¡RECUERDEN!
A favor de la campaña "con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo.
Porque eso es de gente muy cochina *lean esto con la voz de Deadpool*
Recomendación musical: "Blue Bird" interpretado por Simone Anisinger/"Blue Bird" by Ikimono Gakari
Notas:
Presente
[Pasado]
"Pensamientos"
[Teléfono/Mensajes/Cartas]
Narrador extra.
Los personajes de The Abandoned Empress son propiedad de Jeong Yuna
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Intermedio I. – La llegada de Jieun –
Parte III. Santa y Marqués. (4)
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Sorprendentemente, los documentos faltantes le fueron traídos a Keiran por otros dos guardias que salieron del palacio Rose hasta su oficina en el palacio principal.
Disponiendo del escritorio en la habitación, se colocaron los documentos, libros y materiales de escritura junto a los sellos entregados a Keiran. Una vez que verifico que estuviera todo lo necesario para su trabajo y decirles que las entrevistas quedarían pausadas, despidió a los dos guardias.
Además, del recordatorio de no abandonar los límites del palacio Rose, incluso si ya habían terminado con sus tareas designadas, buscaran la manera de hacerse útiles.
Dejo su saco extendido sobre el sillón del centro, cargando con la espada en mano hasta el escritorio, apenas dirigió una mirada a la joven en la cama. Una pesada exhalación junto a un bufido se dejó escuchar por la habitación.
Arrastro el escritorio, de manera, que lo ancho quedara paralelo a la pared y a lo largo se extendiera en dirección a la cama. Giro la silla, tomando asiento, permitiéndole tener una mejor movilidad al momento de ponerse de pie y revisar a la condición de la joven de negro.
Organizo los documentos traídos, tomando las hojas de firmas faltantes ahora completas y listas a formar parte del gran libro administrativo.
Masajeando el medio del puente de su nariz, Keiran recargo la espalda contra el respalda de la silla, mirando con disgusto las letras en tinta de las hojas.
—"Que estupidez"
Pensó Keiran, estirando sus brazos por encima de su cabeza y enderezando en una posición recta su espalda, tomando el tintero junto a la pluma, tomo el libro de tapa gruesa a su izquierda, copiando la misma nota escrita en la simple hoja una vez listo, se sellaría y el resto se guardaría.
Terminando con el informe al Emperador.
El sonido de pequeños golpes consecutivos le hizo levantar la mirada de su trabajo, permitiendo el acceso a tres sirvientas, una con un carrito con comida y las otras dos con mudas de ropa, una almohada y ropas de cama.
Otra profunda exhalación escapo de los labios de Keiran.
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El agotamiento se instaló en la espalda baja de Keiran una vez que salió de la agradable posición elegida para recostarse en el sillón y que sus piernas no terminaran colgando del reposabrazos.
Dejo los primeros botones de la camisa abiertos, notando que en el transcurso de la noche el resto se había abierto dejando ver parte de su pecho. La cobijas traída por la sirvienta cubría la mitad de sus piernas y la mullida almohada ya estaba en el suelo haciéndole compañía a su par de zapatos.
Se paso una mano por la cara, reflexionado sobre la manera absurda en que termino durmiendo en la misma habitación que la mujer de negro o Eligere como se nombre frente al médico.
Al Emperador le encantaba jugarle bromas y probar hasta los límites bizarros su lealtad para él junto a cumplir su palabra, definitivamente no le molestaba, aceptaba por un bien mayor tales ridiculeces.
Luego de terminar su cena, las sirvientas se retiraron deseándole una buena noche, los caballeros designados para la guardia nocturna estaban en su cambio rotativo y el medico continuaba con su día libre hasta mañana por la noche o quizás mucho después, si, la mujer de negro no despertaba junto a consideraciones del Emperador en continuar dándole tiempo libre al médico a costa del propio Keiran.
Para su suerte, al menos, la mujer de negro se mantuvo tranquila por la noche, unos pocos gemidos y lo que parecían ronquidos mientras rodaba por la cama en una posición cómoda.
Bostezo profundamente cubriendo su boca con el dorso de la mano, usando los dedos de la misma para peinar su cabello desde el flequillo colgando desordenadamente hasta esos inquietante mechones que se levantaban con algún poder estático.
Varias pasadas de su mano como un confiable peine le dieron la seguridad de ordenar su cabello en algo mínimamente presentable.
Movió sus pies hasta que las puntas de los dedos tocaron el frio suelo y con la cobija en sus manos empezó a doblarla en un perfecto rectángulo, dejándola tendida encima del respaldo del sillón y bajando la almohada para simular un cojín decorativo.
El sol entraba por las partes descubiertas de las cortinas en las ventanas.
Aún era bastante temprano pero no tan tarde para escuchar los ajetreos de las sirvientas al otro lado de la puerta, mentalizándose para entrar con caras tranquilas y sonrisas amables.
Gracias a su reloj biológico integrado es que podía despertarse más temprano de lo usual o que otros, agregando el estímulo especial de su perfecta cama para dormir.
Estiro el brazo e inclino la espalda para tomar las botas y deshacer los cordones fácilmente a modo de meter fácilmente los pies. Apenas una pisca de preocupación en su inadecuada vestimenta y recogió la muda de ropa que estaba sobre la mesita de centro.
Calculó un aproximado del tiempo que le tomaría vestirse, en lo que las sirvientas traían su desayuno y una cubeta con agua tibia para lavarse la cara. Si el médico volvía antes de lo estimado, tomaría su oportunidad de ir a darse un largo baño.
Apretó las prendas de ropa contra su costado. Sintió la tensión acumulándose en sus hombros y cerca de su cuello, escucho el ronquido de la otra persona ocupante de la única cama en la habitación.
Una mueca de molestia se reflejó en su rostro, con las cejas fruncidas y apretando la quijada.
—Paciencia, paciencia… solo… paciencia.
Sin mejores palabras para darse ánimo, Keiran camino rumbo al baño, cerrando con el menor ruido posible la puerta.
Busco un mueble para la ropa limpia, vislumbrando el estante para las lociones, jabón y esponjas a un lado del gran espejo de cuerpo completo y la bañera frente a este. Dejo la ropa en una esquina libre, procediendo a quitarse la camisa arrugada, al mismo tiempo que salía de las botas, arrojándolas con un movimiento de pies.
La camisa usada quedo colgada en el otro extremo del estante, hizo a un lado el saco, tomando la nueva camisa y colocándosela. Desabrocho sus pantalones, pateándolos con sus botas medio olvidadas y poniéndose el nuevo y fresco pantalón.
Al terminar de fajarse la camisa y volver a ponerse las botas, noto que le faltaban los guantes.
Asintiendo para sí mismo. Doblo el resto de piezas de ropa sucias amontonándola en una pequeña pila sobre el estante.
Se vio en el espejo de cuerpo completo, alisando los cabellos rebeldes con sus manos y una última verificación de su atuendo, ahora con el saco en su lugar, dio media vuelta, abandonando el baño.
Al apenas salir, las sirvientas saltaron en sus lugares de pie, asustadas de la inesperada aparición de Keiran, desde el baño, saludándolo con un tenso: —Buenos días.
El saludo les fue devuelto.
La sirvienta más joven que dejo de esponjar la almohada en el sillón, le señalo a Keiran el desayuno perfectamente colocado en el escritorio, sus varios documentos y libros, trasladados a la mesa de centro.
Las otras dos sirvientas, peinaban el cabello de la mujer dormida y alisaban las cobijas y sabanas.
Sin detenerse demasiado a comprobar su trabajo, Keiran fue al escritorio a consumir sus primeros alimentos del día. Antes del primer bocado, llamo a la joven sirvienta que sujetaba la almohada.
—¿Si, Marqués Monique?
—Necesito agua para lavarme la cara y las manos.
—¡Enseguida, Marqués!, Disculpe a esta incompetente sirvienta.
La joven sirvienta salió corriendo a buscar el agua, mientras las otras dos seguían con su rutina de acicalamiento en la mujer de cabellos negros.
Keiran comió silenciosamente, desviando en momentos la vista por su lado periférico.
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Al mover uno de los libros de registro, el sobre se deslizo a través de sus páginas, aterrizando en el regazo de Keiran.
La familiaridad del color le sorprendió gratamente, junto a un vago recuerdo de dar por pedida esa carta, se disculpó varias veces con Aristia en respuesta a la siguiente, dado lo ajetreado de organizar los primeros informes más las hojas dobles desgatadas de los registros tuvo que hacer un barrido completo de los papeles.
Era una pequeña suerte que ese sobre sobreviviera en uno de los tantos libros que los guardias le trajeron sin verificar la fecha actual.
Con cuidado abrió el sobre, sacando de su interior el contenido de otra hoja de papel de un hermoso blanco. La pulcra caligrafía de Aristia le saludo. Un inconfundible calor se apodero de su pecho.
El alivio de las letras de su preciosa hija, dirigidas exclusivamente a él.
[Para mi querido y amado padre…
Hoy el clima es muy agradable, el sol calienta y las espesas nubes hacen una buena sombra, tome una taza de té en el jardín con algunos deliciosos pastelillos y galletas.
Sir Kaysian llego en el momento que estaba tomando té, así que lo invite a tomar una taza.
Disfrute mucho de la conversación con él.
Es un hombre de verdadera confianza e inteligente, veo porque has depositado tu confianza en él para encargarse de las tropas.
No te preocupes padre, también me he encargado de la administración de la mansión junto al mayordomo. De esa manera, cuando padre vuelva podrá descansar cómodamente sin ninguna presión.
También tendré un delicioso té y muchos bocadillos que podrá disfrutar. ¡Y compre un nuevo libro que seguramente amaras leer!
Por favor padre, no te sobre esfuerces, cuida de tu salud.
Con amor, tu hija Aristia.]
Una sutil sonrisa se deslizo por sus labios, devolviendo el valioso papel al interior del sobre, sellándolo y guardándolo en su saco.
Cada pequeña carta la atesoraría enormemente y al volver a la mansión traería más regalos para Aristia, quizás conseguir una nueva marca de té.
—Nos retiramos, Marqués Monique. —Dijo la sirvienta de cabello marrón oscuro, inclinándose junto a sus dos compañeras frente a Keiran.
Las tres salieron por la puerta en una sola línea, siendo la más joven quien se encargó de cerrar.
La misma silla seguía junto a la cama, apenas unos centímetros separada.
Con una inhalación profundo y sin apartar el desgano remarcado en su expresión, Keiran se levantó del escritorio, apilando unos pocos papeles y el resto de libros de registro.
Las sirvientas volverían luego de dos o tres horas a devolver sus hojas de firmas, seguía bastante libre en ese aspecto, además del retraso de las entrevistas individuales. Tomo su espada, yendo hasta la silla puesta delante de la cama.
Ella usaba otro comisión limpio, un cambio que las sirvientas habrán hecho mientras él estaba cambiando su propia ropa en el baño.
El cabello negro peinado delicadamente, fluía dispersado por toda la almohada, contrastando en el blanco de la funda. Pestañas largas del mismo color, una piel pálida, labios delgados, una nariz fina y mejillas lisas.
Una apariencia hermosa, suave y apacible.
—"Tan falso."
A pesar del terror y preocupación transmitido entre las sirvientas, con algunos guardias incrédulos, lo olvidaban fácilmente al quedar prendados de la belleza misteriosa que poseía.
Llegando en una luz inesperada, usando ropas extrañas, color de cabello y ojos impropios de cualquier ciudadanos del imperio o los reinos formando el continente. Era la combinación de su salvaje actuar con un toque de delicadeza lo que mantenía interesados a los sirvientes.
Esperando con ansias interactuar directamente con ella, escuchar la más mínima de las silabas para tener una historia que contar.
Apenas se podría decir que ella era extremadamente frágil, ganándose el corazón de su majestad, Mirkan para cuidarla el tiempo necesario hasta su anhelada recuperación. La presión de la facción noble en verla se frenó, pero, ¿Qué tanto duraría este momento de paz?
Incluso, al momento de su despertar y completa consciencia, nuevamente insistirían al Emperador por verla, saber de su salud, incluidos a los miembros a favor de su majestad, desesperados por una respuesta.
Una mujer así, una persona con la bendición de Dios, elegida a ser la única Emperatriz de Castina, la compañera del Emperador.
Sera decisiva en la inclinación de la balanza de poder.
—"Si solo…"
Miro con claro desprecio a la joven mujer, su suave respiración moviendo su pecho de arriba hacia abajo, sin mover un solo músculo, capaz de pasar por un perfecto cadáver si ignoraran la acompasado de su respirar.
Desvió la mirada a la misma espada recargada detrás de la mesita de noche. La acción tomando vida en su mente, sujetando con fuerza la empuñadura, arrojando la funda causando un gran ruido y con sus dos manos en la empuñadura clavando sin miramientos la afilada espada en el centro del pecho.
La roja y espesa sangre filtrándose desde ese perfecto hueco formado, continuando hundiendo el arma de metal hasta atravesar al otro lado.
Dejándola completamente clavada hasta que las elegantes sabanas y las colchas, el camisón caro se tinten del carmesí de la vida.
Esa innecesaria vida desapareciendo en un parpadeo. Solo escuchando el gorgojeo de la sangre acumulada en la garganta de la mujer de negro, luchando por el último aliento que jamás llego.
Las pupilas de sus ojos empequeñecidas, retorciéndose en la cama, estirando las manos al aire en busca de ayuda.
Una lucha estúpida.
Sosteniendo su pálido rostro con sus manos enguatadas manchadas de sangre, obligándola a mantenerse viéndolo hasta el último momento.
Con orgullo le diría: —Puedes odiarme, porque… yo te odio.
Todo su resentimiento, todas sus maldiciones, las recibiría gustoso. Asumiendo totalmente la responsabilidad de tal crimen, de matar a la hija de la bendición de Dios, de traicionar la confianza del Emperador, de no ser ese fiel vasallo que ha permanecido a su lado durante tantos años.
No diría nada, no negaría nada.
Porque, conseguiría mantener una sola cosa y eso no sería más que la felicidad de Aristia. Incluso si él no llegara a formar parte de ella, moriría felizmente.
Sabiendo que pudo protegerla del mal.
—¡Papá!
Abrió de par en par los ojos, pestañeando repetidamente y mirando de un lado a otro.
Sigue en la misma habitación, sentado en una silla justo al frente de él, la cama con una joven mujer de cabellos negros durmiendo tranquilamente.
—¡Papá!
Aprieta sus puños, mordiendo su labio inferior da un solo golpe contra su rodilla, encorvándose en el proceso.
Estuvo cerca de perderse en lo profundo de su mente sino es por la voz de Aristia. El recuerdo de ella a sus siete años, llorando y corriendo desesperadamente hasta los campos de entrenamiento para abrazarlo.
Tan pequeña y frágil, asustada de perderlo.
Ella que tenía la fuerza de luchar contra el rol otorgado desde antes de su nacimiento, labrando su propio camino.
Cierto. Acepto mancharse las manos de sangre, cualquier sacrificio valdría la pena si eso significa proteger la felicidad de Aristia, de que su sonrisa jamás se pierda.
Pero, ¿Cómo olvido algo tan importante?
Si él, solo arrojara su vida porque lo considera adecuado, ignorando los sentimientos de Aristia, tampoco sería bueno.
No la haría feliz.
Él se volvería la causa del llanto y la culpa que carcomería a su única y amada hija.
Dejo escapar un suspiro, pasándose las manos por el rostro hasta el cabello, estirando su espalda hacia atrás y levantando el rostro miro el techo.
—Estoy cayendo en la desesperación.
Cerro los ojos con fuerza, tomando varias respiraciones para calmarse a sí mismo.
En el momento en que ella apareció, los engranes del futuro vivido por Aristia comenzaron a girar. El amor establecido entre la niña bendita y el príncipe heredero supondría a ser una de las historias más contadas por todo el imperio y el continente.
Bastaba la mínima aprobación del Emperador a las exigencias y pruebas contundentes de su autenticidad como la única que merecía ser la futura Emperatriz.
Así es como estaba decidido…
Entonces, ¿Por qué?
La joven que vería con amor sincero, estaba presa de un pánico y miedo auténticos, escapando como un animal asustado y aferrándose a él con todas sus fuerzas esperando ser salvada.
Quedando sumergida en un estado de sueño profundo debido a la anormal cantidad de poder sagrado acumulado dentro de ella.
Ella es la misteriosa mujer de negro encargada de traer la prosperidad de Castina y destruir la vida de Aristia.
Es el enemigo.
Sabe que la odia con cada fibra de su ser.
Matarla es la única solución correcta, pero al hacerlo, implica ser el instigador del dolor en Aristia.
—¿¡Ah!?
Sus ojos azul marino brillan por un instante junto a la respuesta sin pregunta que se ilumina como una vela en la oscuridad.
—No fue una coincidencia… ni una mala decisión. Era la única decisión. La memoria perdida, la confusión, el aferrarse, la fiebre. —Una sonrisa irónica se levantó por la comisura izquierda de su labio.—Así no podrás morir, ni ser encerrada.
Una trampa o una idea predeterminada, pero, si la perdida de sus recuerdos era una magia especial por esa segunda bendición y mantuvo una sola idea con la cual moverse…
Ella tenía que SABER LO MISMO que Aristia. Ese futuro.
Ella lo sabía y se borró los recuerdos para que su actuación fuera perfecta.
Keiran se sintió sofocado, deshizo los botones de su saco, quitándoselo y arrojándolo en el respaldo de la silla. Respiro libremente, sin la opresión por las gruesas telas del saco en su uniforme, simplemente la fina y blanca camisa.
Se alejo de la cama, yendo a la jarra de agua dejada tras el desayuno, tomando un par de vasos que refrescaron su garganta, enfriaron su mente y desaceleraron su corazón.
Apoyo las manos contra el escritorio, exhalando e inhalando pesadamente, mirando en momentos en dirección a la cama.
Una existencia peligrosa y astuta. Esa es la verdad sobre la niña bendecida por Dios.
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El líquido en el interior del vaso se movía en círculos sin derramar una sola gota ni el ruido del chapoteo. Tomo un sorbo dejándolo junto a la jarra medio vacía.
Camino alrededor de la habitación, concentrado en respirar y considerando llamar a las sirvientas para una taza de té que relajara sus nervios. Se centro en las ventanas cerradas, apenas los rayos de luz medio filtrándose para dar algo de luminosidad a la habitación.
Recogió ambas cortinas de una ventana, anudándolas con el listón colgando en sus laterales, con su mano puesta en la perilla para abrirla y salir al balcón, su mano quedo prendada al escuchar un gimoteo proveniente de su espalda.
Espero unos pocos segundos, creyendo, que se trataba de un sonido filtrado por su propia cabeza, pero, el gimoteo se repitió.
Dejo las cortinas, girándose sobre los pies y a grandes zancadas estuvo al otro lado de la habitación junto a la cama. Apretó sus manos a cada costado, afinando su oído y centrando sus ojos en el momento que ella diera señales de despertar.
Lágrimas corriendo desde sus ojos cerrados, sus movimientos frenéticos como si luchara contra algo causando que las colchas y cobijas delgadas salieran volando.
Keiran permaneció de pie, solo mirando. Ignorando los golpes suaves en la puerta pidiendo acceso al interior de la habitación.
El rostro pacifico de la mujer de negro se desmorono en una expresión de completa angustia, lloriqueaba sin reparo, moviéndose de un lado a otro sin un control preciso de sus movimientos.
Si era una pesadilla, abriría los ojos para salir de ella.
Todo lo que requería era esperar, nada más.
En el momento que desvío su atención de la joven mujer y tomar la silla en que había estado sentado previamente, sintió un fuerte jalón de su brazo. Girando el cuello hacia atrás y con la mirada baja, la mano pálida y delgada se aferraba a la tela de su camisa.
Intento apartarse, pero ella apretaba su agarre.
Con un suspiro agotado, Keiran coloco su otra mano sobre la de la joven, pero, al querer quitarla, más lagrimas vinieron junto a un murmullo entristecido.
—Mamá… papá… Jisoo… por favor… no me olviden…
Los ojos de Keiran se abrieron de par en par. Ella finalmente recupero sus recuerdos.
—No me abandonen…
Una súplica perdida a personas que nunca escucharían ese último deseo.
Este, era el precio a pagar por ser la hija de la bendición de Dios, abandonar una vida simple y afrontar la responsabilidad concebida por el rol otorgado de Vita.
Ella lloraba desesperada, pero, a Keiran eso no le conmovió ni un poco.
Si era tal su sufrimiento en primer lugar no debió aceptar el llamado de Dios, como la más cercana a este, tenía toda la ventaja de hablar directamente y decidir por su propia cuenta lo que le hiciera más feliz.
—"Que mujer más ingrata."
La mano de la joven se deslizo por su brazo, parecía que su agarre se había debilitado, sin embargo, una vez que sus dedos rozaron contra los nudillos de Keiran, ella volvió a tomar su mano.
Sus lágrimas disminuyeron progresivamente hasta volver manchas húmedas ligeramente rojizas. Los murmullos suplicante se detuvieron.
Keiran pensó, que esta última acción de su parte —tomarle la mano— provenía de su instinto desesperado de aferrarse a la seguridad de algo, la ilusión que ella misma formo en aras de superar la pesadilla en que termino sumergiéndose.
Al querer retirar su mano, el sonido de las puertas abriéndose de golpe y pasos apresurados, le detuvieron.
—¡Marqués!
Mirando por sobre su hombro, tres sirvientas entraron en la habitación, los guardias juzgando si era prudente entrar y apoyarles. Las expresiones en sus rostros, delataban los nervios y ansiedad invadiéndolos.
Como tocaron más de tres veces seguidas esperando el permiso, se debatieron en escuchar el primer grito salvaje o muebles rompiéndose, incluso buscar al médico imperial aunque no fuera de verdadera ayuda. La conclusión, es que no obtendrían nada, imaginando los peores escenarios, era su turno de compensar sus errores.
Dándose ánimos al recordar, que ella es una simple mujer enferma y confundida.
La de aspecto mayor con cabello rizado color rubio quemado tomo la delantera, encontrando su voz con un ligero temblor.
—T-tocamos y… y… ¿En qué podemos apoyarlo?
Con eso dicho, las otras dos sirvientas y los guardias se llenaron de valor, inflando sus pechos y asintiendo. Ofreciéndose e ayudar en todo y cualquier pedido de parte de Keiran.
—Permítanos ayudarle Marqués.
—Seguramente la joven dama necesita otro cambio de ropa.
—¿Quiere algo de beber?
—Estamos dispuestos a cambiar los roles de vigilancia Marqués, usted necesita descansar.
Las mejores intenciones se reflejaban, Keiran decidió pasarlas de largo, arrastrando la silla con su saco puesto en el respaldo.
Dio un rápida mirada a su mano tomada por la joven de cabellos negros y dejo escapar un resoplido por sus fosas nasales.
—Salgan. —Acomodo las sabanas y la gruesa cobijas de regreso en el cuerpo de la joven. No se volvió para mirarlo, se limitó a tomar asiento, cambiando el orden en que mano era sostenida, de tal manera que fuera él quien sujetara a la joven dama.
Cada sirvienta intercambio miradas atónitas, los caballeros se encogieron de hombros, ninguno movió un musculo, creyendo que sus oídos estaban defectuosos.
El Marqués Monique… ¿Les pidió irse?
Esperaban que el Marqués los mantuviera a raya, luego del incidente del día anterior, especialmente ante sus negativas e inútiles disculpas por sus muestras de incompetencia al aterrarse de una sola mujer.
Las habladurías de la despampanante belleza que cautivo al Marqués Monique era un pequeño secreto que no distaba de salir de las paredes del palacio imperial. Las sirvientas se divertían con la fascinante historia circulando en sus mentes, creando y agregando cosas aún más ridículas.
Se decía, que el momento en que la joven de negro apareció, sus ojos correspondieron al príncipe heredero, lo cual, era una mentira creada por los nobles que se encontraban ese día en el jardín. Más bien, la joven sintió el llamado de su verdadero amor más allá del príncipe heredero, uno de los caballeros más distinguidos en el imperio, el Marqués Keiran la Monique.
Era más romántico, dado que el propio Marqués cargo en sus brazos a la joven, dejándola en uno de los cuartos del palacio y luchando contra el Emperador para mantenerla a salvo.
Pero, era una mera diversión de las sirvientas que estuvieron cerca ese día.
Las sirvientas agregadas para la atención completa de la joven más quienes la cuidaron a su llegada, continuaban esperanzadas y emocionadas de poder conocer a la joven dama que cautivo el corazón del Marqués.
Su belleza tenía que ser algo fuera del mundo terrenal.
Y este hermoso sueño, repleto de fantasías que desafiarían a cualquier autor de una buena y clásica novela romántica se disiparon como el humo de un cigarrillo.
Vieron a una bestia con forma humana soltar gruñidos provenientes de su garganta, una muestra de dientes y colmillos, ojos negros inyectados en sangre, pataleos y arañazos.
Una vergüenza que eclipse el miedo, a la entrada del Emperador y el Marqués, con el primero recibiendo un ataque directo con el uso de una almohada.
La humillación quedo grabada en las mentes de las sirvientas, las advertencias se transmitieron de boca en boca y nuevas historias terroríficas se implantaron en las mentes fáciles de los miembros de la servidumbre y vigilancia.
Y si esa inusual belleza de una apariencia nunca antes vista, era el camuflaje de una criatura peligrosa con poderes secretos. ¿A quién cuidaban en el palacio Rose?
¿Ella era una humana?
El mismo miedo a alejarse les dejaba pregunta tras pregunta, entonces, no evitaron sentirse encantados nuevamente con la extraña joven traída de otro mundo.
La misma sirvienta de cabellos rubios rizados tosió a propósito para llamar la atención del Marqués.
—¿Gusta de una taza de té? —Preguntó con un dulce tono, tratando de alargar el tiempo y creando algunas respuestas que mostraran su seria dedicación en apoyar al Marqués.
La voz calmada del Marqués, se convirtió en una tormenta de hielo, crispando las espaldas de los presentes y dando un paso atrás.
—He dicho que salgan. Ignorar mis ordenes como si no hubiera escuchado. Tener ese tipo de confianza, significan que mantienen asegurado un puesto por encima del mío o de su majestad.
Negaron y asintieron en un manojo de nervios con sudor escurriendo de sus caras. Los caballeros dieron un simple paso, las sirvientas se empujaron entre ellas apretando en líneas sus labios, impidiendo que cualquier otro sonido saliera.
Las puertas quedaron firmemente selladas.
Uno de los caballeros sostuvo a la sirvienta más joven de trenzas, sus piernas le habían fallado cuando estuvo en medio del pasillo. Las otras dos se abrazaban y el ultimo caballero se recargaba contra la pared contraria sosteniéndose de las rodillas.
De nuevo, cometieron un error.
Interponerse en las decisiones del Marqués Monique, creyendo infantilmente estar siendo de ayuda.
Todos concordaron en una cosa: —El Marqués Monique es más aterrador que la chica de negro.
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Continuara…
¡RECUERDEN!
A favor de la campaña "con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo.
Porque eso es de gente muy cochina *lean esto con la voz de Deadpool*
