[Los personajes no me pertenecen, sino a la mismísima Rumiko Takahashi. Yo solo usé sus personajes y, "su universo"; para poder hacer realidad lo que pasaba por mi mentecilla loca, jaja. Hago esto sin fines de lucro. Esta historia es de mi absoluta autoría.]
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Capítulo 24.
Durante el camino de vuelta a la aldea, había estado planeando la manera en que los demás no notaran un cambio en ellos. Más el hecho el que tenía que controlarse estando cerca del otro, como lo había advertido la pulga.
Cuando llegaron, Inuyasha había ideado el dejarle el haori a la chica cuando hubo notado la presencia del niño. Por ser un demonio, tenía casi las mismas habilidades que él poseía y posiblemente ser capaz de notar el olor en ellos. Aunque gracias al hecho de que en esa ocasión era humano, su olor no estaba tan presente en ella. Además de que podrían evadirlo con la excusa de que era por llevarla todo el tiempo en su espalda y el de usar su chaqueta roja. Era una buena estrategia.
Y así había sido. Todo había resultado bien, Shippo no sospechó nada quitando de ambos un gran peso y el temor que tenían respirando tranquilos, descansando de su agotado y largo viaje.
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—¿Necesitas que te ayude en algo Kagome?— apareció la castaña.
—Sango, hola— paró su tarea de recolectar hierbas, sonriéndole a su amiga —Por el momento estoy bien, gracias. ¿Cómo estás?
—Muy bien, gracias— dejó sus manos cubriendo su vientre —¿Ya casi terminas?
—Sí, ¿por qué? ¿Necesitas ayuda en el algo?
—No, no precisamente.
—De acuerdo— juntó ambas cejas al notar un comportamiento extraño en su compañera —Sango, ¿te encuentras bien?
—¿Eh? Sí, ¿por qué lo dices?— la vio levantarse.
—Bueno es que... Te noto algo nerviosa— la azabache presenció como las mejillas de la exterminadora se coloreaban de rojo, confundiéndola.
—Estoy bien, en serio Kagome.
—Mmm... No me lo creo, ¿todo está bien? ¿Pasa algo con Miroku?
—No, nada todo está bien.
—¿Entonces?— se cruzó de brazos.
—Bueno es que...—bajó la mirada nerviosa —No me han llegado esos días— susurró dejando a la chica pasmada.
—¿Desde cuándo?
—Ya tiene... Bastante.
—Oh, Dios mío— abrió la boca sin poder creerlo —Eso quiere decir que... ¡Estás embarazada!
Kagome se abalanzó sobre su amiga teniendo cuidado, mientras la abrazaba con entusiasmo gritando de gran alegría, felicitándola y dejando ver su emoción que era en esos momentos incontrolable.
—¡Kagome!— gritaron, pero ella no le había hecho caso hasta que la persona ya estaba cerca de ellas —¿Qué pasó? ¿Qué sucedió?
Sango aún con los brazos de su amiga a su alrededor no fue capaz de decir nada, estando muy roja de la cara tomando el brazo de su amiga.
—No puedo creerlo, ¡que alegría Sango! ¡Ay, que emoción!— no podía controlarse, abrazando ahora a su compañero con lágrimas—¡Que felicidad!
Inuyasha también fue pintado de rojo de la cara por la azabache, poniéndose un poco rígido, algo aturdido por los gritos de la chica no entendiendo la situación. Ella estaba feliz y estaba llorando...
¿Qué demonios pasaba?
—Inuyasha, estoy feliz— se limpió las lágrimas.
—¿Por qué?
—Sango— miró a su amiga, sin separarse del chico. Inuyasha dirigió su mirada a su otra compañera de viajes.
—¿Qué tiene?
—Está esperando.
—¿A quién? ¿A Miroku?— fue lo único que se le ocurrió, ganándose un suspiro de ironía por parte de Kagome.
—No, tonto. Sango...— se acercó a ella tomándola de las manos —¡Está esperando un bebé!
Y otra vez volvió a gritar, abrazando otra vez... A la exterminadora. Inuyasha analizó las palabras de la azabache, hasta que había caído en cuenta de la situación. Ya decía que el olor de Sango había cambiado en algo, pero no había sabido distinguirlo bien.
—¿Un bebé?— alzó una ceja.
—¡Hay que decirle a todos!
—Alto— detuvo las acciones de la chica —¿Miroku ya lo sabe?
—N-no, aún no se lo digo.
—Oh, entiendo. Quieres decirle a solas— sonrió la chica.
—Bueno, la verdad es que no estaba muy segura en decirle o no.
—¿Por qué?— su ánimo se apagó.
—No lo sé.
—Yo creo que deberías decirle ahora para no hacerlo esperar.
—Inuyasha tiene razón, Sango. Debes de decirle, con los síntomas del embarazo puede llegar a pensar otra cosa.
—¿Sí?— se angustió.
—Díselo, antes de que piense cosas equivocadas y lo preocupes por nada— aconsejó el chico.
Kagome se acercó a su amiga brindándole un tierno y cálido abrazo evitando que se sintiera decaída.
—Todo estará bien, ya verás que el monje Miroku se alegrará demasiado— tomó sus manos —Inuyasha y yo no diremos nada, hasta que decidan decirlo junto con todos los demás. ¿Está bien?
—Sí, gracias por su apoyo... Kagome, Inuyasha.
Ambos jóvenes asintieron, marchándose de nuevo a la aldea acompañando a la castaña, cambiando de tema, no sin antes recordar que tenía que llevar aquella canasta que casi la habían dejado en el olvido con aquellas yerbas medicinales.
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Inhalaba y exhalaba cada dos segundos con los ojos cerrados tratando de calmar sus nervios con las manos juntas. Estaba muy nerviosa, afortunadamente el hacer la cena había hecho que se olvidara momentáneamente de lo que tenía que hacer una vez que llevara su esposo, pero cuando terminó de hacerla, su mente recobró lo que tenía pendiente dejándola insegura y sin saber cómo decirle que ella...
Dio un respingo cuando lo escuchó llegar, entrando a su hogar con aquella sonrisa que siempre le brindaba cada que llegaba después de trabajar. Ese gesto la hacía ponerse nerviosa, removiendo su sentir por él, tragando nerviosa poniéndose de pie.
—Hola, amor— saludó a su esposa, acercándose a ella para darle un fugaz beso.
Sango dejó sus labios quietos, muy nerviosa por ese gesto de su esposo, acortando sus palabras. Retuvo el aire en sus pulmones cuando lo sintió abrazarla demás, cerrando con fuerza sus párpados, colocando sus manos en su torso para apartarlo de ella.
Miroku se extrañó de que su esposa lo alejara de ella, mirándola curioso por el sonrojo en sus suaves mejillas, notando a simple vista su nerviosismo. ¿Le había pasado algo?
—¿Qué ocurre, Sango?— preguntó con delicadeza. Ella negó, dirigiéndose hasta la fogata.
—Ya está la cena— sonrió algo forzada.
Miroku iba a comentar algo al respecto, decidiendo mejor dejarlo pasar por solo unos momentos tomando asiento con su esposa, quien le servía en un tazón.
—Gracias— dijo con duda al ver que ella no se servía —¿No cenarás?
—Kagome me convidó un poco de fruta.
—Pero eso no te va a llenar, mi vida.
—Estoy bien, no te preocupes.
—Sango— dejó el plato aún lado —Por favor, te he notado algo extraña. ¿Pasa algo?
—Bueno, es que...
—¿Sí?
—Yo creo que... No estoy segura, Kagome me dijo— comenzó a delirar, desconcertando al monje —Tal vez yo... Estoy... Embarazada.
El silencio reinó por unos segundos, hasta que sintió a su esposo abrazarla con algo de fuerza, enterrando su rostro en su cuello, susurrándole repetidas veces un: gracias, besando sus mejillas.
—No sabes lo feliz que me has hecho— le susurró, pero ella fue capaz de escucharlo.
Se separó de ella, tomando su rostro depositando varios besos en sus deliciosos labios rosados, musitando entre cada beso lo mucho que la amaba. Sango comenzó a llorar, muy conmovida por la reacción de su esposo, riendo con gracia.
—Te amo tanto.
—Yo también.
—Mañana les diremos a los demás, ¿está bien?
—Sí.
—Bueno, con mayor razón debes de cenar ahora. Nuestro hijo debe de estar sano y fuerte, como su madre— dijo acariciando el vientre de su esposa, donde resguardaba a su primogénito.
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—¡Felicidades!— gritó de nueva cuenta la azabache, abrazando a su amiga —Oh, que felicidad.
—¡Vas a tener un bebé, Sango!
—Felicidades, excelencia.
—Gracias, anciana Kaede.
—Felicidades, Miroku— mencionó el chico en un tono neutral, con los brazos cruzados.
—Gracias amigo— le sonrió radiante, alejándose de manera discreta de las demás personas presentes —¿Cómo te va con la señorita Kagome?— Inuyasha suspiró en respuesta, haciendo que la sonrisa del monje disminuyera, palmeando su hombro —No te desesperes, Inuyasha. Todo a su tiempo.
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—¡Kagome, por aquí!— se hizo ver el trío de amigas de la azabache, alzando su mano.
La chica en compañía de su "novio" caminaron hacia ellas, saludándola a cada una para comenzar con su salida. El recorrido por aquellas atracciones y puestos de comida y juegos llamaron mucho la atención del albino. Todavía no se acostumbraba al hecho de estar rodeado de los humanos sin que éstos lo vieran muy fijamente, murmurando sobre él estando siempre alerta.
Las personas estaban en un momento de tranquilidad, muy entretenidas con las cosas artísticas y culturales que daba la feria. Kagome permaneció siempre a su lado, siempre procurando tomarlo de su brazo. Sus orejas que estaban debajo de esa cosa que cubría su cabeza, logran captar las cosas que decían los humanos acerca de que se acercaba un aguacero.
—¡Ya van a lanzar los fuegos artificiales!— avisaron las chicas corriendo en un punto donde les permitirían tener una mejor vista para el espectáculo de pirotecnia.
—Vamos, Inuyasha.
Toda la gente ya estaba reunida, había familias, grupo de amigos así como ellos y parejas. Las luces hicieron aparición en el cielo, estremeciendo su cuerpo ante el estruendo que hacían cada uno. Esas luces de colores le brindaron unas imágenes visuales únicas y que jamás había apreciado en su vida.
Las chispas eran de los colores rojo, verde, amarillo y hasta de color azul. Era un espectáculo de gran asombro y al parecer, la gente disfrutaba de estas tradiciones a pesar de que cada cierto tiempo las volvían a recrear escuchando la fascinación de las personas, exclamando lo bello que era.
—Es muy hermoso— escuchó decir a la joven que mantenía su visión en el cielo.
El espectáculo había finalizado, dejando el humo en el aire, comenzado a aparecer una leve lluvia, alertando a toda concurrencia que en su mayoría se introducían en sus autos y otros corrían a resguardarse, tal y como ellos lo estaban haciendo.
—Será mejor irnos rápido, sino se hará más fuerte la lluvia.
—Hasta aquí acabó todo, nos vemos.
La despedida fue rápida, tomando un transporte para que regresan a casa. Tuvieron la fortuna de poder encontrar un taxi, llegando hasta su casa. Solo que en medio del trayecto, la lluvia se había hecho más intensa apareciendo rayos y truenos. El clima se había enfriado y ni hablar de la sensación térmica del agua.
No había podido llevar a la chica en su espalda, por culpa del calzado que llevaba puesto, estando empapados cuando la sombrilla había quedado inservible por la ventisca. Ambos llegaron a la puerta de la casa muy empapados, abriendo y cerrando de golpe.
—Si que enfrió bastante— dijo la chica que comenzaba a retirar el chaleco que tenía puesto.
—Maldita sea...— gruñó al no poder quitarse la chaqueta que llevaba consigo, desesperándose.
—Déjame ayudarte— se ofreció la chica, un poco temblorosa por el frío.
Inuyasha no dijo nada, dejando que la chica le proporcionara su ayuda. Su visión prontamente fue atraída por el cuerpo de la chica, provocando algo dentro de su ser. Al principio fue atraído por aquella joya que colgaba de su cuello, pero después no pudo despegar su vista de sus pechos que estaban mojados y blancos a causa de la baja temperatura en el cuerpo femenino, sin mencionar la erección de sus pezones. Su cuerpo estaba reaccionando de una manera deseosa. Sus latidos se aceleraron incrementando más el bombeo de sangre en todo su cuerpo para aumentar su temperatura.
Kagome por fin logró desatorar el cierre de la blusa del muchacho cuando éste intentó bajarlo. Sintió la mano de Inuyasha sujetar su mentón para hacer que lo mirara, comenzando a acariciarla. Inuyasha se atrevió a rodear su cintura con su brazo, atrayéndola a él. La chica tragó duro ante la cercanía que había puesto el albino, comenzando a besarla.
Inuyasha tomó el control del beso, abriendo y cerrando su boca profundizando más el gesto. Kagome gimió cuando sintió acercarla más a él, casi tocando su trasero. Un gruñido salió de su garganta, haciendo retroceder a la chica, acorralándola entre su cuerpo y la pared.
Su cuerpo comenzó a palpitar, impactando su mano contra la pared, no logrando controlar ese deseo carnal que incrementaba considerablemente a causa de ella. Su boca se desvío de sus labios, para pasar a su cuello besándolo y lamiéndolo con osadía, sin uso de razón. Colocó una mano en la pierna de la chica, haciendo que ella lo rodeara teniendo más acercamiento íntimo.
Kagome se asombró cuando Inuyasha la cargó, sujetando su trasero. Gimió más fuerte cuando sintió su parte masculina estar en el lugar indicado, solo que la ropa había sido el intermedio. Inuyasha la besó de manera desesperada, rasgando con suma facilidad la ropa de la chica, haciendo lo mismo con la suya.
—Te deseo...
Lo escuchó decir, mientras la llevaba cargando a su habitación. Se deshicieron de sus ropajes, cayendo de bruces en la cama ignorando el hecho de que sus cabellos humedecían las sábanas de la chica. La lluvia seguía cayendo, mientras que un rayo iluminó por unos instantes a aquellos amantes en medio de un encuentro pasional.
El joven sujetó con fuerza la mano femenina sin separar sus labios de los ella, al momento en que entró en su interior, excitándose al escucharla gemir de una manera más fuerte, adentrando su lengua en ella, absorbiendo aquel sonido. La sensación era tan placentera, arrancando un suspiro de él ante la suavidad en la que estaba envuelto su miembro, dándole otra embestida al momento en que se escuchó el potente estruendo de un trueno.
Kagome arqueaba su cuerpo, no pudiendo aguantar tantas sensaciones que el cuerpo de su amante le otorgaba. Cada vez la embestía con más fuerza, haciéndola gritar. Inuyasha no detuvo sus acciones, perdiendo el control de su cuerpo. El demonio dentro de él había despertado, liberándose en ese momento. Sus ojos se tornaron rojos, las manchas en sus mejillas hicieron presencia y sus garras y dientes crecieron, tomándola casi sin delicadeza.
El demonio saboreó su cuello, levantándola de la cama para dejarla ahorcajadas sobre su palpitante excitación. Apartó el cabello azabache, liberando su cuello y al momento de volver a entrar en ella, clavó sus colmillos en el cuello de la chica, haciendo a la chica lanzar un fuerte alarido que opacó un trueno.
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La mujer cayó de bruces al suelo, cuando su cuerpo en un instante quedó paralizado, casi sin poder respirar. Rodó sobre la tierra, sujetando con su mano su pecho, como si quisiera introducir su mano en su interior para poder controlar su corazón.
Su cuerpo presenció convulsiones, retomando su respirar por un par de segundos casi creyendo que estuvo a punto de morir. Tragó aire con fuerza, apoyándose con sus brazos para quedar boca abajo y poder levantarse, recuperando el control de su respiración.
Logró ponerse de pie un poco tambaleante, sujetando aún su pecho algo consternada. ¿Qué rayos había sido eso? Fue la sensación más perturbante que jamás había sentido en toda su larga y maldita vida. Entonces recordó a su última víctima, apretando sus dientes.
—Esa niña...— masculló con repulsión y odio, respirando jadeante.
Seguramente esa "sacerdotisa" había logrado deshacer su hechizo, y eso no lo podía permitir. Sus años de vida peligrarían, pero si seguía con vida, probablemente aún no lo había roto del todo, era cuestión de tiempo para que ella se deshiciera de el... Todas sus víctimas pagan sus consecuencias, y esa mujer no sería la excepción, de eso se aseguraría. La iba a buscar y una vez que la encuentre, acabaría con su vida antes que ella acabara con la suya.
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Inuyasha seguía besando los labios de la azabache de manera lenta y sensual, entrando y saliendo de ella de igual manera una vez que pudo recuperar el control de su cuerpo y mente, cuando hubo explotado en su interior calmando momentáneamente su deseo por ella.
—Te amo...— confesó entre sus labios, volviendo a besarla.
Kagome sonrió tranquila, apartando la mano de la del chico para poder abrazarlo, gimiendo cuando Inuyasha salió por completo de ella y poder descansar sobre su cuerpo. Estaba nerviosa ante lo dicho por el hanyô, pero no de forma negativa. Le había conmovido aquella confesión, no esperando que lo dijera estando en estas circunstancias.
Bajó su mirada no teniendo mucha visión sobre su amante, logrando ver solo sus lindas orejitas y su largo cabello plateado regado en su espalda y parte de la cama, que había sido testigo de la entrega de ellos por segunda vez.
Pasó su mano por sus hebras platinadas, comenzando a adormecerse. Su mente le había mostrado por un par de segundos una escena en que Inuyasha le decía que la quería a su lado, cosa que no había comprendido del todo, no pensando más en eso, convenciéndose de que había sido un sueño quedándose dormida.
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El cielo aún seguía nublado y la temperatura aún estaba fresca, haciendo que la pareja se viera cubierta por las sábanas una vez que el calor de su vehemencia desapareciera cuando finalizaron sus actividades de apego.
La mujer fue la primera en despertar, moviendo ligeramente su cuerpo sintiéndolo sumamente adolorido de sus brazos y piernas. La habitación aún se encontraba a oscuras y la lluvia aún se podía escuchar.
¿Qué hora era?
No tenía la menor idea.
Se levantó despacio sobre la cama, sin despertar al chico, logrando salir de la cama desnuda. Su cuerpo comenzó a enfriarse, buscando algo en sus gavetas para poder cubrirse y entrar en calor con ayuda de la ropa en silencio para no interrumpir el sueño de su compañero.
No tenía muchas ganas de bañarse, pero tenía que hacerlo a pesar de que se encontraba increíblemente agotada. Así que con mucho pesar en sus pasos, llevó una toalla comenzando a caminar hacia el baño.
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Sus orejas caninas se movieron aleatoriamente, frunciendo el seño recuperando la sensibilidad en su cuerpo. Había descansado plácidamente esa noche, que no quería levantarse de ese cómodo lugar, volviendo a acomodarse.
Pero al momento de estirar su cuerpo, se dio cuenta de la ausencia de la joven, levantándose de golpe mirando a su alrededor.
—¿Kagome?— llamó, pero no obtuvo contestación de la propia.
Se bajó de la cama, no teniendo idea de cómo cubrir su desnudes, improvisando con las frazadas de la joven. Bajó las escaleras con prisa, encontrándose con ella, frenando su carrera cuando la vio salir del baño ya fresca y limpia.
—Hola, te recomiendo que tomes un baño para que estés fresco— habló con naturalidad —En un momento te traigo tu traje, entra ya— ordenó, caminando en sentido contrario.
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Salió del baño con el cabello algo mojado, dirigiéndose a la cocina donde se encontraba la chica preparando lo que sería el desayuno de ambos. Se acercó a ella algo nervioso, viéndola mover aquellas cosas, apagando el fuego donde cocinaba.
Quiso decir algo, pero el sonido de esa cosa de llamados lo interrumpió, captando la atención de Kagome.
—¿Puedes servir la comida? Tengo que contestar— no le dio tiempo de escuchar su respuesta, apresurando el paso para contestar la llamada —¿Hola?
—Hola hija, ¿cómo estás?
—Bien, mamá. ¿Cómo está todo por allá?
—Muy lluvioso cariño, me temo que el viaje se va a alargar.
—Oh, ya veo... ¿Cómo cuánto se tardarán?
—Tomaremos dos días más de descanso.
—Entiendo, bueno nos vemos pronto. Cuídense, me saludas a todos.
—Claro Kagome, también cuídate mucho. Te quiero, hija.
—Y yo a ti, mamá. Adiós— finalizó la llamada.
—¿Todo está bien?— se acercó a ella.
—Sí, mi familia va a permanecer más tiempo fuera— suspiró —Bueno, ya hay que desayunar.
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Ambos prestaban atención a las indicaciones meteorológicas qué decía la mujer en la televisión, en silencio mientras tenían entre sus manos las tazas con café en su interior.
Al parecer se estaba acercando una tormenta tropical, indicando así que las lluvias y las ventiscas continuarían durante una semana aproximadamente en ese lugar y en las regiones vecinas, alentando a las personas que tomaran todas las presentaciones posibles, cancelando los vuelos de salida y vuelta.
—¿Así va a estar todo ese tiempo?— preguntó el chico asombrado.
—Según... Aunque la verdad no es muy acertado saberlo— hizo saber su opinión, teniendo en cuenta las veces en que la meteoróloga había dicho una cosa y el clima salía a contradecir a la mujer.
Escucharon un par de noticias más, haciendo bostezar a la chica, que se recostó en el hombro del muchacho, dejando la taza en la pequeña mesa que había en la sala. Inuyasha bajó su mirada, acercando a la chica más a él, sonriendo tranquilo comenzando a acariciarla.
Kagome apagó la televisión, tomando la mano del chico pausando sus acciones y levantar su mirada para verlo por solo unos segundos, comenzando a besarlo. Inuyasha se acomodó mejor en el sillón adoptando una postura más cómoda y que le permitiera besarla de una manera que fuera favorable, aspirando el aroma de la joven.
Lentamente la fue recostando en el sillón, escuchándola suspirar de placer al momento en que dejó su cuerpo sobre el de ella, apreciando el sentir de sus sensuales curvas y sus senos. Un sonoro gruñido salió de su boca, cuando sintió las manos de ella recorrer su espalda, activando sus impulsos. Su mano se atrevió a recorrer despacio por sobre la piel de la chica, haciéndola estremecer cuando cambió el rumbo, dirigiéndose hacia el sur.
Estaba en un estado deseoso y era cada vez más fuerte debido al olor que emanaba la chica, haciendo nublar su sentido de la razón. La quería, y quería sentirla una vez más. No podía conformarse ahora con solo sus besos, también le era necesario sentir y tocar su cuerpo, pero no estaba seguro de que ella compartiera los mismos deseos que él en ese instante, deteniendo sus besos y caricias con sumo pesar.
—¿Qué ocurre?— susurró la chica un poco sonrojada, tocando su rostro con delicadeza.
Vio en su mirar preocupación, levantándose un poco de donde estaba, haciendo que volvieran a tomar la postura en la que estaban inicialmente.
—Yo...— no tuvo el valor de decirle lo que sentía, ni mucho menos lo que necesitaba en ese momento —Kagome, yo...
—Inuyasha— tomó su rostro volviendo a sellar sus labios con los suyos, separándose un poco —Ya tomé una decisión... Quiero estar contigo.
El hanyô ladeó su boca, alzando una de sus negras y tupidas cejas por unos segundos, soltando un suspiro pensativo. ¿En verdad era cierto? ¿Ella querría estar con él? No estaba seguro de lo que le decía, todavía quedaban interrogantes.
Miró sin disimulo la marca que se mantenía un poco oculta por los mechones azabaches, sintiendo más pesar en su conciencia. Nunca habían hablado acerca de lo que conllevaría una vez que él la marcara. No volvieron hablar de ese tema, dejándolo pasar. Él estaba seguro de que era ella con quien quería estar toda su vida, pero Kagome... Ya no tenía opción, por su culpa. Él le había quitado el derecho a elegir.
—Kagome... ¿En verdad estás segura?— susurró.
La joven sonrió longeva, enrollando sus delgados brazos al rededor del cuello del chico, besándolo con profundidad. Inuyasha la tomó de la cintura, tratando de controlar sus instintos que comenzaban a indicarle que tomara de nuevo a la chica, negándose hasta escuchar de ella que quería lo mismo.
—Te amo, Inuyasha...
Esas palabras provocaron un estremeciendo en el cuerpo masculino, clavando sus ojos dorados en los orbes chocolates bajando a sus labios rojos e hinchados por el contacto que tuvieron, siendo él ahora el que retomó el beso volviéndolo más pasional mientras la aferraba contra él.
Kagome gimió cuando lo sintió morder su cuello, clavando sus uñas en su espalda cuando el joven volvió a enterrar sus colmillos, en lo que imaginaba, se trataba de la marca, humedeciendo su entrada, ahogando un grito de placer.
El miembro del muchacho dio un tirón, mientras que en su rostro reaparecían esas manchas púrpura, levantándose de donde estaba sin dejar de besar a la chica, deshaciéndose de su haori y su kosode, al ver que ella se deshacía igual de su ropa.
Kagome se deshizo solo de la ropa que llevaba encima, retomando el deseo por besarlo. Extrañamente la visión que tenía de Inuyasha con aquellas manchas en sus pómulos, lo hacían ver más que atractivo.
Su lado salvaje había terminado por seducirla y anhelar volver a sentirlo.
Ya no podía esperar más, tenía que hacerla suya otra vez. La volvió a tomar entre sus brazos, llevándola a su habitación, cerrando la puerta a pesar de que nadie se encontraba en la casa por la lluvia que seguía cayendo.
Kagome bajó de los brazos del albino, sin despegar sus labios. Inuyasha tomó el trasero femenino, pegándola más a él, embistiéndola con un poco de fuerza sobre la ropa, haciendo que ella sintiera el deseo que sentía por ella justo ahora.
La chica buscó el extremo del obi, retirándolo y aflojando la hakama del muchacho que ya había caído a los pies del mismo, liberando su masculinidad. Inuyasha tomó el rostro de la joven con su mano, introduciendo su lengua en su interior, abrazándola de la cintura y sin previo aviso, rasgó su ropa interior con ayuda de sus afiladas garras.
Los oídos de la chica escucharon el ruido del rasgar de su ropa, ladeando su rostro y ver lo que había hecho su amante.
—¿Por qué lo hiciste?— suspiró entre gemidos.
—Lo siento...— dijo sin ningún remordimiento, besando su cuello cuando ella apartó sus labios de los suyos para ver la travesura que hizo.
—Bueno, supongo que no importa— y volvió a besarlo con pasión y desespero.
Inuyasha por fin había retirado la demás ropa que cubría el cuerpo de su amada, estando ya en ambas condiciones... Sus cuerpos desnudos y solo llevando sus respectivos collares. Ella la perla de Shikon y él portando aquellas cuentas moradas y blancas, no siendo obstáculo alguno para su ardua entrega.
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(Lunes 05/07/2021)
N/A: Una crisis se me vino encima y para cuando me di cuenta ya había pasado demasiado tiempo en que había dejado de escribir y actualizar. ¿Ven que es verdad eso de que nadie sabe lo que pará mañana? :v Puede ser horrible o algo positivo... De cualquier forma, ya logré salir de ello y me fue bien... ¡La victoria fue mía! \:v/
Pasando a otro punto: mil disculpas por esta larga espera, pero aquí les dejo este capítulo. Y les recuerdo que ya se acerca el final de esta historia creada por mí.
Nos vemos pronto en la próxima actualización, cuídense mucho. Saludos y muchas bendiciones para su vida. Y discúlpeme si hay un error que no noté a tiempo... Gracias por leer.
Se los agradece:
Manzanita.
