Después de tanto tiempo, el final está aquí.
Capítulo Final: El precio de la libertad
Era increíble que después de diez años estuviera de vuelta en aquella casa que presenció sus momentos más oscuros, pero lo más impactante aún eran las razones por las cuales estaba en aquel lugar. Finalmente era hora de cumplir con la misión que se había impuesto todos esos años atrás, salvar a Anna era un beneficio extra de aquel cometido.
Separándose del grupo rápidamente para evitar que siguieran objetando su pequeña aventura, Kenji se escabulló por la amplia vegetación cubierta de nieve que rodeaba la casona Kyouyama, buscando aquella pequeña entrada usualmente utilizada por la servidumbre para sacar los deshechos y otros elementos indeseados. Había descubierto ese pasadizo gracias a Anna, cuando la descubrió tratando de salir de la casa sin ser notada.
En aquel entonces no le dio mucha importancia a las andanzas de Anna, demasiado preocupado en leer todo lo que pudiera encontrar sobre el arte del shamanismo, sobre los espíritus y la muerte. Tenía la leve esperanza de poder encontrar alguna forma de volver a ver a su madre, o por lo menos, de poder comunicarse con ella. Sabía que no podía hacer nada contra la muerte, eso era algo que su madre siempre le había insistido. A pesar del poder que tenían, traer a alguien de regreso a la vida era algo que no podían ni debían hacer.
A pesar de que sus padres eran ambos shamanes, Kenji no nació con gran poder espiritual, apenas siendo capaz de interactuar con espíritus, pero no pudiendo utilizarlos de la misma manera que su madre. Por eso, a pesar de tener los lobos como espíritus acompañantes, estos se mantenían reposando dentro de aquellos colmillos que colgaban de su collar de plata, y aunque entrenó día y noche con el abuelo, sus avances para manifestarlos eran poco notables.
No fue hasta aquel fatídico día en el monte Osore cuando murió y fue revivido por Hao Asakura que su poder espiritual creció, permitiéndole manifestar y utilizar los lobos de su madre, además de despertar en él el poder latente de los Kyouyama, la capacidad de leer e invadir la mente de las personas.
Cuando se enteró de la hazaña de Hao de regresarlo a la vida, Kenji intentó suplicarle que hiciera lo mismo con su madre, pensando que quizá aquel pequeño niño que declaraba que sería el próximo rey sería capaz de tal milagro. Hao lo miró con una extraña expresión de empatía y le informó que ya era muy tarde para hacer eso.
Sabía que las circunstancias no eran las mismas, que la razón por la que pudo volver fue porque su alma todavía estaba al alcance de Hao ya que acababa de morir, pero su mente infantil seguía albergando una pequeña pizca de esperanza de que fuera posible.
Alejando esos pensamientos de su mente, se concentró en su tarea. Antes de separarse del grupo logró captar unos pensamientos del abuelo, que le informaban que Anna estaba siendo avisada de la presencia de Yoh y que estaba de camino a recibirlo. Eso significaba que no había necesidad de que él fuera a buscarla. Los dos tortolitos pronto se reencontrarían. Aunque no entendía la seguridad que sentía el abuelo al permitir que Anna viera a Yoh, sabía claramente que el lazo que unía esos dos era demasiado fuerte. Después de lo que había visto en los recuerdos de Yoh, no tenía dudas sobre eso.
No había sido su intención husmear en los recuerdos de Yoh, pero su costumbre de dar un vistazo rápido a la mente de las personas para conocer sus pensamientos era algo difícil de erradicar. Demasiados años haciendo uso de esa habilidad que ya lo hacía sin siquiera pensar. Así que cuando escaneó la mente de Yoh y se dio cuenta que estaba pensando en lo sucedido con Anna hace diez años, su curiosidad pudo más que él y se mantuvo observando todo el tiempo en silencio.
La Anna de los recuerdos de Yoh era una Anna feliz, completamente diferente a la Anna que conoció en aquel tiempo. Además de que descubrió que Yoh fue la razón por la que Anna se esforzó tanto por salvarlo aquella vez en el Monte Osore. Ninguno de los dos sabía sobre eso y Kenji realmente no estaba en planes de contarles, pero su respeto por Yoh Asakura aumentó considerablemente con aquella información.
Cuando vio el motivo de la separación de Yoh y Anna, y el papel que jugó el abuelo en eso, supo de inmediato lo que había pasado. El abuelo engañó a Yoh para hacerle creer que Anna no quería saber nada de él, seguramente mediante el uso de manipulación mental. Con Anna no podía hacer lo mismo, ya que su reishi, más poderoso que el de todos ellos juntos, le permitía escudar su mente de esos ataques. Y para terminar de confirmar su teoría, podía recordar vívidamente la inmensa tristeza que Anna cargaba al regresar de sus escapadas los días anteriores al fatídico entrenamiento en el monte Osore, un contraste demasiado notorio a cómo era antes.
Después de que hicieron las paces, Kenji intentó ser un apoyo para ella, pero al igual que ocurría con su madre, sabía que no podría reemplazar a la persona que Anna verdaderamente deseaba que estuviera a su lado. A pesar de su ignorancia sobre lo que había pasado, hizo todo lo que estaba en sus manos para que Anna no volviera a sentirse triste después de que salieron de Japón, asumiendo para él lo peor de las misiones que su padre les encargaba porque sabía cómo eso podía afectar a Anna.
Ahora sabía todo. El pasado de Anna, su encuentro con Yoh, y el lazo tan fuerte que había entre ellos. Su padre debía ser un verdadero ignorante si pensaba que podía interponerse entre esos dos. Teniendo esa seguridad en su corazón, sabía que podía dejar en manos de Yoh la felicidad de Anna, y enfocarse completamente en su propia misión.
Con ese último pensamiento terminó de centrarse, ordenando a sus lobos recorrer la casa en buscar del lugar donde la mayor cantidad de energía espiritual estuviera concentrada. A la par que ellos buscaban, Kenji realizaba un recorriendo por la vieja casona, observando cómo a pesar del tiempo nada había cambiado.
Pasaron unos minutos cuando Kuro y Shiro fueron a reportarle sus hallazgos, señalando el pequeño almacén que estaba anexo a la casa. Al principio lo había descartado por pensar que era un escondite demasiado obvio, pero parecía que su familia había contado precisamente con eso para ocultar allí el sello que mantenía aprisionado al demonio con el que años atrás hicieron su pacto.
Con un nuevo destino en mente, salió sigilosamente de la casona principal y entró en el almacén, encontrando depósitos de comida en una habitación, leña y algodón en otra, y objetivos olvidados en una tercera habitación. En esa última era donde sus lobos señalaban, así que se dedicó a inspeccionar cuidadosamente el lugar buscando alguna especie de escondite secreto. Gracias al encuentro con el oni de Anna todos esos años atrás, y el entrenamiento recibido de parte de Hao Asakura, Kenji se percató de que uno de los retratos que colgaban de aquel cuarto tenían la forma de un oni casi idéntico al que lo atacó en monte Osore. Lo más peculiar del caso es que parecía estar observándolo.
Curioso por esta revelación, se acercó al retrato para ver qué había detrás, encontrándose simplemente con una pared de madera. Extrañado, volvió a observar el retrato del oni gigantesco, pensando en cuál sería la clave para penetrar en el escondite secreto.
—¿Quieres decir que todas las víctimas de mi padre son utilizadas para alimentar al demonio? —recordó que le preguntó una vez a Hao, caminando detrás de él por un paraje de Inglaterra.
—La razón por la que ese demonio decidió hacer un pacto con tu antepasado era porque estaba muy debilitado, así que le prometió el poder para leer e influir en la mente de las personas, a cambio de que le ofrecieran la sangre y el alma de algunas víctimas
—¿Sabes qué lo que quiere exactamente ese demonio?
—Crear un cuerpo material para volver a estar en este mundo.
—¿Este mundo? —Preguntó con algo de confusión—. Significa que su espíritu no está aquí, pero puede interaccionar con este mundo, ¿cómo es eso posible?
—Un puente Inter dimensional —explicó deteniéndose en un pequeño acantilado para observar el atardecer.
—No entiendo.
—Cualquier cosa puede servir como un portal, el punto es saber encontrarlo y activarlo.
¿Acaso aquel retrato era uno de esos portales de los que Hao le habló hace tanto tiempo? Al menos eso explicaría cómo su padre podía seguir manteniendo los sacrificios a pesar de la distancia.
Se quedó pensando por unos segundos, intentando encontrar algún indicio en sus memorias sobre cómo su padre se ponía en contacto con el demonio, pero al igual que todo lo demás, las respuestas vinieron de otro lugar.
—El demonio está vinculado a la sangre Kyouyama —le dijo Hao una vez.
Al recordar eso, una idea se coló en su mente, así que, con un pequeño mordisco en su pulgar, suficientemente fuerte para sacar sangre, colocó el dedo en el retrato y esperó. No pasó mucho tiempo cuando una pequeña luz empezó a cegarlo, obligándole a cubrirse los ojos. Cuando volvió a abrir los ojos ya no se encontraba en el depósito.
Ahora se encontraba en un lugar oscuro, sin rastro de luz por ninguna parte. Sin embargo, justo cuando pensó eso, unas antorchas empezaron a encenderse en las paredes a su alrededor, iluminando un cuarto de piedra circular. En el centro de la habitación, atado con grilletes en las manos hacia el techo y en los pies hacia el suelo, descansaba una criatura gigantesca de un color negro como la noche, con una cruz de fuego en el torso y unos colmillos afilados en su boca.
—Bienvenido —escuchó una voz en su mente que lo puso en alerta de inmediato.
Centrando su atención nuevamente en la criatura, Kenji dio un paso al frente de manera cautelosa. No sabía exactamente a lo que se enfrentaba, Hao no le dio demasiados detalles sobre la criatura en sí, sólo los pormenores del pacto hecho siglos atrás y sus repercusiones sobre su familia.
—Así que vienes a romper el pacto —volvió a escuchar aquella voz en su cabeza, pero en ningún momento vio a la criatura abrir la boca.
—Esta familia no necesita más de ti —se aventuró a decirle en voz alta, dejando salir todos los sentimientos que por años mantuvo contenido en silencio.
—Es muy tarde, Kyouyama —le informó la criatura abriendo los ojos—. Tu padre quiso protegerte manteniéndote alejado de mí, pero tu destino siempre fue venir aquí…para liberarme.
Una luz emergió de la boca de aquel demonio cubriendo toda la estancia. Sin saber por qué, empezó a sentirse débil y cayó sobre sus rodillas. Lo último que Kenji escuchó antes de perder el conocimiento fue el aullido preocupado de sus lobos.
Aquel demonio se acercó a ellos a pasos lentos, con Kenji en su retaguardia mirando con una expresión vacía. Extrañamente no podía escuchar ningún pensamiento en su mente, a pesar de las limitaciones que el medicamento del abuelo tenía sobre su reishi, debería aún ser capaz de leerle la mente a Kenji.
A un lado, el abuelo finalmente se había puesto de pie y ahora miraba a Kenji con una extraña mezcla de remordimiento e intriga. ¿Acaso él sabía lo que estaba pasando? Era en momentos como esos donde deseaba poder leerle la mente para saber lo que estaba planeando.
Más allá todavía se encontraba Yoh con su grupo de amigos, mirando con variadas expresiones de perplejidad a Kenji y al demonio. De ellos podía percibir un leve rastro de desconfianza, de horror y de miedo, a excepción de Yoh, que parecía más bien resignado.
De repente, la criatura movió una de sus gigantescas manos, creando una poderosa ráfaga de viento que los mandó a volar unos metros. Seguidamente, una de sus manos se acercó y tomó al abuelo entre sus garras.
—¡¿Qué estás haciendo, Kenji?! —Preguntó Anna al no poder contenerse más. ¿Qué era lo que estaba pasando, por qué Kenji parecía poseído y por qué estaba atacando al abuelo?
—El abuelo te separó de Yoh Asakura hace diez años, Anna —respondió Kenji con una voz monótona—. ¿No crees que debería pagar por lo que hizo?
Anna se quedó de piedra, ¿cómo Kenji sabía eso? Instintivamente sus ojos se desviaron hacia la mirada de Yoh, que ya se había puesto de pie y ahora estaba parado a su lado de manera protectora. La expresión de nerviosismo y culpabilidad en su rostro fue suficiente afirmación, pero eso sólo le generaba más preguntas.
Desafortunadamente, todas esas dudas tendrían que esperar hasta después de que la situación estuviera bajo control porque poco después de las palabras de Kenji, un grupo de oni pequeños empezó a materializarse en el aire a su alrededor.
Al ver a los oni, los recuerdos que había suprimido por años empezaron a bombardear su mente en una explosión tan grande que perdió contacto con la realidad. Sólo podía ver la montaña de cuerpos y los oni que los devoraban a su alrededor, mientras los gritos hacían un eco espeluznante que martilleaba sus oídos sin piedad. En medio de todo eso pudo ver al oni gigantesco de color rojo que la miraba con malicia.
—¡Anna! —Un grito muy familiar logró despertarla de su trance—. ¿Te encuentras bien?
Sus ojos vidriosos se dirigieron a la persona que le había hablado, encontrándose con la mirada preocupada de Yoh Asakura. Al ver sus ojos marrones y sentir su calor envolver su cuerpo las imágenes empezaron a desaparecer, centrando toda su atención en el rostro de Yoh. No supo cuánto tiempo pasó mirándolo, ni siquiera se percató del momento en que Yoh empezó a sostener el peso de su cuerpo sobre el suyo cuando sus piernas flaquearon y cayó al suelo, evitando de ese modo que colapsara a un lado por el peso de aquel pasado.
Poco a poco, los gritos fueron cediendo hasta ser reemplazados por los latidos de un corazón que orquestaba su sinfonía en coordinación con el suyo propio. Sólo entonces se permitió cerrar los ojos para exhalar un profundo suspiro. Por más de diez años no volvió a ver a los oni gracias a las técnicas de su familia, a pesar de que las pesadillas seguían asaltando sus recuerdos de vez en cuando. Cierto temor seguía latente en su corazón, un miedo de que volvieran a manifestarse por su culpa y destruyeran todo a su alrededor.
—Anna, ¿estás bien? —La voz de Yoh captó su atención de nuevo, permitiéndose abrir los ojos para mirarlo.
—¿Por qué sigues aquí, Yoh? —Preguntó con más calma, delegando a los oni a un segundo plano para enfocarse en lo que era realmente importante para su corazón—. ¿No ves que aquí estás en peligro?
—Cometí el error de irme una vez porque así me lo pediste, y por culpa de eso nos separamos diez años —le respondió con una sonrisa llena de melancolía—. Esta vez no iré a ninguna parte, aunque mi vida sea el precio de tu libertad.
Siempre lo supo. No tenía forma de ganarle a Yoh Asakura. Sus palabras, tan llenas de convicción y calidez, siempre lograban hacer mella en sus defensas. Fue una ilusa al pensar que podría alejarlo.
—Eres un gran idiota, Yoh Asakura —respondió en resignación, dejando que una débil sonrisa apareciera en sus labios—. Pero eso fue lo que me hizo enamorarme de ti en primer lugar.
—Hey, este no es momento para eso —interrumpió Horohoro antes de que Yoh pudiera responder, cayendo a escasos metros a su lado—. Estamos en medio de una situación aquí.
Yoh, al que se le había estampado una sonrisa boba en la cara al escuchar sus palabras y se había puesto todo rojo hasta las orejas, aprovechó la distracción de Horohoro para mirar la escena. Anna también desvió su atención a lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Parecía que, en algún momento de su introspección, los oni habían empezado a atacar a todo el que estuviera frente a ellos. Al verse amenazados, los amigos de Yoh se pusieron a la defensiva, respondiendo al ataque de los oni con su respectiva posesión de armas.
—¡Yoh! —El grito de Manta llamó su atención, permitiéndole observar cómo el pequeño Oyamada corría en dirección a un montón de árboles mientras era perseguido por un par de oni.
—¡Manta! —Como era de esperarse, Yoh de inmediato se puso de pie con la intención de socorrer a su amigo, pero el número de oni que había presente le impedían desplazarse con libertad—. ¡Chocolove!
—Déjamelo a mí —respondió el aludido, haciendo gala de su velocidad para rodear a los oni y darle seguimiento a Manta.
Anna se fue incorporando también, ayudada por Yoh quien al ver sus intenciones le tendió rápidamente la mano para ayudarla. Ya de pie estudió sus alrededores analíticamente, deteniéndose para observar a Kenji conversar en voz baja con el abuelo, el cual seguía atrapado en las garras del gran demonio. Por la distancia y el sonido de la batalla a su alrededor, no lograba escuchar lo que decía Kenji, pero podía interpretar en base a la expresión de terror del abuelo que no debía ser nada bueno.
—Debemos salvar a tu abuelo —escuchó la voz de Yoh a su lado, dándole forma a los pensamientos que revoloteaban en su mente.
—¿No estás molesto con el abuelo? —Preguntó arqueando una ceja. La única forma en la que Kenji pudo haber descubierto la complicidad del abuelo en los eventos de hace diez años era si hubiera leído la mente de alguien que vivió aquellos acontecimientos, y dada la anterior expresión de Yoh y su actitud, lo más seguro era que él debía saber que su abuelo fue la verdadera causa de su separación.
—Estoy seguro de que debió tener sus razones —respondió tranquilamente—. No tiene caso molestarse por algo que pasó hace tanto tiempo ya.
—¿Aunque haya intentado volver a hacerlo? —Insistió en cuestionarle de nuevo, recibiendo esta vez una sonrisa que le dijo todo lo que necesitaba saber.
Yoh Asakura no era el tipo de persona que le daba la espalda a nadie, ni siquiera a aquellos que alguna vez le hicieron daño. Esa era su cualidad más especial y lo que más admiraba de él. Incluso cuando se conocieron hace diez años y le confesó lo que pasó con sus padres, Yoh sólo la abrazó en silencio mientras ella lloraba, transmitiéndole su apoyo incondicional.
—No fue tu culpa, Anna —le dijo en aquel entonces, con una sabiduría superior a la que sus años delataban—. La que más sufrió fuiste tú, por eso no creo que haya sido algo intencional.
—¿Cómo puedes tenerme tanta fe, Yoh?
—Porque puedo ver en tus ojos que tienes un buen corazón —le explicó con una de sus típicas sonrisas—. Y siempre he creído que aquellos que puede ver espíritus no son malas personas.
Incluso en aquel momento la fortaleza de espíritu de Yoh Asakura era mayor al que podía imaginarse, siempre creyendo en los demás y en la bondad de su corazón.
—Debemos salvar a tu abuelo antes de que Kenji termine de aburrirse de la conversación —la voz del Asakura la trajo de vuelta al presente, permitiéndole observar a un Yoh que veía lleno de seriedad la escena en la que Kenji se alejaba del abuelo con toda intención de darle fin a lo que sea que estuvieran hablando.
Anna estudió a Kenji, calculando cuánto tiempo tendrían para salvar al abuelo de las garras de aquel demonio. Luego observó el resto del panorama, viendo a los amigos de Yoh ocupados peleando contra los diferentes oni. Nadie estaba lo suficientemente cerca del abuelo para socorrerlo.
Le quedaban pocos segundos, podía notarlo en la postura del demonio y en la de Kenji, debía hacer algo rápido si quería salvar al abuelo. Justo en ese momento una idea cruzó por su mente, ¿quizá podría materializar a Zenki y a Goki cerca del demonio? Nunca lo había hecho, siempre manifestando a los shikigamis cerca de ella, pero no había razones para que no pudiera hacerlo.
Con esa resolución, concentró su energía espiritual en un punto definido cerca del demonio, logrando materializar sin problemas a los shikigamis, que de inmediato se dividieron para atacar, uno hacia el cuerpo principal y el otro al brazo que sostenía al abuelo. El ataque fue rápido y sorpresivo, permitiéndoles liberar al abuelo y evitar que el demonio volviera atraparlo. Poco después, Zenki y Kouki se dirigieron hacia ella, derribando a todos los onis que se interponían en su camino y dejando al abuelo en el suelo a su lado.
—Impresionante —admiró Yoh con algo de apreciación. Anna captó un pensamiento fugaz cruzando por su mente, un agradecimiento de que no tuviera que enfrentarse a esos shikigamis.
Antes de que pudiera responder, las vibraciones en la tierra y los rugidos de furia dominaron completamente el ambiente, alertándole de la estampida del demonio gigantesco hacia ellos. Ryu y Fausto, que se encontraba en su camino, fueron tomados desprevenidos y recibieron la embestida de lleno, saliendo disparados por los aires y estrellándose contra el suelo con tanta fuerza que dejaron un cráter en su aterrizaje.
Yoh se percató de que el demonio iba hacia ellos y sin pensarlo se colocó en su camino con su posesión de armas en un intento por escudarla y evitar que se llevaran al abuelo de nuevo. Al verlo, Anna ordenó a Zenki llevarse al abuelo, que había caído inconsciente en algún momento, mientras Goki le daba apoyo a Yoh para detener a la criatura.
—¿Por qué te sigues interponiendo en mi camino, Anna? —Escuchar la voz de Kenji provenir de algún punto a sus espaldas la sobresaltó. ¿En qué momento se había movido?
Anna se volteó rápidamente para encarar a Kenji, poniendo bajo control sus facciones para no delatar el torrente de emociones que surcaban en su interior.
—Después de todo lo que he hecho por ti —continuó diciendo Kenji sin delatar en su rostro ninguna expresión—. Siempre tomando para mí lo peor de las misiones, todo para que no tuvieras que mancharte las manos de sangre porque sabía lo mucho que eso te hacía sufrir.
—¿Qué intentas decir, Kenji? —Preguntó Anna con una postura firme, no permitiéndose intimidar por la terrorífica presencia de su hermano.
—¿Y al final qué haces? Los eliges a ellos —Sus palabras parecían estar llenas de rabia, como si descargara alguna espina que llevara tiempo lastimando su corazón, aunque en su cara no se reflejaba nada de eso—. Después de todo lo que han hecho el abuelo y nuestro padre, te pones de su lado.
—Entiendo que estés molesto, Kenji —intervino Yoh con algo de dificultad, todavía peleando contra el enorme demonio—. Pero esta no es la forma.
—No interfieras en esto, Asakura —le dijo con su voz monótona, sin siquiera dirigirle una mirada—. Esto no tiene nada que ver contigo.
—Te equivocas —musitó el Asakura cayendo suelo—. Todo lo que tenga que ver con Anna tiene que ver conmigo.
—Hay algo que no está bien —comentó Anna estudiando a Kenji. Aún con la cercanía no podía detectar ninguna pensamiento ni sentimiento provenir de él—. No estás actuando como tú mismo, Kenji.
—Eso es porque ese no es Kenji —declaró el abuelo desde el marco de la entrada. Parecía que se había repuesto de la conmoción y había recuperado su temple habitual—. El demonio lo está controlado a través de la oscuridad que hay en su corazón.
—¿El demonio?
Justo cuando esa pregunta salió de sus labios, el ser demoníaco, que hasta entonces había estado peleando contra Zenki, el cual había regresado en algún punto luego de dejar al abuelo en la casa, y contra Goki, mandó a volar de un manotazo a los shikigamis y se dirigió al abuelo rápidamente.
—¡Abuelo!
Justo cuando iba a tomar nuevamente al abuelo en sus garras, una flecha de luz salió disparada de un lugar desconocido e impactó en el pecho del demonio, logrando derribarlo y creando una fuerte vibración en la tierra por el choque de su cuerpo al caer. Anna rápidamente dirigió su mirada hacia la dirección de donde provino el ataque, encontrándose con su padre y sus demás hijos adoptivos parados cerca de unos árboles en posición de ataque.
—Así que aquí estás —murmuró Kenji ladeando la cabeza a un lado para ver a los recién llegados—. Me has ahorrado las molestias de ir a buscarte.
Los onis que estaban dispersos alrededor siendo repelidos por el grupo de amigos de Yoh comenzaron a condensarse entre sí. Al mismo tiempo, el fuego que cruzaba en cruz por el pecho del demonio cobró vida, aumentando su intensidad y expandiéndose en todas direcciones.
Anna vio el fuego venir con gesto desafiante, pensando en crear una barrera de poder espiritual para cubrirse. Sin embargo, el Asakura fue más rápido y se colocó delante de ella para escudarla con su posesión de armas. La sorpresa que sintió fue rápidamente reemplazada por una sensación de calidez y regocijo. A pesar del cansancio y las heridas que había sustraído Yoh, el sentimiento de protección y sus pensamientos de salvaguardarla llegaban hasta ella fuerte y claro.
De repente, una risa macabra resonó en el ambiente, y decenas de oni de gran tamaño empezaron a tomar forma de la coalescencia de los pequeños onis. Aprovechando ese pequeño respiro del ataque, Yoh tomó a Anna de la mano para llevarla donde se estaban reuniendo sus amigos.
—¿Tienes algún gran plan, Yoh? —Preguntó Horohoro tal pronto lo vi llegar junto a ellos—. Los oni se siguen regenerando una y otra vez cada vez que los derrotamos.
—Debemos acabar con el demonio mayor —comentó Ren con la vista clavada en el enorme demonio que se ponía de pie—. Es obvio que está controlando los demás oni.
—Eso es más fácil de decir que de hacer —replicó Horohoro con algo de exasperación por la actitud tan casual del Tao—. Ninguno de nuestros ataques le hizo nada antes, ¿recuerdas?
—Debemos derrotar a Kenji, es la única forma —les informó Yoh con un rastro de seriedad inusual en su persona—. Kenji quería destruir al demonio para romper las cadenas que ataban a su familia a la oscuridad, pero parece que algo salió mal y el demonio se aprovechó para liberarse de su prisión.
—¿Y tú cómo sabes eso? —Cuestionó Horohoro con un toque de irritación al descubrir lo poco que sabía de la situación.
—Kenji me dijo —respondió sin comprender la razón del enojo de su amigo.
Anna vio el intercambio sin decir nada, rumiando sobre las palabras de Yoh. Recordó la revelación del abuelo sobre el inicio de la familia Kyoyama y todo finalmente cobró sentido. Parecía que Kenji ya sabía sobre el demonio, el pacto y la maldición desde hace mucho, tanto como para elaborar planes, sin decirle nada. Era tan típico de él querer asumir toda la carga por sí solo. Desde que volvieron del Monte Osore diez años atrás, Kenji siempre se adelantaba para enfrentar las cosas para escudarla.
Quizá él pensaba que la protegía así, pero la realidad era que Kenji no confiaba plenamente en ella. Por eso, a pesar de la relación tan cercana que tenían, la distancia entre ambos era considerable.
—¡Aquí vienen! —Anunció Ryu, que se había incorporado al grupo junto con Fausto unos momentos antes.
Los oni atacaron seguidos del demonio gigantesco. Para ese momento su padre y sus hijos adoptivos se habían acercado al abuelo y ahora lo protegían. Pronto un grupo de personas salió también de la casona, todos armados con diferentes armas, y se enfrentaron rápidamente a los oni.
—Parece que todos se han unido a la fiesta —una voz rasposa resonó en su cerebro, provocando que un escalofrío le recorriera la espina dorsal—. Renacer en este mundo en una ceremonia cubierta por su sangre parece casi poético.
Por la expresión que observó en el rostro de todos los presentes, Anna supo al instante que no fue la única que escuchó aquellas palabras. Para un demonio que fue capaz de otorgarles el poder de leer la mente y el corazón de las personas, proyectar su voz directamente en sus cerebros no debía ser ninguna dificultad.
En ese momento el demonio lanzó un aullido ensordecedor, afectando su concentración y permitiendo a los onis tomar ventaja de la situación. A su alrededor, los amigos de Yoh hacían lo que podían para combatir a los onis, pero el cansancio era palpable en sus rostros, y ese último acto del demonio empeoró aun más su situación.
—Mi querida Anna, lo he visto todo de ti —comentó el demonio en su mente nuevamente. Esta vez parecía que sólo le hablaba a ella—. Sólo un Kyoyama por generación podía utilizar mi habilidad, tu abuelo, tu padre y Kenji. Sin embargo, tu reishi no fue producto del pacto.
—¿Qué?
—Ser capaz de desarrollar el reishi por tu cuenta —siguió hablando el demonio, llenándose de placer al ver el tumor que ocasionaba en su alma—, eres verdaderamente un ser muy especial.
Siempre había sabido que su reishi era diferente al de su familia, más poderoso, pero su abuelo simplemente insistía que era el legado de su clan, y cuando se enteró de la maldición que se llevaba a sus seres más queridos, muy a su pesar sintió un pequeño peso aflojar en su corazón al creer que quizá, la muerte de sus padres y la de los habitantes de su pequeña aldea no habían sido por su culpa como se empecinó en creer.
—Así es, Anna, tu lugar es conmigo —continuó escuchando—. Únete a mí.
—¡Anna! —Nuevamente, la voz preocupada de Yoh la trajo de vuelta al presente. Parecía que el Asakura se había percatado de que entró en un trance y se había acercado para espabilarla sacudiéndola un poco con una mirada llena de preocupación.
—Parece que necesitas algo de motivación.
La voz cargada de malicia del demonio la alertaron de la aproximación de un ataque hacia el Asakura. Zenki y Kouki, que peleaban contra unos onis a un lado, no podrían moverse a tiempo para socorrerla. Lo peor es que Yoh no parecía haberse dado cuenta de que se había vuelto el blanco del demonio.
—¡Yoh! —Intentó alertar, viendo en cámara lenta cómo Yoh se volteaba al leer el peligro en sus ojos.
Justo cuando las garras del demonio estaban por atravesar el cuerpo de Yoh, un destello de luz le cegó momentáneamente los ojos. Cuando parpadeó para reponerse de ese deslumbramiento, se encontró con el brazo del demonio en el suelo y un gato de un color naranja sosteniendo una enorme espada delante de ellos.
—Parece que he llegado a tiempo, joven Yoh —comentó el gato con una leve mirada y una pequeña sonrisa hacia ellos antes de lanzarse contra el demonio nuevamente.
—¡Joven Yoh!
—¡Yoh!
De entro la línea de árboles aparecieron las figuras de Manta y Tamao, corriendo en dirección al Asakura mientras eran resguardados por Chocolove. Por alguna razón, luego del ataque del misterioso gato, los onis comenzaron a desaparecer uno por uno bajo el ataque de los demás.
—Tamao, ¿qué haces aquí? —Preguntó algo desconcertado cuando la aludida llegó a su lado—. ¿Y por qué vino Matamune?
—El señor Yohmei me dijo que estabas en grave peligro —le explicó Tamao recuperando un poco el aliento—. Por eso le pidió a Matamune venir a apoyarte.
Así que el nombre del misterioso gato era Matamune, un nekomata que había servido a la familia Asakura por más de 1000 años, y al juzgar por cómo se enfrentaba al demonio con gran facilidad, debía ser un ser espiritual muy poderoso.
—¡OTRA VEZ TÚ! —Esta vez el grito provino de Kenji, que miraba lleno de rencor a Matamune mientras una nube de oscuridad lo envolvía.
—¿Te conozco? —Preguntó Matamune confundido, aterrizando al lado de Yoh.
—Hace mil años tú y tu maestro me encerraron en la montaña Osore —reveló el demonio utilizando a Kenji como medio.
—Eso explica por qué te encontrabas en el Monte Osore tan debilitado cuando nuestro ancestro te encontró hace 400 años y fundó con tu ayuda el clan Kyouyama —continuó su padre acercándose a Kenji con una mirada impasible—. Estableciendo el pacto que nos ata hoy en día.
—Lo dices como si no se hubieran beneficiado —para ese punto parecía que el demonio ya se había calmado—. ¿No te parece gracioso que tu hijo, que tanto empeñaste en mantener alejado de mí, fuera precisamente el que se acercara a mí voluntariamente?
—Libera a Kenji, demonio —le ordenó su padre con frialdad—. No hay cabida en este mundo para ti.
El demonio entonces empezó a reír de forma siniestra, dejando que las nubes oscuras que antes lo envolvían ahora se manifestaran en forma de una armadura negra sobre su cuerpo.
—Esto apenas empieza, Tensei —tras esas palabras, el aire comenzó a condensarse de una energía espiritual pesada. Algunos cayeron al suelo por la presión en el aire, mientras otros intentaban resistirse y mantenerse de pie.
—¡AAAAAHHH…! —El grito de Manta le llamó la atención, desviando su mirada para verlo correr contra un árbol con una clara intención de golpearse la cabeza. Pero él no era el único, varios más estaban gritando y arañándose el cuerpo con una expresión de completa angustia.
—La sed de sangre los está enloqueciendo —explicó Matamune impávido—, si no hacemos algo podrían salir gravemente lastimados. Al escucharlo, Yoh le hizo una señal a Fausto para que se llevara a Tamao y a Manta del lugar.
—No sólo eso, está proyectando imágenes en sus mentes —siguió su padre sin mostrar perturbación por la saturación del aire con energía espiritual.
Con un movimiento de su mano, su padre ordenó a los gemelos Ibuki e Inuki, además de Kaori y Ray, a que se llevaran a los peleadores del abuelo para evitar que fueran influenciados por el demonio.
En ese momento, Kenji se apareció de la nada frente a su padre e impulsó una de sus garras para atravesar su cuerpo. Afortunadamente, su padre se percató a tiempo del ataque y logró evadirlo antes de que pudiera empalarlo. Sin desmotivarse por el fracaso de su ataque, Kenji inmediatamente se dirigió a Ren en un parpadeo, quien apenas pudo reaccionar para bloquearlo con su lanza.
—Es muy rápido —masculló Ren con algo de esfuerzo.
Kenji sólo río y le lanzó una patada a Ren, logrando derribarlo a varios metros. Sin detenerse ni un momento, Kenji se dirigió a la persona que estaba más cerca de él, que resultó ser Horohoro.
Se hizo obvio rápidamente que pelear contra Kenji cubierto por una armadura negra que seguramente era una posesión de armas con el demonio era bastante diferente a pelear con el demonio en su forma gigantesca. Por un lado, aunque el poder de sus ataques parecía ser menor, la velocidad de los ataques era mucho mayor, y eso le permitía impactar más ataques en un menor tiempo, además de que evadirlo se volvía ahora mucho más difícil.
Como si eso no fuera suficiente, la presión en el aire persistía, haciendo que fuera difícil concentrarse. Por eso, pronto casi todos los shamanos se encontraron en el suelo lleno de heridas. Los únicos que se mantenían en pie eran Matamune, Yoh y ella. Incluso su padre había caído en algún punto de la pelea.
Fue en ese momento, con su espalda apoyada en la espalda de Yoh, y con Matamune frente a ellos con un gesto desafiante, que Anna se dio cuenta de dos cosas. La primera era que Kenji no la había atacado directamente en ningún momento, sólo defendiéndose cuando sus Zenki y Kouki le atacaban, y lo segundo era que los lobos Kuro y Shiro no estaban por ningún lado. Fue en ese momento que la imagen de Kenji al aparecer frente a ellos volvió a su memoria, y recordó vívidamente que en ese momento Kenji no tenía puesto el collar de plata de su madre con los dos colmillos.
Sus ojos se desviaron al lugar donde emergió el demonio, el pequeño almacén que era utilizado por su familia y que ahora yacía en pedazos.
—Yoh —lo llamó en voz baja y le señaló las ruinas del almacén.
El Asakura entendió de inmediato, así que dirigiéndole una mirada a Matamune, que peleaba con Kenji en ese momento, Yoh comenzó a correr junto a ella hacia el lugar donde estaba segura de que estaría el collar de plata con los objetos de posesión de su hermano. Sabía que Kenji nunca los dejaba fuera de su vista porque eran el único recuerdo que quedaba de su madre, ese debió ser su primer indicador de que estaba siendo controlado.
Al llegar a los yacimientos del almacén, Anna usó su percepción espiritual para localizar el collar, buscando en sus memorias el tipo de energía que poseía aquel objeto de cuando lo tuvo en sus manos una vez que le preguntó a Kenji sobre los lobos. No le fue difícil localizarlo usando ese método, ordenando rápidamente a Zenki quitar los escombros que parecía cubrir el lugar donde yacían.
Tan pronto lo tuvo a la vista, acortó la distancia restante y lo tomó en sus manos, sintiendo nuevamente la presencia de Kuro y Shiro fluir del collar. Concentrando su poder espiritual, y recordando lo que Kenji una vez le enseñó sobre sus espíritus guardines, Anna pudo materializar a los lobos, que de inmediato lanzaron un pequeño aullido lastimero y le transmitieron sus recuerdos de todo lo que había acontecido desde que Kenji y ella se separaron en Funbari días atrás.
—Ese idiota —murmuró agarrando con más fuerza el collar.
—¿Anna?
—Debemos devolverle al collar a Kenji —le comunicó enseñándole el objeto en sus manos—. Es una reliquia de su madre, y quizá sea lo único que nos ayude a hacerlo volver en sí.
Yoh la miró y asintió, confiando ciegamente en sus palabras. Anna se enterneció de tener a Yoh a su lado brindándole su apoyo.
—¿No estás demasiado tranquilo para la situación en la que estamos? —Le preguntó al ver que no estaba preocupado a pesar de que la situación parecía estar bastante mal.
—Confío en que todo se solucionará —le respondió con una sonrisa algo contagiosa, que logró hacerla sonreír también.
Con una última mirada, ambos se dirigieron a donde estaba Kenji peleando contra un cansado Matamune. Por los pensamientos que podía captar, la energía del nekomata estaba llegando a su límite, y si lo sobrepasaba, desaparecería de este mundo. Conocer esa información la estremeció un poco, ya que parecía que la relación entre Yoh y Matamune era especial, y estaba segura de que su desaparición le provocaría una gran tristeza al Asakura.
—No te preocupes por mí —escuchó en su mente. No sabía cómo, pero Matamune parecía saber exactamente lo que estaba pasando por su cabeza en ese momento—. Cuando vine aquí sabía lo que me esperaba…Sólo te pido que cuides del joven Yoh. A pesar de su semblante relajado, su corazón es bastante frágil.
Anna sólo asintió, incapaz de replicar. Yoh seguía corriendo a su lado, ignorante del pequeño mensaje que había pasado entre ellos.
Los lobos se adelantaron, rodeando a Kenji. Shiro congeló sus pies en un intento por inmovilizarlo, pero parecía que el demonio no estaba siendo afectado por su poder ya que podía romper fácilmente el hielo. Al mismo tiempo, Kuro intentó envolverlo en llamas. Matamune aprovechó para acercarse a Yoh.
—Es momento, Yoh —le informó con un semblante tranquilo.
—¿Qué dices, Matamune? —Por la expresión de horror del Asakura, parecía que sabía exactamente lo que Matamune le pedía—. ¿Acaso no hay otra forma?
—Ha estado consumiendo almas por 400 años, es la única manera de inmovilizarlo lo suficiente para colocarle de nuevo el collar —le dijo con una pequeña sonrisa—. No te preocupes por mí, he vivido en este mundo 1000 años, es hora de descansar.
Yoh apretó los puños en frustración, tratando de buscar una salida diferente a la situación en la que se encontraban, pero Anna podía ver claramente que ninguna otra alternativa llegaba a su mente. La resignación, que tanto intentaba mantener alejado, insistía en colarse en su corazón.
—¿Nos volveremos a ver? —Preguntó finalmente.
—Por supuesto, joven Yoh —La sonrisa de paz de Matamune la llenaron de tristeza por alguna razón que desconocía.
Anna supo de inmediato lo que planeaban, así que se movilizó para distraer a Kenji en lo que ambos se preparaban. Kuro y Shiro, al escuchar su llamado, acudieron a ella de inmediato, atrayendo la atención de Kenji hacia ellos.
—¿Realmente creíste que esos lobos podrían hacerme algo? —Preguntó cuando enfocó sus ojos endemoniados sobre ella.
Kenji había sido completamente encapsulado por la armadura espiritual del demonio, dejando nada de su cuerpo a la vista. Pero no importaba, Anna estaba segura de que podrían romper la posesión y liberar a Kenji. Con esa convicción, llamó a Zenki y a Goki nuevamente, ordenándoles que atacaran sin piedad. Al mismo tiempo, los lobos reanudaron su asalto, combinando técnicas elementales con destructivo poder físico de los shikigamis.
Parte de la muralla que rodeaba la casona y algunos árboles sufrieron daños por los ataques, pero Anna no podía preocuparse demasiado por eso, debía mantener alejado a Kenji de los demás para evitar que alguno tuviera un desenlace fatal. En las condiciones en las que estaban, no podrían defenderse.
En un momento repentino, Kenji lanzó otro de sus gritos y envolvió a los shikigamis en sus llamas infernales, luego rápidamente se acercó a los lobos y los lanzó con una patada a varios metros en el aire. Con el camino libre, Kenji se fijó nuevamente en Anna y empezó a acercarse con deliberada lentitud.
—Únete a mí, Anna. No hay necesidad de que peleemos —repitió nuevamente su ofrecimiento.
Anna resistió el impulso de retroceder, encarando con mirada firma los avances del demonio. Al ver su postura de confrontamiento, el demonio sólo río divertido. Cuando estaba apenas unos pasos de Anna, una fuerza poderosa lo hizo retroceder y de inmediato se apareció frente a ella Yoh Asakura con una espada gigantesca en sus brazos.
—Ya me estaba preguntando dónde estabas, Asakura —comentó el demonio sin un ápice de temor ante la posesión tan intimidante de su adversario.
Yoh no dijo nada, impulsándose con el oversoul hasta su oponente y haciendo un corte con su espada, logrando tomar desprevenido al demonio, quien a pesar de que intentó evadir, el rango de ataque del arma había aumentado considerablemente, permitiéndole impactar con su pecho.
Con una postura incrédula, el demonio observó cómo la armadura de su pecho se hacía añicos y desaparecía. Antes de poder hacer algún comentario, sin embargo, Yoh se abalanzó de nuevo. Por los pensamientos que corrían en la mente del Asakura, Anna supo que no podría mantener la posesión por mucho tiempo, por eso debía aprovechar todo lo posible para atacar, además de que el asalto continuo era la única manera de tomar desprevenido al demonio.
Mientras Yoh atacaba, el demonio reconstruía su armadura cuando sufría daños, llevando la pelea a una especie de impase. Anna sabía que eso no podía continuar así, por lo que llamó de nuevo a los lobos para que dieran apoyo a Yoh. Esta vez, los espíritus sagrados no atacaron directamente, sino que maniobraron para crear obstaculizar las evasiones del demonio.
Mientras esto ocurría, Anna se percató de que Amidamaru estaba despertando a los demás. Al mismo tiempo, se fijó en su padre, que apuntaba con una de sus flechas hacia el demonio con una expresión severa en el rostro, como si estuviera preparado para matar a su propio hijo. Anna no podía leerle la mente, ni saber cuáles eran sus intenciones, pero algo en ella tenía la certeza de que su padre no era capaz de tal cosa.
En un momento de acuerdo común, que se logró gracias a la cooperación de los espíritus acompañantes de cada shaman, varios ataques fueron dirigidos en dirección a Kenji desde varias direcciones, rodeándole e impidiéndole escapar aún con la gran velocidad que poseía. El demonio cayó al suelo por el ataque combinado.
—¡Anna!
Al escuchar el llamado de Yoh, Anna fue corriendo donde Kenji, al mismo tiempo que Yoh lanzaba una estocada final que rompía por completo la armadura del demonio y permitía ver el cuerpo del joven que había sido poseído cayendo al suelo. Por sus ojos cerrados parecía estar inconsciente, y como no podía escuchar nada de su mente, Anna se confió lo suficiente para agacharse y colocar el collar de plata de nuevo en su cuello.
—¡ANNA!
Las cosas pasaron tan rápido que su cerebro no registró lo que sucedió, apenas escuchando el grito cargado de angustia de Yoh. Con lentitud fue bajando la cabeza, observando cómo los restos de la armadura se condensaron para formar una espada oscura en la mano de Kenji, una espada que ahora le atravesaba el pecho. Apenas parpadeó al ver aquella imagen, observando embelesada cómo la sangre fluía y teñía su abrigo marrón, como si no fuera ella la que estuviera postrada con una herida mortal en su cuerpo.
Unas risas fue lo que único que escuchó antes de caer de espaldas al suelo al ser retirado bruscamente el arma de su cuerpo. Pronto su visión empezó a oscurecerse, y los sonidos se fueron escuchando cada vez más distantes. Antes de que la inconsciencia terminara de arroparla en su abrazo, observó del cielo gris unos pequeños copos de nieve caer, como si derramara lágrimas congeladas por ella.
—¡ANNA!
Sintió una tibia lágrima caer sobre su cara, y los brazos de alguien aferrar su cuerpo con fuerza, después…nada.
No supo cuánto tiempo estuvo ahí sentado, rememorando aquella batalla una y otra vez. La imagen de su Anna, cayendo al suelo y tiñendo de rojo la nieve le seguía persiguiendo cada minuto de sus días. Y si eso no fuera suficiente, el horror, la angustia y la impotencia que consumieron su ser cuando la sostuvo en sus brazos y la vio cerrar sus ojos, seguían haciendo eco en su alma, estrujando su corazón e impidiéndole sonreír en su manera acostumbrada.
—Yoh, debes comer —le insistía su amigo por enésima vez al ver que el plato de comida seguía intacto en la mesa.
—No tengo hambre, Manta —era su automática respuesta.
—No puede seguir así, joven Yoh —intentaba entonces Tamao, con una mirada de súplica.
Al igual que otras veces, las palabras de sus amigos caían en oídos sordos, y pronto, ambos intercambiaban una mirada de resignación antes de retirarse para dejarlo nuevamente solo.
Los días pasaron y pronto la víspera del nuevo año llegó. En un intento por animarlo, sus amigos lo arrastraron a una fiesta de celebración, esperando que el cambio de ambiente fuera suficiente para animarlo un poco.
—Vamos, Yoh. Es año nuevo, deja de estar tan depresivo —comentó Horohoro pasándole el brazo por los hombros en un evidente estado de embriaguez.
—¡Hermano, no seas tan insensible! —intervino Pirika rápidamente, pidiéndole disculpas y llevándose a su hermano lejos de él para evitar que dijera algo más que arruinara completamente la celebración.
Frente a él, Ren lo observaba en silencio, como si lo estuviera estudiando con la mirada y lo juzgara. Al verlo, Yoh sólo le sonreía, cansado y roto por dentro. Como respuesta, Ren negaba con la cabeza y suspiraba en irritación.
—Caíste Yoh, y caíste fuerte —murmuraba el Tao.
Ren tenía razón en sus palabras, realmente había caído total e irrevocablemente. ¿Para qué negarlo? Imaginar un mundo sin Anna a su lado le oprimía el alma con tanta fuerza que prácticamente era un dolor físico. La intensidad de esos sentimientos le asustaba, porque nunca en su vida pensó que alguien podría llegarle a importar de esa manera, pero a la vez lo llenaba de euforia, por el gran sosiego y felicidad que sentía a su lado.
Sabía que la amaba, y que sería capaz de sacrificar cualquier cosa por ella, hasta su propia vida. Pero ahora se daba cuenta de lo egoísta que había sido, porque si su partida le provocaba a Anna la misma desazón y angustia que estaba sintiendo él en ese momento, nunca se perdonaría. Porque hacerla sufrir era algo que quería evitar a toda costa.
El sonido de los fuegos artificiales lo distrajo de sus pensamientos. Pronto todos salieron de la pensión para ver el espectáculo de luces en el cielo, señalando y gritando de felicidad por el nuevo año que iniciaba. Yoh caminó lentamente detrás de ellos, seguido de cerca por Ren. Con una rápida mirada a su grupo de amigos que festejaba alegremente, tan ajenos al tumor de su alma, Yoh desvió su mirada al cielo, esperando.
—Casi lo olvido, Ren. Feliz cumpleaños —comentó casualmente.
El aludido lo miró impactado, con un ligero rubor adornando sus mejillas—. ¿cómo sabes…?
Yoh señaló con la cabeza a Jun, quien al sentirse observada los saludó alegremente con las manos. Ren sólo se cubrió el rostro algo avergonzado, sintiendo temor de que pronto el resto de la pensión se enterara.
Ni un minuto pasó de ese pensamiento cruzando su mente cuando su hermana gritó—. ¡FELIZ CUMPLEAÑOS, REN!
De inmediato, Ren se convirtió en el centro de atención, siendo arrastrado por Horohoro a donde estaba el resto del grupo mientras este último le reclamaba que hubiera mantenido oculto que era su cumpleaños. Yoh lo vio alejarse con una expresión plácida.
—Amo Yoh —susurró Amidamaru, apareciendo a su lado.
Una sola mirada bastó para que Yoh supiera lo que el samurái le quería transmitir. Aprovechando que sus amigos estaban distraídos, salió sigilosamente de la pensión y tomó las calles corriendo en dirección al hospital. Tuvo que hacer gala de sus habilidades para adentrarse en el edificio sin ser detectado, ya que ese día le habían prohibido quedarse por petición de Manta, quien había movido sus influencias para sacarlo del hospital y arrastrarlo de vuelta a la pensión. A pesar de sus protestas, terminó cediendo cuando usaron la carta de que Anna se enojaría bastante con él al ver lo descuidado que estaba, pero aún así, le pidió a Amidamaru que la mantuviera vigilado y le informara de cualquier novedad que pudiera ocurrir.
Cuando llegó a la habitación de Anna, observó que ya había una persona parada delante de su cama. Gracias al reflejo de luz que provenía de la luna, pudo distinguir su cabellera rubia y sus ojos oscuros llenos de remordimiento.
—Kenji, has despertado —saludó parándose a su lado.
—He terminado de curarla —murmuró cabizbajo, como si se sintiera incapaz de mirarlo a los ojos—. Debería volver en sí pronto.
Con esas últimas palabras, dio media vuelta con claras intenciones de marcharse.
—¿A dónde vas? —Preguntó extrañado—. ¿No piensas esperar que despierte?
—Después de lo que hice… —contestó deteniéndose frente a la puerta—, estoy seguro de que Anna no querrá saber nada de mí.
—Pero eres su hermano, Anna no te guardará ningún rencor —intentó darle ánimos—. Además, si no fuera por ti, Anna verdaderamente habría muerto.
Tuvo que sacudir un momento la cabeza cuando las imágenes de la pelea volvieron a asaltarlo, especialmente cuando la espada de Kenji atravesó el pecho de Anna. Fausto le había dicho que la herida era peligrosa, mas no mortal, pero que, si la espada hubiera estado unos centímetros más a la izquierda, le habría atravesado el corazón y ahí todo habría acabado.
—Recuperaste control de tu cuerpo a tiempo, y lograste desviar unos centímetros el ataque para evitar asestar un punto crítico.
—Eso no quita el hecho de que todo fue mi culpa —comentó todavía dándole la espalda—, mi debilidad permitió que fuera poseído por ese demonio y casi causa una tragedia.
—Kenji…
—Cuida de Anna, Yoh —le interrumpió—. Quizá algún día pueda armarme de valor y pedirle disculpas cara a cara.
Y sin permitirle decir otra palabra, Kenji se alejó de la habitación, cerrando silenciosamente la puerta detrás de su partida.
—Déjalo, él necesita perdonarse primero —escuchó a una voz murmurar débilmente detrás de él.
Abriendo los ojos por la sorpresa, Yoh se volteó rápidamente, encontrándose con la mirada exhausta de Anna. De inmediato se arrodilló junto a la cama y tomó una de sus manos entre las suyas, sosteniéndola con fuerza, de la misma forma que estuvo haciendo durante casi una semana.
—Volviste —susurró cargado de alivio, aguantándose las lágrimas que amenazaban con salir.
—Tengo un idiota esperando por mí —respondió ella con una débil sonrisa.
Al escucharla, Yoh empezó a reír mientras unas cuantas lágrimas se escapaban de sus ojos, feliz de que Anna estuviera viva, y de que ya no tuvieran que preocuparse más por todo el drama de los Kyouyama.
—Eres libre, Anna —le informó con una sonrisa de euforia—. Después de diez años, por fin podremos estar juntos, lejos de tu familia.
—¿Esa es tu forma de proponerme matrimonio? —Preguntó ella a su vez, arqueando una ceja y mirándolo expectante.
Yoh se congeló unos segundos al escucharla, pero pronto recuperó su calidez y su sonrisa.
—Jijijiji, perdona, no vine preparado —respondió algo avergonzado—. Pero sí, ¿te casarías conmigo?
Y por supuesto, a veces las acciones valen más que mil palabras, así que Anna se incorporó en la cama y lo rodeo con sus brazos, acercándolo a ella para unir sus labios y sellar aquella unión.
Fin del capítulo.
Sólo un epílogo más para cerrar cabos sueltos.
