He pasado los últimos meses sin actividad en ninguna red de escritores pero eso no significa que me he alejado de lo que me hace feliz, escribir fanfics.
Esta es mi primera obra, que lleva ya mucho tiempo en el horno, pero al volver a leer lo que ya estaba publicado, decidí que podía mejorar lo que ya estaba "listo".
Es por eso que renovaré cada capítulo, agregando, quitando y puliendo por todos lados.
Prometo solemnemente actualizar con periodicidad fija para que no perdamos todos el hilo.
Ninguno de los personajes de Star Wars me pertenece. Esta es una historia alterna en el universo desarrollado por Lucas Film y no pretendo lucrar con ella.
I. El Camino Del Lado Oscuro
"La paz es una mentira, solo hay pasión.
Con la pasión, obtengo fuerza.
Con fuerza, obtengo poder.
Con poder, obtengo victoria.
Con victoria, mis cadenas se rompen.
La Fuerza me liberará".
La pequeña niña despertó en una habitación fría y con olor a humedad. El catre que le servía de cama apenas estaba lo suficientemente suave para considerarse cómodo. Había podido dormir un poco más esa noche y con suerte, las pesadillas cederían con el tiempo.
La puerta metálica se abrió y enseguida entraron en dos mujeres, ataviadas con túnicas gris oscuro y una daga colgada en la cintura. Un cambio de ropa y el otro una bandeja con alimentos. Los músculos de la niña se tensaron al verlas pasar y se puso de pie en un segundo.
—El amo te llama hoy a su presencia. No hay que esperar.
Inmediatamente, se cambió la ropa, que era exactamente igual a la que traía y se apresuró a comer lo que había en la bandeja. La plasta alimenticia no tenía un sabor en particular y después de varios días de comer lo mismo, ya que simplemente lo ingería por inercia, sin quejas o reclamos que le valdrían una paliza por parte de sus cuidadoras.
Llegó a la gran sala, escoltada por las dos mujeres a quienes en el camino se unieron tres más. La niña no podía evitar el miedo que le dio a las sombras que formaban las grandes estatuas de piedra y temía que en cualquier momento cobraran vida y el atacaran. El olor a rancio y a formol le caló en la nariz y un temblor se hizo evidente en su cuerpo al notar que el brazo mecánico que servía de soporte vital del emperador, se acercaba a ella.
—Hija mía, bienvenida a este santuario. Me regocija tenerte aquí, sana y salva de nuestros enemigos. Exegol es ahora tu hogar.
La pequeña era impresionada por lo que veía. Parecía un espectro de sus peores pesadillas y no pudo encontrar la fortaleza para contestar algo. Un empujón proveniente de un de sus acompañantes la hizo casi caer al suelo.
—¡Agradece al Sith Eterno, niña!
—Gra... gra.. gracias, señor. —dijo con temor e inseguridad, bajando la vista para ya no ver al horrible anciano.
—Tienes miedo... —afirmó el hombre —Bien, el miedo es el primer paso para el camino del aprendizaje. Mi niña, por tus venas corre la sangre más poderosa de la galaxia, la mía. Eres mi descendiente, pero solo de ti dependerá ganar el derecho a recibir la herencia que tengo para ti.
El mecanismo acercó su cuerpo hacia donde estaba la niña y extendió débilmente un casi putrefacto dedo para alzar el mentón y hacer que lo mirara.
—Si logras sobrevivir a lo que viene, serás mi sucesora y te otorgaré el poder absoluto. El Sith Eterno vivirá en ti. Si fracasas, tu vida no habrá valido el esfuerzo que hicimos para traerte hasta nuestro santuario y nadie te recordará al morir.
Una lágrima por fin rodó por su mejilla y el temblor en su cuerpo se hizo evidente.
A partir de ese día, sufriría la brutalidad de las Sacerdotisas del culto al Sith Eterno y llevaría su cuerpo al límite de la resistencia. Pero algo en su interior siempre le decía que debía resistir, que debía lograr ser digna.
Así pasaron diez años.
Asha sentía las manos sudorosas. Una mezcla de nerviosismo y ansiedad se conjugaba en su interior, acelerando su corazón y dándole ganas de gritar por la euforia. Su momento había llegado.
Caminando a paso constante hacia donde se encontraba él, no podía dejar de pensar en que pronto tendría que hacer uso de las habilidades adquiridas en todos esos años. Se pondría a prueba a ella misma y sabría en verdad de lo que era capaz. Ya no sería una simulación, podría dar rienda suelta a todas sus habilidades y haría que todo el mundo se inclinara ante su poder. Se podría decir que estaba feliz, si acaso la felicidad se sentía así. Estaba a punto de sentir el sabor de la libertad pues, aunque no fuera una prisionera en el amplio sentido de la palabra, no podía hacer su voluntad. Todo estaba decidido por ella y para ella. Cuando despertar, cuándo comer, que conocimientos adquirir, sus entrenamientos físicos y mentales, a qué hora dormir, qué vestir, pensar y sentir. Cada maldito segundo de su maldita existencia en este maldito planeta, Exegol.
Pasar a través de la gran puerta de piedra, le trajo a la mente cuánto odiaba el salón del trono y a quién se encontraba ahí. Después de tantos años no lograba sentirse cómoda estando en su presencia. Como siempre, esa desagradable sensación al estar ante el Emperador, su abuelo, se hacía notar en su interior. Sí, le agradecía el haberle salvado la vida, evitando que el infame Jedi Luke Skywalker la matara como lo hizo con sus padres y hacerse cargo de ella, pero también se había encargado de hacerla pagar con creces cada día de su estancia por el favor. Por eso no había ningún vínculo afectivo, nada que lo uniera a él, más que el ansía de heredar su poder y todo cuánto eso significaba. Ser el Sith Eterno, la maestra suprema del Lado Oscuro de La Fuerza. Y cada día faltaba menos para que sucediera.
Ese día marcaba el fin de su entrenamiento bajo la tutela de las sacerdotisas del Culto al Sith Eterno. Por fin se libraría de las garras de esas arpías desalmadas, quienes habían entrenado su cuerpo y alma desde su llegada, diez años atrás. Las seis mujeres que le habían enseñado todo acerca de la religión Sith -lengua, preceptos, conjuros y técnicas de batalla- no se distinguían por ser blandas o agradables. Sus métodos de enseñanza se basaban, más bien, en el poder del miedo, el dolor y el odio. Asha lo había experimentado todo y si había logrado resistir y llegar hasta donde estaba, era porque La Fuerza era poderosa en ella y el Lado Oscuro, la había sabido guiar. El odio que sentía hacia ellas, la había alimentado y esperaba el momento oportuno para su revancha.
Tantos años de golpes y humillaciones no quedarían impunes. Las haría pagar por cada herida, cada palabra hiriente, cada burla. No les quitaría la vida, ella sabía que al hacerlo, se volvían parte del todo con La Fuerza, transformándose hacia el universo. No, pagaría su crueldad con más crueldad, tendrían que arrodillarse ante ella y servirle como su ama y señora porque ese era el papel de ellas papel en esta vida. Le hervía la sangre solo de pensarse a ella misma en el trono, con esas malditas a sus pies. La cuenta sería saldada. El miedo quedaba atrás, el dolo pagaba su derecho a gobernar y el odio la fortalecía cada día más.
Pero ahora, después de terminar su entrenamiento, venía la prueba más difícil y para obtener lo que quería, debía estar dispuesta a pagar cualquier precio que le fuera requerido. Eso se lo había repetido su abuelo por años. Cuando era niña no lo entendía, pues el miedo constante, la falta de apego y la lucha por sobrevivir los primeros entrenamientos ocupaban su mente. No fue hasta la primera vez que sintió a La Fuerza fluir entre sus venas, doblarse a su voluntad y saborear la habilidad de controlar lo que le rodeaba, que lo comprendió. El Lado Oscuro otorgaba el poder a quién estuviera dispuesto a dar lo que fuera por él. Ahí empezó su lucha por sobresalir, por incrementar cada vez más su poder y, al fin, hacer que todos se inclinaran ante ella. Lo lograría. No tenía otra opción.
—El momento ha llegado, hija mía— Hincada al pie del trono pudo distinguir la figura espectral del viejo Emperador Palpatine, sostenida por el brazo mecánico, que le habló sin siquiera mover los labios. Estaba en su mente y en la mente de todos los presentes. —Ahora revelarás tus habilidades al mundo y acabarás con la escoria que contamina la galaxia. Demostrarás que eres digna de sentarte en mi trono y obtener la sabiduría de los antiguos maestros Sith. Devolverás la grandeza a cada rincón del imperio y todos los ejércitos se doblegarán ante tu poder. No habrá misericordia para los traidores y tu fuego quemará cualquier rastro de oposición en cada sistema conocido.
Los presentes en la gran galería alababan a su amo en un sólo canto. No sólo era su líder y gobernante, era su dios.
—Ponte de pie, Asha Jen'ari y jura con tu vida que llevarás la gloria del Lado Oscuro de La Fuerza hacia cada rincón de la galaxia.
—¡Yo soy Asha Jen'ari, Señora del Sith Eterno, la espada de la venganza, el instrumento que revertirá el daño causado por nuestros enemigos, el puño que traerá de nuevo el orden a la galaxia! —Alzó la voz poniéndose de pie, con determinación y orgullo. —¡La Fuerza me da el poder y el Lado Oscuro guía mi camino!
Los presentes la aclamaron. Había esperado por esto tanto tiempo y ahora tomaría lo que era suyo por derecho de sangre, por derecho de poder.
—Esta es la última prueba de tu entrenamiento. La Primera Orden y su Líder Supremo Snoke, mi leal sirviente, te esperan para que juntos eliminen a la escoria de República y a sus simpatizantes. Sal y acaba con nuestros enemigos, hija mía, tráeme la cabeza de Skywalker y toda su estirpe y entonces, yo te daré el poder absoluto para gobernar la galaxia.
Asha se puso de pie con determinación y contestó a la solicitud más bien para ella misma.
—No fallaré, mi señor.
