Exiliada por su seguridad, la princesa Maria Cadenzavna Eve llega a Japón protegida por la bastante misteriosa Kazanari Tsubasa. Mientras comienza a adaptarse a los términos de su exilio y su nueva vida en un país ajeno, comienza a sentirse atraída por aquella que juró protegerla con su vida. En un mundo caótico en donde la guerra y la política lo es todo, ¿su amor se permitirá florecer en algún momento?
Escrito original por Xesphanite
Traducción hecha por Alondra Scarlett
Correción por RandomTranslations
La noche estaba por caerse y Maria veía esto por la ventana de su habitación. La ligera brisa agitaba ligeramente su largo y ondulado cabello de color rosa que rebosaba en dos bollos en punta en ambos lados de su cabeza. Sus ojos de un azul verdoso bastante brillante fueron quienes captaron los tonos rojos y anaranjados que tomó el cielo mientras el sol se ocultaba en una montañosa cordillera cercana. La vista era hermosa y siempre esperaba con calma el poder ver la mejor vista que proporcionaba de todo el reino. Más, sin embargo, ella era consciente de que no podría volver a tener esa vista nunca más.
María apretó los puños para evitar que le temblaran tratando de mantener su rostro tranquilo y sereno.
—Maria-neesan—Le llamó una familiar voz. María se giró topándose con su hermana menor, Serena, allí de pie con una clara expresión de calma en sus suaves ojos de color cian a diferencia de aquella calma forzada que tenía ella, pues esa calma si era genuina. Maria pudo ver como Serena ya había aceptado su destino y deseaba que pudiera igualmente aceptar el suyo—La carroza está esperando—Le dijo en voz baja, como si el hecho de hablar más fuerte pudiera romper el temple de su hermana mayor.
Su habitual cabello castaño parecía ser de un rojo brillante cuando la luz del atardecer la iluminó, y la usual tiara plateada que se sentaba encima de su cabeza ya no estaba, así como la tiara de la propia Maria se había ido.
—Entonces vamos—La voz de Maria sonó casual e internamente se felicitó por ello, y con un movimiento suave la misma se puso de pie con sus manos cruzadas de manera modesta frente a ella. El largo vestido blanco y negro que llevaba no estaba arrugado en lo absoluto y esto se notaba mientras caminaba hacia su hermana, la cual le esperó con su silbante y largo vestido amarillo con blanco.
Ambas hermanas caminaron con tranquilidad por los pasillos de piedra que conformaban su hogar. La mirada de Maria se mantuvo fija en el suelo contando mentalmente el sonido de los pasos apagados que estaba dando. Ni siquiera se atrevió a dar un simple vistazo a la orgullosa colección de pinturas de su familia que le habían inspirado para escribir cientos de historias en su niñez, no quería tener más recordatorios de un lugar que estaba a punto de perder para siempre.
Siguieron avanzando por más pasillos, las ocasionales estatuas de héroes y armaduras hicieron su aparición y Maria no pudo evitar recordar con cariño a su madre, la cual se quejaba de que su casa era más un museo que un castillo con todas esas estatuas y pinturas más otras cosas que su padre había insistido en conservar, al igual que su abuelo y varios de sus antepasados. Había tapices tejidos de manera compleja, delicados candelabros de cristal e incluso los soportes para las antorchas eran una obra de arte de oro y plata hecha por los mejores artesanos, se notaba que no habían reparado en gastos e incuso las grandes ventadas de vidrio reforzado tenían metal que se entrecruzaban igualmente con oro y plata. De hecho, gran parte de las cosas en el castillo tenían por lo menos plata en ellas, después de todo la riqueza de su país venía de la extracción de las minerías que estaban bastante cercanas.
Incluso con el resplandor del día que acababa los pasillos estaban prácticamente vacíos, incluso los funcionarios que tenían como trabajo ser quienes encendieran las antorchas estaban ausentes. Sabía que era mejor si no veía a nadie pero la soledad que sintió fue inminente, por lo que apretó los puños hasta que pudo sentir cómo sus uñas querían desgarrar su piel. Casi inmediatamente una mano más pequeña y delicada tomó las suyas, Maria se sorprendió un poco al principio hasta que reconoció quien era y se permitió relajarse.
Serena le tomaba de la mano mientras le daba una mirada bastante cargada de todo aquello que intentaba transmitirle y Maria no ocupó palabra alguna para entenderlo, por esto mismo la soledad se desvaneció y Maria aflojó el agarre en sus manos. Seguido de esto, siguieron caminando, ahora con sus manos entrelazadas.
Cuando por fin llegaron a su destino el sol ya se había puesto por completo y la luna estaba en el cielo. Se encontraban en la parte trasera del castillo en donde había una pequeña salida que casi nunca estaba abierta. Tres figuras les esperaban, las cuales eran iluminadas por la luz de una de tantas antorchas, una de tales figuras era la de una mujer sentada en lo que parecía en una silla de un gran respaldo equipada con ruedas en la parte inferior lo que le permitía moverse cuando le empujaban.
—María, Serena—Les llamó Nastassja. Una mujer aparentemente estricta de ojos azules y un cabello de un azulado aún más oscuro con un moño detrás, la parte inferior de su cuerpo estaba paralizada y por ello era necesaria la silla. Su cara era delicada y suave pero eso no cambiaba el hecho de que no fuera una mujer con la cual no quisieras meterte, puesto que a pesar de su discapacidad había un aura intimidante que no dejaba hacerte creer que era alguien indefensa; sin embargo, Maria sabía que ella era una de las personas más amables con las que jamás se toparía de nuevo, e igualmente su madre adoptiva, la actual regente del país de Serbia, y a su lado dos chicas de apenas quince años eran las criadas de mayor confianza de Maria y de Serena.
Una de ellas era Kirika, la más alegre de las dos. De corto cabello rubio y vibrantes ojos verdes llenos de vida, con un clip de metal en forma de cruz con el que recogía parte de los cabellos que caían en su cara. A su lado estaba Shirabe, la más tranquila de las dos. Poseía un cabello negro y largo que presumía en dos coletas gemelas atadas por lazos de color rosa, cual sus ojos de un tranquilo cereza. Ambas chicas parecían solemnes dado a que estaban en completo silencio mirando cómo se acercaban en lugar de otorgarles su usual saludo jovial.
—Madre—Le reconoció María una ve frente a ella junto a su hermana menor, la cual apretó su mano tratando de brindarle apoyo antes de soltarla y mirar a las tres con tristeza.
— ¿Estás lista? —Los ojos de Nastassja se suavizaron una vez que vieron a Maria con un ligero tinte de tristeza en su rostro, ésta se mordió el labio endureciendo su expresión y asintió—En ese caso…—Nastassja hizo un gesto aprobación—La carroza te llevará al puerto, siento mucho que tengamos que llegar a esto—Un atisbo de remordimiento y culpabilidad se pudo ver en ella por la decisión que había tomado, tanto por su país como por Maria y Serena, no fue fácil llegar a ella y llevarla a cabo; pero era algo que debía hacerse, más esto no alivió el dolor de Maria.
María quería decirle cientos de cosas a aquella mujer que la acogió junto con Serena después de la prematura muerte de sus padres hace ocho años. No quería dejarla, no podía dejar a Nastassja atrás, no quería salir del país que se suponía que iba a liderar una vez que la misma la declaró su hija, no quería recordar que su gente quería que ella y su hermana se fueran, o peor aún, que murieran.
—Madre… ¿No hay otra alternativa? —La fachada tranquila de Maria se destruyó cuando hizo esa pregunta tan desesperada.
—La hay, pero tanto tú como yo sabemos cuál es—La voz de Nastassja era suave, pero la verdad era evidente en sus palabras—Ésta es la única forma que conozco en la que los puedo mantener a todos a salvo—Desvió la mirada otra vez.
— ¿Y no puedes por lo menos venir con nosotras? —Preguntó Maria cada vez más desesperada, estaba aterrada de saber que esa sería la última vez que vería a su madre, le había devastado perder a sus padres años atrás, no quería perder a su madre de nuevo.
—Sabes que no puedo—Nastassja sacudió la cabeza con tristeza antes de sonreír, una sonrisa tanto desgarradora como alentadora, su cuerpo no era capaz de soportar un viaje así de pesado, si la llevaba significaba morir y esto hizo sentir a Maria más triste—Debes irte y ser fuerte, Maria. Serena, Kirika, Shirabe y todos los demás cuentan contigo…—A continuación, hizo un gesto a las otras tres las cuales se veían conflictivas e igualmente tristes.
—Pero madre…—trató de apelar una vez más, su imagen se había ido al caño una vez que sus agrupadas lágrimas se hicieron notar en sus ojos, se sentía frustrada e impotente. No tenía ninguna opción más que abandonar Serbia para mantener su seguridad, a pesar de que deseaba desesperadamente el quedarse.
—Ve Maria. Nada más te detiene aquí, eres libre de hacer lo que quieras—Con una sonrisa alentadora, Nastassja le extendió a Maria una pequeña caja negra con hojas de plata dejándola sin aliento, incluso Serena dio una fuerte exclamación de sorpresa cuando la reconoció. Solo la habían visto una vez y fue cuando su padre la había llevado al palacio.
—Madre… ¿esto es…? —Preguntó Maria con sorpresa y la aludida asintió. María abrió la caja con rapidez viendo cómo el interior estaba cubierto por terciopelo rojo que cuidaba dos dagas las cuales parecían hechas de la plata más pura de todas. María tomó una cuidadosamente desenfundando su vaina para examinarla más de cerca.
Cada daga era tenía como longitud el largo del ante brazo de la peli-rosa y una pulgada de ancho, tal vez deberían catalogarse como espadas y no como dagas. Llevaban incrustadas en el centro de su empuñadura un gran rubí carmesí similar a las tiaras que Maria y Serena solían utilizar. Su empuñadura parecía ser unas alas extendidas de color blanco y la hoja brillaba inmensamente por el brillo que se veía a través de la luz que otorgaba las antorchas. Era una completa obra de arte, incluso las fundas gozaban de ser una artesanía exquisita, de acero ennegrecido y duradero con un medallón decorado con flores de lirio intricadas hechas de plata, era de las armas más bellas que Maria había visto en su vida, y se permitió olvidarse momentáneamente de sus penas maravillada por las artesanías.
—Este par de dagas son las que se transmiten de generación en generación en la familia desde su creación hace cientos de años—Reconoció Maria aun con asombro, su padre se las había enseñado a ella y a Serena cuando apenas eran unas niñas, eran muy especiales y se les consideraba un tesoro nacional. Dichas dagas en realidad, aunque parecieran estar hechas de plata, su padre les había mencionado que estaban hechas por un metal o una aleación bastante parecida, pero mucho más fuerte que la plata y por tal motivo a pesar de haber sido hechas por lo menos doscientos años atrás permanecían tan brillantes y hermosas como si hubieran sido forjadas el día anterior.
—Y por lo tanto es su derecho que las tengan—Dijo Nastassja ofreciéndole la caja a Serena que con cuidado la tomó al igual que el arma—Protéjanse a ustedes y a quien deseen proteger con ellas—Las lágrimas que Maria se había esforzado para mantener a raya fluyeron mientras tomaba la daga con fuerza.
—Gracias mamá—Dijo Serena mientras tomaba la otra daga y la enfundaba con fuerza junto a su corazón con el tumulto de lágrimas en sus ojos sin permitirse soltarlo.
—Nosotras igual estaremos allí para protegerlas, lo saben ¿verdad? —Agregó Kirika alegremente mostrándoles una sonrisa valiente aun cuando sus ojos estaban igualmente empañados por las lágrimas.
—No te preocupes mamá. Nosotras protegeremos a Maria y a Serena—Afirmó Shirabe. Tenían seis años cuando fueron salvadas de las calles por Nastassja las cual las adoptó de manera un tanto informal, ya que trabajaban como las criadas de las hermanas reales y esa era su imagen ante todos, cuando a solas eran tratadas como las hermanas menores de Maria y de Serena.
—Cuento con ustedes dos también—Dijo Nastassja sonriendo cálidamente.
—Gracias, Madre. Tú siempre has buscado el mejor camino para nuestro futuro—Esas palabras de sincero agradecimiento fueron la única cosa que Maria pudo otorgarle a Nastassja en medio de aquel abrazo que compartía con ella. No pasó mucho tiempo para que las otras tres chicas se unieran al abrazo.
—Deben irse ahora, la carroza las está esperando. Dos personas las esperan para guiarlas a Japón—Instó Nastassja rompiendo el abrazo con sus hijas adoptivas—Kazanari Fudou velará por su bienestar.
—Entiendo—Asintió Maria secándose las lágrimas juntando toda su fuerza de voluntad para alejarse de Nastassja.
—Adiós mamá—Se despidieron Kirika y Shirabe en voz baja aferrándose más a ella, antes de dejarla ir. Serena miró a Nastassja con dolor antes de seguir a su hermana y Kirika y Shirabe le siguieron después, mientras que Nastassja las observó irse finalmente derramando las lágrimas que había estado conteniendo.
—Es lo mejor—Murmuró para sí misma mientras las veía partir al tiempo en el que un sirviente que había estado escondido entre las sombras se dejó ver y la empujó dentro del castillo.
Maria miró hacia el frente con la cabeza en alto mientras caminaba hacia la pequeña puerta que conducía a la parte exterior del castillo, la carroza les esperaba fuera. La puerta que estaba habitualmente cerrada crujió cuando Maria la abrió, lo cual fue un desagradable recordatorio de que la puerta no había sido utilizada en años. Miró brevemente detrás de ella comprobando que Serena junto a ese curioso par estaban detrás de ella, antes de salir por completo a la carroza la cual era tirada por cuatro caballos a unos pasos de la puerta, tal y como se los habían dicho.
Una antorcha iluminaba la parte delantera de la carroza en donde dos personas estaban de pie junto a los caballos. María se permitió dudar solo un momento antes de ir hacia ellas con confianza sorprendiéndose al encontrar que los guardias que las esperaban eran mujeres demasiado jóvenes, posiblemente más jóvenes que ella e inclusive Serena. Ambas llevaban las ropas que eran tan comunes en los plebeyos e igualmente bastante típicas en aquel reino.
Una de ellas era notoriamente más pequeña que la otra, apenas y medía un poco más que Shirabe y su cuerpo pronunciaba unas bastante decentes curvas con características sorprendentemente delicadas que indicaban con claridad que igualmente era europea, con esos llamativos ojos lavanda y el largo cabello blanco atado en dos (¿o eran cuatro?) coletas distintas al resto. Llevaba un vestido de un color gris pálido que le llegaba hasta las rodillas junto a unas botas negras y lo que parecían ser dos ballestas delgadas, las cuales colgaban de un asa de metal en sus botas. En realidad era bastante linda, pero el efecto era contratado por la mueca tan desagradable que lucía.
Maria se volvió a mirar a la acompañante de la pequeña y sus ojos se toparon con el añil.
La otra chica era casi tan alta como Serena, solo le llevaba unos cuantos centímetros por lo que Maria pudo deducir que era sólo un poco más joven que ella. Tenía un largo cabello de color azul parcialmente atado en una coleta de caballo en el lado izquierdo y unos de un añil bastante intenso, su piel tan pálida junto a sus rasgos desvelaban que era asiática, posiblemente japonesa y al igual que su compañera igualmente llevaba un vestido hasta la rodilla, pero con dos katanas en su cintura. Ella irradiaba un aura de belleza fría y algo misteriosa y Maria se encontró mirando distraídamente a los ojos índigo que extrañamente encontró atrayentes.
— ¡Por fin! —Dejó escapar la pequeña en japonés aparentemente molesta con ellas. Maria por su lado parpadeó ante esto.
—Yukine—Le dijo la más alta con advertencia con una voz baja y ronca que sonaba bastante agradable para los oídos de la peli-rosa.
— ¿Ustedes son nuestras acompañantes? —Preguntó Serena cortésmente en un perfecto japonés. A decir verdad, tanto Maria como Serena sabían hablar fluido dicho idioma después de haber estudiado la lengua como parte de sus estudios y su deseo de comunicarse con Kirika y Shirabe, quienes eran huérfanas japonesas las cuales habían llegado aquel lugar por un grupo de traficantes humanos. Nastassja ya había erradicado al grupo antes, rescatando a su vez a las mismas antes de que las adoptara de manera no oficial. Maria y Serena por su lado tomaron la determinación de poder comunicarse con ellas las cuales eran bastante calladas y con un obvio miedo hacia ellas, por lo que le rogaron a Nastassja que les enseñara japonés ya que ambas princesas querían que Kirika y Shirabe se sintieran bienvenidas y ese fue el comienzo de su cercanía.
—Sí—Asintió la chica alta—Hay que darnos prisa—Y a continuación les abrió la puerta en la carroza.
—Quedamos a su cuidado—Asintió Serena antes de que la más alta extendiera su mano hacia ella, la cual sin dudar tomó y subió a la carroza con su ayuda.
—Ustedes dos no se ven intimidantes—Dijo Kirika con los ojos entrecerrados con Maria y Shirabe detrás de ellas esperando por subir, mirando alternativamente a ambas mujeres con recelo.
—Calla niña que no tenemos tiempo para esto. Puedes quejarte de que nos veamos amenazantes cuando ya estés dentro de la maldita carroza—Gruñó la pequeña con una expresión de desagrado, sin duda bastante diferente de los japoneses los cuales eran conocidos por ser bastante educados. Kirika se vio sorprendida por su franqueza, pero igualmente obedeció y subió abordo seguida por Shirabe.
Maria fue la última en subir a bordo encontrándose de nuevo con esos ojos de color índigo. Al igual que con las demás, la joven ofreció su mano para ayudarle a subirse. En el momento en que ella subiera a esa carroza su vida cambiaría para siempre, y con renovada resolución, Maria tomó la mano ofrecida. Su mano era delgada y callosa por lo que solo le tomó un instante darse cuenta de que era la mano de un guerrero. Tal vez fue su imaginación, pero ella pensó que su toque se demoró un segundo más que con las chicas de antes una vez que estuvo dentro sentada a un lado de Serena, y cuando la puerta se cerró no pasó más de un segundo y comenzaron a moverse hacia su nueva vida.
Notas del autor:
Finalmente aquí está el primer capítulo de mi long-fic AU. Esto no va a estar ceñido completamente a la historia por lo que pido que no me crucifiquen si hay muchas inconsistencias históricas. ¡Los comentarios siempre son bienvenidos!
Notas del traductor:
Ya que técnicamente ya se corrigieron los otras traducciones decidimos seguir con esta, tenemos cierta amiga por allí que moría por leer esta historia pero su pobre inglés le resulta un impedimento.
Esperen ansiosos por los siguientes episodios n.n
