Inuyasha © Rumiko Takahashi
XXI
El Consejo del Oeste
—Ofrezco solemnemente cumplir con rectitud y fidelidad todos y cada uno de mis deberes para con el Oeste. Prometo honra y lealtad a su líder, sus súbditos y sus dominios. A los designios de estas tierras me entrego y someto, decidida a comparecer ante cualquier acto de justicia que mis funcionarios diriman ecuánime ante un delito o transgresión.
—¿Lo jura?
—Sí, juro.
Kagome se permitió una larga y profunda respiración.
—¿Lo dije bien?
Sesshomaru poseía una atención flotante envidiable, por eso había podido escucharla atentamente, prestando cuidado a cada una de las palabras pronunciadas; pero su verdadero foco había estado en ella, en lo que simulaba sentada desnuda frente a él, apenas cubierta por la sábana, a medias luces en medio de aquella madrugada.
—Perfectamente.
—¿Sí? —el modo en que salió el interrogante le resultó arrobador y sin deseos de nada más, se aproximó para besarla.
—No es justo —sonrió ella, sujetando su rostro—. Me distraes.
—Lo has dicho bien —respondió entonces, mirándola directamente a los ojos.
—Entonces, ahora sí —dijo, acercándose más—, prosigamos.
Kagome abrió los ojos y, sin necesidad de mirar a su lado, supo que estaba vacante. Estiró la mano y comprobó que Sesshomaru había dejado la cama hacía muchas horas; se incorporó sobre los codos, entonces, y vio las puertas abiertas, aquellas que daban al balcón y que ofrecían la vista de la laguna. Allí estaba él, de pie mirando todo y nada.
—¿Qué hora es? —preguntó, forzada por un viejo hábito.
Su esposo se volvió, miró el cielo y nuevamente a ella.
—Apenas mediodía.
—¿Tanto dormí?
—Poco dormiste, a decir verdad.
Kagome soltó una carcajada, sonrojándose. Sesshomaru estaba desnudo, absolutamente desprovisto de todo pudor, a vistas cómodo. Sólo entonces Kagome advirtió las marcas que seguían la forma de los músculos en su cadera, aquellas que subían por su espalda y se apoyaban sobre sus hombros, apenas un detalle; y las que ya había visto, las de sus muñecas, las más finas. Bajó la mirada, admirándolo entero y llegó hasta sus tobillos, donde dos pares de líneas más decoraban sus tobillos. Era, sin duda, una criatura hipnótica.
La miko se descubrió pensando cómo serían los hijos que tuvieran, si serían tan fascinantes como su padre.
—¿En qué piensas?
La novia volvió a la realidad. Se puso de pie y, desnuda completa ella también, caminó hasta él y se dejó abrazar hondamente, su mokomoko cubriéndola, protegiéndola de la brisa fresca que entraba.
—Nunca pensé que podría ser total y verdaderamente feliz aquí —repuso, envuelta en su calor—. Apenas comprendía qué hacía aquí y qué querían aquellos con poder sobre mí. Pero… —lo miró— conocerte y enamorarme de ti ha sido… —suspiró, llena de emociones.
Sesshomaru buscó su boca al tiempo, besándola con adoración.
—Tu felicidad es mi prioridad, Kagome —y en su oído, susurrando, agregó:—. Te amo.
Desde la celebración de la ceremonia transcurrirían tres noches antes de que la luna llegase al cuarto creciente, momento en que Kagome juraría como nueva Lady de las Tierras del Oeste. Hasta entonces, sus obligaciones oficiales eran mínimas y disponía de tiempo para encontrar razones y permanecer con su esposo en el Pabellón de las Orquídeas y, cuando el Lord ya no podía ausentarse más de sus deberes, Kagome pasaba largas jornadas con sus amistades.
Lady Manami era, sin duda, a quien más disfrutaba, pues sabía que su estancia no sería muy prolongada.
—Te veo radiante, Kagome.
—Me siento muy feliz, Milady, y tengo que agradecerle particularmente por eso.
—Tonterías —sonrió—. Aunque debo confesar que supe casi al instante cuál sería tu destino cuando te vi tirada en el suelo.
Kagome rió avergonzada.
—Si no hubiese tenido ese acto de bondad conmigo, no sé qué habría sido de mí.
—Tu futuro no podría haberte deparado nada menos que esto. Tu camino y el de Sesshomaru estaban destinados a cruzarse.
—Sí —repuso, su faz pensante.
—¿Qué conjura tu mente?
Sonriendo, volvió la atención a su interlocutora.
—Aún no salgo de mi asombro. Cruzar un pozo, en el patio de mi casa…
—Qué poderosa es tu misión, mi querida Kagome, que has burlado el tiempo mismo.
La sacerdotisa apenas asintió, percibiendo realmente por primera vez el peso de eventos que aún debían ocurrir. Manami la observaba, tan feliz por su felicidad como preocupada por el futuro inmediato. Las hostilidades en sus tierras no habían cesado completamente y la paz era aún un proyecto del futuro, sujeto al fracaso; y el Oeste no estaba lejos de aquel panorama, vientos belicistas soplaban en esa dirección. El Sur había dado un paso en falso al decidir caprichosamente enemistarse con ellos, pero una guerra era una guerra.
—Debo agradecerte por haber cuidado tan bien de Shippo —habló, decidida a charlar sobre temas amenos; para la amarga política estaba su esposo.
Ciertamente, su audiencia con Sesshomaru no demoró en llegar y sake de por medio, los líderes discutieron los asuntos de rigor y, por último, confidencias más propias de viejos amigos.
—¿Entonces? ¿Takayuki estaba simplemente ofendido porque rechazaste a su nieta, por quien, por cierto, no siente afecto alguno?
—Takayuki necesitaba más para declararme la guerra. Es mi creencia que fue Fumiko quien atentó contra Kagome.
—Esa es una grave acusación.
—Los eventos inmediatos tras el atentado hablan muy mal de ella.
—Explícate.
Sesshomaru se expresó con convicción cuando manifestó sus conjeturas: las actitudes sospechosas de Fumiko posterior al atentado fueron un serio agravante; sabía, porque nada de lo que ocurría en su corte se le escapaba, de sus reuniones con Naraku, y aunque nada extraño podía haber respecto a dos prometidos que se reunieran para conocerse, Sesshomaru sabía, y desde un tiempo largo ya, que Naraku había estado entrevistándose con Lord Takayuki en el pasado también, antes, incluso, de saber que contraería nupcias con su nieta.
Allí había algo elucubrándose y el daiyoukai lo sabía certeramente.
Finalmente, el hecho de que su ceremonia se celebrase en el Sur, bajo el patrocinio y con la bendición de su líder, terminó de cerrar el círculo para Sesshomaru.
—Sin duda, el matrimonio de Fumiko con Naraku ha sido un giro propicio de los acontecimientos —comentó Manami—. Una grata coincidencia, mejor dicho.
—¿Qué características originales habría tenido el plan de Takayuki y Naraku si me hubiese casado con ella? —fue su pregunta, casi retórica.
—Ciertamente, se trata de un desvío. Pero Takayuki es muy astuto.
—Fumiko fue manifiesta al mostrarse arrepentida cuando me adelantó que se casaría en el Sur.
—Se trató de un error. No debía decir nada. Pero, ¿para qué ocultarlo? Eventualmente se sabría.
—Si ese era su elemento sorpresa, fallo al detectar con qué real propósito.
—Bueno, Takayuki aún no ha hecho declaración formal de ningún tipo, nupcial o bélica. ¿Qué crees que esté esperando?
—Además de la celebración de esa boda, no lo sé.
—Te recomiendo que te pongas en contacto con tus aliados antes de que lo haga él, entonces —Manami se incorporaba—. Si hay algo que sabemos de él es que hace abuso de su sagacidad.
Sesshomaru despidió a su par con una ligera reverencia y se quedó con su soledad sopesando lo intercambiado y el panorama general. Una guerra era la última de sus aspiraciones, definitivamente movilizarse contra el Sur era un inconveniente. No le seducía pasar la primera etapa de su matrimonio en medio de un conflicto, pero los eventos eran prácticamente un hecho.
Sintió el youki de su madre aproximarse con parsimonia; aguardó con paciencia hasta que la vio ingresar.
—Recuerdo muy bien el día en que tu padre devolvió las concubinas que sus aliados le habían obsequiado a lo largo de los años —inició sin más, sin emociones visibles o lenguaje corporal que diera indicio de nada—. En cuestión de días el Pabellón de los Narcisos quedó deshabitado, vacío, por primera vez en muchos siglos. Izayoi se convirtió en la única habitante, fenómeno por demás inédito.
—Yo también lo recuerdo.
—Recordarás también, entonces, lo ofendido que se sintió Lord Takayuki —y sus ojos dorados, que habían se habían dedicado a observar el paisaje del jardín, se volvieron para escrutarlo—. Las disculpas públicas que debió pedir tu padre, algo también novedoso, por cierto.
Sesshomaru habría suspirado con hastío por el sermón que estaba recibiendo pero, y eso lo había aprendido de esa mujer precisamente, tan sólo la miró y escuchó ecuánime el desplante que su madre le hacía al Lord de las Tierras del Oeste.
—¿Adónde vas con esto, madre?
—Ese pabellón tenía propósitos políticos —puntualizó, dando lentos pasos hacia él—, el obsequio de un aliado es más que un acto de buena fe, más que la manifestación de afinidad. ¿Conoces las implicancias, por tanto, de lo que has hecho?
Sesshomaru le ofreció su silencio como toda respuesta.
—Sesshomaru…
—Milord —le corrigió, asentando un severo límite.
—Milord —accedió, ofreciendo una reverencia.
Irasue comprendió al tiempo que esa era su derrota y que irse era inaplazable. Su hijo, observando esa misma situación, se incorporó y habló:
—Sé muy bien quién eres y qué te debo —su madre lo miró, deteniendo su marcha— pero no intervendrás en las cuestiones de Estado otra vez, no cuestionarás mis decisiones políticas nuevamente. Recordarás tu sitio de ahora en adelante.
En ese exacto momento, en otro sitio diferente al Pabellón de los Cerezos, aquel donde el Lord estaba en simultáneo, Kagome caminaba en compañía de Inuyasha. Eso de deambular sola se había tornado inaceptable y si la nueva Lady pretendía sostener la paz con los habitantes del palacio, se dijo que podía acatar tan sencilla norma. Por eso intentaba que fuese con alguno de sus amigos y ese día había descubierto a Inuyasha sumido en la ociosidad hogareña del Pabellón de las Begonias.
—¿Sabes a dónde vas?
—Más o menos.
Inuyasha estaba íntimamente familiarizado con ese sector. Su madre había vivido muy poco después de su nacimiento pero su padre se había encargado de que sus cuidado y crianza fuesen en ese sitio, donde tan gratos recuerdos albergaba el General. El día que Inuyasha descubrió que en ese pabellón solían vivir las concubinas del Lord, asqueado de su procedencia, abandonó el Oeste durante mucho tiempo. Había sido el mismo día del fallecimiento de su padre. Nadie había perdido tiempo, ni guardado lutos, a la hora de recordarle lo indigna que había sido su procedencia.
Más maduro, Inuyasha ya no sentía desprecio por el lugar o sus orígenes. Creía que su madre había sido una persona afortunada de vivir su vida, por muy efímera que fue, con el hombre que amó, de haber logrado vivir con él.
Inuyasha captó el sonido de voces femeninas, aunque para Kagome estaban demasiado lejos para oírlas.
—Kagome.
—Está bien —accedió—, no sé en dónde estamos.
—El Pabellón de los Narcisos.
—¿Ese cuál era?
Un grito captó la atención de ambos.
—¿Quién vive aquí?
—Kagome, mejor volvamos.
—Espera —dijo, recordándolo—, ¿este es el de las concubinas?
Furiosa, comenzó a caminar con velocidad. Los centinelas apostados la oían acercarse y antes de que tenerla en su campo de visión las puertas shoji ya estaban abiertas para Milady, atravesando el pasillo como un tifón, su cuñado pisándole los talones.
—Cállense, cállense —dijo alguien cerca—, ahí viene.
—¿Quién?
Kagome se manifestó frente a las mujeres y antes de poder decir nada, todas, al unísono, en perfecta sincronía le hicieron una reverencia:
—Milady.
La nueva Lady de las Tierras del Oeste se había sentido muy molesta hasta el preciso momento en que tuvo en frente a ese pequeño grupo de mujeres, todas ellas simulaban tener más o menos su edad y Kagome pensó que aunque para ellas su situación era digan de honor y propia de lujos, para ella se trataba de una virtual esclavitud, y sexual, la del peor tipo.
—¿Cómo se llaman?
—¿Kagome? —Inuyasha lo sintió acercarse antes que las concubinas, pero la diferencia fueron segundos.
La última en advertirlo fue ella y en cuanto lo tuvo de pie detrás suyo se volvió para mirarlo. Las mujeres del fondo lo recibieron con gran solemnidad y afonía, atemorizadas por la energía que desprendía. Sesshomaru, esperaba que su esposa diera una explicación por su presencia en ese sitio y ella, a su vez, esperaba de él algo semejante. Ella poseía el sexto sentido de las mujeres, él seguía siendo hombre.
—¿Quieres tener esta conversación aquí? —preguntó con falsa inocencia, la ironía apenas perceptible en su tono.
—Inuyasha —habló, mirando a su medio hermano por primera vez—, Miroku te espera.
El aludido se sorprendió de que decidiera mostrarse como mensajero. Un Lord jamás daba recados. El hanyou miró a su amiga y sin una palabra o gesto se marchó.
—Milady —dijo al fin, abriéndole paso para que avanzara. Kagome se movilizó, no sin antes despedirse de sus espectadoras con un movimiento de la cabeza.
Sesshomaru miró a Sara primero y luego a nadie más, abandonando el Pabellón de los Narcisos. Metros más adelante su esposa lo esperaba y en silencio caminaron uno junto al otro durante un tiempo, hasta que salieron a un jardín donde sólo había un hombre que trabajaba en los arbustos de un extremo, a importante distancia.
—No dirás nada —empezó ella, aburrida de esperarlo—, no me dirás qué hacía allí o por qué todavía tienes concubinas cuando me prometiste lo contrario.
—No debería explicarte nada.
—¿No? —se asombró ella, sonriendo.
—Percibo cinismo en tu tono y no lo condono.
—Entonces seré muy franca —el timbre de su voz cambió y Sesshomaru se arrepintió de sus palabras—. Primero, no me tratarás como si fuese uno de tus súbditos, no soy tu inferior; segundo, exijo que me expliques qué hacen esas mujeres aquí todavía.
—Miroku se está encargando de conseguirles esposo. Abandonar el Oeste con menos sería una deshonra de lo no se recuperarían.
—Genial, tu argumento es perfecto, y eso que estaba preparada para enojarme contigo.
Sesshomaru se sorprendió con esa exposición, tan abiertamente honesta.
—Eso no quita que me lo ocultaste.
—Simplemente no te lo dije.
Kagome lo miró significativamente y le dio unos segundos para que repensara sus palabras.
—Debí hacerlo —dijo entonces.
—Sesshomaru, si vamos a vivir milenios juntos, espero que seas más comunicativo, o al menos que no me ocultes cosas.
—¿Te habrías enojado conmigo de haber sido mi argumento más mediocre?
—Por supuesto.
Qué delicia era escucharla ser tan honesta, ni temor o titubeos. Qué placentero era reconocerla total y cabalmente como su igual, saberla idónea, absolutamente ideal. Qué sorpresa era encontrar su compañera perfecta en una sacerdotisa. Qué hermosa era.
—¿En qué estás pensando? —sonrió ella.
—Mm —una pequeña sonrisa se dibujó en sus finos labios y Kagome dejó que la llevase a la privacidad de su habitación, permitiéndole que le dispensase atenciones propias de su situación.
Kagome miró a Sesshomaru una última vez antes de dirigirse a todos los presentes en el Pabellón de las Dalias y pronunciar las palabras de su juramento como Lady de las Tierras del Oeste. Preocupada en recitar correctamente, no prestó atención a los miembros del Consejo, ni a su suegra. No percibió el descontento, aunque lo supiera real; no advirtió los vistazos que se compartían entre concomitantes, aunque saber que existía un complot en su contra no la habría sorprendido tanto.
Sesshomaru, por su lado, leía perfectamente el silencio y las miradas de los espectadores.
NA: Bueno, no hubo lemon, aunque los votos se inclinaron por la situación opuesta, y es que recordé que este fic no es M, pero tal vez mi próxima historia sea más jugosa...
Por otro lado, había dicho que estaba de vacaciones y que tenía tiempo y bla, bla... En este ínterin terminaron mis vacaciones, estoy cursando otra vez y bueno, le dedico todo el tiempo que puedo, sé que leer los capitulos tan espaciados es aburrido y cuesta seguirle el hilo a la trama.
Espero que estén más que bien, lejos del bicho horrible. Saludos!
