Advertencia: gore, violencia y horror psicológico (leve).

Capítulo 9: Enfrentando el pasado, parte 1.

Después de casi diez años, Anna se encontraba de vuelta en los terrenos de la familia Kyouyama cerca del pueblo de Kazamaura, en el distrito de Shimokita, Aomori. Alrededor de ella se extendían numerosos árboles, todos deshojados por la llegada del invierno, mientras frente a ella descansaba el portón que daba acceso a la casona ancestral de su familia.

Sin vacilar, se apeó del vehículo que la había llevado hasta allí con movimientos firmes y decididos, recibiendo un asentimiento de cabeza del conductor antes de prender la marcha. Sus pertenencias eran pocas y podía llevarlos sin problemas en sus brazos, así que no tuvo necesidad de preparar un gran equipaje.

Con una última vista a las murallas de piedra tapizadas de blanco que se extendía a ambos lados del portón, Anna se deslizó por la gran puerta sin mayores inconvenientes, encontrándose con la fachada antigua y tradicional de la casona.

La casona no era tan amplia, contando con apenas un edificio principal donde estaban todas las habitaciones, un edificio adyacente pequeño que servía como almacén, un enorme patio trasero que se extendía hasta los muros, y dos estanques paralelos a la entrada que se podían cruzar por medio de unos puentes.

—Señorita Anna, bienvenida a casa —la recibió una de las sirvientas de la casona al llegar al edificio principal. Era una señora entrada en edad que probablemente tuviera años bajo el servicio de los Kyouyama—. Hemos preparado su habitación acorde a las instrucciones del señor Kyouyama.

Anna apenas asintió ante las palabras de la sirvienta, siguiéndola por los pasillos de aquella casona. En el camino otras sirvientas le hicieron una reverencia al pasar antes de volver a sus labores.

—El señor Takashi la espera en el patio —le informó la sirvienta cuando llegaron a la habitación en el ala este y Anna pudo dejar sus cosas dentro.

—Puedo encontrarlo sola —le dijo escuetamente cuando notó sus intenciones de seguirla.

La sirvienta asintió sin protesta y la dejó sola como ella quería. La obediencia en la casona Kyouyama era algo muy importante. Todos habían aprendido a acatar las órdenes de cada uno de los integrantes de la familia sin dudar, especialmente la de aquellos que tuvieran mayor jerarquía, como el abuelo o el señor Kyouyama, ya que no hacerlo podía ser fatal para ellos, como una vez le tocó presenciar cuando era una niña.

La oleada de culpa que la asaltó en ese momento fue rápidamente enterrada. El incidente había ocurrido hace mucho por su ignorancia a las reglas, pero ¿qué podía hacer para cambiarlo? Nada. Entonces de nada serviría seguir lamentándose por aquel suceso.

Con el corazón en calma, se dirigió al patio trasero, observando en las paredes y en la decoración que todo seguía igual a como era cuando era una niña.

—Abuelo —saludó con una pequeña inclinación de cabeza.

El aludido tomaba tranquilamente su té, observando la naturaleza cubierta de nieve que rodeaba el patio trasero con unos ojos que parecían albergar una carga demasiado grande para un ser humano corriente.

—Toma asiento, Anna —la invitó el abuelo finalmente, aún con la mirada en algún punto lejano.

Anna se sentó frente a él y lo estudió unos segundos. Las canas que antes cubrían sólo una parte de su cabello se habían extendido hasta cubrirlo todo, pero su cara parecía ser la misma que hace diez años. Al igual que su padre, el abuelo tenía una máscara de indiferencia en el rostro y un aura de frialdad que amenazaba con congelar a cualquiera que se atreviera a acercarse unos metros. Era algo que Anna había notado en todos los miembros masculinos de la familia Kyouyama.

—Así que, Tensei te envió de vuelta para casarte —enunció el abuelo, fijando su vista sobre ella—. Pero tú no estás muy de acuerdo.

Anna dejó escapar una leve expresión de sorpresa al escucharlo. De alguna forma, el abuelo siempre parecía saber lo que pensaba sin necesidad de leerle la mente, aun cuando hacía su mejor esfuerzo por ocultarlo.

—Haré lo que papá ordene —aseveró Anna sin rastro de duda en la voz.

El abuelo la miró atentamente unos segundos, como si quisiera intimidarla con su presencia, pero ya Anna estaba acostumbrada. No era la misma niña asustadiza que entró a la casona Kyouyama hace diez años.

—¿Qué hay de Yoh Asakura? —Soltó el abuelo tras unos minutos de estudiarla.

Al escuchar el nombre de Yoh de boca de su abuelo, un recuerdo reciente volvió a la mente de Anna. Una escena a la que no prestó mucha atención por el gran estado de confusión en que se encontraba su corazón en ese momento.

—Usted sabía de Yoh hace diez años —decidió confrontarlo—, y usted le mandó una carta para alejarlo.

—¿Realmente crees que huir de esta familia es una opción, Anna? —Preguntó el abuelo, volviéndose a servir algo de té al ver su taza vacía.

—Por mucho tiempo me pregunté por qué Yoh no había regresado aquel día…Incluso llegué a pensar que Yoh finalmente se había dado cuenta del tipo de monstruo que era y por eso se alejó de mí…Pero todo este tiempo, fue usted…

La decepción y la tristeza que sintió por largo tiempo volvieron a resurgir. Todos esos sentimientos que enterró para no sufrir más se manifestaron otra vez al conocer la verdadera causa detrás de aquel aparente abandono. Yoh nunca la dejó, como ella pensó. Fue el abuelo el que alejó a Yoh de ella.

—Era lo mejor para ti, Anna —le explicó el abuelo—. Huir de esta familia con Yoh Asakura habría sido un grave error.

—¿Por qué?

—Hay cosas en esta familia que aún no sabes. Una maldición que se lleva a todos los que son queridos por nosotros. Tu abuela, la madre de Kenji, tus padres.… —le explicó el abuelo con una mirada llena de pesadez, como si la carga en su alma se hubiera triplicado—. Por eso le dije a Tensei que lo mejor era que te llevara lejos de Aomori, lejos de Yoh Asakura.

—¿Por qué decidió que era momento de volver, entonces? —Preguntó luego de reponerse del shock de escuchar sobre la supuesta maldición de los Kyouyama. Ya luego investigaría sobre eso—. ¿Y por qué me ordenó matar a Yoh?

—Porque Tensei sabe que la razón por la que no aceptas a Hao Asakura es porque no has superado a Yoh. A veces el pasado nos encadena y no nos permite avanzar. Por eso, por tu futuro, por el nuestro, era necesario que enfrentaras tu pasado.

—No lo entiendo. Dice que alejó a Yoh de mí por esa maldición, pero ahora dice que quiere que mate a Yoh. ¿Sabe lo contradictorio que son sus palabras? —Anna quería gritar, pero años de disciplina la detuvieron.

El abuelo no respondió a sus palabras, prefiriendo servirse algo de té y dándose cuenta de que la tetera estaba vacía. Sin mirarla, el abuelo llamó a una de las sirvientas para que retiraran la tetera vacía y le trajeran una llena.

Anna esperó pacientemente a que el abuelo terminara de distraerse con el té. Incluso aceptó de buena gana el platillo de bocadillos que le sirvieron junto al té porque sabía que al abuelo le gustaba tomarse su tiempo para explicar las cosas. A diferencia de su padre, el abuelo no era el tipo de persona que se guardaba las cosas cuando era confrontado.

—Entiende, Anna. En diez años muchas cosas cambian —empezó a explicar con la mirada perdida en el vacío—. Hace diez años no conocíamos a Hao y pensábamos que alejarte de Yoh era lo más sensato para proteger tu corazón que apenas empezaba a recuperarse. Pero con Hao en la ecuación, la existencia de Yoh se vuelve un obstáculo para nosotros. Porque sólo Hao es capaz de liberarnos de esta maldición y devolvernos lo que perdimos.

Anna lo miró por un largo tiempo, tratando de encontrar algún indicio de remordimiento, pero el abuelo volvía a dirigir su atención a su té y a la naturaleza que rodeaba el patio trasero. Al ver su falta de compasión, quiso voltear la mesa y derramar su preciado té, pero su autocontrol fue más fuerte que sus impulsos.

Dejando la taza medio vacía y más de la mitad de los bocadillos, Anna se levantó sin decir palabra y volvió a entrar a la casa sin mirar atrás. Si no fuera por ese sentimiento de lealtad que sentía por esa familia o, mejor dicho, el sentimiento de deuda por haberla acogido hace diez años, por haber cuidado de ella, darle un hogar y una familia, quizá podría irse sin que la culpa la carcomiera.

Quizá un poco de aire fresco le haría bien para aclarar mejor su mente. Afortunadamente, no estaba nevando en esos momentos, así que podría salir sin ninguno problema.

Sin saberlo, sus pies la llevaron nuevamente a aquel claro en el bosque, cerca de la casona Kyouyama, pero lo suficiente lejos para que no la estuvieran molestando. Aquel claro donde conoció a Yoh Asakura por primera vez…

(Inicio de un Flash Back con pensamientos del presente en cursivas)

Ese día había salido corriendo de la casa con la cara empapada de lágrimas. Había tenido otro encontronazo bastante desagradable con Kenji, sumando a eso la ausencia de aquel hombre que se había convertido en su nuevo padre, y las estrictas reglas del abuelo, Anna sintió que ese lugar se estaba convirtiendo en otro infierno más, y temía, más que nada, que sus poderes se volvieran a salir de control y terminaran provocando otra dolorosa tragedia.

Cuando sintió el ardor en sus piernas y la falta de aire en sus pulmones, finalmente se detuvo. Estaba en una pequeña área cubierta de nieve y rodeada de troncos sin hojas. Sin saber bien qué hacer, se sentó contra uno de los troncos y se abrazó a sus rodillas para seguir llorando. En pocos segundos empezó a nevar, cubriendo su pequeña figura bajo aquel manto blanco.

—¿Por qué lloras? —Preguntó una voz repentinamente.

—Soy…soy un monstruo, todos me…me odian —contestó en automático, con la voz ahogada por el llanto.

—Eso no es cierto, un monstruo es feo y aterrador. Tú eres muy bonita para ser un monstruo, jijijiji.

Anna alzó la mirada sorprendida por aquel comentario, dejando al descubierto el rastro de lágrimas surcando su rostro. Un niño de cortos cabellos castaños, envuelto en un abrigo negro y con unos enormes audífonos naranja sobre su cabeza le devolvió la mirada con una amplia sonrisa. Parecían ser de la misma edad.

—Soy Yoh, ¿y tú? —El pequeño se agachó para quedar a su altura y le ofreció un pequeño pañuelo blanco adornado con dibujitos de naranjas.

—Anna —con un atisbo de indecisión, alargó una mano para tomar el pañuelo, sorprendida por la generosidad de aquel niño. Cuando por fin aceptó el pañuelo, Yoh se puso de pie y le ofreció una mano.

—Ven conmigo, no te quedes ahí —la seguía mirando con una sonrisa alentadora, esperando que aceptara su invitación.

Podía escuchar los pensamientos de Yoh, llenos de preocupación por su bienestar. Eso, más que nada, fue lo que la impulsó a tomar su mano sin vacilación. Con apenas un esfuerzo, Yoh la ayudó a incorporarse y comenzó a caminar sin soltar su mano, como si temiera que se resbalara y cayera al suelo.

Un sentimiento de calidez comenzó a extenderse por su cuerpo desde aquel punto de contacto entre sus manos. Sin saber bien qué pensar, miró a Yoh con algo de incertidumbre, preguntándose quién era y por qué estaba en ese lugar.

Las respuestas llegaron a su mente sin pedirlas. Aunque normalmente ese poder la seguía llenando de miedo, en ese caso le reconfortaba un poco, porque gracias a eso pudo descubrir que Yoh se había escapado del entrenamiento de su abuelo y se había perdido en el bosque. No pudo evitar reír un poco al encontrar cierto paralelismo entre ambos, en la parte en la que ambos tenían ciertos poderes espirituales que le permitían ver más allá de las cosas materiales del mundo, y que ambos estaban siendo entrenados por unos abuelos bien estrictos.

Yoh volteó a verla al escucharla reír y Anna se avergonzó un poco al verse descubierta. Sin embargo, contrario a lo que esperaba, Yoh le sonrió y empezó a reír también. Sin saber por qué, Anna lo imitó y ambos rieron, tomados de la mano bajo aquel cielo de granizo, iluminados bajo una luna llena, felices porque habían encontrado a alguien en este mundo igual a ellos, alguien capaz de disipar la oscuridad que arropaba sus vidas y alejar esa sofocante soledad.

Aquel fue sólo el primer encuentro de muchos, a escondidas siempre de sus familias porque querían preservar ese momento sólo para ellos. Sin preocupaciones, sin expectaciones, sólo ellos dos en un pequeño claro en un bosque cubierto de nieve. Su lugar secreto.

Con Yoh aprendió a sonreír y a reír. Gracias a su calidez, su corazón se descongeló y comenzó a latir otra vez. Además, sus pensamientos, llenos de tonterías del día a día, siempre la reconfortaban y le daban esperanza. Con Yoh, podía sentí que todo podía ser mejor, que podía olvidarse de los malos tragos que pasaba en la casa. Con Yoh, sentía que tenía derecho a ser libre y feliz.

Pocos días después de aquel encuentro, Anna se encontraba sentada en el mismo lugar donde Yoh la descubrió llorando aquella vez. De alguna forma, ese lugar se había convertido en su punto de encuentro. Usualmente, ella era la que llegaba primero y se sentaba a esperar. Yoh llegaba unos minutos después para acompañarla. Luego ambos se retiraban de aquel lugar, a veces para explorar el bosque y otras veces para ir al pequeño pueblo que estaba al pie de la montaña.

Ese día, Anna estaba tan centrada en sus pensamientos que no escuchó cuando Yoh entró en el claro. Sólo sintió cuando algo frío impactó contra su cara seguido de unas risas. De inmediato unas memorias empezaron a resurgir en su mente, recuerdos de cuando los niños en su pueblo le lanzaban cosas y la insultaban porque podía ver espíritus, para luego estallar en carcajadas al ver su miseria.

Las lágrimas inundaron sus ojos y empezó a llorar. En ese instante pudo percibir cómo la pequeña chispa de diversión que provenía de Yoh era rápidamente reemplazada por culpabilidad por haberla hecho llorar.

—No llores, no era mi intención lastimarte —le dijo Yoh acercándose rápidamente a ella y agachándose a su lado—. Tu carita se ve más bonita con una sonrisa. Mira, se hace así.

Tan pronto sintió la cálida presencia de Yoh y su remordimiento por lo ocurrido, las lágrimas se detuvieron. No podía detectar ningún tipo de malicia o mala intención. Parecía que Yoh sólo había querido jugar alguna broma, sin intenciones de lastimarla.

Por eso, cuando lo vio a su lado, con las manos en la cara tratando de enseñarle cómo sonreír, no pudo resistirse al repentino impulso que tomó control de su cuerpo y le lanzó de lleno una bola de nieve justo en la cara.

La expresión de estupefacción en el rostro de Yoh, adornado con restos de nieve, provocaron que a Anna se le escaparan unas risas.

—Jajajajaja, te ves muy gracioso, Yoh —al escucharla, Yoh se quitó la nieve de la cara y le sonrió lleno de alivio.

—Jijiji, entonces es así —en revancha, el pequeño Yoh se alejó un poco para tomar algo de nieve y lanzarlo en su dirección.

Anna se levantó rápidamente para esquivar la bola de nieve que venía hacia ella, luego aprovechó para tomar un buen pedazo del suelo y lanzarlo contra Yoh. En poco tiempo estaban los dos riendo y corriendo, jugando en la nieve como los dos niños que eran.


—¿Qué haces? —Preguntó cuando vio a Yoh en el suelo, moviendo los brazos y las piernas en la nieve.

—Un ángel de nieve —respondió con una pequeña risita.

—¿Cómo haces un ángel en la nieve?

Ante su pregunta, Yoh le puso más empeño a su acción. En poco tiempo, Anna observó una muesca en la nieve con algo de curiosidad, y cuando este se levantó, con la sonrisa de aquel que ha hecho una gran labor, pudo apreciar que en la nieve aparecía la silueta de un ángel.

A verla tan sorprendida y emocionada, Yoh le tendió la mano—. ¿Quieres intentarlo?


—¡Feliz navidad, Anita! —Le gritó Yoh emocionado al verla—. Espero que te gusten.

Yoh le extendió un paquete envuelto en un papel de regalo verde con dibujitos de naranjas. Se notaba a primera vista que él mismo se había esmerado en envolver el regalo porque el papel se veía algo arrugado y desordenado. Ese detalle, sumado a los pensamientos de temor que provenían de Yoh de que no le gustara la forma tan torpe en cómo estaba envuelto el paquete, la llenaron de una gran calidez y así se lo transmitió con una sonrisa. Yoh se alivió de inmediato y agrandó más su sonrisa. Estaba que parecía que no cabía de la felicidad.

—Pero yo no te traje nada —se apenó Anna al darse cuenta de que no tenía un regalo para Yoh. Su abuelo no había detenido su intenso entrenamiento los últimos días, ni siquiera por las festividades.

—No te preocupes, que estés aquí conmigo es suficiente —le respondió sinceramente—. Vamos, ábrelo.

Anna sonrió algo conmovida. ¿Cómo podía existir alguien tan dulce como Yoh y cómo fue que ella obtuvo la dicha de conocerlo? No lo sabía, pero agradecía cada día por la existencia de Yoh, porque era la luz que iluminaba cada uno de sus días oscuros.

Al sentir la pizca de inseguridad que Yoh trataba de ocultar detrás de su sonrisa, por temor a que no le gustara su regalo, Anna comenzó a retirar el papel con cuidado, revelando en su interior una bandana roja con un pequeño collar de plata descansando sobre él. En el collar sobresalía un dije de oro en forma de manzana que ella tomó con cuidado.

—Es hermoso, Yoh —susurró llevando el collar a su corazón—. Me encanta.

El alivio que sintió venir de Yoh fue embriagador, así que, movida por un repentino impulso, se acercó a él y lo abrazó con fuerza, como una forma de expresarle lo agradecida que estaba, pero más que nada, para que no notara las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Era la primera vez que alguien le daba un regalo, la primera vez que realmente sentía que valía la pena celebrar algo.

La nieve empezó a danzar a su alrededor, pero ellos, ajenos al mundo, no le dieron mucha importancia, enfrascados en esa calidez y paz que el otro le transmitía.

Pero como ocurre con toda historia, sus escapadas con Yoh también tenían un fin.

—¡Anita! ¿Qué pasó? —La pregunta de Yoh, llena de preocupación, la sacaron de su ensimismamiento.

En automático, su cabeza se levantó para ver al pequeño niño de cabellos castaños correr hasta su lado para revisar las vendas que cubrían parte de sus brazos y sus piernas, preguntándole una y otra vez si se encontraba bien mientras quitaba con sus manos los rastros de nieve que se habían acumulado en su cuerpo.

Ese día, Anna finalmente había logrado convencer a una de las sirvientas de la casona para que la sacara escondidas al pueblo porque quería conseguir un regalo para Yoh. Desafortunadamente, se encontraron con su padre a medio camino.

Hasta ese momento, nunca había entendido la reluctancia de las demás sirvientas por llevarla a algún lugar. Si Anna usualmente podía salir sin inconvenientes hasta el bosque que estaba cerca de la casona, entonces no debería haber problemas con ir al pueblo que estaba cerca, al pie de las montañas, lugar que ya había visitado con Yoh, aunque su padre y el abuelo no sabían de esas escapadas.

Cuando regresaron a la casona, su padre se llevó a la sirvienta, que temblaba y rezumaba miedo por cada poro de su ser. Preocupada y haciendo caso omiso a las advertencias de su abuelo, se acercó escondida al lugar donde su padre se había llevado a la sirvienta, descubriendo una masa sanguinolenta en el suelo que expresaba a gritos la agonía que sentía y buscaba ayuda de quien fuera, mientras su padre se encontraba parado a su lado, con un látigo negro extendido en su brazo, goteando sangre en el suelo.

El horror se apoderó de su cuerpo y sin poder controlarse, sus pies la llevaron hasta aquel cuerpo sangrante en el suelo y se abalanzó sobre él, en un intento por protegerlo del siguiente ataque de su padre, pensando que se detendría al verla. Desafortunadamente, su padre no pudo detener completamente el ataque a tiempo y el cuero del látigo impactó contra parte de sus piernas y sus brazos.

Parte de la sangre salpicó contra su cara, pero su mente estaba en shock por el dolor. Ni siquiera fue consciente del grito de aflicción que escapó de su garganta y que prontamente trajo al abuelo a la habitación.

No supo bien qué pasó después. Despertó en su cama con los brazos y las piernas vendados, con el recuerdo latente del cuerpo sangrante de aquella sirvienta grabado en su mente, especialmente aquellos ojos que la miraban llenos de recriminación por haberle causado ese sufrimiento. Como si eso no fuera suficiente, recuerdos empezaron a inundarla, llenando su mente de imágenes de cuerpos sin vida a su alrededor.

Ignorando el dolor, Anna salió corriendo de la habitación, siguiendo un camino familiar por el que casi ninguna sirvienta pasaba y que le permitía salir de la casona sin ser detectada. Necesitaba a Yoh, solo ellos dos en su pequeño claro en el bosque, ajenos a la tragedia y horror del mundo. En su urgencia, descuidó tomar un abrigo y olvidó también que su próximo encuentro con Yoh no sería hasta el día siguiente. Pero cuando llegó hasta aquel pequeño espacio en el bosque que se había convertido en su punto de encuentro, no tuvo deseos de volver a la casona. Simplemente decidió sentarse contra su acostumbrado árbol a esperar a Yoh.

No supo cuánto tiempo pasó, ni siquiera sentía el frío ni la nieve caer a su alrededor, amenazando con sepultarla bajo una capa blanca si no se movía. Estaba completamente entumecida, ajena al exterior. Quizá sería mejor si la nieve enterrara todo rastro de su existencia, quizá así nadie más saldría lastimado por su culpa.

Cuando la voz de Yoh alcanzó a penetrar en su mente, su mirada se dirigió hacia aquel pequeño niño castaño que intentaba quitarle la nieve de encima y se desprendía del abrigo que tenía puesto para ponerlo sobre su cuerpo y protegerla del frío. Sus pensamientos, llenos de preocupación hacia ella lograron envolverla de nuevo en aquella calidez tan propia de Yoh. En ese nido de confort que era su compañía, Anna finalmente se permitió liberar toda la pesadumbre y el pesar que cargaba en su alma.

—Prométeme que no me abandonarás, Yoh —logró susurrar en medio del llanto.

—Nunca voy a dejarte Anita, es una promesa —declaró solemnemente.

Poco a poco, sus sollozos fueron disminuyendo de intensidad mientras se aferraba a su pilar de apoyo.

—¿Ellos te hicieron daño de nuevo? —Preguntó Yoh con algo de enfado.

—Fue mi culpa.

—No, claro que no. Eres la mejor persona que hay en el mundo. No creo que puedas hacer nada malo —Yoh le dedicó una de sus acostumbradas sonrisas en busca de animarla. Podía leer en su mente que era completamente sincero.

Fue en ese momento que Anna se dio cuenta que Yoh le había puesto su abrigo y que, sin este, el castaño ahora tiritaba del frío y adquiría cierto tono azulado en la piel.

—¡Yoh, te estás congelando!

—Jijijiji, esto no es nada, no te preocupes.

—Yo ya estoy acostumbrada al frío, tú debes ponerte el abrigo de nuevo.

—Estaré bien, Anita —le aseguró Yoh con una cálida sonrisa.

Conocía lo terco que podía ser Yoh, así que Anna hizo que ambos se levantaran. Maniobrando un poco, se quitó una parte del abrigo para ponérselo a Yoh y así, ambos podrían compartir el abrigo e Yoh no se quejaría. De esta forma los dos corrieron hacia el pueblo, hacia una de las casas donde una señora mayor los recibió la primera vez que se conocieron.

La señora vivía sola, así que cada vez que ellos bajaban al pueblo, siempre pasaban a visitarla y ella los recibía de buen agrado. Ese día, al verlos al borde de una neumonía, la señora rápidamente los guio cerca de una chimenea y fue a prepararles algo de chocolate caliente.

—¿No sería genial vivir aquí, tú y yo? —Preguntó Yoh repentinamente—. Así nunca más tendríamos que separarnos.

—¿Qué hay de nuestra familia?

—Tu familia siempre te hace llorar, eso no me gusta.

—Pero no puedo irme… Tengo miedo…

—No tengas miedo, yo te protegeré —la convicción en las palabras de Yoh estaban respaldadas por un poderoso sentimiento de seguridad en el que creía con todo su corazón. Era tan fuerte que Anna le creyó, a pesar de que la idea de un niño de cinco años luchando contra un adulto tan poderoso como lo era el señor Kyouyama era algo inconcebible—. Ven conmigo, te prometo que te llevaré lejos de esa familia que siempre te lastima y te hace llorar.

—Yoh…

—Huyamos juntos, lejos de tu familia, lejos de todo —declaró Yoh, poniéndose de pie frente a ella y extendiéndole una mano. ¿Cuántas veces Yoh le había ofrecido su mano y cuántas veces ella lo había tomado para volver a levantarse una vez más? Había perdido la cuenta, pero Yoh nunca la había defraudado—. Confía en mí, todo saldrá bien

Siempre era Yoh el que le devolvía la alegría y la esperanza cada vez que su familia la lastimaba, como en aquella ocasión. Quizá lo mejor debería ser irse con Yoh, dejar todo atrás y empezar de cero.

—Sí, huyamos juntos —aceptó Anna, tomando su mano para ponerse de pie junto a él.

—Juntos —murmuró Yoh con una pequeña sonrisa, elevando su dedo meñique.

Anna entendió de inmediato, entrelazando su dedo meñique con el de Yoh, para sellar aquella promesa

—Juntos.

Lamentablemente, su pequeño momento fue roto cuando ambos escucharon una conmoción provenir de las calles. Curiosos por el escándalo, ambos se voltearon hacia la dirección de donde parecía provenir el sonido, sólo entonces Anna pudo escuchar un pensamiento dirigido específicamente a ella.

—¿Dónde estás, Anna?

Era su abuelo. Y si lo que estaba sintiendo era correcto, se estaba dirigiendo en dirección a la casa en la que ambos se encontraban. Un pensamiento escalofriante la puso a sudar frío, ¿qué haría el abuelo si descubría la existencia de Yoh? Lo ocurrido con aquella sirvienta pestañeó en su mente nuevamente y tuvo miedo por Yoh.

—Yoh, debes irte —susurró apresuradamente. El abuelo no era capaz de leer la mente como ella y su padre podían hacer, aunque siempre parecía saber exactamente qué estaba pensando con sólo mirarla.

—¿Qué? Pero…

—Es el abuelo, está aquí por mí —las palabras salieron de su boca de forma atropellada. La presencia de su abuelo, cada vez más cercana, la tenían nerviosa y temerosa.

—No pienso dejarte aquí, acabamos de prometer…

—Seguro se dio cuenta porque no regresé a la casona ayer —le interrumpió antes de que Yoh pudiera dar forma al sentimiento que estaba en su corazón, que le instaba a enfrentarse a su abuelo por ella—. Puedo regresar ahora con una excusa y en nuestro próximo encuentro huimos.

—Pero…

—Por favor, Yoh —Anna no necesitaba leer su mente para entender la indecisión que tenía Yoh sobre dejarla regresar con su familia—. Debes confiar en mí, por favor.

—Te esperaré en el lugar de siempre, en tres días —después de lo que pareció una eternidad, las súplicas de Anna finalmente lograron mellar la insistencia de Yoh.

—En tres días —acordó Anna, alejándose de Yoh.

Yoh mantuvo su mirada fija en ella mientras se retiraba, expresando en sus ojos la angustia que sentía por tener que partir. Anna no necesitaba verlo, podía sentirlo martilleando contra su corazón y le dolía más de lo que creía.

Cuando Yoh se perdió de vista, saliendo por una de las ventanas de la casa, Anna se mantuvo parada por largo rato con la mirada clavada en el lugar donde había desaparecido el castaño.

—¿Qué pasó con tu amigo? —Preguntó la señora al verla parada sola.

Anna volteó a verla con un ligero temblor en las piernas, negando con la cabeza tener conocimiento sobre lo ocurrido. Al lado de la señora, el abuelo la miraba con esos ojos llenos de sagacidad.

—Es hora de volver a casa, Anna.

El abuelo no le dijo nada cuando se retiraron, ni siquiera le preguntó sobre el amigo que había mencionado la señora ni sobre su pequeño acto de desaparición del día anterior. Simplemente se limitó a llevarla de vuelta a la casona. En momentos como esos Anna deseaba poder leer su mente y saber qué estaba pensando, pero si el abuelo no deseaba que su mente fuera invadida, erigía una serie de murallas que hacían imposible usar el Reishi sobre él. El pensamiento que pudo captar antes fue liberado intencionalmente, para que ella supiera que el abuelo estaba buscándola.

Luego de eso, Anna intentó mantener un bajo perfil en la casa, obedeciendo las instrucciones del abuelo sin mostrar atisbo de vacilación. Ni siquiera permitió que la indiferencia de Kenji y sus pensamientos de odio la afectaran. Esta última parte era cada vez más fácil, porque había llegado a comprender, gracias a Yoh, que Kenji también estaba sufriendo mucho por dentro, y que él, a diferencia de ella, no tenía ningún amigo y ningún apoyo para sobrellevar la pena que lo consumía.

Cuando los tres días pasaron y el día del encuentro finalmente llegó, Anna tomó sus pocas pertenencias de valor y salió a hurtadillas de la casona usando aquel pasaje poco frecuentado que tanto le había servido para sus pequeñas escapadas. La preocupación que sentía de ser descubierta en cualquier momento se desvaneció tan pronto llegó a aquel claro en el bosque. Algo más aliviada, tomó asiento contra el mismo tronco de siempre a esperar a Yoh.

Las horas pasaron sin rastro del castaño.

Cuando el cielo comenzó a teñirse con las últimas luces del atardecer, Anna siguió insistiendo en su mente que Yoh pronto llegaría. Que seguramente había tenido un inconveniente que lo estaba retrasando, pero que pronto vendría…porque Yoh no faltaría a su promesa… ¿Verdad?

Cuando las estrellas se mostraron en todo su esplendor en aquel cielo lleno de oscuridad, Anna volvió a la casona pensando que a lo mejor había contado mal los días. Eso debía ser, seguramente los tres días todavía no habían pasado.

Los días que siguieron volvió una y otra, y otra, y otra vez a aquel claro en el bosque a esperar a Yoh. Sin embargo, no había rastros de él por ninguna parte y los pensamientos negativos en su interior comenzaron a concentrarse nuevamente, convenciéndola de que Yoh finalmente se había dado cuenta de que era un monstruo y que por esa razón la había abandonado.

Con esos sentimientos oprimiendo su corazón, Anna recibió el mandato del abuelo de enfrentar un entrenamiento de supervivencia en el monte Osore. Aunque originalmente debía ir sola, Kenji se impuso a ir también.

Lo que ocurrió en el monte Osore no lo recordaba, pero después de eso la actitud de Kenji cambió para mejor. Ahí fue también cuando cayó enferma y su padre amenazó con prenderle fuego a medio mundo si no lograban salvarla.

Después de su recuperación sería cuando partirían de Aomori y se separaría de Yoh Asakura definitivamente.

(Fin del Flash Back)

Todos esos recuerdos, largamente enterrados en un rincón profundo de su corazón, aprovecharon el hueco creado por el reencuentro con Yoh para estallar de sus confines y manifestarse nuevamente.

Tantos años creyendo que Yoh la había abandonado. Tantos años cubriendo su corazón bajo miles de capas de hielo para evitar volver a ser lastimada, sepultando sus sentimientos para enfocarse únicamente en el objetivo que su padre había colocado delante de ella. Tantos años viviendo en una mentira.

¿Qué debía hacer ahora?

¿Qué debía elegir?

¿A Yoh Asakura, la única persona que le brindó su amistad sincera a cambio de nada y le enseñó a sonreír, a riesgo de que la susodicha maldición de los Kyouyama lo matara?

¿O a Hao Asakura, que supuestamente era la clave para salvar a su familia de aquella maldición?

En aquel claro de bosque, bajo su primera nevada en Aomori después de casi diez años, de vuelta en el lugar donde conoció la felicidad por primera vez, Anna Kyouyama tuvo una repentina epifanía y finalmente entendió qué era lo que debía hacer.

Fin del Capítulo 9.

El capítulo fue dividido en dos debido a su extensión. La otra parte será subida el viernes por cuestiones de trabajo.

¡Muchas gracias por leer!