¡RECUERDEN!
A favor de la campaña "con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo.
porque eso es de gente muy cochina *lean esto con la voz de Deadpool*
Recomendación musical: "Beat Hit!" by Miyazaki Ayumi.
Notas:
Presente
[Pasado]
"Pensamientos"
[Teléfono/Mensajes/Cartas]
Narrador extra.
Los personajes de The Abandoned Empress son propiedad de Jeong Yuna
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Intermedio I. – La llegada de Jieun –
Parte II. Mi nombre es Eligere. (3)
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[Diez días antes…]
El recorrido desde la oficina del Emperador hasta la habitación dada arbitrariamente a la joven que apareció en una torre de luz fue verdaderamente tenso, dadas las miradas de los sirvientes en palacio, sus poco disimulados susurros y algunos cuantos caballeros que les saludaron formalmente con un titubeo.
Para el Emperador Mirkan esto se trató de un comportamiento normal, una ruina diaria, otorgándoles cierta comprensión a sus súbditos. La presión que se siente al servir al hombre más poderosos del Imperio, tarda un tiempo en volverse costumbre.
Este pensamiento no era compartido por el Marqués la Monique quien se había estado preparando los últimos cinco años para este momento. El momento, en que la mujer de negro apareciera y trajera desdichas sobre su amada hija Aristia.
La odiaba por el simple hecho de causarle dolor y miseria a su hija, de arrebatarle la esperanza y dejarla varada en la desesperación. Aunque parecía una locura, consideraba la opción de ir en contra del mismo Emperador, pero, no retrocedería, si era para proteger a su única hija, su razón de continuar viviendo con gran alegría, el fruto de su amor con Jeremiah.
Mataría con sus propias manos a la mujer de negro.
—Ayúdame.
Detuvo sus pasos. El rostro de esa mujer de negro recubierto de lágrimas y mocos aparecía en su mente.
Ella no se veía como la había imaginado en un principio, su apariencia física coincidía con la descripción hecha por Aristia excepto por el aura rodeándola en el momento que reacciono y mirando por todos lados en el jardín buscando algo con desesperación.
Se mostro asustada, dispuesta a escapar de las manos de los guardias y la parte más importante, ignoro al príncipe heredero, eligiendo aferrarse a él como un medio de escape. ¿Por qué?, se preguntó el Marqués.
¿Podría ser que esa mujer de negro tuviera memorias del pasado como Aristia?
Negó ante dicha posibilidad, por eso mismo eligió tenderle una trampa, preguntándole si había perdido la memoria y ella asintió, apenas podría mentirle estando de frente y ni titubeo al responderle.
Era simplemente ridículo sentir un poco de pena por ella, a pesar de lo indefensa y patética que le pareció. Seriamente empezaba a dudar de su tranquilidad mental al reaccionar con un tinte de preocupación por el drástico estado de salud de la mujer de negro.
Primero lloraba y unos segundos sin prestarle atención perdió el conocimiento, experimentando una fiebre extremadamente alta.
—¿Keiran?
La voz del Emperador le trajo de regreso a la realidad.
Ambos estaban de pie en el medio del pasillo a unos pocos metros de la puerta para entrar a la habitación.
Inmediatamente se disculpó con el Emperador.
Mirkan negó con una sonrisa amable, palmeando el hombro de su amigo, comprendía totalmente la razón de que su mente se alejara para tener un momento privado.
Hace unos años la idea de tener a Aristia como la esposa de Ruveliss le lleno de felicidad, serian la pareja perfecta que se apoyaría mutuamente por el bien del Imperio; entonces el día que ella fue llamada al palacio tras el anuncio del oráculo en otorgarle un segundo nombre, es que sus deseos se transformarían en una realidad.
Salvo, porque esa pequeña y dulce niña no deseaba permanecer en su rol de prometida del príncipe heredero. Tuvo la inquietud de que ella estuviera interesada en competir por el puesto de Emperador, como lo supuso, su intención era incluso más noble.
Suceder a Keiran en el rol de Marqués de la familia Monique.
Con tal de ganar un poco más de tiempo, antes de que ella obtuviera dicha herencia, estableció un pequeño pacto con ella. Cuando cumpliera su mayoría de edad y si su corazón seguía firme en su decisión de suceder al Marqués la Monique, rompería el compromiso con Ruveliss, en caso contrario el matrimonio se mantendría.
Y ahora, una misteriosa mujer que había descendido del cielo aparecía en medio del jardín en presencia del príncipe heredero y un montón de nobles, otorgando la esperada oportunidad de cortar tajantemente cualquier tipo de lazo con la familia imperial y de esa manera el trato dejaría de tener valor.
Una profunda exhalación salió de los labios del Emperador, una última palmada al hombro del Marqué.
—Entremos. —Señaló a la puerta a su espalda, girando sobre sus pies, caminando nuevamente.
—Si, su majestad. —Inclinó ligeramente la cabeza, siguiendo al Emperador a unos tres pasos de distancia.
En la puerta les esperaba una sirvienta diferente a la que fue a informarles del estado de salud de la misteriosa mujer. Ella les saludo respetuosamente, dudando en abrir ambas puertas a su espalda, tanto el Emperador y el Marqués entendieron por esa reacción que algo ocurría dentro.
Seguidamente escucharon gritos femeninos.
—¡Abre ahora! —Ordenó el Emperador con una mirada seria.
La sirvienta acato y con un poco de desconfianza, jalo las perillas doradas en las puertas, retrocedió y con una reverencia, les indicio que podían entrar.
Pero, apenas el Emperador tuvo un pie dentro, una almohada dio contra su rostro.
La sirvienta grito conmocionada al enderezar su postura, cubriéndose la boca con una mano, cerrando rápidamente las puertas, evitando que miradas curiosas captaran un momento de humillación al gobernante del Imperio.
El Marqués se colocó delante del Emperador, cubriéndolo con su brazo, listo para sacar su espada.
El arma suave y esponjosa cayo del rostro de Mirkan, dejando como supuestas cicatrices, algunos cabellos desarreglados y el alboroto en su blanco bigote.
Su atacante estaba de pie en la cama, usando nada más que una falda escandalosamente corta, una camisa blanca y medias negras que dejaban ver su piel, tenía el cabello negro alborotado, respirando con dificultad, sus mejillas mostraban un rojo intenso.
Algunas de las sirvientas trataban de hacerla bajar de la cama y arrebatarle la otra almohada en su mano. Ignorando que el Emperador había resultado lastimado en un ataque sorpresa.
Solo hasta que tosió, tuvo las miradas de las mujeres en él.
Las sirvientas temerosas de ser regañadas, comenzaron a disculparse. La mujer sin nombre le miro entrecerrando los ojos, apretando la almohada en sus manos.
—Buenas tardes. ¿Se ha recuperado? —Saludó encantadoramente el Emperador. Aparto el brazo de Keiran suavemente, indicándole que esperara.
La mujer no le respondió, en cambio, desvió su mirada al Marqués y sin previo aviso arrojo la almohada en su mano directo al este.
Varias plumas blancas llenaron la habitación.
Con un elegante movimiento de su muñeca, el Marqués la Monique desenfundo su espada, cortando la preciosa tela de la almohada y derramando su contenido.
Usando a su favor la cortina de plumas voladoras, la mujer misteriosa dejo la cama, corriendo por la habitación, deteniéndose detrás de los sillones colocados al medio. Gruñía cual bestia, protegiendo su territorio de intrusos indeseados.
Empezó a mover su rostro de un lado a otro, buscando por donde correr, ahora sin las plumas flotando ni sus armas esponjosas se encontraba indefensa ante dos nue0vos oponentes.
El Emperador levanto una ceja, atrapado en la curiosidad. El Marqués la Monique le protegía y mantenía su espada delante de su cuerpo, en caso de que ella abandonara su posición detrás del sillón.
—Ahora puedo entender como esquivo a hábiles miembros de la guardia imperial. —Dijo Mirkan, sosteniendo su barbilla con la mano derecha. Reprimió la sonrisa que luchaba por extenderse en sus facciones, eligiendo toser, cubriéndose la boca con su mano vuelta puño. —Calma, Marqués. Ella parece más un gato que una potencial asesina.
—Con todo respeto, su majestad, Emperador. ¿Está encontrando divertida la situación?
—En principio no. Ahora, tal vez, esa joven mujer, me lanzo una almohada a la cara. Eso es bastante gracioso por sí solo.
—… —Keiran negó. Dejando caer los hombros.
Mirkan se dirigió a las dos sirvientas que estuvieron tratando de convencer a la mujer misteriosa en devolver la almohada y sentarse en la cama.
—Serían tan amables de explicar, ¿Qué ocurrió aquí?
Las sirvientas dejaron de limpiarse las plumas en sus uniformes, compartiendo una mirada silenciosa entre ellas, apretaron el mandil colgando alrededor de su falda. Y tras negativas y señalamientos con sus cabezas. La que opto —resignada— en dar el primer paso es una joven de cabellos castaños claros por debajo del hombro.
Mantuvo sus manos apoyadas contra su vientre, desviando la mirada a la mujer misteriosa que seguía gruñendo, regresándola al Emperador.
—El médico salió a buscar medicamentos para reducir la fiebre. Mientras él volvía, nosotras retiraríamos sus ropas húmedas por el sudor, la limpiaríamos para ponerle un camisón de algodón, así se mantendría fresca.
—Prosigue. —Dijo Mirkan.
—Si —Susurró quedamente, moviéndose incomodo en su lugar. Dio un vistazo nuevamente a la mujer gruñendo detrás del sillón y volvió con su mirada al frente, evitando encontrarse con la del Emperador. —Ella despertó, un poco inquieta, tratamos de explicarle en donde estaba y que se mantuviera tranquila, pero, obtuvimos el efecto contrario. A mí me rasguño, nos pateó a las dos, entonces tomo las almohadas para usarlas de arma. Y… —Se sonrojo avergonzada. — Su majestad, el Emperador entro cuando ella lanzo la almohada.
Se tapo el rostro avergonzada con ambas manos
—¡Lamentamos mucho nuestra incompetencia! —Dijo la otra sirvienta, inclinándose antes el Emperador.
—Esto no ha sido su culpa. —Ambas mujeres vieron con un signo de interrogación plasmado en sus rostros, al Emperador. Mirkan señalo a la mujer detrás del sillón, disminuyendo sus gruñidos —Vean. Ella solo esta confundida debido a la alta temperatura de su cuerpo. Claro que, no se explicar la razón de su actuar bestial. ¿Alguna idea, Marqués?
—Me temo, que ninguna, su majestad, Emperador. Jamás había conocido alguna enfermedad que te haga comportarte como un animal.
—Un misterio, sin duda. Pero, ¿Ella te hablo en el jardín?
—Lo hizo, antes de caer inconsciente.
Mirkan comenzó a reunir los patrones de comportamiento descritos por Keiran, asociados a alguna enfermedad presentada durante la basta historia del Imperio.
Desgraciadamente, ninguna producía a un humano caer en sus instintos primitivos. Lo único a lo que podía asociarlo, era la misma fiebre y su falta de recuerdos, llevando a su cuerpo actuar en defensa de lo que consideraba una potencial amenaza en su estado debilitado.
Los médicos imperiales se divertirían a lo grande con este bizarro diagnóstico.
*¡Pam!*
Sin advertirlo, el cuerpo de la misteriosa mujer se derrumbó detrás del sillón.
Las sirvientas gritaron preocupadas al ver que el mueble se balanceo a la par de su caída, inmediatamente Mirkan las detuvo de acercarse a ella, en caso de que se levantara agita, atacándolas, dejo dicha labor en las capaces manos del Marqués la Monique.
El Marqués guardo la espada de regreso a la funda en su cintura, con grandes pasos llego detrás del sillón, colocándose en una rodilla, vio que el pecho de la mujer subía y bajaba compasadamente, mantenía un tono rojizo en su cara. Procedió a quitarse el guante, notando que su temperatura seguía alta con apenas una diferencia al momento de traerla.
Sosteniendo el guante en su otra mano, tomo a la mujer de negro por la espalda, recargándola en su brazo, después paso el otro por debajo de sus piernas y usando de apoyo la pierna que se había quedado flexionada, se impulsó con su pie plantado en el suelo, consiguiendo levantarse. Los huesos crujieron al ejercer un poco de presión, agregando peso extra.
Al darse la vuelta para regresarla a la cama, las dos sirvientas se apresuraron en quitar las cobijas que se habían vuelto un enredo de telas.
La dejo recostada lentamente, escuchándola soltar un gemido de dolor.
—Necesitamos cambiarle la ropa. —Dijo una de las sirvientas, sosteniendo el camisón.
Keiran se giró para mirar al Emperador, esperando a una nueva orden o de qué manera actuar dada la reacción agresiva de su misteriosa invitada.
—Esperaremos afuera. Solo griten y entraremos.
Yendo nuevamente a las puertas dobles de la habitación, el Marqués siguió al Emperador, sin ver a las sirvientas que agradecían la bondad en el corazón de su majestad, jurando no decepcionarlo.
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El regreso del médico trayendo las medicinas que ayudarían a bajar la fiebre coincidió con la aparición de la tercera raíz de Vita, el Sacerdote Tertius.
Apenas se dieron los saludos respectivos, las puertas se abrieron nuevamente por una de las sirvientas.
A simple vista, la joven mujer en la cama, luchaba contra la carga de una terrible fiebre, respirando agitadamente y apretando las sabanas debajo de su cuerpo. El médico pidió por un cuenco con agua fría y telas para formar fomentos de agua que ayudarían a la joven en reducir la fiebre.
Con los medicamentos en sus manos, pidió a la otra sirvienta una jarra de agua fresca y un vaso, diluiría unas bolitas de hierbas en el agua, que serviría de bebida para recuperar los líquidos perdidos por la fiebre.
Tertius se mantuvo callado, mirando con atención a la joven mujer en cama, asintió reflexivamente y volteo con el Emperador.
—Puedo sentir la bendición de Vita en esta habitación.
Un silencio total se repartió por la habitación, el Emperador se llevó una mano a la frente cubriendo la mitad de su rostro.
El Marqués intento disimular la expresión desconcertada de su rostro, fallando completamente.
Las sirvientas que apenas estaban saliendo de la habitación, corrieron velozmente al pasillo; y el médico derramo algunas de las bolitas de hierbas dentro del frasco.
Tertius sonreía tranquilamente.
—Me hare cargo de ella. —Dijo el sacerdote de cabellos blancos, acercándose a la cama. Subió las mangas de su túnica e inclinándose ligeramente, coloco sus manos sobre el pecho y la frente de la joven.
Tertius cerro sus ojos, concentrando sus entrenados sentidos en la familiaridad del poder divino otorgado por el mismo Dios Vita a cada una de las raíces desde su nacimiento.
Definitivamente poseía la bendición en su joven cuerpo, lo extraño era la presencia de una segunda bendición con similitudes al poder divino de Vita, que intentaba fusionarse.
No recordaba antecedentes en que un humano poseyera más de una bendición, pero, dicha energía bendita requería de cambios dentro de su cuerpo para lograr aceptarla por completo, por ello es que al nacer una nueva raíz ya contaba con el poder divino. Mientras se es un bebé, la pureza del alma humana es total.
Conforme va aumentando la edad, se reduce la pureza del alma.
En el caso de la joven mujer, se veía cerca de la mayoría de edad y dentro cargaba con dos bendiciones que intentaban ser asimiladas, espiritualmente una tarea sencilla, físicamente agotamiento, respiración entorpecida, una fiebre elevada y perdida de consciencia.
Se contaban con los dedos de las manos los casos en que personas ajenas a las raíces y la familia imperial poseían dos regalos especiales que señalan su lazo con el Dios Vita. Estos son, el poder divino y un segundo nombre.
La primera en poseer uno de dos obsequios, era Aristia Pioneer la Monique.
En un día particular hace casi seis años, la única hija de la familia Monique se dirigió al templo a comprobar los últimos oráculos dados y en ese preciso momento, su papel como la única hija de la bendición de Dios se confirmó tras recibir el obsequio de su segundo nombre bautismal por el mismo Vita.
El nombre de Pioneer cargaba un enorme poder por sí mismo y su portadora lo hacía valer con cada una de sus nobles acciones. Creía fielmente en que la razón de Vita en guiar a la joven prometida del príncipe heredero se encontraba en traer la era de paz que por tanto tiempo el Imperio ha estado pidiendo a gritos.
Sin embargo, la gran luz que brillo dentro del jardín imperial alcanzo los extremos más alejados del territorio de la Capital. Ni una sola persona guardaba sus palabras y angustias ante un milagro sumamente imposible.
El templo recibió visitas alteradas de los plebeyos, rezando en la entrada por el perdón de Vita a cualquiera de los pecados que pudieran haber cometido. Eso, solo fue una consecuencia inesperada con la que los sacerdotes de menos rango tuvieron que lidiar, el auténtico problema llego con la voz del Dios al que veneraban, proclamando el nombre de cierta joven mujer —actualmente inconsciente—.
—Mi niña, finalmente has regresado. Donde vayas, será tu destino. Donde desees estar, será tu destino. Aquella que sigue el destino. Jieun Grasper.
Escucho las palabras, poco después que la gran luminosidad amarilla desapareció y los sacerdotes le buscaron rápidamente para dar respuesta al evento.
Ni siquiera alcanzo a decir una palabra de alivio cuando guardias imperiales entraban sin previa invitación o presentación al jardín en donde se reunieron la mayoría de los sacerdotes.
Una gran pelea por su falta de respeto al templo de Vita se veía venir, excepto, que uno de los guardias elevo su voz tan profesionalmente como pudo, solicitando su presencia en el palacio por orden del Emperador.
Algunos sacerdotes se colocaron ofendidos por las palabras rudas empleados de los guardias, defendiéndolo de ignorar el pedido de su majestad, el Emperador, ante asuntos de mayor relevancia. Los hizo callar a todos, al levantar su mano y con una suave sonrisa, aceptar acompañar a los dos guardias enviados.
No era una cuestión de salud personal, ni una coincidencia que la voz de Dios llegara a sus oídos al mismo tiempo que una enorme luz alumbraba a casi todo el Imperio.
Tertius acabo con la verificación, pidiendo al médico que se acercara con las telas traídas por las sirvientas, el hombre asintió, parándose a un lado de él.
—Disculpen la siguiente rudeza que presenciaran. —Dijo, girando lateralmente casi pegando su espalda en la mesita junto a la cama, dejando un espacio considerable para ver a la joven. El médico dio un paso atrás, sin alejarse del todo, atento al Sacerdote.
Con gran delicadez, Tertius despejo la frente de la joven, colocando dos dedos en el centro, apenas estos se iluminaron por la fracción de bendición enviada al cuerpo de ella, un grito de dolor siguió. Inmediatamente aparto su toque, dejando que todos observaron atentamente las reacciones de la joven ante la bendición sagrada.
Simplemente, horrible.
Se retorció entre las sabanas, empezando a escupir sangre por la boca, Tertius junto al médico, rodaron el cuerpo de la joven a la orilla de la cama, ayudándola a vomitar una cantidad preocupante, que pronto solo fue saliva color rojo.
La túnica, sabanas, el camión rosado, el suelo y la propia ropa del médico quedaron manchadas.
Las sirvientas que salieron de su estado de shock, tomaron las telas olvidadas por el médico, limpiando el resto de sangre y saliva fresca en la joven.
El médico no sabía que decir, tenía un remedio eficaz en contra de la fiebre, pero, una reacción violenta que causa vomito ensangrentado, significaba que la paciente en cuestión estaba más allá de la salvación. Lo cual no tenía sentido, si fue el mismo Tertius quien uso su poder sobre ella para sanarla.
—Definitivamente, es lo que imagine. —Habló consigo mismo, la tercera raíz de Vita, olvidando las manchas de un sucio rojo en su blanco atuendo.
—Necesito una explicación. ¡Ahora!, Tertius. —El Emperador no estaba nada complacido con lo que acababa de presenciar.
En muchas ocasiones ha pasado por alto esta actitud atrevida del Sacerdote, considerando el largo tiempo de conocerse. Pero, esto, superaba cualquier travesura ignorada o falta de respeto hacia él.
Actuó premedita mente, consciente del efecto que su poder sagrado tendría en la joven.
Lo llamo con el fin de sanarla y obtener algunas respuesta de la entrada dramática en el jardín, no matarla y esconder dicha muerte como un castigo por su atrevimiento.
—La explicación es simple, su majestad, Emperador. —Una tela húmeda le fue entregada para quitar la sangre seca en sus manos. — Ella es incompatible a las bendiciones. O, de manera más precisa, rechaza mis bendiciones, excepto por la que posee.
—Eso… eso… es imposible. ¿Acaso esta mujer tiene poder maligno en su cuerpo?
—No, nada de eso. He comprobado que en su cuerpo reside la bendición de Vita y otra más. Es inusual que una persona o una raíz tenga más energía bendita que la proporcionada en su nacimiento.
—…
—Actualmente su forma física está luchando por los cambios que experimenta su espíritu. Llámelo una adaptación. —Se encogió de hombros.— Mis poderes serian veneno para ella, lo único que me queda en ofrecerle es orar para que se mantenga con vida.
— Hm. Entiendo. ¿Sera inútil que el médico esté atento a su salud? —Preguntó Mirkan seriamente.
—Para nada. Sinceramente es una mejor elección mantenerla al cuidado del médico con sirvientas vigilándola. Tardará un tiempo en estabilizarse y necesita una atención completa. Bajar su fiebre y mantenerla hidrata, es mi única sugerencia.
—Agradezco mucho que vinieras ante la repentina llamada. Con tu ayuda, hemos despejado las dudas de su extraña condición.
—Ha sido un placer, su majestad, Emperador. —Reverenció Tertius. —¿Hay algo más que necesite de mí?
— No, has hecho suficiente. Solo… —Miró la túnica del Sacerdote, con las manchas casi secas de la sangre. — Te conseguiremos un cambio de ropa. —Sin aceptar una negativa, Mirkan llamo a la segunda sirvienta para que acompañara a Tertius a otra habitación en lo que conseguía una túnica limpia.
El Sacerdote acepto de buena voluntad las amables acciones del Emperador, deteniéndose antes de llegar a la puerta, con una sutil advertencia.
—Es preferible mantener ciertos hechos resguardados de oídos curiosos, por el bien de la salud de su invitada y de su majestad, el Emperador.
Sin nada más por agregar, continuo su camino, cerrando la puerta detrás de él.
Mirkan apretó la mandíbula, llevándose una mano a la sien izquierda, masajeándola fuerte y lentamente. Un dolor de cabeza desgastaba los últimos retazos de su energía.
—Keiran.
—¿Sí?
—Todo lo que se ha dicho en este cuarto no debe ser repetido nunca. Los involucrados que sean estrictamente vigilados por los guardias. Incluye tres personas más para que hagan rotación de vigilancia y elige a dos de tus caballeros para cuidar la puerta, enviare a otros dos de la guardia imperial para que roten cada cuatro horas.
—En ese caso, me iré de inmediato a buscar a la sirvienta que guio al Sacerdote Tertius a otra habitación.
—Haz pasar a la que se quedó en la puerta. ¡Oh! —Su exclamación detuvo a Keiran de moverse. Cepillo su barba blanca, con la mirada al frente, hablo. — Serás el responsable directo, se te informara de cualquier cambio en su estado de salud, también de las rondas de vigilancia de los caballeros y las sirvientas; y los chequeos del médico. Al finalizar el día, quiero un reporte en mi oficina. ¿He sido claro?
El Marqués asintió en silencio, colocando la mano derecha del lado izquierdo en su pecho hizo una reverencia.
—Por supuesto. Yo, Keiran la Monique, asumo totalmente la responsabilidad, que usted, el Gran Sol del Imperio, el Emperador Mirkan Lu Shana Castina me ha entregado.
—Puedes retirarte.
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Continuara…
¡RECUERDEN!
A favor de la campaña "con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo.
porque eso es de gente muy cochina *lean esto con la voz de Deadpool*
