Capítulo IX
"El miedo es el camino hacia el Lado Oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento. ... Percibo mucho miedo en ti."
- Maestro Yoda, al joven Anakin Skywalker, en el Consejo Jedi. (Star Wars Episodio I: La amenaza fantasma)
Espacio exterior, Reino de la luz. Recorriendo el segundo anillo (luz tenue).
Riku cambió las direcciones de los láseres. Cinco naves los rodeaban en formación, moviéndose rápidamente, esquivando sus constantes ataques. Mickey conducía lo mejor que podía, y trataba de darles esquinazo. Eran cazas estelares TIE, aunque él no los conocía así todavía. Solo los identificaba por su forma esférica, acompañada de dos alas que tenían equipados sus propios láseres. Los había visto con anterioridad en el portanaves que había inhibido sus comunicadores. Eran naves afines a aquella organización. Naves del imperio.
La nave gumi era más resistente, y también más contundente. Si chocaba contra los cazas, podía romperles un ala y destrozar su equilibrio. Su navegación quedaría devastada, y dejarían de perseguirles. Aquellas naves ti tan siquiera tenían escudos. Solo necesitaban propinar un golpe. Un único golpe. Y sin embargo…
Eran hábiles. Eso debía reconocérselo. Al menos, sabían aprovechar la velocidad añadida del caza, su facilidad para girar, y su superioridad numérica. No importaba lo que hicieran, qué maniobra intentaran ejecutar, siempre había dos cazas a su espalda, disparando y agotando sus escudos. Riku apretó los dientes conforme veía descender los indicadores. Estaban cercanos a su límite. Una vez se acabaran los escudos, solo quedarían los bloques gumi como blindaje para proteger la nave. Y si lo perforaban también… sería su fin.
– ¡Mickey! – Riku señaló un punto en el radar –. ¿Crees que podríamos llegar hasta aquí?
El señor del castillo Disney entrecerró los ojos, haciendo rápidamente cálculos en su cabeza.
– Solo si logras detener parte de los ataques. Tendrás que ser rápido con los láseres.
Cuando disparaban hacia atrás, la ofensiva cambiaba de origen. Los que se situaban arriba, o abajo, o a los lados. Siempre había alguien disparando. Pero era fuego disuasorio. Los cazas no estaban diseñados para esa clase de ataques: sus láseres solo podían estar dirigidos hacia delante. Si querían cambiar la dirección de su ataque, debían cambiar la dirección a la que apuntaban sus propias naves. Dejar de avanzar. Así, con el tiempo, tenían que decidir entre permanecer en formación o atacar. No podían ser ambos. Si concentraban sus esfuerzos en la espalda, y les distraían lo suficiente…
– Voy a pasar toda la energía que dedicamos a los escudos a los propulsores. Va a ser un viaje movidito, así que ponte el cinturón. ¡Ja já!
Con su risa característica, Mickey Mouse aceleró. Riku tomó aire y se concentró en disparar a sus perseguidores. El aumento de velocidad sorprendió a los cazas, quedándose atrás por unos segundos. El elegido del cabello de plata no desaprovechó la oportunidad, y lanzó una ráfaga de plasma sobre los más desprevenidos. Uno de los que hasta entonces había estado sobrevolándolos perdió un ala. Como quien trastabilla tras tropezarse en su camino, comenzó a moverse erráticamente. Como había sospechado, eso era suficiente para que cesara en su empeño.
"Aún quedan cuatro".
Era pronto para cantar victoria. Aunque aceleraran de esa forma, renunciando a sus defensas, no eran más rápidos que los caza. Estos volvían a comerles terreno, y cada golpe que se intercambiaban resultaba fatal para ambos bandos. Él acertó en pleno centro de una de las naves enemigas, pero apenas pudo esconder la lengua a tiempo para no morderla; con el zarandeo que sufrió la nave gumi tras recibir el impacto de un láser en un ala, bien podría haberla cortado de un mal mordisco.
– Deben haber adivinado nuestro plan – gruñó en voz baja, en cuanto la nave recuperó el equilibrio.
Un planeta gaseoso en la distancia, rodeado por anillos de asteroides. Una visión bastante común a lo largo de la galaxia. Si se escondían entre los asteroides, podrían despistar a los cazas. En el mejor de los casos, los perseguirían y aquellas enormes rocas se encargarían de las naves enemigas por ellos. Debían aprovechar su mayor resistencia a su favor. Si restauraban la energía de sus escudos, podían resistir unos pocos golpes. Los TIE, jamás.
Era natural que hubieran adoptado una táctica más arriesgada. A ese ritmo, con la destrucción mutua que sufrían, tal vez ni siquiera llegaran al primero de los anillos.
– ¿Cuántos quedan, Riku?
– ¡Tres! Tal vez logre derribar a uno más, pero están manteniendo espacio entre ellos. Con esas maniobras, será difícil que…
– ¡Tres es suficiente! Has hecho un gran trabajo, amigo mío. Deja que yo me encargue del resto.
El maestro de la Llave Espada se giró hacia su compañero a tiempo para ver cómo tiraba de una pequeña palanca roja en el panel de mandos. Tenía una idea de qué era, pero nunca había encontrado el momento de preguntar. Una compuerta se abrió en el tierno estómago de la nave, arrojando una esfera roja con retazos blancos. Se alejaron de ella a toda velocidad. Los cazas intuyeron su naturaleza y los tres giraron a un lado, interrumpiendo la persecución durante valiosos segundos.
La esfera reveló pronto su verdadera naturaleza como bomba de antimateria, aniquilando todo cuanto pudiera permanecer en un radio de veinte metros. Una poderosa arma contra naves sin escudo, sin duda.
"Pero hemos fallado", pensó amargamente el elegido.
– ¡Victoria! – canturreó el ratón.
Riku se acercó con el ceño fruncido al panel de mandos. En ese momento lo comprendió.
Había estado tan pendiente de los láseres que no había advertido lo cerca que estaban del anillo de asteroides. Mickey redujo su velocidad y restauró la energía de los escudos. Se zambulló sobre la corriente de rocas. Los cazas todavía estaban reemprendiendo el camino después de haberse desviado para evitar la bomba.
– Si hubiera quedado una nave más, habrían mantenido la formación. Pero si ves caer a la mitad de tus compañeros, tu instinto de supervivencia empieza a exigir que actúes con precaución. La bomba los habría eliminado, pero se nos habrían llevado con ellos. Nuestro blindaje está a mínimos – suspiró.
Los cazas no se internaron en el anillo, sino que permanecieron sobre o debajo de él. Por la disposición de sus láseres – en el centro de sus alas, dirigidos hacia delante –, eso les impedía disparar adecuadamente. Ese impedimento no lo sufrían Riku y el rey, que, aunque tenían que navegar con soberana precaución para evitar ser aplastados, podían disuadirles con sus láseres.
Los cazas se retiraron cuando uno de esos disparos abatió a un tercer compañero. Mickey era un gran piloto, y había evitado todos los asteroides hasta el momento. No podían jugar al desgaste con ellos.
– Uf… Bueno, lo peor ha pasado. ¿Retomamos nuestro camino? El mundo al que nos dirigimos está muy cerca.
Riku asintió. Sus radares ya habían comenzado a recopilar información. Aquella tierra era…
[…]
Shibuya, Reino de la luz, Segundo anillo (luz tenue).
Las calles de aquella ciudad estaban muy concurridas. Un gran paso de peatones cortaba el tráfico justo en su mitad, en el punto en el que se unían varias carreteras. Un gran edificio lo señoreaba, con el número "104" en lo alto. Una televisión mostraba anuncios de diverso tipo justo debajo: marca de ropa, sobre todo.
El semáforo cambió al verde, y todos echaron a andar. Cada persona caminaba en una dirección, con un objetivo distinto al de quien tenía a su lado. Una ciudad solitaria. Un planeta con miles de mundos inconexos entre sí. Esa era Shibuya.
Por supuesto, no todos eran así. Había grupos de personas, estudiantes que regresaban de la escuela; amigos que habían quedado en su día libre, oficinistas buscando un sitio donde parar a comer. Había quienes hablaban por teléfono con sus seres queridos, y quienes caminaban con sus seres queridos en su corazón. No todos estaban solos.
Un grupo de estudiantes con uniforme negro y rojo hablaba alegremente, recordando anécdotas e intercambiando comentarios. Reían.
– ¡Que te digo que fue así! Todo empezó a derrumbarse, y a Morgana casi le da algo cuando tuvimos que conducirlo cuesta abajo por la pirámide. ¡Fue una locura!
– Pobrecito… ¡seguro que lo pasó mal!
Una chica de pelo rizado, como esponjoso, comenzó a acariciar un gato negro que salía de la bolsa de otro de los chicos. El gato ronroneó y lanzó un maullido hacia el rubio, el que había estado contando la historia. De alguna forma, por cómo respondía el segundo parecía que habían comenzado a discutir.
Continuaron su camino. En su dirección. Riku dio un paso atrás instintivamente cuando aquel grupo se le acercó. Invadían su espacio vital. ¿No les importaba? "Se apartarán", se dijo. "A nadie le gusta estar tan cerca". Había mucha gente a su alrededor para apartarse él. Dejó pasar un segundo. No se desviaron. No se hicieron a un lado. No se detuvieron. ¿Acaso no veían que él no podía…?
Le atravesaron.
No como una espada atraviesa un músculo, ni como una lanza perfora un hueso. No como una bala orada el interior de una persona, ni como el viento continúa a las espaldas de aquel que obstaculiza su paso. No, aquel grupo de personas le atravesaron como si de fantasmas se tratara.
No fueron los únicos. Todos los que iban detrás de ellos pasaron a través de él, ignorando su existencia. El joven elegido permaneció un rato completamente paralizado, presa del temor. Cuando el semáforo volvió al rojo, y el afluente de gente pasó, respiró con renovada calma.
La mano de Mickey se paró sobre la suya.
– ¿Te encuentras bien?
– ¿Has… has visto eso? ¿Qué ha pasado? – Riku se miró la mano. Seguía siendo de carne y hueso.
– Es un mundo extraño. Tendremos que ver si somos los únicos en este estado, o si hay más como nosotros. No te pierdas, ¿eh? Que soy bajito y es fácil perderme de vista.
Con actitud risueña, Mickey caminó hacia delante, en dirección contraria al grupo de jóvenes que le habían atravesado en primer lugar. Riku se giró hacia ellos. Estaban al otro lado del paso de peatones, siguiendo su camino. Con una excepción. El chico que hasta entonces había caminado frente a ellos, un joven de rasgos suaves y mirada gentil escondida tras unas gafas, le encaraba. El maestro de la Llave Espada se fijó en él. "Shuchin Academy", ponía en su uniforme. ¿Un estudiante?
– ¿Tú… sí nos ves? – preguntó.
No recibió respuesta. El semáforo parpadeó, y el joven se apresuró en regresar con sus compañeros. Él suspiró, y reemprendió su camino. Mickey tenía razón. Era fácil perderle.
[…]
Riku parpadeó, asombrado, como tratando de hacer entrar en razón a sus ojos. ¿Le estaban fallando? ¿Estaba alucinando? Había desayunado bien, así que no se trataba de un desfallecimiento.
– Ey, Riku, ¿cómo tú por aquí? ¿No miras cuando cruzas la calle?
Joshua le saludó con un gesto amable. No estaba solo, sino que iba acompañado de un joven pelirrojo que escondía sus orejas tras unos auriculares de diadema. No se le veía con ganas de entablar conversación.
Habían recorrido casi toda Shibuya. Nadie se fijaba en ellos, y nadie parecía ser capaz de hacer más que dejarse atravesar. A partir de cierto punto, Riku dejó de sentir repulsión al fenómeno de caminar entre la gente. Era incluso cómodo, no preocuparse de quien estuviera en su camino. Como mínimo, era mucho más rápido.
Habían dejado las afueras para el final, y fue en ese momento cuando encontraron a aquella pareja sentados al lado de una cafetería. Más bien, el pelirrojo estaba sentado, esperando a Joshua, y cuando los encontraron aquél estaba saliendo de su interior con gesto despreocupado.
Riku había conocido a Joshua en el reino de los sueños, en la Ciudad de Paso dormida. Era alguien… misterioso. Sabía más cosas de las que dejaba entrever, y solo dejaba entrever lo que le convenía. Había sido él quien le había revelado la verdadera naturaleza de la Ciudad de Paso dormida, así como que habían llegado gracias al portal formado por los sueños de una muchacha llamada Rhyme. Allí había dado refugio el joven a sus amigos, protegiéndolos de la oscuridad. No había podido conocerlos a todos por culpa del joven Xehanort, que los había separado entre una y mitad y la otra de Ciudad de Paso, pero recordaba a Misaki Shiki y a Beat.
Joshua era alguien especial. No podía expresarlo con palabras, pero había algo distinto en él. De alguna forma, tenía acceso a ciertas piezas de información que escaparían a las personas normales. Sus sospechas se habían confirmado cuando había abandonado el mundo con alas de ángel. ¿Quién era en realidad? Esa pregunta todavía no tenía respuesta. Pero en aquel momento no pensó en plantearla. Sus dudas eran otras.
– Creo que esa pregunta debería hacerla yo… ¿Cómo es que estás aquí? ¿No se había sumido tu mundo en la oscuridad?
– ¿Lo conoces, Joshua? – preguntó el pelirrojo. Ahora que le veía de cerca, Riku sintió que lo recordaba. ¿No lo había visto en la otra Ciudad de Paso? ¿Junto a Sora?
– Sí, fue un buen compañero. Su nombre es Riku. Y el que le acompaña, es… – mantuvo la mirada fija sobre el rey Mickey –. Siento que le he visto en alguna parte…
– Me lo dicen mucho, pero no nos conocemos. Mi nombre es Mickey, Mickey Mouse. ¡Un placer!
– Mm. Encantado de conocerte, Mickey. Bueno, por responder a tu pregunta, Riku… Shibuya es Shibuya. La nuestra fue devorada por la oscuridad, pero hay otras Shibuya. Mientras encontremos una, podemos recuperar nuestras vidas –su gestó cambió. Con su mano, ocultó ligeramente una sonrisa traviesa en lo que se giraba hacia su acompañante –. Aunque igual eso es una forma de hablar, ¿no crees, Neku?
El pelirrojo frunció el ceño. Ignoró el comentario; parecía que no se llevaba del todo bien con Joshua. Desvió la mirada hacia ellos.
– Entonces… sois amigos de Sora, ¿no? – se acercó y ofreció su mano.
– Sí. Neku, ¿verdad? Encantado – Riku la estrechó.
El pelirrojo arqueó una ceja. Desvió la mirada a Mickey, y chasqueó sonoramente la lengua.
– ¿Sois como él, entonces? ¿Estáis vivos los dos?
Se miraron entre sí, confundidos.
– ¿Cómo?
– Neku, es de mala educación leer los pensamientos de la gente con la que estás hablando. De verdad… – su interlocutor permaneció en completo silencio, así que se dirigió hacia los dos elegidos –. Pero vaya, vaya, así que habéis entrado al Underground sin saberlo. Curioso – Joshua sonrió misteriosamente –. Muy curioso. Y yo aquí preocupado por si os había pasado algo…
Las caras de ambos debían hablar por sí solas, porque Joshua rio alegremente. Neku suspiró, ¿algo aliviado? Riku recordó el primer comentario del joven de cabello gris. Lo había dejado pasar como aquel que, en silencio, asiste al vuelo de una mariposa. Sin darle importancia. Sin pensar en su significado. Entendiendo que es una parte más de la naturaleza. ¿Tenía otro significado? Qué le había dicho… ¿Si miraba al cruzar…?
Neku soltó su mano. Pudieron ver un contador en su dorso.
– Estamos en mitad de un Juego de la Parca. Un "juego" pensado para aquellos que hemos muerto. Para conseguir una segunda oportunidad en la vida.
[…]
El dueño de la cafetería, Sanae Hanekoma, era amigo de Joshua. Sabía todo sobre el juego de la parca, y les estaba ayudando a hacer frente a una serie de problemas que habían surgido alrededor de aquella edición. Mickey asistía a cómo Neku compartía sus aficiones sobre graffitis y graffiteros – en especial un tal "CAT" – con Hanekoma. Entre tanto, los otros dos jóvenes se ponían al día con una taza de café.
– Un juego para que los muertos regresen a la vida. Se puede ganar todo, pero a la vez… para participar debes renunciar a lo más importante para ti. Tu cuota de entrada –resumió en voz alta el Maestro–. Es cruel.
Joshua se encogió de hombros.
– Nadie les obliga a participar. Pueden ganarlo todo, no es tan descabellado que a cambio pierdan algo. Además, si ganan se les devuelve. A mí me parece justo.
Riku dejó que el calor de la taza de café pasara a sus manos. No estaba del todo de acuerdo. Si podían ayudar a las personas, ¿por qué hacerles pasar por eso? ¿Simplemente como una forma de limitar quiénes podían ser resucitados? ¿Acaso el poder del señor de Shibuya Underground, el "Compositor", era limitado?
– Aunque tengo que admitir que con Neku han sido… sucios.
– ¿En qué sentido?
Por una vez, Joshua no sonreía. Su gesto era serio, como si estuviera sopesando en sus manos la más dura de las decisiones.
– No es la primera vez que Neku participa. Yo soy su segundo compañero. Puedo considerarme bastante afortunado, la verdad – por un breve segundo, su rostro recuperó su taimada sonrisa–. La semana pasada, se hizo con la victoria junto a Misaki Shiki.
– ¿Shiki está por aquí?
Joshua se sorprendió ante aquella interrupción, pero lo dejó pasar con una sonrisa.
– Ah, ¿la conociste en Ciudad de Paso? Sí, ahora que lo dices… Es cierto –se echó hacia delante y bajó el tono de voz. Riku se dio cuenta que Neku se había girado y los miraba con cara de pocos amigos–. Shiki era la compañera de Neku. Y ambos ganaron.
Ambos esperaban volver a la vida, pero el Director tomó la decisión de limitar a una las personas que se reviven. No es extraño que se limite el número de personas que son resucitadas: el objetivo del juego en realidad es crear más Parcas, no devolver a la vida a los jugadores. Sin embargo, que se haga con estas limitaciones… es extraño.
Riku entornó los ojos. Tenía un mal presentimiento. ¿Por qué la mirada de Neku? ¿Le había pasado algo a Shiki…?
– Como te puedes imaginar, de entre los dos, no revivió Neku. Revivió Shiki. Recuperó su lugar en la sociedad, como una forma de recompensar su crecimiento. Superó sus traumas y sus miedos. Una historia conmovedora que se decidió sería premiada…
Sí, en esencia, fue una decisión del Director, aunque por lo que sé ellos estuvieron de acuerdo también. Neku se empeñó en que ella fuera la que regresara a la vida. ¿Te lo puedes creer? Mi querido amigo de los auriculares, el que se cierra a todo el mundo, se hizo a un lado para que reviviera su compañera. Qué tierno – Joshua ronroneó, feliz–. Es un gran síntoma de madurez, sacrificarte por la persona que quieres.
– La persona que Neku quiere… – Riku sintió cómo aquellas palabras pesaban en su boca. Joshua apoyó su cabeza en su mano. Nunca dejaba de sonreír, aquel muchacho. Aquella vez, el maestro de la Llave Espada comprendió que no representaba nada bueno –. La cuota de entrada para este juego… ¿se mantuvo la del anterior?
Su interlocutor negó con la cabeza. No hizo falta decir nada más. Las piezas del rompecabezas encajaban.
No sabía qué había pagado Neku para ganar la primera vez, pero se le había devuelto. Así que para participar una segunda vez, tenía que volver a pagar el precio. "Lo más importante". Si durante esa competición, la joven diseñadora había logrado cambiarle tan profundamente… si le había entregado su corazón…
La cuota de entrada de Neku Sakuraba había sido Misaki Shiki, su compañera.
–No te sabría decir si es amor, pero… Shiki se convirtió en lo que más le importaba. El director lo sabía, y decidió quién debía revivir en consecuencia. Si se me permite, fue una forma muy interesante de no revivir a nadie. Seguro que eso le ahorró problemas. No a nuestro querido colega, para él los problemas salen de entre las rocas. Así que… Si pierde esta vez, lo perderá todo. Su vida, y la de ella. Así que me está presionando bastante para salir victorioso.
Riku se bebió de un trago el resto del café. Tenía buen aroma, y un sabor amargo. Como a él le gustaba. Hanekama sabía prepararlo.
– Eso explica la oscuridad que siento en él.
Joshua parpadeó, perplejo.
– ¿Oscuridad?
– No es muy fuerte, pero la veo. Supongo que es… miedo. Miedo a perderlo todo – Joshua permanecía en silencio, así que Riku sintió que hacía falta añadir una explicación–. El miedo es una emoción muy peligrosa.
Joshua se cruzó de brazos, su habitual sonrisa acompañando mientras comenzaba a balancearse sobre la silla.
– Quien tiene miedo, tomará decisiones apresuradas. Riesgos innecesarios. Todo lo que haga falta para que sus temores no se cumplan – el joven le perforó con la mirada –. Eso quieres decirme, ¿verdad?
– Y si su miedo se hace realidad, le invadirá la ira. Se culpará a sí mismo, o al resto del mundo. Y en último lugar…
Joshua bufó, como si escuchara un sermón al que había asistido demasiadas veces y del que ya no quería saber nada.
– No te preocupes. Neku está bien acompañado. Ya me encargo yo de todo – le guiñó el ojo.
Riku asintió. Joshua era extraño, y no parecía que siempre obrara con las mejores intenciones, pero sabía lo que hacía.
– Todavía no me has comentado qué haces aquí, Riku. No creo que sea para participar en el Juego, ¿o sí? – él negó con la cabeza.
– Estoy buscando una puerta a la oscuridad. Una forma de llegar al Reino de la Oscuridad.
Joshua silbó, impresionado.
– Bueno, dudo que puedas encontrar algo así aquí. Shibuya es una ciudad particular, no te lo niego, pero no está tan cerca de la oscuridad… Aunque bueno… si tuviera que pensar en algo…
– ¿Tienes una pista? Me sirve lo que sea –respondió determinantemente Riku, echando su cuerpo hacia delante.
En la naturaleza, son muchas las criaturas que siguen esta estrategia. Las plantas, para poder esparcir sus semillas, crean dulces frutas que devoran los animales, y que transportan en su estómago. Las flores, con sus vívidos colores, atraen a polinizadores que les ayudan a reproducirse. Con brillantes rojos, los chimpancés hembras se convierten en objeto de deseo de los machos. Mimetizándose con las plantas inofensivas de su entorno, las plantas carnívoras se hacen con insectos que devorar.
En todos los seres vivos existe esa estrategia. Atraer a los incautos, tentarles con lo que desean para sacar provecho de ellos.
– Oh, vaya, se me ha ido… Mira que lo tengo en la punta de la lengua… Aunque si me echas un cable con esto – le mostró su teléfono móvil a Riku. Un mapa de Shibuya con… ¿áreas de calor? –, igual me ayudas a recordar. Me tiene con la cabeza distraída estos días, ¿sabes?, y me cuesta pensar en otras cosas. Si tan solo pudieras quitarme esa preocupación, estoy seguro de que podría recordar lo que necesitas…
Joshua, como buena planta carnívora, acababa de cerrarse sobre la incauta mosca que era Riku.
