Orgullo y tradición – El comienzo. CAP 28
Vegeta se encontraba complacido con su nueva habitación, tres veces más grande que la anterior, al igual que el baño y el armario; el cual contaba con un espejo de cuerpo completo, iluminado con un panel perimetral de discretos focos. Ideal para una criatura vanidosa como Bulma, o como el príncipe de los saiyajines, quien no tuvo reparo alguno en admirar el porte que proyectaba con su nuevo traje de entrenamiento, hasta el punto de asentir con la cabeza, curveando ligeramente los labios hacia arriba.
Desde muy pequeño se le instruyó a lucir de acuerdo a su posición, con el fin de enviar un mensaje visual del estatus al que pertenecía. Siempre procuró mantener esa costumbre, a pesar de que ya no se fabricaban más trajes reales, aun así, nunca se atrevió a confeccionarse uno fuera de su planeta natal. Lo que probablemente le hubiese ganado burlas por parte de los demás soldados, en especial, de aquellos que contaban con la protección del emperador. Ya tenía suficiente con los mordaces comentarios sobre la inutilidad de su título. Por lo menos podía darse el lujo de portar su traje de soldado con dignidad, orgulloso de su porte varonil y fuerza sobresaliente, al menos hasta ahora, cuando su vanidad se encontraba amenazada por una simple terrícola.
No lograba entender el comportamiento de la mujer, le costaba trabajo encontrar una razón a las recientes evasivas de su ex amante, quien prácticamente de un día para otro, dejó de seguirle el juego cuando intentaba coquetear con ella. Trató de recordar algún comentario, alguna acción, cualquier cosa que pudiese haberla cabreado; pero nada, no encontraba nada. Al contrario, su "amistad" parecía más sólida que antes, sus pláticas más frecuentes y amenas, aunque, con escasas discusiones sin sentido de vez en cuando, pero, sin el picante de las pasadas, en donde el coqueteo formaba parte primordial de las interacciones entre ellos.
En cambio ahora, que vivía a unos cuantos pasos de ella, a una puerta exactamente; lejos de sentirla cerca, la encontraba más alejada que nunca. No entendía a la científica, y hasta ahora no se había atrevido a preguntarle, su orgullo se lo impedía, a la vez que su frustración crecía, pues ya estaba decidido a tenerla de vuelta en sus brazos, a tener de nuevo ese cómodo trato, en donde podían permitirse satisfacer sus deseos libremente.
Apagó la luz del vestidor y salió a caminar, buscando encontrarse con ella, con el propósito de intentarlo una vez más, por eso vestía su traje de entrenamiento, pero sin la armadura y guantes, ya que no era ajeno a las miradas a hurtadillas que ella le dedicaba cuando vestía de esa forma. Inclusive, la abuela de su hijo se lo llegó a comunicar en más de una ocasión, diciendo que le parecía tan dulce la actitud de su hija, tan similar a una adolescente enamorada.
Por eso mismo no comprendía el esquivo comportamiento de Bulma. Si él le atraía, ¿por qué girar la cabeza en las dos ocasiones que intentó besarla de nuevo? Estaba seguro de que Yamcha no tenía nada que ver, pues en los casi tres meses que llevaba instalado en la corporación, el lobo del desierto solo llegó a visitarla unas seis veces el primer mes, después, nada. Y como no, si el príncipe se había encargado de interrumpir cada charla entre los terrícolas, utilizando a Trunks como escusa en la mayoría de las ocasiones, lo que no le enorgullecía en absoluto, sin embargo, fue la manera más efectiva que encontró para enviarle al guerrero terrícola, un claro mensaje de que la mujer ya no era la Bulma de antaño, ahora tenía un crío del príncipe de los saiyajines. Prácticamente estaba fuera de su alcance, y al parecer, del alcance de cualquier otro hombre.
Yamcha no tardó en captar el mensaje, por lo que optó por declinar a su intento de reconquistar a la científica, ya que realmente no estaba del todo seguro de sus propios sentimientos hacia ella. De lo que sí estaba seguro, era de su amor propio, por lo que le pareció peligroso provocar al saiyajin, al cual se le notaban los celos a kilómetros de distancia, por mucho que intentara ocultarlos.
El guerrero de sangre pura aprovechó la ausencia del terrícola para abordarla, con intención de provocarla, fracasando siempre, quedándose con las ganas de verla comportarse de manera vulgar, lo comenzaba a extrañar.
—¿Quién viene contigo? —murmuró al ver llegar el automóvil último modelo de la corporación. Percibiendo el ki de ella dentro, acompañada de alguien más, cuya marca de energía desconocía.
Se suponía que había salido en compañía de sus padres a una velada con futuros inversionistas, en el auto favorito del viejo, los había visto partir desde donde la veía llegar en otro automóvil. Apoyó ambas manos en el barandal, enfocando la vista hacia el lugar donde se había detenido el automóvil. Se relamió el labio inferior con ansiedad, conteniendo la respiración al verla salir auxiliada por un desconocido para él, quien osaba extenderle la mano en lo que reconoció como un ridículo gesto terrícola, el cual Bulma aceptó agradeciendo con una amplia sonrisa y un beso en la mejilla como despedida, acordando encontrarse de nuevo para tomar café.
«¿Café? Ese insecto lo que menos quiere, es tomar café con Bulma».
Se quedó en silencio, viéndola despedirse de su nuevo amigo, el cual parecía ser el tipo de sujeto que les atraía a las terrícolas, lo sabía gracias al televisor; alto, de cabello castaño rubio, con rizos que al príncipe le parecieron por demás femeninos, pero que sabía enloquecía a las mujeres de ese planeta.
Apretó el barandal cuando lo vio girar el rostro y cerrarle un ojo, con la confianza de un viejo amigo, escuchándolo decir que la buscaría al día siguiente sin falta. No le importó haber doblado el metal reforzado, su atención se encontraba enfocada en el nuevo rival que aparecía frente a sus ojos. Justo cuando creyó haberse deshecho del que consideraba su único rival. Qué equivocado estaba, Yamcha solo representaba uno, uno entre miles de machos en el planeta, miles dispuestos a ofrecerle lo que su orgullo le impedía. Ya que por dentro, estaba convencido de que sí la deseaba como su pareja.
Lo vio alejarse en su pomposo automóvil color vino, algo que el insecto de la cicatriz no poseía. Rechinó los dientes, admitiendo que el alto poder adquisitivo del extraño, lo colocaba en un peldaño más arriba que el anterior. No era ajeno a los gustos de las hembras, y aunque no le gustaba la idea, reconocía que el extraño poseía cualidades que tal vez Bulma valoraba.
No soportó las dudas y se lanzó a interceptar a la mujer, con pasos largos y apurados, hasta que logró quedar frente a ella, en medio del largo pasillo que conducía hacia las habitaciones de las herederas del matrimonio Briefs.
—¿Y tus padres? —preguntó sin rodeos, haciendo obvio el reproche en su pregunta.
Bulma estrechó los ojos, percibiendo de inmediato molestia en las palabras del saiyajin.
—Supongo que me viste llegar con el doctor Ethan —respondió cruzando los brazos.
—¿Doctor? No sabía que otorgaban títulos por hacerse rizos al cabello —soltó con sarcasmo.
—El caballero, es doctor en biología, hijo de uno de los socios más importantes de mi padre, amigo de mi infancia, heredero de…
—No me interesa la vida de ese gusano, que a leguas se ven sus intenciones. Lo único que busca es hundirse entre tus piernas —escupió casi siseando con voz ronca.
—Ohh…, gracias por la advertencia —respondió, pasando de lado para continuar con su camino, girándose solo para agregar—: No te metas en mi vida, tú mismo dijiste que no somos nada. Limítate a tus obligaciones como padre.
—Advertirte, es parte de mis obligaciones como padre de tu crío —alegó, seguro de estar en lo correcto, de tener la autoridad para increparle, inclusive, para alejarla de personas que considerara indeseables.
Caminó hacia ella, tomándola de la muñeca con cuidado de no dañarla. Ya tenía medida la presión que podía permitirse ejercer sobre la piel de la mujer, lo había aprendido a controlar cuando fue su amante. Aún conservaba intacto el recuerdo de ese detalle, y de otros que ardía por volver a experimentar.
Le sonrió de lado, con la típica mueca arrogante que utilizaba cuando pretendía seducirla, avanzando hacia adelante, obligándola a retroceder, con la intención de arrinconarla contra la pared; técnica que ya le había funcionado en el pasado, ¿no tendría por qué fallar en esta ocasión?
—¡El hecho de que seas el padre de Trunks, no te da derecho a nada que tenga que ver con mi vida personal! —le reprochó, agitando el brazo, librándose de su agarre.
El forcejeo repentino de la terrícola lo tomó por sorpresa, dejándose empujar por la débil criatura que logró hacerlo retroceder, comprendiendo que ella estaba construyendo un muro de por medio. Entonces, la sintió alejarse, por primera vez tuvo miedo de perderla. Debía recuperarla.
.
…
.
Solo faltaba el labial rojo para realzar su belleza natural, enmarcada con algunos mechones que caían del alto chongo sujetado por un par de palillos color negro, que hacían juego con el vestido del mismo color; algo atrevido para una simple salida a tomar café. Lo que no le importó, ya que adoraba la manera en que lucían sus piernas con las aberturas hacia los lados, y cómo resaltaban las curvas en su espalda con el amplio escote en V, que llegaba un poco debajo de su cintura.
Se dio una vuelta frente al espejo, orgullosa de la figura que conservaba a pesar de haber pasado por un parto. Solo esperaba que sus senos soportaran varios años más, antes de sucumbir a la fuerza de gravedad.
—Bien, Bulma. Te vez radiante —se alagó antes de tomar su bolso y salir de la habitación. No tardaba en llegar su cita, tenía fama de ser muy puntual. Además, quería evitar encontrarse con Vegeta y sus mordaces comentarios.
Su corazón latía ansioso, a pesar de tratarse de solo un amigo de la infancia, con el que únicamente tenía una relación de amistad. Sin embargo, estaba consciente de que le atraía al científico, lo notó en una ocasión en que visitó los laboratorios de nanotecnología, en donde el doctor lideraba como encargado y accionista del departamento. El hombre en cuestión no le desagradaba, de hecho, lo consideraba un gran partido, en especial para alguien como ella, a quien le apasionaba la ciencia tanto como a él, a tal grado, de alejarse por varios años en su juventud, para concentrarse en sus estudios e investigaciones, regresando años después, hecho un hombre exitoso y atractivo.
Estaba decidida a continuar con su vida; besar otros labios, y, ¿por qué no?, probar otro cuerpo. No podía continuar mirando hacia el pasado, mientras que sus años de juventud se esfumaban con ligereza.
Sonrió al escuchar el sonido característico que emitía la cámara de gravedad al encontrarse encendida, lo que significaba que el príncipe no rondaba las afueras de la corporación. Por un momento le dio la sensación de que estaba actuando como una mujer infiel, lo que no tenía sentido, dada la situación con el guerrero. Meneó la cabeza despejando sus pensamientos negativos. Ella merecía darse una nueva oportunidad.
.
…
.
A lo lejos, podía observar el distintivo color de cabello de la que consideraba su mujer, haciendo contraste con el negro profundo del osado vestido que la vulgar decidió vestir.
Se maldijo por seguirla de nuevo a hurtadillas, algo que en el pasado jamás hubiese hecho por una hembra, ni siquiera en sus años donde las hormonas le exigieron una cada noche. Sin embargo ahora de adulto, se encontraba escondido entre los automóviles del estacionamiento, vigilando a la terrícola a través de la ventana, como un mediocre acosador. Gracias a la ansiedad provocada por los celos, los que inclusive, le arruinaron su entrenamiento desde la mañana, pues no logró concentrarse como debía, pensando en lo dicho por la científica la noche anterior, tomando la decisión de actuar de inmediato. Por eso esperó la llegada del dichoso doctor, trazando un plan para quitarlo del mapa de una sola vez.
Le incomodaba la inteligencia dotada del sujeto, lo veía como un rival peligroso, alguien a quien Bulma pudiese aferrarse realmente, no como Yamcha, de quien ella llegó a quejarse por su falta de disciplina y conformismo. Este nuevo amigo, al parecer poseía todo menos mediocridad, eso hasta él mismo podía notarlo, y le revolvía las entrañas de solo pensarlo.
Lo peor de todo, era que ella se encontraba libre y disponible, aún a pesar de tener un crío pequeño. De lo contrario, la mayoría de machos se abstendría siquiera de intentarlo, y menos al conocerlo.
Suspiró decidido, no en balde había tomado una fugaz ducha y vestirse como un terrícola más, para después salir siguiendo el ki de la mujer, hasta el centro de la ciudad.
Los vio reír animadamente, sacándole un bufido y ganas de golpear, lo que reprimió con un ligero azote contra el automóvil a su derecha, dejándole una profunda abolladura.
«¿Quién se cree ese payaso para tener toda su atención?»
Sintió que ya tenía suficiente, le irritaba verla embobada con lo que fuera que estuviera diciendo el sujeto de los rizos de niña. No estaba hecho para ser espectador, debía tomar acción ya mismo, y obtener el control de la situación.
Revisó que su camisa luciera impecable y sacudió sus pantalones. Por mucho que llevara atuendos terrícolas, no debía dejar de verse como lo que era; un príncipe.
—Si modificamos las células de los… —el hombre detuvo la explicación de su proyecto, al ver acercarse al desconocido de peculiar peinado, y quedar parado justo detrás de su acompañante.
—Buenas tardes —saludó el saiyajin, de manera muy educada, haciendo que Bulma girase el rostro para comprobar que efectivamente, el engreído guerrero saludaba como cualquier mortal con modales—. ¿Les molesta? —preguntó señalando una de las dos sillas vacías en la mesa.
El terrícola observó la expresión de Bulma, entendiendo que se trataba de alguien que ella conocía. Así que muy a su pesar, lo invitó a tomar asiento.
Sin dar crédito a lo que veía, la científica se bloqueó mentalmente por unos segundos, hasta que por fin reaccionó. —¡¿Vegeta?!
El príncipe le respondió con una discreta sonrisa, lo que despertó las alarmas en la mente de la mujer; el saiyajin se encontraba actuando un papel, que nunca antes lo había visto interpretar.
—Disculpe, —dijo Ethan confundido, observando a su acompañante mirar con extrañeza al recién llegado—, ¿se conocen?
El príncipe carraspeó, para luego responder con la fluidez propia de alguien que pertenece a la realeza: —Espero no importunar, mi nombre es Vegeta, —le extendió la mano con una amabilidad que asustó a la terrícola—. Y sí, nos conocemos bastante. Es más, —giró brevemente los ojos hacia la mujer—, soy el padre de su hijo.
—Oh, mucho gusto —respondió el doctor—. Mi nombre es Ethan, presidente del consejo de biotecnología de la corporación cápsula —respondió orgulloso de su puesto.
—¡¿Qué haces aquí?! —La voz molesta de la mujer se escuchó, mientras los hombres estrechaban sus manos como dos caballeros normales.
—Justo salía de la tienda de zapatos infantiles que está al lado, cuando la sed me movió aquí para comprar un té frío…
—¿Zapatos infantiles? —inquirió Bulma, preguntándose si no se trataba de una especie de sueño bizarro, en donde Vegeta se comportaba como un príncipe encantador. Para su sorpresa, el guerrero le respondió con otra extraña sonrisa que terminó de confundirla.
—Tu madre me comunicó que Trunks necesita calzado, dijo que probablemente lo habías olvidado de nuevo —le clavo la mirada fingiendo inocencia—. Recuerda que nuestro hijo crece muy rápido.
«Solo espero que este circo valga la pena», pensó, controlando las ganas de lanzarle un ataque de energía al joven que tenía en frente. Tenía muy claro que no podía tener ese tipo de comportamientos en la tierra, ya estaba resignado a que así sería siempre, al menos en ese planeta.
—Vaya, ¿quién diría que la extraordinaria Bulma Briefs olvida su rol de madre? —Comentó Ethan a modo de broma—. Algún defecto debías de tener —agregó cerrándole un ojo, coqueteándole sin inmutarse por el recién llegado, lo que cabreó al saijayin, sin embargo, mantuvo la compostura.
Bulma se limitó morder sus mejillas internas, pues los argumentos del guerrero tenían fundamentos. Se le encogió el corazón al reconocer que desde que asumía el puesto de directora de la empresa, a veces dejaba de lado la maternidad, aprovechando que Panchy adoraba hacerse cargo del menor. Y a pesar de que su hijo se encontraba en buenas manos, eso no la excluyó de sentirse apesadumbrada.
Sonrió sin ganas, dejándose llevar por la plática que lideraban los hombres, la que a su juicio comenzaba a tornarse más extraña, puesto que el príncipe no solo demostró ser civilizado y sociable, sino que además, parecía entender a la perfección lo que Ethan platicaba con tanta pasión; sus proyectos científicos.
Así transcurrió una hora más, con Vegeta terminando de beber su gran vaso de té frío que había pedido a propósito, con el fin de tener un pretexto para permanecer sentado en la mesa por largo rato.
Cansada de la falsa cortesía del guerrero, Bulma se excusó con Ethan, asegurando que había recibido un mensaje de su madre, pidiéndole un favor. No dijo más, sencillamente no deseaba permanecer un minuto más en ese ridículo juego. El saiyajin había ganado en arruinarle su cita.
Caminó dando largas zancadas entre los autos, saliendo del campo visual del terrícola de cabellos rizados.
—¡Gracias, Vegeta! —dijo sin detenerse, ni voltear a verlo.
Con una cínica sonrisa, Vegeta respondió detrás de ella: —De nada, es un gusto alejarte sabandijas del camino.
Bulma exhaló ruidosamente con fastidio, girándose y estrechando la mirada. «¿Así que no solo se trataba de Yamcha?»
Hasta ese momento, pensaba que solo Yamcha había provocado actitudes de celos casi infantiles en el príncipe, posiblemente por la historia que tenía con ella, más la amistad con Goku. Sin embargo, las recientes acciones le comprobaban que no solo se trataba de su ex, sino aparentemente, cualquier otro hombre con el que pretendiera llevar algo más que una amistad. Recordó una de las últimas ocasiones en que vio al lobo del desierto, cuando le advirtió que Vegeta sería una molesta sombra en su vida, que debía poner distancia física entre ellos si quería continuar con la misma libertad de antes.
En ese momento le pareció exagerado, no creía posible que el poderoso príncipe de los saiyajines tuviese algún interés amoroso con ella, más allá del placer. Lo más probable, sería que Vegeta estuviese solo encaprichado, tal vez por orgullo.
Aunque llegó a considerar la remota posibilidad de que la quisiera como pareja, como esposa según sus costumbres. Idea que siempre terminaba descartando. No le veía el caso perder el tiempo en ensoñaciones de jovencita.
—¡Fue muy sucio utilizar a Trunks como excusa para joderme la tarde! —le reclamó colocando las manos sobre las caderas, enfureciendo al verlo con una expresión desenfadada—. No sé por qué rayos te estoy dirigiendo la palabra —dio media vuelta para seguir caminando hacia la calle. Pretendía tomar un taxi de regreso a casa.
«Debí aceptar el ofrecimiento de Ethan para llevarme de regreso».
De pronto, sus pies se despegaron del piso, no alcanzó a gritar ni forcejear, pues los brazos trabajados del guerrero la rodearon con firmeza.
—Mentí al decir que traía un automóvil, pero no podía permitir que regresaras con ese sujeto. — susurró Vegeta con voz ronca, acercando sus labios al oído izquierdo de la científica, causándole un cosquilleo que le erizó la piel.
—Supongo que también mentiste respecto a los zapatos de Trunks. —dijo Bulma, girando el rostro para hacerse escuchar entre el ruido del viento, esquivando los labios de Vegeta, quien prácticamente respiraba pegado a su mejilla.
—Me descubriste.
Lo escuchó aceptar en un ronroneo demasiado sensual para el momento. Por lo que ya no continuó con sus reclamos, la situación la estaba rebasando, además, la cúpula de la corporación se hacía cada vez más grande frente a ellos.
—¡Ya suéltame! —exclamó en cuanto sus pies sintieron el piso de la terraza.
Vegeta la ignoró, hundiendo su nariz en la curvatura del cuello femenino, aspirando como solía hacerlo en su época de amigo con derechos. Hasta que un codazo en las costillas le hizo reaccionar, sorprendido por haberlo sentido más de lo que hubiera imaginado.
—¡Quiero dejar claro, que no tienes ningún derecho a intervenir en mí vida!
—Eres la madre de mi hijo —dijo Vegeta con tranquilidad, cruzando los brazos.
«Pero qué mujer tan terca», sonrió para sí mismo, convencido de que tenerla a su lado sería por demás estimulante. Podría apostar su orgullo a que sería imposible aburrirse en su compañía.
La desfachatada actitud del guerrero le provocó unos inmensos deseos de abofetearlo, y no se quedaría con las ganas, a pesar de saber que no le causaría daño alguno. Sin embargo, no alcanzó a levantar su mano, pues fue detenida repentinamente, a la vez que sus labios fueron asaltados por los del príncipe.
Ya sea por costumbre o placer, se dejó besar por un breve lapso, correspondiéndole con indecisión, hasta que la cordura le regresó, entonces, intentó en vano alejarlo, provocando todo lo contrario.
—También tú lo deseas. —Lo escucho decir entre suspiros roncos, mientras apretaba un poco más su posesivo agarre, lo que no impidió que la mujer lograra liberar uno de sus brazos, dirigiendo la palma de su mano hacia la mejilla del saiyajin.
—¡No te confundas Vegeta! El que me gustes, no significa que esté dispuesta a ser tu juguete de nuevo —espetó apenas se vio liberada del agarre. —Piénsalo, ¿qué diría Trunks al crecer y ver que su madre solo es la amante de su padre? No sé cómo eran las cosas en tu cultura, pero aquí es diferente, aquí creemos en el compromiso.
Confundido por las palabras de la terrícola, se quedó inmóvil meditándolas, intentando entender su significado.
«¿Compromiso?»
—Trunks ya comienza a tener noción de lo que sucede a su alrededor. Él merece estabilidad en su vida, algo que no puedes ofrecer —agregó Bulma, provocando estremecimiento en el interior de Vegeta.
—¿Y el insecto de cabellos ridículos sí? Apenas lo conoces —inquirió con resentimiento, indignado por ser considerado menos apto para ella, cuando él mismo ya tenía decidido regresar a lo que tuvieron antes, pero ahora sin mentiras de por medio.
Bulma se alejó dándole la espalda, entrando en la habitación mientras era seguida en silencio por el príncipe. Se deshizo de su incómodo calzado de tacón y lanzó su bolso sobre el sofá de lectura, para después sacar los palillos que sostenían su chongo despeinado por el viaje de regreso, dejando caer los cabellos turquesas sobre sus hombros.
Con la boca entreabierta, Vegeta admiró la escena, deseando tener esa estampa cada tarde, solo para él mismo. Le resultaba un deleite verla siendo ella misma, como en ese preciso instante; sin poses ni sonrisas estudiadas, como la mayoría de las terrícolas, según su concepción de las mismas. Comportamiento que no pasaba desapercibido, para todos aquellos que formaban parte de su grupo de amigos. Solo que él no deseaba ese título tan insípido, él ambicionaba todo de la peculiar terrícola.
—Escucha, Vegeta… —cruzó los brazos en actitud defensiva—. Ethan solo es un amigo de la infancia, pero en algún momento saldré con alguien, y es posible que se convierta en mi esposo, entonces…
—¿Eso es lo que quieres? ¿Un esposo?
«Así que a eso se resume todo. No estaba tan equivocado al pensar que ella fantaseaba con esa tradición terrícola, después de todo está en su naturaleza». Tragó saliva con los labios sellados, temeroso, hurgando en los ojos que tanto le gustaban. Por muy poderoso que fuera, estaba en desventaja con los demás machos del planeta. De continuar así, ella terminaría realizando su sueño con quien esté dispuesto a cumplírselo. Maldijo a su orgullo de nuevo, el único motivo por el cual seguía estancado. Sonrió casi imperceptible por lo irónico de la situación, encontrando más sencillo volver a enfrentarse contra Cell, que romper la barrera que se elevaba frente a él.
El silencio en ella se le hizo eterno, parecía pensar las palabras, a pesar de que él ya sabía la respuesta.
—Yo no soy como tú. —La escuchó responder, no necesitaba escuchar más, debía actuar.
—Bulma —dijo con voz firme, borrando de sus labios la mueca ladina que solía sostener al enfrentarla, como una especie de escudo para no exponer sus verdaderos pensamientos. Tragó saliva con dificultad antes de continuar—. Estoy consciente de que no eres como yo… y… realmente no me molesta —confesó casi vomitando lo último, sin poder controlar la angustia que le provocaba sacar lo que ocultaba tan celosamente.
La científica, como la mujer curiosa e inteligente que era, pudo percibir desde la primer palabra del príncipe, que estaba desnudando sus pensamientos, por lo que guardó silencio, relajando también la postura tensa que había mantenido desde que salieron del café.
—Cuando salí al espacio a entrenar, antes de que aparecieran los androides, visité un viejo burdel que ya conocía. En aquel lugar forniqué a una de las meretrices, —confesó de frente, percibiendo que la mujer contenía la respiración, lo que significaba que le afectaba—. No te voy a mentir, no sentí ni la mitad de placer que encontraba en tu cuerpo, y fue precisamente la curiosidad por averiguarlo, por lo que terminé yendo a ese lugar.
—¿Por qué me dices eso hasta ahora? —preguntó Bulma en un susurro, reconociendo la presión en su pecho, el mismo sentimiento que tuvo cuando se enteró que había sido utilizada para servir de fábrica.
—En aquel entonces, tú y yo teníamos un trato, en el cual solo aliviaríamos nuestras necesidades sexuales sin compromisos, ¿no es verdad? —esperó hasta verla asentir con la cabeza, constatando que ambos tenían el mismo punto de vista al respecto. Dio un hondo respiro y continuó con voz clara y tranquila—. Por lo tanto, no había ataduras para ninguno de los dos, ya que lo nuestro se limitaba exclusivamente a sexo casual.
—Entiendo —habló Bulma—, no eras ni mi novio, ni mi esposo. Pero si pretendes justificar…
—No pretendo justificar nada, por el simple hecho de que no te debía lealtad, ni tú a mí. —Interrumpió elevando un poco la voz, sin pretender comenzar una discusión—. En cambio, de ser mi pareja, mis convicciones y mi orgullo bastan para respetar un compromiso. —Finalizó soltando el aire contenido, sintiéndose extrañamente más ligero.
Se acercó tomándola por los hombros, con el temor del doloroso rechazo, fijando la mirada en los ojos azules que lo observaban. En un lenguaje mudo que solo con ella y el crío podía entablar.
«¿Acaso está diciendo que quiere ser mi… pareja?», se preguntó, observando el semblante sereno en el rostro masculino del guerrero, algo raro en él. Sus ojos negros no mostraban ni un ápice de burla o cinismo, al igual que la noche después del torneo de Cell.
—¿Qué es precisamente lo que quieres decir? —preguntó sin querer darse falsas esperanzas, ya que a Vegeta lo veía, o al menos pretendía verlo como algo del pasado, por mucho que se hubiese propuesto domarlo en un tiempo. Ya no le veía el caso esforzarse si él no daba muestras de evolución, y mucho menos arriesgarse a encariñarse más con él.
Las manos masculinas descendieron hacia su cintura, continuando su recorrido hasta detenerse en su espalda, aprisionándola de nuevo entre sus brazos.
—Lo he pensado bien —musitó muy cerca de los labios de la mujer, quien incrédula escuchaba atenta, con un cúmulo de emociones revoloteando en su estómago—. Ese acuerdo libre que teníamos entonces, queda corto a nuestros actuales intereses. Tú y yo, no podemos ser solo… amigos con derechos.
Terminó la frase en un suave susurro sobre sus labios, depositándoles un par de besos fugaces, esperando la autorización para tomarlos de nuevo. Vegeta estaba consciente de la desconfianza de Bulma, y en cierta parte le gustaba que no fuera sumisa, a pesar de que le resultaba frustrante la terquedad de ella. Sabía que si quería lograr sus propósitos, debía utilizar las palabras correctas, sin tener que verse en la necesidad de recurrir a las humillantes palabras del cortejo terrícola, apostando a la inteligencia de la mujer, a que no hacían falta más palabras, y no estaba tan errado. Pero Bulma Briefs no se conformaría con eso, no aceptaría ser la amante de nuevo.
Se sonrió sobre los labios de la científica, complacido de haber escogido a una hembra con amor propio, con orgullo de guerrera. Valía la pena proponérselo, lo valía mil vidas.
Luego de otro par de besos cortos, le mordió el labio inferior antes se separarse, ganándose un dulce quejido que le trajo gratos recuerdos. Sacó una cápsula del bolsillo de su pantalón y la activó, apareciendo de pronto, una gran caja, casi de la altura del príncipe. Un pequeño depósito para materiales que llevó consigo al espacio, en caso de encontrarse con algo de valor.
—Se sabía que Ginyu y sus secuaces guardaban un gran botín repartido entre algunos planetas. —Abrió la puertecilla de la caja, revelando unos cilindros cuidadosamente colocados. Tomó uno que se veía pesado y se lo mostró a Bulma—. Ya había sido saqueado casi en su totalidad, por fortuna, logré dar con un túnel bien camuflado en una montaña cercana a la que fue la ciudadela principal, encontrando una parte del botín. Porque sé que esas sabandijas escondían mucho más.
—Parece oro —dijo la científica, pasando los dedos por el metal finamente moldeado.
—Es oro, y aquellos que se ven transparentes —señaló hacia los cilindros en la caja—, son del mismo material que aquí llaman diamante.
Los ojos de la mujer se ampliaron, no por que tuviera fascinación por las piedras preciosas, sino por lo grande de las piezas y lo impresionante de los cortes, tan precisos y brillantes.
—¡Vaya, Vegeta! Eres millonario. Con esto no tendrás que trabajar por el resto de tu vida. Solo espero que no hubieras tenido que asesinar a nadie para obtenerlos.
—Yo no, pero puedo asegurar que esas sabandijas sí. El imbécil de Rikum solía fanfarronear de las libertades que Freezer les daba a la hora de saquear, y no solo eso, también se jactaba de que en conjunto con sus compañeros, tenían una fortuna repartida en toda la galaxia. Fue por eso que decidí buscar en un planeta que Rikum frecuentaba a menudo, a pesar de ser una pocilga, utilizado solo por soldados de bajo rango que iban de paso, muy sospechoso desde mi punto de vista.
—Ya veo —dijo Bulma levantando las cejas—. ¿Existe algún banco espacial?, ¿por qué esconderlos, en vez de tenerlos en un lugar seguro?
Vegeta regresó el cilindro que había sacado para luego responder. —Si existe algo similar, solo que Freezer, se llevaba un porcentaje por utilizar sus bóvedas fuertemente custodiadas. Por eso, muchos decidíamos esconder nuestro botín. —Suspiró, cerrando la puertecilla y encapsulando de nuevo la caja.
—Podrías comprarte miles de banquetes —opinó Bulma, imaginando en qué otra cosa pudiese gastar dinero un saiyajin. Sorpresivamente, el guerrero le tomó una mano y le entregó la cápsula sobre su palma.
—Es mi aportación. Los machos de élite y la realeza eran los proveedores al escoger una hembra. Ella debía enfocarse en su fertilidad y procrear, una vez cumplida esa función, podía regresar a las batallas si así lo deseaba. Sin embargo, la unión entre ellos perduraba hasta que uno falleciera.
Bulma se congeló en su sitio, analizando en su mente las palabras del príncipe. Comprendiendo que a su manera, Vegeta la estaba escogiendo como su pareja definitiva. Las piernas le temblaron hasta el punto de tener que sostenerse, rodeando el cuello del guerrero con sus brazos, sin atreverse a dar el primer paso. Estaba demasiado abrumada como para ser audaz.
Vegeta la recibió en sus brazos con cierta incredulidad, la mujer lo hacía sentir inseguro, y temía ser rechazado. Pero debía continuar, si quería saber su respuesta.
—Se supone que debes aceptar —dijo conteniendo el aire en sus pulmones.
Sin responder con palabras, finalmente se rindió, besándolo con timidez de adolescente al principio, despertando las sensaciones que solo él le provocaba, extrañamente sintiéndose querida por él. Ya que debía sentir algo por ella, para haberle confesado todo eso, para haber fingido frente a Ethan en la cita, en vez de lanzarle comentarios despectivos, y además, entregarle una fortuna que bien podría gastarse en miles de cosas.
—¿Es un ritual saiyajin, o algo así? —Preguntó entre suspiros—. Quiero saber qué seremos.
—Serás mi pareja —le respondió sobre sus labios, antes de intensificar el beso, apretándola contra sí con desesperación. Quería transmitirle lo que sentía sin palabras, necesitaba mostrárselo, convencerla de que podía confiar en él, que no hacía falta un papel de por medio para tener ese compromiso.
Pronto, el beso no fue suficiente, los años de abstinencia les pesaron como si hubiesen pasado décadas desde la última vez que estuvieron juntos, no podían esperar más.
Las manos de la científica se aferraron al guerrero, dando tirones de los crespos cabellos alborotados que tanto de gustaban. Lo estaba disfrutando, lo había estado deseando a pesar de sus negaciones. Tal vez no tenía un anillo de compromiso, posiblemente nunca tendría una boda, con ella vestida de blanco, admirada y envidiada por los invitados. Ahora todo eso le resultaba irrelevante, entendía que las tradiciones de ambos distaban mucho, que para los saiyajines, supuestamente no existía el amor, inclusive el afecto. Por lo que una ceremonia melosa y cursi, no tenía cabida en esa sociedad tan fría en apariencia.
«Después de todo, no estaba tan equivocada al creer que podía domarlo».
Rompió el beso, alejándose un poco, topándose con un par de ojos negros que la observaban confundidos. —Debo dejar esto allá —dijo mostrando la cápsula, para luego depositarla sobre el buró—. Aunque no es necesario, vale mucho y yo…
—Es mi aportación. Además, yo no sabría qué hacer con todo eso —confesó, lo que era verdad. Nunca se imaginó dar con semejante botín, y ahora que no era soldado, ni pretendía ser emperador, simplemente no encontraba en qué gastarlo, que no fuera derrochándolo sin sentido. Hasta el momento en que se dio cuenta que necesitaba ofrecerle algo a Bulma, a falta de la prenda que según sus costumbres, debía entregarle a la madre de su heredero. Algo para lo que no se encontraba listo.
—No es necesario. —Bulma musitó, cerrando los ojos al sentir las yemas de los dedos masculinos descendiendo por sus brazos, girándola por la cintura.
—Sí es necesario —insistió, besándola de nuevo, sellando su impertinente boca, empujándola con destreza hacia la cama, recostándose sobre ella, con la confianza que le brindaban sus suspiros cortados entre besos.
Disfrutaron del encuentro entre sus bocas por algunos minutos, recordando los sabores y olores que tanto les gustaba del otro, del placer que les provocaba devorarse mientras se acariciaban hasta quedar sin aliento, separándose de vez en cuando para tomar aire, momento que Vegeta aprovechó para descender por el mentón de la mujer, dejando un camino de mordiscos ansiosos hasta el nacimiento del escote femenino, en donde se detuvo para hablar con voz ronca.
—¿Tienes algo para evitar preñarte?
—¿Qué? —La pregunta le tomó por sorpresa, no esperaba eso de alguien que había mentido en el pasado para embarazarla.
Lo vio dudar, arrugando brevemente el ceño, como si le costara decir algo, hasta que se decidió a escupirlo: —No pienso volver a preñarte, si no lo deseas.
Bulma comenzó a interpretar las señales que el orgulloso guerrero le enviaba, para gritarle que ya no era el mismo que conoció en el pasado. Se sintió estúpida por no haberlo notado antes, aunque el príncipe tenía mucho de culpa, con ese carácter tan insoportable y personalidad tan antisocial, siempre escudándose en su orgullo, evitando mostrar su interior. Aun así, valoraba la obstinación del hombre, tan parecido a ella.
—En el cajón —respondió señalando el mueble a su izquierda—. Siguen ahí.
—Perfecto —dijo Vegeta, estirando un brazo para sacar los preservativos que en el pasado rechazó usar. No le gustaba la idea de sentirla a través del látex, pero no tenía otra opción, la ansiaba, y también ansiaba respetarla como su pareja, como la madre de su hijo.
Dejó los pequeños sobres cuadrados sobre la cama para continuar con sus atenciones hacia el cuerpo femenino que tanto extrañaba, regresando con besos lentos sobre el cuello, comenzando a amasar la carne suave debajo de la tela, encendiendo los sonidos llenos de deseo que tanto anhelaba volver a escuchar.
No pasó mucho tiempo para que Bulma comenzara a ser más participativa, introduciendo sus manos debajo de la camisa blanca, que el príncipe decidió vestir para sorprenderla en su intento de cita. Acarició los costados y espalda del guerrero, enterrándole las uñas con impaciencia, señal de que su amante podía dar el siguiente paso, y Vegeta lo recordaba a la perfección.
—Esta prenda tan escandalosa como tú, merece pagar por haberle regalado la vista de tu piel al doctorcito. —Sin decir nada más, se separó para tirar de la tela que cubría los montes de la mujer, revelando que como él lo intuía, no llevaba sostén, posiblemente unas bragas, que pronto terminarían igual.
—¡Oye, me gustaba! —se quejó entre risas, exponiendo lo mucho que le excitaba esa acción. Quiso tomar venganza, tirando del cuello de la camisa de Vegeta, intentando romperla con torpeza.
El saiyajin se irguió divertido, observando el patético intento de su mujer por rasgarle la ropa, solo logrando arrancarle tres botones, pero sin lograr ningún otro daño. En cambio ella, se veía encantadoramente agitada con ese pequeño esfuerzo, por lo que decidió ayudarle, arrancándosela él mismo, y después continuar con lo que quedaba del vestido, mordiendo los retazos sobre la cintura de Bulma, dejando la pieza inservible.
Se sonrió escupiendo la tela, y en efecto, llevaba solo unas diminutas bragas en color negro. Se le hizo agua la boca por saborear su tesoro. Pero debía ir con calma, el sentimiento al que Vegeta catalogaba como apego hacia la hembra, le impedía actuar de manera imprudente. Le nacía la urgencia de hacerla sentir más que un pedazo de carne, un delicioso pedazo de carne que él valoraba como ser humano. Por lo que retornó a sus labios reprimiendo la ansiedad, descendiendo lentamente, casi pidiendo permiso en cada paso que daba, hasta llegar al par de senos que llegaron a enloquecerlo en el pasado.
Un suspiro ronco se le escapó cuando Bulma arqueó la espalda ofreciéndoselos, observando que compartían la misma impaciencia, el mismo ardor que los consumía sin siquiera concretar el acto.
—Vegeta… —Bulma gimió jalándolo hacia ella por los cabellos, acción que le sacó una sonrisa socarrona al príncipe. Adoraba esas acciones tan salvajes de ella, cuando se tomaba libertades que jamás le permitió a ninguna otra hembra con la que tuvo intimidad.
Se relamió los labios y atacó. Lamiendo, apretando y mordisqueando los montes que se le ofrecían gustosos, encontrándolos inclusive más tentadores después de haber parido y alimentado a su hijo, costumbre que no se realizaba en su planeta natal, pues creaba un vínculo peligroso que daba resultado a guerreros débiles; según su cultura.
Poco a poco fueron desnudándose por completo, sin decir más, sin preguntar nada, sin romper la magia. En especial Bulma, quien había sido la más renuente en aceptar los jugueteos del saiyajin, sin embargo, al tenerlo devorándola de nuevo, dedicándole atenciones que ni Yamcha llegó a tener con ella; entonces fue que dejó de lado su negación, convenciéndose de que en realidad sí lo amaba. No tenía caso continuar bloqueando sus sentimientos por miedos. Así que se lanzó a disfrutarlo sin tapujos, entregándose por primera vez al saiyajin, ya que los encuentros anteriores, se limitaron siempre al placer carnal.
Rodaron desnudos sobre la cama, vencidos por el placer que les provocaba su encuentro, alargando dolorosamente concretar su reconciliación, hasta que el deseo se volvió insoportable.
Con desgano, pero a la vez convencido de hacer lo correcto, el príncipe tomó uno de los preservativos, poniéndose de rodillas sin pudor alguno, luciendo su erección con altivez.
—¿Impaciente? —preguntó juguetón al verla morderse el labio inferior.
—Pretensioso —pronunció Bulma en un suspiro, recibiéndolo entre sus piernas, encorvándose apenas sintió el miembro erguido acariciarle la intimidad, en un tortuoso deslizamiento que se limitaba a acariciarla, pero sin atreverse a entrar.
Vegeta percibió de nuevo el olor que perduró en su memoria esos años, el olor a la excitación de su mujer, que junto con la excesiva humedad entre sus pliegues, le indicaban que ya se encontraba lista y bastante dispuesta. No esperó más, ubicándose en la entrada, empujando lentamente al principio, con un inexplicable miedo a despertar de su sueño. Pero no estaba soñando, el dulce gemido de la mujer lo despertó de su trance, dejándose llevar, introduciéndose hasta el fondo de una sola estocada.
Las sensaciones placenteras lo invadieron de inmediato, a pesar del preservativo que envolvía su miembro. Nada de lo que vivió antes en el ámbito sexual, se comparaba a lo que vivía cuando tomaba a la escandalosa terrícola, ni la más costosa y fina meretriz lo llegó a elevar a ese plano tan sublime del sexo.
Como nunca antes, se esmeró en brindarle placer a su compañera, dejando de lado al príncipe egoísta y caprichoso que fornicaba concentrado en sí mismo, importándole una mierda si la hembra en turno lo disfrutaba, o todo lo contrario. Pues él tenía la idea de que el alto precio que pagaba por ellas, justificaba sus métodos rudos y falta de tacto.
«¿Acaso será así de ahora en adelante?» Se preguntó, enredando sus dedos en los cabellos turquesas de Bulma, alejándose unos cuantos centímetros para admirarla y disfrutar de su tan ansiado encuentro. Sin dudas, sin rencores; con la honestidad de por medio, por primera vez.
Sintió vergüenza por haber destapado sus pensamientos; pero el precio a pagar por tenerla a su lado, valía la pena. Podía vivir con eso, si era ella, quien sabía sus secretos.
Mandó al demonio sus prejuicios, entregándose al placer que le causaba tomarla sin mentiras. Dedicó cada caricia, cada beso, cada vaivén de sus caderas, a hacerla sentir segura, a no dudar más de él, a no desear buscar en otro, el compromiso que bajo las leyes terrícolas, quedaba solo en palabras. Al menos así lo vio él en ese momento, creyó que con una simple promesa bastaba para no fallarle, que poco importaba un ritual para comprometerse de verdad. Ella pensó lo mismo, ambos ignorantes de que su nuevo pacto sería puesto a prueba, algunos años después.
El amanecer los sorprendió en la mima cama, rendidos y juntos, casi abrazados. Extrañamente, Bulma fue la primera en despertar, sonriendo de inmediato al verlo dormir boca arriba, completamente agotado. De lo contrario, ya estaría de pie, huyendo de cualquier situación humillante para alguien de su naturaleza.
Se animó a estirar una mano para acariciarle la barbilla, apenas con un leve roce, temiendo despertarlo y ver la magia diluirse, pero no sucedió. No podía dejar de recrear las escenas sucedidas la noche anterior, sin dar crédito a la manera tan sublime en que el asesino orgulloso la había hecho tocar las estrellas. Ni todas las experiencias pasadas juntas, lograron estremecerla de la misma manera que la noche anterior. Sin duda, lo que él le había hecho, no era simple y burdo sexo por placer.
«¿Me habrá hecho el amor?» Se preguntó, convencida completamente de que Vegeta sentía algo por ella. Y si aún no estaba enamorado, pronto lo estaría.
Fin del capítulo.
No puedo creer que he terminado esta parte, me costó mucho tiempo y trabajo.
Debido a que el capítulo final me estaba quedando demasiado largo, fue que decidí partirlo en dos partes, para que la revisión no fuera tan tardada antes de publicar.
Tengo ya el 80% del borrador de lo que sigue, por lo que no creo tardar el mes en poderlo subir, eso depende de mis labores como madre, que es muy demandante.
Al fin hubo reconciliación, sé que me tardé años, pero así visualicé el comienzo de la relación entre ellos desde siempre.
Espero que no se me escaparan muchas faltas de ortografía o frases sin sentido. Últimamente he tenido muchas distracciones al momento de editar, es una de las razones por las que me ha costado mucho trabajo concentrarme.
Los dejo entonces, nos leemos en un capítulo más.
