NOTA DE LA AUTORA:

He recibido últimamente reviews pidiéndome que continue con la historia. Agradezco mucho los mensajes, y que os guste el fanfic. Yo no lo he dejado, siempre lo tengo presente, y estoy a medias de un capítulo nuevo desde hace un tiempo, también siempre ideando lo que va a venir después. Me encantaría poder dedicarle más horas, pero bueno, quiero que sepáis que no lo abandono. Os dejo un adelanto del siguente capítulo. En cuanto esté entero lo borraré y publicaré el capítulo completo. Otra vez, muchas gracias a todos.

ÚLTIMO ARCO DE BLEACH

CAPÍTULO 9

Spirits are Always with Karakura Heroes 2: Una vendedora de globos y una vuelta a casa

Ishida acompañó a Ichigo y Keigo a la estación de tren aquél mediodía de viernes. Ambos iban a pasar el fin de semana en Karakura. Ichigo, con su familia, y trabajando. Keigo, con su novia y haciendo el vago. Él había preferido quedarse en Naruki, en la residencia, donde iba a estar definitivamente mejor que en su casa. Se sentía más a gusto allí que con su padre, en la mansión familiar que no le parecía un hogar desde la muerte de su abuelo. Iba a pasar pocos fines de semana en Karakura durante el curso; probablemente no volvería a su casa hasta las vacaciones.

- ¿Que vas a hacer todo el fin de semana aquí tú solo?- la mochila en la que Ichigo llevaba la ropa para el fin de semana se deslizó suavemente por su brazo mientras preguntaba. Se la colocó de nuevo sobre un solo hombro.

Ishida acomodó sus gafas con el dedo índice de su mano derecha.

- Estudiar- contestó-. Descansar de vosotros. Disfrutar del silencio. Coser un poco.

- Vale, vale, ya nos hemos enterado de que vas a estar en la gloria- dijo Ichigo, con su tradicional ceño fruncido.

- Venga, que seguro que nos vas a echar de menos- Keigo le dio un codazo, sonriendo ampliamente.

Ishida le miró por encima de la montura de pasta oscura, muy serio.

- No, ni lo más mínimo- contestó.

- Jo, qué borde- se quejó Keigo, fastidiado.

- ¿Vas al trabajo directamente, Ichigo? - Ishida ignoró a Keigo.

Ichigo llevaba trabajando en la tienda Unagiya desde que estaba en el instituto. Al principio hacía una media jornada todos los días. Ahora que vivía en Naruki solo iba los viernes por la tarde y sábados completos.

- Sí. Comeré algo en el tren y ya voy derecho a la tienda.

Lo dijo sin ninguna emoción. Ishida, que le conocía mucho mejor de lo que podía parecer a simple vista, sabía que Ichigo no se sentía completo desde hacía ya mucho. Había pasado unos años difíciles. Siendo aún estudiante de instituto había salvado al mundo, perdiendo sus poderes en el proceso, y la capacidad de poder ver seres espirituales, incluyendo a la shinigami Rukia Kuchiki, que era un pilar fundamental para su estado anímico. Había luchado desesperadamente por ellos, hasta que finalmente la misma Rukia, con la colaboración de otros capitanes y tenientes amigos de Ichigo, se los había devuelto. Había matado al que era su igual, puede que al único shinigami sustituto aparte de él que existía en ese momento, y con ello había descubierto que había sido utilizado por una Sociedad de Almas en la que solía confiar. Ishida no quería ser el que tomara la iniciativa en una conversación sobre el tema, pero era evidente para él que no era feliz, que se encontraba descentrado y que lo que hacía realmente no le llenaba. Lo veía en su cara, lo veía en cómo hablaba, en lo que hacía. Era su amigo y simplemente lo veía.

Se despidieron en la puerta de la estación, donde se quedaron Ichigo y Keigo. Éste último iba muy feliz y era normal. Iba a ver a Tatsuki, seguramente no iba a abrir un libro en todo el fin de semana e iba a disfrutar y a aprovechar cada minuto. Ichigo iba a encontrarse con su padre y sus hermanas, pero no se le veía emocionado. Ishida conocía la razón. El padre de Ichigo, Isshin Kurosaki, había resultado ser un shinigami. Ya hacía unos años que se había revelado como tal delante de su hijo e Ishida estaba seguro de que Ichigo y él ni siquiera habían hablado sobre ello. Ichigo era muy cerrado. No le había dicho nada sobre el tema pero, conociéndole, era capaz de no fiarse ni de Karin y Yuzu en esos momentos. Por un momento, una idea cruzó por su mente:

- Vas a ir a casa, ¿no?- le preguntó. Quería pensar que no iba a quedarse en cualquier sitio para evitar a su familia.

- Pues claro- contestó, como si fuera lo más evidente del mundo-, ¿dónde voy a ir si no? ¿A dormir a un parque? Mira que te gusta decir cosas raras.

- Sí, claro. Tonterías mías.

Ichigo y Keigo cruzaron la puerta blanca de la estación tras despedirse. Ishida se quedó parado en la acera unos minutos. Por fin estaba solo. Decidió dar un paseo más largo para volver a la residencia, aprovechando esa circunstancia. Le gustaba andar y vagar por la ciudad, descubriéndola, y había encontrado una ruta muy bonita y tranquila por la que también podía llegar a la universidad, aunque tardase más. Se trataba de un paseo de baldosas antiguas pero muy bien cuidadas, bordeado por un lado por el río, que daba un ambiente fresco y agradable, y por el otro lado por unas pocas tiendas, cafeterías elegantes y casas de lujo con jardín. Aún hacía buen tiempo. El sol le calentaba la nuca y también los brazos, y eso revitalizaba su espíritu.

Se encontraba bien en la universidad. Le gustaba el ambiente, y estaba ilusionado con su carrera. Tras mucho pensarlo, había decidido estudiar Medicina, aunque con la idea inicial de tener una pequeña clínica, o puede que en el futuro se especializara en pediatría. Le gustaban los niños. Desde luego tenía claro que no quería tener el mismo tipo de trabajo que su padre, ni estar cegado por la idea de ganar dinero sin importar en absoluto nada más. Quería un trabajo con el que se sintiera a gusto, una familia. Una vida feliz, en compañía de gente que le quisiera. La universidad, que le ofrecía un abanico enorme de nuevas y emocionantes posibilidades, le alejaba además físicamente de Ryuuken, lo que era todo un alivio, porque su presencia siempre le perturbaba aunque solo fuera un ápice, y también le alejaba de Orihime. El amor que sentía por la chica nunca había sido correspondido por ésta y, aunque sabía que no iba a ser fácil, se había propuesto pasar página y encontrar a otra persona. Le había costado darse cuenta de que ésto era lo mejor para él, y prefería no tenerla cerca para poder olvidar. Podría no parecerlo, pero él era un chico romántico, y ya hacía tiempo que sentía que estaba preparado para tener un relación. Quería tener una novia y durante mucho tiempo había deseado que ésta fuera Orihime, pero ya había perdido la esperanza. Le dolía renunciar a ella, aunque quizá menos de lo que debería dolerle. En realidad, siendo el amor de ella por Ichigo tan evidente, Ishida nunca había albergado verdaderas esperanzas. Le daba pena, porque ella estaba en la misma situación que él, viendo como las atenciones de su persona amada se dirigían siempre hacia otra, y él sabía lo que se sentía. La diferencia era que él había decidido que esa situación cambiase y quererse a sí mismo un poco, mientras que ella parecía sentirse feliz simplemente pudiendo ver a Ichigo, aunque él no la amase de la misma forma que ella a él. Ishida, al contrario que Orihime, estaba decidido a dejar de sufrir, y a empezar una nueva vida, y aquél era el momento perfecto. Con distancia de por medio.

La mañana era muy agradable, y el aire olía a las flores de colores de los jardines. El aroma de jazmín, rosas, margaritas, cerezos y árboles frutales penetraba en sus fosas nasales y le transportaba a su infancia, cuando su abuelo le hablaba de los quincies y su historia en su propio jardín. Cerró los ojos, absorto en sus recuerdos, sin dejar de caminar, volviendo mentalmente a utilizar su arco, y sus poderes de quincy junto a la persona que más le había querido en su vida. Su mentor, su amigo, su figura paterna. Reviviendo días mejores estaba cuando, de repente, un golpe contra sus piernas le devolvió a la realidad de súbito.

- ¡Ay, qué daño!- escuchó.

Era una niña pequeña la que había chocado contra él. Llevaba patines infantiles y había quedado sentada en el suelo del golpe.

- ¿Estás bien? Tienes que mirar por dónde vas- le dijo, ayudándola a levantarse.

- Yo estaba jugando aquí antes y tú no mirabas por dónde ibas- dijo, llorando, mientras se frotaba el trasero dolorido por la caída.

Ishida se apiadó de la pequeña, que en el fondo tenía razón. No podría tener más de seis o siete años. Tenía una cara pecosa debajo de los lagrimones que caían de sus ojos marrones y grandes. Miró a su alrededor, buscando a sus padres, pero no les vio. Una pareja de adolescentes paseaba de la mano; un anciano miraba en el río, probablemente en busca de peces. Un poco más lejos había una vendedora de globos, demasiado joven para ser la madre de la niña, que era ignorada por los paseantes a los que ofrecía los orbes de colores de plástico con poca delicadeza, como si simplemente no existiera.

- ¿Dónde están tus padres? - le preguntó.

- Allí-señaló a una cafetería cercana, cuya entrada estaba franqueada por un arco metálico rodeado de rosas blancas.

- Mira, vamos a hacer una cosa. Te voy a comprar un globo para disculparme, ¿vale? Al fin y al cabo es verdad que ha sido culpa mía- reconoció.

Entre sollozos, la niña asintió, frotándose los ojos.

- Espérame aquí.

Se acercó a la vendedora. Iba vestida con una yukata verde, con obi blanco. Era joven, alta y delgada, y muy guapa. Recogía su cabello negro detrás de la nuca con un adorno dorado de forma triangular. Su nariz era pequeña y bonita, y sus ojos vivaces tenían el color dulce de la miel de flores. Al acercase le ofreció un globo con una sonrisa en sus labios carnosos pintados de rojo.

- ¿Quiere un globo? Solo cuesta un yen- preguntó, educadamente.

- Deme uno amarillo, por favor.

La mujer le dio el globo, y justo al tocarlo él, el rostro de ella cambió. De golpe ya no era una joven hermosa. Sus facciones se deformaron, sus pupilas se volvieron sanguinolentas y su boca se desencajó como la de una serpiente a punto de atacar. Ishida dejó de ver el camino de baldosas por el que le gustaba caminar, y en su lugar apareció una niebla oscura, de tonos granates, violeta oscuro y negro. La risa de la vendedora, que le arañaba los oídos por dentro, era todo lo que podía escuchar. Ni el murmullo del aire, ni el canto cristalino de los pájaros. Solo esa risa de bruja que parecía sacada de la peor película de terror. Era lo más escalofriante que había oído nunca. El olor de las flores ya no le embriagaba. Era como si sus sentidos ya solo pudieran captar a la diabólica mujer y a sus globos.

- ¡¿Pero qué es esto?!- Ishida se dio cuenta de que la cuerda que sujetaba el globo se había extendido y se le estaba enredando por el brazo y los dedos. Tiro de ella con la mano que le quedaba libre, mientras la mujer seguía riendo con su carcajada ronca.

- ¡Venga, llévatelo! ¡Solo un poco más!- apremiaba. Su cuerpo, que ya no parecía humano, se revolvía como una anguila dentro de la tela de su yukata.

La cuerda se aferraba a él con mucha fuerza, y seguía creciendo y tirando de él en dirección al suelo. Le hizo caer.

- ¡Sí, eso es!

Tenía que hacer algo. No podía llegar a sus armas de quincy, pero tenía que romper como fuera aquella cosa. Haciendo acopio de toda su fuerza física, consiguió mover el brazo que el cordel mantenía agarrado. Éste se clavó más en su piel, cortándo su carne y haciéndole sangre. Haciendo caso omiso del dolor que sentía consiguió romper la cuerda con ambas manos. La niebla oscura se disipó, y el globo se fue hacia el cielo. La mujer dejó de reír de golpe, aunque sin recuperar su anterior aspecto. Él se levanto y se lanzó hacia ella, que desapareció, chillando. Sin pensarlo dos veces corrió hacia la niña.

- ¿Estás bien?- preguntó, agachándose frente a ella y sujetándole los hombros. Su respiración estaba acelerada por el golpe.

- Sí. ¿Qué te pasa? Estás muy raro. ¿Y mi globo, dónde está?

Al menos la niña no había llegado a ver a la terrorífica mujer.

- La vendedora no tenía más y se ha ido.

- ¿Qué vendedora? Allí no había nadie. ¿A qué estabas jugando solo? ¿Eres un mimo?

Ishida se puso de pie y soltó a la niña. Era lógico; esa mujer era un espíritu. No lo había pensado hasta ese momento, pero era normal que nadie la hubiera visto... Probablemente utilizaba los globos como cebo para la gente con poder espiritual. Y él había caído como un tonto, cegado por su aspecto.

- Será mejor que vayas con tus padres. No es seguro para los niños estar solos en la calle.

- ¿Entonces me quedo sin globo?-hizo un pucherito.

- Lo siento, pero sí. Me había parecido ver a una vendedora, pero estaba equivocado. Toma- le entregó un yen-, cuando veas a alguien vendiendo globos, cómprate uno.

- Está bien.

Ishida siguió su camino en dirección a su residencia de estudiantes, esta vez acelerando el paso y con los ojos bien abiertos.