Érase una vez ella
Sailor Moon © Naoko Takeuchi
Cuando llegamos a la calle del bar, pudimos darnos cuenta de que el lugar estaba abarrotado. Claro, era sábado y el lugar despuntaba entre los más populares. Detuve el coche frente a la multitud y bajé, entregándole las llaves al tipo del valet parking. Aceleré el paso hasta llegar a abrir la puerta del copiloto y Mina pudiera salir.
– Esto está a reventar, Yaten. Dudo mucho que encontremos lugar –
Sonreí con altanería. – No te preocupes, preciosa –
La tomé de la mano y me dirigí hacia el cadenero, quien me reconoció rápidamente, dejándome pasar sin ningún problema. Volteé a ver a Mina para ver si se sentía impresionada. Ella solo sonrió rodando los ojos.
– ¡Ah, claro! Olvidaba que eres un don juan muy conocido por estos rumbos–
Entramos para darnos cuenta de que, como era de esperarse, no cabía un alma en aquel sitio. Pero eso no significaba ningún problema mientras mi privado de siempre estuviera disponible para mí.
– Señor, lo siento, hubiera sido conveniente que nos avisara que vendría…– dijo el capitán a gritos, tratando de hacerse escuchar sobre el estruendo de la música.
No quise amargarme. Él tenía razón. –¿Tienes algún otro espacio disponible? –
El chico miró alrededor, esperando encontrarnos algo, luego miró en su tableta. – Señor, creo que tenemos algo por acá–
Nos indicó el camino con dificultad y terminó acomodándonos en una mesa para dos, muy cerca de la pista. Debo aceptar que no era muy de mi agrado tener a tantas personas bebiendo, bailando y sudando cerca de mí, pero a Mina no parecía importarle un pepino, así que me tranquilicé.
Ordené un whisky con soda para mí y un Cosmo para ella. Tomé el banco alto que se encontraba bajo la mesa para sentarme a esperar por mi trago; Mina por otro lado, ya estaba moviéndose al ritmo de la música. Sonreí. Ella volteó a verme y se acercó lentamente, con una de esas miradas que sabrá Dios qué esconden.
– Vamos, Yaten. ¡Baila conmigo! –
Cogió mis manos y me jaló hasta ponerme de pie. Diablos, yo no sé bailar; no tengo gracia o ritmo alguno y no puedo explicar lo ridículo que me sentía. Pero ella no parecía necesitar a ningún profesional, ni tampoco esperaba que yo lo fuera. Ella solamente parecía disfrutar tanto de las canciones y de poder hacer cualquier movimiento que cruzara su mente, que me vi obligado a moverme de un lado a otro con la naturalidad de un maniquí, por supuesto.
No sé en que momento pasó, pero al cabo de un rato, por ahí del tercer whisky, empecé a disfrutarlo y he de mencionar que mis pasos de baile mejoraron bastante. Probablemente solo era el alcohol.
La noche siguió su curso y al cabo de un par de horas me encontraba totalmente mareado entre el baile y los tragos.
Necesito ir al baño – anuncié dejando mi vaso en la mesa y soltando la mano de Mina que seguía envuelta en el baile.
Aquello era una urgencia así que me abrí paso entre la gente con rapidez hasta llegar al sanitario de hombres. Después de haberme hecho cargo del asunto, me dispuse a lavarme las manos en uno de los tres lavabos negros disponibles. Aproveché para mojar un poco mi rostro enrojecido y fue cuando fui consciente del estado de ebriedad al que había llegado. Mis mejillas encendidas no lo evidenciaban tanto como mis ojos que muy apenas lograban enfocar al cien. Pensé en que debía parar ya, pues tenía que dejar a Mina en su casa; además está claro que no es nada decoroso emborracharse en la primera cita.
Secaba mis manos cuando sentí a alguien pararse a mis espaldas. Alcé la vista al espejo para encontrarme con la sonrisa maliciosa de Kaito Ace, cuyos cabellos claros caían en desorden sobre su frente, pegándose a su piel por efecto del sudor. Tampoco parecía estar totalmente sobrio.
– Entonces, ¿qué tal lo hace la señorita Aino? – soltó burlonamente. –¿Se mueve bien? Todos morimos de la curiosidad…–
Sentí el enojo queriendo tomar posesión de todo mi ser; podía molerlo a golpes en ese baño sin que nadie se diera cuenta. Pero Mina estaba afuera, sola y posiblemente ebria, no podía caer en las provocaciones de este cretino.
– No sabes lo que estás diciendo Ace. No me molestes –
Caminé hacia la salida, pero él me cerró el paso quedando prácticamente frente a mí. – ¿No es eso para lo que son buenas las chicas como ella? No olvides nuestros tiempos de fiesta, siempre terminábamos con facilonas–
Si las miradas mataran, Kaito hubiera muerto esa noche. Sabía que él solo quería provocarme; después de aquel incidente con Mina, él se había declarado mi enemigo y atacaría hasta a mi madre con tal de hacerme enfurecer.
– Que sea la última vez que hablas así de Mina. Hoy has tenido suerte, pero no creas que no tengo ganas de romperte la cara –. Golpeé con fuerza mi hombro contra el suyo, abriéndome paso hacia afuera.
Seguí mi camino hacia Mina entre la gente y el bullicio, tratando de concentrarme en apaciguar el coraje que sentía por dentro, con el fin de que ella no se inquietara al verme en ese estado.
Cuando llegué a ella, me la encontré sentada observando con detenimiento la copa de Martini en su mano. Acerqué el banco disponible hacia mi y me senté frente a ella.
Alzó su mirada para encontrarse con la mía y sonrió. – Tardaste…–
– Si, lo siento –
Estuvimos un par de instantes sin decirnos más, sumergidos cada uno en sus pensamientos mientras retumbaba la música a nuestro alrededor. Yo me encontraba tan aturdido por el encuentro con Ace que ni siquiera reparé en que su energía también había cambiado.
– Kakyuu está aquí – soltó de repente. No me sorprendí.
– También Ace –
Hubo una pausa de nuevo.
– ¿Estás bien? ¿Te dijo algo? – cuestioné.
– Creo que Kakyuu no tiene intenciones de dejarnos en paz…–
Eso me preocupó. – ¿Qué fue lo que te dijo? –
– Nada importante. ¿Podemos irnos ya? – suplicó.
– Claro–
Pagué la cuenta y nos dirigimos al coche. El viaje a su casa transcurrió en silencio, con tan solo el ruido del tráfico. Mina venía muy pensativa y eso me estaba volviendo loco. Me llenó de enojo el pensar que estábamos por terminar la noche con aquel sentimiento incómodo que inundaba el ambiente. Quería matar a Kaito y a Kakyuu.
Llegamos a su casa y bajamos del coche. Caminamos hasta el portón blanco. Ella se volteó hacia mí para despedirse.
– Yaten gracias por hoy, estuvo estupendo. Creo que puedo acostumbrarme muy rápido a esto, a estar contigo – la rubia se inclinó para darme el beso de buenas noches.
– Mina…– la detuve, sosteniéndola de sus delgados brazos.
– No sé qué cosa te haya dicho Kakyuu, pero no quiero que nunca dudes de que lo que siento por ti es algo verdadero, algo que, te juro, no había sentido antes. Mina, para mi eres fabulosa, más que nadie y ante mis ojos tú brillas y tu brillo me tiene hipnotizado; es en serio, no puedo dejar de verte…–
Mina me miraba impresionada y su mirada comenzó a intimidarme. En mi cabeza escuchaba el eco de lo que yo mismo acababa de decir y que, en otro momento, me parecería cursi en demasía.
– Casi nunca dices nada lindo, pero cuando lo haces no sabes cuánto me enamoras…–
De un momento a otro ella se abalanzó sobre mi plantándome un beso con energía, el cual recibí con demasiado gusto y alivio.
Sus manos buscaron adentrarse en mi abrigo, lográndolo en cuestión de segundos. Sentí que sus caricias subían de intensidad mientras paseaban de mi abdomen a mi espalda. Y yo solo quería teletransportarme con ella al oscuro mirador que habíamos visitado horas antes.
Ella se separó después para tomar aire y acomodarse los cabellos alborotados. – Tengo que irme ahora. –
Asentí sonriendo ligeramente. – Te llamo mañana. –
La observé atravesar el portón y caminar el largo pasillo hasta la puerta de su casa. Y una vez que entró, subí a mi coche con destino a mi casa. Extrañamente, ya no me sentía molesto ni incómodo. Aquel beso de despedida había sido más poderoso que todo lo demás.
…
El tiempo continuó su curso y siendo muy honestos, no había otra cosa que me importara mas que pasar el tiempo con ella. Entre mas tiempo, mejor.
Terminé convenciéndola de recogerla en su casa todos los días; obviamente también la llevaba después de clases, no sin antes ir al cine o a comer o simplemente a pasear por ahí. Mina era muy sencilla y todo parecía darle la felicidad que necesitaba. Y yo aprendía de ella. Aprendí que Mina realmente se hacía cargo de ella misma sola, independientemente de que su padre aportara la parte económica. Aprendí que el super no aparece mágicamente en la alacena; que si olvidas pagar tus servicios mensuales no tendrás agua caliente, ni luz para ver tus series por la noche. Conocí lo que es dedicar parte de tu sábado a limpiar un poco y lavar tu ropa. No es que ella la tuviera tan difícil, pero Mina vivía una realidad muy diferente a la mía. Entendí que cuando su padre me dijo que ella era muy independiente, era en serio. Yo a mi edad jamás había siquiera pensado en esas cosas que yo calificaba como "de adulto", aun estando a punto de serlo. Y de alguna manera me sentí inferior pero agradecido de que ella, tan temerosa de compartir con otros esa hermosa vida, me hubiera aceptado tan naturalmente en ella. Porque Mina finalmente se había dejado llevar por el sentimiento que ambos sentíamos por el otro; me abrió completamente las puertas de su alma y abrazaba nuestra relación con un compromiso que nunca antes había experimentado. Habían pasado tan sólo unos meses pero había tal intensidad en absolutamente todo que parecía que hubiésemos estado juntos toda la vida. Y me encantaba, quería que aquello durara para siempre; incluso fantaseaba con ello. Y sentí que mi parte era dejar de preocuparme por lo que fuera a pasar mas adelante, a pesar de la constante presión de mis padres la cual cada vez parecía ser más aguda. Así que decidí dejar eso de lado. Ya lidiaría con lo que viniera después.
Por mientras disfrutaría toda esta novedad que tanto me gustaba, aunque he de aceptar que no siempre fue así. Admito que, al principio, me costaba en exceso tener muestras públicas de afecto con ella, porque si Mina normalmente ya era bastante expresiva, su versión enamorada era, por mucho, más afectuosa y de libre expresión, siempre sin importarle frente a quien estuviéramos, algo que no caracterizaba a mis antiguas relaciones. Solía ponerme de mil colores o regañarla cuando me abrazaba por la espalda o cuando se acercaba a mi rostro tanto que podía ver con claridad todos los detalles de su cara. Pero Mina me aceptaba así; lo que es mejor, se divertía haciéndome enojar. Y eventualmente llegó el momento en el que era irrelevante quién estuviera mirando cuando necesitaba uno de sus besos o de sentir sus manos entre las mías.
Acepté el hecho de haberme convertido en ese Yaten tan en contacto con sus sentimientos y emociones y cuya existencia yo no conocía y siempre negaría. Seiya no paraba de burlarse de mí. Pero muy poco me importaba lo que dijera. Ultimadamente, era completamente verdad.
Con esos tintes terminaba el ciclo escolar. Había estado ayudando a Mina a mejorar sus calificaciones estudiando casi todos los días después de clases; jamás había dedicado tanto tiempo a los exámenes pero todo tenía su recompensa porque cada sesión de estudio terminaba con una guerra cuerpo a cuerpo en el sofá de su sala.
– No puedo creer que estamos a nada de terminar el segundo año. Otro año de estos y ¡seremos universitarios! – Exclamó Seiya mientras caminábamos por uno de los pasillos, con dirección al salón.
– Un año más…– susurré casi inaudiblemente. – Es increíble cómo cambio todo en un año, ¿no?
Seiya sonrió. – Lo dirás por ti, enano. ¿Quién diría que terminarías el curso con una novia que no es Kakyuu?
Mi mundo había dado un giro bastante interesante, era verdad. Pero era, por mucho, mejor de lo que nunca llegué a imaginar.
– Y, ¿qué planes tienen para las vacaciones? – cuestionó Seiya.
– En realidad ninguno. Mi padre ya me amenazó con que tengo que levantarme temprano para ir con él a la oficina asi que estaré encerrado todos los días hasta las seis de la tarde por lo menos…–
Seiya me miró con lástima. – Pero si son las vacaciones de verano…–
– Ya lo sé, pero no tengo opción. Además esta vez estoy seguro que no me escaparé de los eventos esos a los que insiste en que vaya con ellos.
– Pero no es tan malo, ¿no? Hay comida, bebida y baile. Yo creo que a Mina le encantará –
– ¿Estás loco? Mina no está invitada. Mis padres insisten en que vaya con Kakyuu. Siguen tercos con eso de las alianzas y no se qué –
Seiya arqueó las cejas incrédulo. Por supuesto, a él lo había mantenido al margen de la verdadera situación. – ¿Y a Mina no le importará que vayas con tu ex a esas fiestas tan importantes? –
– Mina no lo sabe. No pude enterarse…– advertí.
Hasta el momento, había logrado esquivar todos mis "compromisos" en lo que respectaba a pasearme en sus eventos llevando a Kakyuu de mi brazo; había inventado enfermedades, trabajos finales lo que fuera para salirme con la mia. Pero estar en esa oficina con él llevaba mis posibilidades de librarme a rangos muy, pero muy bajos.
Seiya insistía en que fuera honesto y eso me haría libre. Pero él era totalmente ignorante de la sutil presión que sentía cada que Mina me preguntaba por el momento de conocer oficialmente a mis padres. Por alguna razón, era algo que a ella le ilusionaba. A mi por el contrarío, me aterraba. Sabía que ellos la acribillarían y no la dejarían ir hasta dejar claro que jamás aceptarían la relación.
No podía exponerla a mis padres y estoy seguro de que tampoco entendería que su novio se paseara por la alta sociedad de la mano de otra.
Seiya asintió sin decir más. No era necesario que me explicara el montón de razones por lo que eso estaba mal.
– Pues bueno, de cualquier manera creo que serán tus mejores vacaciones. Pasarás todo tu tiempo libre con tu inseparable Mina. Últimamente, pareciera que están cosidos por la cadera– soltó Seiya con un dejo de ¿celos? y una mueca de obviedad en su cara.
– Ya, ya, tampoco es para tanto. Recuerda que pudiste haber sido tú…– bromeé en un intento de aligerar su comentario. Pero Seiya no sonrió. Y eso me preocupó… un poco.
Seiya era un alma romántica y yo sabía que dentro de él sentía el deseo de tener una novia "formal", algo que él nunca había experimentado por vivir con la ilusión de poder vivirlo con Serena Tsukino. No voy a negarlo; pensar que Mina, una vez estuvo loca por él me hacía sentir un poco incómodo, por no decir inseguro.
– ¿Alguna vez has pensado qué hubiera pasado si tú y Mina…? – pregunté ligero al aire, como sin importancia.
Seiya volteó a verme como si lo hubiera insultado. – No vayas ahí, primo. Mina y yo éramos y siempre seremos amigos. Tú sabes quién me gusta realmente –
– Pero si Serena no hubiera existido, ustedes seguramente…–
Mi mente empezó a viajar a esa realidad alterna en donde Seiya y Mina, totalmente compatibles, vivían un tórrido romance envuelto de una felicidad inmensa. En donde no había exnovias obsesionadas, ni examigos celosos, ni mucho menos padres autoritarios que rechazaran su relación.
– Pero Serena si existe, Yaten. Y si, en todo caso, Mina y yo hubiéramos tenido algo, seguro me hubiera dejado por ti tarde o temprano. Ustedes son el uno para el otro; eso es lo que yo veo –
Las palabras de Seiya podían haber sido muy sinceras, pero mi mente me traicionaba. ¿Habría sido Seiya mejor que yo?
Continuamos nuestro cammino en silencio hasta llegar al salón. Mina estaba ahí, concentrada leyendo algo en su cuaderno. Cuando reparó de nuestra presencia inmediatamente nos lanzó una de sus sonrisas de millón de dolares.
Ese día no hubo sesión de estudio ni caminata por la tarde. Ella tenía planes con su padre así que me pasé por el gimnasio y después me fui a mi casa.
Una vez en mi cuarto apareció mi madre. El día no había estado tranquilo y, Dios me perdone, pero la presencia de mi madre en mi cuarto a las nueve de la noche no era algo deseable. La miré con pesadez. – ¿Qué quieres?
– ¿Es esa la manera de saludar a tu madre?
Suspiré. Realmente no quería ni siquiera hablar y contesté de mala gana. – Discúlpame.
– Yaten, eres mi único hijo; nunca antes he sido madre de nadie más. Quiero que sepas que pienso siempre en lo que ha de ser tu bien…
La miré con interés sin saber a dónde iba con tal comentario.
– Hoy he pasado por casa de Ayumi y me sorprendió cuando me dijo que tiene algún tiempo sin verte. Tuve que disimular mi sorpresa y justificarte diciendo que has estás preparándote para tus exámenes finales. ¿Dónde has estado todas estas tardes?
Maldición. Ayumi era la madre de Kakyuu, una señora con muchas cosas en común con mi madre pero que no era precisamente cercana a ella. ¿Ahora resulta que toman el té juntas en su casa? Supongo que esta mentada unión de familias también las incluye a ellas.
– No he mentido. Sí he estado preparando los exámenes finales.
– Por supuesto, hijo. Tal vez deba reformular mi pregunta y pedirte me digas con quién has estado. Me queda claro que no con tu novia.
Bajé la cabeza para esconder mi cara de fastidio. – Kakyuu no es mi novia. Tú lo sabes.
– Yaten…– inició con un suspiro lo que parecía un sermón más. – Esa niña rubia…
Mis ojos delataron la sorpresa de escucharla mencionar a Mina, pero ella siguió antes de que pudiera decir algo.
– Lo entiendo.
¿Qué estaba escuchando? La sorpresa fue tal que me hizo reacomodarme en el filo de la cama y automáticamente sonreir como idiota. Entonces, ¿no estaba solo en esto?
Ella debió leer a la perfección mi mirada, porque enseguida volvió a hablar.
– Lo entiendo, pero eso no quiere decir que lo acepte. Mas bien lo que entiendo es que eres un joven atractivo y con las posibilidades para tener a la chica que quieras. Entiendo que haya mas de una que pueda llamar tu atención y lo más normal es que quieras acercarte a ellas.
Mis ilusiones cayeron tan rápido como habían sido creadas; debí suponerlo. Reí para mis adentros. ¿De verdad estaba sermoneandome sobre esto? Si mi madre supiera…
– Mi preocupación, Yaten, es que tu juventud, por no decir tu falta de madurez, no te deje entender el impacto de tus acciones y las responsabilidades que llevas por ser miembro de esta familia. Por ahora, puedes pensar que lo que tienes con esa niña es algo verdadero, que es el amor de tu vida y otras tantas cosas en las que se cree cuando se es joven. Y entiendo que ella pueda ser especial a su manera tan peculiar a decir por la impresión que tengo de ella…
Mi mente me trajo la imagen de Mina y su uniforme manchado de jugo de uva. Sonreí. Mi madre lo notó.
– No sé qué habrá hecho esa niña para tenerte asi…
La miré fríamente. – Mina, mamá. Su nombre es Mina.
– Mina…
Dijo su nombre con desdén y apretó los labios en señal de inconformidad. – Pues Mina, no es la chica para ti, hijo.
– Esa no es decisión tuya ni de nadie mas que mía.
Mi madre sonrió, juraría que estaba aguantandose la risa. Después contestó con sarcasmo – Claro Yaten, como tu lo digas.
Sentí su burla como la mayor ofensa que jamás hubiese recibido. Mi madre hasta hoy había jugando el papel afectivo en mi vida, pero esta mujer de mirada fría y ninguna empatía, era nueva para mi. Y la verdad, me sentí mas solo que nunca.
– Un día lo entenderás Yaten y hasta nos agradecerás, te lo aseguro.
No contesté nada y ella se dirigió a la puerta con la intención de, por fin, irse de mi habitación. Cuando llegó al marco se detuvo y me miró.
– Escucha, no me voy a oponer a que la sigas viendo, por ahora. Trata de ser discreto, por tu padre. Él no será tan permisivo como yo y sabes cómo son sus maneras. Pero Yaten, solo quiero que seas consciente de que eso va a terminar cuando tenga que hacerlo y no tienes opción ni tampoco mucho tiempo. Buenas noches, hijo.
Su visita me dejó agitado hasta lo mas profundo.
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