Semidios

De regreso a casa

El cuerno suena anunciando la victoria del ejército que Uranus dirige, ella en el centro del campo de batalla grita celebrando junto a sus hombres. Han peleado durante días. A su alrededor todo se reduce a cenizas y sangre, el polvo y el humo hacen nula visibilidad pero es lo de menos, ha terminado, al fin ha terminado.

Exhausta se deja caer en la tierra, en la lejanía aún puede escuchar algunas espadas chocar, gritos, el crujir de la madera en llamas, sin embargo, su mayor preocupación está en su costado izquierdo, lo toca con su mano diestra y puede sentir como todo debajo de la piel está deshecho, los fragmentos de los huesos de sus costillas bailan en la sangre molida, aprieta la mandíbula por el dolor al rozar la zona.

-Esto no está bien- con valor toma su espada y respira profundamente varias veces como un toro en brama preparándose para apuñalarse.

El corte es limpio, certero, pero de inmediato hay un baño de sangre. El carmesí líquido se esparce escandalosamente mientras lo que sería un ensordecedor grito que atapado por sus dientes mordiendo su labio inferior. Rendida se desploma en la arena, ahora con la herida abierta sabe que puede sanar. Mira al cielo escuchando el poder del viento silbar entre los escombros de lo que fue una formidable batalla, Uranus emula el sonido con sus labios y su propia respiración.

-Esa brisa… ¿Padre? No puedes presentarte en casa ni un solo día, pero corres a proteger tu pequeña siempre que te llama moribunda- murmura al sentir una corriente cálida envolverla agitando su rubio cabello.

-Semidios- es lo único que le susurra el viento.

-Sí, sí, ya se, ojalá significara algo más que difícil de matar- reclama al aire con fastidio poniéndose de pie como si nada, su costado derecho está completamente cicatrizado, e importándole muy poco lo cerca que estuvo de la muerte hace unos minutos se dispone a correr, lista para organizar a sus hombres.

Por la noche el campamento rebosa de vino, el rey está muy agradecido y deja que tengan un festín, la luna ni siquiera ha aparecido en cielo pero ya todos están ebrios, atascados del generoso banquete que les ha sido ofrecido. En la carpa principal Uranus solo medita, los soldados a su alrededor brindan en su honor, sin ella no habría sido posible la victoria.

-¿Qué la tiene tan pensativa?- pregunta un joven guerrero, demasiado joven a decir verdad, ella no contesta, únicamente lo mira.

-Sí ¿Qué le sucede SEMIDIOSA?- otro tipo, muy ebrio y con claros prejuicios a hacía los de su tipo la enfrenta -¿Es que la comida humana no es suficiente para usted? Tal vez necesita que todos nos arrodillemos y besemos sus pies-.

-¡Basta! déjala de molestar- intervine el jovencito, el hombre regresa con su grupo de amigos –No le haga caso, nadie en la tropa lo soporta-.

-A tontos como esos solo hay que dejarlos hablar, no necesitas confirmar sus prejuicios haciéndoles daño- explica. En la noble sonrisa que el joven le da en respuesta decide que sus pensamientos no son tan importantes y se dispone a disfrutar la victoria.

Al pasar la noche Uranus se siente mejor, brinda con los hombres, bebe, se divierte. Al poco rato vuelve a su asiento, dispuesta a disfrutar del ave que se le ha cocinado pero todas las velas de la carpa, incluso las fogatas tiemblan, como si algo hubiera hecho sentir su presencia y efectivamente del otro lado de la mesa, Neptune hija de Poseidón le sonríe coquetamente.

Uranus no se mueve, mientras la joven de cabellos aguamarina camina hacia su posición. Por un momento se pregunta si la visión es real, Neptune camina sobre la mesa con naturalidad, sobre la comida, pero ninguno de los soldados parece notarla todos siguen felices en lo suyo; entonces recuerda que un dios puede ser invisible para los hombres a voluntad, pero no escapan de los ojos de un semidios.

-¿Qué haces aquí?-

-Eso podría preguntarte yo- Neptune deja de caminar inclinándose lentamente para gatear el último metro y queda feliz mente recostada frente a Uranus. La descendiente de los vientos traga en seco al ver sus pechos sobre las pechugas del ave que pensaba comerse instantes previos –Pasamos la noche juntas y desapareces en la mañana- la joven diosa roza su mandíbula con sus dedos deslizándolos hasta pecho de la rubia frente a ella –Huiste a las montañas, tan lejos del mar ¿Tienes idea del trabajo que me costó encontrarte?-

-Estoy harto semidiosa ¡Te reto, desenfunda tu espada!- el tipo de hace rato más ebrio que al principio de la noche la amenaza llegando por su izquierda.

-No puedes estar aquí- sin prestarle atención al hombre Uranus discute.

-¿Así me vas a tratar? ¿Ni siquiera me vas a dar una explicación?- contesta la diosa ofendida.

-¡¿Qué quieres que te diga?! ¡No deberías estar aquí en primer lugar!- molesta la rubia se levanta de la silla, las personas a su alrededor piensan que se dirige al hombre que le busca pelea.

-¡Tú no eres nadie para echarme de aquí! ¡Cerda semidiosa!- el hombre arremete contra ella, Neptune iracunda por el recibimiento y harta de las interrupciones del desconocido levanta una mano en su dirección.

-¡No!- grita Uranus poniéndose entre ella y el hombre, la guerrera termina con la espalda hacia mesa intentando detener las manos del hombre, pero con su mirada fija en la deidad –No lo hagas, los humanos son frágiles, se pueden morir- argumenta mientras tratan de rebanarle la garganta.

-¡Te haré tragar tus palabras!- grita el hombre enfurecido pues se siente aludido.

La rubia lamentando mucho contradecir sus palabras lo toma por la muñeca girándola para desarmarlo al mismo tiempo que se empuja hacia delante para golpearlo en la cara con su hombro con fuerza dejándolo inconsciente. Hay un silencio sepulcral por un momento, entonces todos estallan en risas, el joven soldado la felicita y otros también, pero decide salir a tomar un respiro sabiendo perfectamente que no está sola, con calma espera venir los reclamos mientras lava sus manos en un balde junto al pozo; sabe cuándo un dios está cerca, es como un escalofrío.

-Defendiendo a los humanos sin importar cuanto te odien-.

-¿Qué quieres Neptune?- pregunta enojada secando sus manos con un trapo.

-A ti, sé que tú también a mí-.

-Si- se gira violentamente a mirarla –Eres la más deslumbrante luz que se refleja en el océano, erótica explosión de feminidad- el rostro de Uranus va perdiendo la calma mientras trata de mantener sus manos lejos de ella -Pero tu padre no aprueba que su hija este con un semidios como yo y pronto volveré a casa ¿Lo entiendes? Casa- alarga las vocales como si estuviera explicándoselo a niño avivando su descontento -Después de tantos años al fin puedo regresar. Debo tomar un barco para llegar y no necesito que el dios de los mares esté molesto conmigo-.

-¿Qué tienen de interesante las islas de Lesbos? ¿No puedes pedirle a Apolo que te lleve por los cielos?- la diosa cruza los brazos y la guerrera la imita defendiendo su posición.

-Poco tiene que ver con mis deseos, lo sabes-.

En su tono de voz Uranus puede distinguir el reproche y el resentimiento, la ha herido lo reconoce, tampoco puede negar que le encanta, que su carácter fuerte la tiene fascinada, indomable como el mar, si pudiera se quedaría su lado por siempre. Trata de acercarse, sin embargo, Neptune se da la vuelta, por unos momentos la persigue hasta acorralarla contra un árbol. El pequeño juego las hace reír, están solas, los soldados están en las carpas, por lo que los árboles, el cielo nocturno y una que otra ninfa fisgona son los únicos testigos de sus travesuras.

-Mi relación con los dioses es pésima, le debo a Zeus, Apolo no está nada contento conmigo, bueno yo Helios, ya sabes aun no me perdona por lo que hice en su carro, Afrodita me odia, su hija me ama- suspira mirándola a los ojos -Ni hablemos de tu padre, tengo que hacer las cosas como mortal, sin esperar ningún favor de los dioses-.

-Quédate conmigo, en mi palacio- sugiere la joven diosa pasando los brazos por su cuello.

-Amor, yo no respiro bajo el agua-.

-No necesito agua para que pierdas el aliento-.

Uranus sonríe de lado antes de besar aquellos seductores labios, no puede evitarlo, en su destino está escrito con una hermosa caligrafía y en letras doradas que debe morir ahogada en el mar infinito de Neptuno.

Considera adorable que una deidad como ella se rebaje al tacto y sentimiento de una semi diosa, quizá algo las conecta, pero su parte humana no es bien vista por los dioses, para ellos los mortales son ganado, alimento, una noche de pasión, egoístas no les importa destruir vidas ajenas derramando su semilla por doquier, da lo mismo si nace un héroe o un monstruo, el punto es que nunca sea tan fuerte como para amenazarlos. ¿Así que porqué retar a la suerte? Un semidios no es como ellos, no está de su lado, pero es lo único suficientemente fuerte como para hacerles frente, dignos de temer y aún así, es mucho más fácil discriminarlos, repudiarlos, negándose a compartir más que la mitad de tal poder que ya les pertenece por simple derecho de nacimiento ante los excesos de su ambición y lujuria.

Aunque ¿Por qué debería hacerle caso a esa estúpida regla? A costa de su propia vida sabe que nadie lo hace como Neptune, la fuerza del mar misma corre entre sus piernas, con ella no tiene que reprimir su fuerza. Los labios desesperados buscan el constante contacto, no se separan, no necesitan respirar tan frecuentemente; con brutalidad la toma de las caderas, Neptune desliza las piernas por las de su compañera casi como si estuviera flotando en el aire. La experiencia no es parecida a la humana, no hay sudor, ni agitación, la señales de su excitación son mucho más sensoriales, pero sus ojos azules brillando como si apreciara el cielo nocturno en medio del océano le indican a la rubia que va por buen camino.

La textura de su piel también es diferente, es blanca, tersa, sin vello y muy firme, apenas si parece que tiene alguna imperfección, una composición más parecida al más puro mármol tallado por el más experimentado escultor que a la piel humana. No sólo lo percibe al tacto con sus manos que deslizan por la suave superficie de su vientre como si fuera cera, sino que también su lengua confirma esa sensación, en especial cuando la desliza en medio de sus pechos.

A Uranus le encanta verla así, perdida, rendida, pero exigente, con la sangre o lo que sea que corra por sus venas hecha un remolino bajo su piel, turbulenta. Neptune despide un brillo tornasol como el arcoíris incluso bajo la luz de la luna, invisible a ojos humanos, pero no para la rubia que algo similar había visto en Afrodita. No tenía claro porqué el universo colocaba el más alto estándar de feminidad en los bivalvos, la concha nácar, con esa mismas características de pureza nívea y resplandeciente.

-Hazme tuya- exige la diosa con los ojos oscurecidos centellando en deseo.

Al verla así, desnuda, con las piernas abiertas para ella, la guerrera la toma por la cintura cuando…

-¡¿DÓNDE ESTÁ MI HIJA URANUS?!- una profunda voz se escucha desde el cielo, el pánico se aloja en la mirada que segundos antes se entregaba a ella. Respirando profundo la rubia coloca un dedo sobre sus labios esperando que lo entienda ya que no puede indicarle nada porque incluso sus susurros podrían ser escuchados.

-Poseidón ¡Qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí?- sale a mirar las estrellas, dejando a la joven diosa bajo el anonimato del follaje del árbol.

-No juegues conmigo vulgar semi diosa ¿Dónde está mi hija?-.

-Sobraba el insulto- murmura mirando momentáneamente el suelo, sin embargo vuelve a encarar a las estrellas -¿Neptune? No lo sé, seguramente anda por ahí, los dos sabemos que es una joven traviesa pero te juro que en esta ocasión no tengo nada que ver-.

-¡Si volviste a poner tus manos en ella te juro que te destrozaré con todo mi poder!-.

-¿Por qué tanta agresividad? Enserio desconozco su paradero. Estamos en el Reino de Uminus, cerca el monte Parnaso ¿Qué haría tu hija aquí? Yo solo estaba celebrando una victoria con los humanos y salí a orinar, dudo mucho que con eso te haya convocado-

Un chorro de agua cae del cielo mojando completamente a la guerrera.

-Estás advertida- y tras la amenaza así como llega se va.

-Creo que salió bien- voltea al árbol pero ahí no hay nadie, seguramente aprovechó para huir de su padre –Perfecto ¡Me calientas y te vas!- refunfuña masajeando la parte baja de su área abdominal.

Al Alba se reúne con los reyes en la sala del trono.

-Estamos muy complacidos- dice el Rey Uminus –Acabaste con los bárbaros que no dejaban atacarnos, otros semidioses que había contratado solo resolvían el problema temporalmente- el hombre da vueltas alrededor de la guerrera.

-Le di palabra y he cumplido-.

-Claro y nosotros también cumpliremos, te ofrecí 20 costales de oro- explica mientras camina a la mesa del centro del salón abriendo un pequeño cofre -Pero decides cambiarlos por esto- lo abre sacando un pergamino –Una carta de liberación romana sellada por la misma mano de Cesar, fue difícil de conseguir, aunque casi costó lo mismo- le avienta el pergamino para que lo examine.

-Gracias- afirma la rubia después de leerlo –Es justo lo que necesitaba, me retiraré inmediatamente, debo hacer un viaje al norte, rey Uminus, reina Naru-.

-Ha sido un placer- habla la reina -Otros como tú no arreglaban nuestro problema y trataban de tomarme como parte del pago, sin importar si nuestra gente vivía o moría- el rey toma su lugar a su lado asintiendo en acuerdo –Es bueno saber que no todos son iguales, siempre serás bienvenida aquí-

-El placer fue mío- se inclina ligeramente para retirarse.

-Toma- Uminus le arroja una pequeña bolsa con monedas de oro –Conserva el cambio-

Al salir los soldados la saludan, llega a la puerta exterior dónde el capitán de la guardia la detiene.

-Hasta pronto hija de Céfiro, dios del viento del oeste- se despide con un asentimiento de cabeza.

-No lo adornes tanto- pide algo molesta aunque lo acepta y le da una palmada en el hombro -Hasta pronto capitán, cuide esa herida de flecha-

-Lo haré; el rey me pidió que se le entregara un caballo de buena fe para su viaje- hace un gesto y el joven soldado de anoche se acerca con el animal de las riendas.

-Muchas gracias, pero ya me ha dado bastante y no quiero quedarle a deber- ambos soldados levantan sus hombros, no hay nada que hacer, comprenden. El capitán hace una señal para que abran las puertas, Uranus se acuclilla colocando sus manos en el suelo para tomar impulso.

-¿Puedo preguntar a dónde va?-

-Al norte, hasta Farsalia, he estado aquí casi dos meses y voy tarde para algo importante-

-Es muy lejos, si se trata de prisa ¿No es mejor un caballo?-

-Un caballo no es tan rápido como yo- en cuanto las puertas dejan de estorbarle corre con toda su fuerza, antes de que si quiera los guardias parpadeen su silueta ya está en horizonte acompañando al bonito amanecer.

El sol no llega al cenit cuando se detiene en una aldea en el camino, en parte para comprar botas, no suele usar esa velocidad por lo mismo que destroza su calzado, pero está ahí no solo para renovarlo sino para no tener que hacerlo de nuevo. La aldea ha cambiado un poco pero da con la casa del anciano. Antes de entrar en combate le dejó dos caballos a un hombre mayor, no podía confiarle los caballos de un dios a cualquiera así que eligió a la persona más honesta de aquella remota aldea.

-Gracias, espero que sea suficiente- dice entregándole un par de monedas.

-Más que suficiente, la moneda de Uminus tienen gran valor- afirma el anciano, Uranus acaricia a su caballo color chocolate con cariño.

-Viento, te extrañé-

-Son muy buenos caballos, sanos, fuertes, los más veloces que he visto y vaya que comen mucho, pero has pagado su mantenimiento-

Agradecida de nuevo y estrenando botas la rubia parte hacia al centro del continente a Farsalia, asentamiento romano.

Ahora puede llegar en tres noches sin volver a arruinar su calzado.

En el calabozo de la guardia romana de Farsalia, una joven castaña escucha su estómago rugir, han pasado muchas lunas o eso puede deducir del cambio en la iluminación del tragaluz que se encuentra en el techo de su celda. Los quejidos de sus compañeros que han envejecido terriblemente, encerrados ahí, están por volverla loca.

-Si no te callas viejo ¡Apretaré tus cadenas hasta que tengan que cortarte las manos!- amenaza subiendo gradualmente el tono de su voz.

Recuerda que las primeras semanas sentía algo de lastima e intentó por todos los medios mitigar el dolor de aquellos hombres, pero los meses siguieron pasando y los días se volvieron largos, por lo que sus penas se habían vuelto parte de la rutina. Un nuevo rugido atacó su estómago y ahora era ella la que se quejaba, pataleando negándose una vez más a comer el pan mohoso o beber el agua con más vida animal que liquido por las pestes que flotan en ella. Los presos a excepción de los que están encadenados a la pared se arremolinan junto a la puerta, asustados como ratas, porque le temen a la señorita más que a la misma muerte.

La joven mujer detiene su berrinche al percatarse nuevamente de su pútrido olor, con un gesto de repulsión aleja sus manos de su cara ¡¿Por qué tenía que soportar esto?! Sólo había hecho lo correcto ¿La recompensa? su ropa hecha jirones por el desgaste, la humedad que filtra por las paredes encharcando el suelo que también es su cama, ah y por supuesto, la sorpresa extra de que está cubierto de las heces de todos los que están atrapados ahí, se acerca a una pared y lleva sus rodillas a su pecho, escondiendo el rostro en sus rodillas.

Cualquiera que la viera diría que los leves temblores de su cuerpo son producto de sus sollozos, pero la realidad es que no para de maldecir, enterrando las uñas en sus piernas hasta el grado de sangrar, solo un poco más, solo un poco más, se repite.

-Jupiter-

La nombrada levanta la cabeza, viendo a la rubia del otro lado de la reja, decidida se levanta y atraviesa la celda en 7 largas y fuertes zancadas.

-Hija de perra- golpea a la rubia atinando su puño entre las rejas, la semidiosa no tiene oportunidad yendo a dar al piso.

-¿Así me pagas después de que he venido a sacarte de aquí?- se pone rápidamente de pie para encarar a la castaña que agarra los barrotes con furia -¡Jódete hija de Zeus!-

-¡Tardaste un maldito año!- le grita agitándose contra la puerta cual bestia enjaulada, aunque es perfectamente capaz de romper dicha puerta con sus propias manos prefiere no hacer más destrozos que la perjudiquen, así que toma a la rubia por la pechera de su armadura acercándola todo lo que puede –He dormido con la misma ropa apestosa desde entonces, apenas si he comido y ¡No tienes idea de la cantidad de fluidos en los que me he bañado cada vez que la lluvia inundaba esta pocilga!- la mira hacia abajo desenado estrangularla.

-¡Asesinaste a 5 soldados romanos! ¡Pusiste sus cabezas en una lanza que después exhibiste en el centro de Farsalia! ¿Crees que fue fácil conseguir tu liberación? Moví el cielo y la tierra para sacarte de aquí, me perdí en Roma ¡Entiéndeme Jupiter!- tiene miedo pensando que su cuello se romprería como una pequeña rama en sus enormes manos pero no baja la mirada mientras su respiración cual toro en brava choca con su frente.

-Intindimi Jipitir- la suelta arrojándola brutalmente al suelo –Yo solo protegí a una chica de ser abusada por esos "soldados" dejando una clara advertencia a los demás y lo haría de nuevo, pero creí en ti, cumplí mi sentencia como me lo pediste ¿Y tú? Hasta que te aburriste de revolcarte con tus amantes recordaste que tenías un asunto pendiente en el norte- Uranus se pone de pie a una prudente distancia.

-Abra la puerta- ordena la rubia al carcelero que se acerca temblando –Te juro que no he hecho otra cosa en este año que no tuviera que ver con sacarte de aquí- responde con una postura recta descansando sus manos hechas puño en sus caderas.

-Lo único que me detuvo de hacer un hoyo en la pared y salir corriendo fue tu promesa de no vivir los días que me quedan como fugitiva- aunque aparentemente se estaban entiendo con palabras en sus ojos hay cierto fuego ardiendo –Poseidón apreció hace diez noches, me dijo que te escapaste con Neptune y me pidió saber tu paradero- No. No iba salir ilesa de esa conversación.

-Puedo explicarlo- el chirrido de la reja finalmente abierta dio el paso a la furia de la castaña que agacha la cabeza para salir de por la puerta, su iracundo andar hace tronar el cielo.

-Seguro que si-.

Horas más tarde Jupiter se refresca en los baños públicos, está desnuda en la fuente con las otras personas que también se bañan ahí. Uranus sentada en la orilla con el labio partido y el ojo morado solo mira sus pies pensativa.

-Y entonces se desvaneció, lleva probablemente 3 lunas escondiéndose de su padre-

-Comprendo, pásame el agua de rosas por favor- la rubia se voltea tomando la jarra y dejando caer el agua sobre el cabello de su amiga que sonríe complacida, sí, todo lo que necesitaba era un baño –Neptune siempre te ha tratado como su juguete-

-Si ella es mi juguete, te aseguro que es mi favorito- ambas dieron un respingo al ver a Neptune aparecer en la fuente completamente desnuda, sumergida junto a Jupiter –Hija de Zeus, ella es más que eso- ahora mira fijamente a la rubia -¿No alardeas constantemente tener el favor de todas las diosas?- estira un poco sus finos dedos rozando la pierna de Uranus que de repente es muda -¿Vas a negar tu lugar de honor en mi corazón?-

-No quiero interrumpir, pero preferiría no ver su teatro de siempre, es mi momento de relajación-

Uranus sale del trance por lo que retrocede un poco –Es verdad, te traje ropa limpia- le deja el cambio en la orilla y luego acerca ambos caballos para que beban de otra sección de la fuente –Te los encargo- su amiga asiente -Vamos- le pide a la diosa.

-¡Trueno! ¡Te extrañé!- chilla la castaña abrazando la cabeza del caballo azabache.

La aguamarina bufa aburrida apareciendo unos segundos después vestida en sus sedosas telas junto a Uranus que camina dándole la vuelta a la fuente hacia una sección menos concurrida y estrecha.

-Mira hermosa ya hemos hablado de eso muchas veces, no me hagas repetirlo, es cansado-.

-Mi padre sigue mi rastro- le espeta con los brazos cruzados.

-Y si me encuentra junto a ti me va a matar- intenta pasar de ella, pero la aguamarina se recarga en su pecho acorralándola contra la pared.

-Y si me encuentra sola me castigará los próximos 100 años en una celda en el fondo del mar, sin la luz del sol, ni el viento cálido de la costa ¿Es lo que quieres?-

-No ¡¿Pero qué es lo quieres tú?!-.

-¡Enfréntalo! Demuéstrale que eres digna de llevar mi mano- Uranus sonríe con resignación, ojalá tuviera esa fuerza, ojalá fuera inmortal.

-No gracias, quiero vivir- se aleja de ella y la aguamarina comienza a seguirla –Lamento que las relaciones familiares entre los dioses no signifiquen mucho o que se las paseen entre las piernas por su orgullo y lujuria, pero a diferencia de ustedes yo envejezco, tengo los días contados, así que los voy a usar para volver a ver a mis seres queridos que han estado esperándome-.

-¿Estás segura que queda algo de tu antigua vida en Lesbos?- le reclama.

-¡Ni una palabra más! Voy con Jupiter a Termopilas, tomaremos un barco y más te vale no arruinarlo con alguna artimaña o enserio Neptune, esto será un adiós- en un parpadeo la aguamarina ya no está ahí.

Por la noche la rubia no puede dormir siente su corazón dividido, en parte también a la sanción de sus heridas que le provoca cierto ardor en su cara pero es consiente que el momento de ir a casa ha llegado. Tal vez no haya nada, tal vez deba comenzar de cero, sin embargo no va a haber un mejor momento. No más guerras, muerte ni sangre. Ha peleado por mucho tiempo, solo quiere descansar, y si va morir, será en la tierra en la que nació.

Por la mañana aún está indecisa, no quiere dejar de ver a Neptune, la ama a con una locura enferma.

-¿Qué haremos en Lesbos?- le pregunta Jupiter. Ambas montan tranquilamente por el camino de una verde pradera.

-La familia de mi madre se dedicaba a la crianza de caballos, eran los más veloces y muy saludables de toda la isla. Corrí tantas veces junto a ellos por aquellos campos cuando era niña- recuerda con nostalgia –Sin embargo, a mi tío le puede ser muy útil tu fuerza en sus tierras, si es que decides quedarte con nosotros… A menos que tomes otro camino en Termopilas-

-¿Estás loca? Aquí no queda nada, solo nos pagan para matar- sonríe ampliamente –Tengo malos pensamientos respecto al heno dada mi prisión, pero vamos ¿Trigo? ¿El sol? Es un retiro bastante aceptable después de tanto cortar cabezas y condenas que atormentan un pasado oscuro, además ya acepté ir contigo- la rubia coloca una mano en su hombro sonriendo feliz –A dónde vayas yo voy-

Son interrumpidas por los gritos de una familia, que a lo lejos pueden ver está siendo asaltada.

-¡Aunque voy a extrañar salvar traseros!- grita Jupiter desenvainado su espada y galopando a toda velocidad en dirección a los bandidos, siendo seguida por una más animada Uranus, si, ella también iba a extrañar cierto trasero.