—No podrás convencerme —repitió por décima vez y se rio mientras caminaba hacia la habitación, intentando escapar de la insistencia del hombre.

—No estoy intentando convencerte, amor. Te estoy rogando que vayas conmigo. Es muy diferente. —Intentó mantenerse lo más serio posible para no comenzar a reír con toda la situación. Sus ojos la siguieron, observando cómo deslizaba el dedo índice a lo largo de la pared del estrecho pasillo. Comenzaba a pensar que lo estaba provocando para que terminara rogando de verdad.

Jane se detuvo de repente, esbozando una leve sonrisa al escuchar aquellas palabras. Había logrado lo que quería. La sonrisa desapareció al girarse para mirarlo a los ojos. No iba a convencerla de salir; era su día libre y no quería hacer más que tirarse en el sofá con una cerveza en mano y ver el juego de hockey.

—¿Ahora estás rogando? —preguntó a punto de soltar una carcajada.

—No quiero ir solo. Además, mi jefe quiere conocerte.

Jane suspiró y cruzó los brazos.

—Ya conozco a tu jefe.

—Sí, pero él no te conoce en persona. Y sabes que este evento es una buena oportunidad para que me den ese ascenso que he estado esperando por meses.

—Te lo mereces. No necesitas ir a un evento para demostrarlo. Yo no necesito ir —especificó.

—Solo esta vez. Te lo prometo.

—Gabriel… —Nadie mejor que ella sabía que una vez que comenzaba a insistir de esa forma no se libraría de él. Así que la única opción que le quedaba era negociar.

—Solo una hora. Habrá una pequeña conmemoración y justo al lado adivina qué.

—¿Hmm?

—¡Habrá una exposición de arte! Y tu madre me ha comentado que te gusta el arte.

—Eso lo dice porque me gustaba dibujar cuando tenía diez años. ¿Acaso la exposición está supuesto a ser un incentivo? Está teniendo el efecto opuesto —Soltó un suspiro exagerado y se tumbó sobre la cama.

—Vamos, Jane… solo esta vez y… hay algo más.

—Déjame adivinar. ¿Quieres que use el vestido negro que intentaste ocultar?

Gabriel abrió la boca preparado para negarlo, pero ya no tendría sentido hacerlo. Angela se lo había advertido; hubiera sido mejor dejarlo en su casa así no corría el riesgo de que Jane lo encontrara.

—Sí. Aunque ya sé que dirás que no. Al menos tenía que intentarlo —suspiró con resignación.

—No iba a decir que no.

—Ya sé. Espera. ¿Qué? ¿Estás hablando en serio?

—Solo por esta vez. Después de hoy no habrá más eventos formales de este tipo por el resto del año y ni hablar de vestidos—. No perdería su día de descanso ni el juego sin ganar algo a cambio.

—Pero apenas es verano.

—Ya falta poco para el otoño. Ahora me vestiré antes de que cambie de pensar.

—¡Gracias, amor! —La besó en los labios, con una sonrisa de oreja a oreja.

Jane lo siguió con la mirada hasta que la puerta del cuarto baño se cerró y escuchó el agua de la bañera. Sabía perfectamente dónde su marido había escondido el vestido. Nunca lo hubiera encontrado si no fuera porque había revisado cada rincón de la habitación, buscando unos documentos.

Se agachó delante de la cómoda y abrió la última gaveta. Ahí estaba el vestido, debajo de un sobre amarillo y en una bolsa transparente. Era consciente de que rara vez usaba vestidos, pero… ¿Ir tan lejos como para esconderlo?

El contenido de su armario comenzó a cambiar desde que entró en la Academia de Policía. La variedad de colores fue disminuyendo y los pantalones -en su mayoría de color negro- fueron aumentando. El rincón izquierdo consistía de varias blusas de colores sólidos. En resumen: ropa de trabajo.

Le gusta su ropa; era cómoda y perfecta para su profesión. A pesar de todo, tenía que admitir que el día de su boda había sido el último día que usó un vestido.


—Ya se solucionó el problema con el espacio reservado, Constance. Mavin te envía sus agradecimientos.

—Gracias por solucionarlo, Ella. Siempre puedo confiar en ti. —Cruzó los brazos y su mirada volvió a perderse en el mar de personas caminando en el primer piso de la exposición. Sabía que debió ocuparse de la lista personalmente; el error cometido casi les cuesta uno de los coleccionistas más fieles. Pero ahora todo estaba marchando a la perfección, como siempre.

La mirada de Constance se detuvo en la mujer que intentaba mantener una conversación con uno de los invitados. Era evidente que estaba nerviosa y que no quería seguir cualquier conversación que aquel hombre desconocido se empeñaba en mantener.

—Nunca la he visto tan nerviosa —comentó Ella.

Constance la miró de reojo antes de sonreír.

—Es su primera vez después de todo. —Su mirada se enfocó en el cuadro al final del pasillo.

—Por fin. Pensé que no viviría para verlo.

—Así es.

No había sido fácil convencerla.

Su hija la miró por encima del hombro como si las hubiera escuchado. Le dijo unas palabras al hombre antes de darle la espalda y caminar con prisa hacia ellas.

—Necesitas relajarte un poco, hija. Solo he escuchado cosas positivas sobre tu cuadro. Estoy muy orgullosa de ti.

—No puedo evitarlo. No me siento cómoda compartiendo mi pintura, madre.

—Es anónimo —añadió Ella.

—Ni eso —murmuró Constance con disgusto en sus labios. Aún le costaba entender por qué Maura no quería compartir sus cuadros y mucho menos recibir algún tipo de crédito por su trabajo y talento.

—No puede creerlo —dijo una Ella atónita—. Ahora regreso. —Tenía que confirmarlo con sus propios ojos. Ella misma se había ocupado de colocar los nombres de cada artista y estaba segura que el cuadro de Maura estaba como anónimo.

—Va a disgustarse cuando vea que has deshecho su trabajo. Sabes cómo se pone cuando hacen eso —le advirtió su madre.

—No creo.

—El que no tenga una placa con tu nombre o un seudónimo no lo hace menos anónimo, querida.

—Soy consciente de eso, madre, simplemente no quería algo alrededor del cuadro.

—¡No lo puedo creer! ¡Maura!

La rubia sonrió sin poder ocultarlo. Ella subía por las escaleras para llegar al segundo piso donde se encontraban; el enojo era evidente en su andar y en el resonar de sus tacones.

—Lo siento, Ella… pero el artista tiene la última palabra.

—¿Sí? ¿Desde cuándo es así que no me he enterado? Solo te lo permitiré esta vez porque por fin ocurrió un milagro y te has animado a exponer uno de tus trabajos, o te hemos obligado. No lo tengo muy claro. —Bebió un poco del vino blanco que había agarrado en el camino y se situó entre las dos mujeres antes de hablar en voz baja—. ¿Han notado la morena? —Constance y Maura miraron a Ella y esta les hizo un gesto con la cabeza en dirección al pasillo—. La morena. No se ha movido en un buen rato.

—Es la primera vez que la veo —comentó Constance. Nunca la había visto en las exposiciones anteriores que había hecho en Boston—. ¿Tú la conoces, Maura?

Maura pareció no haberla escuchado porque no le respondió. Bueno, sí la había escuchado, pero como si hubiera estado a kilómetros de ella y no justo a su lado. Su madre y Ella tenían razón; había notado a la mujer antes, cuando hablaba con el hombre que no se callaba. La había visto caminar alrededor y parecía no importarle mucho el arte ya que apenas había pasado varios segundos observando los cuadros. Su desinterés en la exposición era evidente. Eso o tal vez no quería estar en aquel lugar.

—¿No la conocen? —preguntó casi en un susurro como si estuviera hablando consigo misma.

—Es lo que acabamos de decir, cariño —contestó su madre—. Parece que le interesa mucho tu cuadro.

—Iré a hablar con ella —avisó, decidida.

—¿En serio? —preguntaron las dos mujeres en unísono, mirándola incrédula.

Maura les lanzó una mirada llena de confusión.

—Ya sabes… Por todo eso de que te empeñas en no querer que nadie sepa que ese cuadro es de ni más ni menos que de la hija de Constance Isles.

—Ujum. —Ella bebió otro sorbo de vino— Y sabotear mi trabajo —susurró en voz baja, aunque la sonrisa en los labios de la joven le dejó saber que había logrado escucharla.

—Dije que hablaría con ella, no que le contaría todos mis secretos.

Constance simplemente sonrió, mirando atentamente cómo su hija se alejaba.


Jane se levantó de la silla lo más rápido que pudo; ni siquiera dio tiempo a que los aplausos cesaran. Gabriel le había asegurado que solo sería media hora y otra media hora en la exposición de arte. De solo imaginarse media hora escuchando temas de política y cuestiones del FBI que a ella no le interesaban para nada ya se sentía como una eternidad. Era uno de los precios a pagar, suponía, por estar casada con uno de ellos.

—Me dijiste que sería media hora. ¿Sabes lo aburrido que ha sido eso? —protestó mientras salían al pasillo que separaba los dos eventos.

—Me hago una buena idea —respondió Gabriel, soltando un suspiro. Para él también había sido muy aburrido. No esperaba el momento para la exposición; ahí estará su jefe y podrá hablar con él en un ambiente mucho más tranquilo.

—Una hora y media, casi. ¿Dónde está esa exposición de arte? —preguntó mirando hacia la derecha y la izquierda.

—A la derecha al final. Pensé que ya no ibas a querer ir.

Caminaron con los brazos entrelazados hasta el umbral de la exposición.

—Es a lo que viniste, ¿no? Espero que tengan alcohol.

—Ya te dije que no habrá cerveza.

—Y yo te dije que… Oh. —Las palabras se ahogaron en su garganta al poner pie dentro del espacio reservado para la exposición. Momentos antes pensaba que estaba muy elegante con el vestido negro, pero ahora, mirando a los demás interesados en el arte -especialmente las mujeres- se sentía fuera de lugar—. No me habías dicho que era una exposición para clase alta —susurró entre dientes.

—No lo es —murmuró y la guio adentro—. Solo es un poco… elegante.

—Claro —dijo con sarcasmo poniendo los ojos en blanco—. Oh. Espera. —Descruzó su brazo del de Gabriel y detuvo a unos de los camareros que llevaba una bandeja con bebidas.

—¿Dos? —preguntó su esposo alzando una ceja, sorprendido.

Jane sonrió y acercó la copa a su nariz, complacida con el aroma. Estaba claro que cerveza no era; el evento era demasiado elegante para eso. Cerró los ojos cuando el primer trago se deslizó por su garganta y no los volvió abrir hasta unos segundos después.

—Guau… Vale. Había agarrado una para ti, pero cambié de pensar. Esto es una maravilla.

—¿Eres consciente de que estás bebiendo vino?

Jane se mostró sorprendida por un instante. No le gustaba mucho el vino seco. Sus preferencias de bebidas alcohólicas consistían en una variedad de cervezas y, de vez en cuando, algún licor fuerte. El vino que recién había degustado era dulce y realmente delicioso.

—Está muy bueno. Me atrevería a decir que mejor que una cerveza.

—¿!Quién eres que no te reconozco!? –Exclamó divertido.

Jane se sacudió de los hombros con una sonrisa traviesa plasmada en su rostro. Caminaron uno al lado del otro, deteniéndose momentáneamente para observar varios cuadros en el camino.

—Constance siempre sirve las mejores bebidas que he probado. Es muy probable que en esas dos copas te hayas bebido más de cien dólares

—¿Estás bromeando?

—No.

En ese momento otro muchacho caminaba cerca de ellos y Jane aprovechó para entregarle las copas vacías y agarrar otra.

—¿Qué? No me mires así, Gabriel. Tengo que aprovechar. Definitivamente necesito más de dos copas después de haber perdido una hora de mi vida escuchando a tus compañeros de trabajo.

—No lo has perdido. Mira toda esta arte. Esta vez se han decidido por los cuadros.

—Hablas como si no fuera tu primera vez en uno de estos eventos.

—No lo es —afirmó con una sonrisa—. He venido los dos últimos años. Y sí, sí te he invitado… solo que en las dos ocasiones te negaste a venir. Supongo que es cierto lo que dicen sobre la tercera vez. Y ya ves, aquí estás disfrutando de un buen vino y buena arte.

—No sé si esto sea buena arte. —Hizo una mueca observando el cuadro que tenían enfrente—. ¿En serio? Eso parece que lo hizo un niño de cinco años; cualquiera puede dibujar un par de círculos de diferentes colores.

—Shhh. Baja la voz que te podrían escuchar.

Jane suspiró y miró hacia ambos lados, asegurándose de que no hubiera nadie cerca. No tenía idea de cómo diferenciar entre bueno y malo cuando se trataba de arte. Aquel cuadro no significaba nada para ella. No le provocaba ningún tipo de emoción.

—Y ese ¿En serio? —Ladeó la cabeza intentando buscar alguna razón que le diera a entender por qué aquello merecía estar en esa exposición.

—No lo pienses mucho.

—Hago todo lo contrario.

—Lo sé. —Comenzaron a caminar hasta llegar al final del pasillo—. Tal vez necesitas mirarlo con otros ojos.

—¿Acaso tú me enseñarás el arte de apreciar esto?

—Yo no, pero alguien más… capacitado podría. Entiendo estos cuadros tanto como tú, solo no expreso mi confusión.

Jane se rio y bebió otro sorbo de vino. Bebía poco a poco, degustando cada trago como si fuera el último.

—¡Agente Dean! —Gabriel se giró de inmediato al escuchar que lo llamaban y sonrió al ver que se trataba de su jefe. Había estado esperando este momento toda la noche.

—Ahora vengo —avisó, pero Jane no lo escuchó.

—Esto sí es arte —susurró al quedar frente a frente a un cuadro distinto a todos los demás. Sus labios se separaron inconscientemente, sintiendo una oleada de emociones. Sí entendía aquel cuadro, al menos la había conmovido.

Jane cruzó los brazos y se detuvo a observar cada detalle de la imagen. Se terminó de beber lo que le quedaba de vino y de su garganta surgió un sonido de apreciación. Miró hacia los lados antes de decidirse a tomar un paso, acercándose un poco más. Era su primera vez en una exposición y no estaba segura si era apropiado acercarse tanto. Había notado que las otras personas a su alrededor mantenían una distancia prudente de las obras. Pero ella necesitaba acercarse para estudiar cada detalle.

—¿Terminó con la copa, señora? —preguntó un muchacho con una bandeja en la mano.

—¡Oh, Dios! ¡Me has asustado! —exhaló con fuerza. Por un instante pensó que le estaban llamando la atención...

—Lo siento, señora.

Jane frunció el ceño. El muchacho no podía tener más de veinte años, tal vez diecinueve.

—Sabes qué…

El joven tragó en seco y Jane sonrió para sus adentros. No podía terminar la noche sin intimidar al pobre muchacho. Al menos podría ponerlo un poco nervioso, aunque estaba casi segura que ya lo había logrado con solo una mirada.

—¿Señora? ¿Cuántos años crees que tengo? —dijo en un tono serio; el mismo que usaba en sus interrogaciones.

—Lo digo por respe… No tanto. Creo… digo —comenzó a tartamudear sin saber a dónde mirar.

Jane sonrió abiertamente y agarró otra copa de vino. A veces podía ser cruel.

—Anda, anda. Gracias por el estupendo servicio —se fijó en la etiqueta con el nombre—, Brad.

Misión cumplida.

En ese momento se dio cuenta que Gabriel ya no estaba a su lado. Miró alrededor pero no lo encontró entre la multitud. Aparte de eso, en lo único que podía pensar era en el cuadro, así que se volvió a girar hacia él a la vez que tomaba otro sorbo.

—De quién eres… —susurró al no encontrar la placa que todos los otros cuadros tenían.

Una persona detrás de ella aclaró la garganta.

—Cariño ayúdame a buscar la maldita placa. ¿A dónde fuiste? Esto es muy injusto —murmuró buscando por el costado del cuadro en busca de algún nombre o firma.

Ya era hora de que Gabriel regresara y la ayudara. Sí, era consciente que había venido por cuestión de 'trabajo' pero, ¿dejarla sola de esa forma?

—¿Cariño, no me escuchaste?

Se giró al no obtener respuesta y quedó paralizada al ver que la persona que tenía enfrente no era Gabriel, sino una mujer mirándola boquiabierta.

—Oh. Lo siento. Pensaba que era otra persona. —Intentó explicarse, pero en lo único que podía pensar era en lo caliente que sus mejillas se sentían de repente. Estaba apenada; hacía mucho tiempo que no se había sentido así—. Jane —soltó abruptamente.

La mujer pestañeó varias veces, apenas cerrando la boca.

—Me llamo Jane, Detective Rizzoli. —Le extendió la mano por costumbre y se mordió el labio—. Jane Rizzoli.

La mujer la miró a los ojos, luego su mano y de vuelta a los ojos. Jane pensó que no la tomaría. No le extrañaría, así eran esas personas con aires de superioridad solo por el dinero que tenían en sus cuentas bancarias. Se había encontrado con muchos así; los que piensan que el dinero los hace invencibles.

Esperaba que su sorpresa no hubiera sido evidente cuando sintió un firme agarre seguido por una suave voz.

—Maura.

—Maura —repitió Jane, mirando aquellos ojos claros—. Perdón —susurró al darse cuenta que aún sostenía su mano.

La rubia sonrió y alzó la mirada hacia el cuadro. Jane aprovechó aquel instante para mirarla a ella. Si antes pensó que su vestido negro no estaba al nivel de elegancia de aquel lugar, ahora estaba segura que no lo estaba. Maura tenía que ser uno de ellos. Cada movimiento suyo era elegante, desde la forma con la que giraba la copa de vino tinto entre sus dedos, hasta su postura. Pero, aunque fuera uno de ellos, tenía un aire de simplicidad que de alguna extraña forma le agradaba. El diseño de su vestido no era tan diferente al suyo, aunque el color era igual que el vino que giraba en su copa.

—Viene del evento entonces. ¿FBI?

—Sí y no —contestó al instante, dirigiendo la mirada de regreso al cuadro—. Solo detective de Boston.

—¿Y usted? ¿Amante del arte? ¿FBI?

—Doctora. —La miró de reojo y sonrió—. Y amante del arte.

En ese instante Jane se reprochó el no tomarse el tiempo para arreglarse un poco más el cabello. Maura lo tenía recogido en una coleta hacia al lado que caía por encima de su hombro, cubriendo la piel que el vestido de un solo tirante dejaba expuesta.

—¿Entonces podrías ayudarme? —preguntó, dejando a un lado sus pensamientos de inseguridad.

La mujer la miró y asintió, aunque no tenía idea con qué podría ayudarle.

—¿Por qué este cuadro no tiene una placa como los demás? —preguntó, apuntando el cuadro con su dedo índice, lo cual hizo que Maura dirigiera la mirada hacia su propio cuadro.

—Es un anónimo; su creador no desea ser reconocido.

—Ya me di cuenta de eso y es muy injusto. Es el único cuadro que me gusta.

Maura intentó controlar las emociones que corrieron por todo su cuerpo al escuchar esas palabras.

—¿Por qué? —Se limitó a preguntar, intentando mantenerse indiferente.

—Bueno. —La morena suspiró y estudió el cuadro por varios segundos antes de contestar—. No me lo tomes a mal pero no sé absolutamente nada sobre arte. Este cuadro tiene sentido, todos los otros no captaron mi atención… en cambio este… es hipnotizante. Siempre que lo miro encuentro algo nuevo. Y el significado…

Esas últimas palabras hicieron reaccionar a la rubia, adornando sus labios con una sonrisa… ¿Acaso podría deducirlo?

—No creo que sean pareja. Son más que eso —decía sin apartar la mirada del cuadro como si hubiera entrado en un trance.

La sonrisa de Maura se amplió.

—Es la forma con la que la sostiene por la cadera. Es muy íntimo… —Miraba una de las mujeres con un vestido verde y cabello oscuro hasta la cintura con flores casi en cada mechón—. Aun no entiendo el por qué la máscara —susurró. Era una máscara verde de pico, pero no como de la peste, se asemejaba más a uno de halcón—. Aunque la esté sosteniendo mantiene una pose elegante.

—¿Está a su merced? —Se atrevió a preguntar.

—No creo.

Maura tomó otro sorbo de vino y se relamió los labios, mirándola de reojo. Era una sensación nueva que una desconocida estuviera tan interesada en su arte y lo más importante… que la entendiera aunque sea un poco.

—No hay rechazo. Se está dejando sostener, pero tiene los pies en la tierra. No sé si me explico bien. —La miró y rio nerviosamente.

—Te entiendo.

—¿Qué crees que signifique?

—Está en los ojos del espectador. ¿Qué significa para ti?

—Evitas contestar.

—Ya tengo seguro que es una detective excepcional.

Jane sonrió, pero decidió no presionarla más y tomó varios segundos para formular su respuesta.

—Parecen estar en el bosque rodeadas de naturaleza. Eso lo digo por las aves y las mariposas y… —tomó una pausa para organizar sus pensamientos y sus ojos se abrieron como platos antes de mirar a la rubia como si hubiera descubierto un tesoro—. Vas a pensar que estoy loca, pero creo que lo tengo.

"Interesante" pensó Maura.

—¿Y qué sería eso, detective?

—Ella es la naturaleza. —Apuntó a la mujer con la máscara—. Y esta podría ser nosotros. —Señaló a la otra mujer en un simple vestido blanco—. La humanidad.

Maura la miró boquiabierta y casi pierde el agarre de la copa entre sus dedos.

—¿Estás bien? Perdiste el color por un segundo. ¿Fue una suposición muy tonta, cierto? Sabía que no se me daba bien esto.

—No… ha sido una buena suposición. Me gusta —Susurró lentamente para no decir que sí, que de eso se trataba exactamente—. La naturaleza tiene control sobre nosotros, la humanidad. Nos asusta con su lluvia, tornados y terremotos. A veces pienso que juega con nosotros. Nos controla. —Las dos dirigieron sus miradas hacia la mujer en verde—. Vivimos en ella, envejecemos con ella… en una forma somos sus esclavos. Pero ella —Se atrevió a rozar con su dedo la mujer en blanco—, ha encontrado formas para dominarla, destruirla. Destruimos sus bosques, envenenamos sus océanos. Ella también controla la naturaleza. Tal vez la sostiene porque no le queda otra opción que servirle. Tal vez la de blanco tiene sus brazos al lado de su cuerpo porque siempre espera a que la naturaleza arregle la destrucción que ella ha causado, que limpie sus océanos, sus heridas… sin pensar que algún día la naturaleza le puede dar la espalda. —suspiró tomando una pausada—. No es más que una carga ingenua y destructiva.

—La de blanco… —susurró Jane, hipnotizado por las palabras de la doctora.

—Sí. Tal vez por eso tenga esa leve sonrisa en sus labios, ¿Será por la belleza de la naturaleza? ¿Por las bellas flores en su cabello o los pájaros que aletean a su alrededor y que piensa que siempre estarán?

—Está ciega a la destrucción que causa.

Maura la miró sorprendida porque era justo lo que iba a decir a continuación.

—La conoce. Sabe que siempre habrá una oleada en el océano y que siempre estará la fragancia de sus flores —continuó Jane.

—Ella es su ama. A la naturaleza no le queda otra opción que intentar sostenerla y arreglar el daño que ha hecho la humanidad…. Pero ella también es esclava de la naturaleza. La necesita para vivir, para respirar… para beber y comer la comida que solo ella le puede proveer.

—Tenemos que hacer esto otra vez.

Maura se aclaró la garganta temiendo haberse delatado a sí misma.

—Me gusta esa idea… aunque no sabremos si no hablamos con su creador—. Frunció el ceño y Maura sonrió—. Lo cual me lleva a lo de antes… ¿Por qué no tiene placa?

—Puede haber muchas razones para eso…

—Me gustaría tenerla. Me pregunto si lo puedo comprar —se dijo a sí misma.

—No creo que pueda.

Jane mal interpretó sus palabras sin pensar por un segundo y la miró con una expresión seria.

—¿Por qué no puedo permitírmelo? Tengo din…

—No lo decía por eso. No está a la venta.

Jane gruñó y cruzó los brazos otra vez.

—Injusto —dijo entre dientes.

—Pero pued…

—¡Amor! No vas a adivinar lo que acaba de pasar.

Maura cerró la boca.

—Imagino que te dijo que se lo pensaría.

Gabriel la miró boquiabierta. No habría forma que pudiera sorprender a su mujer.

—Te presento a Maura, doctora y amante del arte. —Los dos dirigieron su atención a la mujer—. Maura te presento a Gabriel, mi esposo.

—Un gusto —dijo Maura, sintiendo una repentina punzada en su pecho.

—Te dije que encontrarías a alguien más apto.

La mirada de Maura se había quedado fija en el resplandor del anillo en la mano de la detective. Se sentía desconcertada. Los ojos claros y llenos de confusión miraron los oscuros de Jane, buscando una explicación.

—Me había dicho que alguien más 'capacitado' me enseñaría sobre el mundo del arte.

—Entonces creo que ha encontrado a esa persona. —Sonrió amablemente y Jane le devolvió la sonrisa.


A/N: Para los que se perdieron el post antes de borrar el fic: Estaré resubiendo cada capítulo ya que hice muchísimos cambios y ediciones. No creo que esté perfecto, pero hice lo mejor que pude dentro de mis límites :). Para los nuevos lectores, este fic es bien slow burn... !están advertidos! Y aunque Jane esté casada será bien Rizzles con el tiempo.

Saludos y como siempre, me pueden encontrar por Twitter en TMisles!