¡RECUERDEN!

A favor de la campaña "con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo.

Porque eso es de gente muy cochina *lean esto con la voz de Deadpool*

Lento pero seguro va esta historia.

Bueno mis queridos lectores, tengo un anuncio importante.

¡He publicado una nueva historia de The Abandoned Empress!

Nada como hacer publicidad en mis propias historias, ¡Ja, ja, ja!

Y la nueva historia se titula… *redoble de tambores* ¡"El espadachín sagrado"!

Ahora… ¡La historia!

Recomendación musical: "Naked Arms" By T.M. Revolution.

Notas:

Presente

[Pasado]

"Pensamientos"

[Teléfono/Mensajes/Cartas]

Narrador extra.

Los personajes de The Abandoned Empress son propiedad de Jeong Yuna

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Intermedio I. – La llegada de Jieun –

Parte IV. La preocupación de Pioneer. (1)

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Los dos únicos hijos de la familia Stella Noctis son bastante unidos a pesar de la diferencia de edad y género. Eso sin mencionar el obvio contraste entre sus apariencias.

No hay gran significado en ello, salvo los malos rumores y chismes que flotan a plena voz entre los círculos sociales, camuflajeados como halagos amables o envidias erradamente malinterpretadas.

Una fiesta de té, un baile en un gran salón, la presentación de una dama o caballero en sociedad. Donde sea que la familia Stella Noctis se presente es cuestión de habladuría.

Jamás se detienen y pareciera que nunca lo harán.

Su lugar en la escala social es menor a la de un Duque con un título nobiliario. Son meros Vizcondes.

Serian fácilmente aplastados por toda la sociedad noble en un parpadeo, jamás volverían a mostrar sus rostros ante la sociedad y rogarían por formar parte de cualquier fiesta.

La presunción de poder en la sociedad es uno de los placeres primordiales que gozan los nobles. Aplastar al débil, burlarse en su rostro, regodearse en sus lamentos.

Si…

Esos son los placeres que los nobles sin escrúpulos disfrutan. Los mismo nobles que fiesta con fiesta, reunión tras reunión, baile tras baile, abren sus despreciables bocas en contra del hijo menor Corvum Stella Noctis.

Personas con rangos superiores a la familia Stella Noctis, pero sin ningún título nobiliario. Ellos se consideraban poderosos en la escala de poder, dado, que la familia Stella Noctis, solo posee un prefijo en su apellido y no un reconocimiento nobiliario como las cuatro familias fundadores del reino y las cuatro familias principales. En total, ocho familias del reino cuentan con un título nobiliario más un prefijo.

Los Stella Noctis son la excepción al caso.

Pero, estas incrédulas personas, desconocían la verdad detrás del respeto mostrado a ellos.

Ciertamente había quienes les apoyaban en sus burlas, difamaciones y teorías conspirativas, esto, porque al ser solo una simple burla en su propio circulo no llegaría más lejos. Podrían disfrutar de burlarse de esa familia que se cree lo más alto en el estirpe social.

Dejar en ridículo a la Vizcondesa que es odiado por algunos. Difamar al Vizconde que ha rechazado a mujeres interesadas en ser sus amantes.

Humillar a los dos hijos de ese par.

El segundo hijo tiene el cabello tan negro como el carbón. Y su piel es terriblemente blanca. ¿No es demasiado vergonzoso andar con un niño ilegitimo?

Exclamó la mujer de un vestido esponjado, un peinado extravagante y cubierta por un abanico.

¡Oh, querida!, eso no es todo. ¿Cómo puede el Vizconde aun amar a una mujer que lo engaño? —Respondió otra mujer, de aspecto maduro, desviando el rostro.

Yo escuche que el niño fue traído por el Vizconde desde la tierra donde nació. —Agregó una dama joven.

En la plaza se celebraba la festividad anual de fundación del Reino, que posteriormente llevaría a la celebración de la coronación de la Reina con meses de diferencia.

Los cotilleos entre los círculos de los nobles de bajo rango se ocultaban por los ruidos musicales y el ajetreo de las personas.

Fue una obvia elección que la verdadera hija sea la cabeza de la familia. Pero… ¿Un caballero?, ¡Qué horror!

Concuerdo. Una belleza delicada y enternecedora cubrirse de mugre y sudor. Para tapar los malos pasos de sus padres. Pobre criatura.

Eso es porque no conoces a la señorita. Ella ni siquiera es tan refinada. ¿Sabes? —Alegó una joven de apariencia asqueada al chocar con un grupo de niños persiguiendo una pelota.

Una de las leyes establecidas por su majestad, la Reina. Es que el día del festival de fundación, nobles y plebeyos convivan, olvidando en ese día los estigmas y división de clases. Porque todos en el reino son su gente y su gente es el reino. Ambos se necesitan el uno al otro para existir.

Obviamente, la mayoría de los nobles estaban en desacuerdo con dicha Ley, pero, tampoco se atrevían a juzgar el criterio de su majestad, la Reina.

Su único medio de escape, seguía yendo en la misma dirección. Divertirse a costa de la única familia sin título nobiliario.

El incidente de la pastelería. Ja, ja, ja. ¡Lo había olvidado por completo! —Completó la dama que acompañaba a la del rostro asqueado.

¿Incidente de la pastelería?, ¿Es alguna historia graciosa? —Preguntó curiosa una dama de menor edad.

¡Lo fue! La hija mayor que es el centro de atención en los círculos sociales por su cabello platinado y ojos profundos, pff… ¡Ja, ja, ja!

¡Dilo ya! —Exigió la de la cara asqueada, sin paciencia de las risas contenidas de su amiga.

Lo siento, lo siento. Es tan gracioso. El día que la pastelería presento un nuevo postre a base de chocolate blanco, ella combatió con varias señoritas por la ultima porción. Y, pff… Lamio todo el glaseado de ese único pastel y luego se lo comió enfrente de todas. ¡Ja, ja, ja!

¡Oh, mi!

Cielos.

Todos en esa familia son unos sin vergüenzas.

Estoy de acuerdo.

El círculos de jóvenes damas reunido para disfrutar de las atracciones ofrecidas por el festival corearon sus voces en la melodía de indignación al ser conscientes de los cuestionables hábitos de una familia noble del reino.

Si eso se llegaba a saber fuera de las fronteras, justo en los países extranjeros, más allá de la barrera de árboles.

¡Por siempre estarían humillados!, ¡Marginados!, ¡Catalogados como un reino de inadaptados!

Nuestra amada Reina posee un enorme, puro y sincero corazón para permitir la existencia de esa familia.

Lloro una de las damas, cayendo dramáticamente en el hombro de su compañera de chismes. Todas asintieron, dejando escapar suspiros de derrota.

Continuaron caminando por el resto de la calle, esperando que alguna de las fascinantes atracciones creadas por los plebeyos calmara sus inquietas mentes de la cruel realidad que vivían en su pacifico reino.

_oOo_

Durante las siguientes tres semanas se investigaron y enjuiciaron por traición a una gran cantidad de nobles menores que estaban registrados en el listado de otorgamiento de un título nobiliario. La situación no era extraña o nueva para los ciudadanos del reino, cada cierto corto periodo de tiempo, algún noble cabeza hueca intentaba robarse el trono. Aseguraban que la inexperiencia de su majestad y edad temprana de coronación les daba suficiente ventaja para un golpe de estado, conseguir una revolución y posicionarse en lo más alto del reino.

Los mejores planes se descubrieron antes de ser efectuados o cuando solo eran reuniones con uno cuantos nobles que compartían la idea.

La Reina siempre los descubría. Enjuiciaba y mostraba todas las pruebas.

Iniciando la advertencia que parecía una lección de libro de cuentos.

Ten cuidado de lo que dices. Ten cuidado de lo que haces. Ten cuidado de tu sombra. Su majestad, la Reina siempre sabe si fuiste bueno o si fuiste malo. No desafíes el poder de la gran soberana.

Quienes temían por sus vidas guardaban silencio. Los que no creían y se consideraban más listos que los enjuiciados, mantuvieron su codicia escondida, esperando por la siguiente oportunidad.

Y debido a esto, es que se creó la lista de otorgamiento de título nobiliario. El ceder confianza, riqueza y poder no provenía solamente a las grandes inversiones, los impuestos extra que se le dieran a su majestad, la Reina o costosos regalos. Todo dependía de la opinión generada personalmente por la Reina y las calificaciones de las familias fundadoras y principales.

Si eran capaces de pasar los estrictos requerimientos, ostentarían un maravilloso título nobiliario. Y si, continuaban con un excelente desempeño tendrían el derecho de disputar el prefijo de alguna de las familias fundadoras o principales. Era un sistema de juego creado por la misma Reina.

Las relaciones personales de camaradería son inútiles e infructuosas si no haces útil el valor de tus habilidades en beneficio de quienes llamas tus iguales.

Muchos se inscribían, disputaban el puesto de los mejores y más cercanos a la familia real. Nadie superaba a los miembros de las familias fundadores y principales.

¿Por qué?

Porque a pesar de la frialdad que transmitieran las palabras de su majestad, la Reina, dejaba un mensaje especifico.

Lucha para que continuemos unidos.

Como la Reina, ya no podía permitirse los deslices emocionales.

A cambio, protegería a su reino, a su gente y a sus camaradas.

Por ello, exigió las cabezas de los estúpidos nobles que crearon rumores y se burlaron de la familia Stella Noctis. O, eso intento hacer la primera vez, quedándose a media orden por la interrupción de su marido y asistente, recordándole que simples calumnias eran normales en el mundo social e insuficientes para considerarlas un crimen.

El que usara su influencia para castigarlos por manchar el honor de la familia Stella Noctis, dejaría un precedente del favoritismo de la Reina a una familia sin relevancia, colocando en duda su credibilidad y cordura. Al final sus buenas intenciones resultarían contraproducentes.

Tras pensarlo fríamente con una taza de té amargo, ordeno se investigará hasta el último antecedente de los nobles. Si encontraban la mínima prueba en su contra, los eliminaría del otorgamiento de título nobiliario sin oportunidad de cuestionar las razones. Dejando el lado político a su asistente quien le redactaría un bonito discurso que especifique porque son expulsados del listado.

Una gran satisfacción recorrido el cuerpo de la Reina. Su bello rostro alabado y amado en cada rincón del reino se deformo ante la maligna sonrisa extendida de oreja a oreja, sus grandes ojos entrecerrados le daban un toque bizarro, acompañada por la tétrica risa brotando desde su estómago.

Previniendo el descontrol de la máscara emocional constante de la Reina. Su asistente expulsó a cada sirviente de la oficina, quedando solamente el Rey quien ya conocía de primera mano el comportamiento excéntrico de su esposa al recibir buenas noticias.

Los documentos traídos por el grupo de espionaje en colaboración al gremio de informantes señalaban una cantidad suficiente de crímenes deslizados bajo tierra. Con el uso adecuado, confiscarían propiedades, fondos y hasta los títulos.

Sin embargo, el causante de la euforia desbordante de su majestad, la Reina, se hallaba en el último título leído del índice creado al inicio de los documentos.

Compra y venta de esclavos.

Práctica prohibida dentro y fuera del reino. Se señalaba una mercancía especial traída desde el otro lado del mar y algunos accesorios manufacturados en el continente.

Esta vez, ella los tenía en la palma de su mano.

Querida, vas a perder la voz de nuevo. —Dijo el Rey, buscando el botiquín con las pastillas de la garganta para la Reina.

Su majestad. Todavía le queda una reunión antes de la cena. —Recordó su asistente al notar sus cabellos desalineados y perdida de color en el maquillaje.

Obviamente, la Reina no tenía tiempo ni cabeza en escucharlos. Era el momento del juicio —asuntos protocolarios— y el esperado castigo.

Al llamárseles frente al Gran Tribunal, se especificó que no se debía a las pequeñas sumas de dinero gastado y no reportado, sino los artículos importados del mar. Artículos que han sido registrados de exóticos sin otra característica particular.

Una clara transgresión a la ley Gardenia-Begonia.

Siempre se especificarán los productos traídos al interior del reino, como los enviados a otras partes del continente. Esto, con el fin de evitar pactos entre familias extranjeras o reinos con la idea de querer extender su territorio.

Mantenerse neutrales, mostrar calidez y amistad a todos los países del continente, es el lema decretado por la Reina.

El tiempo de defensa de los nobles excedió las dos semanas de prórroga.

Cada excusa de documento válido caía ante otro documento valido obtenido por el equipo de la Reina. Los nobles ya tenían un pie en la cárcel, despojados de sus títulos, sus nombres manchados y sin oportunidad de recuperar algún día la poca dignidad que les quedaba.

Hasta que se recibió el mensaje del cargamento atracado en los puertos rentados con uno de los reinos extranjeros. Al verificarse la mercancía, encontraron cosas interesantes.

Docenas de mujeres jóvenes, niños y niñas, algunas incluso cargaban con bebés. Todos venían en condiciones terribles, ropas mohosas, desnutridos, enfermos y a punto de morir. Al sacar a quienes podían caminar, se dieron cuenta de los cadáveres de aquellos que no consiguieron superar el viaje en barco.

La Reina ordeno cancelar el veredicto público, cambiándolo a establecer la penitencia en ese preciso instante, tras lo cual se enviaría el mensaje a los criminales en sus celdas. Ellos eran indignos de considerarse humanos.

Su majestad. —Habló el asistente, recibiendo el sobre de siempre. —Usted es una monarca que busca desesperadamente la justicia, equidad y respeto entre sus ciudadanos. Solo… ¿Esta segura de todo esto?

¿A qué te refieres? —Dejó su estilógrafo a un lado, estirando sus brazos por sobre su cabeza. — Estoy limpiando las calles de mi hermoso reino. Trabajando diligentemente.

Majestad. Sabe a lo que me refiero. Incluso si esos maleantes no hubieran secuestrado a toda esa gente, usted habría encontrado otra manera de vengarse en nombre de la Vizcondesa.

¿Y tú punto es?

La Vizcondesa es capaz de arreglárselas por si misma con algunos chismes de lenguas afiladas.

Jum. —La Reina inflo sus mejillas, cruzándose de brazos. Una pose infantil. —Ella no tiene que hacerlo todo sola.

Lo sé, su majestad. También se del gran afecto y respeto que le guarda a la Vizcondesa.

La Reina miro a su asistente. Ella desvió la mirada, dejando caer sus brazos en su regazo y desinflando sus mejillas. Un poco de nostalgia se filtró en su expresión, la más triste de las sonrisas.

No es solo afecto. Para mi ella, significa mucho. —Alzó la mirada, viendo a su asistente. —Es la mejor persona que he conocido. Solo deseo encontrar una manera de pagarle todo lo que ha hecho por mí.

Usted tiene un brillante corazón, su majestad. Estoy seguro que la Vizcondesa aprecia sus sentimientos.

Ja, ja, ja. Ojalá fuera de esa manera. —Miró la hora en su reloj de escritorio. —Sera mejor irme. Dejar esperando a mi esposo significa escucharlo dos horas consecutivas de como requiero vacaciones.

Es una buena sugerencia.

No. Y envía eso a los calabozos. —Señaló el sobre sostenido por su asistente. —Necesito otra buena historia de horror.

A sus órdenes, su majestad.

La Reina asintió, despidiéndose de su asistente, dejando la oficina.

Desde la fundación del reino hace más de diez años, incontables secretos han rodeado a esta misteriosa tierra. Toda información filtrada al exterior llega cortada, en trozos, debe ser reunida y descifrada.

Impidiendo a los extranjeros conocer más allá de lo que la Reina estaba dispuesta a soltar oficialmente.

Y uno de estos secretos, se enfocaba en la familia Stella Noctis.

Antes de la ejecución, los guardias les pasaron sobres sellados con la cresta real. Al leer su contenido idéntico, todos gritaron, maldijeron el nombre de la reina y sus descendientes, escupieron encima del mismo nombre de la familia que humillaron con sus habladurías.

Esta era la única diversión compartida por la Reina y la Vizcondesa.

Develar el verdadero rol de la familia Stella Noctis a los criminales que los menospreciaran.

Y hablar de ello en la hora del té con postres, galletas, dulces y un fragante té cultivado en los jardines reales.

Ciertamente era un juego maligno.

Con el que se divertían como un par de niñas pequeñas después de una travesura.

Convirtiéndolo en otro de los secretos del reino.

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Las expresiones de los sirvientes en la mansión por las mañanas siempre eran las mismas, parecían dispuestos a tirarse a sus pies y rogarle por volver al comedor.

Algunas veces, dudaba del razonamiento de sus empleados.

¿Por qué se esforzaban en tales muestras exageradas de preocupación?

No era como si TODO terminara, por saltarse el desayuno.

Prácticamente viven bajo el mismo techo, duermen en la misma cama, tienen una argolla en cada uno de sus dedos anulares de la mano izquierda y tienen la suficiente actividad sexual que algunas veces se le dificulta salir de la cama, no por el dolor en su zona baja, ¡Él no la quiere soltar!

Sin olvidar al par de retoños que nacieron producto de las mismas intensas actividades sexuales realizadas en la comodidad y seguridad de su habitación. Siempre recordándose en poner el seguro.

Jamás repetiría el incidente de la primera vez. Se abochornaba con solo mencionarlo.

Con su maletín en mano, se detuvo en el espejo de la entrada principal, viendo que su atuendo estuviera impecable, camisa blanca, chaleco, saco, pantalones, botas y su siempre confiable coleta atada con el listó obsequiado por su hija, era el complemento perfecto.

—"Ahora que recuerdo, hoy es su día sin entrenamiento." —Pensó, apretando la correa del maletín. —"Le traeré algunos postres. Tal vez esos nuevos dulces confitados."

Alejándose del espejo, rumbo a la puerta y el coche que la esperaba, se detuvo a medio paso al escuchar el sonido de las suelas del zapato resonar contra el piso, mirando por encima del hombro, distinguió a uno de los mayordomo en entrenamiento.

Con un resoplido por sus fosas nasales, giro el resto de su cuerpo, pasando una mano por su rostro, preparando el ceño fruncido en dirección al joven incauto.

Respetaba las opiniones, incluso una sugerencia nunca le vendría mal. De esa manera es que ha resaltado en su trabajo.

¡Pero!

¡Esto era el colmo de lo absurdo!

Madame. —Saludó respetuosamente el joven.

Tienes diez segundos o estas despedido. —Le advirtió, chasqueando sus dedos en señal del conteo.

¡¿He?!

10… 9…

No, no. ¡Espere! —Pidió el joven, levantando sus brazos hacia adelante.

8… 7…

Por supuesto, ella no se detuvo.

¡M-madame!, e-espere n-no

6… 5… 4…

Yo, yo…

Delicadas lagrimas se juntaban en las esquinas de los ojos del joven.

3… 2…

Y faltando solo un segundo, el joven aprendiz, alzó su voz extrayendo un arrugado sobre del bolsillo en su saco.

¡Carta de su majestad, la Reina!

—…1.

Terminado el conteo, relajó su tensa expresión facial, cambiándola a una seria, arrebatando el sobre, miró el reverso con la caligrafía de la Reina y luego el sello de cera con el escudo real.

Gracias. Puedes volver a tus actividades.

Le estoy agradecido, Madame. —Reverenció varias veces.

Si, sí. —Agitó su mano, restándole importancia. —Retírate. ¡Ah!, y ve con el Mayordomo, necesitas aprender de nuevo el manejo de la correspondencia.

¡Entendido, Madame!

Otra reverencia y el aprendiz se alejó a pasos agigantados de la entrada.

Ella sacó el reloj de su bolsillo verificando la hora, iba con bastante tiempo por adelantado, podía tomarse unos segundos. Dejó su maletín en el suelo, rompió un lado del sobre y extrajo el fino papel doblado del interior.

Una vez desdoblado, empezó a leer el mensaje de la Reina.

El mismo inicio de todos, un saludo afectuoso, preguntas extremadamente personales, un recordatorio de su reunión semanal del té…

Majestad, tiene demasiado tiem-

Sus palabras se atascaron en su garganta, sus ojos estuvieron a punto de salirse de su rostro. Apretó con fuerza el papel, atravesándolo con sus dedos, tembló desde la punta de su cabeza hasta las puntas de los dedos en sus pies.

Y un grito furioso acaparo el primer piso de la mansión.

Dejando el maletín en la entrada, se dirigió al pasillo que conecta a la oficina principal. Casi choco con una de las sirvientas que desempolvaban los adornos de las paredes y cuadros colgados.

La pobre joven retrocedió instintivamente, apretando sus labios, rogando por misericordia al sentir los ojos de su señora posarse sobre ella.

Fríos, asesinos, depredadores ojos. Sin considerar la persona a quien estuviera a punto de encajarle los colmillos y destazarla.

Así de terrible era el carácter de su señora al enojarse.

Ve… dile… al cochero… que no me espere. —Pausó cada palabra en la frase, sus dientes apretados eran señal de contener su furia creciente, ella ya sabía con quien se desquitaría.

¿He? —Dijo torpemente la sirvienta.

¿Estás sorda?

Alzó una ceja. El tic en la esquina de su labio era la última advertencia.

La asustada sirvienta, negó y asintió apresuradamente, gotas de sudor cayendo por su rostro y lágrimas empañando su visión.

Haz lo que te dije. A-h-o-r-a. —Se alejó de la joven, señalando con su dedo en dirección a la salida del pasillo.

¡Si, señora!

Rápida como una bala, la sirvienta corrió olvidando en el suelo el plumero y trapo con el que estuvo limpiando.

Regresando sobre sus pasos, siguió caminando por el largo pasillo, las pocas sirvientas que quedaban apartaban la mirada de ella, cerraban sus bocas e impedían a las nuevas chicas contratadas el siquiera proliferar un amigable saludo del día o alabar la apariencia majestuosa de su señora.

Ellas la conocían. Una vez que la señora frunce el ceño y sus ojos parecen los de una serpiente cazando, es preferible mantener la cabeza gacha, el oído atento y una voz firme, incluso si sus piernas les están fallando y el corazón quiere escaparse por su boca.

Tienen que mantenerse valientes.

Es uno de los principios primordiales de la servidumbre que trabaja para la Vizcondesa Stella Noctis.

No dejen que nadie entre. —Dijo, deteniéndose al frente de la puerta de la oficina principal. Las sirvientas que escucharon, asintieron sin respuesta verbal. —Quiero el pasillo de la entrada a la oficina, totalmente vacío.

Otro asentimiento silencioso de las sirvientas y todas se retiraron, llevándose de la mano a sus compañeras, señalándoles que guardaran silencio, prometiendo darles las debidas explicaciones una vez estuvieran fuera del rango auditivo de la señora.

Sin tocar, ni anunciar su presencia, abrió la puerta con la fuerza suficiente para rechinar las bisagras, asustando a dos de las tres personas en el interior. Sus ojos afilados enviaron el mismo mensaje a los dos nerviosos asistentes que apretaban los documentos contra su pecho.

Ambos tragaron saliva, mirándose entre sí y luego al hombre que ocupaba el asiento detrás del escritorio y no había levantado su rostro ni dejado la pluma con la que escribía.

Ella apretó el pomo de la muerte, rechinando los dientes, dio un paso, dos pasos…

Camino hasta quedar en el centro de la habitación, sus manos puestas en las caderas y mirando directamente el hombre que seguía centrado en sus deberes.

El porte ideal, la serenidad adecuada, la concentración centrada, la precisión en su escritura, no había ni un solo error en cada uno de sus movimientos.

Le admiraba y odiaba en partes iguales. ¿Por qué tiene que ser tan ridículamente perfecto en todo?

¡Hasta para ignorarla cuando está molesta!

Respiró profundo, queriendo moderar su tono de voz, fallando en el acto.

Hablare a solas con mi marido. —La última palabra fue gruñida.

Los asistentes tragaron saliva, rogando por alguna palabra de su señor, que les salvara del malvado demonio en que se había transformado la señora sin razón aparente. Escucharon perfectamente el momento en que corrió a todas las sirvientas limpiando el pasillo.

Maldecían a su terrible suerte de estar en la oficina con el señor.

¿No me escu-

Terminemos por el día de hoy. Pueden retirarse a descansar.

Interrumpió el Vizconde, reuniendo los documentos firmados y apilándolos a un lado. Su pluma descansando tranquilamente a la derecha del escritorio.

La Vizcondesa sonrió divertida, sus ojos brillantes plantados en su esposo.

Solo lleven los libros de presupuestos y compras al administrador y la contadora, también la lista de nuevos empleados al mayordomo y el ama de llaves. —Entregó las listas a los asistentes y señalo los libros apilados en una mesa extra pegada a uno de los estantes.

¡A la orden, mi Lord! —Dijeron ambos, corriendo de un lado a otro por la oficina.

Al tener el ultimo encargo del día, se despidieron dl Vizconde y la Vizcondesa, deseándoles una tarde agradable. Cerraron la puerta de la oficina y a grandes zancadas con pies torpes, se alejaron de la habitación y el pasillo.

Por muy malvada o terrible que la Vizcondesa se viera o actuara al estar enojada, tenía el mínimo de tacto y consideración por alejar a todos cuando discutía con el Vizconde.

¿Ocurrió algo? —Preguntó calmadamente el Vizconde, entrelazando los dedos encima del escritorio.

La profundidad y atención con que sus ojos azules se dirigían a ella le provocaba un temblor que no sabía identificar con precisión.

¿Se debía al enojo?

¿El ser ignorada a consciencia?

¿Era a causa de su lazo matrimonial?

¿Sus sentimientos…?

¿O solo la indigestión por leer la carta de su majestad, la Reina?

Estaba lo bastante segura que era la quinta opción combinada a la segunda y la primera. Los dos sobrantes se trataban del reflejo de las absurdas preocupaciones de sus empleados.

¿Querida? —Le llamó él, devolviéndola al momento presente.

—"Estúpidos ojos azules." —Maldijo en su mente, dejando caer las manos de su cintura y caminando hasta el escritorio, tendiéndole el papel arrugado en sus manos. —Nada de Querida. Hemos tenido esta conversación millones de veces, pero, ¿Por qué haces oídos sordos?

El papel arrugado y a punto de ser destrozado, exhibía la elegante caligrafía de la Reina, él tomo la hoja entre sus manos, acomodando la montura de los lentes en sus ojos. Leyendo silenciosamente su contenido, elevó ambas cejas sorprendido.

Dejó el papel en el escrito y retiro los lentes, doblándolos colocándolos en su estuche, al levantar la mirada en dirección a su esposa.

Lo que salió de su boca, solo hizo enojar más a la mujer.

¿Disculpa?

¿Por qué no me lo dijiste? —Se mostraba dolido.

Ella negó, apoyando sus manos en el escritorio e inclinándose hacia él.

No me cambies la conversación. Estamos hablando de lo que TÚ hiciste y no debías hacer.

Lo lamento, querida, pero no he hecho nada. Después le agradeceré debidamente a su majestad, la Reina. —Señaló la hoja de papel. —Sinceramente, ¿Dudas de mi para resolver este tipo de problemas?

Ella rio amargamente, pasando una mano por su flequillo, llevándolo atrás y dejándolo caer. Gastaba tiempo precioso de su agenda del día, ¿Y para qué?

Escuchar un monologo absurdo del sentimentalismo escondido de su esposo. Así de perfecto tenía que ser él, derramando su corazón que ella fácilmente ha apuñalado y sigue apuñalando.

La amaba tanto.

Y ella…

Si. —Respondió fríamente, enderezándose y desviando su rostro a la repisa de libros.

Lo escucho suspirar.

Por un momento pensó que se quedó callado, al enojarse y decepcionarse. Al menos cuando su mismo sentimentalismo le jugaba en contra, era sincero, aquello le facilitaría obtener la respuesta que buscaba.

Sin embargo, el arrastre de la silla llamó su atención, mirando por el rabillo de ojo a su esposo ponerse de pie, rodear el escritorio y plantarse de frente a ella cubriendo su vista de la repisa con libros. No tuvo otra opción que girarse, estirar el cuello unos centímetros y finalmente estar cara a cara con su marido.

El cabello peinado estéticamente dejando algunos mechones colgando le daban una apariencia armoniosa y elegante. El traje de tres piezas en negro con azul oscuro resaltaba el tono de su cabello, dando el brillo resplandeciente a sus ojos azules. Incluso con esos lentes que usaba para la lectura se veía igualmente guapo.

Ella frunció el entrecejo. Se distraía fácilmente por sus encantos.

¡Necesitaba centrarse!, ¡No era una señorita de corazón enamoradizo!

Recuperando la compostura presiono su dedo índice contra el pecho de su marido.

Conozco tu reacción, por eso mismo no te dije nada. ¿Crees que todo lo que necesitan es ser protegidos?

Es nuestro deber protegerlos.—Recordó severamente. — ¿Realmente aceptas que los nombres de nuestros hijos sean mancillados?

—…

Ella no le respondió, sus pupilas se dilataron presas de la duda.

¿Querida?—Él la llamo, temeroso de haber dado en el blanco de una verdad que no imaginaba conocer.

Ella suspiro, pasando una mano detrás de su nuca e inclinando a un lado el cuello.

Esa pregunta es igual de estúpida como preguntar si el sol brilla de día.

Podría decir lo mismo, querida.—Contrataco él, elevando una ceja.

Ugh. —Sintió la caída de un balde de agua fría. Ahora su esposo le regresaba los comentarios mordaces. Mordió el interior de su mejilla, ya no tenía tiempo que gastar en una discusión que se prolongaría innecesariamente. Incluso su enojo se estaba apagando al desviarse la conversación en el punto focal de la carta.

Y del que no tenía intención de hablar largo y tendido.

Respiró profundo, presionando el puente de su nariz y cerrando los ojos.

Con una explicación sencilla bastaría.

Lo que trato de decir, es que criarlos no significa mantenerlos ciegos, sordos y mudos a la mala voluntad de otros. El aprendizaje que esta experiencia les deje, los ayudara en el futuro.

Son niños.—Debatió su marido, creyendo que con ese argumento la haría entrar en razón. Simplemente no podía comprender lo que ella decía con tal tranquilidad.

_oOo_

Ser consciente del sufrimiento de sus hijos y mantenerse al margen, simplemente para otorgarles una lección de madurez que ellos no necesitan.

¿En qué estaba pensando su esposa?

Siempre ha justificado la torpeza con que trata a los niños desde que nacieron por su recurrente incapacidad a demostrar sus emociones abiertamente, especialmente si alguien la está mirando. Sus intentos de mejorar ese aspecto, relucen brillantemente. Al prepararles comidas caseras, postres, cuidarlos cuando se enferman y no dudar en verificar que estén a salvo en sus habitaciones.

Incluso con los años que llevan casados, cada día le parecía notar una nueva barrera que debe derrumbar con más fuerza que la anterior.

Claro. ¿Y así quieres mantenerlos por siempre?

Estas torciendo las cosas. Sabes que no me refiero a eso.

¿Entonces a qué?—Se alzó con las puntas de sus zapatos, disminuyendo la diferencia de estatura entre ambos. No intentaba verse intimidante, solo, que no iba a echarse atrás en esta pelea de terquedad.

Es el deber de los padres impedir que el sufrimiento y la tristeza embargue los corazones de los hijos. —Dijo él. Mostrando la verdad de su corazón. —Tú me pides que haga oídos sordos mientras los arrojas directo a las calamidades.

Esa no es mi intención.

¿Y por qué parece lo contrario?, —La sujeto por los hombros, agachándose para que sus narices quedaran mínimamente separadas sin oportunidad a que volteara la mirada. —¿Por qué quieres que vivan en carne propia el dolor?, orillándolos a creer que nos son amados por nosotros.

Ella apretó sus labios en una línea que se volvió pálida por la fuerza con que los presionaba, las cejas se juntaron marcando el centro de su frente, resistiendo el impulso de librarse de su toque y gritarle en la cara. Tuvo que contenerse.

Gritarle y sacar a relucir el pasado era inútil. Por eso mismo quería terminar la conversación al develar parte de la verdad en su severa lección de crianza.

Hincho su pecho al llenar sus pulmones de aire. Perdió el brillo de sus ojos, tomando una de las manos en sus hombros.

Si llega un momento en que no estemos… que no haya nadie a su lado, más que ellos mismos. Quiero que se mantengan fieles y crean en quienes son.

—…

Apretó la mano de su esposo.

La soledad, el miedo, la confusión, la tristeza, el odio son capaces de carcomerte. Temibles al punto en que te conducirán a perder velozmente la cordura, dudando de quién eres, tu existencia, si hay valor en tu vida. —Las lágrimas cayeron de su rostro. Sonrió nostálgica. —Y lo único que hace falta es un ancla que te mantenga firme.

—…

Las manos que sostenían firmemente sus hombros se deslizaron, ella aparto su propia mano usándola para secar el rastro húmedo de las lágrimas cayendo por sus mejillas. Al desenterrar el pasado se arriesgaba a salir lastimada por demostrar la debilidad de su corazón.

Belleza, elegancia, el orgullo de un noble eran las armas con que se enfrentaba a la sociedad. Seriedad, exactitud y simpleza en su personalidad, meros adorno para dirigirse a sus subordinados. Con cada uno sabía de qué forma actuar, que decir, como moverse.

Pero, al despegarse de esas innumerables corazas, solo quedaba ella. Una mujer cansada, despreciada, simple y burda.

¿Cómo podría educar cálida y afectuosamente a sus hijos?

Si el mundo parecía ir en contra de ella a cada instante.

Sonreiría, jugaría, cocinaría bocadillos. Les mostraría su amor por ellos y el disgusto de saber que eran agredidos.

Eso, solo era otra mascara.

¿Realmente los amaba?, ¿Cómo podían amarla de regreso?

No. Era esa diminuta parte escondida en su corazón, la debilidad que no podía aceptar con tanta facilidad y simplemente la alejaba más y más, creyendo que un día simplemente desaparecería.

Equivocándose en el camino y reflejando en dos niños inocentes sus lamentaciones.

Y se ha dado cuenta demasiado tarde.

Olvídalo. —Apartó la vista, yendo a tomar la carta del escritorio. Miro por un instante las oraciones escritas y negó con una simple sonrisa débil. —Solo… son tonterías. Me altere.

Doblo el papel, guardándolo en el interior de su pantalón.

Terminaría con su agenda del día, volvería, cenaría y repetiría este mismo personaje que ha plantado a lo largo de los años. Al menos, podía complacer el sueño de una madre encantadora para esos dos.

Pero, antes de alejarse, fue jalada por su muñeca, sin oportunidad de sostenerse tropezó, su rostro dando de lleno en el pecho de su esposo y dejando sus brazos colgados a los lados. Estaba atrapada en el más inesperado de los abrazos.

Parpadeo confundida. ¿La estaba consolando?

¿Solo por llorar?

—"Definitivamente un caballero." —Pensó, apoyando su frente y oliendo el aroma de su colonia.

Momentos tiernos que agitaban su corazón.

Intentó luchar y librarse de su toque, quedándose quieta al escuchar su voz rota.

¿Por qué? ¿Por qué siempre te fuerzas a ti misma de esa manera?, ¿Por qué quieres actuar un papel?, ¿Por qué te niegas a abrirme tu corazón?

Las gotas saladas se apiñaron en las esquinas de sus ojos azules cristalizados a la vez que aumentaba la fuerza en sus brazos transmitiendo sus sentimientos mediante su abrazo.

Él, se sentía inútil.

Ella solo le mostraría lo que quería, lo dejaría avanzar a cierto punto y lo detendría. Siempre dándole solo lo justo y necesario.

Y él lo acepto, acepto el hecho de que su matrimonio carecería de una ciega confianza, de un amor que consigue que ambos se pierdan en el otro y sean tan cariñosos que avergüencen al resto a su alrededor. De las sonrisas afectuosas.

Confirmando cada día cuanto se aman el uno al otro.

Nunca podría ser así.

Aunque lo aceptó, no perdió la esperanza de ver más allá de su corazón. No se sentaría a esperar pacientemente a que ella extendiera su mano pidiendo ayuda. Sino sumergirse en tales oscuras profundidades y confesarle que no importa cuan terribles sean las cosas del pasado, los secretos, los errores, incluso los peores aspectos de ella, estaría bien con todo.

Tal vez sea el hombre más estúpido del mundo por aferrarse a un amor doloroso, frio e indiferente. Pero, prefiere mil veces intentarlo a fallar, que rendirse en el camino, simplemente porque un funciono.

Escucho un suspiro, sintiendo un jalón en su espalda. Los brazos de su esposa se levantaron, imitando su acción y sosteniéndolo por el saco con sus dedos.

Sonrió levemente, agradecido por ese pequeño e insignificante toque.

Sus peleas, discusiones y malentendidos se originaban de nimiedad y ridiculeces. Otras veces, tenían una razón justa para alzarse la voz y mirarse duramente.

Él tenía la hipótesis de que esto se debía primordialmente a la falta de sinceridad en su esposa para hablar con él. Como si, la única manera en que ambos puedan transmitirse sus sentimientos y emociones sea solo al enojarse con el otro.

Ya puedes dejarme ir. —Habló con su voz amortiguado por el pecho de su esposo.

Nunca.

Tengo que ir a trabajar.

Lo sé. Estoy seguro que tus asistentes son capaces de lidiar con ello. Hoy solo tenias que ir a unos chequeos rutinarios.

¿Qué?

Se separó hasta donde los brazos de su esposo le permitieron, levantando el rostro húmedo por las lágrimas, miró nuevamente a su esposo, llevándose otra sorpresa al notar que él también tenía marcas de lágrimas.

¿Estabas llorando?

La pregunta salió naturalmente, ella agitó su cabeza, recordando la verdadera duda.

Recuerdo pedirte que dejaras de ir con el mayordomo por una copia de mi horario de consultas.

Si llegas muy tarde te pierdes la cena, y si es demasiado temprano comenzamos a cenar sin ti.

Je. Eres bastante considerado o, simplemente necesitas estar seguro de que no me vaya a escapar.

—…

¿Di en el blanco?

¿Alguna vez has pensado en escapar?

Tú no quieres saber la respuesta. —Sonrió ladinamente.

Él asintió, cerrando los ojos y exhalando por su nariz. Volvió a abrirlos, mirando directamente el rostro de su esposa.

Incluso si no lo dijeras, yo te perseguiría. —Confesó serio, frunciendo el entrecejo.

¿Por qué me amas tanto que morirías sin mí? —Se burló, intuyendo el romántico razonamiento que estaría guiando a su esposo.

No. Lo haría porque aun no te escuchado decir que me amas.

En cambio, dio una razón igualmente romántico pero tan infantil que sus pálidas mejillas se enrojecieron. Con toda su caballerosidad, la terquedad de luchar por la relación con su esposa. Muy dentro de él, guardaba los anhelos de un joven inocente y enamorado.

Ella dejo salir una gran carcajada.

Él frunció más el entrecejo, el color en sus mejillas se volvió tan rojo que contrastaba con su cabello naturalmente claro y brillante.

Con tal espontaneidad flotando en el ambiente, ella dijo: —¿Cómo puedes ser tan adorable?

Una fracción de segundo se arrepintió, tratando de taparse la boca con las manos y escapar de la oficina, noto que sus manos seguían sujetando su saco y las manos de él, una en su cintura y la otra en su espalda.

La mirada tierna y leve sonrisa de su marido la puso nerviosa, logrando que sus propias mejillas se sonrosaran.

¿Mi esposa me encuentra adorable?

La mano que sostenía su espalda se fue, pasando a acunar una de sus mejillas.

Estoy halagado.

N-no. E-eso, eso… ¡Me equivoque!, ¡Deja de mirarme!

Imposible. Eres demasiado preciosa para siquiera considerarlo.

¡C-ca- Cállate!

Está bien.

Asintió, uniendo sus labios en un beso, solo un tiempo suficiente para recordar la textura. Al separarse una sonrisa picaresca se extendió de mejilla a mejilla.

Su esposa estaba al punto del colapso. Ella intentaba recordar a que vino en primer lugar a la oficina a pelear, desencadenando ese extraño momento romántico comprensivo.

Y ahora… esto.

Un coqueteo de novela romántica absolutamente torpe que encantaría el corazón de las señoritas al instante.

¿Quieres que siga callado?

S-sí. N-no. ¡Si!, ¡No!, E-espera no me be-hmp.

Los mismos labios tramposos estaban robando los propios, dulcemente acariciándolos, moviéndose tan lento y seguro que sus piernas temblaron. Al querer sostenerse, sus brazos y manos que antes intento usar para apartarlo, se aferraron con fuerza, clavándole las uñas en la ropa.

Ella se alzo con las puntas de sus pies, disminuyendo la diferencia de alturas.

Él sonrió en el beso.

Se separaron, recuperando el aliento.

Al mirar al otro supieron que llegaron a un punto intermedio de tranquilidad. Un punto extraño.

Todavía quedaba una conversación pendiente, la cual podía esperar. Si el peculiar tintineo en los ojos del otro significaba lo mismo.

¿Pusiste el seguro? —Preguntó él, empujándola con sus pasos al sillón en medio de la oficina.

No. Pero nadie va a entrar en unas dos horas o más. —Dijo, encogiéndose de hombros.

Ambos dejaron de caminar. Los brazos de ambos se retiraron del otro, un rápido vistazo al sillón lo bastante amplio para tres personas al sentarse, pero, muy estrecho para dos personas.

Ella deshizo su coleta, dejando el listón en la mesa del centro. Tomo la mano de su esposo y se recostó en el sillón, con un simple tirón lo invito a acompañarla.

Él se deshizo del saco, pasando una mano por su cabello despeinándolo. Subió al sillón, su rodilla apoyada en los cojines y la otra con el pie apoyada en el suelo. Una de sus manos en la mejilla de su esposa, la otra agarrando el reposabrazos del sillón.

Asumiré las consecuencias. Querida. —Prometió, bajando su rostro para besarla.

Tan caballeroso. —Susurró entre besos, sintiendo las manos de él, deshacer los botones de su camisa. —Esposo mío.

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Continuara…

Honestamente… creo que exagere con el drama.

¿Qué cosas, no?

Y como dice el meme… ¿Antojaron?

¡RECUERDEN!

A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo.

Porque eso es de gente muy cochina *lean esto con la voz de Deadpool*