[Los personajes no me pertenecen, sino a la mismísima Rumiko Takahashi. Yo solo usé sus personajes y, "su universo"; para poder hacer realidad lo que pasaba por mi mentecilla loca, jaja. Hago esto sin fines de lucro. Esta historia es de mi absoluta autoría.]

. . .

Capítulo 23.

Miroku estaba en su reconfortante hogar, en compañía de su esposa quien se encargaba de servirle un poco de la comida que había preparado especialmente para su excelencia, teniendo un momento de convivencia marital. Después de terminar, inesperadamente apareció uno de sus compañeros de viaje en su estancia con un semblante de lo más serio.

—Inuyasha...— nombró aturdida la castaña, por singular porte —¿Qué ocurrió?

—Necesito hablar con Miroku— no quiso dar detalles en cuanto lo que pasó con la chica, ignorando la pregunta de su compañera.

El monje no reaccionó ante la solicitud que le había pedido el albino, levantándose calmadamente de donde estaba, tomando su báculo. Afirmó a lo que había le había pedido su amigo, despidiéndose de su esposa posando su mano en su hombro, diciéndole que regresaría. Sango asintió deseándole suerte, viéndolo salir de la cabaña.

Esperaba que todo estuviera bien, aunque si Inuyasha había regresado por su cuenta eso solo significaba que el asunto no había quedado resuelto. Estaba muy preocupada por su amiga, desde hace mucho tiempo ha estado actuando muy extraño con Inuyasha. Era más distante, ya no le daba la importancia que antes le daba, ¿qué podría haber sucedido?

. . .

—¿Entonces eso fue lo que pasó?— preguntó el monje, queriendo dejar en claro lo que le había dicho su amigo.

Inuyasha solo evitó verlo, sintiéndose algo incómodo por lo que le había confesado al monje. No había tenido otra opción, Myôga a pesar de que ya sabía lo que había hecho, no le tenía la suficiente confianza como para comentarle su incertidumbre ante todo esto sin que comenzara la pulga a aprovecharse eso, poniéndolo nervioso y molestarlo con respecto al apareamiento.

Tenía que consultarlo con alguien que más o menos tuviera experiencia con esto, y al único que conocía era Miroku. Sabía que él trataría de hacerlo comprender las cosas que no podía hacerlo solo y así llegar a una conclusión para tomar la mejor decisión.

El monje suspiró colocando su mano en su mentón, en un perfil pensativo, dejándole ver a Inuyasha sus conclusiones.

—Así que el problema es que la señorita Kagome te evita pero no sabes por qué, ¿o me equivoco?— Inuyasha solo resopló un poco enojado, pero asiente. Miroku suspiró.

—Bueno Inuyasha... Cuando una señorita se arrepiente puede ser por muchas razones, pero conociéndola, no puedo imaginar una exacta, puede que ella se sienta avergonzada, tal vez no te odia, pero tampoco debes ilusionarte. Otra cuestión sería que cada vez que te ve, recuerde lo ocurrido y se sienta avergonzada por ello y la haga sentirse fatal.

El chico comenzó a desesperarse ante las ideas que le estaba dando Miroku, hostigándolo más, hasta que lo escuchó decirle algo que nunca había teniendo en cuenta, asustándolo.

—¿Qué?— preguntó con terror ante la última posibilidad. Miroku tragó saliva, volviendo a repetir lo que dijo.

—Tal vez ella se sienta usada— repitió el monje usando un tono de voz normal para no inquietar a su compañero —¿Qué ocurrió después del acto? ¿Durmieron juntos? ¿Te le declaraste? ¿Cómo le dijiste que la querías?— comenzó a cuestionarlo —Porque lo hiciste... ¿cierto Inuyasha?

El chico tragó duro ante aquella pregunta, volteando a otro lado negando suavemente. Miroku volvió a suspirar, prosiguiendo con su hablar evitando reprocharle al albino.

—Probablemente esa sea la razón de su enojo, se siente como objeto de una sola noche, tal vez este enojada consigo misma porque se ha de considerar una...— Miroku no tuvo que mencionar lo que quería, sabiendo que Inuyasha lo comprendería —Y eso le ha de afectar en su autoestima, y tal vez le molesta. Y sumándole con lo que dijo el anciano Myôga, es como si tu cariño fuera forzado, ya que no lo escuchó de tu boca antes...

Inuyasha sintió un sentir dentro de él, cortándole por breves minutos la respiración ante lo que había dicho Miroku. ¿Por eso ella estaba actuando así? ¿Por qué ella pensaba que...?

—Debiste hacerlo a tiempo Inuyasha, mucho antes de que sus pensamientos la absorbieran y pensara todo eso de ella y de ti.

. . .

La casa estaba en completa oscuridad, ya que no había ni una sola luz prendida a pesar de que ésta era habitada por un integrante de esa familia. Dicha persona se había encerrado en su cuarto desde el momento en que ingresó a su hogar. No había siquiera preparado la cena, para que así su estómago no la estuviera molestando, exigiéndole algo de comer.

Estaba sola y en un profundo silencio sumida en su cama y en sus pensamientos con las lágrimas en su rostro que no habían dejado de salir desde que cruzó el pozo.

No estaba en las mejores condiciones esa noche, estaba tan desconsolada por todo lo que había sucedido con su compañero, quedando muy afectada.

Lo que había hecho fue un error, eso nadie lo iba a sacar de su mente. Era y es un error muy grande. ¿Cómo había podido ser capaz de hacer aquello? Y lo que es peor, ¿con su compañero de viajes? Con el que había compartido tantas cosas, tantos momentos increíbles, momentos felices y momentos tristes.

Se sentía una aprovechada, algo en ella la hacía sentir fatal. Su conciencia la estaba corrompiendo, haciéndola verse como una... Una...

Más lágrimas salieron de ella, apretando con fuerza la almohada que estaba en su pecho, reprimiendo un grito que quería ser liberado en aquel preciso momento.

Pasaron un par de minutos, hasta que por fin pudo controlar un poco su sentir, comenzando a limpiar los restos de lágrimas en su rostro, aspirando por la nariz.

Escuchó un ruido provenir de afuera de su ventana, levantando un poco su cabeza para ver a la persona que ya se imaginaba quién era. Inuyasha entró despacio en la habitación de la chica, siendo asaltado por el olor a las lágrimas de la chica rondando por todo su cuarto, comenzando a sentirse culpable por ser el responsable de que la azabache se encontrara llorando a mares.

Como si no tuviera con las demás veces.

—Kagome...

—¿Qué haces aquí?— preguntó con debilidad en su voz.

Inuyasha se adentró solo un poco en la habitación de la chica, sin responder a su pregunta con la cabeza baja sin saber cómo comenzar, decidiendo ser directo.

—Tenías razón— simplificó, confundiendo a la chica por unos instantes al no saber a qué se refería —Todo esto fue un error— Kagome parpadeó, sentándose en su cama para verlo mejor —Nunca debí... Hacer lo que hice. No lo merezco.

La azabache frunció el seño sin saber por qué decía aquello. Sí había sido incorrecto lo que hicieron, pero no era para él pensara que no lo mereciera. No tenía sentido lo que decía.

—¿Qué quieres decir?

—Soy un hanyô— recordó amargamente. Con Kagome a su lado siempre se le pasaba ese detalle, pero ella tenía la culpa por tratarlo como a un igual, como una persona completamente normal que hacía que se olvidara de lo que realmente era en realidad. Un ser errante, un ser sin propósito.

Un bastardo.

—¿Y qué tiene eso que ver?— se molestó.

—Tú sabes por qué— por fin la miró —Tú eres una humana, una... Especie de sacerdotisa, casi una figura sangrada.

—¿Y eso qué? Sabes que nunca me ha importado la sangre que tengas.

—Aún así yo te he irrespetado— dijo con culpabilidad —Te he hecho algo indecente, yo te he...

—Basta— lo detuvo poniéndose de pie, en un semblante amargo —El cómo me siento no tiene absolutamente nada que ver con que seas un híbrido, porque lo que hicimos pasó cuando eras humano. Hubiera sido lo mismo.

—¿Qué significa eso?— quiso saber sin quitar su semblante molesto.

—Que hubiera pasado lo mismo, eres apuesto Inuyasha. Cualquier chica estaría encantada contigo— Inuyasha arqueó una ceja incrédulo, mientras que Kagome le aclaró las cosas, dándose cuenta de su error —Tal vez no en tu época, pero en la mía sí. Créeme que matarían por ti, tu personalidad es atrayente. Con solo quedarse viendo tus ojos se enamorarían perdidamente de ti.

—Pues contigo no funciona— sinceró mordaz el chico sin importarle ya lo que eso dejara ver.

Kagome no esperó aquello, haciendo que su corazón comenzara a latir desbocado. ¿A caso insinuó...? No, tal vez no había pensado las palabras y lo dijo solo porque sí.

Y con ese pensamiento volvió a retomar la compostura.

—El punto es... Que no tienes porque sentirte mal por ser un híbrido, eso no es lo que me afecta.

—¿Entonces qué demonios es?

—Es solo...— se exasperó.

—¿Sientes que te usé a caso?— la interrumpió.

—No, yo solo...— él siguió dándole las opciones.

—¿Que lo hice nada más para satisfacerme?

—¡No!— le gritó, comenzando a almacenar su ira para dejarla salir en el momento en que ya no pudiera más.

—¿Que no lo hice amándote?

—¡No! ¡Yo...!— detuvo sus palabras, pero sin cerrar su boca ante lo que al parecer habían oído sus orejas.

¿Había dicho qué...?

—¿Piensas que lo hice no sintiendo nada por ti?

Listo. Por fin lo había dicho, por fin salía a la luz lo que llevaba tanto tiempo ocultando por ella. El hecho de que se había enamorado y de que la razón por lo que lo había hecho, era porque estaba seguro de que Kagome era la mujer con quien quería pasar el resto de sus días.

—¿Qué?

El albino, miró su escritorio posando sus ojos en el espejo de la chica observando su rostro de perfil, continuando con lo que quería decirle.

—Si te dije hace un momento que me perdones, fue porque ya no soportaba tu actitud, no porque en verdad me arrepienta— cerró sus ojos, prosiguiendo —Lo dije solo para que dejaras de evitarme. Prefiero que me regañes, que me grites, que me digas una y otra vez el conjuro pero...— clavó su mirada ambarina en la achocolatada que todavía no daba crédito a sus palabras —Por favor, no vuelvas a ignorarme.

Kagome sintió picazón en su nariz, formándose en su garganta aquel nudo cuando estaba reprimiéndose las ganas de llorar. Lo había estado lastimando, fue toda una insensible con él, se había portado muy mal e Inuyasha no tenía la culpa de todo. Bueno, en parte sí. Ya que ahora sabía que él tenía sentimientos por ella.

¿Y qué sentía ella por él?

Ambos se abrazaron consolándose el uno al otro, calmando las cosas con ayuda de ese gesto reconfortante sin mencionar palabra alguna.

Esa noche habían decidido hablar con claridad. Escucharse y dejar a un lado las acusaciones, junto con las excusas. No era momento para ponerse a la defensiva.

. . .

Meses después...

Los alumnos de aquella escuela salían para volver a sus hogares en compañía de sus amigos o de forma solitaria. En el caso de nuestra protagonista, iba con su cortejo de amigas que luego de comer un par de esas suculentas hamburguesas, volvió a la estación del tren para volver a su casa donde la estaba esperando su familia.

Dejó sonar un aviso de que ya había llegado de la escuela, escuchada por su madre, su hermano y abuelo. Comieron una excelente degustación por parte de la mujer, mientras conversaban del cómo les había ido en la escuela y escuchar los relatos que les contaba el abuelo.

Todos hacían sus deberes correspondientes en la casa. El abuelo que atendía a la gente que visitaba el templo, la señora Higurashi que estaba tendiendo la ropa y los hermanos estaban haciendo las tareas que les habían encargado sus maestros, siendo el menor en terminar con sus deberes para después jugar ese videojuego.

—¡Qué horror! Dentro de poco tendré mi examen de matemáticas y física ¡y aún no entiendo nada!— gritó preocupada la chica con las manos en su cabeza dejando de lado el libro de física.

—No te preocupes Kagome, ¡tengo la solución para tu problema!— apareció su abuelo, mientras le mostraba un llavero del templo —¡Esto te ayudará para que pases! Se ha dicho que está perla de Shikon garantiza cualquier deseo.

—¿Otro llavero?— entrecerró sus ojos mirando a su abuelo.

—No, no, no. Este no es un simple llavero, déjame contarte su origen— aclaró su garganta listo para contar la historia —Verás, dentro de esta perla los demonios...

"No, ya he tenido más que suficiente con eso del otro lado. Además tengo mucho en qué trabajar como para ponerme a escuchar al abuelo y sus historias..."

Por el estado pensativo en que estaba su mente, no fue capaz de escuchar lo que divulgaba su abuelo acerca de ese llavero, hasta que prestó atención a algo que le llamó mucho la atención.

—... Y se dice que la persona que obtuvo la perla de Shikon pidió el correcto y único deseo. Y fue purificada y desvanecida de este mundo— aquello último sorprendió a la chica, quien no pudo evitar preguntar.

—¿Y cuál fue el deseo correcto?

—Eso no fue dicho...— se cruzó de brazos el anciano —Tú nunca me escuchas.

—Pero abuelo, esa historia no tiene nada que ver con mis exámenes...— resaltó la chica, haciendo sudar frío al abuelo.

—Eso no...

Kagome suspiró con cansancio.

. . .

Un viernes por la tarde, Kagome ya estaba lista para volver a la época feudal y regresar con sus amigos a fin de que había finalizado sus exámenes, rogando porque si los pasara con una calificación más que regular. Su familia se despidió de ella, deseándole suerte y que la iban a esperar, viendo a la joven saltar dentro del pozo seguido del rutinario resplandor.

Kagome alzó su mirada notando que ya la estaban esperando, sujetando aquella mano para así salir del pozo, quedando sobre la madera sonriéndole a Inuyasha.

—Hola.

—Hola— saludó el chico curvando sus labios, mirando a la chica aterrizar en el césped —Kaede te espera.

—Me imagino— asintió, llevando su mano debajo de su cuello.

Inuyasha cargó a la chica en su espalda dirigiéndose de forma presurosa a la cabaña de Kaede donde esperaban a la chica para hablar del asunto que tenían.

Llegaron sin tanta prisa a la cabaña, ingresando en ella despacio observando a la anciana beber un poco de té.

—Hola Kaede— saludó la chica.

—Hola Kagome, ¿qué tal?— la sacerdotisa le convidó un poco de lo que estaba ingiriendo, comenzado con lo que iba a decirle —Bueno Kagome, imagino que debes hacerte una idea del por qué te mandé a llamar.

—Sí— sacó la perla de Shikon que llevaba colgada en su cuello. Por fin volvía a tener aquella perla completa.

—Inuyasha— Kaede miró seriamente al chico —Déjanos a solas, por favor.

El albino frunció el seño, intercambiando miradas con la chica, sospechando del momento. Kagome le tomó del brazo, regalándole una sonrisa despreocupada.

—Descuida— lo reconfortó.

Inuyasha salió no muy convencido de la cabaña, para dirigirse a la cabaña de sus demás compañeros dejando a la anciana y a la chica conversar. Esperaron unos minutos, hasta que Kaede carraspeó para proseguir con la chica.

—Desde la primera vez que se te dio la custodia de la perla, sabrás que es una gran responsabilidad.

—Por supuesto.

—No es una tarea muy sencilla...— la sacerdotisa habló más para ella que por la azabache al rememorar los sucesos que había pasado su querida hermana mayor, causándole un gran pesar en ese tiempo —Si los demonios se llegasen a enterar de que la perla de Shikon ha sido completada, será el comienzo de una nueva guerra.

Kagome no mencionó palabra alguna, aceptando las palabras de Kaede. Ese momento tarde o temprano tendría que llegar, no podían mantener el secreto por mucho tiempo. Los monstruos no se detendrían hasta dar con el paradero de la perla, y si eso llegara a pasar... Los pondría a todos en peligro.

—Tendremos que hacer algo...— susurró con pesar la chica.

—La única manera en que evitaríamos desgracias, es que la perla desapareciera de este mundo.

—¿Cómo?

—Purificándola— mencionó la anciana.

—¿Y cómo lograríamos eso?

—Me temo que no lo sabría— suspiró —Mi hermana Kikyô quiso hacer el intento de purificar la perla con ayuda de Inuyasha.

"¿Qué?"

Quiso decir, pero no lo había mencionado, preguntando otra cosa.

—¿Usted cree que habría funcionado?— Kaede bajó su mirada.

—Mi hermana solo quería una vida normal, ser como el resto de las jóvenes. Vivir como una mujer normal.

Kagome cerró los ojos, calmando las ganas de llorar ante el recuerdo de la sacerdotisa protegiéndola del enemigo. Jamás iba a olvidar lo que Kikyô había hecho por ella.

—De verdad lo siento...

—Kagome, es importante que averigüemos la manera de hacer que la perla dejara de existir. Antes de que algo malo suceda— comentó preocupada, al no querer repetir la historia, esta vez con Kagome —Tenemos que deshacernos de ella pronto, aunque eso significaría mucho.

—Lo sé...— suspiró —Y si dejara de existir... Yo ya no tendría nada que hacer en este mundo, volvería a mi vida normal.

"Y ya nunca volveré a ver a mis amigos..."

La anciana asintió triste, permitiendo que la chica tuviera su momento de reflexionar las cosas. Sería un tremendo alivio para todos cuando la perla desapareciera, pero no todo sería bueno, ya que sabía que los demás estarían abatidos por la partida de la azabache, en especial cierto hanyô.

. . .

Subió las excesivas gradas del templo a un paso calmado, llevando consigo un ramo de flores entre sus manos. Logró ver lo que quería gracias a la luz de la luna, llegando hasta aquella tumba en donde yacía una estructura de madera con unas flores moradas creciendo a su alrededor.

Dejó las flores cerca de la arquitectura, mientras el viento nocturno movía con elegancia aquellas flores de campanilla, escuchando el sonido de las hojas de los árboles moverse, contemplando con sus orbes chocolate en silencio.

—Yo... No sé cómo empezar, tengo tantas cosas que decirte. Pero quisiera al menos agradecerte por lo que hiciste por mí— tragó duro —Sé que con la que conviví todo este tiempo, no eras tú en realidad... Pero tu bondad, tu valentía, tu espíritu guerrero seguía ahí.

Inuyasha se mantuvo oculto entre los árboles, escuchando todas las palabras que la azabache le dirigía a la tumba de Kikyô, del cómo le agradecía, que le impresionaba su fortaleza, que la admiraba...

Puede que lo que hacía no estaba bien desde un punto de vista. Pero es que cuando la escuchó salir de la cabaña e irse casi a las afueras de la aldea, no pudo ir en contra de sus instintos siguiendo sus pasos.

—Todos te respetaban, salvaste la vida de muchos— se deslizó una lágrima por su mejilla —Ojalá hubiera podido ayudarte aquella vez pero... Eso hubiera sido muy egoísta de mi parte. Tú ya no tenías que soportar tanto sufrimiento, tú ya no tenías que luchar. Tú no tenías porque volver a sufrir lo mismo...

Los minutos habían pasado, hasta que decidió marcharse, una vez más agradeciéndole por todo, con la esperanza de que Kikyô por fin estaba descansando en paz. Se sentó en una de las gradas contemplado la luna por unos minutos, maravillada ante aquel cielo pintado de objetos celestiales como lo eran aquellas esferas de luz, pasando un destello de lo que parecía haber sido una estrella fugaz.

"El deseo correcto..."

Kikyô quería ser una mujer normal para así dejar de luchar, pero la perla no había concedido su deseo cayendo en una conclusión: que la perla de Shikon no concedía los verdaderos deseos de aquellos que la habían tenido en su poder.

El único y verdadero deseo...

—Solo hay uno...— susurró pensativa.

¿Cuál podría ser?

No pensó más, al sentir algo reposar en sus hombros cubriendo su espalda y brazos volteando a ver detrás de ella. Inuyasha tomó asiento junto a ella.

—No deberías estar aquí, hace frío.

—Necesitaba pensar...— se abrigó con la chaqueta roja del chico.

—¿En qué?

—Kaede dice que... Tengo que purificar la perla, pero no sabemos cómo lo haríamos— encogió más las piernas —Además de que mi abuelo me dio una clave.

—¿Clave?— se puso de pie igual que la chica.

—Hay un deseo correcto, un único deseo que garantiza la destrucción de la perla de este mundo. Si lo hago, se terminarán las masacres por la joya. Además de que evitaré ser... Atacada por miles y miles de demonios, incluyendo a humanos que tengan sed de poder.

—Jamás permitiría que te hicieran daño— la miró —Yo me encargaré de protegerte.

Kagome sonrió muy agradecida por lo que había dicho el muchacho, tomando el atrevimiento de acercarse a él para depositar un suave beso en su mejilla, sorprendiendo al albino con ese gesto, para después abrazarlo. Sintió un remover en su cuerpo masculino, no quedando satisfecho con ese simple beso, separándose de ella un poco, rozando su mejilla con la de ella, quedando muy cerca de su rostro.

La miró directamente a los ojos, sin ser consiente de que sus pupilas se encontraban dilatadas ante la visión que tenía frente a él, bajando la vista hacia sus labios. Tomó impulso para poder capturarlos con los suyos, siendo controlado por ese deseo que se hacía cada vez mayor cuando la tenía tan cerca de él para besarla.

Kagome no había retrocedido, pero fue testigo de que al principio lo había besado con una pizca de duda, pero después ella misma se acercó más a él. Inuyasha rodeó su cintura acercándola más a su cuerpo, aprovechando el momento en que la chica abrió un poco sus labios ante el acercamiento que había generado su abrazo, introduciendo su lengua en la cavidad femenina.

El olor de la chica había sido uno de los principales causantes que le había provocado querer besarla. Había extrañado demasiado el sentir sus labios, el sentirla cerca de él, el de acariciar su lengua con la suya, sentirla envuelta entre sus brazos.

Ambos estaban volviendo a experimentar aquellas sensaciones que se dieron en la caverna, recordando vagamente lo que habían hecho, produciendo en ellos más que un simple beso. Gruñó al darse cuenta de lo que quería, pero se separó de ella de forma brusca cuando la había escuchado gemir al embestirla de forma suave contra él, sintiendo un poco de miedo al casi perder el control de sus actos. Ambos tenían el pulso acelerado, generando que sus cuerpos estaban en un estado caliente y sensible, con las respiraciones muy agitadas, y sus rostros muy sonrojados.

Kagome se sorprendió cuando notó aquellas manchas púrpura en sus mejillas, opacándose despacio cuando concentró su mirada en ella.

—Lo siento, yo...— miró a otro lado.

—Tranquilo, yo también me dejé llevar— apretó sus labios, acercándose a él despacio —¿Estás bien?

Inuyasha inhaló profundo, cerrando sus ojos enojado consigo mismo. Esto estaba mal, cada vez era más fuerte el deseo de querer estar cerca de ella, de tenerla y eso no podía seguir así.

—No.

—¿Por qué?

—No quiero hablar de eso.

—Es por... ¿Lo que pasó?— supo que su deducción había sido acertada, gracias a su silencio —Inuyasha, no voy a mentirte, yo también quería que lo hicieras.

El chico quedó atónito ante lo que había dicho la joven. ¿Ella también quería? Pero tal vez se refería al beso y no a lo que quería su cuerpo.

—¿Qué?

—Yo... Creí que podría olvidar lo que pasó, pero no he podido. Recuerdo solo un poco, pero con eso tengo más que suficiente como para... Ehm...

Inuyasha la vio juntar sus manos para calmar su nerviosismo, sabiendo perfectamente a qué se refería.

—Lo mismo me pasa a mí— reconoció en un susurro.

—Yo creo que deberíamos hablar con Myôga, tal vez él podría... Aconsejarnos, ya que él sabe de esto.

Inuyasha pasó saliva, angustiado.

—Sabes qué significa eso, ¿verdad?

—Claro.

. . .

Kagome empacaba todo lo que iba necesitar en el viaje, procurando acomodar las cosas correctamente en su mochila para hacer más espacio. Estaba muy nerviosa, era un tema que la ponía en un estado inquieto. Se lamentaba haber puesto oídos sordos durante la clase de sexualidad en la preparatoria por la vergüenza que había sentido ya que ella había tenido un encuentro de ese tipo y lo que menos quería era tener que volver a recordarlo.

—Hola Kagome— escuchó a sus espaldas la voz de su amiga.

—Ah, hola chicos.

—¿Cómo se encuentra?— preguntó el monje.

—Muy bien, solo estoy empacando algunas cosas.

—¿Van a salir?

—Sí, dicen que hay un monstruo que está haciendo de las suyas— dijo cerrando su mochila. Inuyasha apareció en ese instante, no saludando a sus compañeros.

—¿Ya terminaste?

—Sí, ya estoy lista— se colocó la mochila en sus hombros.

—¿Cuándo volverán?— preguntó el monje a su amigo.

—No lo sé, cuatro o cinco días máximo.

—Depende mucho de la zonas— agregó la chica.

—Está bien, cuídense mucho.

. . .

Salieron en su búsqueda, viajando al rededor de dos días, deteniéndose en una aldea cuando estaba siendo atacada por una criatura, encargándose de la criatura muy fácilmente.

Al menos ya no sentía culpa de haberles mentido a sus amigos, pues se había cumplido esa mentira.

La gente le ofreció hospedaje a los turistas, dándoles asilo en una cabaña abandonada. Mientras Inuyasha había salido a cazar la comida, ella estaba acomodando las cosas para hacer la cena, decidiendo preparar un poco de ramen para acompañar. Sacó aquel contenido, buscando las botellas de agua encontrándolas ya sin agua, saliendo de la cabaña para ir por un poco de líquido.

—Disculpe...— se dirigió hacia un aldeano.

—Dígame, señorita ¿Qué se le ofrece.

—¿Dónde podría conseguir agua?

—Ah, sígame— ella obedeció, llevando sus botellas vacías mientras que el aldeano le hacía plática en lo que la llevaba al pozo —Fue sorprendente como se encargó de ese demonio, señorita.

—Muchas gracias— sonrió algo forzada.

—Es una mujer admirable...— sacó la cubeta del pozo, dejándola en la estructura de madera mientras la chica vaciaba el agua en las botellas.

—Que amable de su parte.

—¿Quiere que la acompañe hasta la cabaña?— se ofreció el hombre con una sonrisa. Kagome estaba por responderle, pero se detuvo al escucharlo.

—Eso será necesario— Inuyasha hizo presencia, interponiéndose entre ambos muy molesto por la situación —Así que lárgate y no vuelvas a acercarte a ella.

El aldeano temió por su vida al ver aquellas brasas doradas con un semblante aterrador, alejándose tambaleante. Kagome miró airada a Inuyasha por su actitud con el aldeano que no había hecho más que ofrecerle su ayuda.

—Oye, no tenías porque ser tan grosero con el muchacho— lo reprendió —Él solo se ofreció a ayudarme a acarrear agua.

—Él tenía otras intenciones, Kagome.

—¿De qué estás hablando?

—Vámonos ya— dijo como ultimátum, con la sangre ardiendo por sus venas. Eso lo había cabreado, ese estúpido había mirado a Kagome de una manera que lo había puesto celoso, activando su lado posesivo.

. . .

Volvieron a retomar su camino, no sin antes de que la gente de la aldea se despidieran de ellos, agradeciéndoles por lo que habían hecho por ellos. Siguió corriendo a toda prisa, dando largos saltos por sobre todo el lugar, hasta que fue capaz de reconocer el lugar, estando cerca de donde querían llegar.

Lograron llegar al sitio que habían establecido, caminando por aquel suelo volcánico con unas cuantas grietas de color entre anaranjado y un tono negro por la lava, flotando en el aire el olor a azufre. Bajó a la chica de su espalda, ambos mirándose fijamente, empezando a caminar, hasta que Kagome se detuvo.

—¿Por qué te detienes?

—Me preocupa lo que dijo Myôga— susurró insegura —Sobre mi... Olor.

—Él no dirá nada, sino quiere morir— Kagome ladeó sus labios incrédula. Esas palabras no eran las adecuadas ahora.

Inuyasha siguió caminando con Kagome detrás de él, llegando al pie de la "casa" del herrero, escuchando más de cerca el sonido que hacía su herramienta cuando golpeaba el metal para darle forma.

—¡Oye! ¡Totosai!— gritó el chico acercándose.

El anciano paró su trabajo de forjar una espada, para recibir a sus invitados que Myôga había predicho que llegarían y al parecer había acertado.

—Ah, Inuyasha. ¿Buscas a Myôga?

—Sí, necesito hablar con él.

—¿Por fin se decidió amo?— se escuchó la voz del anciano, asomándose para que lograran verlo.

—¡Keh!— fue lo único que dijo, cruzando sus brazos.

Kagome que había estado callada desde el momento en que se acercó al lugar, tuvo contacto visual con la de los ojos saltones del herrero, evitando verlo cuando la miró más a detalle poniéndola incomoda. Inuyasha notó aquello, mirando fulminante al anciano, colándose frente a la chica.

—¿Qué tanto la ves, anciano?— le gruñó altivo.

—Tranquilo, muchacho. No hay necesidad de que te pongas celoso, sé perfectamente que ella ya es tu compañera— le hizo saber con total naturalidad.

Inuyasha quedó cohibido ante las palabras de Totosai, poniendo su rostro de color rojo al igual que la muchacha, quien sujetaba con fuerza las mangas largas de su compañero muy nerviosa por esta situación.

No pudo hacer nada contra aquello, restándole importancia aún con las mejillas teñidas de color, tomando la mano de la chica para marcharse de la presencia de Totosai y poder hablar con Myôga de una buena vez.

. . .

Ya estado los tres en un lugar apartado, Myôga empezó con el asunto de los compañeros y de las responsabilidades que tenía una vez que llevara acabo aquel ritual de apareamiento, poniendo muy nerviosos a la pareja ante las cosas que decía la pulga.

—¿Era un hanyô cuando ocurrió?— preguntó.

—¿Qué tiene que ver eso?

—Tiene mucho que ver amo, como en su sangre corre la de un Daiyôkai, usted tiene el deber de marcar a Kagome y así comprobar la unión.

—¿Marcar? ¿Inuyasha me tiene que marcar?— preguntó sin creer aquello.

—Esa marca la tiene que hacer al momento del acto, por eso me extraña que no la tenga.

—Era un humano— confesó tímido.

—Oh...— eso sí que sorprendió a la pulga —Entonces tendrán que hacerlo de nuevo.

—¡¿Qué?!— espetaron los dos, asustados.

—La marca es de gran importancia, amo. El tenerla es una clara señal de que ustedes son compañeros.

—¿Entonces era una mentira eso de que mi olor...?— acusó la chica a la pulga.

—No, no. No me malentienda. El olor está presente en usted, no es tan fuerte, porque mi amo era humano. Además, el que ambos tengan el aroma del otro es algo normal en el apareamiento. Incluso entre humanos es distinguible, porque tienen contacto cuerpo a cuerpo. Sería ilógico que no tendrían el olor del otro después de haberse apareado, ¿no cree?

Kagome tragó saliva. Bueno eso en eso tenía razón, el tener contacto y más si era íntimo le aseguraba que tendría el olor de Inuyasha impregnado en cada parte de su cuerpo. Dio un respingo ante esos recuerdos que se le pasaron por su mente, volviendo a calmarse.

—Con esto, ¿hay un cambio o algo así?

—Sí, es algo normal que sientan necesidad por el otro, es parte de la época de celo que comenzarán a experimentar.

—¿Cómo dijo?— preguntó la chica asustada.

—Ambos empezarán a sentir aquella necesidad por el otro, pero por lo que veo lo están reprimiendo.

—¿Y es malo?

—Bueno, en parte sí. Es algo que tiene que ver con su sangre, amo.

—¿Mi sangre?

—¿Qué pasa con eso?— se interesó la chica por la expresión del anciano.

—Si sigue reprimiendo esa necesidad, puede que su sangre yôkai actúe por su cuenta. Y probablemente tenga consecuencias— comentó con seriedad la pulga —Esto se los digo a los dos a modo de prevención. De ustedes depende de todo lo demás.

. . .

Habían estado caminando desde que habían terminado de hablar con la pulga, queriendo pensar en todo lo que les había dicho el anciano mientras caminaban por el bosque. Inuyasha era el más inquieto en todo y ambos lo sabían.

Pararon cuando ya se estaba haciendo de noche, preparando la fogata entre ambos. Kagome hirvió el agua, vertiéndola en el embace desechable de ella y el de su compañero.

—Gracias— tomó el recipiente comenzando a comer.

—De nada.

Cuando terminaron de cenar, descansaron un poco quedando en silencio. Kagome preparó todo para poder dormir, no sin antes dirigirse hacia el muchacho, sentándose a su lado.

—Inuyasha, no te preocupes por el momento. Encontraremos la manera de resolverlo.

—No quiero lastimarte...

—No lo harás, nunca me has lastimado— se acercó a él, dejando caer su cabeza en su hombro —Todo estará bien.

Inuyasha suspiró aún preocupado, abrazando a la chica. Después de unos minutos, el albino le dijo que debía descansar a lo que ella asintió tallando sus ojos con sus puños, siendo acompañada.

Inuyasha la observó dormir sonriendo por unos instantes, volviendo a pensar. Tenía que hacer algo con respecto al deseo que sentía por ella, ¿pero cómo? Ya no era una opción el ignorarlo y controlarse, sino quería que el demonio que habitaba muy en lo profundo de su ser tomara posesión de su cuerpo y su mente. Era mucho el riesgo que tenían, pero no podían simplemente hacerlo por mantener bajo control al demonio. Eso era un pretexto sumamente estúpido, además Kagome jamás lo permitirá con ese objetivo.

. . .

(Lunes 21/06/2021)

N/A: A cabo de darle un nuevo significado a ese "mañana". :v Bueno, aquí está el capítulo. Disculpen si hay un error ortográfico. Esto se me está complicando demasiado, entre mis deberes y esto le estoy dando muchas vueltas y tengo que volver a leer todo para no perder el enfoque de todo esto. Bueno, con todo esto me despido. Espero que no me demore en actualizar tanto. Nos vemos y gracias por leer.

Se los agradece:

Manzanita.