Capítulo XII.

"No importa cuánta fuerza tenga, para enfrentar a un monstruo un hombre tiene que ahogar su humanidad y convertirse en un monstruo aun mayor"

- Schierke, en referencia a Guts (Berserk)

Lordran, Reino de la luz, Tercer anillo (crepúsculo).

En el camino de vuelta, evitaron nuevamente la casa de piedra de Alvina. Ahora que tenían el anillo, no había motivos para fingir; de hecho, lo más probable era que se enterara de todo tarde o temprano. Sin embargo, Sora no se atrevería a mirarla a la cara. Había traicionado su confianza: había robado el anillo, cuando había prometido no saquear la tumba, y había dado muerte al gran lobo gris, al que ella parecía apreciar. Sin importar qué dijeran Donald y Goofy para animarle, cómo pudieran justificar sus actos, él no se sentía capaz de sostenerle la mirada.

Junto a la puerta de piedra de doble hoja, la que se abría con la llave de Andre, la que aquel le había vendido al "elegido de los no muertos", había una hoguera. Allí descansaron, y Sora llamó a la nave gumi. La hoguera parecía funcionar como los muchos círculos de luz que habían conocido; tenía buena cobertura, y con eso el móvil gumi podía dar la orden al piloto automático de la nave.

No necesitaban viajar en ella; la puerta a Nuevo Londo no quedaba demasiado lejos – según las indicaciones de Andre, solo debían deshacer parte del camino, y utilizar un ascensor. Sora la llamó por otro motivo.

– Veamos qué tienen que decirnos… – Goofy resumió los pensamientos de todos en voz alta, conforme Sora depositaba el anillo de Artorias en una cajita.

El ordenador de la nave analizó las propiedades del anillo, y envió un informe a los moguri. Cada detalle sobre peso, forma, materiales, propiedades físicas y mágicas quedó plasmado en ese documento. Enviaron igualmente una petición para duplicar el anillo, hasta tener tres copias, y un depósito de dinero para costear esa replicación. Tardarían algo de tiempo en recibir respuesta, pero en lo que llegaban a la ciudad los moguri podrían procesar toda aquella información y llegar a una conclusión. Con suerte, sería positiva. Con sus esperanzas puestas en aquellas criaturas que comerciaban a lo largo de toda la galaxia, enviaron la nave de vuelta al santuario del enlace de fuego, donde estaría más segura.

Regresar a la bifurcación fue una ruta muy amable. No era sorprendente, teniendo en cuenta que ya habían derrotado a los sincorazón que se escondían entre los árboles a lo largo de aquel camino, pero sí reconfortante. Les dio tiempo para pensar.

Donald le dio vueltas a la extraña situación de aquel mundo. Percibía magia en cada hoguera alrededor de la que se sentaban; no era cosa de los huesos que servían como ceniza, ni tan siquiera de la espada que servía como centro. Era la llama la que alertaba sus sentidos; la cubría, casi imperceptiblemente, un aura divina. Era una capa tan fina que ojos menos avizores lo pasarían por alto, aunque estuvieran versados en el arte de la magia. Por eso, aunque Sora también utilizaba hechizos, era el único que lo había visto. Si sus sospechas eran correctas, esa divinidad significaba también que el fuego tenía un sentido especial en Lordran.

La mente de Goofy no se apartó del estado mental de su amigo Elegido. Podía ser poco perceptivo en muchas ocasiones, incluso lento en alcanzar conclusiones, pero su corazón no se equivocaba. Sabía que aquellos recientes eventos habían sacudido a Sora, y trató de encontrar una forma de levantarle el ánimo. ¡Qué fácil de decir! Podía sentir que una pesada carga ralentizaba a su compañero, que un sentimiento de tristeza se había apoderado de él. No, no solo tristeza. Más bien… decepción en uno mismo. Frustración. Si echaba la vista atrás, ¿alguna vez habían sido incapaces de salvar a alguien? Más allá de los incorpóreos de la Organización XIII, solo podía pensar en Clayton. Sin embargo, la situación había sido dramáticamente distinta. El cazador había utilizado a los sincorazón, y, conducido por la oscuridad, puso en peligro a los gorilas y a Tarzán y sus amigos. El gran lobo gris, en cambio, era un animal que solo quería proteger la memoria de su amo. Se había interpuesto en su camino, pero no era malvado. No era como la Organización XIII. No era como Clayton.

Sora pensó en el hombre encapuchado en blanco, como una forma de distraerse del sentimiento de culpa que Goofy notaba en él. Había aparecido y desaparecido como si se tratara de un fantasma; ni tan siquiera había utilizado corredores de oscuridad. Eso era lo que permitía el abrigo negro que siempre habían asociado a la Organización XIII. Este era distinto. ¿Alguna clase de prototipo? ¿Sería también obra de Xehanort? Si habían resucitado todos, entonces había un sospechoso. Riku le había hablado del sujeto responsable de la creación de las Réplicas, el científico extraordinario de la organización – muerto en el Castillo del Olvido a manos de Lea. Vexen, antiguo nombre: Even. ¿Habrían encontrado otra forma de viajar que no fuera a través de la oscuridad? La alternativa es que fuera alguien sin relación con la Organización. Después de todo, no había intentado detenerlos, ni entorpecer su camino. Ni tan siquiera había llamado sincorazón o incorpóreos. ¿Podía ser… un aliado? Les había hablado de Solaire, y de dónde se encontraba en aquellos momentos. ¿Les estaba ayudando otra organización? No, ni tan siquiera él podía ser tan optimista.

Sumidos los tres en estos pensamientos, alcanzaron el ascensor escondido en una gruta, y se dejaron llevar hasta lo que parecía ser el lugar más profundo de aquella tierra. La luz del Sol apenas llegaba a ese lugar tan profundo; sin embargo, había la suficiente luz para que, una vez se acostumbraron sus ojos, pudieran ver a su alrededor. La torre que custodiaba el ascensor daba paso a una montaña de cadáveres que descendía hasta el borde de un precipicio. Este conectaba, por medio de un estrecho puente, con lo que debían ser las ruinas de Nuevo Londo. Las puertas, como había anticipado Andre, estaban abiertas. Solo había un pequeño obstáculo a superar.

"Eso son… ¿guivernos?".

Los responsables de la montaña de cadáveres paseaban con sus dos patas a un lado y otro de la puerta, husmeando en busca de su próxima presa. Sus cuellos eran largos, y sus membranosas alas se agitaban de vez en cuando, amenazando con echar a volar. Cuando dos se encaraban entre sí, emitían relámpagos de sus fauces. Sora, Donald y Goofy permanecieron escondidos. Enfrentarlos parecía inevitable. Aunque pudieran esquivar a los de aquel lado y correr en dirección a las ruinas, serían emboscados por los de aquella parte del precipicio. La única forma de evitar el combate sería distraerlos. Pero, ¿a tantos?

– Yo digo que salgamos ahí y empecemos a combatir. Los derrotamos, y atravesamos el puente. Cuando esos dragones de dos patas vengan a por nosotros, usamos Gravedad y que saluden al suelo de nuestra parte – Donald los miró a ambos alternativamente, señalando aquello a lo que se refería con su bastón.

Goofy no parecía convencido con la idea de poner fin a las vidas de aquellas criaturas, pero sabía que era su única opción. En aquel mundo, incluso los muertos eran crueles y despiadados. Todos eran sus obstáculos, y debían superarlos.

Por su parte, Sora desvió sus ojos hacia aquellas criaturas. Parecían mucho más animal que el gran lobo gris. No tan inteligentes. No tan… nobles. Y por las heridas de los huesos que tenían enfrente, provocadas por arañazos y mordiscos que bien podían ser de esas criaturas, eran mucho más malvadas. El elegido asintió. No tendría remordimientos esa vez.

"Como con la Organización XIII. Como con los sincorazón y los incorpóreos".

Esas palabras se convirtieron en su mantra. Mientras su Llave Espada atravesaba escamas y destrozaba la carne contenida en su interior, se repitió que aquello era como pelear contra los sincorazón. Mientras la sangre los manchaba a él y a Goofy, se repitió que aquello era como pelear contra los incorpóreos. Mientras los hechizos Electro de Donald los freían, y el olor a carne quemada inundaba sus fosas nasales, se repitió que eso no era distinto a derrotar a los malvados miembros de la Organización XIII que habían secuestrado a Kairi. Cuando sus hechizos de Gravedad rompieron las alas de los guivernos que cruzaban hacia aquel lado, solo quiso pensar en que eso era necesario para proteger a miles de millones de personas. Todo lo hacía por el bien del reino de la luz. Era su deber. Su deber para con todos aquellos que confiaban en él. Su deber para consigo mismo, que se había prometido convertirse en alguien de quien la gente pudiera depender, como Riku.

Donald y Goofy se limpiaron la sangre con naturalidad, y siguieron avanzando por el puente. No pensaron en preguntarle a Sora si se encontraba bien; ni tan siquiera el amable Goofy dio más importancia a aquel encuentro. Su amigo había peleado bien, y su arma no había temblado. Con el gran lobo gris habían entendido de inmediato sus dudas: no era una persona, pero sí un animal consciente, llevado por un objetivo noble. En sus ojos, en los de ambos, eso era señal de que había rechazado darle mayor importancia a dar muerte a aquellas criaturas.

Solo estaban en lo cierto parcialmente.

Ellos eran grandes combatientes en el Reino Disney, y como tales habían tenido una vasta experiencia antes siquiera de que llegaran los sincorazón. Hacía mucho tiempo de la primera vez que habían herido a un ser vivo. Si Sora les hubiera manifestado sus sentimientos encontrados al respecto, habrían recordado las dudas que habían tenido en aquél entonces. Habrían podido ayudarle a superarlo. Sin embargo, a veces era fácil olvidar que Sora tenía dieciséis años. Era joven e impresionable, a diferencia de ellos, que para aquel entonces ya adornaban sus tartas de cumpleaños con un número 3 en las decenas.

Sora echó a correr para no perder de vista a sus amigos. A su espalda, su sombra se alargó algo más de lo habitual.

[...]

A lo largo de sus viajes, Sora había conseguido muchas habilidades. La mayoría de ellas involucraban el uso de alguna clase de magia, ya fuera para planear por el aire, convocar esferas de energía pura o darse un segundo impulso tras saltar. Gracias a ellas, había echado a correr por un rascacielos hasta conquistar su cumbre, había esquivado con facilidad un alud e incluso había dominado el aire para impulsarse hasta lo más alto.

Esa misma movilidad hizo que las ruinas de Nuevo Londo parecieran baladí. Saltó de muralla en muralla, de casa en casa, e inspeccionó cada torreón en su búsqueda por una puerta al Abismo. Descubrió que las ruinas de Nuevo Londo estaban infestadas por caballeros oscuros, unos espadachines que empleaban un escudo de energía roja y que rezumaban oscuridad. No eran muy habladores; cuando les preguntó por indicaciones, ellos se limitaron a desenvainar sus armas. Por tentador que pudiera ser, decidió no enfrentarlos; ellos no gozaban de su capacidad de salto, así que era sencillo alejarse de su alcance.

"¿Tentador?", su propio pensamiento le sorprendió. No se sentía aliviado por no enfrentarse a ellos. Más bien al contrario. Aquellos guerreros eran siervos de la oscuridad. Peor que los guivernos. Mucho peor que el gran lobo gris. "Son prácticamente sincorazón, es solo eso", quiso pensar. Matarlos habría sido un favor para el reino de la Luz. Ellos no desaparecerían aunque cerraran de nuevo la puerta a la oscuridad, y aunque se libraran de Xehanort.

– ¡Sora! Mira esto.

Goofy hablaba asomado a una pequeña torre algo apartada del resto. Donald y él se acercaron. El capitán de la guardia real les señaló el hueco entre las escaleras. Normalmente, desde esa altura deberían poder ver el suelo. Ambos fruncieron el ceño, confusos. Goofy agarró un ladrillo suelto, y lo dejó caer. El elegido y el mago agudizaron el oído, pero ninguno escuchó nada. "¿No hay suelo?".

– ¿No os parece que esto es un pozo de oscuridad?

Donald habló casi sin pensar, pero todos comprendieron en ese momento que se trataba justamente de eso. Eso era el Abismo. Un gran pozo de oscuridad en una torre escondida, sin nada especial que descubriera su importancia al ojo humano. En su interior, ¿encontrarían a aquellos "Cuatro Reyes" de los que había hablado Andre?

– ¡Bien hecho, Goofy!

– ¡Eso! ¡Bien hecho!

Ambos congratularon a su compañero, que se limitó a aceptar los cumplidos al son de un "ajiá". Solo quedaba por comprobar una cuestión. Sora convocó nuevamente la nave gumi a su lado, sirviéndose para ello del regalo más reciente de Chip y Chop, y cruzó los dedos. Si el informe era favorable, si los tres podían tener anillos como el de Artorias, el Abismo no resultaría nada aterrador. Se tendrían los unos a los otros, después de todo.

La nave apareció en lo más alto del cielo. El santuario del enlace de fuego no debía quedar muy lejos. Gracias al piloto automático, descendió suavemente y se internó en la gruta que daba paso a la ciudad en ruinas. Aterrizó en un patio interior que conectaba con la torre.

Sora abrió la compuerta, y revisó la cajita donde había dejado el anillo para su análisis. Solo había uno. No habían recibido nada más. Un fax imprimió un documento. Era un informe breve.

"Mil gracias por contactar con nosotros, kupó", leía. "Por desgracia, la magia que contiene el anillo es de origen divino, y no podemos replicarlo. Lo sentimos, kupó".

Donald suspiró largamente. Goofy se rascó la nuca, tratando de pensar en una alternativa. El joven miró el anillo con una expresión indescifrable, y lentamente se lo ajustó en el anular de su mano izquierda.

– Pueden tomarlo todo. Robarte lo que más te importa. Dejarte solo. Pero si es tu Destino, cada paso que des será un paso de vuelta a casa – reflexionó en voz alta. Sus compañeros le miraron con algo de preocupación –. ¡Tranquilos, chicos! Yo me encargo. La Llave Espada me eligió para estas cosas. Encontraré la puerta a la oscuridad en el interior del Abismo, y rescataré a la Maestra Aqua.

– ¡Es muy peligroso! – protestó Donald –. Yen Sid nos ha enviado juntos para que la rescatemos juntos. No hace falta que lo hagas tú solo.

"¿No confías en mí?".

– Somos un equipo, Sora. Tenemos que buscar otra forma de hacerlo. ¡Igual alguien más atravesó el Abismo además de Artorias! O igual en otro mundo tienen otra solución…

"Con Riku no tendríais estas dudas".

– Es la única forma – sentenció Sora, tajante –. Todos los habitantes de este mundo parecen coincidir. No creo que el amigo de Solaire robara el anillo si hubiera otra manera. Además… – desvió la mirada –. Si resulta que el anillo no era necesario, ¿entonces qué sentido ha tenido…?

Su voz perdió energía hasta convertirse en un tenue murmullo. Eso acalló definitivamente las protestas de Donald y Goofy. Habían estado con Sora desde que aquél tenía catorce años; habían peleado a su lado y lo habían visto en sus horas más bajas y en sus mejores momentos. Sabían que podían contar con él, pero también que no se enfrentaban contra un enemigo cualquiera. Querían estar a su lado precisamente porque confiaban en él; ¡eran amigos! En ese momento, con la sombra de la duda cerniéndose sobre su corazón, él no lo sintió así.

"Deben estar dudando de mí porque soy débil. Porque no me atrevo a hacer daño a las criaturas de la oscuridad que queremos derrotar. Porque no tengo experiencia. Porque no soy como Riku". Siempre le habían dicho que su amabilidad, que su corazón era la fuente de su poder. En ese momento, esas palabras sonaban huecas. Lo dirían por decir, por hacerle sentir bien. La verdad era que no confiaban en él, y que era débil.

"Bueno, tienes razón solo en parte", pensó el hombre del abrigo blanco que los vigilaba en la distancia. "Eres lo bastante débil como para no darte cuenta de que tu corazón está bajo ataque".

Enfrascados en su discusión, ninguno de los tres héroes prestó atención a la serpiente negra que se sumergía en el interior de la sombra de Sora.

[...]

Estación del Despertar.

Normalmente, ninguno de ellos tenía su forma habitual. Allí, en el corazón de Sora, eran poco más que intrusos, unos huéspedes que en muchas ocasiones eran desconocidos para el anfitrión. En consecuencia, solían ser corazones, espíritus amorfos que recorrían aquella estación y trataban de ayudar a aquel que les había acogido. Se habían visto desbordados recientemente por una ola de oscuridad, un torrente enviado por Xehanort para convertirlo en una de sus trece oscuridades. Riku había tenido que salvarlos a todos, así que ahora estaban más pendientes de todo cuanto se adentrara en aquel corazón.

Roxas dirigía las defensas. No era el huésped más antiguo – de hecho, era el más reciente de los tres –, pero tenía el privilegio de ser el único que había recibido el consentimiento del elegido de la Llave Espada. Se había integrado en su corazón después de que terminaran sus vacaciones de verano, y a través de Sora había incluso hablado con Naminé, la joven que todavía rondaba sus pensamientos. Era la incorpóreo de Kairi: ¿puede que aquellos sentimientos fueran solo una marca dejada en su corazón por Sora? Un día normal habría reflexionado sobre ello, o hablado con la mujer sin rostro y con Ventus – los otros dos corazones allí refugiados– sobre cualquier tema.

Aquel no era un día normal. El rubio blandía su Llave Espada en todas las direcciones, haciendo frente a criaturas de oscuridad que trataban de perforar la cristalera del corazón de Sora. Parecían serpientes, aunque con solo un vistazo comprendía que su naturaleza era más propia de un sincorazón. Contenían pensamientos peligrosos; cada vez que derrotaba a una de ellas, un mensaje nublaba su mente. Eran susurros, los murmullos de la oscuridad. "Duda de ellos". "Eres débil". "Nadie te comprende". "Nadie confía en ti". "Eres mejor que ellos".

El corazón de Sora era luminoso como pocos, solo así había logrado dar cobijo a tantos otros. Sin embargo, ni tan siquiera él podía hacer frente a constantes dudas. No importa cómo de resistente sea, toda pared de roca retrocede ante el constante embiste de las olas del mar. Toda montaña se encoge ante los constantes arañazos del viento. Todo corazón se hunde ante el ataque de una oscuridad constante.

[...]

El Abismo, Reino del Crepúsculo.

Con la discusión zanjada, Sora se había dejado caer al pozo de oscuridad de la torre. El anillo de Artorias se iluminó con un brillante azul, una cálida luz que lo cubrió apenas unos segundos. Eso fue suficiente para protegerle de la miasma de oscuridad que componía el Abismo.

Descendió por una oscuridad que parecía infinita, hasta que sus pies tocaron un suelo invisible. ¿O simplemente es que estaba formado por más oscuridad? Solo veía negrura a un lado y al otro. En cierta manera, parecía más tenebroso que el Reino de la Oscuridad. Sin embargo… había una diferencia vital.

"Luz". Se acercó a ella a paso acelerado. Una luz roja. La luz de una llama. Una hoguera. Se detuvo frente a ella, en silencio. Aunque la luz era fácilmente perceptible desde lejos, no había nada iluminado por ella. Todo permanecía entre tinieblas. O, más bien, no había nada que iluminar. No había formaciones rocosas, ni playas, ni tan siquiera una luna. Solo negrura. Por mucha luz que trajera, no había nada que fuera iluminable. Aquel lugar estaba desierto. ¿Devorado por la oscuridad? "Qué tranquilo…", pensó. Tampoco había sincorazón. Eso le relajaba.

Por desgracia, tampoco había rastro de la puerta a la oscuridad. No había una sola cerradura, nada con lo que pudiera interactuar. Se planteó echar a correr por el Abismo hasta encontrar algo que le pudiera servir como pista; con la hoguera como guía, siempre podía regresar a ese punto. En el momento en que se había decidido a seguir ese curso de acción, descubrió que en realidad no estaba solo.

Parpadeó un par de veces. No lo había visto aparecer, a pesar de su extraordinario tamaño. Era una colosal serpiente cuyo cuerpo parecía fundirse con las tinieblas que componían el suelo. No podía ver su final; de hecho, ¿podía estar siquiera seguro de que se trataba de una serpiente? Podía ser un reptil, si tenía patas. En cualquier caso, estaba seguro que debía ser alguna clase de abominación: le saludó con la dentadura de un humano, y con una suerte de bigote de carne pesado que colgaba alrededor de su boca abierta. Sus ojos eran grandes y saltones, y sus iris sorprendían por su brillante rojo.

– Encantado de conoceros, guerrero humano. Soy la Serpiente Primigenia Kaathe, el Asediador. Puedo iluminaros, y guiaros hacia la verdad. Guerrero humano, vos que habéis conquistado el Abismo y alcanzado estas profundidades, ¿no es ese vuestro deseo? ¿Conocer la verdad de los hombres de este mundo?

Sora parpadeó un par de veces. Había identificado que se trataba de alguien de fuera de aquel mundo. Eso no era bueno. Apretó los labios, pensando en una forma de atacar esa conclusión. La serpiente rio.

– Es algo elemental, amigo humano. No tenéis en vos la Marca Oscura de los no muertos, ni puedo oler en vos el pedazo del Alma Oscura del Furtivo Pigmeo. Es imposible que seáis un hombre de este mundo, y puedo ver que tampoco sois un dios.

– ¿Alma Oscura?

Kaathe asintió solemnemente, sonriendo para sus adentros.

– Sois alguien excepcional, si con vuestra única vida humana habéis logrado adentraros el Abismo. La verdad compartiré con vos, sin reserva alguna.

Con la avenida del fuego, el mundo gris de los eternos dragones de piedra se iluminó. En el fuego, los antiguos señores encontraron tres almas. Hablo por supuesto del señor Gwyn, el señor de la luz, domador de relámpagos y padre de los dioses; la bruja de Izalith – ¿dónde había escuchado ese nombre…? – , y madre de los demonios, y Nito, el señor de los muertos. Pero el progenitor de los humanos encontró una cuarta, única alma.

El Alma Oscura (the Dark Soul). El ancestro de los humanos reclamó el Alma Oscura y esperó a que el fuego se apagara. Y pronto, las llamas se apagaron, y solo quedó Oscuridad. Así comenzó la era de los hombres, la era oscura, en que ellos gobernarían sobre el mundo.

Y sin embargo… el Señor Gwyn tembló ante la Oscuridad. Aferrándose a su edad del fuego, y temiendo a los humanos, así como al Señor Oscuro que algún día nacería entre ellos, el Señor Gwyn resistió el curso de la naturaleza. Se sacrificó a sí mismo para enlazar el fuego, y ordenó a sus hijos que pastorearan sobre los humanos, como si de ganado se trataran. El Señor Gwyn pretende evitar el advenimiento de la humanidad, y que los dioses mantengan el control sobre este mundo.

Por favor, joven humano, ayudad a este mundo. Su naturaleza es una oscura, pero ese dios moribundo ha dado cobijo al Fuego y resistido el curso de los acontecimientos. Ayudad al elegido de los no muertos a convertirse en el Cuarto Señor, y dar comienzo a la era de los hombres.

Sora lo miró estupefacto. ¿Qué podía decir? Él solo buscaba la puerta a la oscuridad, y las palabras de aquella serpiente… No sentía que pudiera confiar en ellas. ¿La era de la oscuridad? ¿Cómo podía ayudar a dar lugar a algo así? Se cruzó de brazos. Pero la Serpiente necesitaba su ayuda, así que… él tenía la sartén por el mango.

– Digamos que decido ayudarte. ¿Qué gano a cambio?

Kaathe recogió su lengua y cerró su enorme boca. Meditó unos segundos su respuesta.

– Habéis venido a esta tierra oscura en búsqueda de algo… quizá pueda ayudaros a encontrarlo.

– Busco una puerta. Una puerta hacia el Reino de la Oscuridad.

La Serpiente Primigenia asintió gravemente. Se giró ciento ochenta grados, y le señaló con la nariz hacia la oscuridad más profunda.

– Vuestra puerta se halla en lo más profundo del Abismo, joven humano. El Abismo es la oscuridad, y en ella encontraréis la forma de llegar a esa más profunda oscuridad que buscáis.

Sora cerró los ojos un par de segundos. Qué conveniente… ¿Le estaba engañando? Tal vez la serpiente intentaba engatusarlo, y en realidad no sabía nada de la puerta. Le daba mala espina. Parecía capaz de hacer algo así.

– Ah, ¿sí? ¿La has visto?

– Con mis propios ojos, joven humano. Siempre me causó curiosidad, pero no tenía forma de abrirla.

– ¿Y cómo es?

Su forma no era fácil de olvidar. La majestuosidad que emanaba era grandiosa, y su luz era brillante como pocas. Sí, era cierto que la puerta a Kingdom Hearts era la puerta a la oscuridad; sin embargo, también era cierto que en lo más profundo de esa oscuridad, residía una brillante luz. Si de verdad la había visto, debía ser capaz de recordar su aspecto.

Kaathe se giró lentamente.

– La puerta a la oscuridad es grande. Más que yo. Sus puertas y su marco son del blanco más puro. Irónico, ¿no es cierto? – rio, como si se tratara de una broma –. Una vidriera de colores la adorna en lo alto, y dos barras de oro sirven para empujar sus hojas y abrirla.

La descripción encajaba. Sora agachó la mirada. De verdad estaba a un paso de alcanzar la puerta a la oscuridad. Tenía que avisar al resto. Riku, Kairi, Mickey… debían ir todos. De esa manera lograrían encontrar a Aqua, y salvarla. De esa manera, podrían enfrentar a Xehanort y…

– Pero os urjo que os deis prisa. El elegido de los no muertos ha sido engañado por Fraampt, una Serpiente Primigenia que entabló amistad con el Señor Gwyn, y pretende sacrificar su vida para enlazar el fuego. Necesitáis convencerle de que no lo haga.

Sora frunció el ceño instintivamente.

–¿Por qué tanta prisa? Además, ahora que sé dónde está la puerta, no te necesito ayudar, ¿no crees? – dejó escapar su sonrisa más traviesa.

Pero Kaathe mantuvo un semblante tan serio – no herido, ni engañado, ni tan siquiera sorprendido: sino serio, como si el asunto fuera verdaderamente preocupante para ambos – que su sonrisa se desdibujó lentamente.

– Os acercaré a la puerta si es vuestro deseo, pero no podréis abrirla. Nadie puede. La luz del Señor Gwyn la mantiene cautiva, igual que mantiene cautiva la era del hombre.

El elegido de la Llave Espada lo miró con escepticismo. "Para eso precisamente está mi Llave", pensó, pero unos segundos de reflexión le ayudaron a verlo con otra perspectiva. No, la puerta a la oscuridad no necesitaba solo una Llave Espada. De ser así, Xehanort la habría abierto de par en par hace mucho tiempo. Necesitaban las siete luces, los corazones de las siete princesas de la luz. Así había sido con la anterior puerta. ¿Y si esta era diferente?

"Hay tanto que aprender, y tú sabes tan poco…" le había dicho Xehanort una vez, por boca del sincorazón que habían conocido como Ansem.

– De acuerdo, llévame ante la puerta.

[…]

Lordran, Reino de la luz, Tercer anillo (crepúsculo).

Sora se reencontró con Donald y Goofy en las ruinas de Nuevo Londo, en el patio que daba a la torre que escondía la puerta al Abismo. Los saludó forzando una sonrisa. No se sentía con ánimos de sonreír, pero pensó que lo mejor era no preocuparlos.

Kaathe le había devuelto desde el Abismo – su forma de transportarlo era escondiéndolo en su boca, lo cual le había preocupado la primera vez, hasta descubrir que era sorprendentemente cómoda – después de inspeccionar la puerta a la oscuridad. Lo había comprendido incluso antes de alcanzarla. Unas poderosas llamas la mantenían firmemente cerrada; ataban las barras de oro, sellaban la cerradura y, como cadenas, rodeaban la puerta para impedir su apertura.

– Esa es la maldición que el Señor Gwyn puso sobre este mundo, joven humano. Su era del fuego siempre impedirá el advenimiento de la humanidad, hasta que un descendiente del Furtivo Pigmeo reclame el trono del Señor Oscuro.

¿Era eso lo que debía hacer? Su mente se retorcía ante la idea. Kaathe lo había devuelto a tierra firme prometiéndole que esa era la mejor solución; era el curso de la naturaleza, Lordran estaba destinado a una era de oscuridad. Eso no le gustaba un solo pelo. La edad del fuego… debía ser mejor, ¿no?

El debate interno debió reflejarse en su rostro, porque Donald y Goofy le miraron con preocupación.

– ¿Sora…?

– La puerta a la oscuridad está ahí abajo, pero no podemos abrirla.

"Y para hacerlo debemos abandonar este mundo a la oscuridad, y sacrificarlo, como hemos sacrificado al gran lobo gris".

– Bueno, ¡no te preocupes! – Goofy sonrió –. Donald y yo hemos pensado en que podía ocurrir algo así. ¡Y tenemos una solución!

Sora los miró alternativamente. Donald también sonrió.

– ¡Claro! Recuerda lo que dijo Solaire. Cuando tengas dudas, ¡visita Anor Londo! Solo tenemos que adentrarnos en el reino del Señor Gwyn, ¡y encontraremos la solución!

Anor Londo era el hogar de Gwyn. O lo había sido, hasta que se había sacrificado para extender la edad del fuego. Tal vez… tal vez allí podía conocer una versión distinta de la historia. Una alternativa. Sí. Sus preocupaciones se disiparon por el momento.

En su corazón, Roxas suspiró aliviado; las serpientes oscuras empezaron a remitir.

– ¡Eso es! ¡Vamos a Anor Londo entonces, chicos!

[…]

El camino a Anor Londo fue largo y tortuoso, aunque el principio se presentó sencillo – solo tuvieron que deshacer lo andado hasta reencontrarse con Andre, que se alegró mucho de verlos con vida. Hablaron con él largo y tendido sobre las ruinas de Nuevo Londo, y el anciano herrero, que pasaba sus horas en soledad, les devolvió el favor contándoles qué había escuchado sobre Anor Londo. Era la ciudad de los dioses, y en ella habitaban caballeros que habían peleado en tiempos inmemoriales contra terribles dragones de piedra que buscaban impedir el advenimiento de la edad del fuego. Se decía que muchos dioses habían abandonado la ciudad, pero que todavía vivía allí la primogénita de Gwyn.

A Sora le entusiasmó la idea. Eso significaba que podría preguntarle a fondo sobre la naturaleza de aquel mundo, y sobre la llama que impedía atravesar la puerta a la oscuridad. Donald y Goofy se miraron entre sí, alcanzando a la vez conclusiones muy distintas sobre por qué Sora estaba animado por la idea de conocer a aquella princesa.

– Sora, no puedes hacer eso, Kairi se pondrá triste…

– Sí, aunque seas joven y estés en esa edad, deberías pensar solo en una chica a la vez…

– ¡Ah, callaos! – protestó Sora, enrojecido por la vergüenza de que la conversación hubiera derivado en esos derroteros. No les había contado sobre Kaathe, así que tampoco podía explicarles cuáles eran sus dudas –. ¡Vámonos a la Fortaleza! ¡Va, vamos!

Dejaron a Andre atrás, y entonces comenzó el infierno. La Fortaleza de Sen era un reto incluso para aventureros experimentados como ellos. Había trampas por doquier, y numerosas criaturas esperaban cualquier oportunidad para emboscarles. Hombres con cabeza de serpiente, armados con cimitarra y escudo; mujeres de idéntica especie, lanzando hechizos de relámpagos, y caballeros huecos apostados en las peores esquinas. Mientras evitaban a todos ellos, hicieron frente a baldosas que, al pisarlas, lanzaban dardos en su dirección; esquivaron guadañas colgantes, e incluso hubieron de encontrar la forma de no ser arrollados por rocas completamente esféricas que lanzaban en su dirección.

Con todo, conquistaron lo más alto de la Fortaleza, no sin algún susto, y se pararon en lo más alto sujetando con fuerza el emblema que les había otorgado Solaire. "Si llegáis a lo alto, y mostráis este emblema dorado, unas arpías os llevarán a la ciudad", les había dicho.

El guerrero de la luz solar había sido fiel a la verdad. Un trío de arpías, completamente desnudas, surgió de entre las nubes. No eran hermosas bajo ningún estándar: sus cuerpos eran rosados, como la piel de un bebé, pero arrugada y dura como la corteza de un árbol. No tenían genitales, y podían ver marcadas sus costillas de lo delgadas que estaban. Su cabeza, calva, estaba llena de arrugas, como si apenas hubiera distancia entre la piel y el cerebro.

Las arpías, volando con sus alas membranosas, los agarraron a los tres y, sin mediar palabra, los llevaron a lo más alto. Las interpelaron en numerosas ocasiones, pero no recibieron respuesta. Si podían entenderles, fingieron que no sabían responder.

Los dejaron caer suavemente en lo que solo podía ser Anor Londo. La ciudad de los dioses era tan grandiosa como se la habían imaginado. El sol se ponía en la distancia, reflejando su esplendor en los dorados edificios. Estos se erigían como gigantes, como si hubieran de dar cabida a cientos de criaturas de tal tamaño. Sora no sabía mucho sobre arquitectura, pero aun así podía apreciar les hermosamente esculpidas columnas, las bóvedas en el interior de los grandes edificios y los ventanales representando las leyendas de ancestrales guerreros. Una de esas vidrieras le punzó el corazón. Estaba especialmente bien cuidada, como si alguien la limpiara a menudo. Las figuras representadas relucían así con luz propia. Él desvió la mirada tan pronto los reconoció. No necesitaba recordar sus pecados en ese momento.

No era el único con el rostro compungido. Al desviar la mirada, notó que Donald fruncía el ceño, en una mezcla entre tristeza y preocupación.

– Ey, ¿todo bien? – se agachó para ponerse a su altura.

El pato se sobresaltó, aunque tardó solo unos segundos en recomponerse.

– ¡Sí, sí! ¡No es nada! Veamos qué hay más allá. ¡A por el Señor Gwyn!

– ¡A por él! – le siguió Goofy, lanzando igualmente un grito de alegría.

El joven isleño suspiró, pero jamás negaría que en ese momento, esa estupidez le alivió el corazón. Había estado cargando con demasiadas cosas últimamente. "Debería hablar con ellos", pensó. "Son mis amigos. Uno para todos, y todos para uno, ¿no?", así lo habrían dicho ellos mismos cuando eran mosqueteros. Se forzó a sonreír. Todo saldría bien. Solo necesitaba creer en ello.

Anor Londo era un lugar mucho más pacífico que la Fortaleza de Sen, sobre eso no cabía ninguna duda. Recorrieron el puente que separaba el edificio en el que les habían dejado las arpías con la gran catedral que señoreaba sobre la ciudad. Gwyn debía haber sido un dios entre dioses, para tener un templo dedicado a sí mismo en una ciudad de dioses. Sobre lo primero solo podían especular, pero lo segundo era patente conforme avanzaban por aquella tierra dorada. Los grabados en honor al señor de la luz se extendían por doquier, y sus fieles caballeros de plata –así se los había presentado Andre cuando se detuvieron a hablar con él– custodiaban el templo frente a los huecos.

"Frente a los hijos de la oscuridad", susurró la voz de Kaathe en su cabeza. "Frente a los humanos de este mundo".

En lo más profundo del templo, hallaron lo que debía ser la estancia de las misas, la principal sala para llevar a cabo cualesquiera que fueran los ritos que practicaran en Lordran. Solo que, en su lugar, lo que vieron en su interior fue a un enorme caballero armado con una pesada maza. No, la palabra "grande" se le quedaba corta. Medía unos cuatro o cinco metros, como un gigante, y era corpulento como un luchador de sumo. Sora había visto grabados de aquel hombre a lo largo de Anor Londo. Su nombre saltó inmediatamente en su cabeza. "Smough, el Verdugo". El hombre con el que el señor de la luz había intentado suplir la vacante que Artorias había dejado entre sus caballeros.

De lo alto de la sala, de un segundo piso desde el que se podía señorear a todos los que llegaran a la misa, fueran hombres o dioses, saltó un segundo guerrero. Este era más pequeño en tamaño, pero su armadura, formada por escamas de oro, era inconfundible. Su yelmo, con la forma de un león y adornado con una perna roja, aparecía en numerosas ocasiones en los grabados. "El capitán de los caballeros de Gwyn… Ornstein, el Cazador de Dragones". Su lanza siempre aparecía perforando dragones, acompañados de los relámpagos por los que el señor de la luz había sido conocido.

Ambos prepararon sus armas. Sora y Goofy adoptaron también postura de combate. Ninguno se había mentalizado de un combate así tan pronto. Y además, contra dos caballeros del nivel de Artorias. "¿Acaso piensan que somos malvados? ¿Es porque somos humanos, y no dioses?".

– ¡Antimagia!

Casi con voz triste, Donald fue el primero en actuar. El conjuro se expandió por aquella sala. Ornstein y Smough quedaron paralizados por su influjo, y desaparecieron entre jirones de niebla. Poco más que polvo en el aire.

– ¿Donald…?

Él suspiró.

– Seguidme. No creo que nos vaya a gustar, pero… Vamos a ver si… – y comenzó a gruñir entre murmullos.

– ¡Espera! Eso no explica nada… ¿por qué esos dos caballeros han desaparecido? ¿Qué significa esto?

Sora y Goofy le siguieron hasta el final de la sala, donde una plataforma servía de ascensor para la segunda planta.

– Así que veíais a dos caballeros, ¿eh…? – Donald le miró –. Sora, mientras estabas en el reino de los sueños, los demás estuvimos entrenando. Yen Sid me ayudó a distinguir mejor las ilusiones. No quería que nadie nos pudiera engañar, como le pasó aquella vez a Bestia en Vergel Radiante, ¿recuerdas?

Riku – ¿o para entonces su corazón ya había sido dominado por Ansem? – había utilizado a los sincorazón aquella vez para que Bestia creyera ver a Bella, solo para arrebatársela frente a sus ojos. De esa forma había intentado que él peleara solo contra él.

– A Yen Sid se le da bien todo tipo de magia. La ilusoria también. Y con su entrenamiento, mis ojos se han acostumbrado a percibir la magia que proyectan las ilusiones.

La plataforma los dejó en ese momento en la segunda planta. Goofy desvió la mirada hacia la estancia que acababan de abandonar.

– Quieres decir… ¿esos dos eran ilusiones?

Donald había echado a caminar sin detenerse, a pesar de la pregunta. Sora echó a correr para alcanzarle. Ya estaba abriendo la puerta a la última habitación.

Una hermosa mujer estaba tumbada sobre una cama, protegida de la luz gracias a un dosel. Era gigantesca: superaba por mucho a Ornstein, aunque sin llegar al tamaño descomunal de otras criaturas que Sora había conocido – no era un titán, ni mucho menos, pero aun así se sorprendió. Iba cubierta de ropa, con una delicada tela blanca que sin embargo fracasaba en ocultar completamente sus pechos.

"Por todos los cielos, quepo en cada uno de esos", Sora casi se asustó ante ese pensamiento.

– Oh, grata sorpresa veros, viajeros que gozáis de no pertenecer a la casta de los no muertos. Soy Gwynevere, Hija del Señor Gwyn, y princesa de la luz solar.

Su sonrisa angelical paralizó al elegido de la Llave Espada por completo, pero pronto comprendió qué había estado rondando a Donald desde el momento en que habían puesto un pie en Anor Londo. Desvió la mirada de la diosa hacia su amigo, y notó por su pico cerrado y los suaves temblores que sacudían su cuerpo que temía lo que iba a ocurrir. ¿Por qué esa reacción? Su corazón se encogió conforme las ideas encajaban en su cabeza.

Al gran mago de la corte del Rey Mickey, poco le importaba qué ocurriera en aquel mundo. Lo que importaba era no interferir con aquel mundo, no cuál fuera su naturaleza. Mientras lo salvaran de los sincorazón, él estaría satisfecho. Pero desde que habían llegado a aquella tierra, Sora había demostrado lo vulnerable que podía llegar a ser mentalmente. Sí, comprendió que su amigo solo estaba preocupado por cómo podía reaccionar.

– Donald, no te preocupes por mí. Hazlo.

El pato dio un respingo, y suspiró. Él sintió que su corazón se rompía en pedazos. Era tan débil que hacía sufrir a sus amigos. Era tan débil que otros tenían que preocuparse por él, cuando él ni siquiera intuía el problema. Las dudas de su corazón plagaban al resto, y los atormentaba. "¿Por qué me he convertido en un fracaso…?".

– Antimagia…

Gwynevere desapareció, junto a la luz del Sol poniente. La noche se puso sobre Anor Londo; a través de los ventanales de aquella habitación, pudieron ver cómo su brillo dorado dejaba paso a un frío azul, a la luz de una ciudad abandonada. Muchas de las criaturas que habían visto desaparecían como Ornstein y Smough, dejándose arrastrar por la brisa de la noche.

Incluso la ciudad era una ilusión. "¿Puesta por quién?". Sintió que su estómago se revolvía de ira. ¿Quién estaba engañando a todos los habitantes de Lordran? ¿Quién les daba falsas esperanzas? ¿Quién alimentaba sus sueños de sentirse seguros y protegidos, solo para esconderles que estaban solos ante la intemperie?

Solo una cosa parecía cierta. Fuera quien fuera, había sido obra de un dios; solo ellos podían utilizar magia a tan gran escala, y solo ellos habitaban esa ciudad. Donald parecía compartir esa conclusión. Sora apretó el puño.

Eran los dioses quienes habían abandonado Lordran a su suerte, ahora que Gwyn no estaba entre ellos. Y sin embargo, enviaban a un pobre humano a morir por ellos, a sacrificarse cuando ellos no tenían el valor de hacerlo.

Abandonaron Anor Londo sin echar la vista atrás.

Tal vez, solo tal vez, Kaathe tenía razón.


DIRECTORIO DE NUEVOS PERSONAJES

Los personajes que no aparecen en la saga de Kingdom Hearts podéis encontrarlos aquí. Están listados por orden de salida en el capítulo.

Kaathe, el Asediador.

Una de las Serpientes Primigenias. Autoproclamada aliada de la humanidad, y enemiga del Señor Gwyn y la edad del fuego. Reside en el Abismo.

Quiere que el elegido de los no muertos se convierta en el Señor Oscuro, el digno heredero del Alma Oscura del furtivo pigmeo, tan fácilmente olvidado. Pero sabe que Frampt el Buscarreyes, amigo de Gwyn, lo ha convencido para sacrificarse y enlazar el fuego, y quiere que Sora le haga cambiar de opinión.

Ornstein y Smough.

Dos guerreros de los caballeros de Gwyn.

Ornstein el Cazadragones era el primero de los caballeros. Sin embargo, se dice que abandonó Anor Londo en favor del que otrora fuera su señor, un hijo de Gwyn que otrora fue un dios de la guerra.

Smough el Verdugo fue un intento de suplir la vacante de Artorias. No obstante, se le recuerdan varios crímenes – entre ellos el canibalismo –de su época como verdugo, y se dice que su nombramiento no gustó entre los caballeros.

En este fic se acoge la teoría no oficial de que ninguno de ellos estaba realmente en Anor Londo, sino que todo forma parte de las ilusiones del único dios que permanece en la ciudad.

Gwynevere, princesa de la luz solar.

La primogénita de Gwyn, apreciada por todos como un símbolo de recompensa y fertilidad. Junto a muchas otras deidades, la Princesa de la Luz Solar abandonó Anor Londo.

Sin ella, Anor Londo se sumió en lo que pretendía ser una noche eterna, por lo que alguien la recreó desde sus memorias, como una forma de proteger la memoria de la ciudad, y engañar a los no muertos que pasaran por allí.