Orgullo y tradición – El comienzo. CAP 29
CAPÍTULO FINAL
La vida parecía retribuirle al príncipe, los años de soledad y amargura, brindándole una segunda oportunidad, que tuvo la dicha de tomar. Y no se arrepentía.
Nada le faltaba, ni siquiera extrañaba las batallas, eso, hasta el momento en que se enteró que él regresaría al plano de los vivos. Su antiguo rival, aquel que le otorgó la más grande humillación de su vida; Kakaroto.
Tenía años sin experimentar el nivel de ansiedad que ahora mismo le oprimía las entrañas. Pronto lo tendría de nuevo frente a él, tan solo en unas pocas horas. Con la posibilidad de un nuevo enfrentamiento. Lo que le despertó a su guerrero interno, llenándolo de emociones que yacían solo en recuerdos.
Terminó de ajustar sus pulcros guantes de color blanco, optando por no utilizar la armadura, confiando demasiado en sus habilidades ganadas en esos años de entrenamiento, como para prescindir de dicha protección.
Se encontraba satisfecho del rumbo que había tomado su vida hasta ese momento, en donde poseía de todo lo que se le negó al servicio de Freezer, y no solo eso, ahora gozaba de tener una familia por primera vez, desde que su planeta natal fue destruido.
«¿Tu lugar o el mío? Me da igual». Recordó la frase que le dijo a Bulma el día que le propuso compartir la misma habitación, dos meses después de haber pactado que serían pareja. Viviendo ahora en concubinato, lo que le resultaba perfecto, pues era lo más cercano a un matrimonio, pero sin tener que pasar por el bochornoso ritual terrícola. Después de todo, las convicciones y lo que ella le hacía sentir, iban más allá de un papel, según su punto de vista.
No le extrañaba que su relación con la científica se fortaleciera gracias al convivo diario, encontrándose más que cómodo en situaciones que nunca llegó a considerar en el pasado, como el hecho de charlar con ella sobre su pecho en las noches, inclusive en las que el sexo no formaba parte de su rutina. A estas alturas, la vida familiar y tranquila le causaba paz, hasta el punto de no extrañar su antigua libertad de soltero.
«¿Y si acaso?», se preguntó antes de cerrar el armario, con la vista perdida en una caja rectangular en color platino, la cual había obtenido en uno de sus viajes espaciales.
Dudó por unos segundos, entrecerrando la mirada mientras estudiaba la posibilidad, decidiéndose al fin por cerrar la puerta y seguir su camino. No terminaba de convencerse de realizar un pacto que fue creado exclusivamente para los saiyajines.
Negó con la cabeza, sin entender del todo las razones por las cuales continuaba conservando esa pieza, y lo más extraño aún, que su mujer no intentara abrir la caja, dada su naturaleza curiosa.
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Una hora después, la científica de cabello turquesa terminaba de ajustar el accesorio que complementaría su atuendo. Un pañuelo amarillo, perfecto para brindarle luz a su bello rostro.
Satisfecha de su apariencia, deslizó las manos sobre sus caderas, orgullosa de la figura curvilínea que poseía, capaz de enloquecer hasta al más engreído príncipe de la galaxia.
La diminuta falda apenas alcanzaba a cubrirle un par de moretones en su pierna derecha; recuerdo del último encuentro con su "esposo", en los laboratorios dos días antes. Ya estaba acostumbrada a tener esos recuerdos en su blanquecina piel, y no le incomodaban, a excepción de cuando le apetecía vestir traje de baño, por lo que debía ordenarle que se midiera días antes de sus paseos por la alberca, a lo que el guerrero obedecía sin cuestionar. Una de las cosas que más le gustaba de su relación con él, que a pesar del carácter hostil del saiyajin, siempre la escuchaba y respetaba, tomando en cuenta su opinión; en especial, a la hora del sexo.
No podía sentirse más plena. Tal vez no era el hombre romántico que soñó de niña, pero estaba segura que le era fiel, leal y honesto. ¿Qué más podía faltar?
Suspiró cerrando la puerta de su armario, justo al lado de donde el príncipe guardaba sus pertenencias, dudando en husmear un poco, a lo cual terminó cediendo, soltando una pequeña risa al ver lo ordenado que el guerrero mantenía su espacio personal, tan distinto al de ella, donde reinaba el caos, no obstante, siempre sabía dónde encontrar cada cosa, en la mayoría de los casos.
De inmediato, un objeto llamó su atención, trayéndole recuerdos del día en que Vegeta tomó posesión de ese lugar, algunos años atrás.
—¿Qué es? —Le preguntó la primera vez que vio la caja, intentando abrirla sin éxito. Podía apostar a que tenía su origen en algún otro planeta, lo que le intrigaba, más que nada como científica.
—Nada de tu interés —le respondió arrebatándole el objeto con algo de gentileza, para después dedicarle una sonrisa que no supo cómo interpretar, pero que le pareció demasiado sensual para la ocasión—. Puede que no sea de tu agrado lo que guarda un ex soldado —agregó colocando la caja en uno de los compartimentos del mueble.
—No te imagino guardando partes de tus víctimas —opinó a modo de broma.
—¿Quién sabe? —respondió Vegeta, siguiéndole el juego.
—En esa caja no cabría una cabeza, o los brazos, o…
—Un corazón cabe perfectamente —dijo el príncipe de la manera más casual, cerrando la puertecilla.
Bulma entrecerró la mirada, fascinada con el humor negro del antiguo mercenario. Las charlas con él, siempre incluían un toque picante, que escandalizaría hasta al más rudo de sus amigos.
—Dudo mucho que seas del tipo de sujetos que guarda partes de sus víctimas. Los únicos corazones que podrías guardar, serían de Freezer o Goku, y eso, para masacrarlos —opinó entre risas burlonas.
—Esos, me los comería mientras reposo sobre sus cadáveres —le respondió con la expresión más sombría de todo su repertorio, la que lograba erizarle la piel a cualquiera que no fuera ella. Y en efecto, Bulma ni se inmutó, solo elevó una ceja incrédula, pasando a una sonrisa socarrona, cuando el príncipe le confesó haber comido carne de sus enemigos, cosa que la terrícola no creyó ni la mitad.
—Solo dime que no quieres que toque la maldita caja donde guardas tus… cosas de príncipe —dijo Bulma dando en el clavo, como casi siempre—. Todos tenemos derecho a guardar secretos.
«Y más, cuando se arrastra un doloroso pasado».
La mueca de confusión que no pudo ocultar el saiyajin, le confirmó sus sospechas; el contenido de la dichosa caja, definitivamente tenía relación con el pasado del guerrero.
—Piensa lo que quieras —le respondió Vegeta, retornando a su clásica pose de indiferencia, que no la engañaba a ella.
Decidió no insistir. Por mucha curiosidad que le diera, prefirió darle tiempo a que se asentasen las aguas turbias de su interior, dejando que sus heridas sanen con el tiempo.
No sabía mucho de psicología, sin embargo, podía darse cuenta de que el saiyajin guardaba dolorosos recuerdos, que no estaba dispuesto a ventilar por el momento. Razón por la que desde entonces, no volvió a indagar más respecto a la misteriosa caja, respetando el espacio de su hombre, con la esperanza de ganarse su completa confianza tarde o temprano.
Cerró la puerta del armario regresando al presente, observando su reloj de pulsera.
—Se hace tarde —murmuró saliendo del vestidor, apurándose en tomar su bolso. Conocía a Vegeta, y ya debería estar ansioso por partir hacia el torneo. Después de todo, el príncipe se encontraba listo desde hacía rato.
Se dirigió hacia la estancia principal con el presentimiento de encontrarlo allí, y en efecto, lo encontró sentado en un sillón con los brazos cruzados, fingiendo ver el televisor.
—Se ve que te emociona ir al torneo. Desde hace rato que estás listo —dijo Bulma al acercarse y quedar frente a él.
—No iba a esperar a que terminaras de bañarte hasta la última hora —respondió recorriéndole el cuerpo con la vista, imaginando a cada macho terrícola babeando al verla pasar, lo que le tenía sin cuidado. Bulma le pertenecía, era su pareja y todos lo sabían.
En un hábil movimiento la jaló sobre él, asaltando los labios maquillados en color rojo que no se cansaba de besar.
—Mis papás… Trunks —musitó observando con insistencia hacia el pasillo, temiendo ser encontrada en esa situación tan íntima con el padre de su hijo.
—Se encuentran afuera, tenemos unos minutos antes de irnos, ¿no? —Deslizó la mano derecha por la barbilla de la mujer, acariciándole con el dedo índice.
En los años que tenía viviendo a su lado, en ningún momento tuvo la valentía de confesarle que su afecto iba más allá del apego, eso lo sabía ya desde hacía poco más de un año. Sin embargo, su obstinación le impedía exponerse hasta ese grado.
La besó de nuevo, consciente de que el labial de su mujer terminaría más arruinado de lo que ya estaba, manchándolo a él también en el proceso, lo que no le importó, después de todo, no sería la primera vez.
Bajó la mano hacia la costura del vestido, con la intención de llegar hacia los glúteos por debajo de la tela, deteniéndose de pronto.
—¡Mierda¡ ¡Trunks! —Lanzó a su mujer hacia un lado, levantándose de un salto para girarse de espaldas al pasillo, limpiando sus labios con sus impecables guantes blancos.
«Afortunadamente tengo otro par en la habitación», pensó viendo la mancha roja en sus dedos.
Por su parte, Bulma se apresuró a sacar el maquillaje de su bolso, comenzando a difuminar la mancha, mientras escuchaba los pasos de su hijo acercarse.
Ambos decidieron en silencio, continuar en la noche, cuando todos los demás se encontraran dormidos, sin interrupciones.
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«Esto es ridículo», gruñó observando a los concursantes que habían acudido al torneo de las artes marciales. «No son más que insectos sin fuerza. Al menos me tocó pelear contra Kakaroto desde el principio».
Sonrió discretamente, ansioso por el encuentro. Sentía que ahora sí estaba por encima de las habilidades del otro saiyajin, muy a pesar de no haber logrado alcanzar el nivel que Gohan obtuvo en el pasado torneo.
«Al parecer, las cosas se pondrán interesantes», apretó los puños, con su sangre de guerrero hirviendo de emoción.
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Desde que despertó esa mañana, supo que no sería un día común. Lo que nunca imaginó, fueron los sucesos que se presentaron de improvisto.
Al parecer, la tierra corría peligro de nuevo. Sin embargo, el príncipe se encontraba en un estado de confusión que le cegó por completo, nublando su realidad. Sintiéndose avergonzado de sí mismo, del rumbo que había decidido tomar en los últimos años.
«¿Qué he hecho de mi vida? ¿Dónde quedó mi esencia?». Se cuestionó, con una extraña sensación de no reconocerse a sí mismo.
Tal vez por el hecho de ver de nuevo a su antiguo rival con vida, tal vez por la posibilidad de tener una verdadera batalla de nuevo. Quién sabe; no importaba el motivo, sino el despertar de su guerrero interno, de su antiguo orgullo, su verdadero yo.
De pronto, se sintió avergonzado de aquellos sentimientos nuevos que cargaba en su interior, negándolos de nuevo, reprimiéndolos en el rincón más inaccesible de su ser. Aferrándose a su antiguo mantra: El príncipe de los saiyajines, no debería tener apego, no debería amar.
Por lo que el destino del planeta Tierra no debería ser de su incumbencia, ahora sus prioridades eran otras; las de antaño. Por fortuna para sus recientes ambiciones, se le presentaba la solución para romper con sus molestos lazos afectivos.
«No tengo otra alternativa. El sujeto con cara de insecto, es la clave para lograr mi objetivo».
No quiso pensar en las consecuencias, pues sabía que si lo pensaba dos veces, terminaría agachando la cabeza, eligiendo a la mujer y a su hijo. No desaprovecharía la ocasión que probablemente jamás se le volvería a ofrecer. Estaba decidido.
«Es hora de volver a ser yo mismo», pensó, no del todo convencido. «Es hora de traer de regreso, al príncipe cruel y despiadado».
Se apresuró a llamar a Babidi en su mente, llamado que no tardó en encontrar respuesta.
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Nada de lo planeado para ese día, le resultó como pensó. Había arruinado los planes para derrotar al nuevo rival en turno, y debía pagar las consecuencias por eso.
Humillado de nuevo por la culpa de su propio orgullo; lo cual ya no le sorprendió. Se encontraba no solo decepcionado de su estupidez, también estaba desesperado, al no encontrar la manera de resarcir el daño que había causado. Lo que provocaría un fatal destino para las dos personas que confiaban en él.
«Las malas decisiones, solo atraen malos resultados». En algún lugar lo había escuchado. No podía estar más de acuerdo con aquella frase. Solo esperaba que no fuera demasiado tarde.
Esta vez, haría hasta lo imposible por protegerlos, y no solo a ellos dos, sino a todos. Cumpliría su palabra, honraría el trato que hizo con ella años atrás, y que rompió por una insignificante revancha.
Apretó los puños, comenzando a pesarle las vidas recién tomadas en las gradas del torneo, recordando haber desviado casi forzadamente su ataque, justo en el instante que la percibió entre la multitud, deseando poder tener el valor para eliminarla, y de una vez por todas, cortar con esa dependencia que lo limitaba. Sin embargo, no pudo apuntarle directamente, jamás podría hacerlo por una simple razón: la amaba, al igual que amaba a su hijo, y no estaba dispuesto a volver a ponerlos en peligro. Al contrario; con gusto daría la vida por ellos, dejando de lado todo aquello que se le instruyó en el pasado, lo que se suponía que debía ser un príncipe saiyajin.
Intentó tomar aire, pero un dolor punzante en su pulmón izquierdo se lo impidió, entendiendo que su tiempo se esfumaba, no le quedaba otra opción.
—Tsk… tendré que usar esa técnica —gruñó entre dientes, decepcionado de verse en la necesidad de utilizarla contra ese desagradable ser deforme. Su último recurso para morir con honor—. Solo espero que funcione.
Le preocupaba el hecho de que la técnica no se encontraba perfeccionada, principalmente, porque para efectuarla, se necesitaba de mucho ki acumulado, concentrado en un mismo punto, retenido el tiempo suficiente antes de hacerlo escapar todo al mismo tiempo. Sin embargo, aún había esperanzas, pues el poder recién otorgado por Babidi, le incrementaba considerablemente la energía, hasta el punto de haber logrado la tan ansiada evolución del súper saiyajin dos. Lo único malo, era que solo podía intentarlo una vez, nada más.
La mirada llena de esperanza e inocencia de su hijo le terminó de convencer. Deseó abrazarlo por primera vez, sentir su calor, llevarse a la tumba el recuerdo de haberle regalado ese pequeño instante. Lo mínimo que merecía su único descendiente, su legado, su orgullo.
Ya no tenía caso lamentarse por las veces que no lo atendió, por creer que no se encontraba listo para un entrenamiento real, por no haber estado presente en el momento en el que se transformó por primera vez en súper saiyajin; lo que le enorgulleció grandemente, al haberlo superado en lograr dicha transformación a tan temprana edad. Ese niño poseía sangre de guerrero en cada una de sus venas, sin duda, era su mejor creación.
«Al menos podré despedirme de él».
Abrazó a su hijo, esperando transmitirle todo lo que le hacía sentir, dejándole al menos un breve recuerdo de afecto paternal.
«Cómo me gustaría estar allí, cuando te hagas hombre», pensó arrepentido de haber contribuido al despertar de Majin Buu.
No había tiempo para lamentaciones, y menos, con esa horrible criatura rosada acercándose amenazadoramente.
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«De nuevo aquí. ¿No sé qué han visto en mí?, como para darme una segunda oportunidad». Frunció el ceño, apretando los puños al sentir de nuevo el espantoso ki del individuo que parecía inmortal. «No me importaría morir de nuevo, si con eso logro salvarlos».
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La batalla contra el sorpresivo enemigo había finalizado, dejando en el príncipe, una huella más profunda que la dejada en el torneo de Cell. El aprendizaje adquirido ese día le abrió los ojos en muchos aspectos, a la vez que le despertó nuevos miedos. De ahora en adelante, actuaría de manera diferente, dejando de lado su orgullo, honrando a su promesa de proteger el planeta Tierra, y haciendo lo opuesto a su oscuro pasado.
Terminó de ajustar su armadura, decidiendo que vestiría de manera apropiada, ya que el motivo lo ameritaba.
—Vegeta. —La escuchó llamarle, con un tono de voz bajo. Algo completamente inusual, en la mujer escandalosa y vulgar que conocía.
«Debe estar decepcionada», pensó, con una opresión punzante en el pecho. Tomó una cápsula Hoi-Poi, suspiró hondo y salió del vestidor.
—Pensé que estarías listo para dormir —dijo al verlo vestido con su traje de combate completo. Tenía mil palabras atoradas en la garganta: reproches, agradecimientos, dudas. Todo comprimido en su interior, reprimido por el miedo a estallar en furia contra él, terminando de romper el hilo de confianza que le quedaba.
Vegeta le estiró una mano, tragando saliva mientras esperaba ser correspondido. —Necesito mostrarte algo —dijo casi solemne, soltando una exhalación al sentir la mano de la mujer corresponderle el gesto.
—¿Sucede algo?
—Confía en mí —respondió casi en un susurró, notando que la mujer se tensaba dudando—. Sé que mi palabra no vale una mierda en este momento, pero…
—Está bien. ¿Qué es eso que quieres mostrarme? —Terminó de desanudar su pañoleta, lanzándola hacia la cama.
El príncipe no dijo nada más, la condujo hacia el balcón, donde la abrazó, elevándose con ella.
A pesar de no ser la primera vez que volaba con él, la situación le pareció tan distinta a las anteriores, como si fuese sacada de un retorcido sueño que no lograba interpretar.
Amaba a Vegeta, lo amaba demasiado. Por eso mismo le dolía en el alma lo ocurrido ese día, al mismo tiempo que le enternecía el gran sacrificio que hizo después. Sus sentimientos en ese momento eran contradictorios, no lograba decidir, qué postura tomar respecto al hombre con el que vivía.
Después de minutos volando, llegaron a un gran cráter, donde aterrizaron con suavidad.
—¿Qué es este lugar? —preguntó con curiosidad, cruzándole por la cabeza, que posiblemente sería donde aterrizó la primera vez que llegó a la Tierra. Luego desechó la idea, al recordar las noticias alrededor del mundo aquella vez, sobre la ciudad que había sido atacada por dos sujetos, que habían salido de unas naves redondas.
—Bulma… —La llamó sin atreverse a tocarla de nuevo—. El día de hoy fallé a nuestro trato. Te fallé a ti, le fallé a Trunks, le fallé a tu familia. «A nuestra familia», pensó sin atreverse a pronunciarlo en voz alta.
—¿Ocurre algo? —Preguntó angustiada. Las recientes acciones del guerrero la tenían confundida, hasta el punto de no saber qué esperar del saiyajin.
—Quiero contarte algo sobre las tradiciones de mi planeta.
Relajando los hombros, la científica soltó un discreto suspiro de alivio. Sin embargo, el hecho de que Vegeta tomara la iniciativa de hablar sobre su pasado, significaba que estaba por revelar algo de gran importancia para él, quien se distinguía por ser sumamente discreto, inclusive con ella, su única pareja "formal" el toda su vida.
—Bien —asintió con la cabeza—, te escucho.
Vegeta se relamió los labios antes de comenzar: —A diferencia de otras culturas más mojigatas, el pueblo saiyajin tenía completa libertad sexual. Podían fornicar con quienes les placiera, sin remordimientos. Pero cuando se trataba de procrear, lo hacían exclusivamente con la elegida para dicho fin, al menos los de clase alta.
—Sí, recuerdo que llegaste a mencionar algo así —le recordó Bulma con cierto fastidio. Esperando que no comenzara con su trillado monólogo, sobre la superioridad de su raza y todos esos comentarios racistas, que afortunadamente, tenía tiempo sin escuchar.
—Es verdad, lo que no te conté en aquella ocasión, es que sí teníamos una manera de oficializar nuestras uniones. Y no, no es como el ritual terrícola —se adelantó en aclarar antes de escucharla mofarse—. El macho debía entregarle una prenda a la hembra elegida, si ella aceptaba y se la colocaba, pasaban al siguiente paso…
—¿Una prenda? —Preguntó Bulma, intrigada y emocionada, ansiosa por conocer más de una cultura tan enigmática para ella—. ¿Y cuál era el siguiente paso?
Vegeta no pudo evitar sonreír levemente ante la intromisión de la curiosa mujer. Sencillamente le fascinaba esa hembra terrícola.
—El siguiente paso era copular. El trato se cerraba uniendo sus cuerpos, con el fin de tener descendencia —se aclaró la garganta para continuar—. Dicha unión permanecía hasta que alguno de los involucrados fallecía. Se daba por sentado que con eso, el compañero tenía la exclusividad del cuerpo del otro, sin el miedo de que la hembra terminase cargando la semilla de otro macho, o que el macho pudiese regar la suya en otros vientres, lo que significaba que no tenía honor, pues solo los de clase baja se reproducían con cualquiera.
—Eso me suena a un matrimonio —opinó Bulma, encontrándolo en cierta manera romántico. Entendiendo que tal vez por esa razón, el príncipe se había negado a revelarle dicha tradición.
—Bulma —la llamó con voz enronquecida, sacando del pequeño bolsillo de su pantalón, una cápsula, la cual activó, mostrando un contenedor encapsulador de tamaño mediano, del cual sacó la misma cajita misteriosa, que guardó por años en el armario.
Como una niña curiosa, alargó el cuello para poder ver el contenido, observándolo abrirla de una manera que no imaginó: pasando la huella dactilar de su dedo índice derecho, sobre una ranura alargada. —¿Es tecnología del espacio? —preguntó con la emoción de un infante al ver un nuevo juguete, actitud que le pareció divertida al guerrero.
—Sí, pero después tendrás tiempo para desarmarla y hacer lo que quieras con ella —respondió regresando de nuevo la caja en el contenedor, sosteniendo en sus manos un artefacto plateado.
—¿Qué es eso?
—Esto —respondió Vegeta entregándole la prenda—, es una pulsera para hembra, hecha de oro Raniano. Uno muy difícil de conseguir y por ende, muy cotizado en los demás planetas. Es tuya… si aceptas ser mi compañera.
El suelo se abrió debajo de los pies de Bulma, o al menos algo parecido sintió al recibir la joya en sus manos.
«¿Acaso Vegeta me está proponiendo matrimonio?», se preguntó incrédula, luego recordó lo que su hijo le confesó esa tarde. Entonces, el rostro se le iluminó. «¿Cómo no lo pensé antes? Además, Shen Long lo revivió, junto con todas las personas buenas».
Levantó la vista, encontrándose con un par de ojos negros observándola con impaciencia, hasta le pareció ver miedo en su mirada enmarcada por un par de cejas espesas, que en ese momento se encontraban relajadas, apenas mostrando la arruga distintiva en su ceño.
Mordió su labio inferior antes de contestar: —Lo… lo acepto. Es muy lindo.
—No lo escogí precisamente por ser lindo —dijo Vegeta, algo abochornado por el tono que comenzaba a tomar la situación; bastante romántico para su estilo.
—Imagino que por el raro material —opinó Bulma, advirtiendo la incomodidad que provocaba el momento para el guerrero. Intentando abrir el broche finamente tallado.
—Lo haces mal —se acercó para ayudarla a colocárselo, presionando un pequeño botón camuflado en un relieve redondeado—. Perfecto —dijo al colocar la prenda en la muñeca de la científica. Pensando que parecía estar fabricado para ella. Sin duda, había hecho bien en conservarla todos esos años, aunque en el fondo siempre supo que la terminaría utilizando para formalizar su relación.
—¿Y bien? ¿Hay algún juramento o algo así?
—Creo haber comentado lo que seguía —respondió después de soltar otra bocanada de aire, sorprendido por la respuesta de la mujer—. Dime una cosa, Bulma. ¿Por qué me das otra oportunidad? Sabiendo la mierda que soy… yo, fallé. No cumplí con nuestro trato.
—Lo sé, debería de correrte de mi vida, prohibirte ver a Trunks, negarte todo lo que te ofrecí a cambio de protegernos —apretó los labios, aliviada por haberle dicho sus intenciones—. Eso llegué a pensar cuando todos festejaban y tú te alejabas bajo un árbol, como siempre. Creí que no habías cambiado, que el hombre con el que viví era una fachada, que el verdadero Vegeta, era aquel que sin remordimientos, había asesinado a personas inocentes en las gradas.
—Sé que no debería siquiera pedirte que seas mi mujer…
—Tal vez, y tal vez hago mal en aceptar. Sin embargo aquí estamos… en el lugar donde murió el asesino Vegeta del torneo.
Los ojos del saiyajin se abrieron más, comprendiendo las decisiones de Bulma, maravillado por la suspicacia de la mujer que lo había conquistado y moldeado. Lo que jamás pensó que sucedería.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Por qué otra razón me traerías aquí? Además, ya sabes que a diferencia tuya, Trunks puede llegar a ser bastante comunicativo.
—Ese niño tendrá que hacer quinientas flexiones en gravedad aumentada —masculló al verse expuesto.
—Ese niño está muy orgulloso de su padre, al igual que yo… —le lanzó un puñetazo en la mejilla izquierda, que obviamente no le hizo ni cosquillas al saiyajin—. Esto es por haberte comportado como un cretino sicópata.
Vegeta llevó una mano hacia la mejilla abofeteada, sobándola ligeramente. Lo que en realidad le dolía, era el haberle fallado, el haber provocado su muerte y la del crío. Definitivamente ella tenía razón: el Vegeta frío y despiadado había muerto en ese lugar. El Vegeta actual, nacía de las cenizas de sus errores, dispuesto a no volver a cometerlos.
—Supongo que es lo menos que merezco —dijo solemne—. Tal vez mi palabra no valga nada en este momento, aun así quiero dejar claro, que no volverá a pasar.
—Lo sé, porque sería la última vez. Aun debes hacer méritos —le dijo con un tono coqueto.
—Sellemos pues nuestra unión —la tomó por la cintura, ansioso por hundirse en su piel.
Comenzó a elevarse con ella en brazos, hasta que unos chillidos agudos lo regresaron a tierra.
—¡La caja! —se soltó del abrazo para encapsular el objeto metálico—. No dejaría aquí tecnología de otro planeta.
Una vez con cápsula en mano, regresó a los brazos del guerrero.
—¿A dónde vamos?
Vegeta arrugó la nariz, mirando con desprecio el lugar. —No quiero seguir un segundo más en este lugar tan deprimente. Quiero hacerte mi mujer en otro lugar de acuerdo a la ocasión.
El comentario del saiyajin, le sacó a Bulma un suspiro que le fue imposible ocultar. Conociéndolo, de seguro tenía un lugar desconocido para ella.
Voló por algunos minutos, hasta llegar a un lugar del planeta, en donde faltaba más tiempo para el anochecer.
—Espero que se encuentre al alcance de tus expectativas —dijo el príncipe, descendiendo en la gruta oculta en una selva. Aterrizando en un montículo pedregoso que se encontraba en el fondo, iluminada por la tenue luz, que se filtraba de entre el grueso follaje que caía como cascada.
Atónita por la belleza del lugar, no sabía hacia dónde dirigir su vista. Todo a su alrededor parecía pintado por los supremos kaiosamas.
—Eres un tramposo, ¿desde cuándo conoces este lugar? —le reclamó en un puchero, cruzando los brazos.
—Es un lugar tranquilo para pensar… y nadar.
—¿Nadar? Nunca te he visto entrar a la alberca —entrecerró los ojos—, a menos que yo te gane alguna apuesta.
—No compares. El agua de aquí no huele a lo que usan para lavar los baños. Además, aquí no hay espectadores —comenzó a deslizar su armadura por encima de sus hombros—, se puede nadar desnudo.
Bulma lo imitó, sacándose su vestido en un rápido movimiento, quedando desnuda junto con el príncipe en tiempo record.
—Bien —la jaló dentro del agua cristalina—, concretemos el asunto de una vez.
Sin poner resistencia, Bulma se dejó arrastrar, convencida de hacer lo correcto al aceptarlo de nuevo en su vida, decisión que fue influenciada en gran parte por el relato de su hijo y, gracias a que fue revivido con el resto de personas buenas. Ya que ese era un claro indicio de que el Vegeta con el que ahora se devoraba a besos, no era el mismo que casi la asesina en las gradas.
—¿Se puede decir que eres mi esposo? —le preguntó deslizando sus labios desde el mentón hasta la oreja del guerrero, mientras pasaba sus dedos por la cicatriz de la cola cercenada; combinación de movimientos que le erizaron la piel al guerrero.
—No, hasta que lo consumamos después de haber aceptado mi prenda. Todas las veces pasadas no cuentan —respondió levantando el cuello, dejándose mimar por las caricias y besos atrevidos de su mujer.
Bulma ya no dijo más, no deseaba seguir postergando la tan ansiada unión, ahora sí estaba segura de que la amaba, por primera vez estaba completamente segura.
Al poco rato, Vegeta se elevó con ella en brazos, recostándola sobre un montículo cubierto por follaje. Tenía en la mente algunas ideas intensas para el momento, pero declinó a esa idea antes de comenzar, decidiéndose por hacerlo con calma, con ternura. Sus formas bruscas e intensas que sabía que ella disfrutaba, las dejaría para otra ocasión, no para su unión.
Se agachó para reanudar sus atenciones sobre la piel de la terrícola, anhelando que ella pudiese leer su sentir en cada caricia, transmitiéndole todo eso que le costaba tanto trabajo escupir. La única manera que encontró para expresarlo, fue a través de sus acciones, jurando no volver a fallarle desde ese preciso instante.
—Hazlo ya… —gimió Bulma, jalándolo hacia su boca, devorándola con otro ansioso beso. Tenían tanto sin besarse de esa manera; con hambre, con desesperación.
En ningún momento extrañaron su mullida y extensa cama, ni siquiera las piedrecillas entre el follaje les impidió dar rienda suelta a su pasión desbordada.
—Deberías traerme más seguido —dijo Bulma, trazando caricias con sus dedos sobre el pecho masculino.
—No quiero que te mal acostumbres —le respondió Vegeta, alzando una ceja—. Debemos irnos, ya falta poco para que se esfume la luz, y no tardan en salir los molestos moscos.
—Creo que me picó uno aquí —Bulma señaló uno de sus glúteos.
—Maldito insecto. Pero debo aceptar no es tan estúpido, yo haría lo mismo —se posicionó sobre ella, repartiendo mordiscos en los hombros y pechos de la mujer.
—Par de pervertidos… el mosquito y tú deberían vivir con el maestro Roshi —se quejó entre risas, como si fuesen una pareja de terrícolas más. Vegeta también lo vio así, y no le importó, ya no le incomodaban ese tipo de situaciones a su lado; siempre y cuando no hubiera testigos, no estaba listo para exponerse con extraños, y probablemente jamás lo estaría. Por el momento, solo deseaba disfrutar de su unión.
Si aún conservara su cola, sin duda la tendría enroscada en ella, aprisionándola más contra sí, como lo hacían los saiyajines en pareja, según relató un ebrio Nappa en alguna ocasión.
Horas atrás no se imaginó estar así con ella: acostados, con Bulma recargada en su brazo, desnudos después de entregarse mutuamente. Cuando él no merecía siquiera que ella le dirigiera la palabra.
«No es suficiente» pensó, con la sensación de que le faltaba hacer más para demostrar su compromiso.
—Bulma…
La científica respondió levantando el rostro, atenta a lo que el príncipe tuviera que decir, embelesada con la imagen del guerrero, apenas iluminado por la tenue luz del atardecer, que se colaba entre la cascada de follaje.
—Tú planea todo, yo… estoy dispuesto a firmar el maldito documento para legitimar nuestra unión bajo tus leyes.
—¿Qué dijiste? —preguntó atónita.
—Creo haber sido claro —murmuró desviando la mirada.
Por un segundo le pareció verlo sonrojarse, por lo que entendió que había escuchado bien.
«Vaya que le afectó morir de nuevo», pensó conmovida. "No, lo que le afectó en realidad, fue estar a punto de perdernos».
—No es necesario —respondió, comenzando a buscar su vestido a tientas en la penumbra que comenzaba a reinar.
—Hoy me referí hacia ti como mi esposa —confesó el príncipe, admirando la belleza desnuda de su mujer en cuclillas—. Kakaroto se atrevió a ofrecer una fotografía tuya a un anciano supremo Kaio. Lo que evidentemente le prohibí, exigiéndole que no volviera a ofrecer a mí esposa.
—¡¿Qué?¡ ¡¿Pero cómo se atreve?! —Se vistió en un par de movimientos—. ¡Ese cabeza hueca de Kakaroto me escuchará!...
La estruendosa carcajada del príncipe saiyajin hizo eco en la caverna.
—¡Le llamaste Kakaroto! —Volvió a reír de buena gana—. Créeme que no volverá a intentarlo. Fui bastante claro al respecto.
Una vez calmados los ánimos y ya vestidos, Bulma rompió el silencio: —No es necesario casarnos.
—Esas cosas te gustan… solo… preferiría privacidad… —Fue silenciado por un sutil beso.
—Tendría que falsear tus documentos, y eso le restaría valor. Con tu ritual me basta, es más genuino y exótico —le cerró un ojo, acariciando la pulsera en su muñeca.
—¿Por qué tendrías que falsear los documentos?
—Ya sabes cómo son las cosas aquí —se encogió de hombros—, nadie creería eso de que eres un príncipe de otro planeta, y al mismo tiempo no están listos para saber todo lo que sucede en el exterior. Me tomarían por loca.
—Probablemente ya lo hacen —susurró rodeándola con los brazos. —Pero mi propuesta sigue en pie, aunque sí, es verdad que perdería validez si mentimos sobre mi origen. Por cierto… parte primordial del ritual que acabamos de consumar, es procrear, lo cual es imposible con el tratamiento anticonceptivo que llevas. Aun así es válido, pues ya pariste a mi único hijo.
—El tratamiento pierde fuerza en poco menos de un año —le rodeó el cuello con los brazos—, podría suspender la renovación del mismo.
—No es mala idea —opinó el saiyajin, con la esperanza de un segundo descendiente con su mujer, en un futuro no muy lejano.
Se elevaron, aprovechando el último hilo de luz que se esfumaba junto con ellos. Volando hacia su hogar al otro lado del planeta, donde la noche reinaba desde hacía ya unas cuantas horas.
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…
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Trunks comía como si no hubiese probado alimento en todo el día. La pubertad le hacía quemar más calorías de lo habitual, como cualquier saiyajin normal.
«Si no fuese por sus colores, pasaría por uno de sangre pura en el planeta Vejita».
Los pensamientos del príncipe fueron interrumpidos por el canturreo de su suegra al entrar con el postre, al parecer, su parte favorita de la comida.
—No olvides que te espero en el techo —dijo a su hijo, tomando su copa con helado de frutas naturales y hojas de menta.
El resto de la familia no le insistió, lo dejaban ser cuando deseaba privacidad. Por lo que solo se limitó a levantar una mano en señal de despedida, no sin antes dedicarle una mirada a su vástago.
Desde su unión con Bulma, la relación entre el príncipe y la científica progresó a pasos agigantados. Para todos en la compañía, la heredera se había casado en una ceremonia privada, por lo que su estatus de soltera en compromiso, pasaba a casada con un exótico hombre misterioso; apodo que no le incomodaba en absoluto.
Terminó su postre en la terraza, donde dejó la copa sobre la mesita jardinera, antes de volar hacia el techo del domo. Debía continuar con la tradición de su pueblo, al menos lo que no afectara a terceros, y en especial, a su familia.
En esta ocasión tenía una corazonada, sentía que hacía lo correcto al citar a su hijo.
«Puede ser que esté equivocado, pero mi experiencia me aconseja que no», pensó aterrizando sobre el domo.
Él tenía una vida construida con una pareja perfecta, que aunque no era de su raza, tenía mucho de saiyajin en su interior. Quería lo mismo para su vástago, deseaba que se complementara con una hembra con carácter, con pasión. Cosa que no veía en ninguna otra terrícola, lo que le reafirmaba que su Bulma era única. Hasta que surgió un destello de donde menos se imaginó, aunque lo consideró descabellado al principio, y aun lo consideraba, al menos veía algo en ese ki. Solo debía esperar, comprobar si estaba en lo correcto.
De cualquier manera, su hijo sería quien elegiría, y esperaba que lo hiciera sabiamente, como lo hicieron todos sus antepasados y él. Anteponiendo el honor, dejando de lado la vulgar calentura, a la hora de crear un descendiente.
Estaba consciente de que su hijo pasaba por esa etapa en donde se actúa con torpeza, por eso mismo debía tener esa charla con él, antes de verlo cometer una estupidez, pues no confiaba en la amiguita del joven. Su malicia le gritaba que algo ocultaban esa mujer y sus dos inseparables amigos, pero no sabía qué. Y no le gustaba ignorar algo, mucho menos si podría involucrar a alguien de su familia.
Si al principio decidió seguirle el juego a su hijo, fue precisamente porque lo consideró un juego de niños. En cuanto al del futuro, él estaba tan devastado por la muerte de su madre, que merecía apoyo, aferrarse a lo único que quedaba de su mundo, lo que fuera con tal de mantener la cordura. Razón por la que lo alentó a lo mismo, dándole motivos para continuar de pie, para no rendirse.
«Al final, él tendrá la última palabra. Yo solo le indicaré el camino», pensó al verlo llegar y tomar asiento junto a él, con el sol comenzando a ocultarse frente a ellos.
Vegeta esbozó una sutil sonrisa en el momento que vio a su mujer a lo lejos, en el césped del jardín, regresándole la mirada con una sonrisa que a pesar de la distancia, podía notar que tenía tintes coquetos, típico de su vulgar y gritona mujer.
«Definitivamente, tomé la mejor decisión».
FIN DE ORGULLO Y TRADICIÓN — EL COMIENZO.
Al fin lo he terminado.
Realmente se me hizo muy largo, al compararlo con lo que tardé en terminar el fanfic de donde salió esta historia.
Yo misma ya me estaba cansando de no terminarlo, y es que tenía la historia en mi cabeza, pero sin tiempo para desarrollarla, a la vez que escribía: Un pedazo de ti. Lo que hizo que me confundiera en algunas ocasiones y tardara para volver a entrar en la historia. Pero al fin terminé y espero haya sido de su agrado.
En los últimos capítulos, habrán notado cambios en las líneas de narración, pensamiento e, inclusive los flashbacks. Y es que he estado investigando para mejorar la escritura, por lo que pienso arreglar esos detalles sobre cada capítulo más adelante.
El que definitivamente renovaré en varios aspectos, es el primer Orgullo y Tradición, del que salió esta historia, pues muestra muchos errores y ahora que lo veo, hay situaciones que no me agradan mucho. Por lo que haré una versión nueva de ese fanfic, que publicaré aparte del que ya está publicado, en caso que quieran releerlo y descubrir los cambios en la historia y narración.
Espero que no se me hayan escapado muchos horrores ortográficos y de narración.
Bien, los dejo descansar los ojos, y yo también. Nos leemos en otras historias.
***AVISO***
El próximo fanfic que publicaré será: Obligaciones de princesa.
Un Trupan que ha estado volándome la cabeza desde hace poco más de un año. Solo me enfocaré en ese para avanzar mejor, y los capítulos serán más cortos, para no dañar tanto a mis ojos en las revisiones, lo que me ayudará a tardar menos e actualizar, eso espero.
