Disclaimer: Shaman King es propiedad de Hiroyuki Takei.

Enfrentando el Pasado

Capítulo 8: Alianzas

—Una serie de incendios desconocidos preocupan a los residentes de la colina Funbari. El primero ocurrió en una pensión, ubicada en los suburbios, hace apenas una noche, mientras el más reciente tuvo lugar la tarde de ayer en el Hotel Funbari. Hasta ahora, las autoridades desconocen las causas de esos extraños incendios. Afortunadamente no se han reportado heridos en ambos incidentes, pero…

—Aburrido —cambió a otro canal, perdiendo el interés en el reportaje noticiero de aquella mañana.

—Oye, Kenji —alguien llamó, tratando de obtener la atención del joven que pasaba los canales de televisión robóticamente.

—¿Qué quieres, Yoh? —Preguntó sin mirarle, deteniéndose finalmente en un canal que transmitía una telenovela.

—¿Es esto realmente necesario? —Cuestionó con un notable castañeo en los dientes.

Kenji Kyouyama, quien se encontraba desparramado en un cómodo sillón jugando con el control remoto, finalmente se dignó a observar al otro ocupante de la habitación, Yoh Asakura, el cual estaba acostado en una cama con el cuerpo encerrado en un bloque de hielo, con la única excepción de la cabeza.

—El hielo de Shiro puede tener habilidades curativas —explicó Kenji sin entender bien el problema—. Así te recuperarás más rápido.

Antes de que Yoh pudiera responderle, alguien abrió la puerta de la habitación de hospital donde se encontraban.

—¡Buenos dí…AAAAAAAAHHHHH! —el recién llegado empezó a saludar con normalidad hasta que la insólita escena se registró en su mente—. ¡Kenji!

—¡Yo! —El aludido apenas le dirigió una mirada, regresando pronto su atención a la telenovela que estaban pasando en la televisión.

—Hola, Manta —saludó el Asakura con toda normalidad.

Manta Oyamada se quedó de piedra, observando a la persona que intentó matarlo y a sus amigos hace apenas una noche. En su mente aún podía sentir el fuego y el humo, mientras veía impotente a sus amigos caer. Su primer instinto fue correr en busca de ayuda, más cuando se percató de que su amigo estaba atrapado en un bloque de hielo. ¿Pero a quién podía llamar? Todos estaban heridos, descansando en otras habitaciones del hospital. Si Kenji venía con intenciones de terminar lo que empezó, ¿qué podría hacer él para detenerlo?

—¿Pero qué rayos? —Se le escapó sin desearlo cuando notó la presencia de Amidamaru al lado de Kenji, mirando absorto la telenovela—. ¡¿ALGUIEN PODRÍA EXPLICARME QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ?!

El miedo que hasta ese momento invadía todos sus sentidos fue retrocediendo lentamente, permitiéndole analizar mejor la escena.

Por un lado, estaba Kenji, más preocupado por la telenovela que por la presencia de Yoh, mientras este último estaba demasiado tranquilo en su bloque de hielo, no mostrando la actitud propia de alguien que estuviera bajo amenaza de muerte; aunque con Yoh nunca se sabía.

Finalmente, el miedo dio paso a la incredulidad y luego a la exasperación al ver que nadie se dignaba a explicarle.

—¡No le creas, Rosa! Pedro te miente —exclamó Yoh, enfrascado también en la telenovela.

Manta tropezó de la impresión de escuchar a Yoh. Esto era demasiado bizarro, incluso para alguien como Yoh.

—Oye, Oyamada. ¿Te importaría traernos el desayuno? —Preguntó Kenji sin despegar los ojos del televisor.

—Esa es una buena idea, Kenji. Muero de hambre —intervino Yoh, moviendo la cabeza levemente para poder mirar a Manta—. ¿Podrías, Manta?

El aludido no se decidía entre gritar histérico o golpearse la frente. Al final sólo suspiró con cansancio y salió de la habitación a buscar algo de comida para aquel par, optando por seguir la corriente de los extraños acontecimientos para preservar su sanidad.

Cuando regresó, con una bandeja de emparedados y jugos, Manta se encontró a Yoh liberado del bloque de hielo. Ni siquiera se molestó en preguntar qué había pasado, ni por qué la cama estaba tan seca a pesar de que un pedazo de hielo estuvo ahí momentos antes, sólo se limitó a colocar la bandeja en la mesita cercana a la cama y tomar asiento en una silla que curiosamente encontró, a pesar de que normalmente las habitaciones privadas tenían sólo una.

—Debí imaginarlo, Yoh. Tus amigos son igual de raros que tú —musitó Kenji tomando uno de los emparedados y pasándole otro a Yoh.

—¿Ya ves que tenía razón? Jijijiji…

—Tú ganas —declaró, entregándole un billete de cinco mil yenes.

—Don Manta es muy resiliente —intervino Amidamaru.

—¿Se puede saber de qué están hablando? —Preguntó Manta con un suspiro de resignación.

—De tu increíble capacidad para adaptarte a las circunstancias y aceptar las cosas por más extrañas que parezcan —explicó Kenji terminándose el emparedado—. Aposté que te irías corriendo al verme, y este de aquí apostó lo contrario. Como te quedaste, yo perdí.

Al escuchar esa explicación, Manta se les quedó viendo con incredulidad.

—Entonces todo fue hecho a propósito…No puedo creerlo.

—Jijijiji…

Luego de ese pequeño intercambio, Yoh finalmente le contó lo sucedido la noche anterior a Manta, las razones de la presencia de Kenji y la alianza que estarían formando para rescatar a Anna.

Manta se sentía renuente a la alianza con Kenji, pero Yoh actuaba como si nada de lo que pasó aquella noche le afectara. Ni el hecho de estar en el hospital, junto a todos los demás, ni el hecho de que la pensión se incendiara completamente parecían preocuparle demasiado. De no ser una actitud tan típica de Yoh, pensaría que estaba frente a alguien haciéndose pasar por su amigo.

Afortunadamente todos pudieron escapar con vida del incidente. Luego de la inesperada huida de Anna, por razones que escapaban a su comprensión, Kenji abandonó todo para ir tras de ella; Yoh y Horohoro aprovecharon para rescatar a Ryu y Fausto de la pensión antes de que esta terminara de colapsar sobre ellos. Sin una mejor idea y considerando el estado en que se encontraban, decidieron que lo mejor sería trasladarse al hospital para recuperarse.

El que salió peor parado fue Horohoro, así que Manta temía la reacción que el ainu pudiera tener cuando se enterara de la decisión de Yoh.

—¡¿TE ESTÁS VOLVIENDO LOCO?!

Efectivamente, cuando Yoh se dirigió a la habitación de Horohoro, ahora completamente curado gracias a una técnica de Kenji, para explicarle sobre la alianza, el ainu reaccionó tal y como lo esperaba.

—Yoh, ¿estás seguro de esto? —Preguntó Pirika, lanzando alguna que otra mirada de nerviosismo en dirección a Kenji—. Aún no sabemos nada de Ren.

—¿Ren? —Intervino Kenji, ignorando la tensa postura que tenían los hermanos ainus ante su presencia—. ¿No saben que está en este hospital?

—¿Qué dices? —Cuestionó Yoh con gesto confuso.

—Lo encontré en la base de datos de los pacientes cuando estaba ubicando tu habitación —Explicó Kenji con un encogimiento de hombros—. ¿A qué otro lugar iría un herido Ren Tao?

Un silencio siguió a sus palabras, un silencio que decía a gritos que a ninguno se le ocurrió la posibilidad de que Ren pudiera estar en el mismo edificio que ellos.

Después de un pequeño acuerdo, Pirika decidió investigar la situación de Ren, dejando a Horohoro en compañía de Yoh, Manta y Kenji.

—Eso no significa que confiaré en ti —aseveró Horohoro, mirándolo con algo de desconfianza y hostilidad—. Este Yoh tiene la cabeza hueca y se cree cualquier cuento que le hagan, pero yo no.

—Creí que intentar matar a Yoh Asakura era un requisito para pertenecer al club —comentó Kenji casualmente, apoyándose de la pared que estaba al lado de la ventana—. Todos los demás lo intentaron, ¿o me equivoco?

—Eso no… —iba a negar Manta, pero de inmediato a su mente llegó la imagen del primer encuentro con Ryu, el duelo con Ren por la posesión de Amidamaru, el incidente con Tokageroh y, por último, lo que ocurrió con Fausto y que todavía le generaba estremecimientos de tal solo recordarlo—. Me rindo.

—Creo que Horohoro fue el único que no lo intentó, pero de igual forma, los hechos hablan por sí solos.

Yoh sólo atinó a reírse, encogiéndose de hombros para restarle importancia. Por su parte, Horohoro se quedó con la boca abierta, indeciso entre sentirse ofendido de ser excluido del club o impactado de que tuviera razón en su observación tan chocante.

Después de eso, convencer a Horohoro fue más sencillo, más todavía cuando Kenji le prometió llevarlo al restaurante más caro de Funbari cuando salieran del hospital. Ante tal ofrecimiento de comida, el ainu no pudo negarse. Incluso aceptó de buen agrado el tratamiento de Kenji.

Con eso fuera del camino, se dirigieron a las habitaciones de Ryu y Fausto, que estaban en un piso superior. Manta les consiguió a todos habitaciones privadas en lugares diferentes, para disminuir la posibilidad de que el enemigo los encontrara. Sin embargo, después de escuchar cómo Kenji obtuvo fácilmente el paradero de Yoh y Ren, pensó en lo pésimo que fue su idea. Aunque teniendo en cuenta el estado en el que se encontraba aquella noche, ¿quién podría culparlo de no tener la cabeza bien puesta?

—No entiendo cómo el hospital nos está dejando salir como si nada —mencionó Ryu cuando Kenji usó el hielo para curarlo también.

—Tuve una charla con el director para que no nos molestaran —explicó Kenji distraídamente, sacando una chequeara y escribiendo algo en ella—. Por cierto, Yoh. Esto es para la reconstrucción de la pensión. Si no es suficiente me avisas.

Ese acto le generó varias miradas de incredulidad, especialmente por el monto que escribió en el cheque.

—No sabía que tuvieras tanto dinero —observó Horohoro mirándolo con nuevos ojos.

La última habitación era la de Ren, quien posiblemente fuera el más difícil de persuadir sobre la alianza con Kenji. Ryu y Fausto se pusieron de acuerdo sin necesidad de mucho convencimiento, pero en el caso de Ren, este tuvo problemas con Kenji desde la primera vez que se conocieron debido a la desconfianza que le tenía, las cuales resultaron estar bien fundadas.

—Esto es demasiado, incluso para ti, Yoh —aseveró Ren cuando los vio entrar a su habitación en compañía de Kenji. Pirika le había contado sobre lo sucedido aquella noche y el reciente acuerdo que estableció Yoh con Kenji.

—Ren, cuánto tiempo sin verte —saludó Yoh calmadamente.

—Sólo han pasado dos días —le dijo Ren exasperado.

—¿En serio? Por alguna razón siento que fue más tiempo…

—No me cambies el tema, ¡Yoh!

—¿¡ALGUIEN DIJO PINO!? —Se escuchó un grito de la nada, apareciendo poco después una figura disfrazada de pino y dando un baile alrededor de ellos.

Ren sacó su lanzó, de sólo Dios sabe dónde, y lo acercó a la figura danzante, logrando pincharle la nariz que tenía forma de bola y sacándole un chorro de sangre. La figura empezó a saltar en medio de exclamaciones de dolor.

—Parece que hiciste un nuevo amigo mientras no estábamos, Ren…Jijijiji…—Observó Yoh divertido, más cuando las venas de Ren dieron la impresión de que estallarían por lo pronunciado que se pusieron.

—Yo pensé que Yoh era el único que atraía personajes tan peculiares… —comentó Manta con otro suspiro.

—Este payaso se llama Chocolove. Él fue quien me ayudó en la pelea contra Kenji —empezó a explicar, haciendo énfasis en el último nombre para recalcar las acciones cometidas por el Kyouyama hace poco.

—¿Chocolove? Qué nombre más gracioso —pero por supuesto, Yoh no pensaba estancarse en lo que ya pasó.

—Lo dice la hoja —comentó Chocolove recuperándose milagrosamente—. Como bien les dijo Ren-Ren, mi nombre es Chocolove y soy experto en encontrar información.

—¡¿A QUIÉN LLAMAS REN-REN?!

Kenji se mantuvo algo separado del grupo, observando cómo Ren volvía a arremeter contra Chocolove mientras Horohoro se burlaba del apodo que le pusieron a Ren diciendo que parecía el nombre de un gato, antes de ser arrastrado a una pelea verbal contra el Tao. Ryu intentaba calmar los ánimos e Yoh sólo reía despreocupadamente del espectáculo que montaban sus amigos.

Inconscientemente, su mano sujetó con fuerza los dos colmillos de lobo que colgaban de una cadena de plata en su cuello, recordando aquellos días donde podía reír con soltura y comodidad, sin prestarle demasiada atención a los asuntos del mundo.

En ese momento sintió una gran envidia de Yoh Asakura. No sólo Anna lo escogió por encima de su propia familia, también tenía un grupo de amigos que confiaban ciegamente en su criterio, aunque no estuvieran completamente de acuerdo. Además, podían divertirse sin preocupaciones, sacudiendo los eventos traumáticos sin permitir que afecten su ánimo.

—Vuelvo en un momento —anunció Kenji inesperadamente, logrando detener el inicio de una batalla campal entre Ren, Horohoro, Chocolove y Ryu.

Sin esperar respuesta, Kenji salió de la habitación sin decir media palabra más. Con su partida, el ambiente pareció tomar otro matiz.

—¿Estás seguro de confiar en él, Yoh? —Preguntó Ren seriamente, dando voz a lo que seguramente estaba en la mente de todos los demás—. Ya nos traicionó una vez. Nada lo detiene de volver a hacerlo.

—Tranquilo, Ren. Todo saldrá bien.

Ajeno a esa conversación, Kenji se trasladaba entre los pasillos del hospital sin que nadie reparara en su existencia, como si fuera un fantasma que nadie veía. Antes les había dicho que había hablado con el director del hospital, pero lo cierto era que utilizó algo de persuasión mental para que todo el personal del hospital ignorara la existencia de Yoh y sus amigos. Después de todo, sería realmente problemático explicar cómo en menos de dos días las heridas tan severas que algunos presentaban desaparecieron misteriosamente.

—Aquí estás —observó tras salir al tejado del hospital y encontrarse con un joven de larga cabellera castaña parado cerca de las barandillas—, Hao.

Kenji acortó la distancia que lo separaba de Hao, deteniéndose a su lado y apoyando las manos en las barandillas sin mirarlo, optando por observar la ciudad cubierta de nieve. A pesar de la distancia, podía ver claramente las calles llenas de actividad, todos preparándose para celebrar la noche buena con sus familiares.

—Dime algo, Hao —empezó a decir, apoyando la cabeza sobre sus manos para seguir mirando el paisaje—. ¿Conoces la historia de Yoh y Anna?

—Creo que sabes la respuesta a eso —respondió el aludido tranquilamente, arrancándole un suspiro de resignación a Kenji.

—Entonces, ¿por qué permitiste que mi padre eligiera a Yoh como blanco de asesinato? —cuestionó en tono neutro—, ¿sabes lo mal que lo ha estado pasando Anna estas semanas?

—Conoces a tu padre, es bastante testarudo. Al igual que tú —contestó casual—. Además, necesitaba poner a prueba Yoh.

Kenji se pinzó el puente de la nariz con algo de exasperación, sintiendo el inicio de un dolor de cabeza al darse cuenta de que Hao los manipuló a todos sin que ninguno se diera cuenta.

—Me siento tan tonto al no hacer la conexión —murmuró resignado—. Tú puedes ser el antepasado de los Asakura, pero para estar aquí ahora, debes haber reencarnado. El hecho de que tú e Yoh sean idénticos y que tengan la misma edad no puede ser simple coincidencia.

—Así es, Yoh es mi otra mitad —reveló sin inmutarse—. Y en la Shaman Fight me ayudará a convertirme en el Shaman King, pero por ahora es demasiado débil y despreocupado.

—¿Y Anna, qué pinta ella en todo esto?

—Es simple. Ella es la clave para que Yoh se haga más fuerte.

—¿Qué hay de la boda?

—Esas son cosas de tu padre, no mías.

—Entonces, ¿no estás interesado en Anna?

—Anna es intrigante, pero yo seré el Shaman King.

—¿Qué significa eso?

—Eso me toca a mí saber, y a ti descubrir, Kenji.

El Kyouyama se enderezó y lo miró con algo de irritación por el tono tan críptico que utilizó. Hao era un enigma que muy pocos podían descifrar, incluso para sus seguidores más cercanos. Kenji lo conocía de hace años, pero nunca fue capaz de comprender en su totalidad las maquinaciones que tenía el Asakura en su cabeza.

Ni siquiera en ese momento terminaba de entender cuál era papel de Yoh en los planes de Hao. Lo único que sí sabía, y que le quitaba un gran peso de encima, era que Hao no se interpondría en su camino cuando fuera a liberar a Anna de la atadura de los Kyouyama. De hecho, parecía que eso era algo que Hao apoyaba.

—Cuando Anna se reúna con Yoh, dile que le entregue la bitácora mágica.

Kenji controló sus facciones para evitar que una expresión de sorpresa aflorara en su rostro. Recordaba que Hao le había entregado la bitácora mágica a Anna hace muchos años como una especie de regalo de compromiso. Anna aceptó a regañadientes, pero igual le encontró gran uso, demostrando el gran poder que se ocultaba en sus páginas.

-¿No temes que Yoh te supere? —Hao sonrió como única respuesta, dándole a entender que no le preocupaba en lo absoluto.

—Ya que te has rebelado abiertamente contra tu padre, deberías aprovechar para cumplir con tu misión —declaró Hao—. Lo que buscas está en la casona Kyouyama en Aomori. No deberías tener problemas para encontrarlo con tu nivel actual.

Con esas misteriosas palabras como partida, Hao desapareció en una estela de fuego, dejando que Kenji rumiara sus palabras.

—Mi misión…

(Inicio de un Flash Black en primera persona)

No supe con certeza cuánto tiempo pasó, pudieron ser horas o días. Sólo sé que alguien entró buscando ayuda para algún mal que le aquejaba, sólo para encontrarse con un niño arrodillado en un charco de sangre abrazado a un frío cadáver que ya presentaba signos de descomposición. Lo que sucedió después se desdibujaba en imágenes borrosas y voces ininteligibles que buscaban anclar mi consciencia a un atisbo de realidad al que no tenía deseos de regresar.

En contra de mi voluntad, una fuerza espiritual familiar me arrastró de vuelta al mundo material, obligándome a enfrentar un presente que había perdido todo brillo y color.

—Estás despierto —aseveró una voz.

Mis ojos se movieron por instinto, deteniéndose en el hombre que estaba de pie al lado de mi cama mirándome sin expresión alguna.

—¿Realmente crees que escapar solucionará algo?

Reconocí al hombre que mi madre insistía que llamara padre, aquel que por años fue una figura fugaz que parecía desvanecerse entre el vapor de mis ilusiones. Al verlo con esa cara que parecía tallada en hielo por lo frío que era, sentí un fuego abrasador recorrer mis venas, quemándome el alma en una explosión de rencor.

—Tú… —Intenté atacarlo, pero me faltaron fuerzas para siquiera mover el cuerpo. Sólo pude mirarlo impotente, mientras lágrimas de rabia surcaban mi rostro.

Nunca entendí que había visto mi madre en ese hombre que se hacía llamar mi progenitor. Había sido por culpa de él que mi madre fue exiliada de su clan en Hokkaido, obligada a asentarse en la ladera de una montaña en soledad, criando a un niño fruto de una relación que nunca se concretó de forma oficial.

En mis contados recuerdos siempre destacaban los sollozos silenciosos de mi madre por culpa de la ausencia de ese hombre, sollozos que siempre intentaba ocultar bajo una sonrisa cuando se percataba de mi presencia. A pesar de sus mejores esfuerzos por disimular, mis ojos siempre pudieron detectar esa aura de anhelo y melancolía que cubrían su figura.

Sabía que preguntarle sobre eso sólo la ponía más triste, por eso hacía de cuenta que no había visto nada y le seguía la corriente, esperando que mi presencia fuera suficiente para disipar su nube de tristeza. A pesar de mis mejores esfuerzos, sólo las esporádicas visitas de aquel hombre lograban arrancarle una sonrisa sincera.

Aquel día se suponía que él vendría de visita, llenando a mi madre de una ensoñación que yo no compartía. A pesar de eso, toleraba sus miradas frías y gestos indiferentes, pensando que así contribuía a la felicidad de mi madre. Pero él nunca llegó, y no pude evitar pensar que, si hubiera estado junto a nosotros, cumpliendo el papel que le correspondía, mi madre seguiría a mi lado.

Ante mi continuo silencio, mi padre se retiró de la habitación sin mediar otra palabra más para dejarme solo con mis pensamientos. Sólo entonces caí en la cuenta de que estaba en un hospital, conectado a varias máquinas que vigilaban mis signos vitales y me bombeaban suero directo a las venas. Un repentino cansancio se extendió por mi cuerpo, como si toda mi energía hubiera sido utilizada en ese pequeño encuentro. Las tinieblas volvieron a reclamarme en ese momento y volví a perder noción de la realidad.

Los días que siguieron desfilaron frente a mí sin darme cuenta. Cuando me dieron el alta, mi padre se encargó de dirigir mis movimientos como si fuera una simple marioneta, obligándome a atender los procesos funerarios de mi madre en su compañía. Ahí me percaté de la notable ausencia de personas en el acto, y recordé que, a pesar de todos sus esfuerzos por ayudar a la gente, de curar a los enfermos y siempre tener sus puertas abiertas para quien necesitara algo, su fama de bruja era más fuerte que su reputación como curandera. Eso yo lo sabía. Después de todo, nadie nunca se atrevió a entablar amistad conmigo precisamente por ser su hijo, confinándome a un mundo de libros como única compañía. A pesar de eso, yo era feliz, mi madre era todo lo que necesitaba en este mundo.

Pero esa pequeña desilusión que tenía con los humanos al darme cuenta de su hipocresía siempre se mantuvo, terminando por estallar en una erupción de odio cuando mataron a mi madre.

—Mira lo que hizo tu obstinación, Tensei —comentó un hombre entrado en canas, con una mirada de experiencia que sólo dan los años—. Debiste hacerme caso y traer a Kenji antes.

Frente a mí se encontraba el anterior patriarca de la familia Kyouyama, el hombre al que debía llamar abuelo. No lo conocía y tampoco tenía nada contra él, pero no fui muy receptivo a su bienvenida.

—Lo pasado es pasado, padre. Kenji pasará a vivir con nosotros ahora.

Luego del funeral, mi padre me había llevado hasta Aomori, a la casona Kyouyama, lugar que se convertiría en mi hogar a partir de ese momento. Pero luego de presentarme al abuelo y a Anna, que sería mi nueva hermana y la razón por la que mi padre llegó tarde al encuentro con mi madre, mi padre se retiró.

Esas primeras semanas fueron terribles. Anna intentaba acercarse a mí, pero aquel rencor que le tenía por haber distraído a mi padre de su verdadera familia y permitir que mi madre muriera en la soledad, sólo me permitían tratarla con dureza y desprecio. Ni siquiera sus lágrimas lograban emitir en mí compasión alguna. De hecho, me regocijaba verla sufriendo.

—Anna perdió a sus dos padres, Kenji. No deberías tratarla así —siempre me decía el abuelo, intentando que me llevara bien con ella, pero yo era un egoísta que sólo podía pensar en mi propio dolor—. Quizá no es tu hermana, pero sigue siendo tu prima.

Extrañamente, a pesar de mis malos tratos, Anna a veces se veía feliz, especialmente cuando volvía de donde fuera que iba cuando salía los días que no éramos sometidos a los entrenamientos del abuelo. Nunca le di mucha importancia, demasiado ofuscado en hacerme fuerte para no depender de eso hombre al que debía llamar padre y tomar venganza por lo que le hicieron a mi madre.

—Debes enfocarte, Kenji. Así no lograrás nada —me reprochaba el abuelo cuando veía que no podía manifestar los lobos de mi madre de aquellos colmillos que me regaló cuando apenas era un bebé—. Quizá es demasiado para ti, Kenji. Ambos son espíritus elementales sagrados.

—¡NO!, yo puedo hacerlo.

Pero a pesar de mis palabras, no lograba nada. Mientras Anna avanzaba de manera vertiginosa, recibiendo los elogios del abuelo y de mi padre, las veces que estaba presente. Era obvio que su talento era innato, mientras yo era un inútil. Eso sólo hacía que la despreciara aún más.

—Quizá esto no sea para ti, Kenji —comentaba el abuelo cuando me veía caer—. Quizá sea mejor así.

Yo me rehusaba a aceptar eso. Por esa razón, cuando el abuelo le dijo a Anna que debía subir a la montaña Osore a un entrenamiento de supervivencia por una semana, yo de inmediato insistí en ir también. A pesar de las protestas del abuelo y el temor de Anna, al final, si yo quería ir, nadie iba a poder detenerme.

Así fue como nos encontramos los dos subiendo la montaña Osore, rodeados por un viento cortante y una tormenta implacable. De cuando en cuando, Anna me lanzaba miradas de preocupación a las que yo no hacía ni caso. Cuando no eran palabras hirientes las que le soltaba, entonces era mi fría indiferencia.

—¡Cuidado!

El rugido del viento en mis oídos no me permitió escuchar la advertencia de Anna. Apenas fui consciente cuando ella se abalanzó sobre mí para tirarme al suelo, justo a tiempo para evadir una mano gigantesca que casi me aplasta.

—¿Qué? —Pregunté estúpidamente.

Anna se levantó en seguida y con su poder espiritual bloqueó otro ataque que iba dirigido a nosotros. La nieve no me permitía ver claramente lo que nos estaba atacando, pero podía distinguir una silueta gigantesca que claramente no era humana.

—Debes…huir —lograba decirme Anna. Podía ver en su rostro el esfuerzo que le costaba detener los ataques.

—¿Por qué? —Le pregunté, incapaz de entender el motivo de su ayuda. ¿No habría sido mejor dejar que me matara aquella criatura? Habría sido completamente accidental. Un descuido de mi parte, mi culpa y sólo mía. Nadie la culparía de mi muerte.

—Porque eres mi hermano.

Sus palabras me dejaron en shock. Después de todo lo que le había hecho, de la forma en la que la había tratado, ¿aún me consideraba su hermano?

En ese momento escuché una risa escalofriante, como si las palabras de Anna le produjeran diversión. Seguidamente, aquella criatura finalmente logró apartar a Anna de un manotazo, golpeándola con tal fuerza que logró enterrarla unos metros bajo la nieve.

La criatura se acercó a mí y finalmente pude apreciar el tono rojizo de su piel. En lo único que pude pensar al verlo era que se trataba de un demonio sacado del mismo infierno.

—Por qué madre querría proteger a una sabandija como tú es algo que no logro comprender.

—¿Madre? —Se me escapó, aun cuando mi cuerpo era presa del terror. Pero obviamente el oni no me respondió. Solamente volvió a reír antes de lanzarme un puñetazo.

—Espera… —escuché la voz de Anna, deteniendo el puño del oni justo frente a mi cara. La miré por inercia. Anna se estaba levantando algo temblorosa, completamente cubierta de nieve—. No le hagas daño…Por favor.

—¿Anna…?

—No quiero que siga muriendo más gente por mi culpa…

Sólo en ese momento las palabras del abuelo lograron finalmente penetrar en mi consciencia. Anna había perdido a su padre y a su madre en una misma noche, pero antes de eso sufrió negligencia y abandono por esas mismas personas que debieron velar por ella y su bienestar. La razón de su muerte era algo que desconocía, pero en ese instante tuve la certeza de que ese oni debía tener algo que ver.

Por primera vez desde que la conocí me sentí horrible por la forma en que la había tratado. Al menos yo tuve el cariño y amor de mi madre, pero ¿qué había tenido Anna?

Soledad, temor y desprecio.

A lo que yo mismo también contribuí.

Me sentí la peor persona del mundo.

—¡VEN, ONI! —Me levanté finalmente en un impulso de valor y lo encaré. Para ese momento el oni estaba frente a Anna—. VIENES POR MÍ, ¿NO? DEJA A ANNA EN PAZ Y VEN POR MÍ.

Pude ver la mirada de estupefacción en el rostro de Anna en el mismo momento que el oni se volteaba a verme con una sonrisa maliciosa. Con un coraje que no sentía, di un paso al frente, mientras mi mano sujetaba con fuerza el collar de plata de mi madre con los dos colmillos de lobo. Apenas podía sentir el viento arañándome la piel o el frío calarse en mis huesos. Toda mi atención estaba solo en ese oni que se acercaba lentamente a mí, ignorando los gritos de Anna.

Anna intentó acercarse, pero tropezó y cayó nuevamente contra la nieve. Ya para ese momento el oni estaba frente a mí, mirándome como su presa de caza. El agarre de mi mano sobre los colmillos se había vuelto tan fuerte que podía sentir la tibia sangre deslizarse por mi brazo hasta caer en la nieve.

Cuando el impacto llegó, en medio de un grito desgarrador de Anna, sentí el crujir de mis huesos en una oleada de dolor que me nubló los sentidos. Caí sin remedio con apenas un aliento, con los bordes de mi visión carcomidos por la oscuridad. Yo debí morir hacer tiempo. No había razón alguna para yo permanecer en este mundo… Quizá ahora pueda reunirme con mi madre en un lugar más feliz.

—¿Así que te piensas dar por vencido? —Escuché una voz desconocida. No entendía cómo había logrado atravesar esa neblina que rodeaba mi consciencia, pero pese a mis esfuerzos por bloquearlo, seguí escuchando sus palabras—. ¿Dejarás que otra persona muera por tu cobardía?

Sentí un extraño fuego encenderse en mi pecho, extendiéndose por mis venas y quemándome la piel. El vacío en que me sentía flotar desapareció y comencé a sentir que caía al borde de un precipicio. Todo era oscuridad a mi alrededor, incluso ya no podía sentir el viento ni la nieve a pesar de que estaba cayendo. Sin embargo, podía sentir el calor de un fuego abrasador, y oler rastros de ceniza y azufre.

—Quedarte con los grandes espíritus o volver a este mundo para rescatar a Anna. ¿Qué eliges?

Volví a escuchar aquella voz y mi mente se inundó de la imagen de Anna, sola y aterrorizada. Anna, que a pesar de mi desprecio no lo dudó ni un segundo para salvarme. Anna, que había sufrido tanto, pero que era mucho más fuerte que yo con apenas cinco años.

¿Cómo podía abandonarla?

Una cálida luz empezó a envolverme. De repente, ese fuego que me quemaba comenzó a ceder hasta extinguirse completamente.

Cuando abrí los ojos, me recibió nuevamente el fuerte viento y la nieve del monte Osore. El oni no se veía por ningún lado, en su lugar, dos lobos gigantescos me observaban, uno de color negro y ojos de sangre, y otro de color blanco y ojos del mismo color que el primero. Supe sin necesidad de preguntar que eran los espíritus guardianes que alguna vez pertenecieron a mi madre y que ella me había dejado en herencia cuando yo nací. Lágrimas me llenaron los ojos y caí de rodillas junto a ellos, abrazándome a su pelaje.

—Finalmente regresaste —aquella voz, que me había hablado desde que recibí el impacto del oni, me sobresaltó. Al pensar en el ataque del oni, di una revisión rápida a mi cuerpo, esperando verlo todo deshecho, pero lo encontré completamente intacto.

—¿Cómo? —Estaba seguro de que había sentido el crujir de los huesos, el dolor y la sangre.

—Moriste y reviviste. Tan simple como eso.

Observé finalmente al dueño de esa voz, encontrándome con un niño de largos cabellos castaños con unos ojos que no compaginaban con ese cuerpo. Ojos que parecían haber visto demasiado.

—¿Quién eres tú?

—Hao Asakura, el futuro rey shaman.

Esas palabras serían demasiado grandes para cualquier niño, pero viniendo de él, supe, sin lugar a duda, que eran la más absoluta verdad.

—¿Tú me reviviste? —Una sonrisa fue su única respuesta. No hubo necesidad de palabras, ya yo lo sabía en mi alma.

Hao me señaló a Anna, que estaba inconsciente en el suelo. Entendí de inmediato lo que me pedía. Sacar a Anna del monte Osore.

Cuando logré cargar a Anna en mi espalda, con algo de dificultad, Hao había desaparecido sin dejar rastro. A pesar de eso, sabía que esa no sería la última vez que lo vería.

Cuando finalmente logré regresar a la casona Kyouyama, mi padre nos esperaba con una expresión inescrutable. Anna estaba ardiendo en fiebre y así se lo hice saber a mi padre, que de inmediato tomó su pequeño cuerpo en sus brazos y la llevó a su habitación sin decir palabra.

Apartado a un lado, vi cómo mi padre llamaba doctores y les exigía salvar a Anna. Su temperamento, siempre calmado, estaba explosivo. Era un hombre completamente irreconocible a mis ojos. Sólo pude pensar que mi padre parecía estar realmente preocupado por Anna, pero más que enojarme, me producía cierto alivio.

Las cosas empezaron a calmarse cuando el abuelo regresó. Mientras tanto, Hao volvió a aparecer frente a mí para reclutarme en su bando cuando la Shaman Fight iniciara. Todavía estaba algo dubitativo y así se lo expresé.

—Por cierto, ¿me hiciste algo? —Pregunté curioso. Desde ese día podía materializar sin problemas a Shiro y a Kuro.

—Revivir aumenta el poder espiritual —me explicó con simpleza—. Pero no todo el mundo está preparado para eso.

Asentí sin decir palabras. Hao prometió volver después para obtener mi respuesta, dándome un tiempo para pensarlo bien.

Pronto las noticias de la estabilización de Anna y su pronta recuperación llegaron a mis oídos. Decidí empezar de nuevo y tratar de crear un lazo de hermandad con ella, si ella aceptaba. Curiosamente, ella no recordaba nada de lo sucedido en el monte Osore, y yo decidí no revelarle lo que pasó tampoco, temiendo que pudiera afectarla de alguna forma. A pesar de eso, siempre me mantuve atento por si volvía aparecer el oni.

Hao volvió a manifestarse frente a mí poco después. En esta ocasión, me reveló el secreto de la familia Kyouyama cuando le pregunté de la extraña habilidad que estaba desarrollando, que me permitía leer los pensamientos de los demás si me concentraba lo suficiente.

Así fue cómo descubrí que mis antepasados hicieron un pacto con un demonio para obtener el poder de leer la mente y los corazones de las personas. A cambio de eso, debían hacer sacrificios de sangre en honor a ese demonio, que resultó ser la verdadera razón por la que mi padre siempre estaba en constante viaje.

Aparte de eso, y esto fue lo que verdaderamente me enfureció, había una maldición que rodeaba a la familia precisamente por ese poder. Una maldición que se llevaba a la persona más querida y cercana de cada uno de los Kyouyama. Una maldición que mi padre se obstinaba en mantener por el poder que le proporcionaba.

—¿Hay alguna forma de romper esa maldición?

—Rompiendo el pacto.

Hao me explicó que para destruir el pacto debía destruir a ese demonio, pero que mi poder actual no era lo suficientemente alto para enfrentarme al demonio y salir victorioso.

—Si me uno a ti, ¿seré más fuerte?

—Claro.

Y con eso se selló nuestra alianza, que siempre mantuve oculta a todos, incluso a Anna. Mi abuelo se sorprendió por mi progreso, pero pensó que fue el monte Osore lo que lo logró. Mientras mi padre no dijo nada al respecto.

Poco después, mi padre decidió que viajáramos con él y nos empapáramos del negocio familiar. Así fue cómo inició nuestra gira por el mundo, aprendiendo no sólo el arte del negocio y las finanzas, también el arte de la sangre y la muerte.

Mientras tanto, a escondidas de mi padre, de mi abuelo y de Anna, me prometí a mi mismo que rompería la maldición de los Kyouyama. Esa era mi misión.

Fin del Capítulo 8.