El último recuerdo que tengo de que me felicitaron fue cuando tenía ocho años. Fue porque hice el mejor dibujo de la clase.

—¡Muy bien, Len! ¡Eres muy bueno usando los colores! Deberías intentarlo más seguido, ¿sabes?

He sido muy competitivo toda mi vida, y siempre intentaba participar en todo, fuese o no fuese algo que estuviese a mi altura. Supongo que era por mi mamá, que siempre me motivaba a hacer esas cosas, que terminé intentándolo todo para aparecer en primera fila.

Sin embargo, las cosas se empezaron a poner difíciles a medida que avanzaba la primaria. Los números, las letras, la complejidad de lo que me enseñaban, causó que, aunque lo intentara, mi mente se cansaba.

Y tampoco tenía tiempo para estudiar, pues tenía muchas responsabilidades siendo tan pequeño.

Además del estudio, también me gustaba el fútbol, y jugaba con una pelota hecha con cinta adhesiva hecha por mí. Un día quise pedir una pelota de verdad, aunque fuera una de plástico, pero me di cuenta de que eso no sería posible; mamá no podía comprarme esas cosas, ya que no estaba a su alcance.

Creo que me desilusioné por muchas cosas siendo tan pequeño. Me desilusioné porque todos mis compañeros traían zapatillas nuevas cada año, mientras yo usaba las mismas que me regalaron hace cuatro años, y si se rompía con un poco de hilo la arreglaba mi mamá. Mis pantalones siempre fueron para reírse, mis juguetes y mi colación también.

Fui objeto de burlas desde muy pequeño, y sobre todo de los ricos que estaban por encima de mí.

—¡Len patas sucias, qué asco das!

Renuncié a jugar fútbol con mis compañeros, pues sabía que siempre me iban a terminar pisando y buscarían tirarme al suelo para posteriormente reírse de mí.

Mis calificaciones, que a pesar de que los primeros años eran brillantes, con el cambio de profesores, avanzar de los años y las ocupaciones que me fueron ocupando la cabeza a medida que yo crecía, fueron bajando y bajando. Nunca más vi arriba de un siete en mis calificaciones. Empecé a ser un fracasado.

Y los profesores siempre se encargaban de recordármelo.

—Mejor busca un trabajo y deja de calentar el asiento. Nunca aprobarás mi clase.

Así, con tantas cosas, todas mis ganas de confiar empezaron a morir.

¿Para qué intentarlo? Ya no vale la pena.

Mi mamá siempre me intentó animar, incluso cuando yo llegaba amargado a la casa. Pero trabajaba tanto, que de a poco fui perdiendo contacto con ella. Por otra parte, Rin siempre fue a la que teníamos que proteger, así que yo tenía que poner cara de héroe frente a ella, y fingir que todo estaba bien.

Pero nada. La verdad que, como estaban las cosas, todo estaba muy mal. Y la llama en mi interior prendía cada vez más, quemando todo mi interior y lo que había dentro.

Ahora, que tengo dieciséis años y soy un adolescente hecho y derecho, me paro frente al espejo y me doy cuenta de que la persona con la que soñaba de niño y la que soy en la actualidad contrastan completamente.

Supongo que la realidad no pudo superar a la fantasía. Después de todo, la vida es una decepción. Pero de alguna manera, busqué la forma para decorarla.

—¡Ugh, Len! ¡Anda a lavarte las manos! —exclamó mi hermana Rin, retrocediendo con asco al ver cómo me acercaba a sacar un poco de pan con las manos sucias—. ¡Además, no vayas con patineta dentro de la casa! ¡No te hace ver cool!

—¿Qué dijiste, nerd? —le golpeé la cabeza con el pan que tenía en la mano—. Ándate en bus, no te voy a llevar en mi patineta. No te lo mereces.

—Y no quisiera llegar a mi secundaria junto a ti —bufó, mirándome con esas típicas miradas de adolescente femenina indignada—. Te odio.

—Y yo a ti.

Antes de salir me revisé al espejo. Mi pelo es un poco largo así que me lo suelo amarrar en una coleta, así me aseguro de que no se despeine demasiado. También me suelo poner un poco de pinches coloridos en mi cabello. ¿Por qué? no sé. Sólo me gusta.

¿Por qué siempre las personas intentan buscarle un porqué a las cosas?

—Ya me voy —y me fui de la casa, patinando en mi patineta. Claro esta no era mía, Rinto me la había prestado, aunque como tenía dos se había olvidado ya de esta.

¿Qué cómo terminé patinando en medio de las calles de Japón? No lo sé, eso se fue dando de a poco.

Pero sentir el viento en mi cara me hace sentir genial, y qué decir; es parte de esa onda que me hace diferente a los demás. ¿Cómo decirlo?

¿Conocen a los delincuentes que siempre se encuentran en cada escuela?

Claro, ahí estoy yo. Y con mucho orgullo, pues desde que lo soy, mi fama pasó a ser parte de un montón de basura a...alguien revolucionario.

¡Me siento fenomenal!

—Qué onda, Len —Rinto fue el primero en saludarme, y junto a él, Gumiya también se acercó a mí.

Éramos un trío de chicos que siempre destacaba cuando llegaba a la escuela. No sólo por nuestra apariencia tan peculiar, sino que por unas cuántas cosas más que se sumaban a la lista.

—Un, dos, ¡pin pón! —de un tirón le bajé los pantalones a Gumiya y salí corriendo. Rinto se comenzó a reír apuntándole con vigor su trasero. Pero, como es de amargado Gumiya, a este no le dio un pelo de risa.

—Me están empezando a aburrir sus juegos estúpidos —bramó, mirándonos con molestia—. Con mis pantalones no.

—¡Uy, le da cosa que los demás vean sus pompas de bebé! ¡¿Quieres que la vea yo, eh, Gumo?!

—¡Cállate, maricón! ¡ven para acá! —Gumiya salió corriendo detrás de Rinto para hacerle lo mismo, y se fueron muy lejos.

Quedé solo, y así, entré a la escuela andando en patineta otra vez.

—¡Hey, joven! ¿cree usted que puede entrar así nada más? ¡venga para acá, no me ignore!

Le dediqué una sonrisa llena de júbilo al portero, y entré a la escuela así sin más.

Puse la patineta dentro de mi casillero. Fue, como siempre, difícil de acomodar, pero después de empujarla con un par de golpes todo se puede. Al final tuve que cerrarla, pero superficialmente nada más, pues hace tiempo rompí mi puerta haciendo esas cosas.

Mi casillero es el único de todo a su alrededor que se encuentra en esa condición. Creo que se nota de quién es con tan solo una mirada.

—Eh, ¿ese no es Len?

—Ugh, qué miedo.

—Es un tipo demasiado peligroso. El otro día golpeó a Lui hasta dejarlo en el suelo. ¿Imaginas? ¡en el suelo!

—Salir con él debe ser horrible. Imagina, además es pobre.

—Como una rata.

Las chicas que cuchicheaban de mí empezaron a reír, sin tener un solo cuidado que hablaban casi encima mío.

Tiré un escupo al suelo.

¿Qué les pasa a estas estúpidas? ¿Creen que me pueden insultar así nomás?

—¡Seré una rata, pero sordo no soy! —abrí mis brazos con fuerza amenazando con acercarme. Las chicas me miraron con espanto y empezaron a correr, alejándose de mí.

Sabía, eran unas cobardes más. Intentan hacerse las valientes, pero cuando uno les da la cara salen corriendo.

Ah, eso es algo muy común en esta escuela de mierda. Bienvenidos a Hatschool, una escuela llena de hipócritas, pretenciosos y zoquetes. No me da para hablar de lo tanto que odio a la gente aquí, y creo que podría crear mi propia tesis de porqué esta es la peor escuela del mundo, pero por algo puedo empezar; vamos.

Hatschool es una escuela creada por una familia millonaria, qué digo, multimillonaria, que suele prestar becas a los no afortunados, en un intento de hacerse los buenos y aparecer en la portada de los diarios. Y con eso te estarás preguntando, ¿qué mierda hago yo aquí, si mis calificaciones no dan ni para hacer un chiste? bueno, mi mamá era una estudiante de honor que estuvo en esta misma escuela, y de cortesía me dejaron entrar a mí también. Es gratis, no debemos pagar nada, aunque eso puede estar por cambiar; el director me está mirando entre ceja y ceja, y yo debo cambiar mi actitud.

Aunque sinceramente no tengo ganas de cambiarla. Por cómo me tratan estos estudiantes y profesores, estoy a nada de incendiar esta escuela y fugarme para siempre.

Pero creo que eso no lo voy a poder hacer, lamentablemente.

¿Por qué digo que estos estudiantes son unos idiotas? bueno, porque como dije, aquí es cuna para crear pretenciosos que pronto saldrán a la vida a reírse del resto. Todo aquí funciona como una pirámide social, donde la imagen es lo más importante, y todo lo que te haga diferente será un punto para mofarse. No estoy exagerando, es más, lo que me acaban de decir esas idiotas no es ni la mitad de lo que me dicen todos los días.

Ni siquiera los profesores se salvan de esto, pues son los que más se empeñan en decirme lo inútil que soy, que debería rendirme y que me vaya de aquí. Sobre todo la profesora Hatsune; ella es la peor de todas. Es una anciana ya, pero ahí va, ocultando detrás de sus lentes su mirada de víbora que no tarda en atacar apenas me ve entrando a su clase. En su clase no puedo aprender nada, ¡es solamente pelear, pelear y pelear con ella!

¿Saben lo peor? Mi primera clase es matemáticas. De hecho, ahora tengo que entrar a mi salón. Y puedo decir, desde lo más profundo de mi alma, que estar allí es una tortura.

Además, tengo un secreto que contarles, pero no se lo vayan a contar a esa anciana, porque luego se pone como loca:

¡todo aquí es una corrupción!

¿Se acuerdan del nombre de la escuela? "Hatschool", un nombre muy feo y raro, pero que en el fondo esconde un secreto: Hat viene de Hatsune, y School de escuela en inglés. Entonces, si los juntas, ¡significaría Escuela Hatsune! Y es justo el apellido que la señora tiene por casarse con el director, junto a su hermana, su hermano, ¡y sus hijos, por supuesto!

Son tres en total. El primero es Hatsune Mikuo. Algo supe de esa persona; parece que está estudiando ingeniería comercial. Carrera de ricos, por supuesto, aunque es sorprendente porque no se quiso dedicar a la escuela de su padre. Muy mal no me cae; creo que su decisión de alejarse de esta escuela fue la mejor.

Por el otro lado está Hatsune Ring, la hermana menor. Ella va en secundaria, así que no es parte de esta preparatoria (la cual va de los quince a los dieciocho solamente). No sé de ella, realmente no me interesa.

Pero de quien sí les puedo hablar es Hatsune Miku. Mi sangre hierva al escuchar su nombre.

Ella, joven de dieciséis años y que por mala suerte va a mi mismo salón, es un ejemplo perfecto de la hipocresía que existe en esta escuela. Cara perfecta, sonrisa perfecta. Es casi una celebridad porque cada vez que camina por el pasillo hay como seis perritos falderos intentando acercarse a ella. Hatsune Miku siempre da discursos bondadosos que la hacen quedar bien frente al resto, pero nunca dice lo que realmente piensa, es casi como si no tuviera opinión propia.

Las notas se la regalan. Es imposible que alguien saque perfecto en todo. Además, hasta los profesores le lamen la cola para ganarse a su papá, y eso le permite que, haga lo que haga, salga privilegiada en todo.

Estoy cansado de ver su cara en todas partes. Y ahora, que es parte del estúpido consejo estudiantil, es cosa de ver su estúpido rostro por todos lados.

Demasiado populista, arreglado y superficial. No me gusta verla ahí.

No me gustan los Hatsune.

Creo que esta escuela es una mierda.

Y en eso se resume, señores y señoras, todo lo que pienso de esta escuela. Estoy obligado a estar aquí y soportar toda la hipocresía dentro, pero ya me estoy cansando.

No obstante, es gracias a mis amigos, Rinto y Gumiya, que no me siento solo. Su manera de pensar es un poco menos intensa que la mía, sin embargo, siguen conmigo y puedo pasarla bien. Ellos también son parte de esta rara beca, y eso confirma que no son unos ricachones de mierda.

Lo malo es que van a otra clase y me toca ir a la mía solo, solo como un calcetín.

Llegué a mi puesto casi arrastrándome, y tiré mi bolso sobre la mesa, llamando la atención de varias personas.

¿Qué miran, idiotas?

—Es hora de comenzar la clase. —La presidenta de nuestro salón siempre intentaba mantener la mejor atmósfera dentro de nuestra sala de clases, por lo que corría de un lado a otro corrigiendo nuestras posturas.

Cuando llegó a mí, me miró con decepción.

—¿Qué te cuesta ponerte bien la corbata? —Kokone me la apuntó con evidente molestia.

—Está puesta bien. Eres tú la que no tienes idea de lo que está de moda hoy en día.

—Tu moda es horrible. A nadie le gustas.

—Hey —levanté una ceja—. ¿Estás segura? Creo que soy demasiado sexy para estar dentro de esta escuela.

—Oh, sí, tan sexy que el mundo entero quiere cagar sobre tu cara. Mejor cállate, Kagamine. Ya va a empezar la clase y no quiero otro más de tus espectáculos.

—¡Pero qué grosera eres, presidenta Kokone!

—Dios —rodó los ojos— ¡¿Cómo vas, Uni?! ¡Oye, tu uniforme...!

Y se fue, escapando de nuestra conversación, pues al parecer no tenía el suficiente valor para terminarla como corresponde.

La mitad de la clase me estaba mirando con odio.

Creo que a todos les caigo mal, ¿no?

¡Qué divertido! Los ricachones me odian.

Le saqué la lengua al par de monjas que estaban frente mío, y se giraron de inmediato. Los demás hicieron lo mismo, y me dejaron solo, en el fondo del salón al lado de la ventana. Parece chiste, pero eran los únicos asientos vacíos que estaban disponibles para mí, y como nadie quiere sentarse a mi lado, ese asiento está vacío.

Me senté con despecho. Todos empezaron a hablar entre ellos y yo me quedé mirando a la nada, mientras pensaba en algo divertido que hacer.

Pero ¿qué podría hacer? Todo es tan aburrido en este momento.

Justo cuando pensé en eso entró Hatsune Miku al salón y todos se quedaron callados. Incluso la mismísima Kokone se fue a sentar cuando ella apareció. Ni que fuera la Reina Isabel o algo. ¿Por qué esa actitud, gente?

—Buenos días —dijo Hatsune Miku, mirando a toda la clase, y todos la saludaron también.

Y entonces empezó el bullicio.

—¡Miku, qué bueno que vienes! Tengo una duda con el problema de matemáticas. ¿Sabes cómo se resuelve?

—¡Gracias por tu ayuda del otro día!

—Te ves muy linda hoy.

—¿Quieres salir por un helado a la salida?

—¡Miku, qué bueno que llegaste!

¡¿Pero cómo tanta popularidad?!

¡Mis ojos se queman! ¡se queman!

Recosté mi cabeza sobre mi escritorio para dejar de ver de una vez. Entonces, centré mis pensamientos en lo tanto que me desagradaba esa tipa, para desaparecer ese bullicio que atolondraba mi mente a más no poder.

¿Cómo es que soporta tanta fama esta chica? No lo entiendo.

Es insoportable.

Lo peor es que les contesta a cada uno de ellos, y con una sonrisa en su rostro, sin mostrar una pista de presunta molestia. En su lugar yo estaría gritándoles a todos.

Ah, pero Hatsune Miku gritando, ¿eso es posible?

Nunca la he visto molesta, triste o desesperada. Por alguna razón siempre está tranquila y con cara de maja, lo que me hace pensar que es un robot o algo así.

Espera... ¡¿y si ella es un robot?!

Con cautela observo su espalda desde atrás. La veo serena, permitiendo que la suave brisa que entraba por la ventana moviera ligeramente sus cabellos. Ni la peor tormenta sería capaz de corromperla.

¿Qué es lo que estará pensando una persona como ella?

Hey, Hatsune, ¿qué es lo que hay dentro de tu cabeza?

08 / 11 / 2019

Bueno, emh, ¿cómo empiezo esto? Estoy algo nerviosa.

Creo que ya pasaron por la nota de autor puesta al inicio del fic, pero si no es así, dejenme explicar. Esta es la versión re-escrita del fanfic Overrated Girl, el cual ya está finalizado desde el 2016. Habían varios errores y cosas que quería pulir, y creí que la mejor opción era escribiéndolo todo de nuevo, desde cero.

Como ven, muchas cosas han cambiado, partiendo por la narración, algunas actitudes de los personajes, los eventos y claro, la relación con la que empiezan Len y Miku. Estoy intentando hacerlo más sólido, que el odio que siente Len tenga un trasfondo y una razón de existir (no ese típico "teodioteodio baka baka" que tenía el libro anterior).

Espero publicar con frecuencia. Si bien, ya no escribo tanto como antes, pero eso no permitirá que me vaya al hiatus. Necesito terminar esto. Estoy muy entusiasmada.

Ustedes también, ¿verdad?

¿Les gustó el capítulo?

¿Tienen algo que decir?

Qué vergüenza, hace tiempo no publicaba cosas--