[Los personajes no me pertenecen, sino a la mismísima Rumiko Takahashi. Yo solo usé sus personajes y, "su universo"; para poder hacer realidad lo que pasaba por mi mentecilla loca, jaja. Hago esto sin fines de lucro. Esta historia es de mi absoluta autoría.]

. . .

Capítulo 20.

Tomó la peineta que había traído, amarrando su cabello, manteniéndolo sujeto gracias a ese adorno que le había regalado su madre en otra ocasión especial. Pasó sus manos por la fina tela de su kimono, tratando de presentarlo lo más liso posible, ajustando un poco el obi. Se dio un vistazo rápido, mirando la parte trasera y viceversa, asegurándose de que todo estaba en su lugar.

Respiró tranquila, al mismo tiempo que cerraba sus ojos, abriéndolos a penas unos centímetros cuando hubo soltado el suspiro que venía cargando con ella, mirando al frente de ella sin mirar un punto en específico.

¡Inuyasha, espera!

Le quiso gritar al chico, pero de su garganta no salió ningún otro sonido, más que de su respiración, quedando ahí... Sola en el bosque con aquel ramo de flores que le había obsequiado su compañero, empezando a sentir una picazón en su nariz, a causa de las ganas de llorar, pero no lo comprendía.

¿Por qué le había afectado tanto?

¿Por qué tenía ganas de llorar?

No lo sabía. La situación no era más que un simple rechazo, era algo normal después de todo, pero aún así le había dolido en sobremanera ver la expresión de Inuyasha en su rostro.

Tal vez eso era...

El motivo por el que se sentía dolida, era solo por haber lastimado los sentimientos... De su amigo.

Nunca creyó que ella fuera capaz de lastimarlo de esa manera y no lo comprendía. ¿Por qué tuvo que pasar esto? Todo estaba bien, habían derrotado a Naraku, sus amigos se iban a casar, se había graduado de la secundaria y fue aceptada en la preparatoria que tanto había querido.

¿Por qué tuvo que ponerse tan enredoso?

Esto sería difícil de sobrellevar, pero estaría dispuesta en actuar como si no hubiera pasado nada importante frente a sus amigos. Aunque conociendo al albino, él pondría distancia entre ellos dos por lo bochornoso de este suceso y los demás no tardarían en sospechar algo que ocurrió en la noche. Lo que menos quería es que sus amigos supieran esto. Inuyasha se vería humillado y él no lo toleraría, causando un gran alboroto.

—Señorita Kagome, ya casi es hora— se apareció una aldeana en la cabaña.

—Sí, enseguida voy.

. . .

Miroku estaba vestido ya con el traje típico para esa ocasión, aguardando el momento para salir de la cabaña, un poco ansioso.

—Excelencia— lo llamó un hombre, entrando en los aposentos del monje.

—¿Sí, qué ocurre?

—Estamos listos.

Al escuchar eso, el monje inhaló aire, manteniendo la compostura, aclarando su garganta para responder a lo dicho por el aldeano.

—De acuerdo, vamos.

. . .

Sango venía caminando a paso lento con Kagome y otras aldeanas en dirección a las escaleras para hacer la ceremonia en el templo de la aldea. Kagome se mantenía a su lado, sonriéndole ligeramente con orgullo, sintiendo la alegría apoderarse de su ser, queriendo llorar de emoción.

—No llores, Sango— le susurró su amiga en un tono divertido —Arruinarás el maquillaje.

—Lo siento, es que estoy muy feliz.

Kagome agrandó su sonrisa. Dejó de prestarle atención a su amiga, para dirigir sus ojos castaños en su hermano menor y en su hombro se encontraba su fiel amiga de toda la infancia, ronroneando. Kohaku le sonrió ameno, y ella le devolvió la sonrisa con los ojos cristalinos. Unos pasos más y su mirar se concentró en la figura masculina que estaba al pie de las grandes escaleras, vestido de gala mirándola muy fijamente sonriendo con calma. Su respiración comenzó a agitarse, sintiendo sus piernas levemente temblar, diciéndose mentalmente que debía calmarse y seguir hasta llegar a su lado.

Pero verlo ahí, tan seguro y manteniendo la mirada solo en ella con esa sonrisa... La ponía extremadamente nerviosa, coloreando sus mejillas.

Dentro de unos minutos, serán marido y mujer.

. . .

Inuyasha se mantenía de brazos cruzados, no prestándole atención al sermón de la anciana con respecto al matrimonio y todo lo que conllevaba. Su vista se concentró en los futuros esposos, calmando un poco su semblante al verlos sonrientes sin apartar la vista del otro, soltando un leve suspiro. Pero sin quererlo y evitarlo, sus dorados luceros se posaron en la joven azabache que estaba sentada en la fila de enfrente apreciando el momento de sus compañeros de viaje, muy sonriente y entusiasmada.

Ella estaba sonriendo, ella estaba feliz por sus amigos, ella estaba tranquila. Ella estaba como si nada hubiera pasado.

¿A caso no le había importado nada? ¿Había decidido olvidarlo? ¿Qué no era algo relevante?

Gruñó levemente, frunciendo el ceño muy disgustado. El que ella hubiera preferido ocultarlo, le había dado un golpe en su orgullo y en su sentir. Se sentía dolido por su insuficiencia, pero pensándolo bien... Era lo mejor.

Después de todo, él no era nadie...

. . .

Los aldeanos festejaron en grande, aplaudiendo y felicitando a los recién casados, abrazándolos y deseándoles lo mejor en su matrimonio y que prosperen.

Un grupo de hombres habían traído consigo unos tarros llenos de sake para hacer más animada la fiesta, sirviéndose y gritando: Kampai, entre carcajadas y aplausos.

Shippo junto con un grupo de niños habían recolectado pétalos de flores para lanzarlos a los novios y una vez lanzados todos, se dispusieron a jugar, persiguiéndose unos a otros.

Kagome estaba conversando con unas jovencitas, cuando la anciana Kaede hizo presencia en su círculo de conversación, dándole paso a la sacerdotisa.

—Kagome...

—Sí, dígame— la miró, otorgándole toda su atención.

—Me temo que tendré que pedirte un favor.

—Claro.

—Las dejamos un momento— se despidieron las chicas, dejándolas conversar.

—Al parecer se presentó una situación— comenzó a decirle la anciana.

—¿Qué clase de situación?— se interesó, preocupando su semblante.

—Me llegaron noticias de que una persona está endemoniada— informó con un poco de angustia —Su gente ha resultado lastimada, por más que intentan mantenerlo bajo control, el señor los agrede.

—Suena serio...— reconoció ante el relato de Kaede.

—¿Crees que puedas ir en su ayuda?— la miró —No hay problema si dices que no puedes...

—No, no— la tranquilizó —Yo puedo hacerme cargo de ese asunto.

—¿Estás dispuesta?

—Totalmente, es hora de poner en práctica todo lo que usted me ha enseñado, anciana Kaede— le sonrió tratable.

—De acuerdo— sentenció —¿Irás con Inuyasha?

La mención del hanyô la tensó, no pasando desapercibida para la madura sacerdotisa, extrañándola ante su actitud.

—Sí, por supuesto.

—¿Y dónde está?

—No lo sé— fingió buscarlo con la mirada —Por ahora tengo que preparar todo para el viaje.

—Te ayudo, vamos.

. . .

Kagome se cambió deprisa, metiendo su cabeza en el agujero de su camisa, al igual que en las mangas de su uniforme, sacando su cabello de la ropa, casi lista para partir, tomando su equipaje caminado por el piso de madera aún en calcetas.

—¿Ya está todo listo?— escuchó detrás de ella, cuando se encontraba en el deber de ponerse sus zapatos.

Kagome se giró hacia la anciana, mirando por unos segundos al chico que mantenía una actitud algo reservada, pasando saliva evitando verlo.

—Sí, ya está listo. Me despedí de Sango y Miroku.

—Necesitarás esto— le entregó algo envuelto —Ya sabrás en su momento dónde usarlo.

—Se lo agradezco Kaede— lo metió en su mochila.

—Bueno, ya es hora. Vayan.

Inuyasha fue el primero en salir de la cabaña sin decir palabra alguna, manteniendo un poco de distancia con la azabache. Kaede miró a la chica algo confundida, pero ésta eludió su mirada saliendo del lugar.

—Regresaremos pronto.

—Lamento si no pudiste convivir un poco más, Kagome.

—No se preocupe, de todos modos es algo serio.

—Bueno, cuídense muchachos.

—¡Keh!— rodó los ojos el chico.

—Así lo haremos Kaede.

La anciana los despidió juntando un poco sus cejas, viendo a la chica caminar detrás del joven, sin cruzar palabra alguna que hasta podría jurar que estaban más distanciados. Puede que no los había visto por estar organizando todo, pero lo poco que había presenciado bastaba para sospechar.

¿Había ocurrido algo?

. . .

Inuyasha siguió corriendo entre el suave césped con la chica en su espalda, dando largos saltos apresurando el paso para cumplir con la tarea que le habían asignado a la chica.

Solo habían hecho una parada el día de ayer, y eso fue para poder dormir y descansar bien. Y cuando amaneció para dar paso a otro día en el Sengoku, hicieron otro par paradas para ingerir alimentos e hidratarse, sin seguir hablándose, mas al momento de ser necesario.

Ya en la noche del segundo día, se detuvieron para poder dormitar e Inuyasha había prendido ya la fogata. Todavía no tenía hambre, pero al menos era para no batallar después. Aunque lo dudaba, ya que con las cosas que traía la azabache de su mundo, no era complicado hacer una fogata o siquiera conseguir comida.

—Inuyasha...— escuchó detrás de él, levantando un poco la cabeza afinando sus orejas, sin mirar a la chica —Voy a refrescarme.

—Házlo— simplificó un poco mordaz.

Kagome suspiró en silencio, llevando consigo una toalla y las cosas para asear su cuerpo, y por supuesto la pijama que usaría para dormir. Hoy era una noche calurosa, y no era de extrañarse estando ya en verano. Caminó unos pasos hasta llegar al riachuelo que había notado desde que comenzaron a vagar por el bosque para poder situar su campamento.

Se quitó su pañuelo rojo, seguido de su blusa y sus zapatos acompañados de sus calcetas, quedando solo con su sujetador y su falda. Una vez adentro del agua con solo su una toalla envuelta, dejó la prenda sobre una roca para empezar a enjabonar su cuerpo, exhalando de pura relajación.

Mientras tanto Inuyasha estaba en su típica posición, contemplando en silencio la fogata, escuchando la leña crujir por la consumación de éstos por el fuego ardiente.

De un momento a otro, sus orejas detectaron algo. Algo sobrenatural acercarse, poniéndose de pie y llevando instintivamente su mano a su espada para desenvainarla y encargarse de aquella infeliz criatura, sintiendo pena si es que quería hacer el intento de atentar contra él y la chica.

Como lo había previsto, una criatura salió de entre el oscuro bosque, atacando al albino. Inuyasha saltó con rapidez, esquivando todo ataque sorpresa que había intentado el enemigo, queriendo herirlo por detrás, mas no hubo podido hacerlo.

Kagome, que estaba enjuagando su cara, detectó una presencia maligna en donde se encontraba su compañero, alertándola. Quiso vestirse, pero no tendría tiempo, solo llegó a ponerse la toalla, tomando consigo el arco. Kaede le había ordenado siempre traer a la mano su arma, ya que el enemigo siempre atentaría tarde o temprano con ellos y no sé había equivocado en ordenarle que lo hiciera.

. . .

Inuyasha fue lanzado contra un árbol con fuerza, dejándolo un poco débil pero seguiría luchando. En eso, una flecha se incrustó en el cuerpo asqueroso de aquel demonio, robando su atención para ver a aquella exquisita mujer.

Lo que no había esperado, es que esa mujer tuviera semejante poder, destruyéndolo con una sola flecha que se había clavado en su cabeza, desintegrándolo por completo, no quedando ni su esqueleto para así evitar que se regenere como extrañamente lo hacían otras criaturas..

Inuyasha contempló con asombro como Kagome tenía ya lista la flecha, cerrando los ojos un momento ante el resplandor que hizo la flecha al momento de purificar el cuerpo de ese engendro, para volver a verla luego de que aquella luz algo cegadora terminara.

—Cielos, ¿es que no puedo tomarme un baño?— habló en voz alta la chica, girando su rostro y caminar —¿Te encuentras bien?

Inuyasha anduvo solo dos pasos, deteniéndose al ver el estado en que se encontraba Kagome. Llevaba una toalla muy pequeña, y la razón para considerarla de esa manera, era hasta donde era capaz de cubrir el cuerpo de la chica, dejando ver un poco la línea que formaban sus pechos y más arriba de sus piernas, pudiendo ver casi un poco más de sus muslos.

—Sí, estoy bien— ladeó su mirada a otro lado, sonrojado ante esa visión.

Kagome no pudo notar el sonrojo en las mejillas del muchacho, porque aquella fogata había sido destruida en medio de la pelea, sujetando con una mano la toalla que llevaba con ella, volviendo al agua.

El chico retribuyó la fogata, esperando a la chica en silencio. La joven se apareció luego de unos instantes, sacando de su mochila su saco de dormir, acomodándolo. Cenaron en silencio, algo inquietante para la chica, pues estaba casi por perder la cordura y gritarle que dejaran está ley del hielo, mas ella se había contenido hasta que ya era hora de cerrar los ojos y dormir, al menos para ella, su compañero tenía la obligación de vigilar su sueño.

Ya dentro de su saco, estaba haciendo el intento de dormir, acomodándose de lado preguntándose:

¿Hasta cuándo terminará esto?

No lo sabía. Ella quiso que las cosas estuvieran bien, olvidando todo lo que pasó, pero Inuyasha no pensaba igual que ella. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? Esto la estaba desesperando. Ya no soportaba sentir esta incomodidad por el hecho de que Inuyasha estuviera de orgulloso. Tenían que hablar, eso era más que seguro.

¿Pero cómo iniciar si él a penas y le dirigía la mirada?

"Dios, ¿por qué tuvo que ponerse complicado?"

. . .

Ambos jóvenes habían llegado a la aldea, preguntando a los civiles por el endemoniado de la aldea. Unos hombres los condujeron a la mansión del pueblo, explicándoles la situación y dejando ver el miedo y la angustia que tenían por el jefe de la aldea.

—Ya lleva varios días así, hemos intentado de todo pero nada resulta.

—Estamos muy asustados, sacerdotisa— le tembló la voz al hombre de mediana edad.

—Tranquilos, haré lo que pueda— sosegó su desazón la chica.

Kagome acompañada de Inuyasha y el personal del jefe, se encargaron de hacer lo necesario para librar al hombre de las garras malignas del enemigo. Kagome les había pedido que lo sujetaran con fuerza, haciendo una oración en voz alta.

Tenía miedo, sí. Era la primera vez que haría una cosa así, pero tenía que mantener la calma, no debía dejarse llevar por el miedo tanto del demonio, como el miedo de fracasar.

Finalmente acercó sus manos en la frente del sujeto, quien gritó al sentir su toque, cayendo de rodillas mientras que aquel espíritu maligno salía del cuerpo del hombre, mostrando su verdadera forma.

—¡Kagome!

Ella asintió, sacando un pergamino, lanzándolo hacia el espíritu, contemplando el electrochoque le provocaba ese trozo de papel al demonio.

El exorcismo había terminado, dejando al hombre descansar ante aquellas emociones fuertes que había sufrido en el proceso, mientras las personas se encargaban de atenderlo.

. . .

—Oh, sacerdotisa... No sabe cuán agradecidos estamos con usted— exclamó llorosa una mujer, considerando que se trataba de su esposa —Estábamos muy preocupados por mi señor, pero gracias a usted, ahora él ya no es más esclavo de aquel demonio que lo atormentaba día y noche.

—Un placer ayudarlos, me da gusto que haya sido capaz de liberarlo de ese martirio— le dijo Kagome, en medio de la caminata.

—Estoy feliz, por fin mi señor volverá a la normalidad— se limpió una lágrima —Llegué a pensar que tal vez él... Ya no podía volver.

—No diga eso, hay que tener confianza en que siempre hay salvación para todos.

—Sí, gracias— se detuvieron en una cabaña algo apartada de la aldea —Por favor, pasen la noche aquí. Sé que no es un gran lujo pero...

—Descuide, así está bien— inclinó su cabeza hacia la mujer —Agradezco mucho su acogimiento para con nosotros.

—De acuerdo, sacerdotisa. Muchas gracias, que pasen buena noche.

—Igualmente, gracias.

. . .

Cenaron un rico estofado que les habían convidado la gente de la aldea, en agradecimiento por lo que habían hecho esa tarde. Habiendo terminado, Kagome lavó los platos con agua que le había pedido cordialmente a Inuyasha traer, dejándolos secar.

Concedieron un tiempo después de comer, a medida de cuidar su cuerpo estando en silencio. Inuyasha seguida con la mirada muy fija en la fogata que alumbraba cada rincón de la cabaña sin hacer ningún ruido.

Kagome tomó aire, mirando por unos nanosegundos a su compañero.

"Esto es horrible..."

Sus delgadas cejas bajaron, dándole una expresión algo enfadada. Estaba decidida en acabar con esta situación, ya no era viable el esquivar todo este asunto solo por un... Beso frustrado.

Sintió un estremecimiento en su cuerpo ante lo que esté a por hacer, pero estaba más que segura en hacerlo, comenzando a respirar un poco más rápido. Cerró los ojos un momento, volviendo a concéntralos en el albino.

—Inuyasha— se felicitó mentalmente por haber usado un tono de voz normal.

Inuyasha solo dirigió aquellos iris dorados hacia la chica, sin mover un solo músculo y sin articular palabra, poniendo más nerviosa a la chica, pero tenía que mantener el control.

—Inuyasha, por favor... Háblame— pidió la chica, suavizando su gesto —Quiero que las cosas vuelvan a ser como antes, no quiero esto por favor— se sorprendió cuando el chico se puso de pie, dando un leve brinco deshaciendo el contacto visual caminando a la salida —¿A dónde vas?

—Afuera.

Esa respuesta quebró su paciencia, apretando los dientes y achicando los ojos para luego gritar ese conjuro que hacía entender escasamente a su compañero. El collar brilló, llevando al chico de cara al suelo, lanzado un quejido quedando unos momentos quieto. Kagome se levantó de donde estaba, acercándose al muchacho escuchándolo gruñir.

—¡¿Por qué lo hiciste Kagome?!— le gritó enojado.

—Porque quiero hablar contigo.

—¡¿No puedes dejarme en paz?!

—Hemos estado sin hablar por mucho tiempo.

—¿Y eso qué?

—Que ya no lo soporto— Inuyasha ladeó su cabeza incrédulo —Y esta no es la manera.

—¿Y entonces por qué me mandaste al suelo?— le reprochó con los dientes juntos.

—Porque no me diste otra opción, ¿de qué otra manera te detendría?— lo enfrentó —Mira. Lo que pasó...

—Olvídalo...— la interrumpió.

—Sí, yo quise olvidarlo, pero tu actitud no me lo permitió— le confesó, captando la atención del muchacho —Quise olvidarlo y no dejar que afectara entre nosotros, pero pusiste distancia y todo cambió.

Inuyasha siguió sin verla, apretando los puños que estaban cubiertos por sus grandes mangas rojas. Kagome tragó saliva, dando unos pasos hacia él, temerosa de que se alejara de ella, pero volvería a usar el conjuro de ser necesario.

—Inuyasha, por favor...— inclinó su cabeza mirándolo de perfil —Dejemos eso atrás y... Volvamos a como era antes. Quiero estar bien contigo, sin incomodidades.

El chico bajó sus ojos, considerando lo dicho por la chica. Él también quería volver a como era antes, había sufrido cuando decidió alejarse de ella por esa estupidez que había cometido. Había extrañado ver su rostro de cerca, así como estaban ahora.

Kagome lo miró preocupada sin todavía intercambiar miradas. Se acercó más a él, tomándolo de la muñeca haciendo que fijara su vista en ella. La chica le sonrió, bajando despacio su mano, hasta ser capaz de tomar la del muchacho.

Inuyasha abrió los ojos al ser abrazado por la chica, manteniendo el aire en sus pulmones paralizado. Kagome suspiró de gran alivio, al ser bien recibida por el chico, sin que él la apartara.

—Te extrañé...— le susurró.

Inuyasha parpadeó volviendo en sí, soltando la mano que estaba entrelazada con la suya, para abrazar su cintura inclinando su cabeza hacia el hombro de la chica.

Kagome ejerció un poco más de fuerza en el abrazo, al sentirlo más cerca de ella, feliz de que Inuyasha hubiera aceptado.

—Nunca más vuelvas a ignorarme.

. . .

Se despidieron de la gente de la aldea, recibiendo buenos deseos en su regreso a casa. Caminaron sobre aquella vereda más tranquilos después de haber hecho las pases esa noche, haciendo una breve plática.

Que gusto volver a la normalidad.

Pero sus planes de volver a la aldea fueron frustrados cuando llegaron a una villa que había sufrido un ataque, observando las casas destruidas, habiendo sangre de animales y humanos en el suelo. Probablemente había sido obra de un monstruo.

—¿Qué fue lo que pasó?

—Un demonio, sacerdotisa.

—Nos atacó en la mañana, a penas y logramos escapar.

—¿Cómo era?— preguntó Kagome.

—Es un ogro— le respondió Inuyasha, gracias a su olfato luego de explorar el lugar —Al parecer desapareció, porque ya no detecto su repugnante olor.

—Entiendo...

—Su tamaño era extraño, no era normal— ante esa información, Inuyasha y Kagome intercambiaron miradas pensando lo mismo:

Esa criatura tenía en su poder un fragmento de la perla.

. . .

Un día les había tomado en atender a los aldeanos, tomando la difícil decisión de seguir el rastro de esa criatura por el bien de la gente. Si lo dejaban seguir vagando, causaría demasiadas catástrofes, acabando con la vida de los humanos.

Solo hicieron las paradas necesarias, para alimentarse y recoger alguna que otra fruta o verdura para así hacer que dure un poco más la comida que había empaquetado la chica. No podían depender solo de las sopas instantáneas y frituras.

Kagome paseaba por debajo de unos árboles con frutos de color rojo en sus ramas, recolectando comida suficiente. Dio unos cuantos saltos para tomar entre sus manos aquellas frutas, faltándole solo una.

Flexionó sus piernas para tomar impulso, despegando del suelo estirando su brazo al máximo, pero no había tenido éxito en llevarse esa fruta. Dio otros saltos más, cansándose de tanto repetir y repetir, estresándola.

—¡Vendrás conmigo y te voy a comer!— le gritó a la fruta, como si ésta fuera capaz de escucharla.

Saltó de nueva cuenta, fallando otra vez expulsando un suspiro de resignación.

—¿Ya terminaste?— le preguntó su compañero.

—Pues yo creo que sí— miró para arriba, fastidiada.

—¿Por qué lo dices?— sonrió leve.

—No pude alcanzar esa— señaló con el dedo.

Inuyasha miró donde había señalado la chica, incrédulo. Se acercó a donde estaba la chica, haciendo que ella se hiciera a un lado, dando un gran salto, sobrepasando incluso la distancia donde estaba la fruta, arrancándola del árbol con facilidad.

Inuyasha dio un paso hacia ella, dirigiendo su mano hacia la chica, dejando caer la fruta en las manos que había puesto la azabache.

—Listo— se cruzó de brazos, mirándola. Kagome le sonrió amable.

—Gracias— siseó la chica, volviendo a retomar su camino.

Al menos las cosas estaban yendo mucho mejor...

. . .

(Miércoles 02/06/2021)

N/A: Hola, hola personitas. Sé que me he demorado por muuucho tiempo en actualizar, pero como saben... Cada persona atiene sus propias responsabilidades y es difícil no querer descansar después de tantas labores. El cuerpo tiene un límite y yo ya lo había alcanzado. Además que ha habido apagones por... Me imagino, los calores potentes. Aunque no m e quejo, tengo mis trozos de cartón pa' echarme aire, es lo bueno de conservar trozos de cartón para hacer cosas que quiero, pero que no hago por floja. XD

La otra razón fue, porque salí a visitar familia y me quedé a dormir. Fue bonito, se respira el amor en ese hogar.

Pero lo que les quiero decir, es que mañana igualmente voy a subir otro capítulo. Se los debo, porque la otra semana no actualicé nada y pues... Me puse a escribir y a escribir para no "endeudarme" con las responsabilidades que tengo. Sí, es cansado para mí el hacer lo que tengo que hacer, descansar un tiempo y esperar que la inspiración me llegue para poder seguir mi fic. Yo tengo la meta de terminarlo y no dejarlo inconcluso, ese es mi plan, pero no depende de mí, y esa la verdad...

Y ya para terminar, les agradezco que sigan leyendo a pesar de que me demoro. Porque no soy taaan mala como para... Tardarme ¿qué? ¿Un mes? ¿Un año? Y créanme que yo estoy esperando la actualización de cierto fic, que no ha sido actualizado desde hace ya BASTANTE tiempo. Espero que la autora se encuentre bien, es difícil no preocuparse por todo lo que está pasando en el mundo, ¿no lo creen? ¡Pero no hay que pensar de esa forma y orar para que ella se encuentre bien y que le llegue la musa para seguir adelante con el fic! Porque definitivamente no soy la única que la espera...

Y eso seria todo, esperemos que lleguemos bien para el día de mañana. Y disculpen si hay un dedazo... Créanme que me da un estrés cuando leo el cap' ya publicado y noto un dedazo. Dios, ¡¿por qué no puedo hacerlo bien?! :v

Bueno ya. Me despido de ustedes, ¡gracias!

Se los agradece:

Manzanita.