Disclaimer: Shaman King es propiedad de Hiroyuki Takei.
Enfrentando el Pasado
Capítulo 7: Consecuencias.
La nieve caía en la colina Funbari, sepultando la ciudad bajo un manto blanquecino. En el cielo, las nubes grises se amontonaban, obstruyendo parcialmente el reflejo del Sol y sumiendo las calles en una leve oscuridad, semejante al de la noche. A pesar de esto, se podía ver mucha actividad y entusiasmo entre la gente, que intentaban completar los preparativos para las festividades que se estarían celebrando desde la noche del siguiente día.
Ajena a la algarabía de la multitud, una joven de cabellera rubia caminaba distraídamente. Su mirada perdida y su aura de frialdad provocaban que las personas se salieran de su camino casi por inercia, apenas dedicándole una mirada de desconcierto antes de volver a sus propios asuntos.
Al llegar a un parque de aspecto familiar, la joven se detuvo para observar aquel enorme árbol de navidad adornando el amplio espacio recreativo. Sin quererlo, a su mente llegó el recuerdo de aquel primer día en Funbari, cuando en ese mismo parqueo un joven de cabellera castaña chocó con ella y la derribó. Desde ese momento pudo sentir la conexión, pero obligó a su corazón a sepultarlo en sus profundidades para no tener que lidiar con ese extraño sentimiento.
Pero el destino era cruel, encarándola nuevamente con la imagen de aquel joven esa misma noche en la oficina de su padre, revelándose como el nuevo blanco de su familia. Pensó que debía ser una horrible coincidencia, más cuando se enteró de la identidad del castaño y descubrió que estaba ligado intrínsecamente a un pasado que por años permaneció ocultó en un rincón de su ser, obligándola a enfrentarse nuevamente a él.
—Anna —no supo cuánto tiempo estuvo ahí parada, tan absorta en sus pensamientos que no se percató que una figura muy familiar se había aparecido frente a ella y ahora la miraba con algo de simpatía—, papá te espera en el hotel.
Había postergado el inevitable encuentro con el patriarca Kyouyama toda la noche después del fiasco de la misión, pero no podía huir para siempre. Seguía siendo una Kyouyama y seguía teniendo una deuda de gratitud con el hombre que la salvó todos esos años atrás. No podía darle la espalda a todo eso.
—Te sigues comportando como si fueras un niñero, Ray —musitó Anna con un tono neutral.
El joven que estaba frente a ella tenía el cabello negro corto suelto en un peinado simple. Utilizaba unas gafas de lectura y venía doblemente abrigado por las bajas temperaturas que reinaban en el ambiente. Era notablemente más alto que ella, con unos rasgos afilados y una mayor madurez en su mirada, por lo que debía llevarle varios años.
—Soy el mayor, a mí me corresponde —respondió encogiéndose de hombros—. Toma, seguro no has comido nada.
Anna tomó la bolsa marrón que Ray le extendió, sintiendo algo cálido al contacto con su piel. Al abrirlo, descubrió en su interior unos bollos al vapor. Con un pequeño agradecimiento, empezó a mordisquear uno mientras le daba seguimiento al mensajero de su padre. Realmente no tenía mucho apetito, pero necesitaría de energía para el enfrentamiento que se avecinaba.
—¿Sabes algo de Kenji?
—Kenji está en el hotel, los gemelos Inuki e Ibuki se encargaron de recogerlo.
—Kenji odia a los gemelos.
—Por esa misma razón padre los mandó a ellos.
Cosas como esas sacaban a relucir la mala relación que tenían Kenji y su padre, lo cual era discordante, porque Kenji era el único hijo biológico. Parecía que aquella cicatriz del pasado seguía pulsando dolorosamente entre ellos.
—Sé que nunca fuimos cercanos, Anna —empezó a decir su acompañante, manteniendo la mirada en el frente—, pero si necesitas algo, sabes que puedes contar conmigo.
Anna no respondió, sólo se limitó a mirar su espalda en silencio, recordando en su mente las pocas interacciones que había tenido con él.
Ray, al igual que todos los demás, había sido adoptado por el señor Kyouyama. Si no se equivocaba, Ray era de Inglaterra y había perdido a sus padres en un incendio cuando apenas tenía ocho años. El señor Kyouyama vio potencial en él y lo entrenó para ser un shaman. Al ser el mayor, intentó velar por la seguridad de los demás, o por lo menos, quería dar esa impresión. La realidad era otra, según pudo descubrir al leer su mente. Ray quería convertirse en alguien indispensable para los demás, que confiaran ciegamente en él para poder dominarlos a su antojo. Además, era absolutamente leal al señor Kyouyama, llegando incluso a delatar e infligir castigo corporal ante la menor sospecha de traición.
Kenji y ella sabían de la verdadera naturaleza de Ray, por eso no habían caído en sus redes. Ni él, ni los otros, conocían las habilidades secretas de la sangre Kyouyama, como su capacidad para invadir la mente de los demás y leer sus pensamientos, así que para Ray seguía siendo un misterio por qué ella y Kenji no le seguían el juego.
Si Ray tenía la impresión de que ahora sería más vulnerable a su falso carisma, estaba muy equivocado. No confiaría en él, ni en los otros hijos adoptivos del señor Kyouyama, aunque su vida estuviera en juego.
El resto del camino al hotel transcurrió sin que volvieran a intercambiar palabras, pero Anna sintió en todo momento cómo Ray vigilaba sus movimientos, pendiente al más mínimo indicio de escapatoria.
—Ya sabes dónde encontrar a papá —le informó Ray, marcando el piso donde estaba la oficina del señor Kyouyama en el tablero del ascensor.
Anna llegó hasta la oficina de su padre en cuestión de minutos. Sin mucho entusiasmo, tocó a la puerta quedamente por unos segundos y se puso a esperar.
Cuando la puerta se abrió, revelando una habitación bañada en penumbras, Anna entró con pasos firmes, con el temple de acero que la caracterizaba, lista para afrontar las consecuencias de sus acciones.
—Papá —saludó con la cabeza en alto, mirando al hombre que la esperaba sentado detrás de un amplio escritorio de roble, aparentemente ensimismado en unos documentos.
—Me has decepcionado, Anna —empezó a decir con un tono de reprobación palpable—. Esperaba más de ti.
—Lo siento.
Cuando su disculpa pareció registrarse en la mente del señor Kyouyama, este suspiró y dejó todos los papeles en la mesa para dedicarle toda su atención.
—Empaca tus cosas, volverás a Aomori —Anna se extrañó un poco, pensando que eso sería todo—. Y en un mes te casarás con Hao Asakura.
—¿Casarme…con…Hao? —Anna repitió nuevamente las palabras, incapaz de creer la sentencia que le había impuesto su padre.
Con una mirada de incredulidad, que no pudo reprimir por el impacto de la noticia, Anna intentó buscar algún rastro de compasión en los ojos de su padre, pero este la mirada con esa indiferencia que siempre lo caracterizaba. Supo entonces que su destino estaba sellado, ninguna replica lo haría cambiar de opinión.
Con los hombros caídos, Anna salió de la oficina con un tumulto de emociones en su corazón. No quería casarse con el Shaman de Fuego, pero tampoco podía ir en contra de los deseos de su padre, no después de lo que hizo por ella…
—¿Anna? —Un hombre corrió hacia donde ella estaba, agachada en medio de la nieve con la cabeza escondida entre sus rodillas.
Pudo escuchar el sonido de gruñidos y enfrentamientos, tratando de impedirle el paso a aquel desconocido que la llamaba. El terror hizo que apretara con más fuerza sus párpados e intentara tapar todo sonido con sus manos. Quería que todo terminara, que nadie más saliera lastimado por su culpa.
—¿Estás bien, Anna? —Sentir una mano humana sobre su cabeza la sobresaltó, liberándose del ovillo en que se había envuelto.
—¿Quién…? —Un hombre rubio estaba agachado frente a ella, mirándola con preocupación—. ¿Cómo?
Los demonios habían desaparecido, dejando atrás una estela de sangre y cuerpos sin vida como única evidencia de su existencia.
—Ya estoy aquí, Anna, no te preocupes —aquel hombre la cargó en sus brazos, repitiendo palabras reconfortantes para disminuir la tensión que arropaba su cuerpo. Sin saber bien por qué, su presencia logró calmarla, permitiéndole finalmente cerrar los ojos bajo un extraño sentimiento de seguridad.
Tenía cuatro años cuando el señor Kyouyama la encontró en aquel claro, en una escena que parecía sacada directamente de una película de terror, rodeada por todos lados de demonios y cadáveres.
Sin inmutarse ante la situación, el señor Kyouyama derrotó a los oni y la rescató de aquel infierno. Después la llevó hasta su hogar y se convirtió en su nuevo padre. Sólo ella conocía una faceta diferente a la de aquel hombre frío e indiferente que todos conocían.
Su respiración era agitada y su cuerpo temblaba sin razón aparente. En su desorientación, intentó abrir los ojos para saber dónde estaba, encontrándose una escena algo borrosa, donde figuras que parecían humanas caminaban de un lado a otro murmurando palabras ininteligibles para sus oídos. De pronto, una voz se impuso sobre las demás y todo quedó en silencio…
—No le pago para hablar sandeces doctor —una voz muy familiar resonó, se escuchaba furiosa—. Le pago para que salve a la pequeña Anna.
—Por favor, señor Kyouyama, le ruego que se tranquilice. Hacemos todo lo que está en nuestro alcance para ayudar a su hija, por… —el aludido le cortó antes de poder continuar con sus palabras.
—Parece que eso no es suficiente. Quiero resultados y los quiero ahora, o mejor váyase olvidando de salir de aquí con vida —amenazó fríamente. Los allí presentes lo miraron con el temor impreso en sus ojos. Conocían la reputación de ese hombre y estaban seguros de que cumpliría con su amenaza si no veía resultados pronto—. Se supone que son los mejores doctores del país, demuéstrenlo.
—Siempre tan impulsivo, Tensei —una nueva voz, vagamente familiar, se dejó escuchar.
—Padre.
—Anna es fuerte, ella sobrevivirá a esto. Deja de torturar a los pobres médicos.
Había caído enferma luego de una semana de entrenamiento de supervivencia en el Monte Osore. No podía recordar bien qué pasó mientras estuvo en Osorezan, pero estaba segura de que Kenji fue quien la llevó de regreso a casa. Muchas cosas cambiaron después de eso, como la actitud rencorosa de Kenji.
—Supongo que no es tan mala idea tener una hermana —fueron sus palabras aquella vez. No le dio mayores explicaciones, y ella tampoco le preguntó. Era como si tuvieran un acuerdo implícito.
Luego de su recuperación, el señor Kyouyama decidió llevarlos fuera de Japón, viajando a diferentes lugares del mundo, recogiendo a otros huérfanos con potencial espiritual en su camino, y formando una organización para controlar el bajo mundo.
Fue inevitable que sus caminos se cruzaran con el de Hao Asakura, quien andaba reclutando seguidores en ese momento. No supo bien qué tipo de acuerdo hicieron, pero después del encuentro formaron una especie de alianza. Ahí también fue cuando Hao mostró un extraño interés en ella y le pidió a su padre que se la entregara como una muestra de buena voluntad. Afortunadamente, su padre se negó en ese momento, pero lo aplacó prometiéndole su mano en matrimonio si Hao se convertía en el Shaman King.
Anna lo detestó desde el primer momento en que lo vio. Hao era físicamente idéntico a Yoh, pero era su completa antítesis. Eso, sumado a la altanería del Shaman de Fuego, la llenaban de repulsión. No entendía por qué su padre accedió a prometer su mano en matrimonio. ¿Acaso no le importaba lo que ella quería? ¿Por qué debía castigarla obligándola a casarse con Hao, la única cosa en la que nunca estuvo de acuerdo con él?
En medio de sus cavilaciones, sus pies la llevaron automáticamente a su habitación asignada en el hotel Funbari, con las pocas pertenencias que tenía, incluido aquellos dos objetos que significaban un mundo para ella, que le recordaban aquel año en que su corazón volvió a latir cálidamente después de haberse congelado.
—¿Por qué? —Escuchó una voz conocida preguntarle.
Con cuidado cerró la puerta tras de sí y se acercó a una silla que estaba frente a un tocador. Clavando su vista en el espejo, pudo ver el reflejo de un joven de cabellera rubia sentado en el marco de la ventana, con la vista fija en el exterior.
—¿Por qué no me dijiste? —Insistió—. Pensé que sólo estabas confundida, no pensé que tus sentimientos fueran tan profundos.
—¿Qué habrías hecho de saberlo? —Se animó a preguntar, viendo el reflejo de sus ojeras y sus ojos llenos de derrota devolverle la mirada.
—Te habría ayudado, por supuesto —le respondió volteando finalmente a verla, dejando al descubierto la decepción en sus orbes grises—. ¿Por qué no confías en mí?
—¿Tienes que preguntarlo? —Cuestionó ella a su vez, ocupada en peinar su cabello—. ¿Crees que no sé de tus tratos con Hao?
Pudo ver un destello de sorpresa aparecer en su cara desde el espejo, antes de ser sepultado bajo una máscara de neutralidad.
—Entiendo que no te agrade Hao, Anna —le dijo poniéndose de pie y caminando hasta la puerta—. Pero entiende algo, yo estoy y siempre estaré, de tu lado.
Con esas últimas palabras, Kenji Kyouyama salió de la habitación sin hacer el más mínimo ruido, dejando que Anna descubriera por sí misma el significado de su declaración.
Salió de la habitación con un destino claro en mente. Después de meditarlo toda la noche, llegó a la conclusión de que Anna debía conocer a Yoh desde antes. Ese tipo de sentimientos no surgían de la nada, alguna interacción debieron tener en el pasado que creó esa flama entre ambos.
Tuvo que obligar a su mente a retroceder en el tiempo, a aquel año en que Anna fue adoptada por su padre y pasó a vivir a la casona Kyouyama. Acababa de perder a su madre en aquellos tiempos, porque su padre había estado más ocupado salvando a Anna que a su propia esposa. Por eso inicialmente le guardó mucho rencor, sentía que parte de la culpa la tenía ella, así que no se molestó mucho en reconocer su existencia.
Pero podía recordar, en medio de la burbuja de odio y rencor que era su vida en ese momento, que Anna había hecho un amigo por esos tiempos, alguien que le devolvió la vitalidad a aquel cuerpo que vagaba sin propósito, que hacía que volviera a sonreír cuando sus palabras hirientes la afectaban.
Ese era el único momento en que pudo haber conocido a Yoh Asakura. Además, fue ahí que comenzó a usar aquel pañuelo rojo y aquel dije de oro en forma de manzana. Debió ser ahí, no podía existir tanta coincidencia en este mundo.
Después sólo necesitaba una confirmación de Anna. Una confirmación de que sus sentimientos por Yoh Asakura eran mucho más profundos de los que sus palabras podrían expresar. Lo suficientemente profundos para hacerla desobedecer a su padre, algo que ella jamás haría por nadie más, ni siquiera por él que pasó diez años a su lado brindándole su apoyo.
Con ese último eslabón resuelto, entró a la oficina de su padre dando un portazo. Ni siquiera esperó que le diera el permiso de entrar, simplemente se acercó al escritorio y lo miró con una mezcla de rencor y agresión reprimida.
—Creí haberte enseñado a tocar la puerta antes de entrar, hijo —le reclamó su padre sin mirarlo, más ocupado en firmar unos documentos.
—Lo sabías —al ver que seguía sin prestarle atención, utilizó su poder espiritual para ordenarle a su lobo negro, Kuro, que incendiara los papeles que su padre tenía sobre la mesa.
El señor Kyouyama vio los papeles volverse cenizas frente a sus ojos sin el menor atisbo de emoción.
—Sabías de la relación entre Anna e Yoh —insistió, haciendo que su lobo blanco, Shiro, congelara el escritorio y ejerciera presión para hacerlo pedazos—. Y aún así querías obligarla a matarlo.
Su padre siguió sin inmutarse ante el arranque de poder de su hijo, sólo se limitó a ponerse de pie y caminar hasta la ventana para observar la ciudad bajo aquel manto de nieve.
—Era necesario —se animó a decir fríamente—. Anna será la esposa del Shaman King, Hao Asakura. Para eso debía cortar toda conexión con Yoh Asakura. Creí que ella podría hacerlo, pero al parecer, me equivoqué.
—Sabes muy bien que Anna odia a Hao.
—Aprenderá a amarlo con el tiempo.
—Pensé que, en ese pedazo de hielo que tienes como corazón, al menos te preocupabas por Anna —dijo con una calma que no sentía—. Esa era el único motivo por el que te toleraba. Ahora veo que me equivoqué, Anna es otro títere para ti.
—No sabes de lo que hablas. Esto es lo mejor para Anna.
—Si de verdad piensas eso, eres más estúpido de lo que creí —sentenció con un tono indiferente—. La única razón por la que sigo aquí es por ella, pero si insistes en hacerla sufrir, no me culpes si no soy educado contigo.
En ese momento sintió cuatro entidades espirituales hacer acto de presencia. Un vistazo rápido le reveló lo que ya sabía, los cuatro hijos adoptivos de su padre lo rodeaban.
—Kenji, es mejor que te calmes —uno de ellos, el mayor de todos, le dijo con gesto conciliador—. Papá sólo está tratando de velar por el futuro de Anna.
Kenji identificó al que había hablado. Era Ray, el más falso de los cuatro, que te sonreía por el frente y te clavaba el puñal por la espada.
—Siempre tan salvaje este Kenji —comentó Inuki, uno de los gemelos de diez años que fue adoptado más tardíamente.
—Estaría mucho mejor viviendo con lobos —concordó Ibuki, la hermana gemela de Inuki.
—Kenji, por favor, no nos obligues a lastimarte —la última en hablar fue Kaori, la única con la que mantenía una relación más o menos cordial.
Kenji los observó a todos en silencio, antes de clavar su mirada en la figura de su padre, el cual seguía dándole la espalda sin intervenir en los asuntos que tenían lugar en su oficina.
Su mano instintivamente fue a su cuello, donde un collar con dos colmillos de lobo reposaba oculto bajo su abrigo. En ese momento sintió la reconfortante presencia de sus espíritus, aquellos lobos que fueron heredados de su madre y que se convirtieron en sus mayores confidentes durante todos esos años. Los espíritus que compartían el dolor de su perdida y lo apoyaban en toda circunstancia. Con ellos a su lado no podía fallar.
Anna miró inquieta el reloj del vehículo donde estaba montada, sintiendo un mal presentimiento en las profundidades de su ser. Por alguna razón, tan pronto Kenji salió de la habitación, Ray se presentó para apurarla a recoger sus cosas y tomar el taxi que la llevaría hasta Aomori. Lo único que pudo captar de su mente en ese breve momento fue un fugaz pensamiento de obedecer a su padre y sacarla de Funbari lo más pronto posible.
No supo interpretar bien el motivo de la premura, pero no quiso seguir desafiando las órdenes de su padre después de lo sucedido, así que obedeció rápidamente. A pesar de eso, no pudo evitar sentir que algo no estaba bien.
Cansada de esos conflictivos sentimientos, Anna cerró los ojos en un intento por reposar su mente un momento. Tenía todo el espacio de atrás para ella y muchas horas de viaje por delante. Necesitaba descansar. Desafortunadamente, su cerebro no quería cooperar con ella, volviendo a presentarle los recuerdos de la noche anterior.
Los demonios lo rodeaban, listos para lanzarse al ataque en cualquier momento; solo necesitaban una orden de su ama y todo acabaría. Antes de poder hacer algo, un herido y ensangrentado Horohoro se lanzó hacia él, provocando que ambos rodaran unos metros hacia el norte. El ainu había logrado escabullirse con mucha dificultad de las manos de Kenji para ayudar su amigo.
—¡¿Qué demonios crees que haces, vas a tirar la toalla así nada más?! —Horohoro lo tomó del cuello de la camisa con furia, incapaz de creer que su amigo se rindiera sin dar la pelea.
—Tú no entiendes Horohoro —se defendió el Asakura desviando la mirada.
—¡¿Qué no entiendo, que ellos intentan matarnos y tú se lo piensas permitir?! Reacciona de una buena vez Yoh, ¿no ves lo que ocurre? ¡Mira a tu alrededor y date una idea!
Yoh lo miró un momento, totalmente serio, luego volteó la mirada hacia Manta y las chicas, leyendo fácilmente el miedo en sus rostros. Entonces vio la pensión quemándose poco a poco, con Ryu y Fausto congelados dentro; la pensión no aguantaría mucho tiempo, pronto colapsaría y los escombros caerían sobre los cuerpos de sus amigos haciéndolos añicos en segundos; por último, observó a Kenji y a Anna parados justo detrás del ainu, sus rostros totalmente inexpresivos, con sus espíritus a su lado, esperando la orden.
Kenji fue el primero en actuar, ordenando a sus lobos atacar al ainu. Horohoro rápidamente se volteó al presentir el peligro, defendiéndose con su tabla en mano de los ataques de ambos lobos. Con algo de esfuerzo logró apartarlos para levantarse, sintiendo un dolor punzante en su pierna izquierda al hacerlo.
Ambos lobos volvieron a arremeter con fuerza. Horohoro se defendía como podía con su tabla, lanzando maldiciones de cuando en cuando por la poca cooperación de Yoh. Los lobos fueron ganando terreno, obligándolo a retroceder poco a poco hasta que su espalda chocó con un árbol. No había escapatoria, los espíritus venían de ambas direcciones. Sintiendo algo de impotencia, un pensamiento cruzó su mente: ¿cómo se suponía que iba a luchar contra alguien que era capaz de manejar su elemento opuesto con una fuerza tan bestial?, ninguna de sus técnicas funcionaba contra ellos, todas eran rápidamente inutilizadas.
Con Yoh las cosas tampoco se veían muy bien, los espíritus de Anna lo atacaban con fuerza, todo bajo las órdenes, no de la misma Anna, sino la de Kenji. En uno de sus ataques, Yoh cayó a los pies de Anna y la miró. Para su total sorpresa, le sonrió; ambos shikigamis estaban a punto de atacarlo nuevamente cuando la voz de su ama los detuvo…
—Esperen. Déjame hacerlo a mí Kenji, tú encárgate del cabeza de púas —Kenji la observó desconfiado. Anna le devolvió una mirada de advertencia, eso le bastó para asentir y dirigirse a donde estaba el ainu; una vez que Kenji se alejó, se agachó hasta quedar a su altura—. ¿Por qué no te defiendes?
—Ya te lo dije, voy a cumplir con mi promesa —respondió débilmente.
—Si mueres, ya no habrá promesa que cumplir —esa declaración lo desconcertó un poco, pero al final volvió a sonreír.
—Si tú eres feliz nada más importa, sólo quiero que sepas una cosa…
—No lo digas, por favor…
—Te amo Anna, recuerda eso —usando acopió de fuerza se levantó.
Ya no lo pudo soportar más, su mirada, su sonrisa, esa calidez que sólo él podía transmitirle y que le llenaba de vida. Tal vez después se arrepentirá de lo que estaba a punto de hacer, pero ahora nada más le importaba. Si seguía por ese camino, sus sentimientos terminarían tomando el control y eso significaría que las cosas estarían peor.
Tomando una decisión, lo miró por última vez antes de echarse a correr bajo la atónita mirada de Kenji, que, confundido y preocupado, decidió seguirla antes de terminar el trabajo.
Abrió los ojos con algo de pesadez, observando el paisaje pasar rápidamente por la ventana. Parecía que el viaje iba a ser más largo de lo que pensaba.
Hizo lo que pudo para estabilizar el sangrado y detener el dolor con sus pocos conocimientos de medicina. Sabía que era un método provisional, que debía detenerse a realizar un tratamiento más eficiente, pero no disponía de tiempo, debía llegar a su destino. Era la única manera de detener los planes de su padre y recuperar a Anna.
Con ese plan en mente, logró escabullirse por el hospital sin que nadie se diera cuenta de su existencia, logrando ingresar a la habitación de la persona que buscaba sin dificultad.
Unos ojos café lo recibieron en silencio, observándolo calmadamente desde su lugar en aquella cama.
—Yoh Asakura —saludó al darse cuenta de que su presencia había sido descubierta.
—Kenji Kyouyama.
Al lado de Yoh apareció su fiel espíritu Amidamaru, tomando una posición defensiva al lado de su amo. Kenji lo observó sin inmutarse, acercándose con una cojera hasta llegar a su lado, permitiendo que la luz de la luna que se filtraba por la ventana revelara su estado.
—Parece que tampoco te ves muy bien —observó Yoh tranquilamente—. ¿Vienes a terminar lo que empezaste?
Kenji no respondió, enfocándose en estudiar al Asakura.
A pesar de que tenía una mirada exhausta, Yoh estaba demasiado calmado para alguien que sufrió un ataque tan severo la noche anterior. Ni siquiera mostraba indicios de hostilidad ante la presencia del autor del ataque.
—Eres muy raro, Yoh —comentó casualmente, tomando asiento en la silla desocupada que estaba al lado de la cama—. No estás preocupado en lo más mínimo por mi presencia aquí.
—¿Debería estarlo? —Preguntó con una expresión de genuina confusión.
Amidamaru, a diferencia de su amo, veía el intercambio con algo de tensión.
—Supongo que no —admitió finalmente, recostándose de la silla y mirando el techo agotado. No sentía dolor por los medicamentos, pero el cansancio seguía calando en sus huesos—. Vengo a proponerte una alianza.
—¿Una alianza?
—¿Por qué nos aliaríamos con alguien que nos traicionó una vez? —Intervino Amidamaru.
—Es simple, samurái —respondió dirigiéndose su mirada hacia Yoh—. Es la única forma de salvar a Anna.
—¿Salvar a Anna? —Fue como si un interruptor fuera activado al mencionar el nombre de Anna. La mirada despreocupada de Yoh se tornó más seria y sus ojos se afilaron hasta el punto de que Kenji sintió un escalofrío.
—Mi querido padre quiere que Anna se case dentro de un mes —empezó a explicar al notar el cambio de ánimo en el ambiente.
—¿Y qué es lo que quiere Anna?
—¿Acaso no es obvio, Yoh? —Preguntó retóricamente, manteniendo su mirada—. Anna te quiere a ti, por eso te eligió anoche.
Fin del capítulo 7.
Seguramente se nota una gran diferencia en la escritura entre los capítulos anteriores con este (espero que para mejor xD).
¡Si llegaron hasta aquí, gracias por darle una oportunidad a este fic!
Ya todos los capítulos están escritos, sólo necesito revisarlos y editarlos.
