[Advertencia]
Historia con contenido sensible.
Descripción gráfica de: consumo de sustancias tóxicas, trastornos mentales, emociones y pensamientos negativos, alusión al suicidio.
El tono de llamada entrante resonando a modo de eco por toda la habitación hizo a Mycroft despertar sobresaltado; el hombre arrugó la frente, tallándose los ojos con las manos tratando inútilmente de alejar el fuerte sueño que le sobrecogía, su espalda dolía a horrores y traía el brazo izquierdo hormigueando. Parpadeó lentamente, orientándose, aún estaba en su oficina y claramente se había quedado dormido sobre el escritorio. Se sintió muy avergonzado al notar una nota pequeña de Anthea donde le comunicaba que se iba a casa, remarcando debería sobre exigirse un poco menos en el trabajo, además de añadir burlona los beneficios de descansar sobre una superficie menos dura; la arrugó con la mano, lanzándola después a donde recordaba se encontraba el basurero. Un vistazo al reloj del fondo y fue capaz de percatar la hora, sorprendiéndose, pues eran por poco las once de la noche.
Se levantó, oyendo sus huesos crujir en el proceso, eso gracias a la mala posición en que se mantuvo durante sabrá Dios cuántas horas; perezoso caminó hasta el sofá rojo frente al ventanal, donde su saco abandonado hacía rato emitía ruidoso llamada tras llamada. Rebuscó entre los bolsillos hasta dar con el dichoso aparato, en cuya pantalla brillaba el nombre del doctor John Watson; apenas leyó el remitente una cruda sensación de pesadez se le instaló en la boca del estómago, un tiempo atrás después de darle su número personal a John le hubo dicho que le buscara cuando él o Sherlock necesitasen ayuda, John nunca había llamado. Más preocupado que molesto descolgó la línea, ni siquiera tuvo oportunidad de hablar cuando el militar retirado soltó una frase que le cayó con el peso de una tonelada encima:
— Creo que Sherlock va a hacer algo estúpido
— Explíquese— ordenó frívolo tras colocar el altavoz mientras rápidamente se enfundaba el saco, desordenando su escritorio en busca de las llaves de su oficina y la billetera. Mediante el teléfono del trabajo mandó un texto rápido pidiendo a su chófer pasar a recogerlo.
— ¡Se fue, dejó una nota disculpándose y se marchó! ¡Apenas puede caminar sin tambalearse, maldita sea!— contestó John, alterado, Mycroft podía escuchar tanto la respiración agitada del hombre como el viento chocando contra el micrófono del celular, eso significaba que estaba fuera, corriendo, yendo hasta los sitios donde cree Sherlock podría encontrarse. Maldijo en voz queda, comenzando a bajar las escaleras cuando tras picar al elevador este indicó encontrarse en la planta más baja; corrió, seguro de que su hermano no estaría en algún lugar predecible, lo sabía por lamentable experiencia. Tal vez ya ni siquiera se encontraba en Londres.
— Relájese, por favor— dijo más para él mismo que para John; con el pecho apretado de preocupación y el esfuerzo físico se estaba quedando falto de aire, pero la adrenalina gracias a la intranquilidad de todo el asunto le impedía detenerse— Vaya al Saint Bart, le esperaré en mi coche, será más sencillo movernos así, apenas pueda contactaré a mi equipo para que revisen las cámaras de seguridad partiendo desde Baker Street. Lo último que necesitamos es entrar en pánico, recuerde con quien está tratando
John quiso quejarse, gritarle que se lo tomara más en serio, pero sabía no estaba en posición de hacerlo, así pues completamente derrotado colgó el teléfono apenas le informó que se verían allá. Lo último que Mycroft escuchó fue al otro haciéndole la parada a un taxi.
Terminó en recepción veintidós pisos abajo, sudoroso y cansado; salió del sitio despidiéndose secamente del guardia de seguridad, quien si bien le observó con extrañeza devolvió el saludo educado. Apenas salió pudo ver a su chófer esperándole estacionado al frente del edificio, dentro de la limusina con las intermitentes encendidas. El viento nocturno le hizo tiritar al golpearle la piel caliente con su hiriente y doloroso frío; se apresuró hasta el vehículo, no había ni cerrado la puerta cuando el sujeto al volante, conocedor e intuitivo, arrancó a la máxima velocidad permitida para, segundos después, incorporarse a la avenida principal.
— Al Saint Barts— ordenó, impaciente. La última vez que se sintió tan alterado fue ese frío día de noviembre en el que después de pelear con sus padres gracias a que estos descubrieron su adicción a las drogas Sherlock no regresó a casa; entonces, después de gastar horas buscándolo pudo ver una figura al borde de la azotea de un edificio departamental al otro lado de la ciudad, tambaleándose hacia enfrente y hacia atrás en son con el viento. Aún recordaba en sus manos el tacto helado, cortante del metal mientras subía la escalera para incendios lo más rápido que era capaz; jamás olvidaría el vértigo en su estómago al verle ahí, de pie, disfrutando de las ráfagas congeladas dándole contra el rostro, casi con inocencia, como si realmente no estuviese pensando en saltar. No se iría de su cabeza forma en que le temblaban las piernas mientras corría hacia su hermano, aferrando sus brazos alrededor del cuerpo ajeno, tomándole desde atrás para tirarse al suelo con Sherlock temblando violentamente, tampoco se borraría la escena de él estampando su puño iracundo contra la mejilla de un sorprendido Sherlock, ni la forma en que su hermano lloró acurrucado sobre su pecho hasta dormirse, tan agotado y desprovisto de vida que era doloroso solo verlo.
Tampoco olvidaría que uno de los principales factores en el desmorone emocional de Sherlock fue su demente hermana. No se arrepentiría jamás de haberla encerrado, incluso si eso le hacía ver como un monstruo desalmado y rompía el corazón de mamá.
Apenas vio el elegante coche acercarse John corrió hasta él, por poco estampándose contra la puerta. Mycroft se recorrió en el asiento para darle espacio; John entró y se sentó casi jadeando, parecía recién haber llegado hasta ahí. Si era honesto, Holmes ni siquiera se había percatado del momento en que llegaron al enorme hospital.
— ¿A qué hora lo perdiste de vista?— inquirió secamente, como era su costumbre.
— Poco más de las tres de la tarde, me quedé dormido en el sofá— respondió John, titubeando al hablar, ya fuese por preocupación, frío o agotamiento, sinceramente, poco importaba en ese momento.
Con un nada elegante chasquido de lengua Mycroft sacó su teléfono especial del MI6 y comenzó a teclear, enviando textos a la central general para pedir que revisasen todas las cámaras de Londres desde las tres de la tarde y partiendo por Baker Street. Sabía que no era ético tomar las armas que le había dado el gobierno para manejar sus problemas familiares, no obstante, una de las cosas que le había llevado a la posición donde estaba era haberse despegado por completo de la moral. Incluso había ido tan lejos como para hacer lucir a Sherlock frente al gobierno como una total amenaza, logrando así evadir las quejas y problemas dentro del seno de su trabajo cuando quería espiarlo. Rápidamente obtuvo una respuesta, las múltiples manos de la organización se movieron a la velocidad de la luz, otorgándole en tan solo unos segundos el recorrido que su hermano había hecho desde la calle Baker hasta lo último que se supo de él.
— A las tres cuarenta y cinco salió del departamento con las mismas ropas que usualmente se pone, evadió la mayoría de las cámaras en la ciudad pero se descuidó a la hora y media, donde fue capturado cerca de una zona de compra-venta ilegal— informó resumiendo los datos rápidamente; inclinándose hacia adelante dio una dirección rápida a su chófer, quien partió de inmediato con destino al sitio indicado.
— ¿Realmente crees que siga ahí?— preguntó John al borde del colapso nervioso. Su rostro estaba casi pegado a la ventana, se mordía ambos labios mientras sus ojos bailaban de un lado a otro, intentando visualizar cualquier cosa allá en las oscuras calles solitarias.
— No— se sinceró Mycroft, apretando las manos sobre sus rodillas en un tic que tenía ya muchos años sin presentarse— Pero podemos comenzar a buscar desde ahí
El trayecto hacia esa última ubicación estuvo bañado en un silencio incómodo, cargado hasta el tope de nerviosismo y preocupación; mientras John no cambió ni un centímetro su posición adquirida, Mycroft se la pasó metido de lleno en el celular, tecleando órdenes y respondiendo a negativas o aciertos. Necesitaban reunir la mayor cantidad de información posible antes de que fuese demasiado tarde, pues conociendo a Sherlock probablemente estaría al borde del precipicio más oscuro, ondeando sin pestañear ante la fuerte sensación llena de adrenalina que le otorgaba pensar en terminarlo todo.
— ¡Lo encontraron!— casi gritó cuando sus ojos claros pasaron por sobre las alentadoras palabras de aquel mensaje. Al oírle John saltó de su asiento, girando la cabeza tan rápido que se mareó por un corto instante.
— ¿¡Dónde!?— preguntó el doctor en forma de una orden desesperada. En cualquier otro momento y al escuchar ese tono dirigido hacia él, Mycroft le había partido la cara a John con su siempre presente paraguas, pero de cierto modo entendía el motivo tras la poderosa preocupación que el hombre estaba mostrando, pues él mismo se encontraba sumamente consternado, sintiéndose otra vez como el joven impotente de tiempos pasados que, sin poder hacer algo certero, veía a su hermano autodestruirse con el mayor desprecio que nunca había sido capaz de presenciar.
— Hace una hora entró en un viejo complejo de apartamentos a una calle de aquí— respondió rápidamente.
Apenas le escuchó y sin recibir ningún tipo de indicación, el entrenado chófer dio un brusco giro a la izquierda, donde sabía bien se encontraba el sitio antes mencionado, que fungía desde su abandono como sede principal de compra-venta de estupefacientes en la zona, estacionándose descuidadamente en un espacio vacío a pocos metros del enorme edificio descuidado, con la pintura descolorida y marcado hasta la saciedad con grafitis mal hechos, que se paraba imponente ante el resto de pequeñas viviendas en igual o peor condición.
El fuerte derrapar de unas llantas hizo voltear a los tres hombres que estaban dentro del coche. Detrás de ellos se detuvo un deportivo rojo, a poco de estamparse contra el suyo, pareciendo no haberlos visto al dar vuelta y viéndose obligado a hacer una maniobra casi hollywoodense para evitar el choque; la puerta izquierda se abrió con tanta fuerza que la inercia le hizo regresar, casi golpeando a quien conducía e intentaba salir. Tras unos segundos del interior bajó una temblorosa Molly Hooper, enfundada únicamente en unos jeans ajustados, sandalias y una delgada playera de manga larga; ella volvió a azotar la puerta al cerrarla, para luego tomar todas sus fuerzas cuando, casi histérica, corrió derecho a aquel edificio maltratado.
Mycroft y John se dieron una corta mirada sorprendida antes de que este último saliese disparado del coche persiguiendo a la menuda mujer, entendiendo que podría ser lastimada si la veían sola en un lugar como ese.
Cruzando el umbral sin puerta puede notar un fuerte aroma que mezcla tabaco, marihuana, orina y licor barato. A la izquierda, acurrucados, se encuentran un par de muchachos demasiado jóvenes, delirando, riéndose de la aterrada expresión en el rostro de la mujer que momentos antes subió las escaleras. John niega con la cabeza mientras renueva su carrera hacia las sucias escalinatas, pensando en lo triste que es la situación de adolescentes como esos dos, imaginando a su vez a un Sherlock en esa edad y ese mismo estado.
Las circunstancias no le permiten pensar demasiado en la fuerte culpa que le trae el no haber estado presente en aquellos sucesos el pasado, pues al arribar al segundo piso puede escuchar al fondo, en una de las habitaciones vacías, el eco de los sollozos desesperados de Molly, quien grita el nombre de Sherlock y le suplica múltiples veces que abra los ojos.
John no procesa completamente lo que está escuchando; yendo a contracorriente de sus emociones más básicas su cuerpo camina despacio hasta el origen del bullicio; el exterior rígido como una piedra mientras por dentro a duras penas se sostiene, tembloroso, agitado, un fuerte zumbido agudo le cubre los tímpanos haciendo la voz de Molly cada vez más lejana, reemplazándola con los latidos de su corazón que, yendo desbocado gracias a la enorme consternación, expresa todo el sentir de su atormentado ser.
Y es entonces que puede advertir, con áspera claridad, como su respiración se corta de tajo, su estómago cae con un ruido sordo en la profundidad del terror más puro jamás experimentado y la bilis se acumula en la parte posterior de su garganta, pues ahí tirado en el suelo se encuentra su pequeño amor, boca arriba, la piel visible de su rostro mostrándose con un espeluznante tono azulado, los labios morados, la frente perlada a causa del sudor frío, sin dar respuesta alguna a los estímulos que Molly, desbordando ansiedad, le daba.
Necesitó aferrarse al umbral para no caer cuando sus piernas se le desconectaron del resto del cuerpo, sin poder salir del shock emocional que la escena le producía. Solo reacciona cuando sus ojos nublados por las lágrimas dejan rodar estas últimas por sus frías mejillas, sacándole lo suficiente de su estupor como para tambalearse hasta ellos y tirarse de rodillas al suelo.
— No está respirando— se queja Molly en un roto hilo de voz, sacudiéndose entre sollozos.
John no responde, no es que sea muy necesario, en su lugar la empuja sin fuerzas antes de tapar la nariz de Sherlock y posar sus labios sobre los congelados del detective, enviando el poco aire que puede a los inertes pulmones. Se obliga a entrar en el modo doctor, justo como lo hacía en combate, no pensando tanto en los cuerpos quemados, desmembrados o agujereados como compañeros soldados, sino más bien como pacientes, personas ajenas a él, para poder trabajar sin culpa, sin fallos, entregándolo todo con el profesionalismo frío que se esperaba tuviese; afortunadamente funciona, se ve haciendo el RCP en automático, sin prestar demasiada atención a los cruentos detalles, como las costillas crujiendo bajo sus palmas o el tono violeta cada vez más presente en la piel de su amigo.
No era el momento de romperse, no todavía.
Capta vagamente los felinos pasos de Mycroft, recorriendo ágiles el pasillo hacia ellos. Escucha al hombre jadear sorprendido apenas entra a la habitación. Oye a los otros dos intercambiar palabras sin hacerlo realmente, y luego se hacen eco las firmes órdenes de Holmes gritando al teléfono. No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando Molly lo aleja de Sherlock con un gran empujón, actúa como un perro rabioso al verse separado de él, tanto y tan fuerte que la forense y Mycroft se ven obligados a retenerlo en el suelo mientras explican que aquellas personas lo están socorriendo.
Las voces de los paramédicos son como espuma en sus oídos, las palabras que dicen se deslizan cuan agua entre sus dedos, no permitiéndole sacar ni una sola frase en claro. Permanece en blanco cuando lo ayudan a levantarse, no puede responder a lo que sea que pregunta el resto, simplemente deja a Molly arrastrarlo por el brazo a través del edificio, hasta salir y sentir el viento cortante abofetearle la cara, regresándolo aunque fuese un poco a la horrenda realidad.
— Doctor Watson— le llama Mycroft, poniéndole ambas manos sobre los hombros— Necesito que suba a la ambulancia y ayude a los paramédicos dándoles el historial de adicciones de Sherlock, yo iré detrás de usted en el coche que la señora Hudson le prestó a Molly, ¿Puede hacer eso?— preguntó extrañamente amable. John parpadeó lentamente, volviendo en sí lo suficiente para notar lo afectado que lucía el político por toda la situación con su hermano menor. Asintió despacio con la cabeza, dirigiéndose cuan autómata al interior de la ambulancia. Mientras cerraban las puertas pudo notar como el hombre daba una orden a su chófer, antes de dirigirse al deportivo y abrir la puerta de copiloto a Molly, para posteriormente subirse él.
Los diecisiete minutos que tardó en llegar la ambulancia al hospital pasaron en forma de asfixiante humo a ojos de John, que a duras penas logró articular lo suficiente como para poder mencionar el motivo de la sobredosis que los había llevado hasta ese ridículo punto. Cuando le pidieron descender del vehículo para poder bajar la camilla donde se encontraba Sherlock escuchó el coche de Molly estacionarse a pocos metros de ellos; sin esperar a los otros dos corrió junto a los paramédicos por el pasillo de entrada, no escuchando absolutamente nada de lo que estaban diciendo, concentrado únicamente en el hecho de que pese a haber entrado en paro y estar en necesidad de oxígeno, Sherlock estaba vivo, y eso significaba que aún había esperanza en todo ese infierno.
— No podrá acompañarnos más lejos, por favor, espere en la sala a su izquierda— informó una paramédico, deteniéndole con el brazo cuando quiso pasar junto a ellos por las puertas automáticas que llevaban al área de emergencias. Estuvo a poco de reclamar bañado en cólera cuando el sonido de los apresurados pasos de Mycroft y Molly hicieron eco detrás; al mirarlos pudo notarla ella luciendo verdaderamente agotada, ojerosa y aún más temblorosa de lo que solía verse en su día a día, él le había dado su saco gris para protegerla del frío.
— ¿Qué sucedió?— preguntó Holmes, enfocando su mirada en la joven que impedía el paso a John.
Ella bajó el brazo con lentitud, algo intimidada por la fuerte presencia del hombre al frente, quien pese a verse tan cansado irradiaba imponencia, dándole la sensación de que podía destruirla en segundos. Carraspeó, encogiéndose de hombros ante los felinos ojos castaños del sujeto— El paciente salió del paro cardio-respiratorio durante el viaje, logramos estabilizarlo y está entrando a emergencias donde lo atenderán un toxicólogo y un internista, el hombre aquí presente nos ha dado su historial para tener en cuenta el consumo del estupefaciente al momento de administrar medicamentos, eso pasará a manos de todos quienes vayan a tratarle para evitar darle algo que pueda empeorar su condición
Mycroft bufó por la nariz, arrugando un poco el entrecejo— Bien— volteó a ver a Molly— Ya que parece que no podremos hacer nada más por ahora, le sugiero que tome al Doctor Watson y vayan a la sala de espera, necesito hacer unas llamadas, los alcanzaré en breve— informó, retomando los pasos anteriormente dados en dirección al exterior del edificio.
— ¿Eso es todo lo que harás? ¿Realmente te importa lo que le suceda?— inquirió John, irritado, sintiendo finalmente algo entre la gruesa neblina que cubría su mente.
Mycroft detuvo sus pasos, solo para voltear a verle de forma casi despectiva— ¿Qué sugiere, doctor? No crea que no estoy afectado por esto simplemente porque no estoy llorando y quejándome como un inútil, le recuerdo que estamos hablando de mi hermano— respondió, su voz bullendo en la rabia y acidez de quien pese a desear hacer algo, sabe bien no ser capaz de ayudar— Pienso traer a los mejores doctores que el dinero pueda comprar, sépase eso, además, necesito comunicarle a mis padres que su estúpido hijo está entre la vida y la muerte otra vez— Dicho aquello dio media vuelta, sus furiosas zancadas se perdieron por donde habían entrado hacía un momento, desvaneciéndose hacia el oscuro estacionamiento.
— John, vamos a sentarnos y esperar, si nos ponemos muy tercos pueden echarnos y entonces no podremos saber si mejora— susurró Molly, tomándole suavemente del brazo, casi con miedo, estando enterada de lo que un hombre de batalla era capaz cuando estaba enojado. Se disculpó con la paramédico dándole una sonrisa abatida, antes de empezar a dar cortos pasos flojos hacia donde se les había indicado estaba la sala de espera.
Sin realmente muchas ganas de obedecer John se dejó arrastrar por la joven mujer, aceptando a regañadientes que las palabras de Mycroft estaban llenas de razón; a estas crueles alturas lo único restante era esperar, y tal vez rezarle al universo por una nueva oportunidad, aunque no se la mereciera.
[N/A]
Un año... para ésta porquería
...
Seh
He pasado un montón de tiempo pensando en como continuar esto, tenía un par de ideas y no sabía por cual decantar, pero a último momento logré concretar algo medianamente satisfactorio para mí, aunque vengo con los ánimos bajos porque decayó mi forma de escribir y redactar :)
Ah, dividí el capítulo en dos porque no iba a poner ocho mil palabras acá pq sí se estaba viendo pesado
Lamento muchísimo la tardanza y les agradezco por ser pacientes conmigo, les amo ❤
[Recordatorio]
Todo lo escrito aquí es mera ficción.
Recuerden que las adicciones NO son la solución para tratar con trastornos como el TEPT, la depresión, ansiedad, entre otros. NO está bien tampoco recurrir a la autolesión o el suicidio. Sé que a veces podemos sentirnos tan mal que los caminos parecen cerrarse y las oportunidades desaparecer, pero no debemos dejarnos hundir. Si en algún momento se sienten al límite recuerden tomarse un tiempo para relajarse y sanar con ayuda profesional. Nunca es tarde ni está de más pedir ayuda, no tengan miedo.
