Notas:

Estimada lectora: para comprender esta historia debes leer Dígame Tonks, ya que Margaret es un personaje original de ese fanfic. Pero si aún así deseas leerla, pues bienvenida de todos modos.

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Basado desde el capítulo XXIV hasta el XXXII de DT.
PoV de Margaret Hogan.

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De cómo Margaret y Kingsley terminaron juntos

1. Desengaño

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—Y… ¿Qué tal las calificaciones?

El muchacho de Gryffindor me observó con las cejas arqueadas durante unos segundos antes de suspirar incómodo. O eso me pareció a mí. Cargué mi peso en el otro pie, como si eso pudiera hacerle contestar.

—¿Qué? —inquirí con un tímida sonrisa que parecía más una mueca de frialdad. ¿Había dicho algo malo?

—Es que… no me apetece hablar de mis calificaciones ahora. —Echó un vistazo a su reloj —. Bueno, tengo que irme. Otro día hablamos.

Pegó media vuelta y se marchó en tres segundos dejándome en el pasillo del aula de Transformaciones. Miré el suelo rendida con el entrecejo fruncido, reconociendo mi fracaso definitivo; no íbamos a volver a hablar, por supuesto. ¿La explicación? Fácil: estaba tratando de buscar un candidato para sacar celos al hombre que me había tenido como idiota durante cuatro años, y el consejo lo había tomado de mi amiga Tonks. Creí que era un buen consejo.

Ya era el cuarto intento, y los tres candidatos anteriores habían huido por el mismo tipo de pregunta. ¿Tan malo era interrogar sobre las calificaciones? Su hubiese sabido que en el arte de flirtear estaba tajantemente prohibido, no lo habría hecho. Pero, lamentablemente, era un fiasco para aproximarme a los hombres. Por eso es que a Kingsley, a pesar de llevar casi siete años de amistad, le había logrado dar ocho abrazos a lo largo de los cuatro últimos. Evidentemente eso siempre ocurrió bajo un contexto específico: un abrazo para la fecha de inicio de clases y otro para el término de año escolar. ¿Por qué? Porque, claro, yo, Margaret, no andaba repartiendo abrazos; era demasiado embarazoso para mí. Pero ya me estaba hartando de la situación y deseaba más que nunca estar con Kingsley de una manera que no incluyera sólo la amistad.

Bueno… puedes volver a intentarlo… Sólo deja de preguntar payasadas acerca de la escuela y todo saldrá de perlas, pensé poco esperanzada. Aunque debo admitir que las pocas esperanzas son buenas para no llevarse decepciones, y para sorprenderse mucho, en caso contrario, si es que ocurre algo bueno.

Tonks no se había enterado de mi boca que me gustaba Kingsley, aunque sospechaba que debía de saberlo. No es que fuese obvia, pero ambas nos conocíamos bastante para saber los gustos de la otra… supongo. No se lo había dicho de todas maneras, no porque no confiara en ella, sino porque temía que me abriera los ojos de alguna manera como ésta: "¿Sabes Margaret? Estás perdiendo el tiempo. El cantante de jazz no te quiere". Prefería averiguar por mí misma si él gustaba o no de mí.

¿Qué me gustaba a mí de Kingsley?: todo. Me gustaba su manera de hablar, su risa, su seriedad, su madurez, su responsabilidad, su sentido del humor ―a veces un poco retorcido… apostaba a que yo era la única que me reía de sus chistes―. Por supuesto que tenía defectos, pero yo estaba demasiado ilusionada como para verlos o para que me influyeran de manera negativa.

¿Tenía alguna seguridad de que él sintiera lo mismo por mí? No, salvo el hecho de que él jamás había tenido una novia… Se había mantenido sin noviazgos igual que yo. Por otro lado, él siempre me había mirado de la misma manera, y yo sentía que me trataba con la misma objetividad que a Tonks. Entonces, ¿por qué estaba tratando de sacar celos donde probablemente sólo perdiera el tiempo? Pues… bueno, era la única manera de tratar de sonsacar algo de Kingsley sin arriesgarme demasiado.

En fin. No me iba a quedar en el pasillo durante todo el día. Tal vez fuera mejor que le dijera y ya… Pero eso iba en contra las reglas de Margaret Hogan. Yo no era una persona fácil de tratar. Me costaba manifestar mis sentimientos. El orgullo era demasiado grande.

Alcancé a Kingsley que iba caminando bastante adelantado a la siguiente clase de Encantamientos.

—¿Crees que Flitwick comenzará materia nueva? —inquirí mirándolo de soslayo, hacia arriba. Era mucho más alto que yo. Me sacaba como mínimo veinte centímetros.

—No —me contestó con sequedad. Su voz sonó más grave de lo normal y no se giró a mirarme.

—¿Estás bien? —Lo miré con insistencia. Su cara estaba contraída en una expresión de molestia absoluta. Su calva relucía, como siempre, pero su frente estaba llena de arrugas horizontales, ensombreciéndola amargamente.

—No lo sé.

Me adelanté y me interpuse delante de él escrutándolo con la mirada.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué me contestas así?

Se detuvo y clavó sus ojos oscuros en los míos. Evité perderme en aquellos matices castaños y marrones que tanto me gustaban y mantuve la compostura.

—Eso deberías preguntártelo a ti misma, ¿no? —replicó enseñando como un perro rabioso sus dientes perfectamente blancos y regulares.

Me esquivó sin decir nada más.

Parpadeé varias veces, pasmada. Y luego me hinché como un balón, conteniendo las ganas de gritar a todo pulmón: ¡estaba celoso!, pero… ¿tanto había tardado en surtir efecto mi plan o recién se había dado cuenta de que yo llevaba hablando semanas con muchachos diferentes cada vez?

Me sonreí a mí misma con el corazón tres veces más grande. Tristemente muy pronto se me borraría la sonrisa.

Durante la clase le di espacio y me senté lejos de él para que su mal humor menguara. Tonks estaba adelante conversando con un muchacho de Ravenclaw, Aidan Turpin. En otro momento me habría preguntado por qué diablos hablaba con él, pero yo estaba sumida en mis propios asuntos.

Miré varias veces seguidas a Kingsley, pero éste no me observó ninguna sola vez, lo que me hizo sentir fatal. ¿Tan grave era lo que había hecho? ¡Hombres! Ni que me hubiese besado con todos ellos. La idea era hacerlo reaccionar y no alejarse de mí, que era lo que aparentemente había conseguido.

Traté de dejar pasar la situación y desistí del plan. Si estaba ya celoso, no valía la pena insistir más.

Lamentablemente no recibí mayores respuestas de Kingsley, salvo miradas de desprecio. Así que, al tercer día, me aburrí de la situación y decidí enfrentarlo. Era el primer día de febrero, una tarde de sábado, y Tonks se había ido a no sé dónde.

La sala estaba abarrotada de estudiantes que se preparaban para bajar a cenar.

Kingsley se ubicaba sentado en una butaca junto al fuego, riendo de un chiste de un muchacho de sexto curso. Me aproximé con decisión, y no se percató que yo estaba a su lado hasta que le dirigí la palabra.

—¿Podemos hablar? —susurré agachándome a su lado.

Se sobresaltó y se paró de golpe. Se sobó el cuello y la oreja incómodo.

—No, no podemos ―replicó tajante.

Me enderecé y lo fulminé con la mirada.

—¿Por qué? ¿Qué es lo que te sucede, Kingsley?

Resopló y me tomó de un brazo para llevarme a un lugar más solitario.

—Tú sabes lo que me pasa —bramó de mala gana —, aparte de estar muy enojado por lo que estás haciendo.

Se agachó para estar a mi altura, como si eso fuera a ayudar que sus palabras provocaran más dolor en mí. Sin embargo… me distraje por la cercanía de su cara. Sin querer me quedé trabada en sus labios carnosos y oscuros, que dejaban entrever esos dientes perfectos… El corazón me comenzó a latir con más fuerza.

Me soltó el brazo como si hubiese recibido un golpe de corriente.

—No puedo creer que hagas esto, Margaret —gruñó, y luego me dejó sola.

¿Hacer qué? ¡Por qué tenía que ser tan poco claro! ¿Qué sucedía? Me pilló tan de sorpresa su respuesta que quedé con la mente en blanco por unos instantes.

Durante la cena los tres estuvimos separados: Tonks estaba pálida y ausente; Kingsley estaba más hosco que nunca. En la noche casi no pude dormir; me di mucha vuelta en la cama, enredándome a cada rato en las sábanas pensando en lo que había ocurrido, y buscando alguna solución para reparar el daño. ¿Pero qué daño?

Creí que yo era la única que estaba con insomnio. Cuando oí a Tonks murmurar me di cuenta de que no era así.

—Oh… esto jamás va a funcionar — masculló de mala gana.

Fruncí el entrecejo.

—¿Qué has dicho? —inquirí extrañada. Quizá hablaba en sueños.

—¿Margaret? —dijo un tanto alarmada.

—Sí. No puedo dormir —contesté con simpleza.

—Yo tampoco.

Maldito Kingsley que me hacía perder mis horas de sueño… Eso era otro nivel de ansiedad. Nunca me había afectado realmente ―me había acostumbrado a la sensación que me provocaba el que me gustara Kingsley ―, pero con los últimos eventos ocurridos habían cambiado mucho las cosas.

Al día siguiente apenas me pude distraer con la desgracia de Lockwood. El pobre había sido hechizado para que se comportara como un bebé. Tuve que preocuparme también por Tonks, ya que muchos creían que ella había sido la atacante ―y yo sabía que ella no había sido; se le notaba en la cara―. Sin embargo, eso no fue suficiente porque él y su actitud idiota ocupaban la mayor parte de mi cerebro atribulado.

Estuve básicamente ausente, pero Tonks estaba tan nerviosa por el veredicto que darían los profesores respecto al sospechoso ataque de Lockwood, que no me hizo ninguna sola pregunta.

Por un extraño milagro esa noche pude dormir mejor. No recordaba haber tenido un sueño tan profundo, pero me vi inundada de imágenes de Kingsley sonriéndome, tomándome de la mano… Eso ya se estaba tornando algo enfermizo. Estaba descuidando mucho a mi amiga, que también lucía tan demacrada como yo.

¿Y si me olvidaba de él? No, no podía. Algo desconocido, tal vez el destino, me hacía negar esa idea rotundamente. ¿Cómo podría olvidarme de alguien que me gustaba hacía tantos años?

—Anoche dormí de pelos — le dije a Tonks, en vano tratando de buscar una conversación que sabía que no íbamos a continuar por falta de entusiasmo.

—Qué bien… yo dormí horrible —contestó cabizbaja.

—Sí, y te ves horrible. ¿Qué le ocurrió a tu pelo? —declaré con sinceridad, olvidándome de que eso podía sonar cruel.

—Oh… cuando estoy cansada… se pone lacio medio gris… ya sabes.

—Mm… es que nunca lo había visto de esa manera con tanta frecuencia —añadí por decir algo; la verdad es que no me acordaba si había visto su pelo así alguna vez. ¡Pero qué buena amiga era!

Durante la tarde de aquel lunes Tonks se fue con Kingsley al ver que yo estaba reacia a hablar mucho de los deberes. Estuve tentada de acompañarla, pero me abstuve. ¿Para qué, si iba a recibir nada más que hostilidades de parte de él?

Al tiempo después vi salir a ambos de la Sala Común. El estómago se me encogió, y entonces tuve una idea loca… ¿Y si ambos tenían "algo"? ¿Y si existía una relación entre Tonks y Kingsley?

"No puedo creer que hagas esto, Margaret" me había dicho la noche anterior… ¿Tal vez se refería a que yo estaba tratando de separarlos?

Me sentí muy mal y, por supuesto, muy celosa. La historia se había revertido; era yo la que estaba celosa… Un fuego maligno me invadió enviándome oleadas de infelicidad.

Por largo tiempo me quedé observando a la nada.

Por eso a la mañana siguiente me comporté prácticamente indiferente con Tonks, y me dio lo mismo cuando vi de soslayo que había torcido hacia otro camino a la hora de ir a la clase de Herbología. Si es que iba a ir al baño, que fuera sola. Me sentía traicionada. Pero quizá fuera que yo la estuviera traicionándola a ella por el sólo hecho de que me gustara Kingsley… ¿Gustara? ¡A quién engañaba! Luego de cuatro años, de seguro que eso era mucho más que un gusto. Era enamoramiento… amor. Y era eso lo que me señalaba que no podría olvidarlo de la nada: yo lo amaba.

Creí que Tonks me alcanzaría poco más tarde, pero no se apareció durante toda la hora. No pude evitar preocuparme. A pesar de todo… era mi amiga. Y la única auténtica. Me obligué a pensar que las miradas de preocupación de Kingsley buscándola eran meramente eso y no significaban nada más ―por sanidad mental.

Cuando la clase finalizó me reuní con él porque me estaba aguardando en la puerta, con el ceño fruncido.

—¿Y Tonks? ¿No iba contigo antes de clases? —inquirió con ese tono autoritario típico de él.

—Sí, pero no llegamos juntas. Supuse que se había ido al baño —contesté sin mirarlo a los ojos.

—Tal vez fue a la enfermería.

—Tal vez.

—¿Vamos a buscarla?

Claro… estaba preocupado, pero ese tono sugería que era algo más lo que sentía por ella. Suspiré con dramatismo y acepté.