Capítulo 10: Enfrentando el pasado, parte 2
Yoh Asakura observó el paisaje cambiante a través de la ventana del vagón donde se encontraba sentado. Manta dormitaba a su lado sobre su diccionario, cansado del largo trayecto, igual que todos los demás.
Luego de ser despachados del hospital el día anterior, se registraron en un pequeño hotel para reponer energías e idear un plan de ataque. Siguiendo su promesa hecha a Horohoro, Kenji los llevó a todos a uno de los restaurantes más caros de Funbari, no sólo como una muestra de disculpa, sino también para celebrar la noche buena con una exquisita comida.
Con todo lo sucedido últimamente, Yoh había olvidado completamente que estaban tan cerca de las festividades navideñas, pero Kenji se los recordó a todos e incluso intentó que tuvieran una noche de lo más normal antes de la misión de rescatar a Anna. Yoh consintió a la idea, pero no quiso esperar hasta después de que pasara la navidad para ir hasta Aomori. Por esa razón, ese día 25 de diciembre, él y todos sus amigos tomaron el primer tren de Tokio aquella madrugada en dirección a Aomori.
Casi todos aprovecharon la larga travesía para seguir durmiendo. Algunos, como Yoh, cerraban los ojos, pero no podían conciliar el sueño. Por eso, cuando sintió que estaban ya cerca, decidió dejar de pretender y enfocar su mirada en el paisaje, dejando que su mente volviera a conjurar aquellos recuerdos tan preciados que vivió en su infancia junto a Anna.
(Inicio de un Flash Back)
Aquel año, ante su actitud tan perezosa y relajada, el abuelo pensó que sería una buena idea enviar a Yoh a Aomori a pasar una temporada con la abuela. Quizá así finalmente adoptaría una actitud más seria sobre el entrenamiento como Shaman.
Para Yoh todo era tan problemático. No entendía cuál era la necesidad de entrenar como Shaman. No sólo lo aislaba y lo hacía diferente de los demás, tampoco le permitía hacer su actividad favorita, acostarse en algún lado a ver la naturaleza mientras escuchaba su música favorita todo el día.
Sin embargo, a pesar de sus protestas, su madre hizo las maletas y partió junto a él hacia la pensión de la abuela en Aomori. Con pocos días allá, Yoh se dio cuenta de que no podría salirse con la suya tan seguido como lo hacía con el abuelo, ya que la abuela, a pesar de que no podía ver, parecía siempre saber lo que estaba haciendo, y cuando se percataba de que estaba holgazaneando, su aura podía llegar a tornarse muy espeluznante.
Por eso optó por escabullirse uno de esos días en el que salió con su mamá a hacer unas compras. Realmente no tenía un destino en mente, sólo quería dar un paseo para conocer más de Aomori porque era la primera vez que estaba ahí, quizá así también encontraría un buen lugar para sentarse y escuchar música sin que nadie lo molestara.
Después de caminar un buen rato, terminó entrando en aquel bosque, completamente perdido. Restándole importancia a su situación, siguió explorando por un tiempo. Fue entonces cuando escuchó unos sollozos provenir de algún punto en el bosque. Curioso y preocupado, intentó encontrar a la persona que debía estar saturada de tanta tristeza como para llorar de esa manera.
No le tomó mucho tiempo encontrar aquel claro en el bosque, donde una pequeña niña de cabellos rubios se encontraba sentada contra un árbol, abrazando con fuerzas sus rodillas y llorando desconsoladamente. Al verla, Yoh se acercó con algo de timidez, temiendo un poco que lo rechazara como hacían los demás niños de su pueblo.
—¿Por qué lloras? —Preguntó al acercarse lo suficiente.
—Soy…soy un monstruo, todos me…me odian —contestó la pequeña sin mirarlo.
Yoh se sorprendió por su respuesta, ¿acaso a ella también la rechazaban y le decían que era un monstruo como a él?
—Eso no es cierto, un monstruo es feo y aterrador. Tú eres muy bonita para ser un monstruo, jijijiji… —le aseguró con una gran sonrisa.
Cuando la cabeza de la niña se alzó para mirarlo con incredulidad, Yoh pensó que había tenido razón, era la niña más bonita que había visto en su vida, pero esas lágrimas estaban fuera de lugar en aquel hermoso rostro. Por eso decidió acuclillarse a su lado para estar a su altura y ofrecerle su pañuelo blanco con dibujitos de naranjas que le había regalado su madre hace un tiempo.
—Soy Yoh, ¿y tú?
—Anna —la pequeña pareció batallar con algo, pero finalmente tomó el pañuelo que le ofrecía y empezó a secarse aquellas lágrimas.
Al ver que Anna no lo rechazaba, Yoh empezó a sentir una gran calidez en su cuerpo a pesar del frío que imperaba en el aire. Por eso decidió que Anna sería su amiga, además, se prometió a sí mismo que, a partir de ese momento, haría todo en su poder para que esas lágrimas no volvieran a surcar por su rostro.
—Ven conmigo, no te quedes ahí —se levantó para ofrecerle su mano, alentándola con una amplia sonrisa.
Cuando Anna tomó su mano, Yoh supo, sin lugar a duda, que este sería el comienzo de una increíble amistad.
Después de ese primer encuentro, Yoh y Anna acordaron encontrar otra oportunidad de volver a verse, nuevamente en aquel claro en el bosque, que en poco tiempo se convirtió en un sitio especial para ambos.
Durante ese tiempo, aprendió que Anna también estaba siendo entrenada por un abuelo muy estricto. Además, tenía un padre que casi nunca estaba en casa y un hermano que la odiaba a muerte, dedicándole siempre palabras hirientes que la hacían llorar en cada oportunidad que tenía. Al principio, Yoh lo resintió un poco, molestó de que alguien fuera tan malo para hacer sufrir de esa forma a Anna, pero con el tiempo y los relatos de Anna, comprendió que el hermano de Anna era simplemente igual a ellos, un niño solitario enojado con el mundo por arrebatarle a su madre.
A pesar de que parecían tener unas circunstancias muy similares, Yoh intuía que las cosas en la casa de Anna no eran tan buenas. Aunque Anna trataba de revelar lo mínimo posible sobre su familia, Yoh notaba claramente cuando Anna intentaba ocultar las heridas que sufría por culpa del intenso entrenamiento de su abuelo, quien indiferente a su estado, la seguía presionando sin piedad.
Como si la situación familiar de Anna no fuera suficientemente horrible, luego descubrió que Anna nunca había recibido un regalo de nadie, ni por su cumpleaños ni por las festividades que se celebraban a lo largo del año. Al enterarse de eso decidió encontrarle un buen regalo para esa navidad. Así fue cómo su madre terminó siendo arrastrada por las calles de Aomori en busca del regalo perfecto. Su familia no sabía de Anna, pero sí tenían conocimiento de que había hecho una amiga en el pueblo.
Luego de horas y horas buscando, de entrar en tienda en tienda y andar por medio Aomori, Yoh finalmente se topó con aquella cadena de plata adornada con una pequeña manzana de oro. Al verla, Yoh inmediatamente pensó en Anna y su gusto por las manzanas, así que le rogó a su madre que le comprara aquella cadena con el dije de manzana. Su madre cumplió con cada uno de sus caprichos, contenta por verlo tan entusiasmado, e incluso le recomendó agregar un pañuelo rojo bonito que encontraron al regalo.
Con el regalo finalmente escogido, Yoh insistió en envolver personalmente el pañuelo rojo y la cadena con el dije de manzana en papel de regalo, pensando que hacerlo él mismo le daría mayor significado al regalo que quería hacerle. Desafortunadamente, subestimó un poco la destreza requerida para tales fines, y cuando por fin logró envolver el regalo, de manera medianamente decente, se le hizo un poco tarde para el encuentro con Anna.
—Es hermoso, Yoh —susurró Anna, sosteniendo el collar sobre su corazón—. Me encanta.
Todos sus temores de haber escogido un mal regalo y de haberlo envuelto de manera horrible se disiparon inmediatamente al escuchar sus palabras. Y como si el alivio que sentía no fuera suficiente, el abrazo repentino de Anna terminó de embriagarlo de felicidad. Esa sin duda era la mejor navidad que había tenido.
Yoh pensó que aquella alegría que compartían duraría para siempre, por eso ahora era él quien insistía en quedarse en Aomori, prometiendo que daría todo su esfuerzo en el entrenamiento si le permitían quedarse un poco más. Sin embargo, ajeno a él, las cosas pronto llegarían a su fin.
Aquel día, encontró a Anna en el mismo lugar de siempre, pero la nieve acumulada sobre su cuerpo le decía a gritos que Anna debía tener horas ahí sentada. Preso del pánico, se acercó rápidamente a ella para ver cómo estaba y quitarle toda esa nieve de encima. Tal pronto la tocó, notó inmediatamente lo frío que estaba su piel, así que sin dudarlo se quitó el abrigo que tenía puesto para ponérselo a Anna, dándose cuenta de inmediato de las vendas que cubrían sus brazos y sus piernas.
Lo que más le dolía era ver a Anna mirarlo con los ojos vacíos, como si algo le hubiera arrancado toda la vida a su pequeño cuerpo. No le gustaba verla así, tan deprimida, tan apagada. Así que su mente, llena de preocupación por ella, intentaba encontrar la manera de volver a hacerla reír. Inesperadamente, Anna empezó a soltar unos sollozos y finalmente la presa de sus lágrimas se desató.
—Prométeme que no me abandonarás, Yoh —logró escuchar en medio del llanto.
—Nunca voy a dejarte Anita, es una promesa —declaró con una solemnidad inusual en un niño.
Poco a poco, los sollozos de Anna fueron disminuyendo de intensidad mientras ella se aferraba a él. Instintivamente, sus puños se cerraron al conectar el estado de Anna con algo ocurrido en su familia. Ellos eran los únicos que lograban lastimarla de esa forma.
—¿Ellos te hicieron daño de nuevo? —Preguntó con algo de enfado, poniéndoles adjetivos para nada bonitos a la familia de Anna.
—Fue mi culpa.
Yoh nunca entendió por qué Anna insistía en asumir la culpa de todo lo malo que pasaba en su vida. Con lo que había visto de ella, sabía que Anna nunca heriría a nadie intencionalmente, y que su alma era demasiado buena y pura para este mundo. Así que estaba bastante convencido, Anna nunca haría nada malo, y así mismo se lo hizo saber.
Anna no parecía muy convencida de sus palabras, pero algo más la distrajo de aquellos pensamientos, el verlo sin su acostumbrado abrigo y tiritando de frío.
La preocupación de Anna lo llenó de alivio. Parecía que estaba volviendo a ser ella misma. Por eso no se resistió mucho cuando Anna maniobró para que ambos pudieran compartir el abrigo y resguardarse juntos del frío. De esta forma ambos salieron de aquel bosque, dirigiéndose a la casa de una señora en el pequeño pueblo que estaba bajo la montaña, lugar que solían visitar con mucha frecuencia cada vez que se reunían. Por una parte, para hacerle compañía a la solitaria señora y, por otra parte, para escaparse del frío con unas deliciosas tazas de chocolate humeante.
Cuando la señora los recibió y los dejó sentados frente a la chimenea con unas mantas sobre sus cuerpos, Yoh miró a Anna, iluminada por el destello de las llamas, y notó que finalmente estaba recuperando el color en el rostro, además de que sus hombros se veían más relajados y su mirada más serena. De repente, Yoh pensó en lo maravilloso que sería que ambos pudieran permanecer en aquel lugar, juntos.
—¿No sería genial vivir aquí, tú y yo? —Al escucharlo, Anna lo miró impactada por tal sugerencia—. Así nunca más tendríamos que separarnos.
—¿Qué hay de nuestra familia?
—Tu familia siempre te hace llorar, eso no me gusta.
—Pero no puedo irme… Tengo miedo…
—No tengas miedo, yo te protegeré —Yoh no sabía de dónde venía tanto coraje, pero el pensamiento de volver a ver a Anna sufriendo por culpa de su familia era algo que no podía soportar. Por primera vez en su vida, sintió que ser un Shaman valdría la pena, si con eso lograba proteger a Anna—. Ven conmigo, te prometo que te llevaré lejos de esa familia que siempre te lastima y te hace llorar.
Anna no parecía muy convencida aún e Yoh no podía culparla. Ambos apenas eran unos niños, pero Yoh tenía la certeza de que encontrarían una forma.
—Huyamos juntos, lejos de tu familia, lejos de todo —declaró con fervor, poniéndose de pie frente a ella y extendiéndole una mano—. Confía en mí, todo saldrá bien
—Sí, huyamos juntos —aceptó Anna después de unos segundos, tomando su mano para ponerse de pie junto a él.
—Juntos —murmuró Yoh con una pequeña sonrisa, elevando su dedo meñique para sellar aquella promesa.
—Juntos —coincidió Anna, entrelazando su dedo meñique con el suyo y mostrando una tímida sonrisa.
La aceptación de Anna lo llenó de euforia. Quería saltar y gritar de alegría, pero una pequeña conmoción arruinó su momento. Quiso no darle mucha importancia, pero el rostro de Anna cambió súbitamente a una de terror.
—Yoh, debes irte —le dijo repentinamente.
Yoh no entendió el cambió tan extraño en la actitud de Anna hasta que ella le explicó sobre la presencia de su abuelo en las cercanías, buscándola. A pesar de eso se negó a dejarla sola, no queriendo permitir que volviera a ese lugar que tanto la lastimaba, pero las palabras de Anna y su rostro lleno de súplica terminaron por hacerlo ceder. Supo en ese momento que nunca podría negarle nada.
Cuando finalmente asintió a la petición de Anna de retirarse, se prometieron volverse a encontrar en el lugar de siempre en tres días para huir juntos. No obstante, su corazón seguía lleno de pesadez por tener que separarse, aunque fueran unos pocos días.
Sólo la promesa latente de volver a encontrarse para huir juntos le dio la suficiente fuerza para salir por la ventana, aunque tuvo que batallar mucho contra su cuerpo para evitar que siguiera mirando hacia atrás ya que temía que sus pies lo traicionaran y lo devolvieran a la casa para enfrentarse al abuelo de Anna.
Los tres días que siguieron no pudo concentrarse, y aunque recibió varias represalias de la abuela, su mente se negaba a dejar de pensar en Anna y en su próximo encuentro. No sabía cómo lo harían, pero estaba convencido de que encontrarían la forma de escapar juntos y ser felices.
El día del tan esperado encuentro no pudo dormir, y mucho antes de la hora a la que siempre se reunían, ya estaba en dirección a aquel claro en el bosque donde sabía que Anna lo esperaría. Contrario a sus expectativas, la persona que lo recibió en aquel lugar era un señor de edad avanzada, cabellos rubios opacos que ya se estaban tiñendo de blanco y una mirada de fría severidad. Al verlo sintió algo de temor y retrocedió unos pasos, observando sus alrededores para verificar si había tomado un camino equivocado.
—Tú debes ser Yoh Asakura —comentó aquel señor con las manos detrás de su espalda.
—¿Quién es usted? —Preguntó con apenas un atisbo de vacilación. Había algo familiar en aquel hombre.
—Soy el abuelo de Anna.
Cuando la identidad de aquel hombre se reveló, Yoh quedó en blanco unos momentos. Entonces un torrente de pensamientos comenzó a correr por su mente, desde la razón de la presencia de aquel hombre en ese lugar, hasta la extraña ausencia de Anna. ¿Acaso había pasado algo?
—Si estás aquí por Anna, temo informarte que ella no vendrá —reveló el abuelo de Anna sin cambiar la expresión de frialdad en su rostro—. Es mejor que regreses con tu familia, Asakura.
—¡Eso no puede ser cierto! —Exclamó lleno de incredulidad.
—Si eliges o no creerme, ya eso depende de ti —le dijo sin consideración, acercándose unos pasos—. Esta es una carta escrita personalmente por Anna, donde te explica que se arrepiente de haberte dicho que quería escaparse contigo y te pide que la dejes tranquila.
—¡ESTÁ MINTIENDO! —Vociferó sin poder contenerse, incapaz de creer que Anna le diría algo así—. ¿DÓNDE ESTÁ, ANNA?
—Ella está en la casa, por supuesto —explicó el abuelo de Anna sin inmutarse en lo más mínimo por la explosiva actitud del pequeño Yoh—. Ella no quería ver la expresión de tristeza que pondrías cuando te enteraras de que ella no quiere volver a verte.
—NO ES VERDAD.
—Como te dije, si eliges creerme o no, ya eso depende de ti —con esas palabras, el abuelo de Anna dejó caer la carta al suelo y le dio la espalda dispuesto a irse.
Yoh intentó seguirle, pero aquel hombre se movía más rápido de lo que su edad aparentaba y al poco tiempo perdió su rastro. Sin permitir que eso lo desanimara, regresó al lugar de sus encuentros con Anna, encontrando la carta sobre la nieve. Sin saber muy bien por qué, decidió tomar la carta y guardarla en su abrigo, para después acercarse al tronco donde Anna usualmente se sentaba a esperarlo.
Quizá Anna había tenido problemas para escaparse ese día después del incidente con su abuelo la vez pasada. Quizá si la esperaba un momento, ella aparecería más tarde para decirle que todo lo que dijo su abuelo era una mentira. Pero las horas pasaron sin rastro de Anna. Incluso, cuando regresó al siguiente día, y al siguiente, Anna no volvió a aparecer.
¿Realmente Anna se había arrepentido de acceder a escaparse con él?
Se negaba a creer algo eso, así que siguió insistiendo en esperarla en el mismo lugar de siempre, todos los días durante muchas horas. Llegó a tal punto que su madre y su abuela se dieron cuenta de que sus escapadas pasajeras ahora se había vuelto constantes. Al verse confrontado, Yoh decidió revelarle lo ocurrido a su madre, esperando que ella pudiera ayudarlo.
Gracias a los espíritus, su madre pudo localizar la casa de Anna, pero el abuelo de Anna los recibió y les explicó lo mismo que le había dicho la otra vez, sólo que esta vez, Yoh pudo distinguir la silueta de una niña que los observaba desde algún rincón escondido, la cual, al verse descubierta, se fue corriendo al interior de la casa sin decir palabra.
Por alguna razón, Yoh tuvo la extraña certeza de que esa era Anna. No entendió por qué en ese momento pensó eso, incluso su corazón se resistía a esa posibilidad, pero la tristeza que lo invadió al saber que Anna no quería volver a verlo nublaron por completo su mente y no le dio cabida a cuestionarse nada de lo que pasó.
Fue así como Yoh se terminó despidiendo de Aomori y de Anna, sellando en su corazón aquellos preciados recuerdos.
(Fin del Flash Back)
—Entonces, así fue cómo conociste a Anna —susurró una voz conocida, trayéndolo de vuelta al presente, a aquel vagón de tren ocupado por él y sus amigos que se dirigía hacia Aomori.
—¿Viste algo interesante en mis recuerdos? —pensó, volteando la cara para encarar a la persona que estaba sentada frente a él.
Como parte de la alianza que habían formado aquella noche, Kenji le había revelado alguno de los secretos de la familia Kyouyama, como su capacidad para leer la mente y el corazón de las personas llamado reishi, revelándole también, que tanto él como su padre, solamente podían leer la mente de una persona en un momento determinado e influir de cierta manera en sus pensamientos. Sin embargo, el reishi de Anna era diferente, ella por alguna razón podía escuchar los pensamientos de muchas personas al mismo tiempo.
—Conocer el pasado es una herramienta poderosa —le explicó Kenji en un murmullo, tratando de mantener lo más privada posible aquella conversación, aunque Yoh intuía que ya uno de sus amigos estaba escuchando mientras se hacía el dormido—. Te otorga el poder de ayudar a una persona…o destruirla.
—¿Qué piensas hacer ahora que conoces nuestro pasado? —Preguntó con un semblante completamente serio. No había sido su intención revelarle a Kenji los detalles de su pasado con Anna, pero estaba tan ensimismado en sus recuerdos por la cercanía a Aomori que se olvidó del poder de leerle la mente que tenía Kenji.
—Tú salvaste el alma de Anna, Yoh Asakura, y a cambio, ella salvó la mía. Por eso te estaré eternamente agradecido —confesó sin apartar sus ojos de Yoh, dándole a entender que sus palabras eran sinceras—. Pero yo tengo mi propia misión.
Antes de que Yoh pudiera decir algo, el altoparlante cobró vida para anunciarles que habían llegado al destino. Ante esto, Kenji se encogió de hombros y salió del vagón sin decir palabra. Mientras tanto, los demás se fueron despertando uno a uno, tallándose los ojos para disipar el sueño que aún los tenía agarrados. Al tomar sus cosas para salir, sus ojos se encontraron brevemente con los de Ren, captando inmediatamente el mensaje que el otro quería transmitirle.
Ten cuidado.
A pesar de sus palabras el día anterior, Yoh sabía que Ren aún no confiaba plenamente en Kenji, y que él no bajaría la guardia por mucho que Yoh insistiera. Realmente no podía culparlo, así que no le dijo más nada. Ya estaban en Aomori, ahora tenían otras cosas a las que debían prestarle mayor importancia.
Fuera de la estación de tren, Kenji los esperaba con un miniván. Parecía que se había adelantado para conseguirles un transporte, y como parte de su acto de beneficencia, les entregó unos bentos a cada uno para que almorzaran en el trayecto. Por supuesto, el más entusiasmado por el flujo de comida gratis que estaba recibiendo era Horohoro, quien parecía haberse olvidado del mal rato que pasaron aquella noche y había restablecido su amistad con Kenji rápidamente.
—Lástima que Pirika no viniera, le habría gustado conocer Aomori —comentó Kenji cuando todos se montaron en el vehículo.
Debido a lo peligroso que podía resultar esta misión, todos acordaron que lo mejor era que Pirika se quedara con Jun en el hotel donde esta se estaba hospedando. Le habría gustado que Manta también se quedara en Tokio con ellas, pero su pequeño amigo podía ser bastante testarudo con esas cosas.
—Quizá para la próxima —contestó Horohoro distraídamente, demasiado ocupado probando los diferentes bentos que tenía a su disposición.
—No entiendo a dónde va toda esa comida —observó Manta algo nervioso. Kenji no había escatimado en gastos cuando hizo la compra, como si hubiera pensado especialmente en Horohoro.
—¿Qué no lo sabes? —soltó Chocolove con un brillo en los ojos—. Barril-Boro sin fondo le dicen.
De alguna manera, que Yoh no cuestionó, Chocolove, el nuevo integrante del grupo, apareció vestido con un barril y un micrófono en la mano mientras una luz solitaria colgando del techo lo iluminaba. No pasó ni un segundo de eso cuando el pobre Chocolve apareció en el suelo del vehículo lleno de moretones.
Yoh sólo vio a Ren sacudirse las manos y soltó una pequeña risa al ver el espectáculo. Extrañamente, el conductor del vehículo no dijo nada sobre el escándalo que estaban montando, e Yoh sospechó que debía estar bajo la influencia mental de Kenji, cosa que le fue confirmada cuando el susodicho se volvió a encoger de hombros.
El resto del camino pasó sin mayores novedades y pronto todos se encontraron delante de aquellas familiares puertas que tanto plagaron sus pesadillas cuando era niño. Escenarios de todo tipo donde Anna se alejaba después de decirle que fue un error haberle conocido plagaron durante mucho tiempo su mente, siempre con aquellas puertas presentes. Finalmente volvía frente a ellas, a enfrentar ese pasado que por tanto tiempo le consumió el alma.
—¿A dónde vas, Kyouyama? —Preguntó Ren, acaparando la atención de todos los presentes con sus palabras.
—Iré a avisarle a Anna de lo que está pasando, por supuesto —respondió con simpleza, modulando su tono para dar la impresión de inocencia—. Hay una entrada secreta que me permitirá entrar sin ser notado.
—¿Por qué no tomamos todos ese camino secreto, entonces? —Preguntó Ryu con algo de confusión.
—¿Acaso se han visto? —Preguntó Kenji con una ceja alzada—. Una sola persona entrando por aquella entrada secreta pasaría desapercibido, pero un grupo tan extravagante como este llamaría la atención de inmediato.
—Bueno, tiene sentido —musitó Horohoro con una pose pensativa.
—¿No sería mejor dejar que Yoh sea el que entre, en ese caso? —Preguntó Manta, notando la creciente tensión entre Ren y Kenji.
—Yoh no conoce la casona como yo —explicó Kenji con paciencia, mirando las puertas con un gesto pensativo—. Miren, el abuelo ya se dio cuenta de que estamos aquí y viene a recibirnos. Ustedes distráiganlo y yo buscaré a Anna.
Sin esperar por una respuesta, Kenji se alejó del lugar rápidamente. Justo cuando su silueta desaparecía detrás de unos árboles, las puertas se abrieron de par en par, revelando a un hombre de mediana estatura, cabellos blancos y ojos llenos de frialdad. Dos mujeres uniformadas estaban paradas a su lado con una breve inclinación de cabeza.
—Yoh Asakura, nos volvemos a ver —saludó indiferente, adelantándose unos pasos para encararlo.
Los demás se tensaron al ver el movimiento de aquel hombre, preparados para cualquier truco que pudiera estar escondiendo bajo la manga. Kenji les había informado la noche anterior que no debían subestimar al abuelo Kyouyama debido a su edad, también les dijo que muchas sorpresas estaban escondidas en aquella casa, así que no podían bajar la guardia.
—He venido por Anna —aseveró Yoh dando un paso al frente. Amidamaru de inmediato apareció a su lado listo para la batalla.
—Pero Anna no quiere saber de ti, Yoh Asakura —comentó el abuelo de Anna sin inmutarse ante la aparente hostilidad de aquel grupo de amigos.
—No volverá a engañarme como aquella vez —sentenció Yoh serenamente—. Kenji nos habló sobre el poder de manipulación mental de los Kyouyama.
Cuando Kenji les reveló sobre esa técnica, algunos se mostraron algo temerosos, pensando que podrían estar bajo su influencia mental en ese momento. Sin embargo, Kenji les aseguró que en shamanes como ellos esa técnica no tenía ninguna utilidad, afectando más a los humanos que no tenían desarrollado su sexto sentido y a los niños porque aún no habían creado una barrera suficientemente fuerte alrededor de sus mentes.
Al conocer sobre esa información y recordar la forma tan extraña en cómo fue separado de Anna hace diez años, Yoh ató cabos sueltos, finalmente entendiendo el enigma que por tanto tiempo plagó sus sueños. El verdadero responsable de separarlo de Anna, de hacerle creer que ella no quería volver a verlo ni saber nada de él había sido ese hombre, el abuelo de Anna.
—Lo correcto es llamarlo persuasión mental —les explicó sin mostrar sorpresa alguna de que su nieto les revelara tal secreto—. Plantamos una idea y dejamos que la mente haga el resto.
—Eso no funcionará conmigo de nuevo.
—Claro que no, ya no eres un niño —confirmó el abuelo de Anna para desconcierto de Yoh—. Pero esta es una decisión que la misma Anna tomó. Esta vez yo no tengo nada que ver.
En ese momento, el abuelo de Anna se volteó ligeramente a un lado para mirar la entrada de su casa como si esperara que alguien apareciera. Los demás enfocaron la mirada también en aquel lugar, pero sin perder la vista de aquel hombre.
—Yoh, ¿qué haces aquí? —Preguntó una voz conocida desde el interior de la casa. Seguidamente apareció Anna acompañada de una joven que parecía ser parte del servicio de la casa si su uniforme era alguna indicación.
—Anna —la llamó Yoh, totalmente engrosado en su figura. Cuando la veía, todo lo demás pasaba a un segundo plano—. Vengo a cumplir nuestra promesa.
—No deberías estar aquí, Yoh —le recriminó Anna al reponerse de la sorpresa de verlo en Aomori, justo frente a las puertas de su casa.
—No me iré de aquí sin ti, no de nuevo.
—¿Acaso no aprendiste tu lección en Funbari? —Preguntó Anna endureciendo su mirada—. ¿Acaso vienes a morir?
—Sabes que, si es por tu mano, no me importaría morir —la confesión que soltó Yoh tuvo a casi todos los miembros de su grupo de amigos mirándolo al borde de la histeria.
La excepción era Fausto, que observaba totalmente embelesado la escena y asentía a cada palabra que Yoh decía mientras hacía susurros sobre un cráneo que sostenía en sus manos. La otra excepción era Ren, que se había puesto una mano en la cara y resoplaba con algo de fastidio.
—¿Qué estás diciendo, Yoh? —Preguntó Manta con algo de nerviosismo—. Pensé que veníamos a salvar a Anna de la manipulación de su familia, no a dejar que ella terminé lo que empezó aquella noche.
—Jijijiji, tranquilo Manta —le aseguró Yoh con una sonrisa—. Ya verás que todo saldrá bien.
—Yoh Asakura, realmente eres un idiota sin remedio —sentenció Anna fríamente, aunque Yoh podía jurar que entre sus palabras se había colado una nota de afecto.
—Mira, reina de hielo, este idiota de aquí ya me tiene cansado con su mirada de cachorro abandonado todo el tiempo sólo porque no le das la hora del día —interrumpió Horohoro acercándose al susodicho para pasar su brazo alrededor de sus hombros—. ¿Podrías sacarlo de su miseria de una vez por todas?
—Mira que es Navidad y tú serías su mejor regalo —intervino Chocolove con un gorro navideño y un lazo en sus manos que intentó colocarle a Anna, sólo para terminar en el suelo tras ser golpeado por dos Shikigamis de color rojo y azul. Increíblemente nadie parpadeó siquiera ante tal acción.
—Escucha, Asakura. Lo mejor es que te vayas de aquí si quieres preservar tu vida y la de tus amigos —Anna volvió a mirarlo con dureza, escondiendo sus emociones tras una máscara de indiferencia que Yoh logró ver con gran facilidad—. Lo que pasó aquella vez en Funbari no se repetirá. Esta vez no tendré piedad.
—Te dije que puedes hacerlo —respondió sin borrar su sonrisa, separándose de Horohoro para dar unos pasos en su dirección.
Al ver que Anna retrocedía al verlo acercarse, Yoh se detuvo un momento para lanzar a Harusame al suelo, dándole a entender que sus palabras iban completamente en serio. Si ella decidía atacarlo, él no se defendería.
Lo que fuera que Anna pensaba decirle fue interrumpido por un grito grotesco y ensordecedor que obligó a todos a taparse los oídos con las manos en un esfuerzo por mitigar el efecto de aquel poderoso ruido.
—No puede ser —el abuelo de Anna, que hasta ese momento se había mantenido al margen sin decir palabra, murmuró con los ojos desorbitados. Era la primera expresión que lograban ver en aquel hombre y eso no auguraba nada bueno.
Del interior de los muros vieron emerger una criatura gigantesca con una piel etérea negra como la noche, con dos agujeros blancos como ojos y una boca llena de colmillos afilados. Además, algunas líneas diagonales rojas cruzaban su pecho desde cada uno de sus hombros, formando una cruz de fuego.
—¿Qué es eso? —Preguntó Ryu al ver cómo la criatura desconocida se acercaba a ellos, destruyendo fácilmente el muro que lo separaba del grupo.
La criatura era bastante alta y rechoncha, creando vibraciones en la tierra cada vez que daba un paso. Pero lo peor eran sus gritos inhumanos que amenazaban con destrozarle los tímpanos.
—¿Qué has hecho, Kenji? —Preguntó el abuelo cayendo al suelo de rodillas al flaquearle las fuerzas.
Al escuchar sus palabras, todos finalmente se percataron de que había una silueta humana detrás de aquella criatura.
—Simple —respondió con una voz que parecía sacada de ultratumba—. Abrí las puertas del infierno y ahora vengo por tu vida.
Fin del Capítulo 10.
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