Declaimer: Bleach y todos los personajes no me pertenecen, son propiedad de Tite Kubo.
La historia es propiedad de Saffron A Kent, esta es solo una adaptación con fines de entretenimiento.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Rukia
Bañado en la luz amarilla de la lámpara, Ichigo está desparramado en su silla de la oficina, fumando con la camisa desabrochada y el cabello revuelto por mis dedos. Estoy en el suelo, apoyada contra su sofá, mi cuaderno en mi regazo, mis ojos en las curvas tensas de sus músculos sudorosos.
Me he acostumbrado a este acuerdo, estar con Ichigo, dentro de un edificio dormido, en la oscuridad de la noche, acurrucada en su fuego, escribiendo mientras él fuma. A veces escucho la música en su teléfono. Todo es instrumental, canciones sin palabras. Me ayudan a escribir cualquier tontería que se me ocurra. Mi mirada cae sobre su corbata, tirada a mi lado. Es de color marrón. Nunca usa corbata, pero hoy fue una especie de reunión de personal especial e Ishida-sensei insistió. Hace media hora, me la puse alrededor de mi cuello con nada más que mis calcetines de lunares mientras nos llevaba a los dos a nuestro clímax. Me retuerzo en el lugar, probablemente dejando un parche mojado en su alfombra gruesa.
En su escritorio, contra la pared, en el sofá, en el suelo, me ha tenido en todas partes. Mientras miro alrededor de la habitación, puedo ver nuestras siluetas fusionadas en cada superficie. Puedo escuchar las cosas que me susurró al oído. Puedo oler el almizcle de nuestros orgasmos. Puedo ver los envoltorios de golosinas junto a sus bolsas desechadas de croissants de chocolate. Siempre ensucio y él siempre lo recoge y lo pone en el bote, con una mirada exasperada pero indulgente. Quizás lo hago solo para poder ver esa mirada. Me doy cuenta que este es mi hogar, hecho de mis gemidos, mi clímax y mi sudor. Esta es más mi casa que Mi Torre, que la casa de mi madre en Nueva York. No tengo que esconderme aquí. Puedo ser yo misma.
Ichigo está todo tranquilo e introspectivo. Quiero preguntarle en qué está pensando, pero me da miedo escuchar su respuesta. Probablemente esté pensando en ella, en Orihime. Él siempre está pensando en ella. Han pasado diez días desde que ella se fue. Sé que ella volverá. Sé que se dará cuenta de cuánto la ama Ichigo. Hay un poder en él, un poder en su amor. Se refleja en la forma en que me folla. Cómo apaga su frustración con mi cuerpo. Cómo su cuerpo lame mis gemidos, mis orgasmos para dominar la ira en él. Cómo me usa para ser feliz.
—Pensé que estabas tratando de dejar de fumar— le digo. Necesito sus ojos en mí y eso es lo primero que se me viene a la cabeza. Sus músculos se despiertan y se aprietan mientras gira la silla en mi dirección, y sopla una nube gigante de humo.
—Pensé que estabas tratando de escribir—. Su voz baja me dice que estaba a punto de quedarse dormido. No puedo dejar de notar que hay algo entrañable sobre eso, y tan parecido a un hombre. Ellos follan. Duermen. Follan de nuevo.
—Estoy atascada—.
El aire cambia de perezoso a tenso. Ichigo todavía está tumbado en la silla, dando la impresión de estar relajado, pero las llamas gemelas en su mirada parpadean.
—¿Lo estás?—.
Asiento, me levanto sobre mis rodillas, mi cuaderno cae al suelo con un ruido sordo. Mi espalda se arquea, una reacción predeterminada ahora, cuando me mira de arriba abajo. Mi ropa de invierno junto con mi ropa interior está tirada en una pila, dejándome con un suéter fino y transparente, y una falda de lana. Mis pezones se fruncen, así como mis labios.
—Entonces, ¿vas a ayudarme?— pregunto con mi pequeña voz de consentida, la voz que nunca deja de conseguir una reacción de él.
La última vez que le pedí que me ayudara con mi poema, me dijo que me sentara sobre su polla y lo leyera en voz alta mientras lo montaba. Todo el tiempo se sentó allí como un rey, nunca moviéndose, simplemente observándome con un hambre que me llevó a saltar sobre él, arriba y abajo.
Me pongo a cuatro patas y gateo hacia él, mirándolo a través de mis pestañas. Con un cigarro entre sus labios, sigue todos mis movimientos con ojos entrecerrados. Cada aleteo de mi cabello suelto alrededor de mi rostro. Cada pequeño balanceo de mis pechos colgando que mi camiseta apenas esconde. Lo alcanzo y mueve su silla para encararme. Mis manos agarran sus pantorrillas a través de sus vaqueros, masajeando los músculos mientras me siento en cuclillas.
—¿Y?—. Estiro mi cuello y abrazo su pierna entre mis pechos, gimiendo en voz alta ante la deliciosa fricción de sus pantalones.
Quita el cigarro terminado de su boca y lo tira en la papelera. Inclinándose, exhala el humo sobre mi boca. Lo aspiro como si nunca fuera a respirar de nuevo. Oh, Dios. Dios. No puedo soportarlo. Esta explosión hormonal y química dentro de mi cuerpo… es demasiado.
Entonces sus manos se envuelven en mis bíceps y me levanta y me hace montar a horcajadas su regazo. La silla chirria con nuestros pesos. Mis manos acarician su barba incipiente mientras murmuro:
—Ese sonido va a matarme—.
—¿Qué sonido? —.
—Tu estúpida silla—. Y ahí está, su risa. Hace que cada esquina de mi boca sonría. —Cuando la oigo, todo en lo que pienso es en ti follándome sobre ella mientras chilla con nuestro peso—.
Un lado de su boca se inclina en la estela de su breve risa.
—Tengo la leve sensación que me quieres por mi cuerpo en vez de por mi genio poético—.
Genio… síp, es eso. No sé cómo, pero las palabras le salen de la nada. Mira al techo y lo describe en maneras en las que nunca siquiera pensaría. A pesar de nuestra frenética follada, me enseña cosas. Desafía mi pobre elección de palabras, me destroza con un lenguaje extremadamente florido, y creo que le gusta. Aparte del sexo, esa es la única vez que está animado, sus ojos goteando con otro tipo de pasión. Brilla cuando habla sobre poesía.
Volviendo al momento, digo:
—En realidad, también quiero que subas mis notas—. Me muevo contra él, mi coño desnudo deslizándose a lo largo de su dura protuberancia, apenas oculta por sus vaqueros con la cremallera bajada. —Porque, ya ves, no soy muy buena escribiendo. Mi trabajo es malo y mi elección de palabras apesta—. Sus ojos arden y sus manos agarran mis ondulantes caderas.
—¿Es esta tu manera de conseguir un cumplido por mi parte? —.
—Sí— admito sin vergüenza. —Dime un cumplido. Te reto—.
Clava las yemas de sus dedos en mis caderas para que deje de moverme.
—Bien. No me irritas tanto como lo hacías antes—.
—Vaya, detente, me estoy sonrojando—. Golpeo su pecho desnudo. —Eres tan bueno con las palabras—.
Golpea mi culo en represalia, haciéndome gemir.
—Te dije que no soy muy bueno hablando. Quieres cumplidos, deberías pasar el rato con tus amigos en lugar de estar conmigo—.
Es una broma, lo sé, un seco y sarcástico comentario. Debería olvidarlo. No debería arruinar el momento… estoy en tiempo prestado tal y como es. Pero mi terco corazón no está de humor. Quizá nota lo rígida que me he puesto en su agarre porque se tensa también.
—¿Qué pasa?— pregunta, frunciendo el ceño.
—Nada—. Sonrío y masajeo sus hombros, intentando hacer lo que hago mejor… distraerlo.
—Rukia— advierte con esa voz suya. No es justo. Nunca puedo resistir esa voz. Nunca.
Simultáneamente me hundo y tenso en su agarre.
—Yo… quiero verte escribir. Algo. Cualquier cosa. Sólo quiero que escribas—.
Un segundo pasa. Luego dos. La urgencia en mi pecho aumenta. No quiero el silencio. El silencio es la ruina.
—No puedo verte así. Ichigo, lo sé. Es obvio. Tú…—
No me deja terminar cuando me levanta y me pone sobre el escritorio, mis piernas colgando. Intento enderezarme, pero presiona su palma contra mi esternón, manteniéndome quieta. Se para sobre mí, algún tipo de dios de la ira con su estruendoso ceño y piel brillante. Mi pecho se eleva y cae bajo su palma, como si fuera el que me hiciera respirar. Si quita su mano, moriré.
—Quítate la camiseta—. ¿Qué? No.
—Thomas…—
—Quítatela—. Lame su labio superior.
Estremeciéndome, obedezco su orden. Mis tetas aparecen a la vista y respira profundamente. —Sube tu falda hasta la cintura—.
Lo hago también, retorciéndome, revelando mi coño desnudo y mi tatuaje. Esta vez, su aliento se estremece mientras inhala. Rodea mi tatuaje con sus nudillos, sacudiendo la carne de mi estómago. Con ambas manos, separa mis muslos, su pulgar frotando mi piel suave, acariciando los labios de mi coño y la carne frágil alrededor. Me muevo incansablemente, sacudiendo mis caderas ante su toque, haciendo que mis tetas se muevan. Ichigo está excitado por la vista. Ama ver mis pechos sacudirse, así que lo hago una y otra vez, ondulando, retorciéndome, avivando su lujuria. Me excita también, a pesar que una parte de mí llora ante esto. Quiero que hable conmigo. No quiero ser una distracción o una falsa Cenicienta. Quiero ser la cosa real. Me asusta tanto que olvido respirar.
No es la primera vez que pienso esto y no sé cómo parar. El aire vuelve deprisa cuando Ichigo saca un paquete de cigarrillos de su bolsillo. Saca uno, lo pone en su boca y lo enciende. Sus fosas nasales se ensanchan y mi boca se seca cuando toda su mano agarra mi coño y aprieta. Es un gesto tan vulgar, y dominante y posesivo y… erótico.
Con su otra mano, saca el cigarro de su boca y sopla el humo en espiral. Su mano en mi coño se mueve y casi chillo cuando inserta dos dedos dentro y los curva hacia arriba.
Extiendo mis brazos para aferrarme a una parte de él, pero niega.
—Agarra el borde del escritorio—.
Tragando, lo hago y lo miro tomar otra calada mientras juega con mi centro. Se inclina y se cierne sobre mis pechos, sus mejillas ahuecadas, el cigarro metido entre sus labios.
—¿Ich-Ichigo?—. Estoy asustada. El extremo ardiente del cigarro está demasiado cerca de mi cuerpo. Se avecina sobre mi pecho izquierdo, mi corazón. Va a… ¿Va a marcarme con eso?
Levanta sus ojos hacia mí, sostiene mi mirada. Algo en ellos cambia, algo peligroso, y lucho debajo de él, asustada. Entonces aparta el cigarro y sopla humo caliente sobre mis tetas antes de aferrarse a mi pezón y chupar. Mis caderas se alzan, alojando sus dedos más profundo.
Gimiendo, abro más mis piernas. Mis pies colgando suben al escritorio, mis talones clavándose en el borde.
—Estabas diciendo…— murmura sobre mi estremecida carne, enviando un frenesí de excitación por todo mi cuerpo.
—¿Qué? —pregunto a la cabeza oscura actualmente sobre mis pechos, inclinando mi cabeza.
Ichigo pellizca mi clítoris cuando alza la mirada, con una arrogante ceja arqueada.
—Estabas diciendo algo que sabes, sobre algo que es obvio—.
Mi cabeza cae hacia atrás, derrotada, tal vez incluso con ira. No quiero ser su muñeca para follar más.
Ichigo nota la tensión en mi cuerpo y sopla otra bocanada de humo en mi otro pecho, antes de ahuecarlo y chupar el pezón. A pesar de mí misma, mi coño dispara espesos hilos de excitación.
—Estás tan jodidamente mojada, Rukia— gime Ichigo en mi piel. —Siempre estás tan suave y húmeda y caliente. Me gusta pensar que te mantienes así por mí. Mantienes tu coño caliente por mí, ¿no es así? Duermes con tu mano metida entre tus piernas, acunando tu coño para que permanezca caliente para cuando te follo—.
Mis piernas rodean su espalda mientras me retuerzo debajo de él, amando esto, odiándome, odiándolo por hacerme esto.
—Te he visto en clase, Ichigo. Te he visto… mirarlos cu-cuando hablan sobre escribir. He visto cómo hablas sobre escritura y arte y lo talentoso que eres. He visto el deseo en tu rostro. Quieres lo que tienen y e-eso rompe mi corazón— susurró, las lágrimas cayendo por mis mejillas. —Quiero que escribas para que puedas hablar. Tienes que hablar, Ichigo. Nadie puede vivir así—.
Un estremecimiento lo recorre ante mis palabras y su frente cae en mi esternón. Hundo mis dedos en su hermoso y exuberante cabello y lo aferro contra mí, con deseo, con ternura. Tal vez acabo de hacer una diferencia.
Pero entonces se levanta, tira su cigarro terminado. Locamente, pienso que va a dejar una marca en la alfombra. Saca su polla de sus vaqueros. Está dura y furiosa y roja… igual que él. Sé que va a usarla para castigarme.
Sí, castígame por ser lo bastante egoísta para querer más, para querer hablar. Lo merezco. Estoy empezando a pensar que soy la peor ramera de la historia. Alzo mi barbilla y abro mis piernas, lista para él. Ichigo aprieta su mandíbula y en un golpe, embiste su polla dentro de mí. Casi me caigo del escritorio, mis uñas arañando la dura madera. Jadeando, vuelvo a bajar y agarro el borde para apuntalarme, porque en el siguiente segundo, estoy en peligro de salir volando y golpear el suelo. Sus embestidas son castigadoras. Brutales. Al borde de lo violento. Mis dientes castañetean con cada estoque. Mis pechos se mueven y rebotan. Su agarre en mis muslos va a dejar marcas, lo sé, pero, sobre todo, es el obvio dolor de su cadera golpeando el escritorio lo que me sacude. Se está castigando tanto como a mí.
Pero, no importa qué, no importa cuán brutal o violento se vuelva, nunca falla en provocar que cada jodida célula de mi cuerpo cante. Nunca falla en acelerar mi pulso. Quiero derretirme en su violencia. Quiero disolverme en el momento para que pueda absorberme en su cuerpo y encontrar un poco de paz. Sus ojos están entrecerrados, su mandíbula apretada mientras presiona su palma en mi bajo abdomen, incrementando la presión sobre mis órganos. Mi cabeza cae, la locura se apodera de mí. Quiero decirle que se detenga, pero no lo hago. Lo tomaré. El sonido de bofetadas de nuestra carne está entrelazado con los húmedos sonidos de mi coño. La humedad de mi centro me hace sonrojar por todas partes. Como si eso no fuera suficiente, se avecina sobre mí, llevando mis muslos a sus hombros, profundizando sus embestidas. Enmarca mi rostro con sus manos para no tener más lugar que mirar que a él.
—¿Oyes esos sonidos, Rukia?— susurra con voz ronca —Ese soy yo hablándole a tu coño—. Entonces cambia el ángulo, se retiene dentro de mí, rotando sus caderas, corcoveando arriba y abajo, golpeando en el punto justo. A cambio, oigo el desordenado borboteo de mi centro, un tono ligeramente diferente a los sonidos previos, más húmedo y más furioso. —Y ese es tu coño diciéndome que le gusta, diciendo que ama sentirme dentro—. Deja de moverse ante eso y empieza a embestir a un ritmo salvaje que no nos deja respirar. Gotas de sudor de su frente caen sobre la mía. —Esa es toda la conversación que necesitamos tener. Esa es toda la puta conversación que siempre necesitaremos tener—.
Mete su rostro en el hueco de mi cuello y muerde mi piel, lanzando mi clímax a través de mi cuerpo. Mis caderas se arquean y se quedan rígidas en el aire, los músculos de mis muslos tensándose alrededor de sus hombros. Mi pérdida de control provoca la suya y antes que pueda parpadear, saca su polla y se corre sobre mi estómago, gimiendo. Perdida, me doy cuenta que olvidó el condón. Nunca lo olvida. Siempre es muy cuidadoso. Nunca tira su cigarro a la alfombra. Nunca tira basura. Nunca. Nunca. Nunca.
La anomalía me asusta, me aterroriza más que cualquier otra cosa que ha hecho jamás. Su pecho y torso húmedos de sudor se contraen con cada respiración jadeante. Suelta mis muslos y agarra mi barbilla, mirando profundamente a mis ojos. Por una vez, no los quiero sobre mí. No siento ningún placer en su ardiente y fogosa mirada.
—No soy tu novio, Rukia. No voy a sostener tu mano o llevarte al cine. No voy a hablarte de mis sentimientos—. Sus dedos se flexionan en mi mandíbula. —Dime que lo entiendes—.
Parpadeo y las lágrimas caen de las esquinas de mis ojos. Lo enojan incluso más. Hay una dureza en él que no he visto antes. Tal vez ha estado engañándome todo el tiempo. Tal vez nunca hice nada mejor. Tal vez era todo un sueño demente que inventé para seguir haciendo esto.
—Dime— dice con dureza. Asustada, asiento, pero niega.
—No, dilo. Dame las palabras, Rukia—.
Oigo la ruptura de mi corazón. Oigo ese sonido de hace tiempo cuando rompí la botella de ese champán caro cuando Renji se fue. Pero esta vez, el sonido es como un disparo, más chirriante y ensordecedor. Es el sonido de mi castillo cayendo por el aire y chocando contra el suelo.
—No eres mi novio y no me llevarás al cine o sostendrás mi mano, y no me hablarás sobre tus sentimientos— digo con monotonía. Lo digo sin parar o tartamudear. Lo digo claramente.
Su agarre se afloja y una mirada parpadea en su rostro, pero se ha ido antes que pueda descifrarla… y no quiero descifrarla. Sólo quiero irme. Ichigo se aleja, va a la ventana y enciende otro cigarro, como hizo esa primera noche que me folló. El ciclo se está completando ahora, pero soy muy diferente a lo que solía ser.
Tragando, intento sentarme. Herido y golpeado, mi cuerpo es una zona de guerra, un pueblo destrozado después de una tormenta de arena. Me visto mientras Ichigo está ocupado mirando la oscuridad. Normalmente, me lleva a casa en su auto y estoy bajo mi manta púrpura en diez minutos, soñolienta, soñando con él. Esta noche, sin embargo, parece que caminaré a casa. No es importante. Las calles de medianoche y yo somos viejos amigos. Antes de girar el pomo, encaro a Ichigo.
—Sabes que te quiero. Soy la chica loca que deja que la folles cuando quieres. Puedes verlo en mis ojos. Eso es lo que dijiste, ¿no es así? Está en tus ojos. Puedes jugar conmigo. Puedes jugar con mi cuerpo porque sabes lo mucho que me gusta. Soy un libro abierto para ti—. Respiro profundamente y desbloqueo la puerta.
—Pero también puedo leerte. Me tomó un poco de tiempo. Tomó un montón de noches despierta, pensando en ti y, sí, acechándote, pero finalmente lo descubrí. Te estás asfixiando, esperando respirar vida en tu relación, en tu amor. Te estás aferrando demasiado fuerte, y tal vez necesitas dejarlo ir, porque si no lo haces, podrías sólo… matar todo—. Cierro la puerta detrás de mí y entonces me alejo. De él. Del único hogar que jamás he conocido.
