Capitulo 1: A la orilla de un mar en calma.
"Si algo aprendí en mi corta vida es que cuanto más exploramos, más nos damos cuenta de lo mucho que nos queda por descubrir. La resolución de un enigma precede a la formulación de nuevas dudas esperando a ser respondidas. Eso no significa empero, que mi lucha y mi camino haya sido en vano; pues comprendí bien que mientras los Pokémon existan en este mundo, soñadores continuaran surgiendo desde sus entrañas, implacables y habidos de conocimiento, como si de una gran fuga anegando el universo se tratase."
(Fáeyon Greninja, tomo No. 53 p. 204)
—¿De verdad vas a intentarlo? —Preguntó una voz desde las sombras, con el mundo entero sumergido en la oscuridad a sus espaldas—. Ya he acabado con muchos como tú tantas veces que incluso perdí la cuenta. —Se acercó la sombra hacia un Pokémon bañado en luz con pisadas firmes y lentas, resonando en el lugar nada más que el frío de sus garras chocando contra el acero desgastado de aquella antigua torre ubicada en el fin del mundo—. A todos ellos se los dije en su momento y ahora te lo digo a ti. No hay sentido, ni verdad, ni razón en un mundo que su propio Dios desea ver desaparecido. ¡No importa cuán justas y bellas sean tus intenciones, al lado del poder de un Pokémon legendario cualquier fuerza es insignificante!
—¿Que Arceus ha abandonado a su propia creación? —Cuestionó el Gallade envuelto en una brillante armadura dorada al devorador de las sombras—. No sé nada acerca de ello. —Adoptó una posición de batalla flexionando un pie hacia el frente—. ¡Lo que sí puedo afirmar con seguridad es que mientras siga con vida no te dejaré atravesar este portal! —Exclamó haciendo un juramento con sus espadas, alcanzando la joya dispuesta en la parte frontal del casco para proceder con la transformación de megaevolución.
El destino del planeta y de todos los Pokémon se decidiría a partir de la legendaria batalla librada por el caballero Gallade en aquel lugar, tal como el oráculo de Xatu lo había señalado muchísimos años atrás. Todas sus promesas, todos sus sueños, todo por lo que luchó y se enfrentó yacía finalmente a la vuelta de la página en la historieta sostenida por las manos de un tembloroso Lucario incapaz de contener su emoción.
Conocer la conclusión de "El caballero White" era uno de esos momentos que poco a poco se fue convirtiendo de los más esperados de su monótona adolescencia luego de haber seguido sus aventuras mensualmente durante más de diez años. Cada tomo que compraba le ilusionaba lo que a cualquier niño recibir un juguete nuevo. Y ahora que por fin tenía en sus manos el último número; estaba tan impaciente por ver la resolución de todos sus amigos en dos dimensiones, que apenas la obtuvo luego de llevar días armando constantes jaleos en el interior de la paralizada oficina de correos, corrió hacia la plaza más cercana para sentarse a leer tranquilo en la primera banca que encontró.
Jueves 13 de octubre del año 5016 marcaba el calendario, un día caluroso y seco como todos desde que llegó la primavera, el cielo lucía completamente despejado y sin viento, alcanzando una temperatura equivalente a los 37 grados Celsius para el medio día. Nada de eso le importaba al entusiasmado Lucario en ese momento, y lo único que deseaba era sumergirse en su lectura a la sombra de un árbol de bayas oran, esperando así olvidar el agobiante clima.
—Se solicita a todos los residentes de Acerola evacuar la ciudad de inmediato. —Habló una voz a través de todos los parlantes Exploud dispuestos en cada calle de la ciudad, emitiendo un mensaje que se llevaba repitiendo cada diez minutos desde la primera hora de la mañana—. A su disposición habrá múltiples medios de transporte en cada una de las salidas principales de la ciudad con el fin de ser resguardados en la capital y ciudades aledañas hasta que la seguridad predomine de nuevo. Lleva contigo sólo lo esencial y reúnete con tus familiares en...
—¿Cuándo será que van a callarse? —Se preguntó dejando la historieta de lado ahora que su concentración había sido interrumpida en el mejor de los momentos, recostando su cabeza sobre la mesa en lo que se limpiaba el sudor de la frente, se dispuso entonces, a mirar con desdén al Octillery que se arrastraba presuroso de un lado a otro por el suelo, llevando una maleta sujeta a sus ventosas en cada uno de sus tentáculos.
En aquél momento, en aquél año, en aquella región del mundo, los dos imperios más importantes del continente de Dirac, Áurea y Plata, acaban de declararse en guerra con el fin de ganar terreno sobre el otro. La razón era fácil de entender; asegurar la supervivencia de su gente ahora que los recursos naturales comenzaban a escasear debido a los desmesurados cambios climáticos que venían sucintándose desde hace ya varias décadas a lo largo del planeta. Temporadas de calor extendidas, fríos extremos, sequías, inundaciones, terremotos, plagas, y demás calamidades se apilaban una tras otra como trofeos en el interior de los muros de cada pueblo y ciudad perteneciente a ambos imperios.
Como consecuencia a este fuego iniciado por la nación de Plata, el Rey de Áurea puso en marcha como primer acto, un plan de contingencia para salvaguardar a la gente de Acerola, una ciudad en crecimiento ubicada en el altiplano de Áurea convergente a los límites de Plata. La más susceptible a ser atacada por las tropas que se avecinaban desde la vía libre en la llanura ubicada al este entre ambas naciones. Un punto estratégico de vital importancia a proteger si deseaba mantener su ventaja en el enfrentamiento político-militar.
—¡Acérquense todos los residentes del sector 92 de una maldita vez! —Exclamaba un guardia vestido de militar bastante molesto a la distancia—. ¡Mueve esas sucias patas anciana, no tenemos todo el día! —Continuó otro guardia, dando un empujón con su bastón a la Furfrou de avanzada edad.
—Soldados asquerosos. —Comentó el Lucario apretando los dientes, luchando por no mirar la forma en que maltrataban a los lugareños—. Dicen haber venido con el pretexto de servir a la nación y proteger a la gente. Lo único que buscan es salvarse a ellos mismos de estar en la primera línea de ataque. —Arrojó un puñetazo contra la mesa. —Desprestigian el trabajo de mi padre. Ninguno de ellos tiene verdadera pasión por el combate. Su mayor meta en la vida es encontrar una mujer bonita y-
—¡¿Se puede saber qué estás haciendo aquí?! —Interrumpió su soliloquio una Lopunny de la misma edad que él.
—¡Coffee! —Vociferó el Lucario sorprendido; sin darse cuenta terminó sentado frente a la casa de una vieja conocida a la que pocas ganas tenía de volver a ver—. Yo sólo estaba... —Trató de ocultar la historieta abierta sobre la mesa con ambas manos.
—Perdiendo el tiempo con cosas de niños como siempre. —Tomó Lopunny la palabra entre las farfullas del Pokémon can apenas apreció una esquina del libro. —¿Cuándo llegará el día en que vas a madurar? ¡No haces más que desperdiciar tu vida con la cabeza metida siempre en un libro extraño, o jugando a las espaditas con los niños del barrio! ¡No te presentaste a mi boda hace dos meses y ni siquiera te molestaste en hacer una llamada! ¡¿Por qué alejas a todos quienes se preocupan por ti?!
—¡¿Qué yo alejo a todos?! —Se levantó de la mesa, tomando la muñeca de la coneja e invadiendo su espacio personal para obligarla a retroceder—. ¡No necesito alejar a nadie porque la gente lo hace apenas me ve! ¡Todo a causa de esos tontos rumores que la gente se inventa de mí! ¡¿Te crees que uno no se cansa de escuchar siempre lo mismo a donde quiera que va?! —El simple hecho de ver la cara de Lopunny le ponía de muy mal humor—. ¡¿Qué es lo que pretendes tú, además?! ¡Lo único de lo que hablabas siempre era de casarte y tener miles de hijos como si no hubiera nada más en la vida!
Un momento de silencio se dio entre los dos sin tener más nada que decir el uno al otro. Los leves sonidos de dos gotas de sudor provenientes del perro al caer sobre el pavimento fue lo único que pudieron escuchar antes de que este volviera en sí. El Lucario confundido no alcanzaba a comprender lo que había hecho o por qué lo había hecho. Lastimar de esa manera a alguien que alguna vez fue muy cercano a él nunca fue algo que si quiera le pasara por la mente realizar en sus peores sueños.
—¿Tanto me molestaba Coffee como para llegar a ese extremo? —Se preguntó temeroso de responder a su propia incógnita, liberando al instante las manos de la Lopunny.
—¡Tu madre no te educó para gritarle así a una mujer! —Soltó la coneja una cachetada con todas sus fuerzas hacia la cara del Pokémon azul apenas sintió recuperar la movilidad de su brazo, y acto seguido se dio media vuelta con la intención de salir de ahí cuanto antes. Mucho tiempo fue desperdiciado en ese encuentro nada grato—. Chocolate ha conseguido pases para el transporte que va rumbo a la capital. —Sacó un boleto dorado ya muy arrugado de entre el pelaje de su muñeca izquierda y tras observarlo un momento en ese lamentable estado lo volvió a guardar con prisa, luchando por no derramar una sola lágrima—. Es posible que esta sea la última vez que nos veamos... Adiós Cian. —Se despidió con una voz quebrada y se echó a correr sin mirar atrás.
—Mamá... —Se sobó la cara donde recibió el golpe sin pensar mucho en la despedida de Lopunny. Sólo tomó su historieta de la mesa y salió de la plaza en dirección al cementerio ubicado en el norte de la ciudad, detrás de la meseta de donde se posicionaba la iglesia principal de la fe de Arceus.
Mientras tanto, en un lugar muy apartado de aquella pequeña ciudad en crecimiento, dentro de la capital del Reino de Áurea, la segunda parte del plan real de contingencia empezaba a cocinarse cuando un Pokémon de rango militar recién ascendido a Coronel se preparaba para partir en compañía del batallón dispuesto a su cargo. Un Charmeleon de nombre Red que, pese a que era inexperto en el rango muchos le conocían y le guardaban cierto respeto, tanto por su personalidad, como por su habilidad natural demostrada en más de una ocasión dentro de las pequeñas contiendas de práctica que se realizaban cada tres meses entre las tropas de la nación.
—Me enteré que te mandaron a la primera fila de defensa. —Le habló desde atrás un viejo Lucario portando el uniforme de General. El rango más alto y noble conocido en el ejército de la capital—. Sabes bien que no puedes ir a ningún lado sin despedirte de tu querido maestro. ¿Es que sólo puedes aprender cosas de batallas y nada de modales? —Reclamó en plan de broma con una gran sonrisa que denotaba el orgullo que sentía por su alumno. De entre todos sus allegados nadie lo quería como él.
—El rey me lo ha encomendado personalmente. —Respondió Red desde el pequeño muelle de madera con una voz profunda y relajada, mostrando un gesto que denotaba cierta incomodidad; sin dirigir la mirada hacia su maestro una sola vez. Se limitó a enseñar una carta con el sello real por debajo de su capa.
—Es tu primera misión como Coronel. ¡Por favor no vayas a morir tan rápido! —Solicitó abrazando a Red con efusión, negándole avanzar hacia su lustroso carruaje.
—¡Basta ya! —Suplicaba el Charmeleon molesto y sonrojado, luchando por mantener la compostura de su personaje ante las empalagosas caricias de su maestro. Una situación bastante cotidiana entre ellos dos desde hace ya varios años.
—Vale, vale, ya me iba de todas formas. —Suspiró el Lucario que respondía al nombre de Ao, separándose de él con un poco de rezague—. Apenas les dan un rango alto y ya creen que el mundo les pertenece. Te pareces mucho a un hijo desgraciado que tengo en casa. ¿Te he hablado de él?
—A cada momento que tiene oportunidad. —Contestó ya fastidiado de sólo recordar todas las veces que lo había nombrado hasta ese entonces.
—¿En serio? Pues realmente creo que se llevarían muy bien. Incluso creo que tienen la misma edad. ¿Qué edad dices que tienes? ¿Catorce? ¿Quince? —Preguntó Lucario un poco confundido.
—Diecinueve. —Lo comentó entre dientes ya cansado de responder esa pregunta todos los días.
—Pues vaya, el tiempo sí que vuela. Te adopté bajo mi entrenamiento cuando solo tenías nueve, mírate ahora diez años después. —Expresó con total asombro y sinceridad.
—¿Puedes cortar el rollo? —Detuvo en seco el discurso que sabía Ao estaba por decir y que tanto le molestaba escuchar. No era un tema que para nada le gustase tratar.
—Estoy seguro que tu familia está muy orgullosa de ver lo que has logrado tú solo desde ese entonces. —Trató de animarle por última vez.
—¿Entonces por qué no están aquí? —Cuestionó Red tras una breve pausa que tomó para dar una última barrida con los ojos al lugar completo, cerrando la puerta casi de inmediato y sin esperar una respuesta del viejo Lucario. Al poco tiempo el carruaje salió a toda velocidad para incorporarse al resto de carros que ya habían salido en dirección a Ciudad Acerola minutos atrás.
—Confío en que llegarás muy lejos, tengo fe en ti, Red. —Se despidió Ao del Charmeleon en voz baja mirándolo desaparecer en la distancia, tras una pequeña nube de polvo acumulada por todos los carros marchando al mismo tiempo.
Regresando a Ciudad Acerola, Cian se encontraba ya de pie en el cementerio, llevando un ramo de flores tupidas en diferentes colores en una mano, y una tira de incienso con la otra, frente a una lápida discreta en la que se podía leer la leyenda "Descanse en paz Marina" y agregado con pintura un poco más abajo, "La mejor mamá del mundo" junto al dibujo de un Riolu y un Lucario, así como un pequeño garabato ya irreconocible por el paso del tiempo.
Sin expresar palabra alguna, Lucario se sentó sobre el concreto caliente y encendió el incienso con cuidado. —Hola mamá. —Juntó los brazos y cerró los ojos para sentir que podía comunicarse con ella. Una actividad que llevaba realizando por poco más de seis años. Desde que una enfermedad puso fin a su vida cuando él sólo tenía 12 años de edad, tiempo en que aún era un Riolu y su padre ya se había marchado años atrás a la capital de Áurea para servir en el ejército sin visitarle una sola vez desde entonces.
El Pokémon de aura creció desde entonces solo y sin amigos, con la única compañía de los libros e historietas que con el tiempo lo fueron volviendo cada vez más huraño. Libros de fantasía, novelas, dramas, de terror, de cocina, cantares épicos, cuentos, manualidades, de botánica, y hasta de decoración interior. El Lucario buscaba suplantar esa falta de contacto emocional y físico con la obtención de cualquier tipo de conocimiento.
Inspirado en las historias que le contaba su padre antes de marcharse. Cian además adquirió una necesidad de pertenecer al ejercito de Áurea con el fin de volver a verlo un día. Motivado por todo lo que creía su padre hacía en la capital; fue que comenzó a entrenar día a día a primera hora de la mañana afuera de su casa con diversas armas y herramientas, siguiendo las instrucciones indicadas en libros y manuales, buscando así alcanzarle lo antes posible.
El arte de la espada, su arma favorita, se fortaleció con la actividad de ir a cortar leña para sobrellevar los inviernos y pronto se convenció de que poseía la habilidad y fuerza necesaria para entrar al ejercito por derecho propio. Sin embargo, algo a lo que no se atrevía aún, era a salir de su casa, a dejar de visitar a su madre, y dejar de hacer trabajos manuales a los vecinos que tanto decía odiar pero que no podía abandonar en sus momentos de necesidad. Se acostumbró entonces a asomarse al exterior por la ventana desde dentro de su hogar, imaginando todas esas aventuras y vivencias que tanto anhelaba tener, pero que se conformaba sólo con tener sueños sobre ellas estando despierto.
—¡Por cierto! —Sacó Cian la historieta de Gallade de su mochila y la abrió con alegría moviendo la cola de lado a lado—. ¡Hoy por fin ha terminado la historia de Ralts! ¡Y no vas a creer lo que-
—¡Lo encontré, Jefe! ¡El Lucario residente del sector 116 está en el cementerio! —Habló un Drowzee fuerte y claro desde lo alto de la meseta en dirección al nivel inferior interrumpiendo la conversación en solitario de Cian. Sacó después un pequeño comunicador para emitir un segundo mensaje en voz baja. —Procedo a intentar su captura. Solicito el despliegue de una segunda unidad en camino.
—¿Una segunda unidad? —Cuestionó Lucario poniéndose en pie justo después de dejar las flores muy bien acomodadas delante de la lápida. —¿Tanto temes que me pueda resistir? No voy a luchar, no delante de ella... —Levantó las manos y caminó hacia el frente en una actitud pacífica.
—Así me gusta. —Sonrió Drowzee de ver la cooperación del tipo acero—. Tu única opción es venir con nosotros. —Aparecieron de entre las lápidas múltiples Drowzees cortando cualquier vía de escape, esperando juntos a que llegase su líder Hypno desde la base de la pequeña meseta.
—Se han reunido... muchos de ustedes. —Observó bien la placa que llevaban los Pokémon en el lado izquierdo del pecho.
—Eres hijo de Ao Lucario ¿no es así? —Cuestionó el Hypno—. ¿Eres tú Cian Lucario?
—Es de mala educación preguntar un nombre sin dar el tuyo primero. —Expresó Lucario molesto para evitar responder cualquier otro cuestionamiento de Hypno.
—Cian Lucario, tenemos la orden de llevarte hasta nuestro general en la capital. —Respondió Hypno amenazante, sin dar importancia a la demanda de Cian.
No teniendo deseos de armar una batalla sobre el cementerio, Cian se despidió en la mente de su madre y bajó las escaleras del templo escoltado por el escuadrón de Hypno para dirigirse todos juntos a la salida norte de la ciudad no muy lejos de ahí. Una caminata corta y silenciosa los condujo hasta el punto de partida de todos los autobuses, donde un gran alboroto se estaba armando entre las filas de los Pokémon que esperaban por subir gracias a un Machoke por demás irritado.
—¡Les digo que yo también tengo un boleto para la capital! —Exclamaba el Pokémon tipo lucha, mostrando un pasaje dorado arrugado y partido por la mitad, pero unido con cinta adhesiva de forma desigual—. Se dañó un poco mientras entrenaba esta mañana, ¡pero sigue siendo dorado y oficial! ¡Merezco más que nadie ir a la capital! ¡El honor me pertenece! —Discutía en voz alta con los guardias que le denegaban el abordaje al autobús especial.
—Tienes suerte de que tu padre sea Ao. —Presumió el Hypno al Lucario mirando todos la escena de Machoke en lo que caminaban a su vehículo—. O estarías igual de desamparado que esta multitud, luchando por subir al autobús que va a la capital y no a un pueblo olvidado de Arceus. —Se adelantó Hypno dejando a Cian al cuidado de su escuadrón—. ¡Ahora prepárate para el viaje más largo que hayas realizado jamás! —Terminó de hablar esbozando una sonrisa inquietante.
—¡Increíble! —Exclamó Cian fuerte y claro una vez quedó sólo con los guardias de menor rango—. ¡¿Han preparado un transporte especial para mí solo?! —Cuestionó mostrando gratitud y sorpresa—. ¡Qué considerado de parte de mi padre! ¡A que sirve de algo tener un familiar en la milicia!
Siguiendo de cerca a sus captores, llegaron todos a un transporte especial, una camioneta tipo van oculta entre las ruinas pertenecientes a la vieja iglesia. Esta parecía más un montón de chatarra mal unida que una nave de viaje. Aun así, Cian subió a ella con alegría, casi celebrando el poder salir de Acerola y estar un poco más cerca de conseguir su meta de pertenecer al ejercito de Áurea. —¡Una vida de lujos es lo que me espera! —Se posó a sus anchas en el gran asiento lateral del vehículo motor.
Es extraño. —Comentó el Drowzee que lo encontró en el cementerio hacia el resto de sus camaradas—. Lo llevamos vigilando por días, y es la primera vez que manifiesta deseos de querer ir a la capital. ¡No le saquen los ojos de encima! ¡Debe estar planeando algo el muy inútil!
—¡Así será! —Exclamaron los otros dos Pokémon pertenecientes al escuadrón y se subió uno de cada lado del vehículo cortando los escapes de Cian. El Drowzee que los comandó se colocó al volante, y tras esperar un par de minutos regresó el Hypno con la nueva orden de su mandamás para sentarse en el lugar del copiloto. Al poco tiempo el carro se puso en marcha tomando el camino en dirección al norte.
—Eres un Pokémon muy callado. —Inició Hypno la conversación—. Seguro que estás impaciente por ver a tu padre pronto. —Aprovechó para hablar ahora que había salido de la ciudad y estaban lejos de cualquier otra unidad.
—Sí... algo así, muero de ganas por verle. —Respondió Cian en voz baja, mostrando una sonrisa forzada y apretando el puño que descansaba entre sus piernas.
Doblando a la izquierda en la primera desviación, el carro tomó el camino hacia el oeste. Si bien era una forma válida de llegar a la capital desde Acerola, también era un camino mucho más largo y accidentado que rodeaba por muchos pueblos pequeños en el camino.
—Insisto en que eres un Pokémon muy afortunado. —Repitió Hypno—. Nuestro jefe quiere conocerte en persona. Sólo hace eso cuando alguien le parece en verdad interesante. —Se giró a ver al Drowzee conductor y le pidió detenerse a un lado del camino hasta que el sol se ocultara. Solo entonces reanudarían el trayecto por un camino oculto sin el sol pegándoles de frente.
Mirando por la ventana, Cian confirmó que no faltaba mucho tiempo para que el sol quedase detrás de las colinas, asegurando después que la Ciudad de Acerola aún podía verse hacia lo alto mirando por la ventana opuesta. Solicitó entonces por que lo dejasen bajar a orinar en lo que esperaban, amenazando en que terminaría en un accidente dentro del carro si no lo hacían. A regañadientes el Hypno le permitió hacer sus necesidades junto a la autopista.
—¡Ustedes tres síganlo de cerca y vigilen muy bien donde pone sus manos! —Ordenó a sus compañeros.
—Con mucho gusto... —Contestó el Drowzee sentado a la izquierda de Lucario con la cara ruborizada y perdido en su propia imaginación—. ¡Camina, escoria! —Lo bajó de la camioneta estirándole del brazo con fuerza.
—¡Y más vale que no intentes nada! —Se bajó el Drowzee de la derecha para acompañarlos entre los matorrales. Dejando solos al conductor y a Hypno en el vehículo.
—Para ser un tipo acero e hijo de Ao ese Lucario no parece nada especial. —Comentó Hypno con su compañero—. Más difícil fue infiltrarnos en el ejército con estas medallas falsas y seguirlo por días. Para ser la nación más poderosa del continente, este lugar está lleno de idiotas, cuando lleguemos a casa pediré el doble de la recompensa.
Ambos Pokémon rieron con efusión hasta que una serie de golpes en el compartimiento trasero les hizo ponerse en alerta. Revisaron a los alrededores en busca de Drowzee o de Lucario, pero ninguno parecía haber regresado aún e incluso podían escuchar la voz de Cian quejándose en la lejanía por la forma en que lo miraban. Se bajaron entonces los dos y caminaron con cuidado hasta el portaequipaje.
—¿Alguna vez se han desilusionado con algo? —Cuestionó Cian a los dos Pokémon que le vigilaban por la espalda sin voltear a verlos—. Me duele admitirlo, pero yo antes creía que la magia era real y soñaba con ser un caballero mágico. Hasta que un día compré mi primer libro de brujería. —Los hermanos tipo psíquico escucharon extrañados las palabras de Lucario sin quitarle la mirada un solo instante—. Es gracioso que para llamarse "Magia e ilusiones" haya terminado recibiendo justo lo opuesto. Sin embargo, algo útil aprendí de su lectura. Y es que: Un acto de magia consiste en desviar la atención de los espectadores para poner lo que deseas frente a sus narices sin que se den cuenta. —Tras decir eso se disculpó con algo de pena—. Lo que digo es que han estado tan pendiente de mí que han olvidado revisar lo que pudiera traer conmigo.
—¡¿Qué tanta tontería estás hablando?! —Preguntó un Drowzee ya fastidiado—. ¡¿Crees que con eso vas a intimidarnos?! —Cuestionó el otro. —¡Te hemos seguido muy de cerca durante días, sabemos que no llevas nada encima que pueda ayudarte ahora mismo! —Prosiguió el primero—. ¡Deja de intentar hacerte el misterioso! —Demandaron los dos al mismo tiempo. —¡No eres más que un chiquillo condenado a una muerte prematura!
Los Pokémon no habían terminado de amenazar a Lucario cuando notaron sobre ellos una gran oscuridad que se extendió hasta los pies de Cian. Un ente se puso entre ellos y el sol a punto de ocultarse, proyectando una sombra mucho mayor a lo que realmente era.
—¡¿Quién eres tú?! —Exclamaron los tipo psíquico por una respuesta en cuanto voltearon a verle muertos de miedo. Un Machoke que les sacaba poco más de la mitad de su tamaño en altura con una mirada asesina se presentó ante ellos.
—¡Nadie ensucia así el nombre de Áurea de ese modo y vive para contarlo! —Gritó el Machoke molesto, sujetando a un Drowzee por la cabeza para estrellarlo contra las rocas del suelo, y antes de que pudiera huir el segundo, lo tomó de la trompa y le metió un gran golpe en el estómago, elevándolo por los aires de los pies un instante, todo para azotarlo contra el que ya estaba tendido en la arena. Los cuatro Pokémon tipo psíquico quedaron así derrotados de una manera similar; con el Hypno estampado contra el asfalto y el conductor inconsciente bajo la llanta de repuesto; dejando solo a los tipo lucha mirándose frente a frente con una expresión de desagrado mutuo.
—Tienes el transporte para ir a Áurea y yo mi libertad. —Habló Cian desde la oscuridad provocada por el cuerpo de su similar de tipo, apretando los dientes para justificar el no agradecer la ayuda del Machoke. Un gran descontento estaba pendiente de resolverse entre ellos desde hace muchos años atrás. El sólo verle de frente generaba en Cian una sensación de asco y repulsión.
—Lo que no tengo aún es el poder suficiente. —Habló Machoke tronando sus nudillos con una mirada amenazante en contra el Lucario—. Aún me falta mucho para hacer que sufras como te lo mereces. —Dio media vuelta y subió a la camioneta ahora que el crepúsculo estaba a punto de terminar. —La próxima vez que te vea, será tu final. —Encendió el motor y salió de ahí abandonando a Cian en medio de la recién llegada oscuridad. Gracias a las placas de Áurea en la camioneta, le sería muy fácil acceder a la capital.
—Con esta insignia mal hecha consiguieron engañar a los soldados de Áurea dispuestos en la ciudad. —Se agachó a mirarla de cerca sin retirarla del cuerpo de Drowzee—. Podían incluso caminar a la luz del día sin problemas, de haber elegido pelear en el cementerio habría llegado una unidad real a detenerme. —Se puso en pie—. Mencionaron haber estado espiándome por días... ¡Necesito regresar a la ciudad cuanto antes! —Se echó a correr a toda prisa cuesta arriba bajo el firmamento nocturno con el sendero iluminado gracias a los dos satélites naturales del planeta, las lunas Hoenn y Kalos.
Pisando la entrada oeste un par de horas más tarde, Cian pudo apreciar que la ciudad ya se encontraba vacía. Repleta solo de un silencio absoluto que se acrecentaba con el débil arrastre del viento atravesando las ramas de los árboles. —Debo encontrar pistas... —Expresó entre jadeos, totalmente agotado de tanto correr sin parar—. Debo encontrar... comida. —Se dejó caer sobre una banca para recuperar un poco de sus energías.
Con todos huyendo de la ciudad, uno se preguntaría por qué Cian estaba tan renuente a abandonar el lugar. Y cuando este les respondía su confusión sólo aumentaba. El deseo de Cian era participar en el enfrentamiento de las dos naciones. De elegir llegar a la capital por el camino fácil, terminaría siendo un guardia más, de esos que tanto acosaron a los residentes mediante el abuso de poder. Nada quería más que alejarse de ellos y hacerse su propio nombre participando en la primera fila de un combate real. Un pensamiento inspirado y fomentado gracias a todos los libros e historietas de fantasía que leyó desde niño. Una promesa vacía al aire y a sus padres de que un día se convertiría en leyenda.
Impaciente estaba por demostrar entonces su habilidad de combate, en una era donde los Pokémon hacia mucho se habían olvidado de su instinto natural por pelear y explorar el mundo para enfocarse en vivir tratando de alcanzar la armonía, y resolver los conflictos mediante símbolos de paz. Para Cian no había una forma diferente a terminar una historia más que con el héroe derrotando al mal para quedarse con la princesa y vivir felices para siempre. Por ello no le daba miedo el conflicto bélico y se convencía con ello que era la única manera de alcanzar a su padre.
—¡Una máquina de pan meloc! —Se acercó a la expendedora de metal y cambió el poco dinero que le quedaba de las compras de la tarde por unos cuantos panes que comió con premura hasta quedar satisfecho. —Ahora sí, ¿qué iba a hacer? —Se preguntó un poco perdido, rascándose detrás de la cabeza. Antes de poder dar con la respuesta una gran explosión a sus espaldas lo empujó contra el suelo y una segunda más terminó por derribarlo sólo con el aire presionado llenando los callejones.
Apenas pudo recuperarse, notó como del cielo parecía llover una mezcla de pedazos de madera y escombros por todas partes. Incapaz de creer lo que sus ojos miraban se quedó inmóvil un momento, viendo como pasaban sobre él una armada de Pokémon volador vestidos con los colores de la nación de Plata. Aún temeroso por lo que estaba presenciando, Lucario no pudo evitar dejar escapar una sonrisa de su rostro cuando se puso de pie sintiendo corazón acelerado. La batalla había comenzado.
