Declaimer: Bleach y todos los personajes no me pertenecen, son propiedad de Tite Kubo.

La historia es propiedad de Saffron A Kent, esta es solo una adaptación con fines de entretenimiento.

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Rukia

Es domingo por la noche y estoy sola en el apartamento. Hace dos meses, habría usado ese tiempo para darme un atracón de golosinas y porno. Todavía estoy dándome un atracón de regaliz, pero en lugar de porno, estoy tecleando como el viento.

Mis dedos vuelan sobre el teclado, las palabras vertiéndose de mí, y estoy pensando: Nadie jamás ha escrito una historia como esta. Durante semanas, he tenido a esta chica en mi cabeza. Es ruidosa. Tiene una mochila verde neón. Es aventurera y quiere ver el mundo. Su nombre es Senna. Durante semanas, la ignoré porque, hola, quiero ser poeta no una escritora de ficción. Los escritores de ficción son sosos. Los poetas son genios. Cambian el mundo. Te hacen pensar. Son mágicos. Como Iichigo.

Pero ya no puedo ignorarla. No puedo ignorar su necesidad de tomar forma. Además, sé que si no escribo, nunca dejaré de llorar. Incluso podría volver a mis hábitos destructivos. Podría beber todo el licor y fumar toda la hierba, y entonces moriría, y no quiero morir. Quiero vivir. Quiero escribir.

Tap. Tap. Tap.

Entonces, oigo un sonido estridente… mi teléfono. Salto y me doy la vuelta en mi escritorio. Mi habitación ha explotado. Ropa, libros y cajas vacías de caramelos están por toda la superficie. Medio pienso en dejarlo ir al correo de voz, pero por alguna razón desconocida, no lo hago.

El ruido viene de mi cama y me lanzo por el teléfono antes que deje de sonar. Es un número desconocido, pero contesto de todos modos.

—¿Hola? —.

Una voz ronca cruje a través de este, haciendo que mi corazón se detenga. —Rukia—.

—¿Ichi-Ichigo?—. Mis piernas ceden y caigo sobre la cama.

—¿Estás sola ahora mismo?—.

—Sí—. Miro alrededor como si verificara, como si no supiera ya, que estoy sola.

—Abre tu puerta—.

—¿Te refieres a mi puerta principal?—. Me levanto y cruzo el umbral de mi dormitorio, mirando con confusión mi puerta principal cerrada.

—Sí, tu puerta principal—.

—D-de acuerdo—.

Suena un largo suspiro. —Probablemente deberías decirme cuál es tu puerta—. Su voz de alguna manera suena tanto indulgente, como si estuviera avergonzado de no saber ya cuál es mi puerta.

—El último apartamento a la derecha—.

—¿Qué piso?—.pregunta pacientemente.

—Eh, ú-último piso—.

Su risa es rota y triste, llena de resignación, y ni siquiera sé cómo una risa puede ser así. Termina la llamada antes que pueda preguntarle algo más.

Estoy pegada en mi lugar, mirando la puerta. ¿No debería estar en Nueva York? Oh, no. Me preocupa que tal vez haya descubierto que fui a su casa esta mañana, pero antes que pueda enloquecer completamente y perder el control, un golpe suena, exigente y fuerte. Mi teléfono cae al suelo, mis piernas se mueven y abro la puerta.

Ichigo se para en el umbral, sus brazos apoyados en el marco a cada lado. Se ve deshecho. Camisa arrugada, cabello despeinado, barba incipiente.

Nuestros ojos chocan como un rayo. Al principio, mi corazón trastabilla ante la riqueza de emociones, y luego late con fuerza. Ichigo esta solamente centrado en mi rostro, asimilando mis rasgos, devorándolos. Me está devorando con su magnífica mirada, pero no entiendo por qué.

—¿Ichigo? ¿Qué, eh, qué sucede?—. Mi voz lleva otro ataque de estremecimientos, y noto por primera vez cuán fuerte se aferra al marco de la puerta. Sus venas están vibrando del esfuerzo. —Ichigo, estás asustándome. ¿Qué pasa? —. Toco sus manos con las mias.

Sólo entonces mueve sus ojos de mi rostro y mira nuestras manos unidas. Las mías pequeñas y pálidas envolviendo la suya gruesa y más oscura. Siento la corriente interna de energía a través de su piel. Siento el caos, el caos corriendo a través de sus venas.

—Vives en una jodida zona de construcción— murmura.

—La llamo Mi Torre—. La tensión en su mano se afloja y tomo una inhalación calmada. —¿Por qué no estás en Nueva York?—.

—Porque tengo que decirte algo—.

—¿Qu-qué?—.

—Eres hermosa, ¿sabes eso?— dice, en lugar de responder mi pregunta. De alguna manera, su voz tiembla también, un retumbante tipo de vibración que siento en mi tatuaje. Suelta el marco de la puerta y avanza hacia mí, obligándome a retroceder un paso.

Su otra mano acuna mi mejilla. Sus dedos tiemblan sobre mi piel y pongo mi mano sobre ellos para darles estabilidad.

—Ichigo, por favor, dime qué sucede—. Su manzana de Adán sube y baja.

—No, eso es… eso no está bien. No eres hermosa. Creo que eres la cosa más exquisita que jamás he visto—. Lame sus labios, sus ojos yendo de un lado a otro. —No, no una… no una cosa. Eres más que eso, Rukia. Eres… el poema que nunca puedo escribir. Sí, eres la pieza de poesía que nunca puedo terminar, no importa cuán duro lo intente—.

—Ichigo—susurro, una gruesa lágrima cayendo por mi mejilla. Mi herido corazón se aprieta en mi pecho. La manera en que tropieza con sus palabras… no puedo soportar verlo.

Se inclina hacia mí, agarrando mis dos mejillas ahora, limpiando las lágrimas.

—La primera vez que te vi en la librería, llevabas estos locos auriculares y estabas bailando con la música. Vi algo aparecer sobre tu cabeza, una palabra. No pude identificarla… no hasta que te vi en mi clase. Fue cuando me di cuenta que eras tan brillante y ruidosa y reluciente como…—

—¿Como qué? —

—Luz pura—susurra, su aliento empañado sobre mis labios húmedos por las lágrimas.

Esta vez, mi risa es rota y triste y llena de resignación. —No, no es cierto. Yo solo soy una…una puta—.

Rechina sus dientes. —Maldita sea no. No lo eres. Nunca serás eso. Dime que lo sabes…Dilo, Rukia—.

Su rostro es un borrón pintado a través de mis lágrimas, un laberinto de emociones y expresiones que no puedo identificar. La única cosa que me arraiga en este momento es el vívido color de sus ojos. Destacan en su sinceridad.

—No soy una puta—. Digo.

Asiente, suspirando, enviando una ráfaga de su achocolatado aliento a mis pulmones. —Así es. No lo eres—.

—Ya no puedo hacer esto— farfullo. —Sé que prometí que no me arrepentiría, pero l-lo hago. Me arrepiento de todas las cosas que hicimos y la manera en que las hicimos. No estuvo bien, Ichigo. Rompimos todas las reglas. Yo…— Un sollozo sacude mi figura.

—Shh… Oye, no lo haremos. Ya no lo vamos a hacer, ¿bien? Se ha terminado—.

—Bien—. Mis manos encuentran su camisa y me aferro a la tela. Sollozo en su pecho, acercándolo más a mí cuando debería soltarlo. Se ha terminado. Todas las cosas ilícitas que hemos estado haciendo. Todas las cosas que he estado ocultándole a Momo. Todo ha terminado, pero no siento alivio. Sólo siento enormes cantidades de dolor y angustia y ardor.

Me balancea en sus brazos como a una niña, y lo aferro más fuerte. Es la única cosa que me mantiene y evita que que me derrumbarme, y no importa lo que dije, no quiero dejarlo. No me arrepiento de enamorarme; sólo lamento cómo sucedió.

En algún punto, dejo de llorar y simplemente me aferro a él porque no quiero que esto sea el fin. Lo inhalo y hace lo mismo. Sus brazos tiemblan a mi alrededor y lo miro. Nunca he visto su rostro tan expresivo antes.

Me mira con una media sonrisa, un patético intento de parecer tranquilo. Parece que quiere decir algo, pero se detiene. Luego se inclina y coloca un suave beso en mi frente, permaneciendo durante dos segundos antes de dar un paso atrás. Fue tierno y suave y todas las cosas que siempre he querido. Me mira, una última vez, y luego se vuelve y empieza a caminar hacia el ascensor. Atónita, me quedo allí, inmóvil. ¿Eso es todo? ¿Así es como termina? Nunca me dijo por qué vino aquí.

Un pitido suena, señalando la llegada del ascensor. Las puertas de acero se abren, pero antes que pueda entrar, corro hacia él y me aferro a su fuerte cuerpo, rodeándolo con mis brazos y piernas. Se detiene en seco, un brazo agarrando mi muñeca en su pecho y el otro descansando en la parte baja de mi espalda.

Ambos nos estremecemos con jadeos. Entonces, como si susurrara las palabras en mis oídos, las oigo claramente. Esto es un adiós. Vino a decir adiós, como prometió que haría. "Las despedidas no son mi fuerte, pero tampoco te dejaré como unacobarde".

Ichigo intenta apartar mis brazos, pero a pesar de todo, me aferro a él más fuerte.

—Suéltame, Rukia. Necesito irme—.

—Lo sé—. Froto su cuello con mi nariz, paso mis dientes por su piel. Su sabor explota en mi lengua, drogándome y volviéndome loca. —Pero antes que te vayas, ¿podrías quedarte un ratito? —.

Tan pronto como lo digo, me lleno de culpa. No debería haber dicho eso. Le prometí a su hijo que no rompería su familia, pero mi cerebro está inactivo en este momento. Mi cuerpo muere por el suyo. Aun así, aparto mis brazos y piernas, sintiendo las ondulaciones de su espalda, los patrones de sus músculos sobre las suaves pendientes y valles de mi frente. Espero que se vaya. Lo espera también, si su respiración acelerada es alguna indicación.

Y, aun así, Ichigo se da la vuelta y me encara. El hambre en su expresión es inequívoca. Estoy sin palabras. Se inclina para plantar un duro beso en mis labios. Un pulso hormigueante comienza abajo, en mi coño, una bomba que podría explotar en cualquier minuto.

—La última vez— gruñe sobre mi boca. —Pídeme que te prometa que esta es la última vez—.

No quiero hacerlo, pero es necesario. Vamos a terminar al momento en que nos corramos. La cantidad de tiempo que nos queda es de la longitud de un polvo. Así es como empezamos, ¿verdad? Y así es como terminaremos. Quiero reír ante la idoneidad de todo. Quiero llorar.

—¿Me p-prometes que esta es la última vez? —. Placas tectónicas se mueven bajo la dura superficie de su cuerpo, estremeciéndose y reorganizándose

—Sí. Lo prometo—.

Después de eso, no hay necesidad de palabras. Me alza en sus brazos y camina hacia mi apartamento, nuestros labios unidos, mis dedos aferrando su cabello. Amasa mi culo mientras cierra la puerta de una patada, y sus largas piernas recorren la distancia hacia la pared opuesta. Mi espalda choca contra ella, un dolor agudo disparándose en mi cráneo, pero sólo lo beso más duro. Me aferro a sus caderas como si nunca lo fuera a dejar ir.

Me apoya contra la pared con sus caderas, apretando su dureza contra mi centro. Sus codiciosas manos vagan arriba y abajo por mis muslos desnudos. Mete su pulgar dentro del dobladillo de mis pantalones de lunares y se acerca más y más a mi húmedo y ardiente centro.

Su lengua se desliza por mi cuello y da un mordisco a la ondulación de mi pecho derecho. Esto es lo que sucede cuando estamos cerca… combustionamos, ardemos. Baja los tirantes de mi camiseta y expone mis tetas, azotando mis pezones con su lengua, uno a la vez.

—Oh, Dios…—. Me arqueo contra la pared, doblándome en una tensa media luna.

Suelta mis muslos y enmarca mi rostro con sus manos, obligándome a mirarlo. Nuestros pechos se mueven en sincronía. Una inhalación y una exhalación. Nuestros labios se separan. Nuestros ojos se arremolinan con lujuria animal. En este momento, somos más que almas gemelas. Residimos en el cuerpo del otro. Somos uno. Una piel. Un corazón. Una necesidad.

Me da un duro y rápido beso y quita mis pantalones cortos, dejándome medio vestida con mi camiseta, la cual se arremolina bajo mis pechos. Sobre sus rodillas ahora, rodea mi cintura con un brazo para mantenerme firme y con el otro separa mis temblorosos muslos.

Luego cae sobre mí. Lengua, dientes y boca… los recibo todos. Golpea mi centro con sus decadentes toques sucios. Una larga succión sobre mi clítoris. Todo el tiempo, murmura palabras sucias a mi coño tembloroso. Le dice cuánto ama su sabor. Lo buena chica que es por responder a él así. Que nunca va a olvidar cuán apretado y ardiente es. Que abraza su polla como un guante demasiado pequeño.

Me corro con sus obscenas palabras, su poesía sucia a mi coño hambriento, y es glorioso. Mágico. Todo lo que puedo hacer es enredar mis dedos en su cabello y repetir su nombre una y otra vez. Él presiona un suave beso, sobre mi tatuaje y se pone de pie. Sus brazos me levantan del suelo y me lleva como si fuera una novia recién casada en dirección a mi habitación, hacia la que le indico en mi estado semiinconsciente

Ronroneo en el hueco de su garganta mientras él entra, y me acuesta en la cama. Entonces procede a hacer el suficiente espacio a mi alrededor para que podamos ponernos cómodos. Lo miro con ojos velados mientras se desabrocha la camisa hasta la mitad, luego la agarra por la espalda y la saca por su cabeza. Lo siguiente que se va son sus vaqueros, dejándolo magnífica y arrebatadoramente desnudo.

Mis manos pican por la necesidad de acariciar el sólido paquete de músculos que atraviesa su pecho y abdomen. Él recorre mi cuerpo con sus ojos, desde mi pelo oscuro hasta la punta de mis pies. Me está memorizando, como yo lo estoy haciendo con él.

Arqueo mi espalda hacia él y su polla da un salto. Lamiendo sus labios, la coge por la base y le da una sacudida, dos. El toque de su propia polla se traduce en eróticas pulsaciones en mi centro, y un hilo de un poco de semen se escurre fuera.

Los músculos de sus muslos se contraen mientras se echa hacia atrás para coger un condón de sus pantalones.

—No. Sin condones—. Su gesto de disgusto hace que apriete los muslos juntos. —Y sin coño tampoco—.

Ahora su ceño muestra más que enfado. Es tormentoso. Cierra sus manos sobre mis rodillas y aplica presión hasta que mis muslos están abiertos, y mi carne necesitada está abierta ante sus ojos.

—¿Quieres repetir eso?—. Su voz ha caído una octava, arañando mis sentidos, excitándolos incluso más.

—La quiero en mi culo—.

Atrevida, atrevidas palabras para alguien que está sujetada a la cama tan solo por la mirada intensa de su amante. Apuesto que si él me dijera que me quedara quieta para poder cortar un trozo de mi corazón, lo obedecería. Estoy tan ida por él que me podría hacer lo que quisiera fácilmente.

Arquea sus cejas y merodea por mi cuerpo, haciendo un espectáculo para mí con sus musculosos brazos.

—¿Qué? —.

Los dedos de mis pies se entierran en el rasposo vello de sus pantorrillas mientras replico.

—Si esta va a ser la última vez entonces te quiero d-donde no has estado nunca—.

Su pelo cae sobre su frente mientras se cierne sobre mí, apoyándose sobre sus brazos.

—Te va a doler—.

—Lo sé—.

Una expresión feroz pasa por su cara, sin tomar el control del todo, pero acechando.

—No quiero hacerte daño—.

Reiría si no estuviera a punto de llorar; otra vez. Ya me ha hecho daño un millón de veces antes. ¿Qué importa una vez más? Quiero el dolor. Quiero el ardor. Me dijo una vez que me arruinaría para cualquier otro hombre, y que así es como lo haría. Quiero que lo haga. Quiero esto. Quiero estar arruinada para cualquier otro hombre ahí fuera porque nadie es como él. Si no puedo tenerlo, entonces nadie podrá tenerme a mí. Estaré sola. La única cosa que estaba evitando… ahora la quiero.

Susurro. —Lo sé—.

Una gota de sudor desde su frente cae entre mis pechos y él mira su descenso. Su respiración es errática. Quiere esto tanto como yo. De hecho, él puede tener miedo de lo mucho que lo desea.

—Puede que no sea capaz de parar…—. Está midiendo cada palabra, esforzándose para decir solo lo correcto. —Una vez… una vez que entre—.

Cojo su tensa mandíbula y acaricio sus pantorrillas con mis pies.

—Pero lo harás bien. Tú siempre haces que se sienta bien para mí. ¿Por favor, Ichigo? —.

Mis labios son su perdición. Esa fiera expresión se apodera de sus rasgos, oscureciendo sus ojos y enrojeciendo sus mejillas en un tono rojo oscuro. Se levanta y me coge por el brazo para que me incorpore. Me quejo mientras me pongo de rodillas, encarándolo.

Nos observamos, jadeando, locos de lujuria. Estiro mi mano y lo toco y luego extiendo mi mano sobre su pecho, sintiendo sus pulsaciones en mi palma. Miro el movimiento de sus músculos abdominales mientras toma hondas respiraciones, sobresaltando las líneas afiladas de sus costillas.

Agarra mis brazos y los sube sobre mi cabeza, luego me arranca la ligera camisa que ya estaba medio fuera. Ahora estoy tan desnuda como él, temblando bajo una capa de escalofríos.

Sus manos se cierran sobre mis pechos y aprietan mi carne. Mi aliento se acelera, y también lo hace mi corazón. Lo siento hincharse dentro de mi pecho, presionando contra mis costillas. Mi excitación parece más grande que yo ahora mismo. Cuanto más masajea mis tetas, más inquieta me pongo. Balanceo la parte baja de mi cuerpo, acariciando la cabeza de su polla con mi estómago, haciéndole gruñir.

Soltando mis pechos y apartándose, Ichigo coge la parte posterior de mi cuello y me empuja contra la cama. Me dejo caer de buena gana, hasta que mis codos golpean las sábanas revueltas y estoy sobre mis rodillas, mi culo al aire.

Se pone detrás, palmeando mi culo, masajeando y amasándolo. Un latigazo de escalofríos recorre la parte baja de mi espalda, esparciéndose por mi carne. Ese oscuro, agujero intacto se contrae.

La humedad gotea desde mi centro por la parte interna de mis muslos. Ichigo la recoge con un dedo, trayéndola de vuelta a mi coño y esparciéndola sobre mis goteantes labios.

Pequeñas sacudidas recorren mi cuerpo, haciéndome moverme contra el aire. Miro detrás para encontrar a Ichigo totalmente atento a los movimientos de su dedo. Sus cejas están fruncidas mientras añade la otra mano a la acción, insertando un gran dedo en mi centro. Estira mi apretado agujero y mis labios hinchados usando sus dedos y los pulgares. Mis nalgas están separadas y estoy totalmente expuesta a sus ojos.

Pero puedo ver que no está feliz. Quiere más. Lo sé por la forma en que su cuerpo cambia de postura con impaciencia. Sus uñas se entierran en mi culo mientras llega más lejos. El anillo apretado de mi ano se abre; puedo sentirlo. Puedo sentir mi coño chorreando y mojado por la rara combinación de excitación y vergüenza. Luego él hace algo que me lanza a una estratosfera complemente diferente de lujuria.

Sus labios se arrugan y escupe sobre mi ano. En cuanto el líquido caliente me golpea, mis caderas saltan. Gruesos y tensos nudos en la parte baja de mi estómago se deshacen, y casi me corro, cayendo sobre la cama, sobre mi rostro.

—¿Sientes lo apretada que estás aquí?—. Sus dedos trabajan para lubricarme, esparciendo su saliva sobre mi apretado anillo, todo ello mientras juega con mi otro agujero. —Sabía que lo estaría. Sabía que no descansarías hasta que yo perdiera completamente la cabeza al ver cuán apretada e intacta estás—.

Deja de jugar con mi coño y se concentra solo en mi culo ahora. Inserta su pulgar mojado y un pequeño dolor me recorre la espina dorsal. Grita que quiero esto. Quiero que tome mi culo y que sea el primero

Arqueando mis caderas, apoyo mi mejilla en la suave cama. Echo los brazos hacia atrás y los pongo sobre las nalgas de mi culo, ayudándole a estirar mi agujero.

—Joder— maldice en un suspiro. —Estás intentando matarme—.

—No— murmuro contra la sábana, de repente, extremadamente caliente y tímida. —Estoy intentando que me folles ya—.

Una carcajada dolorosa se le escapa.

—Sí, estaré muerto antes que todo esto acabe—.

Ahora que yo me estoy sosteniendo abierta para él, me suelta y toca su polla. Golpea mi culo con ella, su calor filtrándose en mi piel. Escupe de nuevo, esta vez en su cabeza, y esparce la saliva por todo su miembro. La vista de ello se esconde detrás de mi culo izado, pero puedo imaginar su longitud brillante, la piel deslizándose arriba y abajo, creando la magnífica fricción que siento cuando lo hace contra mi coño.

La tensión en sus bíceps se relaja y para el movimiento para mirarme. Me muerdo el labio, mi pecho sube y baja con jadeos de anticipación.

Con sus ojos, me dice que está listo para tomarme. No necesitamos palabras entre nosotros. Este momento es demasiado grande para palabras. Solo se puede describir con acciones. Él va a conquistar lo último de mí ahora.

Ichigo me toma por la cintura con una mano, manteniéndome quieta, y con la otra, coloca la cabeza de su polla contra mi oscura y pequeña entrada. Presiona hacia adentro, intentando romper el anillo compacto de músculos. Está duro, cuesta, mientras me retuerzo y aprieto los ojos cerrados, y él respira con ruidosos jadeos. Luego suena un plop y ya está dentro.

La punzada. La presión. La siento abanicándose sobre todo mi culo y espalda. Siseando, agito mis caderas, casi sacándolo, pero él se agarra fuerte a mi cintura manteniéndome quieta.

Continúa introduciendo su polla, y juro que puedo oír los músculos estirándose, separándose unos de otros. Oh Dios. Lágrimas se forman mientras respiro por la nariz, temblando de dolor.

Esto fue una mala idea. Mala. Mala. Mala.

—Shhh…— Ichgo acaricia mi espalda con su otro brazo, intentando calmar mi cuerpo asustadizo. —Todo va a salir bien. Todo va a ir bien. Yo te cuidaré—.

—¿Está toda… toda dentro?— gimo.

—No, cariño, aún no—. Él suelta un largo y estrangulado gemido. Sus fuertes muslos vibran contra la parte posterior de los míos, dando cuenta de su control y su esfuerzo.

Ese desliz de su lengua, que casualmente ha dicho con aprecio me hace abrir los ojos y mirarlo. Yo soy su cariño. Cariño.

Su cabeza está agachada como si estuviera rezando, sus cejas fruncidas como si no pudiera permitirse perder el control y hacerme daño en el proceso, pero ya no me importa. Lo quiero de todas las maneras en que las pueda tenerlo.

—Duele— le digo en voz bajita.

Su cuerpo se retuerce y sus ojos nublados se alzan. Me meto el pulgar en la boca y lo chupo, imaginándome que es su polla lo que estoy usando como chupete, como una niña buena.

Juego a su juego favorito por última vez y las fosas de su nariz se ensanchan. De repente crece más, más grande, más tenso. Sonrío por dentro cuando sus dos manos sudadas y resbaladizas agarran mis dos caderas y empuja hasta el fondo. Me muerdo el pulgar, gimo alrededor de este, y cierro los ojos. El dolor es enloquecedor, pero mientras me rindo a este, me doy cuenta que va menguando poco a poco.

Ichigo gruñe mientras sale un poco, el vello áspero alrededor de su polla pica contra la suave piel de mi culo. Lo imagino mirando cómo me chupo el dedo, quedándome quieta, siendo buena con él. Mi corazón golpea mientras lo imagino echándose hacia atrás una vez más para poder empujar de nuevo adentro, suavizando el canal a través de mi apretada cámara.

Suelta una mano y la pone sobre mi clítoris, dándole golpecitos a mi apretado botón. Mis caderas saltan de nuevo, pero como siempre, Ichigo me mantiene en mi sitio. Mientras juega con mi clítoris haciendo que mi coño se llene de crema por él, se retira casi completamente y luego empuja completamente adentro. Él jadea y yo gruño.

Sudor cae por mi espalda, chorrea por mi cuello, haciéndome cosquillas. Gimiendo, rozo mis pechos que se sienten pesados contra la cama suave, buscando fricción para mis excitados pezones mientras Ichigo encuentra su ritmo lento pero confiado. El dolor está ahí, pero es soportable, incluso placentero.

Por última vez, me cuenta una historia, sucia y pornográfica. Me dice lo apretada que estoy, y lo increíblemente bien que le hago sentir. Me dice que los hombres matarían para poder meterse dentro de mi coño, mi culo; no importa cuál.

Mientras lo escucho y pierdo la cabeza, sé que no me importa ningún otro hombre. Solo me importa él

Nuestra carne se desliza junta, lubricada con sudor y mis propios jugos. Luego Ichigo cambia de postura poniéndose de rodillas para sacar su pierna y ponerla alrededor de mi cintura, cambiando el ángulo. Extrañamente, siento su polla en mi columna. La siento golpeando contra mis huesos, y exploto.

Chorros de esperma salen de mí, chorreando por mis muslos y los suyos, también, estoy segura. Mi cuerpo esta tenso y laxo a la vez, dando sacudidas y temblando, una bestia que no puedo controlar. Por un segundo, tengo miedo que nunca terminará, que nunca podré recuperar el control de mi propio cuerpo. Un grito se forma en mi garganta, pero su mano sobre mi boca lo acalla. Pongo mi propia mano sobre la suya y me agarro a ella.

Detrás de mí, Ichig se sacude. Gira sus caderas como signo revelador de su propio clímax, y yo aprieto su palma sobre mi mano para decirle que estoy aquí, que está bien dejarse ir.

Él cae sobre mí mientras su polla expulsa semen caliente. Suspiro bajo su delicioso peso y caemos en el charco de nuestros orgasmos. Su pecho tembloroso golpea contra mi espalda, su brazo está tirado sobre mi hombro. Huelo su piel, acaricio con la nariz el grueso vello de su antebrazo. Sus suspiros remueven el pelo de mi nuca.

Por primera vez en mucho tiempo, me siento adormilada en mi cama. No necesito la superficie dura de la bañera. Mis ojos están a punto de cerrarse cuando lo oigo susurrar, casi distraídamente.

—Las traes de vuelta… a mis palabras—.

Son tan suaves y ligeras que casi podrían ser un sueño. En ese sueño, casi podría imaginar que él no vino aquí a decir adiós, sino para decirme que me ama. Me quedo dormida en la estela de esas tres imaginadas palabras.