Rurouni Kenshin no me pertenece, ni ninguno de sus personajes, por lo que hago esto por pura diversión y sin fines de lucro.

Después de Amarte

Por

Blankaoru

Acto 1

La decisión de Aoshi sorprendió a todos, en particular porque nadie supo de su noviazgo hasta que él habló de su matrimonio, a celebrarse en poco tiempo más. Okina por poco sufrió un infarto y sus amigos Onni se miraron entre sí, por completo consternados, pues, en la única persona en la que pudieron pensar en ese momento fue en Misao… la chica que, pálida como una hoja de papel, miraba al que hasta el momento era el amor de su vida, con los ojos arrasados en lágrimas.

La novia en cuestión, que acompañaba a Aoshi esa tarde, era ni más ni menos que la hija de los dueños de una afamada casa de té. Una señorita educada de manera exquisita, con una belleza que hacía dudar de que fuera humana y no algún tipo de ángel en la tierra. Tenía una voz hermosa, bien modulada, y sus movimientos eran simplemente elegantes. Misao soportó todo lo que tuvo que soportar hasta que la reunión terminó y Aoshi salió de la casa, acompañando a su novia, a Haruko Sendou. Entonces Misao pidió que nadie la fuera molestar y, tan digna como pudo, se encerró en su habitación a rabiar su pena.

Se sentía una estúpida, una mujer por completo traicionada, pero no lloraría… no señor. ¡El infeliz de Aoshi no merecía ninguna de sus lágrimas! Pero lo que sí recibiría sería sus reclamos, así que lo esperó en las sombras, como una buena ninja. Y lo hizo tan bien que él no se enteró hasta que ella, a su espalda, se presentó.

—Me debe una explicación, y muy grande, señor Aoshi.

Impasible como siempre, él se volvió. La luna llena teñía de plata sus facciones a la luz, estilizándolo aún más.

—Dime.

Conociendo a Misao, a Aoshi no le extrañaban esas salidas que tenía todavía. Al parecer, nunca iba a madurar.

—Tenemos que hablar.

—Te escucho.

Misao reunió valentía. La que llevaba años acumulando para el día en que confesara sus sentimientos, y que ya era bastante.

—¿Por qué no fui informada de la existencia de Haruko? ¿Por qué no me dijo nada de ella?

—No era necesario hacerlo.

—¡Sí lo era! Llevo meses detrás de usted, intentando hacerlo sonreír, traerlo a casa… suplicando para que me viera y me hiciera algún caso… y mientras yo hacía todo ese ridículo, ¡usted ya tenía una novia y la veía a escondidas!

—No vi necesario comentar mis asuntos. Respecto a lo que me cuentas de ti, te queda claro que yo jamás he tomado ventaja de tus sentimientos…

—¡Pero me pudo haber ahorrado hacer el ridículo!

Aoshi entornó ligeramente los ojos hacia el sendero. Ese tema le incomodaba, pues él no era un hombre delicado y temía herir a Misao con su forma de decir las cosas.

—Tú nunca hiciste el ridículo. Sólo te portaste como una mujer enamorada. Nada más. Ahora sabes que no voy a corresponderte.

—¡Pudo haberme dicho eso mucho antes!

—Creo que mi falta de respuesta debió persuadirte de frenar tus intenciones. Los sentimientos surgen de manera espontánea y son difíciles de atajar. No pueden disimularse frente al ser amado. Ni siquiera yo puedo hacer eso. Y nunca hubo nada más para ti de lo que viste.

El pecho de Misao comenzó a subir y a bajar, conforme su respiración se agitaba. Hasta Aoshi llegó el leve aroma del licor. Al parecer, Misao había estado bebiendo.

—Lamento todo esto —murmuró él.

—Soy yo quien lo lamenta más, porque me siento la más absoluta y completa basura en toda esta tierra…

—No hables así…

—¡Yo hablo de mí como se me pega la maldita gana! ¿Y sabe qué? Hasta aquí llego yo. Si no le provoco nada, entonces usted ¡Jamás! Nunca más en la vida… me provocará algo a mí. Ojalá que sea muy feliz con esa novia suya, a ver si esa niñita tan estirada es capaz de hacer la milésima parte de todo lo que yo arriesgué por usted.

Misa se fue furiosa hasta la casa, donde se encerró en su habitación. Aoshi, más calmado, como si nada hubiera pasado, entró después de ella y se dispuso a descansar. Las palabras finales de Misao se reprodujeron una y otra vez en su mente, aunque él se sintió tranquilo con el amor de Haruko y confiando en el hogar que formarían.

O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O

Un par de semanas pasaron y el cambio había sido por completo notable. Aoshi dejó de recibir su bandeja con algún tentempié cuando se ocupaba de las finanzas de Akabeko, o su té cuando se iba a meditar por las tardes, cada dos días. Tuvo que empezar a ocuparse de su ropa, pero nada de eso lo perturbó. Se adaptaba a su nueva vida, convencido de que estaba bien. Cuando se casara se iría con Haruko a una casa en las afueras que estaban terminando de construir, y sin duda ya no tendría esos servicios de Misao. Quienes se sentían más perplejos con la situación fueron los Onni y el mismo Okina, a quienes les costaba creer el rotundo cambio de actitud de Misao hacia el hombre al que había amado con cada fibra de su ser desde su infancia.

A su vez, el trato que Misao comenzó a dar a Aoshi fue más de tú a tú. Es decir, quitó el «señor» y dejó Aoshi a secas, pero fuera de aquello, la formalidad en su trato no hizo otra cosa que acentuarse. No más sonrisas, ni chistes, ni cantos. No más esperas fuera del templo con algún paraguas. Nada. Su amor no sería nunca más para quien lo había despreciado de un modo que la hacía avergonzar cada vez que se acordaba.

Tampoco se molestó en disimular el malestar que le causaba Haruko. El cielo sabía que Misao jamás le causaría un daño, ni por palabra ni por alguno de sus actos, pero no quería verla. Por eso, cuando Okon y Omasu sugirieron ir a verla para llevarle una hermosa tela de regalo, Misao se restó.

Libre del amor que sentía por Aoshi, Misao se dio cuenta de que tenía más tiempo libre del que podía gastar. Consideró caerle de visita al señor Seijuro Hiko, pero luego le pareció una mala idea. Lo mejor sería crearse algo así como un nuevo horario de actividades. Trabajaría todas las mañanas en el Akabeko, que cada día ganaba más prestigio gracias a los nuevos cocineros que se habían integrado, y por las tardes se ocuparía de ejercitarse e incluso de estudiar con el fin de actualizar sus conocimientos. Incluso pensó entretenerse espiando a alguien.

Una mañana llegó un caballero vestido con un traje blanco, de esos occidentales raros, con chaqueta, corbata y pantalón. Hasta un sombrero llevaba. Tenía un aire distinguido y Misao lo atendió con una sonrisa. Iba con dos amigos, pagaron y se marcharon.

Misao encontró su bolsa con dinero y salió a buscarlo, pero del caballero ni las luces. Por ahí, alguien le dijo que se había subido a un carruaje, mismo que ya iba bastante lejos, doblando al final de la calle. Misao no se lo pensó dos veces. Se subió al techo y desde allí comenzó una carrera para encontrar al caballero.

Le encantaba su cuerpo menudo y ligero, que no sólo podía alcanzar una interesante velocidad, sino que también podía saltar distancias largas, como el ancho de una calle. Divisó el carruaje un poco más allá y con soltura, apuntó al techo del vehículo. Lo que no notó es que no se trataba de una superficie sólida, sino más bien de una tela que, tras años de sol, se rasgó ante su peso.

Cayó sobre el caballero blanco, ante la inmensa sorpresa de los demás. Los caballos, ante el golpe, se encabritaron y se negaron a seguir.

—Pero ¡¿Qué?! —exclamó el caballero, luchando por quitarse la lona de encima, pues sentía el peso de alguien en sus piernas. Su compañero manoteaba, mientras que el que estaba sentado enfrente miró a Misao con espanto.

—¿Qué quieres? ¿Asaltarnos? —dijo con una voz chillona, muy poco varonil.

Como el caballero de blanco se movía, a Misao se le dificultaba el tomar una buena postura. Finalmente puso una mano en el piso del carruaje, contorsionó su cintura y se sentó al lado del caballero chillón. Enseguida ayudó al caballero de blanco a deshacerse de la tela.

El cochero llegó hasta ellos con una daga, listo para matar a Misao, pero un ademán del caballero de blanco lo detuvo.

—Espera, detente… y tú… ¿no eres la chica del restorán?

Misao lo miró de frente y reparó en sus ojos casi negros. El caballero no estaba mal, pero algo le decía que tenía más de treinta. En fin, que ese no era su asunto. Juntó las manos sobre las rodillas e hizo una respetuosa inclinación.

—Así es, señor. Mi nombre es Makimashi Misao. A usted o a uno de sus amigos se le cayó la bolsa y se la quería devolver. Es la primera vez que lo veía por esos lados, señor, y pensé que tal vez estaría usted de paso en la ciudad. No podía esperar a que volviera.

El caballero de blanco traía su bolsa con dinero encima, pero el chillón fue el que había perdido la suya. El caballero de blanco sonrió, mirando el techo.

—Isamu, me debes la reparación del techo.

—Pero si esta chiquilla le cayó encima.

—Así es, pero eso fue debido a tu descuido. Chiquilla… ¿cómo lo hiciste para llegar hasta aquí? Hemos recorrido un largo trecho.

Un ninja jamás debía decir que era un ninja.

—Me vine a… a caballo, señor. Pero ahora volveré al restorán. Me alegra haber podido servirles.

Como si fuera cosa de todos los días caer encima de unos desconocidos, Misao abrió la puerta del carro y bajó. Luego, puso una gran sonrisa, como una de esas que le daba a Aoshi cuando aún tenía esperanzas con él, y se la dedicó al caballero de blanco, después de todo, sólo quería ser amable. No esperó a que el caballero sintiera algo particular a la altura del corazón.

—Te estamos muy agradecidos, Makimashi Misao. Ahora mismo llevamos prisa, pero te aseguro que pronto sabrás de nosotros —dijo él.

—Estaré esperando, ¿señor?

—Kido Hiroshi. Muchas gracias. Taneka, sigue, por favor.

Hiroshi sacó la cabeza por la ventana, y la siguió mirando. Misao le hizo adiós con la mano y, graciosamente, se dio la vuelta para marcharse.

O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O

Misao se fue, pensando en su carrera, y llegó muy contenta al restorán, compartiendo sus aventuras con sus camaradas. Al terminar el turno, se cambió de ropa y se ejercitó un poco, e incluso practicó un poco de meditación. Le costaba mucho quedarse quieta, intentando escuchar el sonido de su mano, pero cada día podía un poquito más. No aspiraba a ser una persona más seria de lo que era con eso, pero sí alcanzar una mente más fuerte.

Cuando llegó al cuarto de baño, se sentía exhausta, por lo que disfrutó del lavado y luego de la tina. Ya en su cuarto aflojó un poco el yukata y buscó qué ponerse… ¿O buscaba mejor con qué desenredar su cabello? Lo tenía hecho un nudo justo arriba de la cabeza, por lo que, de espaldas a la puerta, empezó a buscar su peine en un cajón. Su piel se erizó de repente y en el reflejo del espejo vio al señor Aoshi.

Se acomodó de inmediato el yukata, cubriendo sus hombros, y lo cerró bien. Se volvió.

No era usual que Aoshi subiera al segundo piso, pues dormía en el primero.

—¿Busca algo?

—No. Disculpa por no anunciarme. Es sólo que escuché que ayudaste a un comerciante…

¿Qué? ¿El señor Hiroshi era comerciante? Con razón su ropa y su aire elegante.

—Sí, es cierto. Se le quedó su dinero… bueno, no a él. A uno de sus amigos.

—Omasu me comentó que te fuiste saltando por los techos. Sólo quería recordarte que…

—Me fui por los patios interiores, nadie de la calle me vio, además, pasé muy rápido.

—Espero que así sea. Recuerda que nosotros nos movemos en la sombra, no a plena luz…

—Yo siempre lo recuerdo, Aoshi. ¿Algo más?

—No. Eso.

El moño de Misao se deshizo y su cabello cayó sobre sus hombros, en un movimiento natural, y en ningún caso, pretendidamente sensual por ella. Sólo pasó. Aoshi pasó saliva.

—Bien. Me retiro. Que descanses.

Misao lo vio ir hacia la escalera y deseó seguirlo, y caerle encima como al comerciante de más temprano, incluso deseó decirle adiós con la mano, y sonreírle, para que Aoshi reaccionara y le diera alguna muestra de cariño o, por último, de simpatía, pero al recordarse que por meses había estado en esas y nada le había resultado, se metió en su dormitorio y cerró la puerta.

Aoshi llegó a su cuarto y cerró los ojos. No tardó en quedarse dormido, pero esta vez no fue la hermosa Haruko la que tejió su sueño, sino más bien Misao, como una sirena en un estanque.

Fin acto 1.

O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O

Abril 14, 2020

Notas de autora.

¡Las echaba de menos!

Ahora el mundo es muy distinto. En fin, sigamos adelante.

Un beso.