¡Hola a todos! Dialirvi de nuevo a las andadas por estos lugares. He estado años escribiendo este epílogo y debido a mis responsabilidades no había podido avanzarlo de tal forma que me gustara del todo. Lo reescribí muchas veces en este ínter y poco a poco ha tomado forma. Quería que fuera algo rápido de dos capítulos, pero me volví loca y heme aquí con otro multichapter. Esto toma lugar casi un año después de los acontecimientos del fic Amanecer, Ocaso. Si no lo has leído, podrías no entender ciertas cosas de las que hablan aquí los personajes, en ese fic, Zelda no desaparece y se va con nuestro protagonista a las aventuras para conseguir el espejo crepuscular. Para lo que no han leído esa historia, por favor tomen en cuenta ese pequeño detalle.

Advierto que esto va a tener escenas NSFW en capítulos venideros, no pongo warnings, advertidos quedan.

Sin más, espero se tomen un momento al final para dejarme un review para saber qué les pareció.

¡Paz!

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Medianoche

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-¿Su Majestad?-

Bostezos.

-¡Su Majestad!- se escuchó una reprimenda y un golpe sobre la mesa.

Los ojos celestes de la monarca se abrieron de golpe. Entrecerró los ojos sintiéndose mareada de repente y observando cómo una de las cortesanas la veía con el ceño fruncido.

-Lo lamento. ¿Qué me decía?-

La enorme mujer bufó. Se acomodó mejor los lentes sobre el puente de la nariz y resumió su pregunta.

-¿Cuándo podremos ver avances de la construcción de nuestras viviendas? Es impensable pensar que varios de nosotros, los dueños de las tierras de agricultura, no podamos tener un lugar digno para nuestro descanso y tengamos que seguir compartiendo suelo con la servidumbre-

La joven princesa se acomodó mejor en la silla, a la cabeza de la larga mesa en donde había más comerciantes y empresarios sentados. Su consejero, Auru, se movió nervioso de un pie a otro en su mismo lugar. La joven posó sus codos sobre la mesa, entrelazando sus dedos y apoyando su mentón sobre ellos; miró fijamente a la mujer de manera tranquila le dijo

- Creo que nuestras prioridades están un poco desfasadas, mi lady. Auru,- el hombre casi salta por el repentino nombramiento- ¿sería tan amable de repetirle a Lady Bertshamps lo que les dije al inicio de ésta junta?-

-Nuestra principal prioridad es reconstruir los hogares de los ciudadanos...-

-Ciudadanos, mi lady. No servidumbre. Le prohíbo que use semejante tono arrogante hacia sus vecinos. Ya les he repetido muchas veces que los hogares de los cortesanos se harían al final y si quedaban recursos disponibles después de arreglar lo demás. Puentes, granjas, herrerías, comercios, hogares de gente sin recursos es lo que se iba a solucionar primero. Lo que queda de mi guardia real está allá afuera supervisando y limpiando el área norte de Lanayru de las sabandijas que aún osan apostarse por ahí.

Las villas de Eldin ocupan mucho trabajo pues fueron quemadas hasta los cimientos y no hay madera suficiente para reconstruir todo... Hay muchísimas cosas más importantes qué hacer que construirle a usted una casa sólo porque no quiere mezclarse con "la servidumbre". Madure y vea a su alrededor todo lo que aún nos falta por hacer. Póngase a trabajar y deje de estarme haciendo perder mi tiempo con estas nimiedades- todos la observaban atónitos- ¿Para eso vinieron? ¿Para quejarse que sus casas de ricos aún no están siquiera en planes?-

Se hizo un silencio sepulcral.

-¡Contéstenme!- dio un golpe con el puño cerrado sobre la mesa.

-Su Majestad...-

-Si tienen una queja trascendente de cómo estoy haciendo las cosas, los escucho-

Más silencio.

-¿Nada? Bien -dijo al levantarse de la silla, los hombres se pararon también apurados- Si me lo permiten, debo ir a atender otros asuntos- caminó hacia fuera seguida de Auru, que cerró la puerta tras de sí.

-Creo que los asustó un poco...-

-¡Me hacen perder el tiempo con sus quejas de snobs, Auru!- gruñó la joven exasperada- Es la segunda vez en un plenilunio, ¡sólo piensan en ellos!-

- Como todos los cortesanos-

-¡Ugh! Ni me los recuerdes, que varios duques me tienen harta-

El anciano rió ante los berrinches de la joven.

- Te pareces a tu padre-

-Ojalá fuera más como él- suspiró.

- Él no tuvo que reconstruir al pueblo desde los escombros. Tú sí - le puso una mano en el hombro, cubierto por una hombrera de oro.

-Ojalá si fuera como mi padre. Así no intentarían pasar sobre mí y hacerme sentir menos-

-Tiene agallas, princesa- la consoló su consejero- Está actuando de forma muy madura y sabia ante esta situación. Sé que los cortesanos le quieren destruir porque no consiente lo que ellos le piden. Es natural- al ver a la joven dejar de fruncir el ceño continuó- Sólo intente no perder la cabeza tan fácilmente, si ocupa uno o dos días libres sólo avíseme-

-Lo haré, Auru- le medio sonrió y dando media vuelta comentó- Ya es hora de que vaya a ver a los alquimistas del lado norte-

-¿No planea comer algo?-

La muchacha tomó una manzana de un cuenco lleno de fruta que reposaba sobre una sólida mesa de madera.

-No tengo tanta hambre, comeré al llegar. Iré a cambiarme-

-Informaré que preparen su caballo- dijo Auru con una leve reverencia y se retiró.

Zelda entró a la habitación que había elegido. Simple y humilde, sin chimenea, sólo con una enorme ventana que le daba una vista hacia el lado sur de la ciudadela desde el segundo piso donde se encontraba.

Aventó a la cama la armadura y tiara de oro. Desamarró ella sola el corsé morado, acostumbrada a vestirse ella sola desde hacía mucho tiempo ya, la pesada tela bordada cayó a sus pies enfundados en botas de cuero café usadísimas. En su camisola interior lavanda caminó hacia el pequeño ropero y sacó un vestido de cuello redondo color púrpura que se ciñó con facilidad a su pequeña cintura cerrando los broches traseros.

Sacó también un delantal de cuero de oveja usado lleno de bolsillos especializados listos para ser llenados de viales de pociones hechas por sus hechiceros más aptos y otros menjunjes. En la pequeña mesita junto al espejo tomó un bolsito encantando (le encantaba su bolsito), ignorando la imagen en el espejo, peinó su largo cabello en una trenza y salió del cuarto apurada.

Al llegar al patio de la casa, un corcel marrón la esperaba, sacó de su bolsito la manzana y dándosela al equino que la comió gustosa, lo montó y se dirigió a la parte norte del campo del área de Lanayru.

Ésos eran sus días ahora. Supervisar construcciones, planes de contingencia, organización de víveres, juntas con todo tipo de cortesanos indeseables, junta con sus soldados y últimamente ir a ayudar al equipo designado en procurar la preciada madera que tanto hacía falta. Después de casi quince minutos de cabalgar salió de la ciudadela y en otros quince llegó al área designada.

Iba sola porque sabía que en esa área no habría peligros. Había guardias apostados en esa región de Lanayru. Hacía poco que Link había peinado esa zona junto con los soldados y la producción de madera se disparó.

Un grupo de veinte hechiceros experimentados y amateurs hacían crecer árboles de ciertos tipos para aprovechar la madera. Shad, noble escolar hijo de padres ya fallecidos antes y durante la reciente batalla, era el encargado de la cuadrilla. Con sus conocimientos mágicos podía calcular cuánto tiempo les podía servir una extensión de tierra para producir árboles y con ayuda de la princesa y su habilidad, podían regenerar esa tierra para volver a usarla después.

Era una tarea ardua y debían moverse por todo el campo, pero la princesa era feliz con esas horas fuera. Sintiendo la brisa cálida y los fuertes rayos del sol sobre su piel. Se sentía más viva ayudando donde realmente la necesitaban en vez de estar escuchando quejas de snobs que...

-Buenos días, Su Majestad- la saludó el joven escolar acomodando sus lentes- Hoy nos acompaña un poco más tarde de lo acordado, ¿todo bien?-

Ella bufó, bajando del caballo de un salto, sacó todos sus viales, preparándose para el trabajo.

-Cosas sin importancia. Dame un resumen de cuánto han avanzado. Los capataces de los carpinteros se quejan que no hay madera suficiente para las viviendas del lado oeste-

-No somos magos... Oh espere, si lo somos- rió por lo bajo- Déjeme le muestro los árboles de ayer...-

Así se pasaban sus horas. Ir y venir hacia donde reposaba por las noches en la casa de Auru; juntas y planeaciones. Tan ocupada estaba que se le olvidaba comer. Auru debía recordárselo muchas veces, reprimiendo a la chica por ser tan descuidada con sus comidas.

Ella sólo se excusaba y se encogía de hombros.

Al finalizar sus días, sola en su habitación, recién tomado el baño nocturno para limpiar la suciedad y sudor del día, la princesa de Hyrule se quebraba.
No importaba que ya casi hubiere pasado el año desde que todo comenzó.

Cada vez que cerraba los ojos e intentaba dormir podía sentir las manos de ese demonio recorriendo su cuerpo. Uñas afiladas recorrían sus piernas, sentía cómo dígitos invisibles presionaban sobre sus brazos y pecho, recorriéndolo lenta y bruscamente. Temblaba con cada roce y pasaba la noche en vela, dando vueltas en la cama, mirando por la solitaria ventana al cielo tachonado de estrellas.

Sin dormir y sin comer, pronto se vio enferma. Si los demás lo notaban no se lo decían por temor a ser reprochados por el mal genio creciente en la joven. Comenzó a guardar silencio, distanciándose hasta de su consejero, porque ella sabía que estaba tan irritable que cualquier cosa la iba a hacer estallar.

Sus experiencias nocturnas llegaron a un punto tal, que una noche al sentir esas desgraciadas uñas recorriendo sus piernas, soltó tal grito de terror que varios soldados y Auru abrieron la puerta de la habitación alarmados para ver cómo enormes arañazos abrían de par en par la piel de la joven; el anciano asustado mandó a sus tropas a buscar al culpable sólo para no encontrar a nadie.

Zelda se limitó a taparse la cara con las manos y sollozar, cuando Auru se sentó en su cama para consolarla, encontró que las uñas de la muchacha se encontraban empapadas de sangre.

Preocupado mandó llamar al médico, que no encontrándole nada malo físicamente salvo las heridas, le recetó una medicina herbal para hacerla dormir.

Medicina que quedó intacta durante varios días.

-/-/-/-

-Sir Link desea verla, Su Majestad- informó un paje entreabriendo la puerta del salón donde la joven, desganada, revisaba una montaña de papeles.

La monarca se tensó, tragó saliva pesadamente y casi entrando en pánico negó con la cabeza rápidamente.

-Hágale saber que estoy en una junta importante. No lo puedo recibir hoy-

-Como ordene- se apresuró a decir el jovencito, cerrando la puerta tras de sí.

Zelda recargó los codos en la mesa, escondiendo su cara con ambas manos, soltando un quejido. No quería que el muchacho la viera en ese estado. Desde hacía dos visitas que rechazaba el verlo, fingiendo excusas.

No quería verlo, le enfermaba el sólo pensarlo.

-Santa Din- sollozó en silencio, ¿qué demonios le pasaba?

No digna. Manchada. Sucia.

Repetía una vocecita en su mente.

Inútil. Irresponsable. Estúpida.

Seguía escuchando ese susurro que se hacía más fuerte cada día.

-o-o-

-Su Majestad se encuentra mal, Link- comentó el cansado consejero mientras apuraba un vaso de coñac en el bar de Telma.

El joven espadachín lo miraba preocupado, al pobre de Auru las ojeras lo hacían parecer aún más viejo.

-¿Qué tiene? ¿De qué se enfermó?-

-De aquí – respondió el hombre señalando su corazón- No de forma física, el doctor no le encuentra nada malo... es sólo que- suspiró hondamente- Siento que se exige demasiado a sí misma y dado que es perfeccionista se entristece porque no le salen las cosas como quiere-

-¿Todavía le dan lata los cortesanos?-

-Ni te lo imaginas, Link-

-¿Y no se da un tiempo para descansar? La he intentado ir a ver desde hace casi dos meses y siempre está ocupada- el joven se encogió de hombros- Debo admitir que me preocupé que estuviera trabajando de más-

-¿Cuándo fue la última vez que intentaste hablar con ella?-

-Será hace unos tres días, me dijeron que estaba en una junta-

-Pero... la obligamos a guardar cama, y después le encontramos leyendo en su salón-

El chico palideció, hizo una mueca de disgusto y recargó ambos codos sobre la barra cubriendo su cara con ambas manos y soltando un suspiro.

-Creo que ella me odia, entonces- comentó con una risita nerviosa y forzada a la par que se rascaba la mejilla con el dedo índice de la mano izquierda. Fijó su vista en el tazón de nueces y frutos secos que Telma tenía sobre la barra del bar.

Auru carraspeó mientras apuraba el vaso de coñac, dejándolo sobre la mesa. Encaró al muchacho girándose levemente sobre su asiento.

-No creo que ése sea el caso, Link. Ella... tiene problemas-

-¿Pero qué puedo hacer si me intenta sacar de su camino? No quiere verme y las pocas veces que lo hace se excusa rápido, yo...- se pasó la mano por el flequillo rebelde y apretó el puño de la derecha.

-¿Sientes que te evita porque te odia, verdad?-

-¡Estoy preocupado por ella y cómo se ha encerrado ella sola! ¡No quiere mi ayuda! Me preocupa…- murmuró lo último, escondiendo su cara entre sus brazos, que descansaban sobre la barra.

El anciano sonrió.

-Obviamente, Link. Pasaste con ella varios meses, arriesgaron su vida juntos, pelearon hombro con hombro... Es normal que te preocupes por ella-

-Sólo somos amigos- refunfuñó sabiendo que al hombre le gustaba molestarlo por estar embelesado con la soberana.

-¿Crees que ella quiere amigos ahora mismo?-

-Sí, aunque su actitud no lo demuestre, sé que ella está sola. Y es muy terca-

El hombre mayor guardó silencio. Sólo se escuchaban cuchicheos de los demás feligreses en mesas alejadas de donde se encontraban. Fijó su vista en el vaso vacío, después en Link, que jugaba con una de las nueces.

-Necesita ayuda urgente- soltó después de pensarlo mucho, en un tono serio y bajo.

-Auru, ¿qué pasa?-

-La princesa ha estado decayendo conforme pasan las lunas. Está irritable, decaída, no duerme, no come. Temo por su seguridad. El médico no le haya nada malo. Físicamente sólo sufre por la falta de comida y sueño- su vista seguía fija en el vaso de vidrio- Creo que... la princesa está consumiéndose y me siento impotente por que no sé cómo ayudarla. Creo... creo que algo malo le pasa-

Link se tensó, mirando al anciano que veía tristemente el vaso entre sus callosos dedos. Dirigió su atención a la barra, intentando pensar sobre algo, lo que fuera.

Pensar no era su fuerte.

-¿Crees que sea algo relacionado con magia?-

Auru parpadeó un par de veces, se frotó el mentón con una de sus manos e hizo un pequeño ruido de aprobación.

-Puede ser, se ha ganado varios enemigos entre los cortesanos a lo largo de estos meses-

-¿Pero qué no los cortesanos deben obedecerla a ella? ¿Por qué atacarían?- casi gritó el rubio, encolerizado.

-Por miedo. Ya no tienen el poder adquisitivo de antes, la Princesa no da su brazo a torcer y ha estado poniendo al pueblo antes que a la corte. Y eso la corte no lo ve bien-

-¡Tanda de inútiles!-

Auru se encogió de hombros, como queriendo excusarse. Toda la clase alta era similar, salvo sus pocas excepciones, claro.

Link recordó cómo Shad y Ashei hablaban de la soberana antes de siquiera conocerla, porque ellos también formaban parte de la alta alcurnia. No quería imaginarse cómo podría alguien ser tan frío y egoísta como los duques que sólo pensaban en ellos mismos.

Algo así como Zelda ahora se estaba portando con él.

No. Zelda no era así. Él la conoció durante su peor momento y si aún así le cayó bien no iba a dejar que una mala racha acabara con su interés por ella, Auru le acababa de confirmar que probablemente era algo relacionado con magia… y no es que ella lo odiara de la noche a la mañana...

Hipotéticamente hablando, claro.

Hundió sus dedos en su cabello, frotándoselo de manera desesperada, tratando de ahuyentar esos pensamientos inútiles. El hombre mayor, al ver al chico casi desgañitarse a su lado, sonrió de lado y le hizo una seña a la tabernera de que le sirviera otro trago.

-Si alguien le hizo magia negra, necesitamos llevarla con el chamán de Kakariko-

Link se irguió en su asiento, preocupado.

-No sé mucho del tema como para opinar algo, Auru. Pero si tú crees que ella necesita ir con Renado, yo la llevaré-

-Gracias, Link. Sea o no magia negra... ella aún necesita distraerse- bajó la mirada algo triste, sin ver al joven Caballero- Desde que todo volvió a la "normalidad"- entrecomilló con sus dedos- no ha dejado de trabajar ni un día, siento que le haría muy bien salir por unos días de aquí de la ciudad. Cuando ella va a los campos del norte a supervisar a los alquimistas y hechiceros con la madera, sólo es para trabajar-

-Iré a hablar con Shad también-

-Búscame en mi residencia más tarde, tenemos que hablar de los pormenores de la misión-

-Ahí te veo entonces- dijo al levantarse y despidiéndose de Telma salió del local.

-/-/-/-

Ese día ella ni siquiera salió de la cama. Era el día libre de Auru y sin nadie que la despertara temprano su cuerpo simplemente no pudo levantarse.

No quería ni imaginarse lo furiosos que estarían los comerciantes, tenía una junta antes de mediodía que...

Bostezó. Profundamente. Todo le dolía y no era exageración.

Su estómago rugió exigiendo comida, pero extrañamente ella no tenía apetito. Las batas y los vestidos le quedaban grandes ya, y ella podía sentir sus piernas y brazos más flacos. Contra todo lo imaginable, se dirigió con pasos lentos al espejo. Nunca se veía en el espejo. Desde que llegó a casa de Auru comenzó a evitarlo sin ninguna razón aparente. Simplemente no le apetecía verse.

Su reflejo la miró de vuelta, grandes ojeras oscuras bajo sus cansados ojos celestes que más bien parecían grises. Sin siquiera haberse peinado, sus largos cabellos caían sin gracia por doquier.

Demacrada. Cansada. Patética.

Sucia. Horrible. No digna.

Los brazos presentaban largos arañazos que se hacía ella misma al dormir. Sus piernas también corrían la misma suerte. Al quedarse dormida tan siquiera una hora, la asaltaban las pesadillas y comenzaba a dañarse sola y a gritar hasta que despertaba llorando. Era un suplicio intentar dormir, intentar comer, intentar vivir.

Todo le parecía sin sentido, gris, absurdo.

Estaba cansada.

Sintió una lágrima caer por su mejilla, se la limpió con fuerza y enojo. ¿Por qué lloraba?

Ojos amarillentos y enfermos la veían desde el espejo, la piel grisácea llena de runas negras que sólo le daban un aspecto más macilento y enfermizo a todo su cuerpo.

La princesa abrió sus ojos horrorizada, viendo cómo su reflejo se transformaba y cuando movió la boca articulando palabras que escuchó en un susurro gutural y bajo detrás de su oreja,

-¿Me extrañaste, Zelda?-

Soltó un grito de horror y lanzó lo primero que encontró, un pesado libro, hacia el espejo que cayó hecho añicos al suelo. Varios pedazos quedaron pegados a la madera, donde sólo podía verse partes de su cuerpo y de la habitación.

Zelda se sentó en la cama, temblando.

Ése demonio, ése maldito gerudo, ése asqueroso hombre aún la seguía asaltando en sus pesadillas y en su vida. ¿Por qué? ¿Por qué si ya estaba muerto!? Quemaron su cuerpo en un ritual de purificación. ¿Por qué aún podía sentir sus manos recorriendo su cuerpo de maneras sucias? ¿¡Por qué!?

Las lágrimas no dejaron de fluir; se revisó los brazos, las piernas, todo donde pudiera verse gris y con esas runas negras: nada. Estaba limpia.

Impura. No digna.

¿Esto era acaso un castigo de las Diosas?

¿Alguna especie de represalia que Din tenía en contra de ella por haber lastimado la trifuerza del poder? Tonterías. Din no sería capaz de algo así.

Intentó calmarse. Pensar.

Ya casi se cumplía el año desde que ese hombre murió y ella se ha estado degenerando poco a poco a partir de los pocos meses de que todo sucedió.

Caminó con lentitud hacia un enorme librero en el que Auru y ella habían recolectado los pocos libros que sobrevivieron el castillo.

Tomó el libro más pesado, sobre hechizos y encantamientos antiguos, buenos y malos. Su instinto le decía que ya había leído antes lo que ella necesitaba. Una corazonada le indicaba que ya sabía la respuesta y estaba demasiado ciega para verlo.

"Las maldiciones post mortem generalmente toman algunos plenilunios para alcanzar su máximo efecto. Cuando se cumplen 13 plenilunios es cuando alcanzan su punto máximo de acción. Dependiendo del hechizo lanzado, puede llegar a la muerte del afectado…"

¡Qué tonta había sido! ¡Ese maldito de Ganondorf! Dejó caer el libro al suelo y éste hizo un ruido sordo al chocar contra la piedra.

¿Pero cuando? ¿Cómo? Sintió una punzada de dolor visceral al percatarse que él tuvo toda la libertad para hacerlo cuando fue traída de regreso a Hyrule y dejó su cuerpo inerte para intentar, de alguna forma, retrasar los planes del gerudo. Recordó que Auru le dijo que habían pasado varias semanas desde que Link y ella se fueron hasta que Link regresó, solo.

Su cuerpo había pasado varios meses solo con ese tipo.

Palideció y se sintió enferma; no sólo se había conformado con arrebatarle su virginidad, como ella se enteró después cuando el médico la examinó de pies a cabeza, si no que ahora hacía de su vida un infierno.

Aún recordaba al galeno decirle con mucho tacto que había heridas muy severas en ella. Probablemente tendría problemas si quería tener descendencia en el futuro... claro si era que alguien la quería manchada.

Sucia. Impura. Asquerosa. No digna.

Recordó sin remordimientos cómo le dijo al médico que se asegurara nada fuera a salir producto de esa aberrante acción. El hombre accedió dudoso, puesto que ya le había confirmado que no estaba en estado.

-No importa, usted asegúrese que no haya nada-

Con su honor destruido y manchado por siempre, la princesa se recuperó físicamente en tres semanas y siguió con su trabajo. Ahora Ganondorf no sólo la había herido físicamente, sino que la estaba matando lentamente desde el otro mundo. Siguió buscando entre sus libros, los pocos y preciados cascajos que pudieron rescatar del castillo, comenzó a leer, a buscar alguna solución. Pasaron horas encerrada en su habitación sin nadie que la hiciera salir de ahí. Tomó una decisión.

Iba a luchar por vivir.

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