Bueno, antes que nada, esto tendrá un par de capítulos. Serán más largos que esto, pero quería presentar un pequeño prólogo para que más o menos la persona a quien esto está dedicado vea cómo va a ser. Tomémoslo como un tráiler que contribuye a la historia (?)

Digimon NO me pertenece.

Para Hachecé.


Prólogo.

Así en el cielo.

Los ojos de Koushirou se ven vacíos. Sus pupilas, desenfocadas. Sus labios, tan sólo un poco abiertos. Su rostro, inmóvil.

Los ojos de Koushirou apuntan hacia adelante, más allá de la pantalla de su computadora. Sus dedos no se mueven. Está rodeado de una extraña oscuridad, sentado a una silla sin respaldo. A cada uno de sus costados, reposa una vela blanca, de llama débil.

Un círculo de tiza lo rodea, con algunos símbolos que, incluso con la poca visión, se notan extraños. Como afilados. Sus vértices parecen apuntar hacia arriba, saliendo del piso. Rodeando al pelirrojo, que no reacciona.

Las llamas se agitan tan sólo un poco. Sombras recorren todos los laterales del círculo. Son como pasos, son como piernas, son como pies... son como personas. Silencio. Nada hace ruido: ni las velas, ni el joven, ni las siluetas, ni el círculo. De la oscuridad llega como un bufido, rompiendo la tensión que se devora todos y cada uno de los rincones. Un bufido que parece ser una voz, aunque sin fuerza. Que quiere hablar, pero no puede articular los sonidos. Algo débil, casi penoso, que trepa por el círculo y abraza a Koushirou, que todavía no se mueve.

—Koushirou...

La voz se oye grave.

—Koushirou...

El joven no se mueve.

Las velas se apagan.

Los ojos de Koushirou se enfocan.

A su alrededor, diez esferas blancas, luminosas. Giran, cada una sobre sí misma. No hay nada más que espacio vacío después de ellas. A los pies del muchacho, el círculo.

—Koushirou...

La voz alcanza ahora un volumen mayor, resonando con eco.

—¿Quién está ahí? —pregunta Koushirou, mirando hacia un lado y hacia el otro. No hay señales de su computadora.

—Soy yo —responde la voz.

El pelirrojo no responde.

Las esferas se detienen. Su luz se vuelve más tenue. Koushirou cae al piso, desmayado. Sus ojos están otra vez vacíos, abiertos, pupilas negras observando hacia la nada. Las luces se apagan, más y más, hasta dejar todo sumido en la penumbra.

—Koushirou...


Despierta. Se sienta en su cama, agitando los brazos. Por la ventana, se ve el cielo celeste. Cantan algunos pájaros.

El pelirrojo respira agitado. Agotado. Mirando hacia su escritorio, se queda unos momentos contemplando su computador, por alguna razón aún encendido, con una búsqueda en internet:

"Rituales de invocación".

¿En qué estaba pensando? Era una idea ridícula. Tan sólo estaba demasiado desocupado. Sí. Era eso. Debía volver a enfocarse en la universidad, quizá ir a una de esas reuniones que Taichi hace de tanto en tanto, hablar con Tentomon... por qué no, incluso ir a algún bar. Debía ocuparse. Ya su mente estaba vagando a lugares cada vez más extraños.

¿Qué había sido el mes anterior?

¿Fantasmas? ¿Espectros? ¿Chamanes?

Ya no recordaba.

Sacando sus piernas de su acolchado, apoya los pies en el suelo. Se sacude, por la fuerza de un aparente escalofrío. En un sólo movimiento, se levanta y cierra la tapa de su computadora.

A paso lento, baja las escaleras. Su madre espera sentada, con un té caliente entre las manos.

—Buenos días, Koushirou.

Koushirou...

El pelirrojo abre los ojos, sorprendido.

—¿Qué dijiste?

Su madre lo mira, extrañado.

—Que buenos días. ¿Estás bien? Se te ve algo pálido.

—Estoy bien, gracias.

Se sienta, justo frente a la mujer. Cruza sus dedos sobre la mesa, jugando con sus pulgares.

—¿Qué sucede, hijo? —pregunta la mayor.

—Creo que soñé con papá.

Ella parece alegrarse. Sus ojos se iluminan. Sonríe, marcando las pequeñas patas de gallo que ya empiezan a contornear su expresión.

—Qué hermoso, Kou. Podrás contarle ahora cuando baje...

—No —interrumpe el pelirrojo, sin todavía levantar la vista—. Con mi padre biológico.

Ella deja de sonreír. El levanta los ojos, Cruzan una mirada. Se planta entre ellos un silencio ensordecedor. El té sigue en las manos de ella, olvidado. Koushirou apenas parpadea.

Afuera, los pájaros toadvía cantan.


Cualquier dedazo o demás, háganme saber, por favor.

¡Saludos!