Disclaimer: Los personajes de Inuyasha son de Rumiko Takahashi.

Participando en el Mini-reto: 'Mini-reto: De tin marín' del foro ¡Siéntate! :), Inuyasha/Kagome. Modo 'Títere fue'. Prompts: beso con sabor a..., colmillos, drama, soberbia.

¡Ayuda!

Habían pasado seis años después de vencer a Naraku, no había demonio que pudiera derrotarlo. Aquellos débiles seres estaban condenados a la muerte si es que osaban luchar contra él. El único que podría ser un problema era su medio hermano, el cual ya no se interesaba en lo absoluto de tener una pelea que valiera la pena.

Estaba aburrido, él era un guerrero ¿de qué servía tener una espada tan poderosa? Ya ni siquiera tenía la necesidad de utilizar el viento cortante, los pocos demonios que se atrevían a aparecer, sólo lo hacían en pequeños grupos. Todo era monotonía… hasta ese día…

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Miroku se encontraba leyendo los pergaminos que habían llegado de las aldeas aledañas, varios buscaban simples exorcismos, o algún que otro favor que el monje pudiera ofrecerles para crear prosperidad a sus tierras y cosechas, lo cual generaba un valioso ingreso para la numerosa familia del joven.

Una gruesa tela negra le llamó la atención, envolvía un comunicado de un templo al pie de la montaña, era extraño que los buscaran en tan lejanas tierras. Miroku desdobló el pergamino con cuidado y comenzó a leer lo que el texto decía. A medida que su mirada viajaba por los renglones, su ceño se fue arrugando y el corazón comenzó a latirle en agonía.

—Tiene que ser una broma — dijo en voz alta.

Habían pasado años desde la última vez que algo tan horrible ocurría, desde la muerte de toda la familia de Sango… pero ahora no sólo era un clan, eran varios, todos destruidos en un solo pueblo.

Los monjes escondidos en el templo, habían mandado el pergamino junto a uno de los aprendices la mañana siguiente a la tercera noche de catástrofe. Esperaban obtener ayuda de alguno de los templos cercanos a ellos. Fue entonces que una sacerdotisa recomendó al grupo de Inuyasha para poder llevar a cabo esta misión.

Las manos de Miroku temblaban. Tres noches, sólo en tres noches habían muerto decenas de personas. Tres familias, completamente aniquiladas. Y la carta había sido escrita hace una semana. ¿Cuántas personas habrían perdido ya la vida?

Todo se había vuelto tranquilidad para él desde que sus hijos habían nacido, no quería arriesgar a quien era el amor de su vida, mucho menos a sus pequeños… no podía hacerlo, pero tampoco podía dejar solas a estas pobres personas.

Tomó el pergamino y salió de la pequeña cabaña que era ahora su hogar.

—Inuyasha, si puedes oírme necesito que vengas, algo grave sucedió— murmuró el monje en una voz lo suficientemente alta para que el hanyo lo escuchara desde su casa, pero no lo suficiente para alertar a su esposa o a la de él.

Algunos metros a lo lejos, Inuyasha detuvo su caminar junto a Kagome, su ceño se frunció y dirigió su vista hacia dónde lo llamaba su amigo.

—¿Ocurre algo? —preguntó Kagome.

Volviendo la vista a Kagome intentó aligerarse un poco.

—No, es sólo que Miroku quiere verme — le respondió Inuyasha —Voy con él, ¿te molesta regresar sola a nuestra cabaña?

—No para nada, de hecho, voy a ir con la anciana Kaede para preparar la cena junto a Rin y Sango, los esperamos en unos minutos.

—Seguro.

Dejando un suave beso en la frente de su amada, Inuyasha tomó camino para ir junto a su amigo. A medida que se acercaba, podía escuchar cómo el corazón de Miroku estaba acelerado y sus pasos dar vueltas en la habitación en la que se encontraba.

—Muy bien monje, ¿Qué es lo que te trae tan alterado? —preguntó Inuyasha recorriendo la cortina que se encontraba en la entrada.

Sus ojos se posaron en el rostro pálido de Miroku, y en como sujetaba con fuerza un pergamino entre sus manos.

—Está ocurriendo de nuevo— murmuró el monje.

—¿A qué te refieres?

—A las masacres que pasaron cuando Naraku estaba con vida, han muerto decenas de personas en una de las aldeas al pie de la montaña. Varias familias asesinadas… por un miembro de ellas. Es lo mismo que ocurrió con Sango ¿Crees que haya vuelto?

—No. El está muerto.

—Entonces existe un desgraciado parecido a él. Tenemos que eliminarlo— dijo el Miroku con determinación.

A pesar de conocer la naturaleza pervertida del monje, era extraño que él se expresara de esa manera, por lo general era el primero en mantener un semblante pacífico ante cualquier circunstancia.

—Entonces iremos— dijo Inuyasha confiado —Si es como dices y ese maldito se parece a Naraku, será pan comido el derrotarlo ahora. Además, ha pasado un tiempo desde que he tenido una buena pelea.

Inuyasha se levantó una manga y comenzó a calentar su brazo haciendo círculos en el aire. La mirada de Miroku hacia su amigo fue de pura preocupación.

—Ahora tenemos más que perder Inuyasha.

Algo se estrujó dentro del corazón de Inuyasha, y volvió a su semblante serio.

—No tenemos que llevarlas con nosotros.

—No podremos hacerlo sin ellas— dijo contundente —somos un equipo, y necesitamos de los poderes de purificación de la señorita Kagome. Además de las habilidades de lucha y conocimientos sobre demonios de Sango. Las necesitamos Inuyasha, y eso es lo que me aterra.

—Estaremos bien —dijo con confianza Inuyasha, tratando de transmitirle un poco al monje— ¿Cuándo nos iríamos?

—Lo antes posible, según lo que escribieron, cada día podría estar ocurriendo una matanza. Hablaré con Sango en la noche, si es posible, deberíamos partir en la mañana. Rin puede ayudarme con los niños y Kohaku está de visita en estos días, el podrá cuidarlos en nuestra ausencia.

—…Hablaré con Kagome.

Los chicos conversaron por unos minutos planeando lo necesario para el día siguiente, no sabían cuanto tiempo tendrían que estar fuera, pero esperaban no tener que pasar más de una semana en ese lugar.

Acordaron verse al medio día en las afueras de la aldea, para así poder organizar todo lo necesario y poder partir sin ningún problema, pasarían a noche en una aldea cerca para descansar, para de esa manera llegar a la montaña siendo de día.

Cada uno de ellos se dirigió con sus esposas, y les platicaron el asunto. A diferencia de Miroku, Kagome se preocupó mucho más por las personas que podrían estar sufriendo en ese preciso momento, que por ellos. Y Sango tomó su boomerang con determinación y comenzó a preparar todo lo necesario para marcharse lo antes posible.

Miroku estaba preocupado en como tomaría la noticia Sango, pero, en lugar de asustarse, una furia la llenó y decidió ayudar a esas personas. Nadie más pasaría por lo mismo que ella había sufrido.

—¿Toda la familia es eliminada? —preguntó Sango mientras guardaba con cuidado sus cosas en un pequeño morral.

—Así es, los cuerpos fueron encontrados mutilados. Parece que un miembro de cada familia pierde los sentidos y comienzan a atacar al resto. La última noche, antes del amanecer, uno de los monjes iba a bendecir la casa de ese clan, pero se encontró con todos ellos muertos, y al tercero de los hijos ardiendo en llamas frente a sus ojos. Creen que pudo suicidarse de esa manera.

Miroku veía a Sango con cautela, tenía miedo que el pasado tormentoso de la exterminadora pudiera afectarle con respecto a este problema.

—¿Estás bien?

—Si—respondió Sango —Hay que deshacernos del bastardo que esté causando esto. Eso me traerá paz.

Sango terminó de empacar sus cosas, se acercó a su marido con delicadeza, acarició su mejilla con cuidado y lo besó con delicadeza.

—Todo estará bien— le dijo con ternura.

Por otro lado, Kagome comprobaba cada una de sus flechas, llevaría todas las que pudiera transportar en su caraj, rezaba por no tener que necesitarlas.

—Estaremos aquí más pronto de lo que crees— dijo Inuyasha —Si vamos todos juntos, esto será demasiado sencillo.

—Me alegro que pienses así— dijo Kagome con una sonrisa —Esas pobres personas necesitan de nosotros, no podemos dejarlos esperando.

Kagome observó a Inuyasha y una pequeña sensación de angustia la llenó. Creyó que de ahora en adelante llevaría una vida pacifica junto a su amado y sus seres queridos. Pero se olvidó de que en el mundo había demasiados peligros. Seguramente existían demonios aún más poderosos que Naraku en alguna parte del mundo, pero deben de ser tan fuertes que los consideran unos simples insectos, cómo antes lo hacía Sesshomaru.

—Creo que está todo listo para mañana, deberíamos irnos a dormir, tenemos que tener todas las fuerzas para combatir el día de mañana.

Kagome cambió sus ropas de sacerdotisa por un pequeño yukata blanco que utilizaba para dormir en esta época. Extendió con delicadeza su futón y se recostó con una sensación de inquietud en el pecho.

Inuyasha se desojó de la parte superior de sus ropas y se recostó junto a su amada, abrazándola desde la espalda. Podía sentir las pulsaciones de su corazón acelerado y quiso calmarla de esta manera. ¿Por qué todos estaban tan preocupados?

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El día siguiente salieron antes de lo planeado. Gracias a que Kohaku se encontraba en la aldea en esos días, pudieron viajar Sango y Miroku junto a Kirara, mientras tanto Inuyasha llevaba a Kagome en su espalda.

Fue a medio día cuando pudieron llegar a una de las aldeas cercanas al destino final, y no al anochecer cómo lo habían planeado con antelación. Se detendrían un momento en ese lugar para descansar del viaje y llegarían antes del anochecer al pie de la montaña.

Aquellas tierras de cultivo estaban casi desiertas, y solamente se veían algún que otro aldeano recogiendo las cosechas.

Cuando los jóvenes pasaron junto a ellos, los ojos curiosos comenzaron a mirarlos, pero no hacían nada para acercarse a ellos. Poco a poco se fueron adentrando a la pequeña ciudadela que se hacían en el centro de la aldea y buscaron algún lugar para poder comer y recuperar energías. Pero todos los lugares parecían desiertos.

—¡Hey chicos! —escucharon una voz llamarlos desde el cielo.

Un gran globito rosa flotaba sobre ellos y le gritaba al grupo con emoción.

—¿Shippo? —preguntó Kagome estirando sus brazos para recibir al pequeño kitsune entre ellos.

El globo reventó y Shippo, quien ya tenía 12 años, cayó en los brazos de Kagome, haciendo que casi perdiera el equilibrio, pero Inuyasha la sostuvo por su espalda.

—Creí que estabas en el bosque entrenando— le dijo Miroku al zorrito, quien ya estaba casi de la altura de Rin cuando se quedó en la aldea.

—Estaba en ello, pero me encontré con unas personas que estaban invadiendo los bosques, escuché que estaban escapando de un monstruo por esta dirección. Estaba volando por los alrededores para averiguar más, hasta que los vi por aquí. ¿Qué hacen aquí chicos?

—¿Y pensabas luchar por ti mismo contra una gran bestia? ¿En qué estabas pensando enano? —le preguntó Inuyasha a Shippo, mientras lo tomaba de su ropa quitándolo de las manos de Kagome

—¡Oh por Dios! ¡Shippo! ¿Eso es…? —exclamó Sango mientras veía la espalda del niño que era sostenido por Inuyasha.

—¡Yo podría con cualquier monstruo! —dijo Shippo orgulloso —¡Me acaba de crecer mi segunda colita! Muestra de mi grandioso poder.

Todo el grupo veía atentos como las dos colitas se balanceaban con orgullo en el niño que aún estaba siendo levantado por os aires desde su ropaje.

—¿Y crees que ya con eso es suficiente? —se burló Inuyasha del pequeño, a pesar que en el interior estaba muy orgulloso de él.

Es bien sabido que cada vez que los demonios zorros obtienen sabiduría y poder les crece una cola, esto hasta llegar a tener nueve. Ni siquiera el padre del pequeño niño había logrado alcanzar ese nivel de poder.

—¡Tu solo suéltame grandísimo idiota y verás la tunda que te daré! — exclamaba el pequeño tratando de soltarse de Inuyasha.

Todos reían ante esto hasta que un grito sonó desde una de las cabañas a las afueras del pueblo.

Inmediatamente los chicos tomaron sus puestos y comenzaron a correr en aquella dirección, en dónde se escuchaban los gritos y suplicas de una joven.

—¡Por favor, créanme, algo me controló, no fui yo quien lo hizo, jamás… jamás sería capaz…

Cuando llegaron a dónde la multitud se encontraba, un grupo de hombres tenía rodeada un pequeño cuarto de madera. Los gritos se escuchaban desde el interior y las personas no permitían dejar escapar a la pobre mujer que gritaba.

—¡Saquen a la bruja!

—¡Es un monstruo!

—Llegaste cubierta de sangre, ¿Cómo esperas que te creamos?

—¿A cuántos mataste?, maldita mujer

Eran los gritos de los hombres que se escuchaban por montón.

—¡No por favor! ¡No! —se escuchó un grito con desesperación y voz quebrada.

Los vítores se escucharon entre la gente y los chicos se prepararon para actuar ante la situación que se presentaba frente a ellos.

—¿Qué es lo que ocurre aquí? —exclamó molesto Inuyasha.

Los hombres giraron a verlo, pero ante el reconocimiento de los chicos sólo suspiraron de alivio.

—¡Que bien que llegaron! —exclamó uno de ellos —Intentamos hacer que la bestia que atormentó a la aldea Koi kiri pague por lo que ocasionó.

—¿Está el monstruo dentro de esa cabaña? —preguntó Miroku con voz tranquila —Por que lo que a mi me parece es que están torturando a una joven dama.

—No es lo que cree su excelencia. Esa criatura llegó antes del amanecer y se escondió dentro de ese lugar. Mató al dueño de la casa y por poco atrapa también a su hijo menor. El jefe de la aldea es quien está en la entrada, discutiendo con la criatura.

Inuyasha y Miroku lo observaban atónitos. En ese pueblo ya los conocían por los distintos trabajos que habían realizado los jóvenes, por lo cual se extrañaron que el jefe del lugar, quien los había recibido tantas veces con buen agrado ahora esté lastimando a alguien que fuera inocente. Jamás había visto de mala manera a los demonios, como Inuyasha o Kirara, por lo cual no sería un caso de racismo contra ellos.

—Quédense un momento aquí— les dijo Inuyasha a las chicas, mientras con un movimiento de cabeza le indico a Miroku que lo acompañara a la entrada de aquella pequeña cabaña.

Esquivando a las personas que se interponían en la entrada, lograron llegar hasta el hombre que se encontraba sentado en el marco de la entrada, su pierna doblada se interponía a que nadie de los de afuera quisiera sacar a la joven, así como también impedía que ella saliera.

Hideo, el jefe de la aldea, había heredado el puesto desde muy joven. Era un rōnin quien había estado en contra de lo que su amo le había mandado. Pero a pesar de ser considerado una deshonra para los de su clan, ganó el favor de la aldea que había salvado al haberse negado a seguir las órdenes. Siendo un líder y un gran guerrero, ahora los protegía de cualquier amenaza que pudiera presentarse en el lugar. Y todos lo respetaban a pesar de sus orígenes.

—¿Qué ocurre jefe Hideo? — preguntó Miroku al llegar al umbral de la puerta en la que se encontraba el hombre. La barba canosa ahora rodeaba la mandíbula del mismo, dándole un aire más tosco a la última vez que se vieron. Igualmente, su semblante cansado demostraba que no había pegado el ojo en toda la noche.

—Monje, ¿recibieron la carta de la sacerdotisa? —preguntó Hideo sin apartar la vista de la esquina de la cabaña, aquel pequeño rincón se mantenía oscuro a diferencia del resto de la habitación.

Miroku sintió un escalofrío ante la presencia que se escondía en aquella oscuridad. Giró la vista para ver a su amigo, quien se tapaba la nariz con la tela de su manga, frunciendo el ceño se extrañó ante lo que sus ojos presenciaban.

Había un cuerpo justo en la entrada, la carne comenzaba a descomponerse, a pesar de llevar unas cuantas horas sin vida, pero algo le extrañó aún más.

—No huele a sangre— exclamó Inuyasha antes que Miroku pudiera responder a la pregunta de Hideo.

—Está seco—respondió el jefe —Esa criatura lo drenó por completo.

Inuyasha podía ver unos ojos rojos observándolo desde la oscuridad. Aquella joven se encontraba rezagada en el pequeño espacio y respiraba con dificultad.

—Por favor, yo no hice nada, no era yo. ¡Tienen que creerme! —gritó la joven al ver a los chicos llegar. Tal vez ellos podrían ayudarla de aquellos que la querían muerta.

—¿Pueden encargarse de ella? —preguntó Hideo.

Pero entonces entre la revuelta de la gente, el hijo mayor del hombre que se encontraba muerto comenzó a romper una de las paredes de la deteriorada cabaña. Junto a otros cuatro amigos atacaban con hachas la desgastada madera y comenzaban a abrir un hueco en la esquina en la que se encontraba la criatura.

—¿Qué demonios?... —preguntó Hideo cuando escuchó el primer golpe contra la madera.

Se levantó de inmediato y rodeo junto con Inuyasha la estructura para detener a los jóvenes que gritaban improperios a la joven que se escondía dentro del lugar.

—¡Maldita seas! —exclamó el muchacho mientras daba una patada a la madera rota.

—¡No! ¡Detente por favor! —se escuchaban los gritos desgarradores de la joven que estaba dentro de la cabaña —¡El sol! ¡No por favor!

Inuyasha y Hideo detuvieron a los hombres que destruían la cabaña. Pero era demasiado tarde, aquella patada que el joven había dado a la pared, hizo que un gran hueco se abriera y el sol le diera de lleno a la muchacha que gritaba dentro del lugar.

Inuyasha, quien sujetaba a dos de los jóvenes, observó como la chica de ojos rojos los miraba aterrada. Las lagrimas corrían por sus mejillas. Poco a poco, mientras la luz del sol tocaba su cuerpo, pequeñas cenizas ardientes comenzaron a desprenderse de ella. Su cabello comenzó a arder como llamas, y en un parpadeo todo su cuerpo se consumió en fuego.

—¿Qué demonios fue eso? —grito el joven que era sujetado por el jefe.

—¿Habían visto algo así? —preguntó Hideo a Inuyasha, quien aún miraba perplejo la escena.

—Nunca.

Quiero que disfruten de mis historias como yo lo hago con muchas de las de ustedes. Dejen sus sugerencias en sus comentarios.

Muchas gracias.