Zack.

Él era… singular.

Lo más vistoso de él era su complexión fornida, en una altura que no pasaba del 1.80, quizá menos que eso; sin embargo, su rostro estaba adornado con sus ojos casi púrpuras (Génesis de Alexandría, o mera casualidad genética). Muchos aseguraban que eran lentes de contacto, así como otros que decían que se había operado la nariz, que su piel era demasiado clara para ser latino, que su cabello era demasiado negro…

Pero ella sabía la verdad.

Sabía que esa mirada tan particular oscilaba mucho entre las chicas alrededor de él; que un beso suyo no era tan especial para él como debería de ser. Su sonrisa era casi perene, amable, tranquila, que siempre debía mostrar por el trabajo que tenía.

Sin embargo, lo había conocido serio. En el campo era distinto, protector, fuerte, completamente defensivo al tener más fuerza de lo que parecía; nunca tuvo miedo de hacerse daño, y era, sobre todo, un hombre de palabra.

Estaba tan cerca, y tan lejos al mismo tiempo.

Admitió que, al inicio, había caído prendada de él cuando lo conoció, tal como todas las chicas que se habían cruzado con él; la situación hizo que ellos pudiesen convivir y conocerse aún más, solo para notar lo realmente lejos que esta de él, de su atención.

De Zack, el galán.

Ese era el motivo de su extrañeza cuando, de pronto, lo encontró de pie frente a ella.

-Qué suerte, eres tú, Annie.

-.-.-.-.-.-

Tras el cataclismo, había decido vivir con calma fuera e las ciudades, o lo que quedaba de ellas, lejos del ruido, del estrés; estaba débil, mantener el equilibro era un trabajo demasiado duro, apenas cumpliría veintiuno (la mayoría de edad). Satine, su hermosa amiga pelirroja, le había animado a ir a un evento del pueblo, donde recolectaban algunos ingredientes del bosque en parejas, al azar.

-Sé que te vendrá bien salir, Annie. -Había dicho la curvilínea enfermera. -Además, todos participaremos.

-No me siento cómoda. -Admitió, sin poder ver los ojos verdes de su amiga.

-Alexis hubiese querido que siguieras adelante.

-Lo sé.

¡Cómo dolía! Pensar en él a esas alturas seguía doliendo; Annie trató de alisar su largo cabello negro con los dedos y llevar la mirada oscura hacia arriba, contemplando la copa del árbol bajo el que se refugiaban del sol del mediodía, víctima de su propio nerviosismo. Satine, Elleise y Zack era los únicos amigos que podían mirarla, por eso accedía a salir con ellos. Siempre había temido al ser invisible para el resto, y ahora que sabía la razón de ello, le costaba mucho más trabajo que antes.

Fue esa la razón por la que accedió entonces.

-.-.-.-.-.-

La plaza del pueblo era pequeña, el suelo estaba hecho con piedra labrada en un gris claro esmaltado, permanecía pulcro por el cuidado de los habitantes; había árboles jóvenes con verdes hojas en maceteras rectangulares, tenían poco de haber renacido. La parte alta de la plaza estaba decorada con banderillas de colores, y la gente había salido de sus hogares para así poder ver a los jóvenes… no había muchos adultos, la mayoría no pasaba de treinta y cinco o cuarenta años. Había, además, únicamente dos niños, uno de dos años y otro de tres meses, los cuales eran un acontecimiento digno de asombro para el pueblo.

Entre aplausos, algunos comenzaron a bailar y dar vueltas como si jugaran a las sillas musicales, paseando entre los lugares donde debían pararse, marcados en el suelo con cintas de colores en forma de cuadrados, rojos para las chicas, verdes para los varones, aunque no eran reglamentarios; Annie se mantenía de pie entre la gente, observando a los chicos reír y dar pequeños saltos, como adultos jugando a ser niños… hasta que un atractivo chico, de cabello rubio oscuro con ojos como el cielo se acercó a ella, tomándola de la muñeca sin preguntar, jalándola hacia el centro del baile.

-¡Elleise! -Dijo, avergonzada, mientras daba sutiles zancadas en el suelo, como si quisiera frenarlo. -Ya son un número par.

-Vamos, te prometo que yo o Satine quedaremos contigo.

Le gustaba ver así a Elleise, sonriendo con gusto, el cabello sutilmente ondulado cayendo sobre sus mejillas; en el pasado, él era sombrío, amargo, siempre oculto como una sombra tras su hermano mayor y su estricto padre. Solamente por eso accedió a seguirle el paso, dar un leve giro que él mismo le indicó, haciendo alzar un poco el vuelo de su falda plisada color vino. Fue entonces cuando el aplauso cesó, y notó que su compañero había sido secuestrado de ella tras un tiró evidente.

-¿Ellie? -Susurró.

Se quedó de pie, parada en medio de esa plaza, mientras todos comenzaban a pasar alrededor de ella para formar parejas a toda prisa, buscando y riendo entre miradas de complicidad…

-Qué suerte, eres tú, Annie.

Aun llevaba puesto el uniforme color negro de paramédico, adornado con tiras en un fuerte color azul rey; se sorprendió bastante de que tomara su mano con suma rapidez, pues ni siquiera se encontraba parada en uno de los sitios asignados para las parejas.

-¡Quedé solo! -Soltó uno de los muchachos, tras el grupo, con un gesto de contrariedad.

-Vas solo entonces. -Contestó una de las chicas, la cual tomaba a otra fémina un tanto más joven que ella.

Hubo risas entonces entre los presentes, pero Annie no tuvo oportunidad de entender el chiste de la trivialidad aquella, estaba más consternada por su compañero. ¿Suerte? No, no lo creía. Zack había hecho de forma intencional, pues él era un hombre que era normalmente "cazado" por las chicas y alguno que otro muchacho; el tacto de su mano en la de ella le había dado un sobresalto, obteniendo poco después una mirada de preocupación.

-¿Te sientes mal?

-No, estoy bien. -Se apresuró a sonreír. -Me siento con energía, no te preocupes.

Sobreprotector. Zack era así desde que Alexis había fallecido; ella creía que tal vez era que le había afectado demasiado el perder a su líder, con quien todos tenían una conexión sumamente fuerte, ya que él había sido el que lo había encontrado tras…

-Vamos entonces. -Exclamó él, mientras tiraba de su mano.

Les había tocado recolectar setas.

Fue hasta el momento en el que ataron sus muñecas con un cordel cuando pudo notar que Zack se encontraba muy nervioso; su miraba oscilaba entre los presentes, y sus manos temblaban con sutileza. También se percató de que otras chicas la miraban, a ELLA, como si le tuvieran resentimiento. No sabía con exactitud cuál de las dos cosas era más terrorífica.

-¿Zack? Estás temblando. – Susurró. - ¿Estás bien?

–Sabes que soy malo hablando.

–¿Eh?

La miró entonces. Las parejas habían comenzado a caminar para adentrarse en el bosque, incluidos Elleise y Satine con distintas parejas, aparentemente secuestrados sin que ellos pudieran preverlo; Annie comenzó a caminar también, tratando de escapar de sus hermosos ojos, pero fue frenada por él mismo al no moverse de su lugar.

–¿Zack?

Fue hace un año. –Dijo en español. –Cuando me pidió que cuidara de ti, en este mismo bosque.

–¿Qué?

Habían comenzado a caminar finalmente, un tanto atrasados del grupo, pero Annie estaba segura de que no irían a recoger setas; el paramédico había tomado un camino distinto al sendero marcado para seguir, andando entre los pinos jóvenes que no pasaban de cuatro metros, entre pequeñas piedras lisas y maleza furtiva que gustaba de crecer de manera caprichosa. Ella percibió entonces el aroma a la humedad, dulzón, así como el distintivo sonido del agua correr entre las rocas.

–¿A dónde vamos? -Cuestionó ella con suma suavidad. No quería decirle que no había entendido lo que le había dicho.

–Hace un año… antes de la batalla. –Habló él, y pudo notarse su voz ahogada. –Alexis me pidió hablar con él, a solas, en este lugar.

Annie fue entonces capaz de contemplar, entre la sombra que proyectaban los árboles, una roca en un inusual color blanco, como si fuese mármol o algo parecido; le dio un escalofrío el haber escuchado su nombre, ni siquiera ella misma era capaz de pronunciarlo a pesar del tiempo transcurrido. Zack se había quedado de pie frente a esa roca, que lo superaba en altura, y ella fue incapaz de mirarlo de pronto.

-Elleise era su mano derecha, León su mejor combatiente… no entendía la razón por la que me necesitaba. –La voz del joven se había quebrado de pronto. –Me hizo prometer que no lo diría, Annie. Pero ya no puedo con ello…

-¿De qué hablas? –Se alteró muchísimo. Zack no era un hombre que pudiese quebrarse con facilidad.

–Él… él sabía que iba a morir. Lo supo desde el momento en el que tuvo que hacer la prueba, cuando supo quién era realmente…

Estaba llorando. La visión para la chica era demasiada como para dejarla formular una palabra… él siempre fue tan firme, tan fuerte…

–Fui el único que lo supo, él único al que se lo dijo… Annie, yo lo sabía, sabía que iba a morir, y que no había nada que hacer para salvarlo. –Cayó de rodillas al suelo, jalando su mano suavemente. –Lo único que me pidió fue que cuidara de ti… que debías sobrevivir… que confiaba que te cuidaría con mi vida…

Annie se mantuvo con la vista al frente, escuchando como su amigo sollozaba sin control; pudo imaginarlo, sentado en aquella roca: la camisa de botones con las mangas dobladas hasta los codos, el pantalón gris oscuro de vestir. La tez clara, el fino y lacio cabello rubio pulcramente peinado hacia atrás, su semblante serio, casi despreciativo, excepto cuando la miraba a ella… se arrodilló frente a Zack, y lo rodeó con su brazo libre tan fuerte como pudo. Percibió sus lágrimas sobre su pecho femenino, escuchó sus suspiros cortados, y ella misma contuvo su deseo por llorar con él.

–Zack… no había nada que pudiésemos hacer. –No sabía exactamente qué decirle en ese momento. –Alexis… aceptó su destino… por eso es un héroe… sin él, no estaríamos aquí.

Solamente la había rodeado con un brazo, pero su fuerza era suficiente para cortarle el aire; tardó un poco en que se calmara, quizá un tanto más de lo esperado. Acabó arrodillada frente a él, mirando los árboles, escuchando el sonido de las aves revoloteando, de la brisa pasar entre las hojas.

–Lo lamento, Annie. –Dijo, finalmente, con voz ronca.

–¿Qué cosa lamentas?

–Derrumbarme. No disfruto… de hablar demasiado de mí.

–Era algo que te lastimaba por dentro, no creo que sea malo. Solo, quizá… nos hemos atrasado con respecto al resto.

El paramédico levantó la cabeza de inmediato tras escucharla, notándose alarmado; sus ojos se veían irritados, y sus mejillas estaban quizá demasiado sonrojadas, algo realmente impresionante para ella.

–Tienes razón, creo que hay que movernos.

–¿Qué les diremos al resto…?

-.-.-.-.-.-

Elleise se notaba inquieto. Satine, preocupada. Annie no creyó que fueran a creerse el cuento que Zack acababa de soltarles por la demora, así como que los dos tuviesen los ojos enrojecidos y el hecho de que sonaran congestionados.

–¿Se encuentran bien? -La enfermera cuestionó. –Es decir, si pueden respirar bien, puedo darles un antihistamínico.

–Vendría bien, sin duda. –Sonrió el fornido latino.

Claro, el carisma de Zack influenciaba a casi todos. Elleise se apresuró entonces a sacar a Annie de la pequeña clínica donde los "atendieron" por la pelirroja, quien era entretenida en ese momento por el paramédico… o viceversa.

–Annie, ¿qué fue lo que pasó? –Exigió saber el rubio.

Le sabía mal mentirle, pero tampoco quería delatar que Zack lo había hecho, o al menos no decir aquello que le había confesado, ya que se había tomado la molestia de llevarla a parte para contarle.

–Nada malo, Ellie.

–¿Entonces dices también que una planta les causó alergia…?

–Tú sabes que, de todas las personas que me rodean, Zack sería el último en lastimarme.

–Yo… lo sé. –Se notó algo contrariado.

–No tienes por qué preocuparte entonces. –Le sonrió con levedad. –No ocurrió nada malo, con él o conmigo.

–¡Annie! –Se escuchó la voz de Zack desde adentro. –Necesito que tomes algo. –Salió entonces por la puerta de emergencias, una puerta relativamente sencilla como si fuese de una casa cualquiera, solo para entregarle una pastilla pequeña en su mano. –¿Sucede algo?

–Interrumpes mi cita. –Contestó Elleise, completamente gélido.

–Ya quisieras.

–¿Está bien si…? –La chica indicó la pastilla que le había dado.

–Claro, tranquila. Te quitará la congestión y el malestar.

–Sí, gracias. Vete ya. –El rubio fingió una molestia que no sentía.

–Hasta crees que voy a dejarte solo con ella.

–Ella sabe cuidarse sola, no ocupa de tu vista, perro.

–¿A quién llamas perro, gatito…?

Annie se notaba un poco más tranquila al verlos discutir de esa manera; Zack aun se veía congestionado, pero… sin duda, mucho más relajado que antes.

-.-.-.-.-.-

"Quisiera que cuidaras de ella tal como lo haría yo… que la miraras como la miré yo…"

Había anochecido hacía unos cuantos minutos, y el aire comenzaba a ser un poco más gélido, pues el otoño se aproximaba tras un tanto de ausencia por todo lo ocurrido; en la pequeña plaza se habían encendido las farolas, y la alegre música provinciana invitaba a bailar para olvidar el trabajado duro y los pesares del día a día. Tras haberle confesado aquello, Zack, ya sin el uniforme de paramédico, no podía dejar de pensar en todas aquellas palabras que Alexis le había dicho tiempo antes.

–Ellie, no, espera. -Escuchó la voz de Annie tras él.

–Vamos, Satine se esforzó mucho contigo, tienen que mirarte.

"Solo la vi. A ella. Vi sus ojos."

Annie cargaba con el peso del mundo. Eso la hacía estar rodeada siempre de una bruma densa que parecía opacarla del resto de personas, de su atención, de su mirada… a excepción de Alexis. Él siempre la miraba distinto, desde el inicio, algo que lo hacía sospechar de él…

–¡Ellie!

Allí estaba, en la mitad de la plaza, tomada de la mano de Elleise; llevaba un vestido ajustado hasta la cadera, con un maravilloso vuelo hasta sus rodillas, de color aperlado. Su largo cabello negro estaba suelto, flotando con cada giro que Elleise le daba. Sus ojos almendrados, sus labios levemente pintados en rosa.

Era muy bonita, esbelta y curvilínea, sonriente a pesar de la tormenta que llevaba oculta en su interior.

Bailó también con las chicas del pueblo, dibujando su usual sonrisa, calma, pero su mirada permanecía en ella; pensó entonces en ir con Elleise y arrebatársela como era su costumbre (un juego entre ellos en el que los cuatro estaban completamente de acuerdo jugar), pero cuando soltó la mano de la chica en curso, su cuerpo se quedó congelado, mientras todos aplaudían el final de una canción. Con los ojos puestos en ella, en Annie.

–¿Estás bien? –Cuestionó una voz conocida, a su lado.

Zack se sentía avergonzado. Miró a la pelirroja Satina con una sonrisa que delataba su nerviosismo, obteniendo en respuesta un gesto de confusión.

–Sí. No. –Acabó confesando. –He bebido un poco.

–Estás tomando medicamentos, Zack. ¿Cómo se te ocurre? –Le reprendió, de una forma tan dulce que no parecía tal cosa.

–Sí, ya lo sé, pero no fue demasiado. –Hizo que la bella enfermera se girara, empujándola hacia donde se encontraban sus otros dos amigos, charlando o discutiendo. –Ahora ayúdame a entretener a Ellie.

–¿Por qué?

Antes de que pudiese contestarle algo, la pareja se giró para verlos, cuando su proximidad ya era perceptible para ellos; fue entonces cuando Zack pudo ver los ojos de Annie de una manera demasiado directa: no eran de un café claro como hubiese jurado, sino que tenían un destello dorado sobre un gris profundo… tan inusual como sus propios ojos violetas. Tan hermosos como un universo completo. ¿Siempre había sido así? ¿O era parte de su carga…?

–¡Te ves preciosa, Satine! –Annie se notó emocionada.

–Eso es porque tus manos son diestras con los vestidos. –La pelirroja ruborizó ante el halago.

–Te robo. –Elleise, tranquilo, tomó a Satine del brazo con delicadeza, justo cuando una nueva pieza, alegre, comenzaba a sonar.

El vestido que Annie había confeccionado para Satine, en color verde esmeralda, hacía justicia a la inigualable belleza de la pelirroja; sintió la mano de la morena en la suya, y se obligó a salir del trance en el que estaba atrapado.

–¿Podemos… salir un momento? –Dijo la chica. –Estoy mareada por el medicamento.

–Claro, tranquila. Me siento igual.

Caminaron entonces fuera de aquella plaza, entre la penumbra de los senderos de piedra que marcaban el perímetro de esta, alejándose un poco de la gente, de la música, del bullicio…

–¿Cómo te sientes, Zack?

–Mareado.

–Me refiero a lo de la tarde.

Tuvo que detenerse. El rostro de Annie era ahora terriblemente nítido, claro y… hermoso, tanto que, por un momento, se sintió bastante cohibido. ¿Él? Fue extraño, pero descubrió que ni siquiera el mirar sus pies lo tranquilizaban, sus finas manos parecían jamás haber combatido tal como la había visto tiempo antes…

–¿Zack?

–Estoy tranquilo. –Tuvo que mirarla entonces, sonriéndole, tratando de verse tal como lo decía. –Siento que podré dormir hoy.

La chica lo miraba, con un sutil dejo de sorpresa en el rostro; no comprendió, de pronto, pero, sin que viniera al caso, un pensamiento llegó a su cabeza. "Los besos de Zack no significan nada." Lo escuchó una vez, de una charla casual entre algunas chicas. Pero no hacía nada malo, ¿cierto? Nada ilegal. Nada…

–¿Me veo aun mal, Annie?

–N-no. –Ella pareció nerviosa, algo extraño ya que ella nunca había caído ante él. –Es solo que… tal vez suene muy extraño, quizá es todo por lo que sucedió en la tarde…

–¿Qué pasa?

–Me has mirado… tal como lo hacía Alexis.

Tuvo un intenso escalofrío. "Los besos de Zack no significan nada." De nuevo, esa frase rondando en su cabeza. Abrió los labios para intentar decir algo, pero solo salieron sutiles quejidos… humillándolo terriblemente ante ella. Annie había hecho una mueca de duda, una quizá demasiado inocente, para luego verse preocupada. Le supo bastante mal.

–Te he mirado. –Dijo finalmente.

–¿Eh?

–Soy… la última persona que debía verte de esa manera. –Se animó a tomar sus manos. Delicadas, femeninas. –Pero lo hice, y ahora no puedo dejar de hacerlo. Lo lamento.

Notó su sorpresa, su sutil rubor. Al final de cuentas, ¿no era eso lo que Alexis le había pedido? ¿Cuidarla como él lo había hecho? A su lado. Pero ¿por qué él? Había estado con tantas mujeres, no podía ser como…

–¿Sabes? No pienses mal… pero… él me dijo lo mismo.

–¿Eh?

Annie había sonreído, de una manera demasiado maravillosa.

–¿Sabías que… estaba comprometido? Y, además de eso, había pasado por muchas personas, desde que tenía quince años. Él no se consideraba una buena persona para mí. Pero ese era solo su concepto, eso no es un impedimento para…

Sus manos se afianzaron en su cintura, y pegó la frente a la de ella, cerrando los ojos. Fue lo más cerca que se permitió, conscientemente al menos, de estar con ella. Percibió sus manos sobre los hombros, sutilmente empuñadas, y se encogió entre sus brazos con suma facilidad… esbelta, delicada, muy lejos de ser lo que realmente era.

–Zack…

–Un momento más. Por favor.