Hola k tal? Yo subí esta historia a Wattpad y seguro ya la han leído pero pues la edite porque la estoy traduciendo y supuse que querrían leerla editada en español, así que aquí está x
wenas tardes salu3.
Amarillo.
No es particularmente su color favorito. Mucho menos lo es el negro del pelaje que poseía aquel minino.
El gato, cuyos ojos amarillos estaban fijos en los suyos azules, se encontraba quieto; cual estatua; en el césped mal cortado que cubría el patio delantero de la única casa del vecindario que no necesitaba una decoración para la noche de halloween.
La casa en la que vivía la anciana señora Parker era un sitio espeluznante en cualquier época del año.
Quizás era por los diversos vidrios rotos que poseían algunas de sus ventanas. O las escaleras de madera vieja y podrida que llevaban hasta la entrada de su domicilio. O el hecho de que los diversos arbustos, que se suponía debían cubrir los alrededores de la casa, no eran más que ramas secas, sin hojas.
Kara sentía que era todo eso en conjunto. Adicionando, además, el hecho de que la señora Parker tenía verrugas, una nariz un tanto puntiaguda y unos siniestros ojos ámbar, que ahora parecían grises debido a la ceguera que sufría.
No estaba al tanto de que la mujer de aspecto asiático tuviera un gato. Al menos no había escuchado a Kenny y sus compañeros de clase comentarlo durante los recesos. Ellos siempre cotilleaban acerca de la señora Parker, y afirmaban que es una bruja.
Era común en el vecindario encontrarse con un grupo de niños reunidos frente a la vivienda de la anciana, retándose entre ellos a pasar más allá de la valla de rejas negras un poco oxidadas que rodeaban la propiedad. Kara solía verlos en su camino a casa de la escuela, pues la señora Parker vivía relativamente cerca de ella. Nunca supo de alguno que atravesara la valla.
Su madre, Eliza, solía tener conversaciones ocasionales con la señora cuando iba al mercado local. Kara solía ocultarse tras ella, temiendo que los rumores de que es una bruja fueran ciertos.
La mujer encajaba a la perfección en las descripciones físicas de los libros y cuentos infantiles que Kara había leído. Adicional a eso, las brujas solían ser acompañadas por un gato negro, y aquel gato negro estaba sentado en el césped de la anciana, descansando, estirándose, contento y muy cómodo como para parecer un intruso.
No había duda alguna. El gato negro era de la señora Parker. Ella era una bruja. Y por ser noche de brujas… estaba de cacería.
Kara tragó con fuerza cuando el animal se movió, levantándose de su lugar de descanso en el césped. Se aproximó a ella con tal lentitud, que a la rubia le pareció que estuvo allí inmóvil durante largos minutos. No supo porqué, pero no pudo mover ni un solo músculo de su cuerpo mientras estuvo mirando al minino acercarse, sólo pudo abrir sus ojos cada vez más hasta que; finalmente; el animal estuvo junto a ella en la acera de aquella calle.
Entonces Kara dejó ir el aire que no supo que estaba conteniendo.
El gato frotó su cabeza contra su pierna izquierda, mientras ronroneaba. Fue curioso para Kara el hecho de que sólo pudo moverse una vez el gato dio un maullido, demandando su atención.
Apenas su cuerpo reaccionó a lo que su mente le decía, Kara se dio cuenta de que tenía dos opciones. Podía correr con todas sus fuerzas al otro vecindario en busca de su hermana mayor, Alex, para ir a casa. O bien podía permanecer allí, y darle unas cuantas caricias al animal que estaba a sus pies.
Una sonrisa surcó los pequeños labios de la joven rubia cuando vio al gato de pelaje oscuro removiéndose a sus pies.
Quizás se debía a lo inocente y distraída que podía llegar a ser Kara, o a su deseo de tener una mascota, pero en lugar de correr, ella se inclinó en su lugar. Pasó uno de sus dedos por el lomo del minino, el cual se removió, ansioso de una verdadera caricia de su parte.
Kara amplió su sonrisa, comenzando a acariciarlo con una de sus manos, observándolo recibir sus caricias gustoso.
Perdió la noción del tiempo, y de no ser porque la luz del alumbrado público sobre ella se apagó, la niña de diez años no se hubiera percatado de que estaba sola.
Miró a su alrededor.
Había niños felices por doquier, disfrazados de diversos seres fantásticos o princesas. Pero no podía ubicar al grupo de amigas y vecinas con las que Alex la había abandonado, sólo para irse a una fiesta a cinco manzanas de su vecindario.
La idea de buscar a Alex se le hizo muy trabajosa. Tendría que caminar varias calles, luego pasar entre los adolescentes gritones y apestosos, buscar a su hermana en una casa repleta de gente, sólo para llegar con ella a casa y que no regañaran a Alex por dejarla sola.
Escuchó un maullido a sus pies y olvidó por un momento a su hermana mayor.
Kara estaba muy segura de que si volvía a casa con él, su mamá se lo devolvería a la señora Parker. Pero ella no tendría que decir que es el gato de la señora Parker. Podía ignorar ese hecho. Así como Santa Claus ignoraba en sus cartas cuando ella le pedía una mascota real, no una de felpa, como las que había recibido los últimos dos años.
Otro maullido.
La niña había tomado su decisión. Cargó al gato con sus dos manos, acomodándolo en su brazo izquierdo para poder tomar su calabaza de plástico con dulces. Comenzó a caminar por la calle, acariciando al minino y permitiéndole mordisquear uno de los pompones que poseía su disfraz de hada.
Para ser el gato de una bruja, era muy amistoso. No la había arañado ni gruñido.
Pensando en un nombre mientras caminaba a casa, Kara vio pasar corriendo a varios niños y niñas, emocionados por llevar tantas golosinas en sus bolsas.
En su mente, sólo tenía la idea de que ella llevaría algo mejor a casa que sólo un par de dulces. Olvidando el hecho de que Alex le había dicho que fuera hasta el hogar de los Johnson a buscarla antes de retornar a casa, ella sólo continuó su camino, doblando en la esquina para llegar a su hogar.
Tocó el timbre al encontrar la puerta inusualmente cerrada.
Pasaron un par de minutos, que para ella fueron segundos, cuando por fin su madre abrió la puerta principal.
—¿Kara? —la mujer miró a los alrededores de la entrada, mientras su hija entraba a la casa—. ¿Dónde está Alex?
—¡Streaky! —exclamó la niña, con la más amplia sonrisa que su madre le había visto alguna vez. No parecía haber escuchado la pregunta que acababa de hacerle—. ¡Se llamará Streaky!
—¿Qué? —preguntó su madre, mirándola confundida.
Eliza abrió sus ojos con sorpresa al ver el gato en los brazos de su hija menor, el cual ladeó la cabeza al mismo tiempo que Kara cuando la miraron.
La mujer se miró a sí misma y descubrió que parte de su sujetador podía verse. Carraspeó un poco, abotonando los primeros botones de su camisa con rapidez. Sólo cuando peinó su cabello con sus manos y se veía como la madre perfecta y decente que su hija siempre había visto, Eliza volvió a dirigirse a su hija.
—¿De dónde sacaste ese gato? —preguntó Eliza, cruzando sus brazos por encima de su pecho—. Y no menos importante ¿dónde está tu hermana.
Kara sólo pasó su mano por la cabeza y el lomo del minino, causando que ronroneara gustoso. La niña sonrió y volvió a mirar a su madre con inocencia.
—Está en la casa de los Johnson... dijo algo acerca de ir a buscarla a su fiesta antes de venir a casa, pero lo olvidé. —respondió Kara con inocencia, ignorando la primera pregunta—. Y la verdad, lo agradezco. Qué molesto ir hasta allá, sólo para volver hasta aquí, caminando más de cinco calles completas. Es mucho recorrido, mami.
Kara se dio la vuelta, ignorando el gesto de desconcierto y enojo que poseía su madre en el momento en que dijo aquello. La niña sólo se encaminó hasta el largo sofá, que estaba en medio de la sala, sentándose en el mismo. Dejó la calabaza de plástico a su lado en el sofá y tomó al gato en sus manos, poniéndolo en su regazo para continuar acariciándolo.
—¿Ella está dónde? —preguntó Eliza, caminando detrás de su hija y mirándola sentada en el sofá.
—En el vecindario que está a cinco calles de esta. —respondió Kara.
La niña buscó con la mirada el control remoto de la televisión, encontrándolo a un lado de una prenda de vestir que no reconocía como una femenina. Su madre fijó los ojos en lo que su hija estaba mirando y su rostro se tornó rojo, tomando la prenda y ocultándola tras de sí
—Es una fiesta, me dijo que fuera con unas vecinas a recoger dulces y luego fuera hasta allí. —continuó diciendo Kara. Señaló el control remoto en la mesa de ratón frente a ella y su madre no tuvo más opción que entregárselo, agradeciendo que no prestaba real atención a lo que sucedía a su alrededor—. Yo iba a ir luego de recoger caramelos, ¡pero entonces encontré a Streaky y vine aquí de inmediato! Sólo pude pasar por unas quince casas.
Eliza vio cómo su hija pareció recordar que había salido en busca de dulces, y miró la calabaza de plástico, removiendo el interior con una de sus manos, sacando una barra de chocolate.
—¡Aunque, afortunadamente, la señora Thompkins me dio un montón de paletas y barras de chocolate! —exclamó Kara, emocionada—. Dijo que estaba muy cansada para recibir más niños, así que me dio lo que le quedaba de golosinas.
La niña rubia le dio un mordisco a la barra de chocolate que recién abrió de su envoltura, sonriéndole con inocencia a su madre mientras acariciaba al gato negro con su otra mano.
Eliza negó con su cabeza, pasando una de sus manos por su rostro con frustración.
Kara sólo permaneció mirando la televisión junto con Streaky, quien de vez en cuando lamía su mano cuando la acercaba a su hocico. No fue hasta que su madre colgó el teléfono de la casa con algo de fuerza que Kara desvió sus ojos nuevamente a ella. Estaba enojada, pudo notarlo por aquella vena sobresaliendo en su frente y su rostro rojo.
—¡Jeremiah! —exclamó Eliza. El grito hizo que la niña se hundiera un poco en su sitio, pues lo menos que deseaba hacer en la vida era enojar a su madre, pero aparentemente lo había conseguido—. ¡Ve a buscar a Alexandra ahora mismo!
—¿Qué? —Kara escuchó a su padre hablar en el piso de arriba—. Pero, cariño... nosot-
—¡Ve a buscarla tú o de otra forma iré yo y armaré un escándalo! —exclamó Eliza con enojo—. ¡Ahora!
—¡Bien, ok! —respondió Jeremiah desde arriba—. Yo iré.
La mujer rubia no había subido las escaleras, sólo permaneció en el borde de las mismas, gritando a su esposo que se encontraba en el segundo piso de la casa.
Soltó un suspiro, negando con su cabeza y acercándose a su hija menor en el sofá, sentándose a su lado en el mismo. Kara sentía la mirada de la mujer sobre ella, no obstante, se obligó a mantener la mirada fija en el televisor frente a ella en todo momento, lo que menos quería era que comenzara a decirle que Streaky debía irse.
Aun cuando su padre salió por la puerta principal minutos más tarde, Kara sólo se quedó mirando la tv.
—Cariño. —dijo aeliza con voz suave. Kara no se movió de su sitio, ni siquiera volteó a mirarla, sólo se mantuvo observando la televisión y acariciando al gato, el cual sí volteó a mirar a la mujer—. Kara, bebé.
—¿Sí, mami? —preguntó la niña en un susurro.
Aquel era su modo de llamarla cuando quería algo, ambas lo sabían.
—El gato no puede quedarse, lo sabes. —dijo Eliza, acariciando el cabello rubio de Kara.
Eliza alzó una de sus cejas ante la profunda mirada que estaba dándole el gato, que estaba sobre las piernas de su hija. Sus ojos amarillos estaban fijos en los suyos y, por algún motivo, comenzó a sentirse algo mareada. Kara por fin se había volteado a mirarla y jaló con su mano cubierta de chocolate la camisa de su madre.
—Pero, mami... ¡lo cuidaré, lo prometo! —exclamó Kara, insistente—. Le haré una caja de arena, cepillaré su pelo todos los días, limpiaré la caja... ¡lo sacaré a pasear!
—Bebé, los gatos no se sacan a pasear... ellos sólo... —murmuró Eliza. La mujer pestañeó un par de veces luego de que el animal maulló. Olvidó lo que estaba diciendo. Miró a su hija, extrañada—... ellos... ¿qué estaba diciendo?
—Que Streaky puede quedarse. —dijo Kara, sonriendo con inocencia.
—¡Cierto! —afirmó Eliza y Kara se sorprendió ante su respuesta, no creyendo que funcionaría decirle eso—. Puede quedarse, sólo si te encargas de darle su comida todos los días, limpiar su caja de arena y encargarte de sus regalos.
—¿Regalos? —preguntó la niña extrañada. Vio a su madre levantarse del sofá, con una de sus manos en su cabeza—. ¡¿Los gatos vienen con regalos?!
—Sí, cariño, ellos suelen traerles regalos a sus dueños. —dijo Eliza, caminando hasta la cocina.
—¡Eso es genial! ¿Qué clase de regalo traerás, Streaky? —preguntó Kara, alzando al gato con sus dos manos. Él pareció arquear una de sus cejas, mirando confundido a Kara—. ¿Una muñeca? ¿Quizás un vestido?
—Cielo, te llevarás una sorpresa cuando veas su regalo, créeme. —diji Eliza desde la cocina.
Cuando volvió a la sala, luego de tomar una aspirina, ella estiró una de sus manos a su hija. Kara sostuvo a Streaky con una de sus manos, caminando hasta su madre y tomando su mano para comenzar a su bir las escaleras.
—Vayamos a ponerte tu pijama y dormir ¿sí? —pidió Eliza—. Mami tiene que regañar a tu irresponsable hermana mayor cuando llegue.
—¿Por qué? —preguntó Kara, confundida—. Ella no hizo nada malo.
Su madre no contestó a su pregunta y continuó subiendo las escaleras.
Kara se quitó aquel disfraz, dejando al gato en la habitación que compartía con Alex y corriendo al baño, emocionada por su nueva mascota.
El animal permaneció mirando a su alrededor con interés. Dio un salto sobre la cama que le pertenecía a la hermana mayor de la joven rubia, observando por la ventana que ésta poseía a un lado y mirando por la misma el vecindario con curiosidad. Movió una de sus orejas cuando, minutos más tarde, Kara entró a la habitación de nueva cuenta, abriendo sus ojos y boca con sorpresa cuando lo vio en la cama de su hermana.
—¡No!, malo, malo Streaky. —dijo Kara. Corrió hasta el animal, tambaleándose un poco en su camino hasta él. Lo tomó en brazos y lo dejó sobre el suelo, señalando la cama de su hermana—. Esa cama le pertenece a Alex, si ve uno solo de tus pelos en sus sábanas de seguro le dirá a mamá y ella me regañará, ¿entiendes?
Para su sorpresa, el gato asintió con su cabeza y dio un salto sobre el borde de su cama, acomodándose para saltar sobre la repisa de libros que poseía en la pared. Kara observó emocionada cómo el animal llegó hasta lo más alto de la estantería de libros que poseían ella y su hermana, recostándose allí para poder mirar por la ventana que estaba en el medio de la habitación.
Cuando Eliza entró a la habitación, peinó el cabello de Kara y la preparó para dormir. Entonces fue que Kara le insistió en dormir ese día con el gato, a lo que la mujer negó, pues necesitaban darle un baño y llevarlo con un veterinario primero. La mujer sólo dejó un cojín vviejoal lado de su cama, que le serviría al animal para dormir a un lado de ella.
Eliza observó confundida la forma en que el animal miró el cojín, justo antes de posar una de sus patas en él y gruñir, dando vueltas por la habitación hasta dar un salto en el sillón de pufs de cuero que se hallaba en medio de la habitación. El gato se limitó a mirar con sus ojos estrechos a la madre de Kara cuando lo tomó en brazos y lo dejó sobre el viejo cojín de nueva cuenta. El minino se removió en el cojín antes de gruñir y recostarse en él.
Eliza encendió aquella lámpara que reflejaba estrellas y se encontraba a un lado de la cama de Kara. Le dio un beso en la frente y apagó la luz de la habitación antes de salir y cerrar la puerta.
La rubia permaneció en silencio un largo rato, mirando el techo en el que se reflejaban las estrellas de la lámpara, pestañeando varias veces al ver manchas borrosas en lugar de estrellas debido a su miopía.
Kara soltó un suspiro al no lograr conciliar el sueño y se giró para mirar al borde de la cama, encontrando todo oscuro. No obstante, aquellos ojos amarillos brillaban en la oscuridad de la noche, y así, la niña supo dónde se encontraba su peludo nuevo amigo.
Dejó caer una de sus manos para acariciarlo.
—Estoy feliz de haberte encontrado, Streaky. —dijo Kara en un susurro.
Curiosamente, el animal soltó un maullido luego de que ella dijo eso. Una sonrisa surcó los labios de la pequeña rubia, sintiéndose escuchada y comprendida de alguna forma.
—La verdad, siempre quise tener una mascota. —volvió a hablar Kara, acariciando el pelaje oscuro—. Alex tiene quince años, así que, no juega más conmigo. Tiene amigos nuevos en la secundaria y se va de fiesta siempre que puede, dejándome sola la mayoría del tiempo que mamá me deja a sus cuidados.
Kara sintió cómo el animal lamió su mano removiéndose ante sus caricias.
—De verdad la extraño. Solíamos jugar mucho hace años, pero creo que lo entiendo... —murmuró Kara, sollozando un poco—… ¿quién querría jugar con la niña distraída y desafortunada que se tropieza con sus propios pies? Además de Kenny.
Kara se sorprendió al ver los ojos amarillos justo frente a ella. Streaky se había erguido en su sitio, estirándose para poder mirarla en la cama. Sintió su fría nariz tocando la suya y sonrió un poco, limpiando sus ojos y nariz, apartándose para que el animal se subiera a su lado en la cama. El gato no tardó en hacerlo y dio unas cuantas vueltas alrededor de su sitio antes de hacerse bola, removiéndose un poco cuando Kara acarició su cabeza
—Seré la mejor dueña del mundo, Streaky, lo prometo. —murmuró la rubia, soñolienta.
Y luego de decir aquello, cerró sus ojos, lista para caer en un profundo sueño, sintiendo el calor del gato a su lado, el cual abrió uno de sus ojos horas después.
Movió una de sus orejas y abrió su boca a modo de bostezo, relamiendo su hocico antes de estirarse en su sitio.
Miró a la que se llamaba a sí misma su dueña por un instante antes de mirar la cama a un lado de la que se encontraba. Había un bulto oculto entre las sábanas en la otra cama.
Sin darle real importancia a ello, se bajó de la cama, subiéndose a la otra y pasando por encima del bulto, el cual se removió incómodo por las pisadas. Le dio un empujón con su cabeza a la ventana que estaba de ese lado de la habitación, abriéndola.
El gato salió hasta el tejado, caminando con lentitud por el mismo y mirando la luna llena en el cielo. Rascó un poco su oreja con unas de sus patas traseras antes de fijarse en la chimenea de la casa.
Con un elegante caminar, se dirigió hasta la chimenea, perdiéndose entre la sombra que proyectaba en el tejado.
Lejos de aquel pueblo en el que los niños celebraban halloween, en uno de los edificios de la zona central de National City, los brillantes ojos amarillos de aquel gato se fijaron en la sombra de una persona, que estaba causando que unas luces destellantes iluminaran cada par de segundos la estancia.
En el interior del departamento de un piso quince, el gato pudo apreciar varios líquidos luminosos esparcidos por las paredes y muebles del lugar.
Un maullido causó que la sombra se detuviera, con uno de sus brazos alzados y una botella que contenía un poco de un líquido azul fluorescente en su mano.
La sombra se giró en su dirección y, aunque estaba oscuro, el gato pudo distinguir sus ojos verdes.
—Has vuelto. —dijo la voz de una mujer. El gato sólo asintió con su cabeza y la persona notó su movimiento—. Te hice la cena... aunque debe estar fría ahora. —un maullido causó que la mujer estrechara sus ojos, divisando los movimientos del minino dentro del departamento, en la oscuridad. Otros maullidos hicieron que soltara una risa—. Lo sé... romper todo no solucionará nada... asesinar niños... quizás podría.
—¿Qué estás esperando entonces, descendiente de Morgana? —Aquella voz, que parecía la combinación de dos voces en una, resonó en el lugar y la sombra de ojos verdes desvió su mirada al techo.
—Estoy cansada de asesinar sin sentido. —se quejó la mujer.
—¿Cansada de asesinar? —indagó la voz—. Que noble te has vuelto de repente...
—¡Cállate! —exclamó la mujer. Sus ojos verdes volvieron a fijarse en el gato y un brillo de enojo estaba reflejado en ellos. El minino permanecía quieto en su lugar—. ¿Sabes qué? No tengo tiempo que perder con un gato pulgoso. Porque ahora no eres más que eso, un cuadrúpedo lleno de pulgas.
—Deberías ser más agradecida, Lena Kieran Luthor. —habló la voz. El gato entrecerró sus ojos—. Después de todo, yo te salvé de una muerte segura.
—¡Y tú deberías ser menos sarcástica! —exclamó Lena, señalando al minino.
—Diez años... y aún no has logrado hallar una solución para el embrollo en el que me metiste. Me sorprende tanta eficiencia. —El ruido producido por un vidrio quebrándose al chocar contra una pared de forma brusca causó que el gato mirara a la pared en la que ahora había una mancha azul fluorescente—. Y tanto autocontrol.
—¡Diez años y sigue contando! —se quejó Lena—. Si me ayudaras un poco, en lugar de estar todo el día holgazaneando, quizás ya habríamos encontrado algo, Reign.
—Si hubieras matado a Lex, en primer lugar, no habría que encontrar una solución. —escuchó Lena y sólo pudo gruñir.
El silencio reinó en el lugar durante largos minutos. Los ojos verdes de Lena estaban fijos en el gato, el cual comenzó a lamerse una pata, desinteresada en la acusación que hizo.
—Me iré por un tiempo, espero que no te moleste. —dijo la voz y Lena bufó.
—No te alejes tanto, maestra. —susurró Lena entre dientes—. O cuando encuentre una solución para tu maldito problema, quizás estés muy lejos para oírme.
—Entonces grita fuerte… —habló la voz en un tono de advertencia—… o me desharé de la solución del tuyo.
La mujer de ojos verdes soltó un gruñido y caminó por el departamento, perdiéndose tras una puerta de caoba oscura.
El minino sólo volvió a lamer una de sus patas, pasándola por su cabeza, escuchando murmullos y conjuros viniendo del interior de la habitación a la que había ingresado la mujer de ojos verdes.
Sin nada más que hacer allí, el gato se dio la vuelta, volviendo a pasar por aquel portal que había abierto con anterioridad.
Caminó por el tejado de la casa de los Danvers, observando con interés la casa de la anciana ciega que había encontrado en medio de su sangrienta cena de halloween.
El animal soltó un maullido, al ver saliendo por la puerta principal de dicha casa a una joven mujer asiática con delicada piel blanca y ojos ámbar brillantes. La mujer fijó sus ojos en el gato en el tejado e hizo una reverencia al minino. El gato sólo se dio media vuelta, adentrándose en la casa por la misma ventana por la que salió.
