Inuyasha © Rumiko Takahashi


Tercera Parte

XX

Lady de las Tierras del Oeste

—¿Cómo será? —preguntó, sintiendo el calor del té en sus manos.

—Muy secular —repuso Sango inmediatamente— y muy tradicional. Las bodas cardinales suelen ser eventos largos, concurridos y callados. La norma dicta el más absoluto respeto por la celebración de la unión y se muestra a través del silencio.

—Me estás describiendo un velorio —manifestó con desagrado.

—Los daiyoukais no hacen velorios.

—Eso es bueno, supongo —Kagome bebió, en absoluto emocionada por su boda—. ¿Hay algo bueno en todo eso?

—Desde el momento en que te aceras a él, no se separarán. Harán la caminata juntos, comerán uno junto al otro, recibirán las felicitaciones juntos. Ustedes podrán estar en su mundo.

Kagome no se dio por satisfecha.

—De donde vengo, las bodas son fiestas, Sango. Hay música, risas, baile.

—¡Mm! —se interesó Miroku, ingresando en ese momento al salón— ¿Música? Eso sí es factible, señorita Kagome.

—¿De verdad? —sonrió.

—Estamos muy próximos al día del evento, pero no dudo en que Milord acceda a hacer los cambios pertinentes.

Kagome sonrió con ternura.

—Algo más, señorita, Milord la espera en el Pabellón de los Crisantemos para cuando así lo disponga.

La novia comenzó a sentirse impaciente a partir de ese momento, y al cabo de unos minutos más, sólo aquellos que dictaban el mínimo decoro, se excusó con sus amigos y fue al encuentro de Sesshomaru.

El daiyoukai podía sentirla a kilómetros, podía saber en dónde estaba, fuese el sitio que fuese, en cualquier rincón de sus dominios. No era sólo su aura, tan poderosa últimamente, sino su aroma, su distintiva esencia que él ya conocía tan cabalmente.

La escuchó saludar con alegría a los guardias apostados en la entrada del pabellón y librada del protocolo y viéndola sentirse relajada, especialmente por su manera de caminar, sus ojos la encontraron y algo dentro suyo se hizo un poco más grande. Ella le sonrió con manifiesta felicidad y él, incapaz de devolverle el gesto, tomó su mano cuando la tuvo lo suficientemente cerca.

—Miroku dijo que querías verme.

—Otro obsequio —asintió.

—¿Más? —se sorprendió.

Sesshomaru recordó aquella conversación que sostuvo con su padre en un pasado ya lejano, en donde el General le hizo saber con categórica insistencia cuán importante era hacer la cantidad de regalos adecuada y de la calidad esperada, que algo de menos o de inferior categoría podía traer indeseados reveses; que la mujer que cortejase tendría altas expectativas y él, criado para estar a la altura, tendría la honra de la victoria o el peso del fracaso.

Pero Kagome era… Admiraba profundamente su sencillez, la sinceridad en su voz y sus formas genuinas y despojadas de todo artificio. Ella era la persona más real que había conocido en toda su larga existencia. Y estaba totalmente enamorado de ella. Su conocimiento de ella también le decía que las banalidades que había aprendido de su padre en la materia no servirían con Kagome, que debía procurarle algo sustancial, algo de significado, especial y únicamente para ella.

—¿Otro arco? —se interesó, a medida que avanzaban por el sendero empedrado— Debo admitir que he mejorado bastante, mi maestro está muy sorprendido.

—Los arcos que desees en el futuro serán de tu elección. Ya tienes los conocimientos para seleccionar la madera y los tecnicismos adecuados.

—Me tienen demasiada fe —sonrió.

Ascendieron las escaleras hasta el dojo de Kagome y otra vez, como aquella primera vez, la miko vio en el centro del iluminado recinto una armadura en su atril. No era como aquellas armaduras samurái que había visto en los museos de su tiempo, pero se acercaba lo suficiente: estaba diseñada para amoldarse a su torso, tenía hombreras cortas y el kusazuri, las protecciones de las piernas, eran apenas un detalle que se extendería no más allá de su medio muslo, finalmente, los kote, es decir, las protecciones de los brazos y guantes, eran flexibles al poseer menos placas de acero y más entretejidos de cuero. Era, en definitiva, una versión femenina de la armadura tradicional.

Era una verdadera obra de arte y la sacerdotisa se acercó para verla de cerca y apreciar mejor sus detalles.

—¿Iremos a una guerra?

—No en el futuro inmediato.

Kagome se volvió para mirarlo.

—¿Esto tiene que ver con lo que me pasó o…?

—Un atentado contra la futura Lady del Oeste es motivo de guerra.

La joven se mostró abiertamente sorprendida.

—Yo no quiero… —se detuvo, pensando varias cosas en simultáneo.

—¿Querrás quedarte aquí sentada, llegado el día?

—¿Esta guerra es inevitable?

—Lo es.

—Entonces no, no me quedaré sentada esperándote.

—En ese caso, hay algo más.

Kagome rió a pesar suyo y Sesshomaru se regocijó internamente con ese espectáculo, al tiempo que la llevaba hasta la armería. En un mueble cerrado la aguardaba la espada que terminaría por convertir a Kagome en una auténtica sacerdotisa guerrera, con los costos y las ganancias que eso implicaría.

Kagome, por su parte, no sabía en qué momento la vida en esa época iba tan bien con ella, cómo su cerebro captó el contexto y lo internalizó de forma tal que participar en un conflicto armado no le parecía tan descabellado; cómo, incluso, se sentía preparada, sin temor siquiera. No obstante, el momento llegaría en el que se viera sometida a un golpe de realidad.

—Sigo pensando que yo no te hecho ningún regalo —comentó, poniendo la espada en su sitio.

—No debes.

—Sí, lo sé, pero algo… —Kagome se sintió empujada por algo incorpóreo y sin mas se aproximó, cerró el espacio entre ambos y buscando su cuello lo besó con ardor—. Por ahora, esto es lo único que puedo ofrecerte.

Sesshomaru se encontró, por primera vez en su vida, privado de una respuesta coherente.

—¿Puedo hacer una petición? —él sólo asintió— Si no podemos ir hasta Kaede, ¿podrá venir ella hasta aquí?


Lord Takayuki era la criatura más antigua entre los cardinales, superado ligeramente por Sadao, el primero de los funcionarios del Oeste y quien viera, en su momento, asumir al lord en cuestión. Porque la vida de los daiyoukai podían extenderse por milenios con naturalidad, las dinastías cardinales no contaban con gran número de antepasados, por lo que todos se conocían bastante bien.

—El insulto de Sesshomaru es lo mínimo requerido para una reacción —habló, con lentitud y en los tonos graves que acostumbraba.

—Y él espera dicha reacción —repuso su interlocutor, bebiendo sake—. Nada ha sido dicho en el Oeste, pero no me cabe duda de que sabe de las represalias.

El anciano miró a su nieta.

—Fuiste muy estúpida, mi querida Fumiko.

La aludida ajustó la mandíbula, reservándose una réplica.

—Tan estúpida que si Sesshomaru tenía alguna duda, ahora están todas evacuadas.

—Difícilmente Sesshomaru haya tenido sólo conjeturas. ¿De qué otra manera habría explicado su relación con Naraku?

Lord Naraku —le corrigió el aludido, chistándola.

Fumiko lo miró con desagrado apenas contenido.

—Sesshomaru no habría sabido de eso si tú no hubieses abierto la boca. Pues, te recuerdo, mi querida nieta, que la idea de tus nupcias la tuvo él.

—¿Qué sentido tiene deambular en esto? —espetó— Los hechos ya se conocen.

—Con la diferencia de que hemos perdido el elemento sorpresa.

Fumiko decidió llamarse a silencio a partir de ese momento y con cuidado escuchó la conversación de su abuelo y su prometido.


Kagome miraba su herida, o la cicatriz que ya ocupaba su lugar. Era un corte peculiar: preciso, casi quirúrgico; era una línea que marcaba su cintura, que iba desde la curva en donde terminaba su espalda hasta casi su abdomen. La marca en su piel sería el eterno recordatorio de su falibilidad, de su efímera naturaleza y de su precariedad a la hora de defenderse.

Suspiró, dejando que la tela terminase de cubrir su piel. La doncella detrás de ella se aproximó con una sonrisa, mostrándole la siguiente capa de su espectacular kimono nupcial. Al cabo de largos y minuciosos minutos la novia contemplaba las capas de tela que la cubrían, podía sentir el peso de su vestimenta y, sensatamente, del momento que estaba por vivir.

Llena de sensaciones, al borde de las lágrimas, Kagome salió de la habitación. En el pasillo la esperaba Miroku.

La tradición indicaría que un familiar la entregue a Lord Sesshomaru —dijo Miroku, cierto recaudo en su voz.

Kagome lo miró e instantáneamente habló:

¿Me entregarías, Miroku?

¿Me considera parte de su familia, señorita?

Ella sonrió con afecto.

Como un hermano.

¡Ah! —exhaló, emocionado— Será, entonces, un honor hacerlo.

—¿Lista?

Kagome se permitió unas respiraciones profundas, ruidosas y entrecortadas.

—Sí, vamos.

El camino hasta el salón más grande del Pabellón de las Orquídeas le pareció eterno. Era incapaz de ver los detalles de las orquídeas blancas decorar las columnas y balaustradas, no vio el jardín, no escuchó el murmullo del agua de la laguna en las cercanías, no registraba siquiera el piso por el que caminaba; sólo era consciente del brazo que la llevaba, procurando anclarse para no caer.

Ese fue el día más feliz de mi vida —dijo la voz de su madre en su espalda.

Kagome se volvió sonriente, el álbum de bodas de sus padres abierto sobre su regazo.

Hasta que supimos que venías tú. Aunque —agregó, reflexiva—, son dos clases de felicidades. Primero está ese momento, donde la persona que eliges para vivir el resto de tu vida comparte tu proyecto y entonces haces una promesa. Pocas cosas son tan raras como encontrar un amor sano, equilibrado y correspondido.

La señora Higurashi sonrió con melancolía y al cabo de unos segundos, prosiguió:

Lo mínimo a lo que debes aspirar en el amor, Kagome, son estas tres cosas. El amor no es sacrificio, no es dolor, no es soportar. Debe fluir, ser libre, desinteresado y generoso.

Lo recordaré.

Kagome no vio los cientos de invitados, se perdió los detalles suntuosos del kimono de Lady Irasue ni logró captar la sonrisa de sus amigos, pues sus ojos se perdieron para siempre en la figura más alta del salón, en su porte seguro, a la espera, devolviéndole una suerte de sonrisa que sólo ella supo leer en la ligerísima curva de sus labios.

A partir de ese momento, Kagome olvidaría las complicadas implicancias políticas de su matrimonio, dejaría a un lado su procedencia y la de él, sus naturalezas, sus diferencias; no vería nada que no fuese ese momento único e irrepetible, donde sus dudas finales terminarían por decantar en una gran y absoluta certeza: ese hombre era el amor de su vida. La novia pasaría por alto los malos ojos de los miembros del consejo, le sería perfectamente indiferente la curiosidad en la mirada de sus invitados. Tendría atención para sus amigos, los pocos que había hecho durante su estadía, y para Sesshomaru.

—Tengo un último obsequio para ti

Kagome pensó automáticamente en la petición que había extendido acerca de ver a Kaede hacía no tanto tiempo y, sonriente, dejó que la guiara hasta otro sitio del salón. Los presentes fueron abriendo camino hasta que un impactante kimono cobrizo apareció en su campo de visión y ahogando una exclamación de felicidad, apresuró el paso hasta Lady Manami, quien sonriente abrió sus brazos para recibirla con afecto.

—No pensé que vendría, Milady.

—Es tu boda, mi querida Kagome. Hace tiempo que vengo preparando este momento. No me lo hubiese perdido por nada.

—¿Cómo hicieron para que no me enterara? —quiso saber, mirando a Sesshomaru.

—No dudes de su capacidad de ejercer poder —repuso Milady—, estoy segura que una orden bastó. Además, arribé hace muy poco tiempo.

—Me hace muy feliz que esté aquí.

En el momento en que la novia se vio entretenida por sus amigos Manami volvió junto a Sesshomaru.

—¿Por qué no veo a Lord Takayuki entre la concurrencia?

—El Sur declinó la invitación.

Manami se permitió mirarlo directamente a los ojos con evidente sorpresa.

—¿Sabes qué significa eso?

—Desde luego.

—¿Acaso juzgas este el momento indicado para una guerra?

—Las guerras son siempre inoportunas.

—Oh, Sesshomaru.

—No lo lamente, Milady. Las razones justifican ampliamente las circunstancias.

—¿Qué ha ocurrido?

Sesshomaru la miró significativo y dejó así asentado que una conversación en privado no sería dilatada por mucho.

Así, desde ese momento, aquellos que se alegraba genuinamente por el evento que los congregaba, disfrutaron con la pareja y sintieron aquel momento como un verdadero festejo. Los espectáculos que coronaron el cierre fueron un cambio a la norma que agradó a todos y Kagome, feliz a toda vista, en escasas oportunidades se la vio sin una sonrisa en los labios.

—¿Te han hablado de la ceremonia de asunción?

Kagome miró a Lady Manami con una graciosa mueca, evidentemente muy nerviosa.

—Sí —claudicó—. Es algo así como ¿una coronación?

—Efectivamente —sonrió—. Sin unciones ni cetros, pero la esencia es la misma: deberás hacer un juramento al Oeste.

—Será un honor.


Nota de disculpas: Por la demora, mil perdones. De ahora en adelante intentaré ser más continua (estoy de vacaciones). Dicho eso, les pregunto, ¿les interesa el lemon? Como se imaginarán existe la jugosa posibilidad, pero eso dependerá del gusto del público. Lo último: ya que abrí la tercera parte de esta historia, debo aclarar que de ahora en más la onda va a cambiar un poco, aunque siempre intentando ser fiel a la esencia del fic.

Espero que no me hayan abandonado y gracias a quien todavía sigue por acá.