Capítulo XIII.

"El 7 es perfecto, y afortunado, y luminoso.

El 13 es discordante, desafortunado: un infortunio".

- Maestro de Maestros (Kingdom Hearts Union X)

Lordran, Reino de la luz, Tercer anillo (crepúsculo).

Solaire les había dicho que en Anor Londo encontrarían respuestas. Sin embargo, en la ciudad de los dioses solo habían encontrado preguntas, dudas e incertezas. Ni tan siquiera salían de allí con una dirección clara; volver con Andre era lo más parecido a regresar a un punto de inicio, así que comenzaron a deshacer lo andado. Entre tanto, Sora aprovechó para ordenar la información de la que disponían.

Aquel mundo estaba gobernado por los dioses. Hasta donde sabían, los dioses eran una especie más en aquella tierra. Convivían con demonios, no-muertos y humanos – los cuales podían convertirse en no-muertos ante determinadas circunstancias. Todas estas especies eran hijas de alguno de los señores que habían encontrado las grandes almas en el fuego. Gwyn era el padre de los dioses; la bruja de Izalith, Nito y el furtivo pigmeo del resto, respectivamente. Los dioses se habían impuesto sobre los humanos, que en aquella tierra tenían una relación más estrecha con la oscuridad.

Gwyn había creado algo llamado la "edad del fuego". Aunque Lordran tendía a la oscuridad, al estar ubicado tan cerca del crepúsculo, la edad del fuego de Gwyn lo mantenía en la luz. Eso era… bueno. Pero el fuego, como ocurre al encender una antorcha, una hoguera o simplemente una vela, se agota. Ningún fuego vive para siempre; al menos sin combustible. Gwyn se había convertido en combustible para el fuego, y de esa manera había evitado que el mundo se sumiera en la oscuridad. Eso era lo que le impedía abrir la puerta a la oscuridad. Eran las cadenas que él había visto, y sobre las que Kaathe le había hablado.

Mientras estuviera cerrada, nadie podría llegar al reino de la oscuridad por medios convencionales. Su otra alternativa era dejar que alguien se sumiera en la oscuridad para ser capaz de abrir un portal; un sacrificio que no estaba dispuesto a soportar.

Para abrir la puerta, solo tenían que dejar que el fuego se apagara. Salvarían a Aqua, y de esa forma podrían pararle los pies a Xehanort. Salvarían muchas vidas. No obstante, eso significaba permitir que Lordran se integrara con la oscuridad. Pero, si ese era su devenir natural, ¿tal vez era algo bueno? Los dioses habían abandonado a los humanos. Quizás incluso habían muerto. Solo ellos ansiaban la luz y el fuego. Si el resto de la humanidad podía vivir felizmente en oscuridad… ¿ese era su destino? ¿Continuar a la deriva hasta integrarse en el reino que había al otro lado de la puerta?

Con su teléfono gumi, convocaron a la nave en cuanto salieron del templo. Lo mejor era llamar al maestro Yen Sid y pedir instrucciones. Esa decisión, pensó, no podía tomarla él solo. Marcó el número. Nadie respondió; no porque saltara el buzón, o porque alguien colgara la llamada. La señal no conectó. Durante el viaje había tenido problemas con la cobertura, pero había esperado que funcionara al llegar a un mundo. ¿Tal vez el maestro había dejado su teléfono apagado o en algún lugar sin cobertura…? Intentó llamar a Kairi. Sin señal. ¿Riku? Sin señal. ¿El rey? Sin señal. ¿El Castillo Disney? Sin señal.

O todos se habían puesto de acuerdo para quedarse incomunicados, o el problema lo tenía él.

– ¿Estamos seguros de que la antena funciona? – preguntó a los demás, que no supieron darle una respuesta.

Según les habían explicado, su nave gumi incorporaba una antena que servía para emitir y recibir la señal del teléfono. La manera exacta en la que funcionaba escapaba a su comprensión – había dejado el colegio a los catorce años, cuando las Islas se habían sumido en la oscuridad –, pero el adolescente tenía la impresión de que ahí podía estar la fuente de sus problemas. Abrieron cada compartimento que encontraron, pero, sencillamente, no supieron identificar qué podía ser la antena en cuestión.

Por supuesto, aunque sus ojos se encontraron con un dispositivo ajeno a la tecnología gumi; aunque los tres vieron en distintos momentos el aparato que interfería con la antena y bloqueaba su señal, tampoco supieron identificarlo. Ninguno de ellos era ingeniero, mecánico o, en general, se sabía entender con la tecnología. Prefirieron no tocar nada.

– ¿Y ahora qué hacemos…? – murmuró Sora, preocupado.

Podían dar media vuelta y regresar a la Torre de los misterios. Allí podían arreglar la nave gumi, consultarlo con Yen Sid calmadamente y tomar una decisión con el consejo de sus amigos. Podían luego regresar todos juntos, e iniciar una expedición en condiciones al Reino de la Oscuridad. Riku usaría su poder del despertar en beneficio de Aqua, y el resto le apoyaría para que el trayecto a través de la oscuridad no fuera demasiado agotador. Incluso una Sombra podía ser peligrosa allí, donde la oscuridad era más fuerte, y quién sabe qué sincorazón habitaban allí dentro.

Donald y Goofy le miraron esperando esa decisión. Sora apretó los labios. Eso era lo más sensato. Sin embargo, las palabras de Kaathe resonaban en su cabeza. El elegido entre los no muertos pensaba sacrificarse, como había hecho Gwyn, para extender la era del fuego. Si regresaba con Yen Sid y los demás, y finalmente decidían que era mejor dejar que aquel mundo se convirtiera en su puerta a la oscuridad particular, no podrían hacerlo. ¿Cuánto tiempo tardaría la llama en consumirse? Sora tenía la impresión de que no sería cuestión de unas pocas semanas. Nadie sacrificaría su vida por alargar tan poco tiempo.

– El hombre encapuchado de blanco dijo que Solaire estaba en Izalith Perdida. Tal vez… tal vez él pueda darnos alguna pista sobre lo que deberíamos hacer. Quizá sepa algo más.

El caballero de Astora era alguien tan dicharachero, alegre y optimista… era posible que pudiera arrojarles algo de luz. Una leyenda sobre una forma de detener la oscuridad sin extender la edad del fuego. Ofrecerles alguna clase de respuesta. O, al menos, un lugar donde encontrarla.

– Muy bien, pero… – Goofy lo miró, ladeando la cabeza –, ¿cómo vamos a ese sitio?

[...]

Andre frunció el ceño. Detuvo sus martillazos, y los miró largamente. Rostro por rostro. Los tres trataban de sonreír, a pesar de la inmensa presión a los que les sometía aquella mirada. Una risilla nerviosa se escapó de los labios del elegido. No había sido sometido a una inspección tan profunda desde que la Reina de Corazones los evaluó antes de decidirse a ejecutarlos. El precedente no era una buena señal.

– Pero vamos a ver, ¿vosotros os pensáis que yo soy guía turístico o qué? – gruñó.

– ¿Sí? – Goofy sonó lo más inocente que lo había escuchado en años, y eso pareció convencer al herrero, que volvió a martillear el arma que había sobre el yunque. Aquella vez el acero estaba dentro de un molde para la punta de una lanza.

– Bueno, estáis de suerte. Hace poco pasó por aquí uno de mis clientes favoritos; también iba en esa dirección. Tomad nota, porque la ruta es complicada – anunció, a pesar de que él sí la había memorizado.

Id al valle de los dracos, donde encontrasteis las ruinas de Nuevo Londo, pero esta vez seguidlo hasta el final. Y sin tocar el cadáver del dragón que se aferra al precipicio, ni ninguno de los tesoros que están desperdigados a su alrededor. Al parecer, es una trampa. Pero a lo que iba: al final del valle encontraréis una gruta hacia el interior de la montaña. Lo que hay al otro lado es Ciudad Infestada.

Si sobrevivís a Ciudad Infestada, lo cual es un logro en sí mismo, y llegáis al gran pantano, veréis una montaña blanca. Está formada por los tejidos de la mujer araña, Queelag. Adentraros en su interior, y llegad hasta lo más profundo de sus dominios. Es hija de la bruja de Izalith, así que tened cuidado. Hallaréis así la ruta hasta el territorio de los demonios.

Según parece, a partir de ahí el camino es bastante sencillo. Buscad el templo en las profundidades de esa tierra maldita, y en un mar de lava hallaréis Izalith Perdida. No sé qué se os ha perdido ahí, y tampoco lo voy a preguntar, pero estáis locos si queréis adentraros a ese lugar, ya os lo digo. No solo tenéis que sobrevivir a los dracos y a las veinte mil aberraciones que os intentarán envenenar en Ciudad Infestada, sino también a los demonios. Dejadme subrayar lo peligrosos que son: los demonios son hijos del fuego del caos de Izalith. Esas criaturas destruirían ciudades enteras de no ser porque los caballeros de Gwyn nos protegen.

Pepito Grillo, desde su cabeza, lo escribió todo con ahínco. Había veces que hasta olvidaba que estaba ahí, pero siempre salía a su rescate. Sora intentó tranquilizar al anciano herrero con una amplia sonrisa.

– ¡No te preocupes! Puede que no lo parezca, pero somos bastante duros. Y trabajamos muy bien en equipo. ¡Estaremos bien!

Andre no parecía muy convencido, pero no quiso insistir.

– ¡Ya verás! ¡Te traeremos las cabezas de todos los demonios de Izalith! ¡Somos héroes, maldita sea! – protestó Donald, avanzando a paso ligero en dirección al Bosque Tenebroso. Goofy echó a correr para no dejarlo solo; no tanto porque estuviera preocupado por su amigo, que también, sino por asegurarse de que no lo incendiaba todo en una demostración de sus habilidades.

Sora los vio alejarse con una risa sincera. Era reconfortante ver que ellos seguían haciendo las mismas tonterías de siempre.

– ¿Qué te ronda la cabeza, chico? Te noto preocupado.

El herrero susurró esas palabras en un volumen lo suficientemente bajo como para no ser escuchado por los otros dos. Sora mantuvo su mirada fija en ellos. La respuesta era difícil. Muchas cosas le rondaban la cabeza últimamente. Su autoestima estaba bajo mínimos como consecuencia de la pesada carga de sus pecados, y estaba confrontando una decisión muy difícil. La gente de su alrededor olvidaba a menudo que solo tenía quince años.

– Andre, tú… ¿qué opinas de la edad del fuego?

El rostro del herrero mostró una mueca de sorpresa. Contuvo una risa, y para esconderla continuó martilleando.

– Pensando en cosas muy profundas, ¿no, chaval? La edad del fuego, ¿eh…? Está muy bien. Sí, la edad del fuego está muy bien. He vivido casi toda mi vida en su mejor momento, y lo agradezco. La luz es reconfortante. Me da seguridad. Y calienta mi comida, ¿qué más le puedo pedir?

"Pero no sabes que los dioses te engañan. Que os han abandonado, y que en realidad estáis solos. Que hasta el Sol de Anor Londo es falso, y aun así os gobierna. Todo es una mentira. En su día sería real, pero ahora la edad del fuego es una mentira".

Y sin embargo, aquella sonrisa de dientes desgastados era muy verdadera. Andre sonreía sinceramente. Aquella mentira los hacía inmensamente felices. Mientras durara su vida, ellos querían el fuego. Tanto o igual que Gwyn. ¿Era tan malo resistirse al curso natural del mundo? ¿El padre de los dioses no estaba siendo un héroe al alargar esa era dorada? El elegido de los no muertos seguía ese camino aunque era un humano. Aunque de esa forma renunciara al Alma Oscura (la Dark Soul) de la que hablaba Kaathe, a la que tenía derecho como heredero del furtivo pigmeo. ¿Y si ese era el deseo de la humanidad? Conservar su puesto en el mundo como súbditos de los dioses; aunque vivieran bajo una mentira, si era una mentira feliz…

"¿Es esto una excusa para no tomar la decisión que tienes que tomar?", susurró una voz en su cabeza. "Normal que todos confíen en Riku en vez de en ti. Él cumpliría con su deber".

Sora cerró los ojos, y se esforzó por despedirse de Andre con una sonrisa. El herrero suspiró. No entendía la profundidad del conflicto dentro de aquel muchacho, pero le veía sufrir. Y eso bastaba para que se apiadara de él. Los demonios de Izalith, aunque eran duros, no provocaban tanto tormento como los demonios del propio corazón.

[...]

Andre no había exagerado un solo pelo. Si conquistar la Fortaleza de Sen había sido duro, el camino hasta Izalith era un horror.

O así habría sido para cualquier otro aventurero.

Advertidos sobre el dragón esqueleto del valle de los dracos, pasaron a su lado sin tocar un solo hueso y sin mirar siquiera sus tesoros. Un draco solitario los mantuvo vigilados desde la distancia, pero, con el reciente enfrentamiento con sus hermanos del puente, prefirió mantenerse alejado.

Igualmente, entendieron la terrible fama de Ciudad Infestada. Lo que vieron fue una sucesión de trampas y criaturas mortíferas que parecían empeñadas en erradicar todo cuanto entrara en aquella tierra del mal. En la gruta que les servía de entrada hubieron de enfrentar a tres no muertos de gran tamaño, algo mayores que los sincorazón Grandullón, que intentaron convertirlos en su cena. Atacaban con pesados cuchillos de carnicero, su hoja cubierta de una sustancia que solo podía ser venenosa. Y más allá, pudieron apreciar en todo su esplendor la infame ciudad.

Para descender, tenían que recorrer unas inestables estructuras de madera – ni tan siquiera podían llamarlas chabolas –, conectadas entre sí por estrechas escaleras vigiladas de cerca por mosquitos del tamaño de Donald y criaturas amorfas pero voladoras que exhalaban fuego desde una pequeña cabeza. Una vez en el suelo, un gran pantano de lodo venenoso se interponía entre ellos y la montaña de tela de araña. En esta última, otros gigantones hacían guardia con lo que parecía un inacabable repertorio de rocas enormes. Las lanzaban con sorprendente precisión hacia su blanco, que tenía que lidiar con ellos y el lodo al mismo tiempo.

"No sé si este sitio lo creó un dios o un demonio, pero cuando lo hizo debía estar de mal humor", pensó Sora mientras lo analizaba con su mirada.

Recorrerlo habría sido, como les advirtió Andre, una tarea hercúlea. Por eso no lo recorrieron.

Desde lo alto de Ciudad Infestada, los tres saltaron hacia el pantano y, con la ayuda de la magia que en su día les dio su amiga Campanilla, planearon hasta los dominios de la mujer araña Queelag. Los grandullones, con la mirada fija en los insensatos que recorrían el peligroso lodo, ni tan siquiera se dieron cuenta de que tres personas voladoras se adentraban en el interior de aquel nido.

Los dominios de Queelag, para su fortuna, estaban abandonados. Andre les había relatado esa parte del trayecto advirtiendo de la mujer araña; sin saber que aquella ya había sido abatida por el elegido de los no muertos. De tal forma, recorrerlo fue poco más que un amable paseo, y pudieron adentrarse sin problemas hasta Izalith, descendiendo por el campanario que se ocultaba tras lo que había sido el hogar de una de las hijas de la afamada Bruja.

La tierra de los demonios tampoco presentó muchas dificultades para ellos, que podían superar los grandes huecos de aquel reino subterráneo con algo de magia. Sí tuvieron que enfrentar a un demonio antes de adentrarse en el templo que les había mencionado Andre; uno de los muchos que podían verse por allí. Empleaba una pesada maza y tenía grandes cuernos coronando su frente. Su pelaje era robusto y marrón, y sus ojos grandes y rojos. Aquella criatura, que en Lordran conocían como demonio de tauro, intentó bloquearles el paso con su pesada arma, pero fue detenido con un hechizo Paro. Quedó paralizado en su sitio, y observó cómo se adentraban en el templo con lo que parecía ser una ira inconmensurable.

El templo continuaba hacia una gran estancia. No mucho tiempo atrás, allí les habría estado esperando otro demonio, pero también había caído ante el elegido de los no muertos. En consecuencia, ellos solo vieron una enorme sala que daba lugar a unas escaleras que se extendían tanto arriba como abajo. "Tocará explorar", pensó Sora con resignación, mientras avanzaba en esa dirección.

– ¡Ey, chicos! ¿Y este camino?

Goofy se había detenido poco antes ante un agujero en la pared. Las ramas de alguna clase de árbol gigantesco se habían hecho camino hasta destrozarlo. Ni Donald ni él se habían fijado en lo que había al otro lado, pero Goofy les señaló una puerta que bloqueaba el paso para aquellos que quisieran recorrer el pasillo construido más abajo.

– Igual es un atajo, ajiah.

Donald le miró. Él le devolvió la mirada. Goofy era el más perceptivo de los tres, sin duda; se enfocaba menos en el objetivo que tenía delante, y eso le concedía una visión más amplia. ¿Dónde estarían sin él…?

El trío se adentró por el agujero de la pared antes de que el hechizo Paro perdiera efecto sobre el demonio de Tauro, y recorrieron las ramas – ¿o eran raíces? No tenían hojas… – hasta el pasillo. La entrada parecía haber sido sellada por un derrumbamiento. ¿Tal vez la salida al otro lado de la pesada puerta también? "Bueno, merece la pena investigar", pensó Sora, mientras la luz se acumulaba en su Llave Espada.

Un rayo blanco emergió en dirección a la puerta, que se abrió de una forma particular. Como si estuviera compuesta por tablones independientes, vieron la pesada madera subir en partes hasta esconderse en lo más alto del techo, así como hundirse hasta integrarse con el suelo. Cada pieza se desplazaba en dirección contraria al que estaba a su lado. Los tres miraron fijamente ese movimiento, y solo unos segundos después se fijaron en lo que había al otro lado.

– ¡Aaaarrgghhh!

Sora nunca había sentido su corazón acongojarse de aquella manera. Rodeado de insectos, un hombre se abalanzó sobre ellos. El elegido de la Llave Espada empuñó su arma en un acto reflejo, y paró el golpe de la espada larga con la que le amenazaba. No podía ver qué rostro había detrás del pesado yelmo, pero notaba fijos en él los ojos de un demente. El sol inscrito en el pecho del guerrero de la luz solar mantenía su sonrisa, a pesar de que la situación no podía ser más descorazonadora. Sora cerró los ojos.

Quería negar la realidad. Quería pensar que estaba viendo una alucinación. Quería pensar que estaba viendo a alguien de idéntica apariencia. Pero no cerraba los ojos para abstraerse de los hechos, sino para evitar la luz que emanaba el insecto, el parásito que devoraba el cerebro de su amigo incluso a través del duro hierro.

– Finalmente, ¡lo he encontrado, lo he encontrado…! – el elegido apretó los labios. Solaire imprimía una impresionante fuerza sobre su espada, y sentía que iba a ceder en cualquier momento –. ¡Mi propio Sol! Yo… ¡soy el Sol! Sí, lo he conseguido… sí… ¡lo he conseguido...! ¡Oh….! ¡Hrgrraaaaooooogh!

Ese último grito de dolor sirvió como antecedente a que el guerrero de la luz solar aflojara ligeramente su empuje. Sora se apartó, saltando hacia atrás, y formó con sus compañeros. Goofy levantó el escudo, y Donald alzó, dubitativo, el bastón.

– ¡Donald, dirige tu magia al insecto! Con la Llave será más difícil evitar darle a él, pero si utilizas Electro, tal vez...

El mago de la corte asintió vehementemente.

– ¡Confía en mí!

Sora y Goofy se echaron hacia delante. Como siempre hacían. Goofy le protegía de los golpes, mientras que él intentaba desarmar a su oponente. Al menos, mantenerlo ocupado lo suficiente como para que Donald hiciera su magia con la seguridad de acertar. El capitán de la guardia real golpeó con el escudo la espada de Solaire, desequilibrándolo, y él le asestó una patada en la rodilla. Eso le hizo flaquear. Solo necesitaban que se quedara quieto. Si podían eliminar a aquella especie de sanguijuela luminiscente...

Un hechizo electro asestó al insecto, que dejó de emitir luz por un segundo. Pero no fue suficiente. Solaire echó a rodar hacia atrás, y extrajo un talismán de su bolsillo. Se lo llevó al pecho, y susurró unas palabras. Un relámpago, contenido en la forma de una lanza, apareció en aquella mano. Lo lanzó en su dirección con rabia.

Goofy lo bloqueó. Aunque el golpe fue duro, y su amigo apretó los dientes con fuerza, no era peor que los golpes del gran lobo gris. Y había sido fácil de prever. Solaire ni tan siquiera estaba peleando inteligentemente. ¿Qué había esperado conseguir con ese ataque? A eso no podía darle respuesta, pero lo evidente fue que ese breve espacio de tiempo permitió a Donald lanzar un segundo hechizo. Otro nuevo Electro descendió hasta el gusano que ahora servía de yelmo a Solaire, y lo dejó frito de una vez por todas.

Sora sonrió, aliviado. Ahora que aquel insecto había muerto, podía conjurar un hechizo de Cura y...

– Ah… se ha acabado… Mi Sol… se está poniendo…

Las rodillas de Solaire cedieron. Su cuerpo había comenzado a descomponerse en polvo. Sora lanzó inmediatamente la magia curativa. Donald también.

– Está todo tan… oscuro…

Ninguno de los hechizos detuvo al guerrero de la luz solar, que chocó contra el suelo con un sonido pesado y sordo.

Mientras caía, pudieron ver qué error habían cometido. El parásito no había devorado su yelmo; el parásito era el yelmo. Su casco habitual había sido sustituido por aquella aberración generadora de luz. Y ahora que se desprendía de su cabeza, era evidente la herida formada por sus dientes, que habían penetrado la carne. A diferencia de los simbiontes, los parásitos no tienen ninguna clase de interés en que su anfitrión sobreviva. Mucho menos si lo abandonan para conseguir una nueva presa. Así que, tan pronto la vida le había abandonado, se había llevado consigo al huésped.

El cuerpo de Solaire desapareció, y lo único que quedaron atrás fueron un grupo de insectos similares al parásito, que huyeron en cuanto tuvieron la oportunidad. En el suelo, el yelmo volvía a brillar con luz propia.

¡Bueno! ¡Aprovechando que me convertí en No muerto, decidí venir a esta gran tierra, el hogar del Señor Gwyn, para buscar mi propio sol! ¡Jajajajajaja!

Sora se detuvo frente al cadáver del parásito. No iluminaba mucho más que una linterna de mano, de las que venden en hípermercados para ayudar a leer por las noches. No era nada mejor que el casco de un minero, o que la lamparita que él había tenido en su habitación muchos años. Las lágrimas recorrieron sus mejillas inconscientemente. Solaire había sido alguien tan amable, tan dispuesto a ayudar...

El sol es un astro majestuoso… como un amable padre… ¡ah, ojalá pudiera brillar yo también de esa forma!

Ya no estaba. Su deseo le había consumido. Su ansia de convertirse en alguien brillante le había llevado a dejarse devorar por un parásito que le había arrebatado la vida. Se había dejado llevar por la literalidad de sus palabras… No había comprendido que ya era lo suficientemente brillante. No había comprendido que ya iluminaba su camino con su alegría y optimismo. Con su risa desenfadada, que tanto desentonaba con el mundo gris en el que vivía.

"Vuestro amigo Solaire se ha dirigido a Izalith, el reino de los demonios, donde viven la bruja y sus hijas. Y si le tenéis aprecio, deberíais ir en su búsqueda. El Sol que busca arde demasiado fuerte, y está a punto de reducirlo a cenizas", les había dicho el encapuchado de blanco.

¡Maldita sea! ¿Todo porque se habían retrasado en acudir en su ayuda?

"Es… culpa mía".

De nuevo. Alguien había muerto una vez más porque era débil.

"Ah… Pero en realidad… En realidad, da igual. Si este mundo termina en la oscuridad… Iba a morir de todas formas. Iba a tener que sacrificarlo de todas formas…".

Ese pensamiento entró en su mente como un frío cuchillo, rebanando toda suerte de lamentaciones. La oscuridad formaba parte de los hombres, sí, pero Solaire no habría soportado ver el fuego desvanecerse; no habría aguantado que Lordran abandonara el reino de la Luz. Sora sintió formarse una carcajada en su esófago, pero las lágrimas la acallaron. ¡Sus emociones eran tan inútiles, que solo podía reírse de ellas!

"No es culpa mía. Es culpa de Xehanort. Todo esto es culpa de Xehanort. Yo… he hecho lo mejor que he podido. No debo dejar que me controle. Su muerte era un daño colateral. E iba a ocurrir de todas formas...".

Donald y Goofy le abrazaron. Eso no paró sus lágrimas, pero le hizo sentir algo mejor.

No era la primera vez que perdía a alguien frente a sus ojos. Había visto morir a Axel dando su vida por ellos. Pero era la primera vez que sentía que era su responsabilidad.

[...]

– No os equivoquéis. Me alegra que estéis sanos y a salvo, de verdad. Pero esto es abusar.

Andre señaló la caja en la que mantenía el dinero que cobraba por su trabajo. Sora, Donald y Goofy se miraron entre sí, pero accedieron. Aunque los ojos de Sora todavía estaban algo rojos de llorar, había conseguido que pasara desapercibido para el herrero. Tal vez si hubiera tenido menos cuidado de ocultarlo, ahora no les estaría cobrando, protestó una vocecilla en su interior mientras se desprendía de una cantidad generosa de platines.

– No tenemos a nadie más a quien recurrir… Hemos visitado el Abismo, Anor Londo e Izalith Perdida. Allí no había gran cosa: un mar de lava, demonios alrededor de un templo y una especie de árbol muerto en su interior. Uno muy raro.

– Gracias por la aportación – comentó, mientras ojeaba lo que le habían dejado. Asintió un par de veces, satisfecho –. Así que habéis hecho un viaje exprés, que se dice, pero ahora no sabéis dónde ir… – el sudoroso hombre meditó unos segundos la respuesta, como si la estuviera masticando –. Bueno, probad el santuario del enlace de fuego. Quien ya sabéis siempre me habla de ese sitio como… ¿cómo lo llamaba? El nexo de esta tierra. No sé exactamente a qué se refiere, pero es cierto que es un lugar desde el que puedes viajar a muchos lugares.

Conecta con la montaña que da paso al cementerio de Nito, y también a la tumba de los gigantes. Puedes descender a la parte superior de Nuevo Londo. Y, por supuesto, el viejo acueducto permite acceder al burgo de los no muertos… y a este sitio. Es extrañamente céntrico en Lordran, sí.

Era tan buena pista como cualquier otra, y, gracias a la nave gumi, no tardarían demasiado en cubrir la distancia que los separaba. Se despidieron de Andre, que solo les pidió que no murieran allí afuera – no pensaban hacerlo, pero el gesto era de agradecer – , y subieron a su medio de transporte favorito.

El viaje fue breve, y al llegar allí todos abrieron los ojos como platos. El origen de su sorpresa era el mismo, pero el motivo muy distinto. En el centro del santuario, como escondido en un templo que no habían inspeccionado la primera vez, una suerte de serpiente de ojos saltones, bigote carnoso y grandes dientes sucios hablaba con un caballero. Donald y Goofy no habían conocido a ninguna criatura así antes. Sora comprendió de inmediato de quién se trataba. "Frampt".

Aterrizaron con la nave gumi, y el elegido casi echó a correr en dirección de aquel al que llamaban "Buscarreyes". Parecía estar dormitando, pero se despertó al escucharlos correr en su dirección.

– ¿Uh? ¡Oh! Hrm… No, no, ¡estoy despierto, estoy despierto! No me tratéis como a una serpiente anciana, ¡os lo suplico! … ¿Hrm? Vaya, ¿a quién tenemos aquí?

Frampt se acercó con su enorme cabeza, y los inspeccionó largamente. Su enorme nariz temblaba; ¿los estaba olisqueando?

– Kaathe… no, con tanta luz en vuestro interior… Hrm…

– ¡Oye, deja de olernos! – protestó Donald, que casi sin darse cuenta asestó un bastonazo a la nariz del Buscarreyes.

– ¡Au! ¡Perdón, perdón! Ah… Mis modales, ¿dónde estarán? Soy una serpiente primordial; podéis llamarme Frampt el Buscarreyes. Me fue encargada la tarea de buscar al sucesor del Señor Gwyn. Pronto mi labor dará sus frutos, sí… El Elegido ha descendido ya al Horno de la Primera Llama, y con la fuerza que ha obtenido de las almas de sus enemigos restaurará la edad del fuego. ¿Y vosotros sois…?

Sora se sintió completamente paralizado. Donald y Goofy los presentaron. Él no prestó atención. Todo iba a ser para nada. ¿Matar a Sif? Innecesario. ¿Exponer la mentira de Anor Londo? Una crueldad para los que querían vivir bajo su falso sol. ¿La locura de Solaire? Falta de paciencia. El fuego iba a regresar, y la puerta a la oscuridad quedaría sellada. Él no podía… no debía intervenir. Ese era el destino que Lordran había decidido para sí mismo. No tenía derecho a ser un obstáculo. Y sin embargo… Sin embargo…

"Si Xehanort se hace con la suya, no solo Lordran, sino todo el reino de la luz se sumirá en la oscuridad. A veces, alguien debe tomar una dura decisión por el bien de todos".

Él no podía, no debía… Nadie se alegraría de construir su felicidad sobre el sacrificio de tantos…

– ¡Por supuesto! ¿Verdad que sí, Sora?

Confuso por la interpelación, se giró a Donald y Goofy, que le miraban con amplias sonrisas.

– Ah, no estabas escuchando, ¿verdad? – le recriminó el pato –. ¡Vamos a ayudar al elegido de los no muertos!

– ¿Eh?

Antes de darle tiempo a protestar, Frampt los devoró a los tres. Su grandísima mandíbula los engulló y, sin masticarlos, los dejó libres pocos segundos después. Los había dejado caer sobre una plataforma en mitad de ninguna parte, pero… sí, en lo alto todavía podían ver el cielo del santuario del enlace de fuego. Estaban en una especie de subterráneo. Una gran llama, que vivía sobre una vasija de oro, parecía señalizar la puerta que daba paso a lo que la serpiente llamaba "el horno de la primera llama".

– Más allá está el Señor Gwyn. Por favor, ayudad al elegido de los no muertos. Permitidle que herede el alma de mi viejo amigo, y que se convierta en el nuevo avatar que permita continuar esta edad dorada.

Donald y Goofy asintieron. ¡Tan alegremente…! "El fuego es una traición a los humanos. Son las cadenas de los dioses", quiso decir. "Kaathe me ha contado la verdad. Este mundo le pertenece a la oscuridad", quiso señalar. "Y solo de esa manera podemos detener a Xehanort", quiso justificar.

Esos pensamientos eran oscuros. Quiso apartarlos de su mente, pero no pudo. ¿Por qué? ¿Por qué no era capaz de apartarlos? ¿Por qué solo podía pensar en sacrificar Lordran? Por su propio beneficio. Por poder enorgullecerse de haber encontrado la puerta a la oscuridad. ¿Siempre había sido tan orgulloso?

"No, ¡ya está bien! Ayudaré a que el mundo vuelva a la edad del fuego. Es lo correcto. Es lo que Lordran quiere. Y… ¿quién sabe? Tal vez hasta haya otra puerta a la oscuridad. Obsesionarse no es bueno".

Con un soplido de aire, dio por zanjada aquella discusión interna. Siguió a sus compañeros con paso apresurado. Ellos ya estaban acercándose al gran templo que se podía ver en la distancia, lo que Frampt llamaba Horno de la Primera Llama. ¿Encontrarían allí su cerradura? Debería cerrarla. Eso protegería Lordran de la oscuridad.

Fuera como fuere, aquel lugar parecía que en su día había hecho honor a su nombre. No quedaba ninguna llama, pero sí lo que debía sucederla. Una montaña de ceniza servía de antesala al templo. No, conforme más se acercaba, más le parecía un coliseo… Al menos, su forma circular le inspiraba memorias del Coliseo del Olimpo. Debería ir a ver a Herc después de aquella parada. Él podría ayudarle a hacer frente a su negatividad, probablemente.

Pero decir que solo había ceniza era faltar a la verdad. Casi todo lo que podían ver eran los restos de la antigua llama, sí… así como los cuerpos de caballeros de Gwyn. No eran como los que habían visto en Anor Londo, de armadura plateada, sino que aquellos tenían una armadura negra. Una armadura calcinada. ¿Habrían muerto por el fuego encendido por Gwyn? "Le acompañaron hasta sus últimos instantes", comprendió el usuario de la Llave Espada. "¿Y yo quería pisar su decisión, su sacrificio, dejando morir Lordran?". No, nunca más.

Recorrieron los pilares de ceniza que servían de puente hasta el horno de la primera llama. Como todo en Lordran, la estructura estaba en ruinas. En cualquier momento podía caerse. En cualquier momento todo podía derrumbarse cual castillo de naipes. Pero eso no ocurriría aquel día. Aquel día, el destino tenía reservada otra cosa para todos ellos.

Lo primero que sintieron fue el choque de espadas. El sonido del acero contra el acero resonó por todo aquel castillo de la ceniza. Se apresuraron.

Lo segundo que sintieron fue el desgarrador trueno de un relámpago surcando el cielo; nada que ver con lo que habían sentido cuando Solaire había empuñado uno por sí mismo. Estaban en las profundidades de Lordran, sin ningún cielo sobre sus cabezas; solo podían imaginar que un milagro semejante estaba ocurriendo.

Lo tercero, fue el calor, la luz y el crepitar del fuego. Una llama tan poderosa como débil, tan magnífica como penosa, tan grandiosa como insignificante. Así es como la habría descrito Sora al alcanzar la puerta al horno de la primera llama, y ver la hoguera que constituía el centro de Lordran. Esos eran los restos del fuego que habían encontrado los cuatro grandes señores. Esos eran los restos del fuego que había traído la disparidad a Lordran, que les había permitido emanciparse del mundo gris de los dragones. Ahora, eran poco más que brasas, esperando devorar un humano que diera su vida por la edad del fuego que todos deseaban.

La primera llama no era la única que no hacía honor a su leyenda. Sinceramente, no había sabido qué esperar. Sabía que todo estaba consumido, que la vida del dios, así como la del fuego, estaban en declive. Sabía que su sacrificio había tenido origen en que la luz había comenzado a apagarse. Sabía que lo que antaño fue fuego, ahora era ceniza.

Y, sin embargo, al ver al Gran Señor Gwyn, dios de la luz solar, Sora sintió que veía un cascarón vacío. Los restos de un dios todopoderoso, de alguien que había cambiado el mundo y lo había remodelado hasta darle la forma de sus sueños. Alguien que, sin una Llave Espada, había cerrado la puerta a la oscuridad.

El que antaño fuera el señor de la luz solar, ahora era poco más que el señor de la ceniza sobre la que pisaba.

Un caballero lo enfrentaba con su espada y escudo. Se protegía de los golpes de su espada, que rezumaba fuego, y de vez en cuando apartaba su brazo con el escudo, golpeándolo para crear una apertura. Entonces lo apuñalaba con la espada, y tomaba ese tiempo para beber de un frasco que contenía un líquido naranja y brillante.

El caballero los vio de reojo, pero los ignoró. Su pelea era intensa. El fuego de Gwyn todavía brillaba con fiereza, y los golpes del antiguo dios no escatimaban en fuerza. Cada uno de sus golpes parecía que podía partirlos por la mitad. Era rápido, y cubría las distancias con un enorme salto. No dejaba un solo segundo de paz al caballero, que a veces intentaba alejarse para respirar en paz. Fue en uno de esos momentos que ellos se unieron a la pelea.

– ¡No te preocupes! ¡Estamos aquí para ayudarte!

Sora se abalanzó hacia delante, tratando de cubrir la distancia con Gwyn. Ahora que lo encaraba, podía verlo mejor. El señor de la ceniza todavía conservaba parte de su majestuosidad. Era alto, mucho más alto que él o cualquier persona que conocía – quizá más incluso que Yen Sid –, y vestía con una túnica altamente ornamentada. En otros tiempos, tuvo que ser verdaderamente magnífica. Sin embargo, ahora era poco más que trapos roídos por el tiempo, quemados como estaban por la llama. Sus brazos eran delgados y esqueléticos, y su piel parecía podrida, como la de un… como la de un muerto, comprendió. Eso encajaba con aquel rostro descolocado, sin ojos, con la barba blanca desaliñada y salvaje. Una vieja corona, también roída y chamuscada, presidía su cabeza.

Aquel cadáver andante, sin embargo, conservaba todavía su energía. Viéndolos acercarse, echó hacia atrás su brazo, como si pretendiera lanzarles una jabalina. La pelea con Solaire les advirtió a tiempo de lo que iba a ocurrir. Un relámpago, de un brillante naranja, surcó el cielo hasta el lugar en el que se encontraban. Intentaron evitarlo rodando hacia un lado, aunque la electricidad recorrió el punto de impacto hasta alcanzarles, paralizándolos unos pocos segundos.

Unos pocos segundos era justo lo que necesitaba Gwyn para alcanzarlos.

Unos pocos segundos era justo lo que necesitaba el elegido de entre los no muertos para entrar de nuevo al combate.

El antiguo dios se dio cuenta demasiado tarde de la estrategia, y recibió una dolorosa puñalada en la espalda. La espada del no-muerto no rezumaba fuego, pero era afilada, y un torrente de sangre emergió del cuerpo del dios. Eso no lo detuvo. Se giró hacia su enemigo, y lo agarró con la mano libre. El fuego alrededor de su cuerpo comenzó a hacerse más intenso. Sora sintió que sus piernas todavía flaqueaban, pero no se permitió rendirse. Se echó hacia delante con la Llave, y golpeó al señor de la ceniza en la axila. Un movimiento reflejo liberó al caballero, que no desaprovechó la oportunidad.

Donald lanzó sus conjuros, Goofy se acercó a apoyar con su escudo. Él blandió su Llave, y el no-muerto su espada.

El cascarón vacío de Gwyn, aquel cuerpo carbonizado, aquella ceniza guiada por su voluntad de proteger el fuego, no pudo aguantar la conjunción de todos aquellos golpes. Desapareció poco a poco, su cuerpo convirtiéndose en polvo. No dio unas últimas palabras. Sin embargo, Sora sintió que les estaba agradeciendo. El no-muerto le estaba liberando de su deber. Le estaba cogiendo el relevo.

La edad del fuego estaba salvada.

La puerta a la oscuridad seguiría sellada. Eso era lo mejor.

– Muchas gracias, aventureros…– el caballero tomó unos segundos para recuperar aire –. No esperaba aliados de última hora, aunque os lo agradezco. Sinceramente. Mi nombre es… Bueno, poco importa, ¿no es cierto? – aun detrás del yelmo, el trío supo que aquel sonreía con tristeza –. Ahora que he tomado su alma, heredaré el lugar del Gran Señor Gwyn. Continuaré la edad del fuego.

Un breve silencio incómodo los acompañó. Era extraño conocer a alguien pocos segundos antes de su muerte. Sora le agarró de un brazo y lo miró largamente.

– Tomas la decisión correcta. El mundo te lo agradecerá para siempre. Haces… haces bien.

El caballero apartó su mano suavemente y dejó escapar un largo suspiro.

– ¿Acaso tengo otra opción…? Alejaros, jóvenes, si no queréis quedar atrapados por la Primera Llama.

"¿No tienes… opción?".

Donald y Goofy se alejaron de la hoguera que conformaba los restos de la primera llama. Si aquel enorme coliseo era el hogar de aquel fuego primigenio, probablemente no quisieran estar ahí dentro cuando renaciera.

"¿No… no lo sabes? ¿No sabes que podrías no hacerlo? Que podrías reclamar el Alma Oscura. Que podrías reclamar los derechos de los humanos. No tienes por qué sacrificarte. Pensaba que… Pensaba que lo dejabas todo de lado por el bien de la mentira. Pero no sabes que hay una mentira. Estás aquí porque crees en ella. Debes… Necesitas saberlo".

El caballero caminaba a pasos agigantados hacia las brasas. Iba a enlazar el fuego, y a dejar que el mundo reemprendiera el ciclo. Calor y frío. Vida y muerte. Luz y oscuridad.

"No puedes tomar una decisión si no sabes qué alternativas tienes. Si estás obligado a elegir este camino, si te han impuesto salvar al mundo… No lo estás salvando. Estás siendo condenado. Esto es poco más que una ejecución. Te… te están…".

– ¡Te están utilizando! – gritó con todas sus fuerzas.

Donald y Goofy ya habían regresado a la entrada, confiados en que Sora estaba con ellos. El elegido de los no muertos se giró; estaba solo a dos pasos de las brasas de la primera llama, y casi podía tocarla con los dedos.

El hombre de la túnica blanca, que había estado observando desde el hueco que había en aquella suerte de coliseo, decidió que ese era el mejor momento para intervenir. Extrajo de su bolsillo un único objeto: los restos de un colgante. Según le había dicho su amigo, eso serviría de catalizador para atraer al número IX de la Organización. El nuevo número IX. No había tenido la oportunidad de conocerlo; aquel había sido quien mayoritariamente había reclutado a los nuevos integrantes de la Organización del maestro.

Solo había dos condiciones. Para llamarlo por primera vez, tenía que utilizar aquel amuleto. Aquel colgante roto, un fragmento de uno que en su día había constituido una de las posesiones más preciadas de su nuevo compañero. Y, en segundo lugar, tenía que hacerlo en algún lugar próximo a la oscuridad.

El fragmento del colgante cayó cerca de las brasas de la Primera Llama. Sora, que recuperaba el aire después de aquel desgarrador grito, abrió los ojos como platos. La oscuridad se abría paso detrás del caballero, del nuevo Gwyn. Un pozo de oscuridad en el epicentro del Horno de la Primera Llama, un portal al reino de la oscuridad.

– ¡Cuidado!

Un enorme brazo cubierto de pelo emergió del portal. Parecía el brazo de un primate, de no ser porque era negro. Pelo y piel completamente negros, y todo ello vibrante con la más intensa oscuridad. Una enorme criatura emergió del portal, agarrando con una increíble fuerza al no muerto. La armadura quedó aplastada en su mano.

Sora retrocedió un paso instintivamente.

– ¡Donald! ¡Goofy! ¡Necesito vuestra ayuda!

– ¡Sora! ¡Estáis atrapados…!

El elegido de la Llave Espada se giró sobre sus pies. Una barrera mágica, una suerte de aurora cubría la entrada al horno de la primera llama. Eso impediría cruzar a sus amigos. Sora sintió un escalofrío. La última vez que había ocurrido algo así… ¿No había sido en Bastión Hueco, cuando hubo de enfrentar a Riku, todavía poseído por Xehanort? Al menos, ese era el recuerdo que asaltaba su mente.

– ¡A un lado!

Sora obedeció a Goofy instintivamente. El cuerpo del elegido entre los no muertos, el humano sin nombre que había derrotado a Gwyn, había sido lanzado en su dirección. Chocó con la barrera mágica, y cayó al suelo lentamente. Había empezado a desaparecer. "Debía estar herido tras la pelea con Gwyn", comprendió. Y había recibido un golpe tan duro…

El elegido de la Llave Espada se dio media vuelta de nuevo. La criatura había abandonado el portal, y ya estaba completamente en el horno de la primera llama. Lo miraba con actitud salvaje.

Su cuerpo era, sin duda, peculiar. Unas grandes astas crecían de su frente, formando una poderosa cornamenta adornada por gemas rojas completamente esféricas. Su rostro tenía reminiscencia humana, pero era más bien la de alguna clase de bestia. Uno de sus brazos, el izquierdo, era peludo y musculoso. Ese era el brazo grande que había utilizado para agarrar al no muerto sin nombre y con el que lo había lanzado. Su brazo derecho era, en contraste, delgado y calvo, y con él sujetaba un bastón. "¿Hechicero?".

Sora adoptó una guardia. Magia para la larga distancia, un poderoso brazo izquierdo para la corta distancia. Debía decidir dónde encontraría sus mejores oportunidades de victoria. Tenía que enfrentarlo él solo. "Es mucho más grande y rápido, pero eso también significa que tengo mucho margen de maniobra", pensó. Podía intentar aprovechar la corta distancia para provocarle daño desde su punto ciego. Sin embargo… "Con un único agarre, es posible que no lo cuente. Me mantendré en la distancia de momento".

– Vaya, muchacho, te veo con ganas de empezar a pelear, ¿eh? – el hombre de la túnica blanca descendió hasta el centro del horno de la primera llama. La oscura criatura lo miró con escepticismo, pero parecía aceptar su presencia allí.

– ¡Así que sí eras de los malos! – concluyó rápidamente, sin deshacer su guardia.

– ¿Hrm? ¡Me haces reír…! – el hombre de blanco dejó de sonar risueño de súbito. Caminaba hacia la criatura negra, y ambos se saludaron con un gesto de cabeza –. Los malos sois vosotros. Como hacía Gwyn, os aferráis a vuestra gloriosa 'edad de la luz', y pretendéis que dure eternamente. Resistís el curso natural del universo, y pretendéis imponer vuestra falsa gloria sobre el resto. Las 'Luces' siempre sois iguales. Queréis el fin de la oscuridad, sin daros cuenta de que solo alargáis la agonía de la luz.

Sora frunció el ceño.

– ¿Así que por eso quieres la oscuridad? No me digas más… ¡Estás con Xehanort! Bueno, ¡pues no creas que voy a dejar que os salgáis con la vuestra!

El hombre se quedó plantado en su sitio, y, esta vez, una carcajada limpia emanó de todo su ser. Su risa resonó por el horno de la primera llama, ascendiendo hasta el mismísimo cielo de Lordran.

– ¡Cuánta razón tenía el maestro! Has llegado tan lejos… y aun así sabes tan poco… Pobre, pobre Sora. Sigues sin entender nada, ¿eh? ¿Yo, con la oscuridad? – extendió su brazo derecho, con actitud teatral –. ¿Mi amigo y hermano, con la oscuridad? – extendió ahora su brazo izquierdo– ¿El maestro, con la oscuridad? –alzó ambos, y, en ese momento, apretó con fuerza sus puños enguantados en blanco.

¡No! ¡No! ¡No! – golpeó el aire en el lugar que sus manos habían señalado –. Voy a dejarte clara una cosa, chaval. Ninguno peleamos por la Oscuridad. La Oscuridad nos lo arrebató todo, y tratamos de revertir todo el mal que ha hecho.

El Elegido de la Llave Espada se había dado cuenta de algo. Era un pequeño detalle, pero, por algún motivo, su mente había estado especialmente despierta en aquel viaje. A diferencia de con Gwyn o el gran lobo gris, el polvo en que se había convertido el elegido de los no muertos había viajado en el aire. Tenía una dirección clara: la entrada al horno. La vasija. El fuego allí contenido.

Todos en Lordran les habían reconocido valor por emprender aquel viaje sin ser un no muerto. El sin nombre sí era un humano con la señal de los no muertos, eso era lo que los diferenciaba. Por tanto, debía tener alguna clase de atributo especial… algo que lo hacía más resistente a la muerte que ellos.

"Ten esperanza, Sora. Volverá. Y cuando regrese, Donald habrá encontrado la forma de romper la barrera. Los cuatro juntos podremos con ellos".

Solo necesitaba ganar tiempo. Y aquella conversación le proporcionaba esa oportunidad.

– Para no querer pelear por la Oscuridad, bien que os aliáis con ella. Los sincorazón, los incorpóreos… y ahora, 'él'. ¿Qué es, uno de los sincorazón de las profundidades del Reino de la Oscuridad?

La criatura gruñó ante la interpelación.

– ¿Él? Ni mucho menos, ni mucho menos… Él es Manus. Aquí le conocen como "el padre del Abismo". Ya, no es un título muy favorecedor, pero qué le vas a hacer… Era un viejo humano, como tu amigo el elegido de los no muertos. Sin embargo, su humanidad simplemente… enloqueció. Y cuando perturbaron su tumba, su naturaleza simplemente ayudó a avanzar el Abismo. Él no desea la Oscuridad, pero la Oscuridad le desea. Es su naturaleza. No es su culpa. Es solo quién es.

Manus cerró los ojos y abrió la boca, como si quisiera intervenir. Un sonido desgarrador fue lo único que salió de su garganta. Miedo. Envidia. Odio. Tristeza. Alegría. Nostalgia. Todas esas emociones abordaron su corazón, simplemente con aquel rugido.

– Llevabas mucho tiempo buscándolo, ¿verdad? Tranquilo. Como acordaste con mi amigo, ya es todo tuyo. Los dos fragmentos de tu querido colgante. No te preocupes, Manus, nadie te lo arrebatará nunca más. Nunca, nunca más… – el hombre de la túnica blanca acarició su poderoso brazo peludo, como si reconfortara a un gran primate con el que acabara de entablar amistad –. La humanidad de Manus enloqueció – repitió, como retomando su historia –. En otras palabras, él es la humanidad más pura. Más… primitiva. El hombre de la 'maldad primitiva', lo han llamado. Solo porque trajo el Abismo, hasta que Artorias y el gran lobo gris le derrotaron. O eso cuentan las leyendas.

Pero verás, Sora, las leyendas muchas veces se equivocan. Hay que investigarlas concienzudamente para asegurarte de cuál es la verdad. Y nuestro maestro y nosotros hemos hecho nuestros deberes, te lo aseguro. Si cumplimos nuestro plan, nos desharemos de la Oscuridad para siempre. Cumpliremos con el deseo de la humanidad, cumpliremos con que haya eterna paz. Nos desharemos de todos los males del mundo. Crearemos un mundo nuevo. Una nueva realidad donde se puedan hacer las cosas bien… Vamos, ¿estás con nosotros?

Sora apretó los labios.

– No puedo tolerarlo todo. Y llevo un buen rato escuchándote, y escuchándote… ¡y solo escucho mentiras! ¡Usáis la oscuridad! ¡Ponéis en peligro las vidas de la gente! ¡Destruís mundos! ¿Y me dices que es por el bien? ¿Por un mundo mejor? ¡De nada sirve eso si no eres capaz de proteger a la gente que depende de ti!

El hombre de blanco permaneció paralizado unos segundos, hasta que emitió un poderoso rayo de luz en una dirección. Solo necesitó hacer un gesto con el brazo, como si tratara de apartar una mosca, o como si tratara de alejar de sí algo molesto, y una luz cortante devoró el aire. No era un ataque dirigido a él, pero aun así Sora permaneció en máxima tensión. Había tocado un nervio. Su interlocutor estaba igualmente furibundo.

– ¡Qué sabrás tú, muchacho! ¡Qué sabrás sobre sacrificios, o sobre vidas que están en peligro! ¡Qué sabrás tú sobre lo que es perder seres queridos, o sobre lo que es decepcionar a quienes les importas! ¡Qué cojones pretendes decirme que sabes, tú, que pasaste tu vida en unas islas paradisíacas solo preocupándote por ser feliz! ¡Dime! – y su tono cambió a un furibundo siseo –

¿Qué se supone que sabes que yo no? ¿Qué has visto que yo no? ¿Acaso has visto con tus propios ojos morir a tus amigos? ¿Has visto la más profunda de las oscuridades, y te has dado cuenta de que ni tan siquiera podías respirar el aire de tu alrededor, tan cargado de sangre que estaba? ¿Has escuchado desvanecerse el latido del corazón de aquellos a los que llamabas tus hermanos, hasta desaparecer por completo? ¿Has visto caer reinos? ¿Morir mundos?

¡Todo esto ocurre porque nadie es lo suficientemente fuerte para detener a la Oscuridad! ¡Nadie! ¿Sabes cuántos héroes como tú han fracasado? ¿Cuántas veces… – tragó algo de saliva– , cuántas veces, digo, he visto esa misma Llave Espada ser incapaz de hacer frente a sus enemigos? ¿Cuántas veces la Oscuridad gana la partida? ¿Y todo por qué? ¡Todo porque somos tan idiotas que jugamos con reglas autoimpuestas! ¡A la mierda las reglas, Sora! ¡Fuego con fuego! ¡Es la estrategia más primitiva, pero la más eficaz! ¡Fuego con fuego! – repitió, mientras abría un portal oscuro –. Y oscuridad contra oscuridad.

Unos segundos de silencio sirvieron para que todos comprendieran qué iba a ocurrir a continuación. El humano primitivo empuñó con fuerza su bastón, y golpeó el suelo con su gran brazo peludo. Sora tensó todo su cuerpo, listo para saltar, esquivar o bloquear lo que viniera en su contra. El hombre de blanco relajó sus músculos, y, finalmente, dio la orden:

– Manus, por favor, encárgate de él. Al maestro no le hará gracia, pero si no es capaz de entenderlo aun después de todo esto, más vale que muera.

Cuando abandonó el horno de la primera llama, cuando el portal de oscuridad se cerró, fue ahí cuando todo empezó.

Nada en el mundo podría haberle preparado para lo que llegó a continuación. El gran lobo gris había sido un duro rival, pero con el trabajo en equipo habían logrado superarlo. Gwyn tampoco había sido una amenaza, gracias a la colaboración de todos. Sin embargo, ahora estaba solo. Sora tenía experiencia combatiendo solo, y había entrenado duramente para aprovechar su movilidad y todas las habilidades que había adquirido con el paso de los años.

No obstante, eso no era suficiente para enfrentar él solo a una de las nuevas XIII Oscuridades.

Manus conjuró con su bastón oscuridad pura. Con la forma de esferas, emergieron de la punta del catalizador en su dirección, buscándolo incesantemente. Sora deshizo su guardia y trató de evitarlas. El contacto con ellas no le inspiraba confianza, y no podía quedarse quieto en un único punto si quería aprovechar su movilidad.

Con lo que no contaba era con que Manus era, a pesar de su tamaño, increíblemente ágil. De un solo salto, se plantó delante de donde había pretendido ir, y barrió el suelo con su brazo izquierdo. Sora golpeó el suelo con la Llave Espada para darse algo de impulso al saltar, evitando ser arrastrado por el golpe. Eso le dejó vendido en el aire. Solo unos pocos segundos; los suficientes para que Manus continuara con su ráfaga de golpes.

Su ira, la ira del hombre primitivo, del primero en manipular la oscuridad de la humanidad, se reflejó con una serie de golpes con su brazo semejantes a los que podría propinar un gorila teniendo un berrinche. Él nunca había sido golpeado por un gorila – sí había sido lanzado por uno, pero no golpeado como tal –, aunque quería imaginar que no era tan doloroso como ser aplastado en cada hueso de su cuerpo por aquellos fieros golpes.

Manus no lo dejó recuperar la respiración, o siquiera ganar algo de distancia. Eso era lo que había pretendido evitar, ¡y sin embargo había sido superado con tanta facilidad…! Manus lo agarró con su poderoso brazo, y Sora gritó de dolor. ¿Todavía no había conseguido Donald romper la maldita barrera…?

Abrió los ojos, a pesar de que su instinto le pedía cerrarlos por el dolor.

El número IX colocaba frente a su rostro su catalizador, cargado de energía oscura.

"Ah", pensó. "Voy a morir aquí".

¡A la mierda las reglas, Sora! ¡Fuego con fuego!

¡No! Si dejaba que su corazón fuera tomado por la oscuridad, si se convertía en uno de ellos, entonces… Entonces…

[…]

Estación del Despertar.

El corazón de Sora estaba en grietas. Roxas sudaba en una esquina, incapaz de seguir haciendo frente a las sierpes de oscuridad que habían penetrado en ellos. ¿Iban a ser devorados? Eso era lo más probable. Gruñó. Sus piernas no le respondían. ¡Maldita sea! Tenía que incorporarse. Tenía que incorporarse y seguir luchando. Por ellos. Por ella. Por Sora.

"¡Vamos…!".

Un haz de luz apartó la oscuridad de Sora, que se arremolinó en torno a un único cuerpo. Un Sora oscuro como lo más profundo del espacio, un Sora brillante como la más pura de las estrellas.

– No podremos mirarla a la cara si hacemos esto – dijo la Luz –. Nadie será feliz si lo hacemos. Esa es la conclusión a la que llegamos. No podemos abandonarnos a la Oscuridad. Ni para ganar un combate, ni para cumplir con nuestra misión. Debe haber otra manera.

– No la hay. ¿No lo estamos viendo? – replicó la Oscuridad –. Vamos a morir. Todos. Y eso es el fin del camino. No hay vuelta atrás. Una vez mueres, no hay segundas oportunidades. Y entonces sí que jamás podremos verla. No podemos permitirlo.

– Confiamos en Donald y Goofy. En el no muerto sin nombre. Confiamos en nuestro Destino. Nuestra historia no es la historia de alguien que sucumbe a la oscuridad. Ese no somos nosotros.

– Riku lo hizo por nosotros. Se abandonó a la oscuridad para derrotar a Roxas y salvarnos. ¿No vamos a ser capaz de hacerlo nosotros por todos? Mancharnos las manos. Dejar que la oscuridad nos someta. ¿Vamos a ser un cobarde hasta el final?

– Riku se equivocó. Riku no es infalible. ¿Por qué no dejamos de compararnos con él?

– Él es mejor. Por eso nos comparamos con él.

– Kairi no lo quiere a él.

Un incómodo silencio se instauró entre ambos. La Luz sintió que la Oscuridad no sería capaz de replicarle en esa línea, así que insistió.

– Kairi no le escribió aquella carta a Riku. Nos la escribió a nosotros. Kairi no confió en Riku para ser salvada en Islas del Destino. Confió en nosotros. Kairi no le dijo a Riku que pasaría con él todos los días de su vida – y miró a Roxas un segundo antes de añadir –. Nos lo dijo a nosotros. Cometer los errores de Riku no nos ayudará a acercarnos más a ella.

La Oscuridad permaneció unos instantes más en silencio.

– Morir no nos acercará más a ella. No queremos morir. No queremos morir. No queremos morir. Noqueremosmorir. Noqueremosmorir. Noqueremosmorir. Noqueremos…

[…]

– … morir. No quiero… ¡No quiero morir!

Al final, era todo tan sencillo como eso.

El deseo más primitivo, el instinto más fuerte, la aspiración más humana. La supervivencia hizo a Sora patalear, mirar alrededor en busca de alguna clase de solución. Donald y Goofy todavía no habían atravesado la barrera. Y si lo habían hecho, ¿por qué Manus no estaba soltándole? Estaba solo. Solo ante el peligro. Solo ante la muerte. Iba a perderlo todo. Iba a morir. No. No, no, no, no, no, no, no. No quería morir. Unas lágrimas asomaron por sus mejillas. Era demasiado joven para morir. Podía sentirlo. Sus costillas estaban rotas, y habían punzado órganos internos. El agarre de Manus estaba destrozándolo por dentro, y el conjuro estaba casi terminado. La oscuridad emergería y destrozaría su cabeza. Tendría suerte si su cadáver era reconocible.

– ¡No quiero morir!

Al final, era todo tan sencillo como eso.

La supervivencia hizo a Sora recurrir al único poder que todavía no había despertado en su interior. Inconscientemente, supo de qué se trataba. Su corazón llevaba toda aquella aventura peleando contra él, pero finalmente lo asumió como una parte de sí misma. Roxas se sumió en un profundo sueño. Las serpientes de oscuridad lo devoraron por dentro. Pero le ayudaron a sobrevivir.

La oscuridad formó una explosión a su alrededor, obligando a Manus a abrir la mano, y haciéndole retroceder el brazo del bastón. La magia emergió, descontrolada, y él saltó en su búsqueda. Devoró las esferas de oscuridad. Eso le ayudaría. Magia regenerativa. Magia de potenciador. Más fuerte. Más ágil. Más. Necesitaba más. Para esquivar la muerte. Para estar siempre a salvo. Para proteger a Kairi.

Sora había conocido y utilizado en el pasado la oscuridad, era aquello que él había llamado Anti-forma, o, posteriormente, Forma de ira. Esto era algo completamente distinto. No pudo evitar sonreír. ¡Oh, cuánto, cuánto poder…! ¡Tan hermoso poder!

– VoY a mAtaRte. Jaja, ¡JaAjJajaajajajaja!

El combate se convirtió entonces en una brutal carnicería. Una despiadada pelea en la que ninguno tuvo preocupación por su propio bienestar. La humanidad primitiva y la humanidad descarnada; el pecado primitivo y el deseo primitivo. Dos viejos hombres que todo lo habían abandonado en una sobredosis de locura. Dos viejos hombres que nunca serían los mismos.

La Llave Espada desgarraba carne, y la oscuridad quemaba carne. La Llave Espada cortaba carne, y el terrible brazo aplastaba carne. Carne y sangre. Sangre y carne. Dolor y sangre. Dolor y risa. Risa y risa. Risa. Sangre.

Un festival de oscuridad. La Llave Espada cortó a Manus tantas veces que no debería haber sido capaz de levantarse jamás. Su brazo lo golpeó con tanta intensidad que no debería haber quedado de él más que un charco rojo. Y, sin embargo, ambos seguían en pie, disfrutando al máximo de aquel espectáculo del que ambos eran protagonistas. Donald y Goofy quedaron paralizados. Eran incapaces de atravesar aquel conjuro, tan simple pero tan eficaz, y miraban a su amigo con estupor. ¿Cómo podían ayudarle a volver a ser el mismo después de eso?

¿Cómo podían recuperarlo?

"Esa es la gracia. Nunca volveréis a recuperarlo", pensó con satisfacción el hombre de la gabardina blanca, oculto de nuevo en lo alto del horno de la primera llama. Aunque su ira había sido sincera, sabía que no podía tomar demasiado tiempo lejos de allí si quería cumplir con el encargo del maestro. "Con esto, mi trabajo estará completado. Antes de que el elegido de los no muertos enlace el fuego en otra dimensión, y quedemos atrapados en ella, debería sacarlos de aquí. Después de todo… En Lordran el tiempo transcurre de una manera extraña".

Un portal de oscuridad, grande como una piscina, absorbió a ambos luchadores, que ni tan siquiera notaron que estaban siendo transportados. El hombre de blanco los siguió. Dejaba atrás a los lacayos del Rey… "Bueno, qué más da". Ellos ya daban igual. De hecho, era mejor que corrieran la voz.

Ahora tendrían que buscar una manera de completar sus siete luces.

Ahora, que sabían que Sora era una de las trece oscuridades, la presión por recuperar a Aqua solo era mayor.


DIRECTORIO DE NUEVOS PERSONAJES

Los personajes que no aparecen en la saga de Kingdom Hearts podéis encontrarlos aquí. Están listados por orden de salida en el capítulo.

Frampt el Buscarreyes

Una de las Serpientes Primigenias. Amigo de Gwyn, Señor de la luz.

Tiene encomendada la misión de encontrar al elegido de los no muertos, aquel que logre tocar las dos campanas del Despertar, y guiarle para que enlace la llama. Para ello, debe pedirle que consiga la Vasija del Señor en Anor Londo, y a continuación guiarle hacia las grandes almas: la de Nito, la de la Bruja de Izalith y la de Gwyn. Solo de esa forma, podrá repetirse la hazaña de Gwyn, y restaurar la edad del fuego, aunque solo sea temporalmente...

Elegido entre los no muertos

Un caballero que enfrentó a criaturas de todo tipo, y superó múltiples desafíos. Un humano normal que fue enviado el Asilo de los no muertos cuando manifestó en él la Señal Oscura, que absorbe almas.

Fue rescatado y, en agradecimiento, cumplió la profecía que su fallecido rescatador pretendía cumplir. De esa forma, espera salvar el mundo.

Cuando muere, la Señal Oscura le lleva a la hoguera más cercana. Lo que nadie comprende del todo es que esto, en esencia, le permite saltar entre dimensiones. Él conserva todos sus recuerdos, así que es consciente de esta realidad.

Después de ser derrotado, enlazaría la Llama en otro mundo, aunque demasiado tarde para salvar a Sora…

Gwyn, Señor de la Ceniza

El antiguo señor de la luz solar. El dios que lo comenzó todo, que dirigió a sus leales caballeros en la guerra contra los dragones, empleando para ello la magia relámpago que aprendió de Seath el Descamado.

Un ser tan poderoso que, aun ofreciendo parte de su alma a su amigo Seath y a los Cuatro Reyes de Nuevo Londo, continuó gobernando sobre Anor Londo sin que nadie percibiera la diferencia.

A pesar de ser un dios, tenía muchos defectos. Era controlador, paranoico y drástico; incluso exilió a su hijo, un antiguo dios de la guerra, y borró todo rastro de él en Anor Londo.

Cuando llegó la hora de que terminara su edad del fuego, en un intento por prolongarla, por proteger todo lo que había construido, sacrificó su propia vida.

Número IX de la Nueva Organización XIII – Manus, Padre del Abismo

Un hombre primigenio y primitivo que dominó la magia oscura, la magia de la humanidad. A veces confundido con el furtivo pigmeo.

Se le califica como "Padre del Abismo" porque hace crecer a la oscuridad con su mera presencia. Un mago que fue enterrado en lo más profundo de Oolacile, y que, al ser perturbado su descanso, hizo avanzar el Abismo a pasos agigantados. Fue detenido, según las leyendas, por Artorias.

Al parecer, en su día perdió un colgante de valor inconmensurable, y con su extraordinario poder atravesaría incluso el tejido del espacio-tiempo para recuperarlo. El hombre de la gabardina blanca se lo devolvió como forma de reclutarlo para las XIII Oscuridades.