Capítulo XI.

"Y de la oscuridad, Ellos vinieron, y encontraron las Almas de los Lores en la llama. Nito, el Primero de los Muertos; la Bruja de Izalith y sus hijas del caos; Gwyn, el Señor de la Luz y sus leales caballeros. Y el furtivo Pigmeo, tan fácilmente olvidado".

- Narradora (Dark Souls)

Lordran, Reino de la luz, Tercer anillo (crepúsculo).

Mientras recorrían aquella tierra doblemente maldita – primero por aquellos que Solaire había llamado "Huecos", y segundo por la amenaza de los sincorazón –, Sora pensaba en lo que les había dicho Solaire. Si tenían dudas, Anor Londo podía ser el lugar donde hallar las respuestas. Una ciudad de dioses... ¿Conocerían ellos a Hércules? No era un dios como tal, pero sí hijo de unos muy importantes. ¿No era su padre rey de los dioses del Olimpo o algo así? Eso le hizo detener su tren de pensamiento. ¿Siquiera se conocerían los dioses de los mundos entre sí? Tal vez no… No, ni tan siquiera ellos podían escapar a las limitaciones de sus mundos. En ese sentido, ellos eran mucho más libres. Qué irónico. Una nave gumi daba más libertad que ser un dios. Por un breve lapso de tiempo, recordó a Jafar, encerrado en una pequeña lámpara. El poder y la libertad eran, sin duda, dos cosas completamente distintas.

No fue un viaje especialmente largo. Fue como les había avanzado el guerrero de la luz solar: al subir por el ascensor, recorrieron el interior de la montaña hasta llegar a una iglesia. Estaba triste y agotada por el paso del tiempo, pero la habían cuidado lo suficiente para que, en comparación con el resto de aquel mundo, pareciera una majestuosa obra de arte.

La ruta fue tranquila, para su sorpresa. No estaba desprovista de enemigos, aquellas criaturas que conocerían con el nombre de "Huecos", pero, al mismo tiempo, los sincorazón aparecían regularmente. Los Huecos, antiguos hombres que habían perdido su voluntad para seguir con vida, aquellos que habían cesado en seguir adelante, no se llevaban bien con los sincorazón. El sentimiento era mutuo. Su corazón había cedido, pero seguía siendo suyo. Los sincorazón trataban de revertir esa situación, y muchas veces acababan siendo ensartados por espadas de acero oxidadas.

Eso les permitía a ellos seguir hacia delante. Sora no tenía ningún problema en enfrentar a cuantos sincorazón encontrara, pero mientras su labor no hiciera falta, era mejor no intervenir. El principio de no interferencia con los mundos era la espina dorsal de su presencia allí, como le recordaba Donald a menudo. No debía pelear – ni tan siquiera contra aquellos invasores del reino de la oscuridad – mientras los nativos fueran capaces de hacerles frente.

De esa manera, recorrieron aquel corto camino en apenas media hora, con sus enemigos entreteniéndose entre sí. Una pequeña iglesia servía como acceso al bosque, y, tal y como Solaire les había advertido, continuaba hacia abajo. Extendiéndose hacia las profundidades de aquel bosque de altísimos árboles.

Bajaron las escaleras, y una sensación de paz inundó sus almas al encontrar una nueva hoguera. Había algo… mágico acerca de aquel fuego.

– ¡¿Quién anda ahí?! – gritó Donald en dirección a la hoguera.

Sora parpadeó un par de veces. Era difícil de distinguir, pero… ¿había alguien sentado? Podía identificar una figura, una persona envuelta en armadura. Tenía un escudo sobre un brazo, y una pesada espada colgaba de su espalda. Un yelmo cubría su cara. Este era distinto al del guerrero de la luz solar: era mucho más redondeado, y dejaba espacio para ser abierto.

– Creo que… no es nadie, Donald – Sora habló por instinto, y se acercó al hombre de la hoguera. La imagen estaba difuminada. Parecía un espectro. Parecía que… no estaba allí.

– ¡Pues para no estar bien me ha asustado! – gruñó, y siguió refunfuñando mientras calentaba sus plumas frente al fuego.

¿Era una visión de alguien que estaba en otro momento del tiempo? Solaire les había explicado que la realidad estaba distorsionada. ¿De eso se trataba? ¿Estaban viendo a alguien de otra época? ¿Cómo de lejos se encontrarían? Sora se sentó a su lado, con curiosidad. ¿Podría aquella persona verlos a ellos?

En cualquier caso, parecía que no estaban solos. Por algún motivo, Sora había asumido que la iglesia tenía dos plantas. Fue por ello que le había sorprendido ver otras escaleras. Podía ver luz proviniendo de ellas, y lo más importante… un ruido repetitivo y metálico. Un martilleo constante, el ruido del hierro contra el hierro. ¿Un herrero? ¿Allí, en mitad de ninguna parte? ¿Por… qué?

– Ajiá, debe ser esa, ¿no, Sora?

Goofy le señalaba hacia la puerta que conectaba la iglesia con el exterior. El camino se convertía en un largo puente que, todavía señoreando sobre una arboleda, conectaba con una fortaleza. Era un edificio vetusto, grande, robusto y feo. Su forma era prácticamente cuadrada, y, en cierto modo, le recordaba a una cárcel. Unas grandes puertas de hierro impedían su acceso, salvo las centrales, que habían sido levantadas. Sora no podía saber que, para atravesarlas, el elegido de los no muertos había tenido que cumplir una antigua profecía, y tocar las dos campanas del despertar. Para él, atravesar puertas cerradas se había convertido en un mero trámite.

– Sí… debe serlo. La Fortaleza de Sen.

– En lo alto, deberíamos encontrar la forma de llegar a Anor Londo, ajiá. Espero que no sea tan difícil como decía Solaire…

– ¡Oh, vamos, Goofy! En peores plazas hemos toreado, ¿no? ¡Vencimos a Ansem y a Xemnas! Podremos con todo lo que nos pongan por delante.

– ¡Aggghhahaghaha! – el inconfundible grito de Donald descarriló la conversación –. ¡Que alguien pare ese ruido!

Con un bote, el mago de la corte abandonó el cálido abrazo de la hoguera, y se arrojó escaleras abajo con la furia de diez titanes. Tanto Sora como Goofy tardaron apenas unos segundos en reaccionar, pero se abalanzaron en persecución de su compañero. Ese no era el plan; el elegido de la Llave Espada habría preferido internarse en la Fortaleza de Sen, y limitarse a seguir las indicaciones de Solaire. Desviarse de su ruta podía ser peligroso. ¿Y si el herrero era malvado? ¿Y si interferían sin darse cuenta con el equilibrio de aquel mundo? Si quería ser más como Riku, si quería ser alguien digno del título de Maestro, debía tomar en consideración aquellas cosas más a menudo.

Cuando llegaron abajo, Sora vio confirmadas sus sospechas. El ruido provenía de un herrero, un hombre musculoso y de cabello cano y largo. Su piel parecía rugosa, como si tuviera un tacto particular. Su frente brillaba por el sudor, y sus músculos resplandecían con la misma intensidad. Eso, por supuesto, no detuvo a Donald, que no conocía la vergüenza. Agitaba furiosamente su bastón, como si pretendiera lanzárselo a la cabeza. Para el que pasara por allí, debía parecer poco amenazante, al menos en comparación con el hombre corpulento, que empuñaba un pesado espadón con el ceño fruncido, como dudando si matar al interlocutor o no.

– ¡Donald, tranquilízate! – Goofy se apresuró a su lado.

– Ah, ¿este es vuestro compañero? – relajó la expresión conforme dejaba en el suelo el arma –. Cuando llegó gritando, pensé que era un Hueco, pero… Ninguno lo sois, ¿verdad? Yo soy Andre de Astora. Si necesitáis un herrero, soy vuestro hombre.

Su voz era rasposa y anciana. Rebosaba confianza, como la sonrisa de dientes amarillentos que les dirigió a continuación. Sora se relajó. Al menos Donald no les había granjeado un enemigo…

– Yo soy Sora. Y ellos son mis amigos, Donald y Goofy.

El herrero les repasó con la mirada mientras retomaba sus herramientas, muy al pesar del mago.

– Sois nuevos por aquí, ¿no?

Ellos se miraron entre sí. Era cierto que desentonaban un poco.

– Supongo que podrías decir eso… – Goofy trató de escurrir el bulto como mejor pudo –. Estamos buscando recelar… – "¡recrear!", corrigió Donald –, ajiá, recrear la leyenda de Sir Artorias.

Andre, que había alzado el martillo para retomar sus golpes sobre el yunque en el que forjaba una espada, paró a mitad. Se rascó la cabeza, pensativo, y suspiró.

– No sois los únicos. Uno de mis mejores clientes se adentró hace un tiempo en el bosque tenebroso para eso. No sé cómo le fue, pero creo que bien. Me compró la llave para la puerta de lo más profundo del bosque, y, aunque le he visto varias veces desde entonces, nunca me ha contado cómo lo fue… Es poco hablador, ¿sabéis? – se encogió de hombros–. Hay clientes y clientes…

El trío se miró entre sí.

– ¿La puerta de lo más profundo del bosque?

El hombre ladeó la cabeza, y, ahora sí, retomó su trabajo.

– Sí, claro. Se dice que la construyeron quienes querían preservar el legado de Artorias. Si sigues el camino, terminarás encontrando su tumba. Y en ella, se dice que está el anillo que el propio Artorias empleaba para poder recorrer el Abismo. Sin él, olvidaros de acercaros a Nuevo Londo.

¿Un anillo? Esa parecía ser la clave para "recrear la leyenda", para encontrar y cruzar el Abismo. En lo más profundo debía estar la puerta a la oscuridad. Ahora bien, si solo había uno… ¿debería ir uno de ellos solo? ¿O podrían Chip y Chop replicarlo? No, ellos eran ingenieros de naves… Unos orfebres… ¿los Moguri? Ahora que lo pensaba, no había visto ninguna de sus tiendas en todo Lordran. ¿Dónde estarían?

– Espera, ¿Nuevo… Londo? ¿Eso es distinto a Anor Londo? – a veces, Goofy era el más perspicaz del grupo. Donald lo miró con sorpresa, y se giró a Andre con actitud inquisitiva.

– ¡Eso! A nosotros nos habían hablado de Anor Londo, no de Nuevo Londo. ¿Qué es eso?

Andre dejó escapar aire por la nariz, y, sin detener el martilleo, explicó:

– Supongo que si venís de lejos es normal que no lo sepáis. Nuevo Londo era una ciudad construida por los dioses, un regalo de Gwyn hacia sus súbditos o algo así. Pero se abandonaron a la oscuridad, y hubieron de sellar e inundar la ciudad. Ahora solo quedan sus ruinas. Sin embargo, se dice que los antiguos cuatro reyes que la gobernaban siguen habitando allí, refugiados en la oscuridad.

"Así que… ¿allí está el Abismo?", esa parecía la conclusión lógica de aquella historia.

– ¿Y dónde se encuentran las ruinas de esa ciudad, de Nuevo Londo?

Andre parecía estar terminando de darle forma a una espada recta, y no desvió la mirada al hablar.

– Hay dos entradas. La que os queda más cerca está en el propio Bosque Tenebroso; en cuanto entréis, desviaros hacia la derecha. Veréis una torre a lo lejos; esa es la señal de que vais bien. En la pared de roca que tenéis que bajar para llegar al camino hacia esa torre encontraréis una gruta con una hoguera y un ascensor. Utilizadlo para bajar al Valle de los Dragones.

El problema de esa puerta es que conecta con una parte inundada de la ciudad. Aunque si mi nariz está en lo cierto, y no se suele equivocar, no tendréis problema en abrirla. Creo que mi cliente la ha vaciado y se ha adentrado a lo más profundo de las ruinas. Es alguien especial, ya os lo digo. Pero bueno, por si acaso os diré dónde está la segunda entrada.

Tendréis que coger el camino contrario. Desde aquí, id hasta la nueva iglesia, la del campanario, y tomad el ascensor hasta el Santuario del Enlace de Fuego. Una vez allí, bajad el torreón donde está la hoguera, siguiendo las escaleras. De esa forma, os adentraréis en las ruinas.

Sora anotaba rápidamente todas esas indicaciones. No quería tener luego problemas recordándolas; ni Donald ni Goofy eran mucho mejores que él reteniendo tanta información.

– ¡Oye! Pues para estar aquí encerrado haciendo armas, bien que te sabes cómo llegar a los sitios – los cumplidos de Donald parecían a veces una reprimenda.

Andre rio alegremente conforme procedía a bañar en agua la espada, emergiendo vapor de su superficie rojo vivo. Repitió el proceso un par de veces. Ahora solo quedaba limpiar y afilar.

– Aparte del que os he mencionado, tengo otros clientes más habladores. Me van contando cosas.

Con eso parecía que tenían toda la información que podían sacar del herrero. Habían descubierto la localización de la puerta más probable al Abismo, así como lo que necesitaban para recorrerlo. El trío se miró entre sí. Lo mejor que podían hacer era seguir avanzando. Si encontraban a un Moguri, ya la preguntarían sí eran capaces de replicar el anillo.

"Eso suponiendo que el anillo siga allí", le dijo Donald con la mirada. Si había ido en su búsqueda el cliente de Andre, igual encontraban la tumba vacía.

"De todas maneras, es nuestra única pista", replicó Sora.

"Ajiá, ¿por qué hablamos de ventiladores?", a Goofy le costaba bastante más eso de comunicarse en silencio.

– Muchas gracias, Andre. ¡Te comentaremos algo en cuanto regresemos!

El herrero volvió a reír alegremente, y los apuntó con la espada recién forjada.

– Oh, ¡vamos! No pensaréis iros sin comprarme algo. ¡Con la de cosas que os he contado! Una espada como esta te sentaría bien, muchacho, y para tu amigo el canino tengo los mejores escudos de todo Lordran. ¿Qué me decís?

El bolsillo de Sora se retorció por la agonía.

[…]

Más armados, y con unos miles de platines menos en sus bolsillos, se adentraron en el Bosque Tenebroso. Vieron el desvío hacia la derecha del que les había hablado Andre, el que permitía ver una torre en la distancia, pero se mantuvieron en la ruta principal, hacia lo más profundo de aquel mar de árboles.

El camino no fue especialmente largo. La puerta de piedra de la que les había hablado Andre estaba más cerca de lo que anticipaban, y era fácilmente reconocible: llamaba la atención en mitad de aquel bosque, y abría paso a unas escaleras que descendían unos pocos peldaños. Encontraron sincorazón; habían poseído a unas extrañas criaturas vegetales – parecían helechos humanoides –, y se escondían entre los árboles antes de abalanzarse sobre ellos. Aunque al principio les tomaron por sorpresa, no eran nada de lo que no se pudieran encargar. Donald y él hicieron uso de su magia de fuego, y los sincorazón cayeron pronto, incapaces de ofrecer resistencia.

Las profundidades del bosque eran una cuestión bien distinta. Allí habían habitado lo que parecían ser un grupo de guerreros dispuestos a hacer frente a cualquier invasor. Los sincorazón debían haber encontrado los recovecos de su corazón, las grietas contenidas en él, y habían hecho su nido en su interior. Lo habían plagado. Lo habían corrompido. Se habían adueñado de él. Con eso, lo que ellos se habían encontrado no eran simples guerreros, sino sincorazón del más alto nivel. Invisibles. Espadachines maestros. Novasombras.

Sostuvieron un combate intenso contra seis sincorazón, dos de cada uno de los anteriores. Aunque les superaban en número, su experiencia era vastamente superior, y supieron sobreponerse. Goofy les protegía de todos los ataques que podía anticipar, Sora se centraba en la ofensiva y Donald los obliteraba desde detrás del escudo de Goofy. Su estrategia se centraba en el poder mágico del pato, así como en la capacidad de Sora de atraer a todo sincorazón con su Llave Espada. Aquellas criaturas se sentían atraídas por su arma. Más bien, por él: por su corazón. Sumado al daño que les provocaba – que no era poco – lograba tenerlos a su merced. Entre sus duros golpes, y varios hechizos de Donald, los sincorazón no duraron más de dos asaltos.

– Ajiá, ¿estáis bien?

Su estrategia solo funcionaba gracias al caballero del corazón de oro, que les protegía mientras tanto. De no ser por él, ambos habrían sido abrumados por la superioridad numérica de sus enemigos. Sora aceptó la botella de agua que Goofy le ofrecía, y bebió largo y tendido. Hacía mucho calor en aquel bosque, y había mucha humedad. No paraba de sudar. "Bueno, eso significa que estoy haciendo ejercicio como toca", pensó optimistamente.

– Gracias, Goof – a veces acortaba su nombre así. Era un apodo cariñoso–. Vamos a descansar en esa caseta de piedra. Parece un lugar seguro – señaló a lo alto de la colina en la que habían estado peleando –. Y además… ¡el último en llegar es un huevo podrido!

Sora echó a correr, para sorpresa de sus compañeros, que le siguieron como diablos en pena.

La carrera no les ayudó a dejar de sudar, pero rieron alegremente al llegar a la meta. A veces sentaba bien despreocuparse, y simplemente pensar en…

– ¿Acaso no es que sois nuevos en el bosque…? Bien hecho en encontrarme, aventureros de otras tierras…

La voz provenía de algo más arriba. Sora se giró. En la ventana de aquella casa de piedra, una construcción semiderruida, había una gata enorme. Enorme no solo por su tamaño – prácticamente medía lo mismo que Donald –, sino por su complexión. El instinto debió alertar a su compañero hechicero, que dio un bote inconscientemente, y se echó hacia atrás, colocando hacia delante sus manos como si pretendiera ganar algo de distancia con el felino.

– Je, je, je – la gata ronroneó –. No habéis de preocuparos, aventureros. Soy una gata pacífica. Mas, satisfaced mi curiosidad si lo tenéis a bien, ¿acaso habéis venido aquí por la tumba de Sir Artorias?

– ¡Sí, exactamente! – esta vez fue Sora quien saltó, aunque por algo más parecido a la alegría –. Queríamos usar su anillo para viajar al Abismo. Estamos buscando la puerta a la oscuridad, para sellarla y acabar con la amenaza de los sincorazón, las criaturas que asolan este bosque.

La gata bufó, meneando la cola violentamente de un lado al otro. ¿Acaso había dicho algo que no debía…?

– Abandonad el pensamiento, jóvenes. La leyenda de Artorias no es sino una elaborada mentira. ¿Atravesar el Abismo…? Poco más que cuentos de hadas. ¡Mirad sino a ese que en esta tierra conocen como elegido entre los no muertos! Aun si pudo tocar las dos campanas del despertar, aun si conquistó Anor Londo, no pudo llegar al Abismo con el anillo que robó de la tumba. Hace poco regresó a devolverlo. A los dioses pongo por testigo que no sé en qué estaría pensando –desvió la mirada hacia el exterior de la casa de piedra, por el camino que todavía tenían por delante. Y entonces, pensó en voz alta –: ¿Acaso creía que así conseguiría el perdón del leal compañero de Artorias? Un ladrón seguirá siendo un ladrón, así son las cosas. La naturaleza del hombre no es tan fácilmente cambiable.

El trío se miró entre sí, confundido. La buena noticia es que parecía que el anillo había regresado al bosque. La mala es que… ¿era inútil? ¿No les serviría? Sora apretó los labios con frustración. Estaban tan cerca…

La gata los miró de reojo. Donald advirtió esa mirada. Parecía… satisfecha de haber sacado esa reacción de Sora.

– Es solo la humilde opinión de esta pobre felina, pero ¿para qué saquear las tumbas de antiguos héroes, si no hay nada que obtener? Solo la desgracia sobre la propia alma de convertirse en un saqueador de tumbas… Decidme, ¿acaso no opináis lo mismo que yo?

Sora, apesadumbrado, asintió. Alvina desvió la mirada hacia Goofy, que miraba tristemente a Sora. Al sentirse observado, asintió enérgicamente. Eso dejaba solo a Donald. Él y la gata intercambiaron miradas. Donald cruzó sus dedos cubiertos de plumas a su espalda, y asintió igualmente. La gata no lo advirtió, y simplemente continuó hablando.

– Qué buenos chicos que sois. Soy Alvina, del Bosque Tenebroso. Antes de que fueran devorados por esos… sincorazón, como los habéis llamado, mi pequeño ser lideraba un clan de cazadores. Nuestra misión fue siempre perseguir a aquellos que osaban profanar las tumbas del bosque. Ahora solo me queda avisar a los aventureros, para que no vengan a arriesgar su vida y su honor a conseguir la nada con la que habían llegado.

Sora miró a sus compañeros. Si la leyenda era mentira, eso significaba que el cliente de Andre, el amigo de Solaire, ese al que conocían como "elegido entre los no muertos", se había dado media vuelta al llegar a las puertas del Abismo. Se había girado, y había regresado a devolver el anillo del héroe. ¿Una forma de enmendar sus errores? ¿De intentar expiar el pecado de robar una tumba? Parecía lógico. Suspiró largamente.

– Gracias por el aviso, Alvina. Si es así… daremos media vuelta. Vamos chicos. Plan original. Tocará ir a Anor Londo a buscar respuestas.

Alvina les dedicó una larga sonrisa, y se limitó a despedirles.

– Tened un buen viaje, jóvenes aventureros. E intentad no volveros huecos… jejejejeje...

Cabizbajo, Sora rehizo el camino hasta la puerta de piedra de doble hoja. No debía dejar que eso le superara… No debía dejar que eso le superara, pero, ¡maldita sea! Parecía que estaban tan cerca, y entonces… Goofy le puso una mano encima del hombro, e intentó animarle.

– Vamos, Sora. ¡Todo irá bien! Ya lo verás. Igual solo con plantarnos frente al Abismo encontramos una pista para localizar la puerta a la oscuridad… ¿vamos a Nuevo Londo igualmente? ¿Tú qué opinas, Donald?

Goofy se había girado para preguntar la opinión de su compañero, y se detuvo al ver su actitud. Miraba hacia atrás y hacia todos lados constantemente, lo que había hecho que se rezagara un poco. Sora se detuvo también. Ambos miraron confundidos al pato, que parecía estar satisfecho con lo que veía. Más bien, con lo que no veía. "Sin rastro de la gata gorda", pensó para sus adentros.

– Chicos, ¡vamos a por el anillo! Parece que si vamos por aquí – señaló el borde de la montaña que separaba aquella área del resto del bosque – podemos cruzar sin pasar por la casa de Alvina.

Efectivamente, aquel camino bordeaba la colina de la casa en ruinas de Alvina. Era una ruta solo un poco más larga. Sora suspiró.

– ¿Estabas escuchando…? Aunque podamos pasar sin que Alvina nos lo intente impedir, el anillo no funciona. Por eso lo ha devuelto.

– ¡No me fío un pelo de esa gata! – protestó Donald, que, al darse cuenta de que había levantado la voz, comenzó a susurrar –: Creo que nos intenta engañar. No me ha dado ninguna confianza, ¡no, señor!

Sora y Goofy se miraron entre sí. ¿Podía… ser?

– Donald… ¿estás seguro de que no dices eso porque es un felino? – Goofy lanzó la idea suavemente, intentando no herir los sentimientos de su compañero. A él no le pareció importar.

– Os digo la verdad. La he visto muy satisfecha cuando nos ha visto decaídos por lo de que el anillo no funciona. ¡Creedme!

Sora se cruzó de brazos. No le apetecía contrariar a Alvina, a él le había parecido sincera, pero… Si había una oportunidad. Una minúscula oportunidad… Si podían simplemente coger el anillo que otros habían dejado allí e intentarlo… Ni tan siquiera haría falta arriesgarse. Solo necesitaban dejar que un Moguri lo examinara. ¿Tal vez en la nave podían contactar con uno?

Bajo la atenta mirada de Donald y Goofy, tomó una decisión.

[...]

Rodeando el bosque, no encontraron mucha oposición. El clan de cazadores del que les había hablado Alvina se había convertido en sincorazón, y estos estaban sufriendo contra unas extrañas criaturas que habitaban entre los árboles. Eran setas humanoides, más grandes que Sora, que de un solo puñetazo destrozaban el interior de los sincorazón. Su Llave Espada brilló un par de veces, liberando los corazones como reacción. Eso aligeraría su carga. El problema de enfrentar a los sincorazón por propia cuenta y sin una Llave Espada era que siempre podían regresar.

Al principio habían tenido dudas de dónde podía encontrarse la tumba de Artorias, pero, bordeando como estaban el bosque, pronto localizaron un puente que daba a una arena devorada por el tiempo y la vegetación. Estaba protegida por una puerta de hierro completamente cerrada. Tal vez era un lugar demasiado evidente, pero eso no les preocupaba demasiado. Dudaban que nadie les tendiera una trampa: los habitantes del bosque seguían ocupados, y los sincorazón tenían mucho por delante si querían derrotar a las setas.

– Nunca volveré a comer champiñones… – murmuró Goofy, visiblemente preocupado, conforme pasaban una de esas setas. Había agarrado dos sincorazón con cada una de sus manos, y los estaba estrangulando. Los corazones fueron liberados cuando, de la fuerza ejercida, sus cuellos cedieron.

El resto de criaturas tenían algo más de problemas. Encontraron grandes felinos, más incluso que Alvina, enfrentando todo tipo de sincorazón. Estos les esquivaban y atacaban desde todo tipo de ángulos, y sus garras raramente encontraban el objetivo. Cuando lo hacían, los sincorazón terminaban desintegrados, pero la superioridad numérica les empezaba a pasar factura. Sora no pudo evitar dirigir un par de hechizos de curación en su ayuda. El principio de mínima intervención estaba bien si los nativos de aquel mundo podían hacer frente a los sincorazón. De lo contrario, era su deber ayudarles.

De esa forma, alcanzaron la puerta de hierro frescos y con toda la energía. Sora dedicó una última mirada a Donald, confiando en que tuviera razón, y empujó las pesadas hojas.

Lo que desde fuera parecía una arena, una vez dentro les recordó más a un jardín. Fluía un riachuelo, y una verde hierba se extendía hasta donde sus ojos podían ver. La principal diferencia con su imagen mental de un jardín residía en que allí no había flores. El suelo estaba cubierto, de un lado a otro, con espadas. También había lanzas, hachas y alabardas, pero la impresión de Sora fue que se encontraba ante un jardín de espadas. Y coronándolo, en el centro, había una tumba… y una espada gigantesca.

"¿La espada de Artorias…?".

No se había imaginado a Artorias como un gigante, pero podía ser. De igual forma que en el Coliseo del Olimpo había titanes, allí podía haber gigantes. No era una idea descabellada.

– ¡Mira, Sora! – Goofy señaló hacia la base de la lápida de piedra.

El brillo de una gema, iluminada por el poco sol que penetraba aquel frondoso bosque, le alertó. ¿Era una gema incrustada en un anillo? ¿Era eso? Sora echó a correr en esa dirección. Donald y Goofy le siguieron. No fueron los únicos que reaccionaron al movimiento del elegido de la Llave Espada.

Una criatura les cortó el paso. A pesar de su tamaño, su movimiento había sido grácil cual gacela y sigiloso como el de una pantera. Sora retrocedió un paso instintivamente. Un gran lobo gris los miraba con ancestral ira, mostrando sus colmillos. "¿Acaso creía que así conseguiría el perdón del leal compañero de Artorias?", había dicho Alvina. En ese momento, nadie le había dado demasiada importancia. Ahora, Sora comprendía la estupidez de sus actos. Claro. Un guardián. Había una última línea de defensa a la que ni los sincorazón se atrevían a enfrentar.

– ¡Hola! Somos Sora, Donald y Goofy… ¡no queremos pelear! Solo utilizar el anillo para llegar al Abismo. ¡Lo devolveremos, lo prometo!

El gran lobo gris se dio media vuelta, encarándose hacia la tumba. Les… ¿había entendido? ¿Comprendía la gravedad de la situación?

– Lo usaremos para libraros de la amenaza de los sincorazón. ¡Tienes mi palabra!

Si era así, si era posible razonar con él, entonces…

El lobo gris agarró la gigantesca espada con los dientes, y los encaró con actitud violenta. A aquella criatura poco le importaba el destino del mundo, la amenaza de los sincorazón o el avance del Abismo. Todo podía acabar entre las llamas del infierno, y él no movería una sola pata. Le daba igual. Su corazón seguía compungido por el dolor de la pérdida.

Artorias, su maestro. Artorias, su amigo. Artorias, su padre. Artorias, el hombre que había cuidado de él desde que fuera un cachorro. Artorias, el hombre que había combatido a su lado. Artorias, el hombre que había sacrificado su escudo para protegerlo del abismo. Artorias, el hombre que había muerto porque Sif había sido demasiado débil.

Por su memoria, por su honor, pelearía contra quien fuera necesario. Un ladrón de tumbas le había herido de gravedad y había saqueado la tumba mientras intentaba dar cumplimiento a su deber. Le había deshonrado y humillado. Y por eso, esa vez… Esa vez nada le impediría pelear hasta la muerte.

Sora comprendió todo esto con la silenciosa mirada de Sif, y apretó los dientes.

– ¡Vamos solo a dejarle inconsciente! ¡Le golpearé con la parte roma de la Llave Espada!

Tal vez fuera cruel para el gran lobo gris, que viviría con humillación, pero era mejor que darle muerte. De eso no tenía ninguna duda. Sora no quería ni tan siquiera combatir contra él. ¿Por qué debía llevarlo a ese extremo? ¿Cómo podía estar dispuesto a renunciar a la vida con tanta facilidad? No podía aceptarlo. No podía dejarlo así.

Pronto advirtió que ese no era su único problema. De alguna forma, había asumido que era él quien debía tener cuidado de no dar muerte al gran lobo gris. En cuanto la criatura blandió la pesada espada, comprendió que su prioridad era otra. Antes de preocuparse en contener sus ataques, debía garantizar su supervivencia.

Se echó hacia atrás con toda la rapidez que le proporcionaron sus piernas. El acero pasó peligrosamente cerca de su cuerpo, cortando incluso las tiras de cuero que formaban una X en su unipieza. El lobo continuó el ataque soltando y volviendo a agarrar la espada, lo que le permitió reiterar el tajo, esta vez en la dirección opuesta. A Sora le sorprendió lo habilidoso que era. ¿Cómo podía darle la vuelta a su arma de esa forma? ¡Si estaba usando la boca!

Goofy se colocó a su lado, alzó el escudo y detuvo el golpe del gran lobo gris a tiempo para proteger a Sora. El impacto casi lo lanza por los aires, pero Donald, previendo ese resultado, lanzó a tiempo un hechizo de Gravedad con el que el defensor logró conservar su posición. Conforme la espada se alejaba, Goofy alzó el escudo, como para crear un soporte. Esa señal era todo lo que necesitaba Sora.

Saltó sobre su compañero, y se apoyó en el escudo para realizar un nuevo salto. Propinó varios golpes a Sif antes de verse obligado a alejarse de nuevos golpes con el espadón de Artorias.

Donald preparó magia de fuego. Apuntó a las patas, donde el daño no sería letal. Infringir quemaduras en el torso o el rostro podía herirlo gravemente; con suerte, si le herían las patas, sería suficiente para agotarlo e impedir que siguiera el combate. El gran lobo gris, sospechando que ese era su objetivo, se abalanzó sobre el mago. Este echó a correr, ganando valiosos segundos que permitieron a Goofy acudir en su protección. Sora decidió apoyarle con una estrategia distinta. Echó a correr hacia la lápida, en cuyo pie seguía brillando el anillo de Artorias.

El lobo espadachín vio al elegido de reojo, y se giró raudo hacia él. Goofy había comenzado a sentir los brazos demasiado pesados, cansados y doloridos por soportar los poderosos golpes, y agradeció que el animal desviara su atención. Sí, era de esperar. Su objetivo era impedir que consiguieran el anillo. Acercarse a él le obligaba a cambiar de objetivo.

El elegido de la Llave Espada no se detuvo a tomar el anillo, sino que saltó a la lápida y echó a correr por su superficie en el eje vertical. Ganó algo de altura y, conforme el lobo lo perseguía, se giró hacia él. Esta vez fue Sora quien conjuró el hechizo Gravedad, poniendo todavía más presión sobre sus patas traseras. Esperaba con eso evitar cualquier nuevo golpe, pero el lobo era más tenaz de lo que esperaba. Mordió la espada por el final de la empuñadura, y estiró el cuello para intentar dar una estocada que acabara con él.

Sora interpuso la Llave Espada, y apretó los dientes conforme el golpe sacudía todo su cuerpo. Empezó a caer por el lado reverso de la lápida. "¡Maldita sea!". No era tan preocupante la caída como el daño que se podía hacer contra las espadas que poblaban aquella pradera. Solo eran las empuñaduras, pero con la altura desde la que caía… el resultado podía ser feo.

Recuperó el equilibrio a tiempo con una acrobacia. Había esperado encontrarse al gran lobo gris de cara, pero de nuevo había sido distraído por Donald, que lo estaba subyugando con una lluvia de fuego.

El elegido frunció el ceño. Empezaba a ver un problema. Aunque intentaban contener los golpes, su oponente estaba aprovechándose de su amabilidad. Ahora saltaba de un lado a otro, en lugar de simplemente correr, para evitar la mayoría de los hechizos de fuego del mago. Cuando estaba en el aire, Donald no se atrevía a golpearlo. Él tampoco quería provocarle la muerte, y el impacto de una poderosa llama en el vientre podría ser fatal. Cuando tocaba el suelo, era solo por unos breves segundos, y en esa pequeña ventana de tiempo era increíblemente difícil acertar.

¿Cómo hacerlo, entonces? ¿Debían confiar en el escudo de Goofy, tal vez? El caballero estaba desbordado solo protegiéndolos a los dos. Donald, además, estaba siendo objetivo constantemente. El gran lobo gris lo debía considerar el enemigo prioritario, por el fuego sobre el que había demostrado tanta maestría. Eso impedía a Goofy pasar a la ofensiva.

Sora lanzó una serie de esferas de fuego contra el lobo. Trató de apuntar a la cola, donde tampoco podía provocar una herida letal. Y lo más importante: eso debía subirlo en la lista de prioridades. Con eso rebajaría la presión sobre Donald, que no tenía tantas formas de protegerse a sí mismo. Mientras no continuara utilizando Piro, el lobo debía dejarlo en paz. Él era un mago negro, se especializaba en hechicería ofensiva, pero podía limitarse a un rol de mago blanco para ese combate. Con curar, su aportación ya era más que suficiente.

El elegido sintió que le recorría un sudor frío conforme veía que el lobo no se giraba hacia él. Continuó sus ataques sobre Goofy y Donald, hasta que el primero finalmente salió despedido. ¿Por qué? Le estaba amenazando con fuego. ¿Por qué no se giraba?

"¿Ha decidido que merece la pena eliminarlos a ellos primero?".

Como se había temido, el lobo gris contaba con su amabilidad. Confiaba en su ingenuidad, en que no eran capaces de arriesgarse a matarlo. Mientras fueran incapaces de herirle con tanta gravedad, él podía seguir luchando. Podía descuidar su defensa, su supervivencia.

La espada del lobo se dirigió a Donald, que levantó el bastón. Esa era su única barrera frente a un espadón que habría empuñado un gigante. ¿Qué podía hacer? ¿Alejar a Donald con Viento? No, el alcance del espadón era demasiado grande. ¿Arrebatarle al lobo la espada con Magneto? No, era un arma demasiado pesada como para moverla completamente, y la fuerza del lobo era muy superior. Confiar en que eso salvaría a Donald era demasiado ingenuo hasta para él.

Un profundo miedo invadió su cuerpo. Iba a perder a su amigo. Los movimientos que siguieron fueron obra de su subconsciente. Alzó la Llave Espada, y dejó que la magia fluyera por ella. Su voluntad, su corazón, conjuró el más poderoso de sus hechizos de rayo. La descarga paralizó al cánido el tiempo suficiente para que Donald se alejara de él.

El animal cayó sobre sus cuatro patas, y trató de incorporarse en varias ocasiones. Lo escucharon gimotear. Lo habían herido… ¿lo suficiente? No parecía que pudiera seguir peleando. Sora se notó temblando. No… no lo había matado. Bien. Cerró los ojos, y trató de tranquilizarse. El combate había terminado bien.

Donald y Goofy regresaron a su lado. El lobo permanecía tumbado; tenazmente, seguía esforzándose por incorporarse, aunque cada vez gruñía al notar que sus patas cedían.

– Vamos, chicos. Cojamos el anillo.

Se acercaron al pie de la lápida. El accesorio era… sencillo. Era un delgado anillo de alguna clase de aleación de oro con algún mineral. Una gema azul, pequeña como un guisante, brillaba en su centro. Se agachó para recogerlo. No parecía gran cosa. ¿Tanto esfuerzo para proteger… eso?

Sora lo vio por el rabillo del ojo. Debía haberlo imaginado. Era el leal compañero de Artorias. Lo había estado sirviendo, incluso tras su muerte, por lo que bien podían ser siglos. Viendo cómo alguien profanaba la tumba de su maestro – ya no temerlo, sino sentirlo grabándose a fuego en sus pupilas –, la ira lo desbordaría. La adrenalina resultante le permitiría ignorar el dolor, e incorporarse.

Se giró a tiempo para advertir la mandíbula abierta del gran lobo gris. Había abandonado la espada, que tal vez era demasiado pesada para su estado actual. Solo necesitaba sus colmillos para darles muerte. Además, tenían la lápida a su espalda. No podía esquivar. ¿Un hechizo? ¿Cuál? ¿Reflejo? ¿Y si el escudo cedía? Aquella criatura tenía una fuerza descomunal. Si el escudo cedía… era el fin.

La imagen de Kairi apareció en su mente. La recordó al lado de la playa, sonriendo mientras hablaba de explorar el mundo más allá del mar. La recordó con la brisa marina haciendo bailar sus mechones de un vibrante color rojo. La recordó con su hermosa sonrisa de dientes blancos.

No quería hacerla triste. No quería perderla.

Sora movió su brazo inconscientemente, e inconscientemente conjuró un nuevo hechizo. Tal vez Reflejo habría sido suficiente. Tal vez. Pero el instinto de supervivencia, el miedo, fueron muy superiores. No podía jugar en el espacio de los "quizás".

Conjuró el más poderoso hechizo de fuego de los que disponía, y la llama arrasó el interior del cuerpo del gran lobo gris. Chocó contra la lápida, desviado en su ataque por el dolor, y comenzó a desvanecerse con la mandíbula todavía abierta.

– ¡Ajiá! ¡Eso ha estado cerca! – Goofy se estaba incorporando, y agarró del brazo a Sora –. ¡Nos has salvado! Gracias, Sora.

Los había abarcado a los tres, con la boca girada. Sí, también estaban en peligro sus amigos. Los había olvidado por un segundo.

Lo había hecho por y para sí mismo. Lo había matado por su propio bien.

– ¡Sora! No le des vueltas… ya está hecho – Donald le miró con compasión –. Ha sido defensa propia. No te preocupes. No te comas la cabeza...

Tomó aire. Estaba temblando. Había arrebatado una vida. Había decidido que su vida valía más que la del lobo. Había preferido su amor por Kairi, el cariño que sentía por ella, a la lealtad eterna del lobo gris hacia su maestro. Había preferido sus sentimientos a los de otra criatura. Ni tan siquiera había pensado en sus amigos.

Había visto el fuego penetrar el esófago del lobo, y había olido por unos pocos segundos la carne prenderse en llamas. Y se había sentido tranquilo. Se había sentido bien viendo que el lobo moría.

"No le des vueltas, Sora. Ellos tienen razón. Ha sido… defensa propia."

Nice shot! You win!

Escucharon unos efusivos aplausos desde lo alto. Un hombre, cubierto en una túnica blanca, aplaudía desde la lápida de Artorias. Parecía un miembro de la Organización XIII, de no ser porque la túnica que usaban aquellos era negra.

El aplauso perdió intensidad lentamente, hasta detenerse.

– Mm… ¿demasiado pronto? Sí, supongo que todavía os estaréis recuperando de casi haber muerto, pero oye, yo me alegraría. Vivir es bueno.

– ¿Quién eres? – Sora blandió su Llave. Todavía notaba temblar su brazo.

– Un portador de buenas noticias, ¡eso soy! – replicó, extendiendo los brazos en actitud teatral –. El anillo sí funciona, a pesar de lo que os decía la gata. El motivo por el que el elegido de los no muertos lo devolvió es porque ya dio muerte a los Cuatro Reyes en el Abismo, y quería buscar la redención.

– ¿Y tú cómo sabes eso? – inquiró Donald.

– Tengo tiempo y es mi trabajo, qué queréis que os diga. Y hablando de, no me puedo quedar mucho aquí. Solo aprovechar para informaros de que vuestro amigo Solaire se ha dirigido a Izalith, el reino de los demonios, donde viven la bruja y sus hijas. Y si le tenéis aprecio, deberíais ir en su búsqueda. El Sol que busca arde demasiado fuerte, y está a punto de reducirlo a cenizas.

Sora tenía demasiadas preguntas. ¿Trabajo? ¿Para quién trabajaba? ¿Cómo conocía a Solaire? ¿A qué se refería con lo de que iba a ser reducido a cenizas? ¿Dónde estaba esa "Izalith" a la que se había dirigido el amigable guerrero de la luz solar?

Antes de que pudiera formular una sola, el hombre de la túnica blanca se desvaneció en el aire. Los dejó solos bajo la tibia luz del Sol, acompañados de todas aquellas preguntas, y soportando en silencio el peso de sus pecados.

Por primera vez en muchas lunas, aquella noche Sif, el gran lobo gris, no aullaría al cielo.

Por primera vez en muchas lunas, su alma podría descansar de su eterna vigía.


DIRECTORIO DE NUEVOS PERSONAJES

Los personajes que no aparecen en la saga de Kingdom Hearts podéis encontrarlos aquí. Están listados por orden de salida en el capítulo.

Andre de Astora

Un herrero de la lejana tierra de Astora.

Forja todo tipo de armas y escudos, y tiene un suministro estable de titanita, el material con el que se refuerzan las armas de Lordran. Conoce bastante bien al Elegido de los no muertos, así como las historias de la zona en la que trabaja.

En un mundo triste, gris y cruel, Andre mantiene una sonrisa para todos sus clientes.

Alvina, guardiana del bosque tenebroso

Un enorme felino de extraordinaria inteligencia.

Alvina pertenece a una raza de grandes gatos con extraordinaria fuerza y magia. Se crio en el Bosque tenebroso antes incluso de que se le conociera por ese nombre, cuando los caballeros de Gwyn todavía recorrían la tierra. Tras la muerte de Artorias, estableció un clan de cazadores que protegieran su memoria. El motivo no era tanto preservar el honor del caballero como impedir que Sif, un viejo amigo suyo, se pusiera en peligro.

Sif, el gran lobo gris

Un lobo de extraordinarias dimensiones.

En Lordran, aquellos que vencen sobre otros reciben sus almas, y acumular almas afecta al estado del cuerpo. La excepción parece que son los dragones y quienes reciben la marca oscura. Sif, en su día un lobo normal, creció como resultado de recibir numerosas almas.

Parece que ser que las consiguió eliminando a todos aquellos que osaron perturbar la tumba de su maestro, Artorias. El mundo probablemente estuviera mejor con su anillo en las manos adecuadas, pero la lealtad hacia el caballero que recorrió el Abismo le impide permanecer impasible mientras alguien profana esa tumba. Es por eso que aprendió a empuñar la espada de su amigo, y que la ha blandido hasta hoy contra todo aquel que se ha acercado a las posesiones de Artorias.