¿Y no puedo quedarme?—la chica comenzó a hacer pucheros— Te extraño, cariño.
Draco puso una mano en su boca para evitar reírse. Ginny lo miró fulminante.
—No, Ginny, lo siento — Harry trató de ignorar con todas sus fuerzas al especimen rubio—. Ya iré, no tardo.
La pelirroja le dio un beso en la mejilla y lo observó con un poco de tristeza unos segundos para luego dedicarle la mirada más mortal que poseía a Malfoy, antes de retirarse de allí con la cabeza en alto.
Los hombros de Draco se agitaron con fuerza en una risa silenciosa. ¿Ya iré? ¿Vuelve a la cama? ¿Te extraño?¿Cariño? ¿Y todo eso con un tono de voz que se usa para hablarle a los niños de siete años? Era simplemente hilarante.
—¿Qué? —Potter le espetó hoscamente en cuánto tomó asiento de nuevo.
Draco sonrió en su dirección.
—Nada, tranquilo cariño —le dijo imitando el tono de Ginny.
Harry lo observaba con profunda rabia desde el otro extremo de la habitación.
—Al menos yo tengo a alguien que sí me quiere, Malfoy —el resentimiento se filtraba en sus palabras—. Puedo apostar a que nadie en la inmundicia de tu Reino se atreve a tocarte ni con un palo.
Draco seguía sonriendo, no dejándose intimidar.
—Por supuesto que no, estoy demasiado fuera del alcance de cualquiera —Le respondió—, además, mejor eso que ponerme a besuquearme con un sirviente. No, ni siquiera un sirviente. Con un Weasley, por el amor a Merlín, Potter. Pensé que tenías mejor gusto.
Harry se levantó como un resorte de su lugar para acercarse rápidamente a Draco, tomándolo de las solapas de su traje, el chico ensanchó aún más el gesto petulante.
—Te juro, Malfoy, una sola palabra más...
—Y qué, ¿Qué harás? —le preguntó poniéndose en posición de defensa — Puedo tomarte, lo sabes.
Harry soltó tremenda carcajada, y cuando estaba a punto de replicar, las puertas se abrieron de par en par.
Lo soltó de inmediato, mientras distintos niveles de preocupación se reflejaban en las caras que salían de allí.
—Nos vamos Draco —logró oír como el Rey de Slytherin se acercaba al rubio apresuradamente.
—Ven Harry, ordena tus cosas —James lo tomó del brazo—, partimos mañana a primera hora.
El chico arrugó la frente mientras era arrastrado por su madre y su padre por el pasillo, no entendiendo muy bien qué estaba sucediendo precisamente. Y antes de doblar la esquina, miró hacia atrás solo para encontrarse con una mirada ojigris preocupada, que en realidad, en realidad, no lo estaba mirando.
Para su cumpleaños número dieciséis supo que algo raro estaba sucediendo.
Sus padres salían la mayoría del tiempo sin llevarle, alegando que debía ya aprender a manejar mejor los temas de la corona ya que ellos podían dejarlo en cualquier momento.
Él y Ginny estaban comenzando a salir realmente aunque aún no eran novios, apenas se habían dado unos cuántos besitos pero Harry podía decir que a ciencia cierta le gustaba bastante la valiente chica.
Ron, como hijo del Comandante de la Guardia Real de Gryffindor había comenzado a entrenarse para seguir los mismos pasos que su padre y Hermionie cada vez se acercaba más a su amigo pelirrojo porque Molly, la cocinera oficial del castillo, estaba dándole lecciones. Aunque todos supieran que Hermione tenía potencial para muchas, muchas más cosas que la cocina.
Todo parecía marchar bien, realmente bien.
Por eso, tuvo que haber sabido que algo malo sucedería.
Hubo una reunión de mediación en Godric's Hollow una semana después del 31 de Julio.
Una reunión de mediación solo podía significar una sola cosa: Habría una guerra nuevamente. Y aquella revelación le cayó como patada en las entrañas.
Harry jamás contempló que sucedería si su Reino volvía a estar en Guerra, no luego de lo mal que lo pasaron para la primera, cuando él era solo un niño. Dormían en las mazmorras, cosa de que si penetraban las fuerzas del Reino durante la noche, su madre tuviese tiempo de darle un "antídoto para dormir" antes de que llegaran a ellos. Un antídoto que ahora sabía, era veneno.
Tampoco pensó que volvería a sentir la angustia persistente de no saber si su padre volvería cada vez que se marchaba a batallar y preguntarse qué sucedería con ellos una vez que no estuviera. Y, aunque amaba mucho a sus padrinos, Remus y Sirius, verlos allí solo significaba una sola cosa: El Reino necesitaba armas y hechizos protectores de máxima seguridad.
Pero, algo en lo que jamás se había puesto a pensar, no hasta que estuvo en esa reunión con los cuatro príncipes de los reinos mayores de Hogwarts, era que jamás se podría casar con Gin.
Que en cambio, su prometido o prometida sería alguno de los que se encontraba allí. ¿Sería la pequeña Susan, princesa del Reino de Hufflepuff? A Harry le dieron escalofríos de solo pensarlo. Era una bebé, Merlín. Pero descartó la idea de inmediatamente, no, Hufflepuff y Gryffindor eran realmente leales entre cada uno.
¿Podría ser Anthony? ¿El hijo de los Reyes de Ravenclaw? Era probable, bastante de hecho. Ravenclaw era una arma poderosa en el campo de batallas y no se podía arriesgar perderlos antes de ir a la Guerra con, seguramente, Durmstrang. Pero, ¿podría ser?
Su mirada recorrió el salón y se encontró con unos ojos grises que le analizaban fijamente.
Draco Malfoy estaba mucho más alto, ahora sí superándolo en porte y lucía su cabello mucho más corto de la última vez que le vio. Un pequeño flequillo cubría parte de su rostro y varios anillos se posaban en sus largos dedos. El broche de plata que vio hace años seguía en su bolsillo.
No, pensó, No, no no. Es imposible. Slytherin siempre es neutral.
—Puedo oír tus pensamientos desde aquí, Potter —el rubio que estaba enfundado en un traje azul marino le habló, pero esta vez no había burla en su voz—. Créeme que es imposible.
Exhaló, aliviado, y rehuyó de sus ojos el resto de la reunión.
Para cuando llegaron nuevamente a Gryffindor, sus papás no dijeron palabra, así que pensó que estaba todo bien.
Y es que tuvo que haber sabido que las cosas nunca eran así de fáciles.
Poco menos de dos meses antes de cumplir los diecisciete años lo supo.
Sus padres habían estado rarísimos toda la semana anterior, yendo de acá para allá, evitando su mirada y huyendo de sus preguntas. Fue un día soleado, Harry acostumbraba a ocupar túnicas casuales en su hogar pero ese día se le fue pedido que las cambiara por formales, alguna azul, o dorada. Esa fue la primera pista.
La segunda pista fue que desayunó solo, que en sí no era algo tan extraño, sí lo era que lo mandaran a comer en su habitación. Estuvo toda la comida preguntándose si había hecho algo malo.
La tecera pista, (no tan pista, al fin y al cabo), fue que a eso de las once de la mañana, fue escoltado hacia la sala de reuniones del palacio.
Durante el trayecto se encontró con la mirada interrogante de Ginny y Ron, a quienes respondió de igual forma. No tenía idea de qué estaba sucediendo.
La puerta color cielo se erguía ante él y tomó una profunda bocanada de aire, sintiéndose nervioso de pronto, sin saber muy bien por qué, no tenía idea de qué le esperaba allá dentro, pero por la actitud de sus padres no pintaba nada bueno.
Una vez que tomó la perilla e hizo su aparición dentro del salón, su corazón se saltó un latido mientras sentía que el alma le caía a los pies, sus manos comenzaban a sudar y sus piernas flaqueaban.
Nada, absolutamente nada, podía haberlo preparado para enfrentar a quienes estaban allí. Ni aunque se lo hubieran dicho, podría haber esperado que aquello pasaría. Ni en sus peores pesadillas.
Un rubio que cada día crecía más estaba sentado en una gran mesa de color caoba junto a sus dos padres. Vestía un traje completamente negro y tenía la mirada perdida en algún punto de la madera. Narcissa tenía una mano alrededor de su brazo en un gesto apaciguador y Lucius mantenía su mirada al frente.
Las cejas de Lily se juntaron con preocupación mientras James suspiraba y se pasaba una mano por el cabello, alborotándolo.
—¿Mamá? ¿Papá? —dijo con la voz temblorosa, sin ser capaz de moverse del umbral de la puerta— ¿Qué es esto?
Draco parecía no reaccionar, de hecho ninguno de los Malfoy parecía apenas haber notado su presencia. Lily se levantó de su asiento y agarró su brazo delicadamente, llevándolo hasta un asiento frente al rubio más pequeño.
—Cariño, ven, siéntate.
Harry comenzó a entrar en pánico mientras temblaba. No, esto es imposible. Draco me dijo que era imposible.
—¡No! —gritó antes de sentarse — ¡¿Qué es esto?!
James levantó la cabeza, su expresión se debatía entre el dolor y la severidad.
—Siéntate, Harry —su voz sonó dura, como pocas veces la había escuchado— Tenemos que hablar.
Lily, aunque fuera mucho más menuda, prácticamente empujó a su hijo en la silla, quien estaba tan perdido como Draco.
—En vista de los acontecimientos...— comenzó tentativamente Lucius y Harry fijó su mirada en él.
El Príncipe de Slytherin era tan parecido a él que dolía. Su tono de voz arrastrado, el mismo gesto indiferente, el mismo cabello. Si no fuese por algunos pequeños razgos que había heredado de Narcissa, Draco sería su réplica.
—Por eso, no podemos mantenernos neutrales. Simplemente no podemos — proseguía Lucius, aparentemente sin prestar atención a su hijo ni al joven frente a él—. Por lo tanto hemos decidido, tanto los Reyes de Gryffindor, como nosotros, unir nuestras naciones.
Silencio. Nada más que silencio. Los engranajes de la cabeza de Harry funcionaban a tal velocidad que sus pensamientos iban y venían sinsentido. Miró a su padre.
—Pues háganlo, ¡háganlo! ¿Qué tenemos que ver él y yo aquí?— Harry habló un poco más alto de lo que pretendía, pero no podía importarle menos.
—Harry... —la voz de su madre rayaba en la tristeza más profunda.
—Eres imbécil, Potter —Draco aún no lo miraba—, si crees que nuestros reinos confiarán ciegamente en el otro, sin un contrato tangible.
El ojiverde giró la cabeza hacia él a la velocidad de la luz, completamente enojado. De alguna forma, sabía que era su culpa.
—Draco...—le advirtió Narcissa.
—No, madre —Draco la cortó duramente, por fin levantando sus ojos desde la mesa—. Esto es horrible. Es literalmente lo peor que han podido pensar en hacerme. No lo haré —su voz se quebró al final de la oración.
—¿No querías ser un buen monarca, Draco? —Harry simplemente quería golpear a ese hombre por actuar tan indiferente en aquella situación que estaba destruyendo sus vidas— Esto es lo que hace un buen monarca. Sirve a su pueblo y su bienestar sin hesitar.
La mandíbula del chico cayó abierta, incrédulo.
—¡Es fácil para ti decirlo! —le gritó perdiendo los estribos. Por la mirada ahora algo sorprendida del hombre, supo que era la primera vez que lo hacía— ¡Tú no tuviste que seguir una puta orden en tu vida! ¡Simplemente llegaste a los veinte años sin saber nada de la vida y te casaste con la primera mujer que te gustó y se cruzó en tu camino!
—¡Draco! —le siseó Narcissa.
El chico se levantó abruptamente botando la silla a su paso, para caminar hacia la puerta. Harry, quién había visto las peores facetas de Draco, jamás lo vio antes así de furioso.
—Acaban de firmar mi sentencia de muerte, padres —les miró destilando veneno—. Espero puedan vivir con ello —y con eso, salió del cuarto.
La sala quedó en un incómodo silencio luego de aquello, pero a Harry le daba igual. Tenía la cara en sus manos, apretando con fuerza sus ojos.
—¿No hay otra manera? —preguntó a sus padres con un hilo de voz.
—No.
Levantó la cabeza para mirar a los cuatro.
—Jamás me casaré con él.
—Harry, vamos, esta es una rivalidad infantil —James le dijo—. No tiene sentido retener tanto rencor por tantos años. Es estúpido.
—Estúpido es que me estén obligando a casarme con alguien para su beneficencia.
—Nuestra beneficencia —le cortó Lucius—. Que yo sepa, si ganamos la guerra también tu estarás incluido junto a los salvados.
Harry trató de infundirle todo el odio que sentía. Lucius apenas se vio afectado.
—No-me-casaré-con-él —dijo con un espacio entre cada palabra.
—Me temo que no tienen opción— Narcissa habló por primera vez, pero sin mirarle, con la visión perdida en la puerta por la que Draco salió—. Ya está sellado por magia. Están oficialmente comprometidos.
El mundo comenzó a girar a medida que los segundos pasaban, completamente mareado frente a ésta revelación.
Por supuesto que está sellado con magia, pensó.
—Yo... —pronunció de forma ausente mientras se levantaba de su puesto.
—Harry —Lily trató de agarrar su pierna, o su mano. O alguna parte de él.
El chico se apartó de su contacto como si quemara y apenas alcanzó a registrar la mirada dolida de su madre.
—Necesito salir.
Casi corrió hacia afuera.
No salió de su cuarto los días venideros. Sus padres no fueron a verlo y no se paró de su cama más que para bañarse y recibir la comida, pero más que eso, su puerta no se abrió. Ni para responder a los llamados preocupados de Ron o los lloriqueos de Ginny diciéndole que podía hablar con ella, que ella estaría para el. Merlín, ni siquiera le abrió la puerta a Hermione cuando ella amenazó con hechizarle el culo y tumbar su habitación a maldiciones.
Por eso, al cuarto día cuando las protecciones de su pieza se agitaron y un alto rubio entró azotando la puerta como Pedro por su casa a su habitación, no pudo más que mostrarse sorprendido.
—Deja de victimizarte, Potter —le espetó con unos libros y pergaminos en sus manos—. Muévete hasta acá y haz algo al respecto —dijo tirando encima de una mesita los documentos que traía.
—¿Qué haces acá? —preguntó levantándose en un santiamén.
Si las miradas mataran, Draco Malfoy ya estaba enterrándolo tres metros bajo tierra para ese momento.
—¿Cómo que qué hago acá?—le dijo en tono molesto— ¿Esperas que me quede llorando en mi habitación y auto compadeciéndome por algo que puedo cambiar?
—Me refiero a qué haces acá, cómo entraste.
Draco lo miró cómo si Harry fuese el ser más estúpido en la tierra. Probablemente lo creía.
—¿Abriendo la puerta y caminando? — habló de forma retórica— No es cómo si tuvieses una cerradura o algo.
—Sí la tengo —le dijo Harry tajante —. Por eso quiero saber como la burlaste. Es mágica.
El entendimiento cruzó por las facciones del ojigris y su semblante se ensombreció.
—Oh, supongo que debe ser por esto — amargamente, tomó un pergamino bastante nuevo y reluciente y lo sujetó en el aire—. Tus barreras deben detectarme como alguien de suma confianza o como alguien a quien deseas que entre.
Harry se rió, fuerte y claro.
—Claro, sí—le dijo con una sonrisa petulante—. Debe ser eso, obviamente. No existe otra persona en el mundo en la que confíe más que en ti, Malfoy —replicó con sarcasmo—Mejor dime cómo entraste para así reforzar las barreras y no tener que ver tu estúpida cara.
El gesto de desesperación que tenía Draco en el rostro era fácil el peor que alguna vez vio.
—¿Eres imbécil, Potter? ¿O simplemente no tienes idea de contratos mágicos y has estado rascándote los huevos los días que has estado encerrado aquí llorando?
La sonrisa se le borró de golpe.
—¿Qué quieres, Malfoy? —Harry habló con dureza.
—Romper esta mierda —volvió a mostrarle el pergamino—. Así que quieras o no, anda acostumbrándote a mi presencia. Tú y yo vamos a pasar mucho tiempo juntos para evitar este compromiso.
—¿Compromiso?—le dijo con burla— Esto más que nada parece una tortura. Una lenta tortura.
—Por primera vez en la vida, no puedo discutir nada ante eso.
Harry lo observó unos segundos más y con cautela tomó asiento a su lado, pero corriendo la silla para mantener una distancia prudente. Ubicó su varita bajo la manga solo por si acaso y le arrebató el pergamino de entre las manos a Draco.
Con la delicadeza que poseía, que era prácticamente nula, trató de romperlo. Obviamente fue imposible.
—Merlín, realmente no tienes idea de contratos mágicos.
Harry lo miró con desagrado.
—Ilumíname entonces.
Draco le dedicó una mirada larga y concienzuda antes de suspirar profundamente. Ya no lucía molesto o burlón. Simplemente se veía cansado.
—Un contrato mágico es prácticamente imposible de deshacer y cada uno es diferente —comenzó de forma lenta—. En nuestro caso, los compromisos pueden ser acordados por cualquier parte del árbol genealógico directo de cada uno. Por ejemplo, nuestros abuelos hace siglos atrás pueden haber pactado entre ellos que en nuestra generación, los primogénitos de cada familia debían contraer matrimonio y el contrato mágico sería igual de válido a que lo hagan nuestros padres. Es algo totalmente barbárico y aunque en la corona suele darse bastante, en sí no es muy común— explicó, pasando una mano por su suave y rubio cabello, desordenándolo—. Este solo tendrá validez una vez que ambos cumplamos dicieocho años así que tenemos poco más de un año para descubrir cómo romperlo, y para eso necesitamos convicción y mucha, mucha investigación.
—¿Alguien alguna vez ha logrado romper un contrato de éstos?— Harry le preguntó asustado, no había pensado que el tema era tan complejo.
—Sí, pero no aparecen en ningún lado—volvió a suspirar—. Tampoco podrían contar como lo hicieron, físicamente leses imposible. Créeme, sé lo que te digo —agregó rápidamente en cuanto Harry quería intervenir.
Se quedaron unos segundos en silencio, meditando sus opciones.
—¿No podemos simplemente huir? — se rascó el cuello— No sé, así evitar la boda.
—A menos que quieras vivir en un dolor intenso por el resto de tus días o morir, no es posible —el rubio no le miraba, mientras abría un libro —. Aunque al menos yo no dejaría a mi pueblo así, no huiría.
Pero aún así estás dispuesto a quebrar un compromiso que los ayudará, pensó Harry.
—¿Y qué sucede si alguno de los dos muere?—preguntó el ojiverde con genuina curiosidad.
—¿Quieres matarme ya, Potter? —se burló Draco— Mejor hazlo aquí y ahora, así puedo ver cómo mis padres se vengan desde el más allá.
Harry rodó los ojos.
—Estoy preguntando, porque supongo que tampoco es tan fácil cómo simplemente morir, ¿no? Si fuese así, en la antigüedad aquellos que estaban obligados a casarse simplemente se matarían entre ellos.
Draco pareció pensárselo un poco, con una mirada de concentración en la pared frente a él. No estaba muy diferente a la última vez que lo vio, su cabello seguía del mismo largo y si había crecido no podían haber sido más de dos centímetros, portaba un traje café oscuro que como siempre, estaba hecho a la medida aunque se notaba que estaba pensado para ser casual. Su rostro anguloso estaba apoyado en una de sus palmas y su boca se curvaba un poco hacia abajo. Harry pasó saliva.
—No lo había pensado. Supongo que jamás consideré la posibilidad de la muerte como escapatoria —le dijo—. Yo no quiero morir, no pienso intentar suicidarme en un futuro próximo. Tampoco pienso matarte a ti, si no eso habría sucedido años atrás, cuando básicamente me rogaste que te matara...
—No te rogué que me mataras —
el pelinegro lo interrumpió, en forma de quejido, algo avergonzado de su época rebelde que hace poco había menguado.
—...por lo tanto, no confío en tus instintos suicidas, así que no trates de probar la teoría por ti solo —prosiguió él como si no lo hubiese escuchado—. Y tampoco creo que quieras matarme, tus valores Gryffindorescos no te lo permiten.
Harry no pensaba afirmárselo, pero tenía un punto.
—¿Tenemos algo qué hacer, entonces?
Draco rehuyó de su mirada.
—Solo investigar — le respondió—. hasta entonces, estamos prácticamente pegados el uno al otro.
A Harry se le revolvió el estómago.
—Supongo que no literalmente.
—Potter, tú crees que si estuviera en mis manos, ¿seguiría aquí? —preguntó de forma desagradable— Si no me he ido es porque literalmente si me alejo demasiado, experimento uno de los peores dolores que he sentido.
—Oh, así que vas a estar aquí todo el tiempo — se quejó —. Por favor, apurémonos.
—Por si no lo has notado, quiero que esto termine lo más rápido posible.
—Bien— le dijo mientras tomaba uno de los libros — Oh Dios, Gin va a matarme — Murmuró por lo bajo.
Draco tuvo que reprimir una sonrisa, no tenía idea por qué le causaba tanta gracia su relación con la Weasley menor, pero es que simplemente el hecho de imaginarse a Harry en ese ámbito era hilarante.
—Si hubiese sabido que ésto iba a joderle a un puñetero Weasley, hubiera pedido venir mucho antes.
—Malfoy, hemos tenido una conversación civilizada, ¿Realmente quieres echarlo a perder ahora?
—¿Y qué vas a hacerme? ¿Abalanzarte sobre mi garganta? ¿A la yugular?
—Podría hacerlo.
Draco levantó la vista de golpe desde el pergamino, para encontrarse con unos ojos verdes y una ceja levantada.
—Hazlo entonces.
Harry le sostuvo la mirada por un rato no queriendo demostrarle algún tipo de miedo antes de abrir su propio libro.
—Terminemos con esto ¿Vale?
Draco no respondió, y se pasaron toda la tarde leyendo y anotando todo lo que podía ser útil.
Pasó un mes antes de tener una revelación que afectó más a Harry que a cualquier otro.
Había pasado aquellas semanas casi pegado al rubio para investigar maneras de terminar con aquel asunto, no siendo capaz de salir de su cuarto realmente para enfrentar a sus amigos. O a su novia.
Apenas había hablado con sus padres, demasiado enojado y traicionado por ellos como para hacerlo. Podía entender el motivo del compromiso, realmente sí, seguramente el continente de Durmstrang tenía más aliados que la última vez y por eso Slytherin no podía permanecer neutral. Solo lo encontraba estúpido. No era necesario que lo obligaran a casarse con una persona que detestaba, no tenía sentido. Habían muchas formas de establecer un pacto.
Solo que no podía pensar en ninguna otra.
El verano comenzaba a hacerse presente y el cumpleaños de Draco estaba a la vuelta de la esquina lo que los hacía sentir miserable a ambos. A Harry porque eso quería decir que había menos tiempo y a Draco porque sería la edad en la que podía usar magia avanzada y en vez de sentirse feliz por ello, estaba preocupado de no comprometerse a los dieciocho, sin dirigirle la palabra a sus padres y en una tierra totalmente extraña por primera vez en una celebración importante.
Estaba más allá de lo irritable y Harry por su propia sanidad mental había decidido huir de él lo más rápido posible durante sus sesiones de investigación. Era eso o ponerse a pelear a puño limpio o hechizos, y por mucho que a veces deseaba dejarlo inconsciente, se necesitaban el uno al otro para así acabar con la tragedia.
El chico iba vagando por los jardines del palacio cuando una fuerza lo botó de improvisto al pasto, rodando y pegándose fuerte en la cabeza.
—¡Auch!
Adolorido, abrió los ojos para encontrar la mirada iracunda de Ginny. Sus pecas lucían hermosas, y tenía el cabello trenzado mientras se encontraba a horcajadas encima de él.
—¿Cuándo pensabas hablarme? ¡¿Tienes idea de lo preocupados que estábamos?! ¡Es la primera vez que te veo solo en semanas! ¡¿Qué hace ese idiota entrando a tu habitación cada día?! ¿No lo odiabas? ¡¿Me estás engañando?!
Harry suspiró y cerró sus párpados, de pronto mareado por las avasalladoras preguntas de Ginny.
—Gin, tenemos que hablar...
—Oh no, malditamente no Harry Potter, ¡No vas a terminar conmigo así, de esa forma!
El chico la observó un largo rato, y con cuidado se sentó, ella se removió y a regañadientes, se salió de encima para posarse a su lado.
—Algo raro pasó, Ginny... — comenzó—No quiero terminar contigo.
La muchacha frunció el ceño.
—¿Entonces?
Harry exhaló limpiando el aire de sus pulmones.
—Por favor, no grites.
Ginny frunció el ceño aún más, pero no le dijo nada.
—Estoy comprometido.
El gesto de dolor que cruzó por el rostro de la pelirroja lo perseguiría el resto de su vida. Sus ojos se aguaron mientras se llevaba una mano a la boca y negaba con la cabeza.
—No... tú dijiste...
—Sé lo que dije—la interrumpió —. Yo no quiero, Gin. Mis papás me están obligando.
La muchacha se levantó bruscamente.
—Es él, ¿verdad? — le preguntó con asco — Ese tipejo de Slytherin.
—Estoy tratando de romperlo — explicó desesperadamente, levantándose también —. Ambos lo estamos, detestamos la simple idea de...
La risa agria de Ginny cortó el hilo de sus pensamientos.
—Permíteme dudarlo.
A Harry se le encogió el estómago de enojo ante sus palabras, fue su turno defruncir el entrecejo.
—¿Qué estás insinuando?—le espetó— ¿Que quiero casarme con él? ¿Después de que he hecho lo imposible por quererte a ti?
La chica lo miró con aún más molestia, si eso era posible.
—Nadie te ha obligado a quererme.
—Sabes que no es eso a lo que me refiero...
Se observaron unos cuantos segundos en silencio. Harry pasó una mano por su cabello, desordenándolo aún más y cruzó los brazos encima de su pecho.
—No creo que él quiera terminar el compromiso —le dijo Ginny.
—Oh, créeme que sí, Gin — aseguró Harry — ¿Por qué no querría?
—Yo lo vi, Harry —la chica tensó la mandíbula—. Cuando me llevaste hace un tiempo de viaje. Él nos vio. Estaba celoso. Eran celos.
Sabía que tuvo que haberlo evitado, pero la risa gutural que salió de sí había sido imparable. La miró incrédulo, y volvió a reír. La chica apretó los puños a su costado.
—¡Me odia, Ginny! — exclamó — ¡Nos odiamos! ¡Desde los once años que no nos soportamos!
Y como siempre resolvía todos sus problemas, tomó de la nuca a la joven, para así juntar sus labios en un apasionado beso.
Pero justo antes de que sus bocas pudieran siquiera tocarse, una fuerza mayor hizo que Harry volara por los aires y aterrizara metros lejos de ella mientras por su pecho se extendía un dolor que solo podía ser comparado con miles de cuchillas clavándose en él.
—¡Harry!
Pasó cuatro días en la enfermería.
Ron y Hermione fueron inmediatamente, ambos ya enterados de las noticias por la boca de Ginny.
—Oh, Harry —Hermione le había dicho tocándole el brazo—. ¿En qué estabas pensando? Los compromisos mágicos no solo te atan moralmente...
—Ya lo noté, Hermione, gracias —Le respondió él.
—Estás jodido amigo, completamente jodido — Ron lo miraba con expresión de lástima—. Ginny está hecha una furia, deberías terminar con ella para acabar con ésta agonía. No veo que haya nada que puedas hacer.
Aquello se sintió como una patada en el estómago.
—La quiero, Ron.
El gesto lastimero se acentuó en la cara de ambos.
—Lo sé, pero ninguno de los dos merece sufrir así.
Harry se había llevado las manos a su cara, exasperado, y pensó en aquello todas las noches.
Al cuarto día, Draco fue a visitarlo.
Vestía una camisa blanca desabotonada en el principio y las mangas arremangadas hasta los codos. Un pantalón negro se ajustaba a sus piernas largas y múltiples anillos adornaban sus dedos. Le levantó una ceja apenas lo vio.
—Cada día me sorprende mucho más tu estupidez, Potter — dijo mientras se sentaba en una silla a su lado —. Te superas ¿Tienes una competencia contigo mismo?
Harry le dedicó una expresión desagradable.
—¿Qué haces aquí?—le escupió — ¿Quién te dejó entrar? ¿Donde está la medimaga?
—En lo que respecta a la medimaga, soy tu prometido y tengo toda libertad de venir aquí.
Al ojiverde le picaba la garganta para decirle que no era así, que se fuera, que lo odiaba, pero se abstuvo. Draco no iría a verlo a menos que tuviese algo importante que decirle.
—Bueno, entonces habla para que puedas marcharte lo más rápido posible.
—Con gusto —le sonrió burlonamente—. Mi cumpleaños es en unos días.
—Me importa una mierda.
—Encantador, Potter— respondió indiferente, limpiando pelusas imaginarias de su hombro — Cómo te decía, mi cumpleaños es en unos días y como regalo de cumpleaños planeo pedir un viaje a una isla lejana, en recompensación por el mal rato que me han hecho pasar. Así que probablemente me lo concedan.
—Estamos en medio de una guerra—Harry habló sin poder creerse el egocentrismo del chico.
—Exactamente, necesito tranquilidad — tocó su cara suavemente y masajeó sus sienes —. Y necesito que vengas conmigo. O no podré viajar.
—Una maldita pena, ¿No crees Malfoy?
Draco clavó sus ojos grises en él, como si lo analizara. Siempre lucía así. Harry lo miró de vuelta. Finalmente suspiró hondamente.
—Necesitamos ir, Potter — su mirada subía de intensidad —. no son vacaciones, aunque eso les diremos a nuestros padres. Encontré información importante.
El pelinegro lo entendió finalmente, esto tenía que ver con el contrato, y se preguntó por qué Draco no partió por eso de primeras.
Asintió, aunque iba en contra de sí concederle algo al chico.
Lo miró unos segundos más, antes de volver a hablar.
—No pensé que fueras tan idiota como para ir y besar a la Weaselby—Draco le medio recriminó. Harry rodó los ojos.
—Valía la pena intentarlo— mintió el chico. Malfoy arrugó la nariz.
—Por supuesto, debí haberlo esperado.
—¿Y por qué no lo haría? Es mi novia—Harry dijo a la defensiva.
Draco perfiló una sonrisa maliciosa.
—¿Aún? Creo que sería útil para mí saber cómo piensas mantener una relación con alguien a quién apenas puedes tocar o hablarle sin que las restricciones te manden volando lejos, oh, será divertido de ver— hizo un gesto con las manos y en sus labios formó una O silbando.
—¿Y a ti qué te importa? Si no tienes a nadie que quiera acercarse a ti— replicó infantilmente.
—Oh Potter, te sorprenderías —comentó ensanchando su sonrisa—. La única cosa que me está impidiendo tirarme desde mi ventana en estos momentos es el pensamiento de que apenas terminemos con esto, follaré como si no hubiera un mañana.
Harry casi se atragantó con su saliva. Imágenes mentales indeseables de un Draco sudoroso y con los labios rojos, Draco agitado, con el cabello pegándose a su frente, Draco sudoroso y agitado con su mirada penetrante, llegaron a él. Sacudió la cabeza, horrorizado.
—Creí que dijiste que no tenías instintos suicidas.
El rubio simplemente rió y se levantó de su asiento, alisando las arrugas de sus malditos pantalones negros y comenzando a caminar en dirección a la puerta.
—Nos vemos, Potter.
No volvió a verlo hasta su cumpleaños. Lo levantaron temprano ese día, y aunque al principio no entendió, pronto comprendió que esa fecha se conmemoraba el decimo séptimo aniversario de la venida al mundo de Draco Malfoy.
Le vistieron con una túnica rojo oscuro intenso, casi rayando en lo negro junto con una armadura parecida a un arnés y un cinturón con un león de oro en él, dos rodilleras y un broche dorados adornaban su atuendo.
Trataron de acomodar su cabello, aunque era prácticamente imposible, para colocar en él una delgada corona que asemejaba las hojas, y, aunque no se lo esperaba, posaron una pulsera de una serpiente que se enroscaba por su brazo, seguramente simbolizando la unión con Draco.
El maquillaje para la ceremonia fue un poco más sencillo, un poco de delineador negro en sus ojos y un poco de color en sus mejillas. Para cuando se miró en el espejo, se veía como una versión distante de él.
Ese no era Harry, solo Harry. Ese que le regresaba la mirada desde el espejo era Harry Potter, hijo de James y Lily Potter y heredero al trono del Reino de Gryffindor, comprometido con Draco Malfoy, heredero al trono del Reino de Slytherin.
Exhaló y encaminó su rumbo hacia los jardines, donde se celebraría un almuerzo solo entre los más cercanos al rubio y luego, una pequeña celebración.
Cuando llegó al lugar, habían alrededor de unas veinte personas, contando a sus padres y a los monarcas del reino de las serpientes charlando alegremente. La comida se encontraba a montones y a los alrededores habían guardias custodiando el lugar, su amigo Ron incluido quién lo saludó a la distancia.
Buscó con la mirada a Draco, siendo costumbre en este tipo de celebraciones que la pareja del príncipe estuviese junto a él. Aunque fuese una mentira, sabía que su madre lo obligaría de todas maneras.
Pasó por entre la gente saludando con un asentimiento mientras iba caminando, hasta que lo localizó.
Por supuesto que está bajo el toldo, pensó.
Dos sillas en unos escalones, que se asemejaban a un trono estaban puestas bajo una semicarpa, y a cada lado de una había un soldado. Harry suponía, que la otra era para él.
A medida que avanzaba y podía distinguir mejor la delgada figura sobre su asiento, completamente aburrido y con una mano apoyada en su cabeza ladeada, la visión le quitó el aliento.
Draco Malfoy ocupaba un traje completamente negro. Y no es que jamás lo haya visto con uno, si no que nunca ninguno le había quedado tan bien. Tenía un cinturón mucho más pequeño que el suyo propio con unas inscrustaciones verdes esmeralda en él y una pequeña corona de color plata con un gran diamante del mismo color se posaba sobre su albino cabello, el flequillo cayendo libremente por su rostro. Sus dedos estaban adornados por varios anillos y cadenas entrelazadas entre sí y unas botas de talle alto se ajustaban perfectamente a sus pantorrillas. Y Merlín, ¿Eso que tenía en los ojos era delineador celeste y negro? ¿Y aquello en sus mejillas era tinta brillante?
—Hasta que llegaste, Potter—le espetó bruscamente Malfoy en cuanto arribó a su lado y se sentó, no queriendo mirarlo más de lo necesario —. Ya me iba a desgastar esperándote.
Harry tragó en seco, con la vista al frente y mirando como la gente comenzaba a ingresar de a poco a la semi carpa.
—Lo siento — no sabía muy bien por qué se estaba disculpando, tampoco lo pensó mucho, pero por el rabillo del ojo vio como Draco se sorprendía ante sus palabras y se recuperaba casi tan rápido como lo hizo. Se arrepintió al instante—. ¿Para qué me necesitas de todas formas, Malfoy? No es mi maldito cumpleaños.
Draco resopló, moviendo los cabellos de su frente.
—¿O sea que te has rascado los huevos por casi diecisiete años y no tienes ninguna idea del protocolo real?—le preguntó con sorna. Harry juntó las cejas.
—¿Qué obsesión tienes con mis huevos?—susurró a medida que la gente se acercaba.
—Ya te gustaría que tuviera alguna obsesión con tus huevos — arrastró las palabras en tono aburrido—. Necesitabas estar acá para que comenzaran a traer los regalos.
Las mejillas se le calentaron y a pesar de que quería responder, no tenía la menor idea que así funcionaran este tipo de cosas. Así que se quedó callado.
La gente comenzó a pasar a dejarle distintos tipos de presentes, huevos de animales extintos, joyas, sus padres le regalaron una planta exótica de Gryffindor que servía para reemplazar cualquier elemento en una poción, y mucho mucho más.
El turno llegó de una familia morena. Harry no podía distinguirlos bien porque jamás los había visto y tenían en las ropas un broche de Slytherin, por lo tanto seguramente eran de allá.
Hicieron una reverencia y el más joven de los tres se acercó con una caja entre sus manos. Era un muchacho alto, de facciones varoniles y pomulos afilados que se acercó al trono mirando a Draco...depredatoramente.
El rubio se había acomodado en la silla y correspondía a la mirada pero no con la misma intensidad, una pequeña sonrisa asomada entre sus labios.
Oh, así que éste debe ser el novio de Draco, pensó divertido.
El moreno llegó hasta sus pies y con delicadeza le pidió la mano al muchacho para besarle el dorso.
—En nombre de la familia Zabini, le ofrecemos este presente a Su Real Majestad, el príncipe Draco de Slytherin — L
la voz del chico era grave, mientras le entregaba el paquete de sus brazos.
Draco asintió, sus ojos iluminándose al notar que dentro de la caja venía un set de algo que Harry no alcanzaba a ver.
—Muchas gracias.
El ojiverde se sentía como un intruso, mientras observaba cómo Draco y el tal chico se miraban, desmontando todas las teorías de su cerebro que le gritaban que absolutamente nadie podría llegar a querrerlo.
Solo ve como lo mira.
De pronto, el tal Zabini giró los ojos hacia él y lo que vio en ellos no fue más que puro odio.
Ni siquiera Malfoy alguna vez le había mirado así, y ellos mantenían una enemistad desde hace años. No, lo que el tal Blaise profesaba con aquellos orbes no era más que puro resentimiento y rabia hacia él.
Fue allí que entendió que no odiaba a Draco.
Sí, era un idiota. Un idiota egocéntrico, altanero y ofensivo. Pero no lo odiaba. No recordaba jamás haberle dedicado un cuarto de la mirada que el moreno le estaba dedicando.
Unos pocos más entraron, antes de que aquella parte de la ceremonia acabase y todos pudiesen salir al jardín nuevamente, para disfrutar de la fiesta.
Ambos se levantaron de sus tronos y las personas comenzaron a retirarse de su lugar, aunque Zabini de había quedado relegado a propósito seguramente para esperar a Draco.
Antes de que el rubio se le fuera a escubillir de las manos, agarró su brazo con un poco de brusquedad.
—Ahora qué Potter — dijo indiferentemente.
Harry clavó sus esferas verdes en él, notando con creces el delineador adornando y resaltando el gris de los otros. Pequeños fragmentos de unos ojos idénticos pero mucho más jovenes y gentiles aparecieron en su mente, pero siguió observándole, tratando de calar hondo en su persona. Levemente pudo detectar un ligero temblor en su cuerpo, más el chico no lo demostró.
—Feliz cumpleaños, Draco.
Oyó como el rubio se atascaba en su respiración y antes de que pudiera responder, lo soltó para dejarlo ir.
No volvieron a hablar en toda la fiesta.
Viajaron dos días después.
Ginny apenas le hablaba antes de aquello a pesar de sus intentos desesperados por mantener una conversación al menos para darle un cierre a las cosas. Pero cuando se enteró por parte de Hermionie que se iba durante unas semanas a una isla en medio del mar, perdió la cabeza.
Discutieron por lo que parecieron horas, a pesar de que Harry le repetía hasta el cansancio que no eran unas vacaciones ni un viaje amoroso, ella no lo comprendía. Al final al ojiverde ya ni siquiera le importaba mucho en sí la discusión, solo deseaba que Ginny dejara de gritar como banshee. Obviamente no lo consiguió y ella lo dejó con la palabra en la boca.
El viaje en barco no fue nada del otro mundo, además de que se aburrió como nunca antes porque él y Draco apenas se hablaban más de lo necesario, excepto por una noche.
El mar estaba más calmo que de costumbre y las estrellas brillaban en lo alto junto a la luna grande y redonda. Harry no podía dormir y se había asomado a cubierta para poder mirar el mar y así recuperar un poco de paz.
Grande fue su sorpresa que al llegar a la punta del barco, allí se encontrara una cabeza platinada observando el horizonte con una botella entre sus manos.
—¿Mala noche, eh?—le preguntó Harry al llegar a su lado, no creyendo ser capaz de soportar más silencio.
Draco apenas le miró de reojo antes de llevar la botella a sus labios.
¿Cómo es que todo lo que hace resulta elegante en él? Qué estrés Merlín.
—La realidad me ha caído de golpe — explicó Draco en voz baja —. Hace menos de un año cada vez que pensaba en ti me daban ganas de vomitar y ahora resulta que estoy yendo por primera vez al otro extremo del mundo porque estoy comprometido contigo — volvió a tomar un trago—. Estoy comprometido con el maldito Harry Potter.
El chico esbozó una débil sonrisa.
—Lo tengo claro — le dijo— ¿Es hasta chistoso, no? Si lo piensas un poco.
Draco correspondió a su sonrisa.
—Casi puedo oír mis gritos desesperados sobre mi cabeza la última vez que nos vimos: "¡¿Imposible?! ¿Quién mierda te crees que eres Draco Malfoy?"
—No creo que puedas ser capaz de aceptar que te equivocaste. Te veo bastante capaz de discutir contigo mismo sobre quién tiene la razón.
Draco ladeó la cabeza para poder mirarlo, con la palma en su mejilla.
—No sabes nada sobre mí, Potter
No supo si lo estaba diciendo en modo de defensa, pero no hubo rastro de aquello en su voz. Se veía casi resignado.
—No, supongo que no — le respondió —. Solo que eres un imbécil arrogante. E insoportable.
El ojigris no se sintió ofendido en lo absoluto.
—Y tú un agresivo estúpido— replicó —. Y aunque no lo creas, eres el único que me considera así.
Harry bufó.
—Imposible.
—Tu madre me ama — comenzó Draco enumerando con sus dedos —, dice que quizá te enseñaré un poco de etiqueta algún día.
El chico no pudo evitar sentirse un poco traicionado. Aunque era tonto esperar que su madre le guardara algún tipo de rencor.
—Tu padre me ha dicho que a pesar de que sabe que nos odiamos, no podría esperar a nadie mejor para ti. Estaba bastante contento de que nos fuesemos de viaje juntos.
—¿Desde cuándo tú y mis padres son tan íntimos?
—Desde que los míos y yo no nos hablamos.
Harry nuevamente sintió la traición en sus venas y un poco de vergüenza.
—A Ginny no le caes bien. Podría decir que te destesta más que yo.
El chico se rió de él.
—¿Debería ofenferme o...?—dejó la oración en el aire.
Ambo se sumieron en un pequeño silencio y Draco volvió a tomar otro sorbo y mientras le entregaba con desinterés la botella a Harry ofreciéndole un poco, éste habló.
—¿Tú me odias?— le preguntó antes de poder evitarlo.
Draco lo observó intensamente por lo que parecieron horas, antes de desviar la mirada hacia el océano que no se veía casi nada a la poca luz de la noche.
—¿Tú a mi no?
Harry apenas lo pensó.
—No.
Más silencio y un suspiro.
—Supongo que yo tampoco.
Pasaron al menos unos quince minutos antes de que alguno volviese a hablar, ambos perdiéndose en la profundidad del cielo estrellado y pasándose entre ambos la botella de hidromiel que Draco antes sostenía. Era la primera vez que ninguno se enojaba con el otro en una conversación.
—¿Qué haremos si no podemos romperlo?— preguntó Harry con preocupación.
Draco no respondió por un largo rato y el pelinegro llegó a pensar que en primer lugar ni siquiera lo había oído, hasta que escuchó su tono de voz bajo.
—Lo romperemos —prometió vacíamente —. o podremos probar la teoría de la muerte. Me ofrezco como voluntario.
Harry soltó una pequeña risita.
—No si yo lo hago primero.
No supieron cuántas horas se quedaron allí, simplemente ante la presencia del otro en silencio, pero de alguna forma no resultaba tan incómodo como ambos pudieron haberlo pensado.
Llegaron a la aclamada isla en la mañana.
—¿Adónde se supone que vamos?—preguntó Harry con aire soñoliento mientras iban caminando con unos cuantos guardias escoltándolos.
—Lo verás cuando lleguemos — fue todo lo que le respondió Draco.
Una casa veraniega y bastante linda se erguía ante ellos, mientras el rubio llamaba a la puerta.
Un hombre de unos treinta y tantos años de cabello tan negro como el suyo y de aspecto medio grasoso con unos ojos oscuros e intensos apareció ante ellos en el umbral de la puerta y a Harry le recorrió un escalofrío de pies a cabeza.
—¡Padrino!—un Draco lo saludaba feliz mientras agarraba su mano como saludo.
La expresión del hombre se suavizó en cuanto fijó su atención en el muchacho, y sus ojos se llenaban de un cariño casi imperceptible, hasta que se giró para mirar a Harry.
La mirada que le dedicó fue tan letal que simplemente lo dejó estático en su lugar antes de dubitativamente extender la mano hacia él, quién la miró, ignoró y volteó su atención hacia Draco.
—¿Un Potter, Draco?—le preguntó con resentimiento —¿Qué hace un Potter aquí contigo y por qué lo has traído a mi hogar?
—Déjanos pasar, padrino. Te lo explicaré adentro — el ojigris habló con tanta suavidad que Harry apenas prestó atención a las palabras del otro, demasiado centrado en aquel tono de voz.
Con reticencia les abrió el paso, claramente descontento por la presencia del príncipe de Gryffindor.
Los guió hacia un pequeño jardín que daba hacia el mar a lo lejos, sentándolos en una mesa redonda. Sacó la varita de sus vestimentas y con un accio atrajo unos vasos que llenó con aguamenti.
Harry se preguntó si le costaba mucho simplemente pararse a la cocina y servir agua, pero no comentó nada al respecto.
—¿Y bien?—dijo éste cruzando los brazos sobre su pecho—¿A qué se debe ésta visita?
—Como bien debes suponer, ésta no es una visita meramente amistosa...
—Cómo si lo esperara—resopló él.
—...ni estoy aquí con un Potter por elección propia —prosiguió Draco— Necesitamos tu ayuda.
Las cejas del hombre se juntaron en preocupación, mientras agarraba un vaso y bebía lentamente.
—¿Y en qué podría posiblemente ayudarlos, Draconis?
Harry tuvo que reprimir una sonrisa ante el nombre de nacimiento del chico y recibió inmediatamente una mirada de advertencia del mayor. Por el rabillo del ojo, pudo ver cómo las mejillas del rubio se tornaban de un leve rosa.
—Nos comprometieron.
El hombre quedó pasmado con el vaso a mitad de camino a su boca tratando de digerir las palabras. Harry solo miraba alrededor porque no se sentía bienvenido en esa situación.
—No puedo creer que Lucius, que Cissy...
—Pues lo hicieron—le interrumpió Draco un poco más brusco de lo que quería. Inhaló para calmarse— y la única persona en la que puedo pensar para ayuda, es en ti.
El hombre juntó los brazos sobre su pecho, las cejas aún más juntas denostando inquietud.
—Sabes que no puedo hablar de eso.
—Sé que no puedes hablar de eso directamente —lo corrigió Draco —. Jamás hemos intentado indirectamente.
Pareció pensárselo, mientras Harry centraba la mirada en su vaso.
—Supongo que no, ¿Pero qué podría decirte?
—¿Hay forma de romperlo, verdad?—preguntó él con miedo.
—S...—el hombre agitó el cuello mientras su cara se arrugaba en una de dolor.
Draco levantó las manos, para apaciguarlo.
—Lo siento — dijo sinceramente—. Empecemos de nuevo, dime cómo lo rompiste. Piensa la respuesta, padrino. Nada demasiado específico.
Harry levantó los ojos para encontrar los de Draco, que estaban fijos en su padrino quién claramente luchaba con tenacidad sobre una fuerza mayor sobre su cuerpo, algo que lucía doloroso. El rubio tenía todo el cuerpo tenso.
—¿Cómo es que...?—comenzó a preguntar.
—Luego—interrumpió Draco.
El hombre por fin se había calmado un poco, con la respiración agitada les habló.
—La respuesta...—pronunció con dificultad— se remite a lo más pur...a lo más...simple—se interrumpió con un quejido de dolor.
—¿A lo más simple?
El aludido levantó la cabeza adolorido.
—Tú sabes la historia, Draco — aquellas palabras le había costado menos pronunciarlas, pero aún así se notaba que debían dañarle como una tortura —. Tú tienes la respuesta. Dentro de ti—dijo apresuradamente.
A Harry el hombre no le había agradado en lo más mínimo, pero verlo sufrir así sólo para ayudar a su ahijado despertaba en él no solo compasión si no un respeto profundo.
—Gracias. De verdad.
El mayor asintió, tomando de sopetón el pequeño trago de agua que aún le quedaba y regularizando su respiración.
—Voy a suponer que se quedarán aquí.
—Tal como lo dije en la carta, padrino—Draco explicó—. Si deseas, puedo irme antes, aunque apreciaría poder seguir investigando un poco aquí.
—No tengo ningún problema—dijo, aunque luego barrió con la mirada a Harry—. no contigo al menos.
Draco envió una sonrisa en su dirección.
—¿Donde está el primo Regulus?
—Fue a la playa, debería estar ya por volver.
—Genial —pronunció levantándose —. Iremos a nuestras habitaciones para acomodar las cosas y supongo que almorzaremos juntos.
—Por supuesto —respondió él.
Draco comenzó una caminata de vuelta al interior de la casa y Harry le imitó apresuradamente, no sin antes hacer una reverencia torpe que fue recibida con una mirada de desprecio.
Ya en el segundo piso del lugar, con las cosas en cada cuarto y ambos en el pasillo, Harry detuvo a Draco por el brazo.
—¿Él tuvo...?
—Sí —lo cortó el rubio—. te lo explicaré, Potter, solo no aquí — prometió antes de emprender su camino hacia abajo, donde unas voces se oían.
Su impresión fue claramente palpable al ver ahí en medio del comedor con una sonrisa de oreja a oreja a la versión más joven de su propio padrino, Sirius Black.
El tal Regulus llevaba un atuendo casual y despreocupado, mientras lo saludaba con unas palmaditas en la espalda y besaba a Draco en la mejilla.
—¡Pero qué pareja más encantadora tenemos aquí! —se burló del chico — ¿Cuándo nos ibas a presentar a tu novio Draco? — se giró hacia Harry mientras Malfoy rodaba los ojos — Regulus Black.
Oh, de allí al parecido.
—Harry Potter — asintió hacia él—, un placer.
La sonrisa solo le flaqueó levemente, antes de iniciar una charla interminable durante la comida.
Harry decidió de que le agradaba demasiado Regulus y muy poco Severus Snape, como había descubierto que el misterioso hombre se llamaba, y no podía entender qué hacían ambos juntos. Pero consideró que era descortés preguntar.
Aquel día se fue a dormir sin resolver sus dudas y con las palabras de Snape resonando en su mente: "La respuesta se remite a lo más simple"
¿Qué quería decir eso?
No fue hasta el otro día, durante un pequeño paseo al que Draco casi lo había arrastrado a ir después de que Harry lo haya mirado con una interrogante sobre su cabeza, que pudo conocer la historia de la que Severus había hablado.
—Antes de empezar, Potter — dijo Draco sentándose en una gran roca frente al mar —, quiero que sepas que odio cualquier interrupción. Así que si me interrumpes, no dudaré en no seguir con la historia y dejar que tu cabeza se carcoma con dudas.
Harry tuvo que abstenerse de rodar los ojos. Y golpearlo. Asintió en su lugar y Draco suspiró sonoramente.
—Como habrás notado, mi padrino Severus también estuvo comprometido con un contrato de magia —volvió a asentir—, obviamente, logró romperlo. Por eso vinimos hasta él — el rubio hizo una pequeña pausa —. Jamás ha logrado decir cómo lo hizo, tú ya viste que le sucede cada que lo intenta, pero sea lo que sea, funcionó.
—Y la otra persona sigue... ya sabes ¿Viva?
Draco lo miró de manera fulminante.
—¿Qué te acabo de decir sobre que no me interrumpas? ¿Allí dentro hay un cerebro o solo aire?—le dijo desagradablemente. El pelingero se mordió la lengua para no gritarle— Sí, Potter, sigue viva. Estuvo prometido a Reese Goldstein, el Rey de Ravenclaw.
Harry no se lo esperaba, realmente no.
—Estaban prometidos prácticamente desde que nacieron. Severus era parte de una familia bastante influyente en Slytherin, así que era muy beneficioso tenerlo en la corona en el otro reino. Pero jamás se quisieron, apenas se soportaban, como tú y yo —le sonrió burlonamente—. Snape era bastante amigo de tu madre, no sé si sabías y bueno, Reese estaba irremediablemente enamorado de Near. Ahora, no tengo idea cómo, mi padrino vive acá con Reg y Near con Antoine están felizmente casados y gobiernan Ravenclaw.
Harry se quedó en silencio unos segundos, esperando a que Draco agregara algo más, y como no lo hizo, habló.
—Nada de ésta historia revela absolutamente nada de lo que nos dijo ¿La respuesta está en lo más simple? ¿Qué es lo simple acá? ¡Si no sabemos nada!
—Lo sé.
Luego de dos semanas de investigación (que acabó en nada) miradas de desprecio, risas y un poco de discusiones, retomaron el camino de vuelta a Gryffindor para el cumpleaños de Harry.
El viaje de regreso no distó mucho del anterior, salvo por el hecho de que ambos se encontraban bastante malhumorados por el hecho de que el viaje literalmente sirvió de nada.
Un atardecer en el que Harry estaba sentado en la cubierta con una botella de whisky de fuego, (tal como Draco estaba con una de hidromiel hace unas semanas atrás), y con la mirada perdida en sus pies, lamentándose por la maldita situación y la maldita vida que estaba viviendo, volvieron a tener una pelea.
El rubio se posó frente a él tapando la luz del sol con las manos en las caderas y gesto molesto en el rostro.
—¿Se puede saber qué haces aquí?—Le preguntó con tintes iracundos en su voz.
—Bebiendo...—luego recordó lo que Draco siempre le decía y sonrió— y rascándome los huevos.
El cuerpo del más pálido se tensó casi imperceptiblemente.
—No estoy de humor para tus putos llantos, Potter —le dijo—. Levántate y ven, aún tenemos mucho que hacer.
—Vete a la mierda, Malfoy—Harry comenzaba a impacientarse ante él —, haré lo que se me venga en gana— llevó un trago de whisky a su boca y sacudió la cabeza al sentir el ardiente líquido bajar por su garganta—. Tengo una idea mejor, ¿Por qué no vas y te despides para siempre de tu novio y te resignas a que no hay una maldita forma de escapar de este jodido compromiso?
Draco solo lo miró en silencio, pero el alcohol corriendo por sus venas hacía que no pudiera callarse, queriendo desquitar su rabia e impotencia en alguien.
Qué mejor que Draco Malfoy.
—Es más, el día de nuestra boda podrás mandar una postal mía follándote como si no hubiera un mañana ¿no crees? Sí, eso será un excelente regalo...
Draco se agachó hasta el nivel de su rostro tomándole de la túnica y sacó su varita apuntándola sin dudar hacia el ojiverde como hace unos años atrás, soltando chispas de rabia. Sus dientes apretados y los puños apretados con fuerza a la tela.
—¿Qué? ¿Me vas a atacar? —preguntó con sorna Harry— Súper valiente de tu parte, claro que no podía esperar más de ti, ¿no?, Slytherin y su manga de...
Draco, con magia no verbal aplicó un hechizo silenciador que no notó hasta que sentía como su boca se movía pero no salían sonidos de ella.
—¿Te crees que eres mejor que yo, Potter? —le dijo cerca de su rostro — ¿Te crees que por qué tus padres decidieron pelear en una puta guerra hace años atrás porque no tuvieron más opción, son más valientes que los míos, que no quisieron que su pueblo sufriera y perdiera familiares? ¿Pero ahora que las cosas se te ponen difíciles a ti estás buscando salvación conmigo? Dime, ¿Alguna vez has tenido que hacer un sacrificio en tu vida? ¿Has pasado toda tu existencia siendo entrenado para que tu gente no se muera de hambre, para que no les falte el pan en la mesa?
Los ojos verdes de Harry destellaban en furia, queriendo gritarle de vuelta pero no siendo capaz.
—Te crees que eres más noble, que porque actúas con un cierto nivel de decencia eres un príncipe intachable. Seguramente eso te dicen tus amigos ¿No? Seguramente al recibir un trato de igual a igual piensan que eres invaluable, que serás un buen gobernante — prosiguió Draco juntando aún más sus rostros, de modo que las narices casi se rozaban—. No me extrañaría que pienses que por ser novio de una sirviente eres muy buena persona ¿Verdad Potter? Probablemente les has dicho que odias tu título, que si pudieras lo abandonarías, ¿No es así? Que no eres diferente a ellos.
Distinguió tan de cerca pequeñas pecas sobre su nariz y que sus ojos tenían una ligera heterocromía, uno de ellos era de un tono más azul que gris y su piel lechosa estaba teñida de rosa por el enojo. Bajó la mirada a sus labios para encontrarlos en una mueca inclinada hacia un lado y su alcoholizado cerebro pensó por un segundo que debía ser pecado seguir luciendo tan bien con una expresión tan horrible.
Harry se hizo hacia adelante para asestarle un fuerte golpe con su cabeza para que así Draco lo dejara ir, pero el whisky estaba haciendo su magia y sus movimientos eran lentos y débiles, así que el rubio alcanzó a hacerse hacia atrás, aún tomándolo de sus ropas.
—Pues te diré algo, Harry Potter — prosiguió él —. No eres más que un hipócrita. Un mentiroso experto en mentirse a sí mismo — sentenció con amargura —. No te interesa una mierda tu pueblo o alguien más que tu mismo. No quieres aprender a gobernar, aunque de eso no tienes escapatoria y sabes que inevitablemente un día deberás hacerlo, no lo haces porque no se te pega la gana ¿Y sobre odiar tu puesto? Podría apostar mi peso en oro que no tiendes tu maldita cama, que no recoges tus ropas, que no limpias tu baño. Podría apostar que ni siquiera preparas tu jodida tina para darte un baño. Te quejas de las injusticias de las castas pero podría jurar que no haces ni un mínimo esfuerzo por cambiar una mierda y simplemente te das la vida a costa de otros. Que el universo libre a Gryffindor el día que tomes el trono— se soltó con asco —. Que te quede claro, Potter. No eres mejor que yo.
Y con eso, lo dejó tirado allí con la respiración agitada, una vena marcada en su cuello y un hechizo silenciador que con mucho esfuerzo deshizo horas después. Totalmente iracundo y con un retorcijón en las entrañas. Porque tenía razón.
No se hablaron ningún día luego de aquello. Ni para cuando llegaron a Gryffindor, o los días siguientes.
De hecho, no pronunciaron palabra el uno al otro hasta un día después de que Harry cumplió al fin los diecisiete.
Ginny no quiso verle cuando llegó, y a pesar de que al principio la buscó de todas maneras, pronto descubrió que era más que todo costumbre. Que en realidad, no le importaba demasiado, ya se le pasaría.
Cuando Ron lo divisó corrió con emoción y luego, recordando la etiqueta que la guardia real debía seguir, se detuvo y le dio unas palmadas en la espalda. Harry se rió de él. Hermione llegó a ellos solo unos minutos más tarde para abrazarlo y llenarlo de preguntas que Harry simplemente no podía responder.
Se sintió culpable, muy culpable, las palabras de Draco resonándole en la mente mientras conversaba con ellos.
Por lo mismo desde ese día en adelante iba a hacer las cosas por sí mismo, al menos lo que pudiera, para no cargar de más a los sirvientes del castillo.
Fracasó estrepitosamente. Merlín, era un inútil. Toda su vida había sido atendido y apenas y sabía cómo tender una cama que lucía bastante deforme. Pero al menos lo seguía intentando, y eso ya era un comienzo.
Para el día de su cumpleaños lo despertaron mucho más temprano que para el de Draco. Pidió él mismo arreglarse con la túnica dorada y el arnés que venía, aunque nuevamente no supo cómo hacerlo, así que se entregó completamente a los demás que le miraban molesto.
Su atuendo era bastante simple y la joyería que le adornaba era de un plata oscuro parecido al negro. La corona era tosca y del mismo color y el maquillaje era un sombra negra sobre sus párpados y tinta brillante sobre sus pómulos.
Por primera vez, sus dedos usaron varios anillos y uno de ellos, tal como el brazalete del cumpleaños de Draco, era una serpiente en su dedo anular con los ojos rojos.
No quiso mirarse al espejo ésta vez, y simplemente permitió que le guiaran hacia el salón en el que su fiesta se celebraría.
Su estómago dio un vuelco al pensar en profundidad qué significaba aquella fecha tan importante pero lo relegó hasta el fondo de su mente. No necesitaba esos pensamientos en aquel momento, no ese día.
La nueva tradición de los regalos se hizo, con Draco sentado a su lado en un trono bastante parecido al de la última vez. Apenas se miraron, apenas se prestaron atención y la tensión en el aire pudo haberse cortado con un cuchillo.
Recibió distintos presentes, bastante parecidos a los de Draco de hecho, joyas, plantas raras, incluso libretas mágicas o armaduras para adornar sus trajes. El regalo de sus padres fue el último y su cuerpo tembló levemente al ver lo que había dentro del paquete.
Una varita de acebo, veintiocho centímetros y con centro de pluma de fénix. Su varita, aquella que realmente respondía a su magia. La varita que le fue requisada en contra de su voluntad a los catorce años.
Sintió cómo sus ojos se llenaron de lágrimas y trató de espantarlas pestañeando varias veces, dejando la caja de regalo en su regazo.
—Muchas gracias a todos— dijo con un poco de dificultad—. Ahora, ¡A disfrutar! —Terminó con una alegría falsa.
Pudo percibir la mirada de Draco sobre él por la esquina del ojo un momento, con sus ojos fríos y análiticos antes de que éste se parara y fuese a la pista de baile.
Horas después y con unos tragos más encima apenas podía mantenerse en pie para ir a bailar él mismo. De hecho, no lo hizo antes. Todos estaban felices, rebosantes, e irónicamente él no podía sumirse aún más en la miseria.
Paseó su mirada por el salón, para encontrar brevemente unos ojos devolviéndosela. Ginny no lucía nada contenta, pero ¿Cuándo se veía así estos días? Estaba quieta en uno de los extremos de la habitación con las manos juntas sobre su estómago. Harry apartó la vista.
No tenía idea qué hacer con ella tampoco. Uno de los principales motores para terminar con aquel martirio eran precisamente su relación, aquella que se llevaba gestando por unos cuántos años, pero Gin ya no quería dirigirle la palabra. Y lo peor de todo es que no le había quitado demasiado el sueño.
Suspiró mientras frotaba las manos contra sus ojos, completamente hastiado de toda la situación antes de seguir mirando por el cuarto. La mayoría bailaba, y la minoría se encontraba charlando alegremente entre ellos. El único solitario era él mismo.
El matrimonio Malfoy conversaba en susurros en un extremo del salón con sonrisas suaves en sus rostros. Sus padres bailaban al son de una alegre música riendo y girando con miradas enamoradas, miradas que siempre se habían dedidaco. Él mismo se preguntó si en algún momento alguien le miraría así. Más personas rodeaban a sus papás y a lo lejos, pudo localizar a la familia Zabini y a su lado, Draco.
Su traje era de color verde oscuro, y su imagen pulcra no distaba mucho de la que él se había acostumbrado a ver. Una suave corona de color plata pero más grande que la de la última vez y con unas inscrustaciones escarlata sobre su suave cabello que por primera vez se encontraba desordenado. A pesar de la distancia, podía ver que un grueso delineado negro cubría sus ojos, resaltándolos de tal forma que el gris de ellos parecía brillar. Reía junto al moreno, mientras daba vueltas y vueltas sujetado de su mano. Una sonrisa que jamás había visto del rubio estaba plantada en su cara, haciéndolo mucho más joven, mucho más niño.
Lo observó por largos minutos, mientras seguía bebiendo. Las canciones cambiaban mientras Draco repetía sus movimientos gráciles luciendo genuinamente feliz. Genuinamente contento. Y él mismo se preguntó si no podía lucir así siempre, inmortalizar ese momento y quedarse viviendo allí solo mirándolo bailar.
Por la visión periférica notó cómo Zabini se acercaba a su oído y Draco, finalmente, dirigía sus ojos hacia él. Verde y gris chocaron creando una guerra que solo ambos podían entender, sosteniendo sus miradas por siglos, eliminando el espacio, el tiempo. Una ceja rubia se enarcó hacia él, pero Harry apenas se inmutó, demasiado perdido en el mar mercurio, que lentamente retiró la mirada para seguir sus asuntos. Harry a regañadientes, le imitó.
Al siguiente día, los visitantes de Slytherin se marcharon.
Harry tuvo que acompañar a su prometido al muelle y verlos partir. Se mantuvo a cierta distancia, observando como su madre tomaba su cara y hablaba con él en susurros consternados y como Lucius le dedicaba una mirada de advertencia a un triste Draco, para luego caminar hacia él.
—Harry — el hombre hizo una reverencia.
—Lucius — se la correspondió.
Aquellos orbes fríos tan parecidos a los de su hijo pero a la vez tan diferentes lo miraron unos segundos indiferentemente.
—Draco estará solo aquí, Potter — le espetó sin rodeos—. Imagínate a ti en Slytherin sin una sola alma de tu confianza y devastado ¿Nada lindo, verdad?
Harry negó con la cabeza.
—Esta es una prueba de fuego, una manera de decirle a Gryffindor que confiamos ciegamente en ésta unión, estamos dejando lo más preciado que tenemos en sus manos— cada palabra salía como el siseo de una serpiente —. Tus padres lo saben, ahora tú también —hizo una leve pausa, antes de bajar aún más su tono de voz—. Te lo advierto Potter, un paso en falso, un pequeño rasguño en mi hijo y...—se acercó un poco a su oído— La Guerra que se avecina no será nada, nada, comparado a lo que te haré pasar.
El ojiverde pasó saliva, no quitando su mirada de la cara del hombre, quién sonrió tensamente y palmeó su brazo.
—Suerte en su viaje — manejó para decir Harry.
El hombre envió una corta mirada antes de girarse y reunirse con su esposa.
Pudo ver como Zabini y una chica abrazaban con fuerza a Draco, mirándolo con profundo cariño mientras acariciaban su rostro. El moreno le miraba como si fuese la criatura más perfecta que haya pisado la tierra y la muchacha no se alejaba demasiado de aquello tampoco, mientras se despedían.
Pudo notar el gesto melancólico en el ojigris, mientras estos le daban un pequeño apretón y más abrazos antes de abordar el barco que los llevaría de vuelta a Slytherin.
Harry se acercó con cautela, no queriendo que Draco se asustara si hacía algo demasiado brusco para posarse a su lado. Y ambos se quedaron en silencio mientras observaban como el barco se alejaba del muelle y se perdía en la línea del horizonte.
—Lo siento —murmuró Harry bajito —. Siento lo que te dije esa vez, en el barco.
—Déjalo Potter.
Harry se dio la libertad de apreciarlo a la luz del sol.
—Hablo enserio, Malfoy—siguió—. Estaba molesto y lo tomé contigo.
Draco no respondió y se quedaron callados unos segundos más antes de que volviese a hablar.
—Y tenías razón—admitió aún más bajo —, tenías razón en muchas cosas y lamento haberme portado así.
Ésta vez sí sintió como el cuello ajeno se giraba hacia él y desvió la vista rápidamente hacia el oceáno. Oyó un suspiro cansado.
—Yo también.
El chico frunció el ceño.
—¿Por qué? No me dijiste nada que...
—No por eso, Potter —le cortó— Solo lo lamento, ¿bueno?
Harry no respondió y Draco tampoco agregó nada más. La situación era tan irreal que casi resultaba cómica. Se quedaron así hasta que el barco no fue más que un punto a la lejanía.
—Feliz cumpleaños, Harry — dijo Draco, girándose para retomar la marcha hacia el castillo.
El corazón del pelinegro latió con fuerza mientras seguía su paso, igualando su marcha y caminando a su lado.
—Haré lo que sea que esté en mis manos para que esto se sienta como tu hogar.
No supo de donde salió aquello, quizá de la empatía que le generaba y de que eso era lo que él esperaría si la situación fuese al revés.
Draco se sentó en el carruaje, y le dedicó una mirada breve antes de cerrar la puerta.
—Lo sé.
Y el carruaje partió.
Harry se quedó plantado en su lugar viendo como éste avanzaba y la guardia lo llamaba para abordar el suyo. Oficialmente faltaba un año para lograr terminar con el compromiso.
O para concretar una boda.
Se acomodó en su carruaje con inercia, sin saber realmente en qué momento se subió siquiera y cuando la puerta se cerró, apoyó la frente en su ventana.
Al menos, la parte de no matarse ya la habían sorteado y superado.
¿Que hay con enamorarse?
