Inuyasha © Rumiko Takahashi
XXII
Lord de las Tierras del Sur
Kagome pensaba en música, la de su época. Pensaba que un jazz clásico iría muy bien con ese momento. Estaba con Sango, en su hogar, rodeada de niños, de Shippo, Rin y las mellizas. Aquella era una escena doméstica como las que le gustaban: en la intimidad de un hogar, con familia, riendo, disfrutando con soltura, sin preocupaciones, como si una guerra no se avecinase, como si todo fuese feliz y perfecto.
A su madre le gustaba el jazz. Era lo que se oía de fondo cuando cocinaba por las tardes, por placer y sin apuros.
Las mellizas cumplían un año. Había gran expectativa por la celebración, especialmente por parte de sus padres, pues, como había aprendido Kagome, raras veces los niños superaban saludablemente, o en absoluto, la infancia. Pero Ohara y Akiko eran dos criaturas fuertes y alegres, llenas de vida.
Kagome las disfrutaba como un tía, embelesada con sus gracias y arrobada por su inteligencia. Rin era una excelente hermana mayor, detrás de ellas en todo momento cuando no se ocupaba de sus asuntos. Shippo era más esquivo con las menores, pues no apreciaba que jugasen con su cola, pero las quería con ternura y velaba celosamente por ellas cuando el padre estaba fuera.
Era aquella también una escena que encajaba perfectamente en un canon. Las mujeres y los niños por un lado y los hombres por el otro, presumiblemente discutiendo cuestiones "masculinas", que en nada incluía a sus esposas, diseñadas para las cuestiones de la esfera privada.
Como invocados, los hombres aparecieron. Sesshomaru ofreció una pequeña reverencia a Sango, felicitándola por el feliz suceso, y al tiempo tomó un lugar opuesto al de Kagome. Miroku fue más efusivo, como correspondía a su forma de ser, y buscó con afecto a sus hijas para besarlas con ternura. Y para sorprender a Kagome, Inuyasha ingresó también, como si hubiese estado con su medio hermano.
El hanyou no era protocolar, ni entendía de ceremonias, por lo que ruidosamente se acomodó junto a su cuñada y sin dispensar mayores atenciones, se abocó a la comida que había para los presentes.
—¿De dónde vienes? —le preguntó inocentemente.
Inuyasha era una criatura libre de artificios, por lo que con sencillez, aunque evitando su mirada, replicó:
—Pregúntale a tu esposo.
Instintivamente los aludidos se miraron pero ella no caería en el desatino de cuestionarlo en ese momento, por lo que se dedicó a ignorarlo por el resto de la velada, deliberadamente ocupándose con alguna de las niñas o conversando con Rin. Sesshomaru acusó recibo y con diplomacia la dejó hacer pero sus ojos se anclaron en su impávida figura, detestando no poder intercambiar lo mínimo con ella.
Al cabo de unas horas el lord se incorporó, dando por terminada la reunión de su parte. Kagome advirtió sus intenciones sólo porque los demás se habían puesto de pie para despedirlo formalmente. Entonces dijo, infructuosamente de forma casual:
—Me quedaré unos minutos más con Sango.
Las despedidas fueron hechas, Sesshomaru se marchó y Kagome comenzó a pensar en por qué lo evitaba. Miró a su cuñado y éste prácticamente le leyó el pensamiento.
—Habla con él —dijo sin más, saliendo al jardín.
—¿Por qué tanto misticismo? —preguntó a Miroku.
—Inuyasha se refería a Lord Sesshomaru, señorita, no a mí.
—Lo supuse —repuso con cierto fastidio—. Pero, ¿pasó algo?
—¿Por qué lo asume?
—Porque los tres estaban reunidos.
Miroku asintió con torpeza.
—Le ruego que converse con Milord. No me corresponde ventilar los asuntos tratados en sus reuniones.
—No des muchas vueltas a esto —intervino Sango—. Milord será sincero contigo.
Kagome no pudo dilatar su estadía mucho más y a pesar suyo se marchó. Afuera la esperaba una de sus doncellas, Jin y para su sorpresa, también estaba Aoi, quien fuera su acompañante-espía en los tiempos de su vida en el Pabellón de los Jazmines. Estaba más alejada, bajo una árbol; la saludó con una reverencia y sin nada más, se marchó, tan silenciosa como una sombra. Curiosa, Kagome estuvo tentada de ir a buscarla pero desistió.
Ya en el Pabellón de las Orquídeas, la joven se despidió de su acompañante y entró sola a su recámara. Sesshomaru allí estaba, desde luego, esperándola con paciencia. Repentinamente, Kagome se sentía sin argumentos por su actitud y, por eso, sin ánimos para hablar con él. Pero su esposo había estado esperando precisamente ese momento para dialogar.
—El Sur ha declarado formalmente la guerra —inició sin preámbulos.
—Oh.
—Mis capitanes ya han sido convocados y el Ejército del Oeste ya ha sido puesto en movimiento.
Kagome no sabía qué decir.
—El Norte ya rectificó su alianza y se esperan noticias del Este muy pronto.
Sintiéndose ridícula por su comportamiento e infantil por su actitud, se llamó a silencio. Castigándose por ello en el confinamiento de su cabeza, Kagome dejó que continuara hablando, si más había para decir.
—Te percibo arrepentida, ¿en qué piensas?
Ella quiso decir algo pero terminó resoplando con impaciencia, encogiéndose de hombros y negando.
—¿Qué más? —dijo en cambio.
—Inuyasha ha ofrecido su espada en favor del Oeste —y agregó, corrigiéndose:—. En favor tuyo. ¿En qué piensas?
Percibiendo insistencia, bajó la guardia.
—En absurdo comparado con lo que me estás diciendo. Déjalo.
—Nada de lo que tiene que ver contigo es absurdo, ni lo será nunca. Me has pedido no te oculte nada, ahora pido lo mismo de ti.
—¿Usando mi argumento en mi contra? —sonrió.
Sesshomaru esperó su respuesta.
—Simplemente me sentí excluida y viniendo de ti, me cuesta procesarlo con la cabeza fría.
—Estás en el centro de todo lo que me atraviesa, como tu esposo, como líder; difícilmente quedes fuera de lo que acontece. La reunión de hoy fue espontánea e Inuyasha pidió que fuese privada.
—No tienes que explicarme nada —se apresuró a decir—. Fui insegura. No quiero que pienses que debes justificarte o explicar cuestiones sólo para hacerme sentir bien.
él se acercó, intrigado por sus emociones y, a pesar suyo y de aquellas palabras, responsable. Y donde fallaron las palabras, para ambos, el tacto fue el único medio de comunicación; fueron caricias profundas, nada erótico ni pasional, pero hondo y lleno de significaciones; caricias que completaron un no se sabía qué, pero que trajo paz y serenidad a mentes encerradas en estructuras. Kagome pidió disculpas por dudar de él y él besó sus labios y a la vez su alma, en un gesto de amor tectónico y completo.
A partir de entonces, las circunstancias cambiarían radicalmente en el Oeste.
Se escucharían en todos los rincones del palacio los ejercicios militares y su eco llegaría a la ciudad, colina abajo, llenando las callejuelas y viviendas de un sonido incesante, premonitorio. Jefes militares iniciarían reclutamientos, día y noche se los vería preparar a los iniciados; los capitanes se reunirían durante largas jornadas preparando el campo de batalla, discutiendo estrategias. Kagome vería la armadura de Sesshomaru salir de su confinamiento, ser pulida y dispuesta para su propietario.
El Pabellón de los Crisantemos ya no sería de uso exclusivo de sus líderes, sería entonces el escenario de largas sesiones de entrenamiento. Los dojos estarían completos, el traqueteo rítmico de los pies de los contendientes en los tatami, las exclamaciones de los alumnos, los sonidos eléctricos de las katanas encontrándose en un enfrentamiento.
La ciudad también se preparaba. Toques de queda y vigilancia ininterrumpida serían las políticas inmediatas aplicadas desde la corte del Oeste. Nadie esperaba, y Sesshomaru se encargaría muy personalmente de ello, que el enfrentamiento llegase tan cerca de la urbe, por eso las actividades diarias y necesarias no serían suspendidas. Pescadores, arroceros, cazadores y granjeros proseguirían con sus tareas y la dinámica comercial general que ya caracterizaba al Oeste continuaría normalmente.
Kagome, por su parte, reclamaría su sitio en los acontecimientos y entrenarían tan arduamente como fuera posible; y no sólo sus capacidades espirituales, sino el arte del arco y la flecha y la espada, aquel último regalo que recibió de su esposo.
Ese día había extendido su jornada y agotada y adolorida, se desvestía en el cuarto de baño. El vapor dificultaba la visión de la estancia completa pero apaciguaba sus sentidos y relajaba sus músculos; y a pasos lentos y con cuidado, descendió los pocos escalones hasta la generosa bañera, donde el agua cálida le daba la bienvenida.
La temperatura reactivó un ligero dolor en su última cicatriz, aún una zona sensible. Su mano viajó hasta el lugar por donde había salido la perla de Shikon y pensó. Qué habría sido de ella, quién la utilizaría, qué poder ocultaba. ¿La recuperaría?
En ese exacto instante, kilómetros y kilómetros al sur, Lord Takayuki contemplaba sin asombro la delicada orbe, cuyos colores iban y venían en claros y oscuros, claramente sufriendo una suerte de metamorfosis. En sus manos, la perla recuperaba sus tonos originales, supuso que porque no albergaba interés alguno por sus poderes, pero en presencia de su huésped su comportamiento mutaba y los remolinos de su interior se aceleraban y ennegrecían.
Naraku ya se había manifestado abiertamente interesado y había sabido justificar su posición como potencial dueño, pero el hanyou no tendría beneficio de ninguna índole hasta que no hubiese contraído nupcias con su nieta, y tal vez ni siquiera entonces se convirtiese en su propietario.
No confiaba en él.
El anciano tomó el libro que había dejado sobre su escritorio y releyó:
En el año que concurre, 1471, habiendo sido fiel testigo de las arraigadas e inherentes incongruencias entre el shogunato, el mal nombrado "poder militar", y las fuerzas de los líderes daiyoukais, puedo concluir sin espacios al yerro que una intervención es apremiante, que las rebeliones humanas amenazan ya la prosperidad de las razas superiores; las prolongadas guerras, cientos de años antiguas ya, han sabido socavar el buen temple y amena predisposición de los grandes líderes, entre ellos Lord Takayuki y su heredero, Lord Hiromasa, el Clan Raijuu, Lord Naraku y el Clan de los Gatos Leopardo…
Qué distante veía esa empresa ahora, qué desviadode sus planes principales. Ryukotsusei había iniciado algo noble y acabado; lejos habían llegado, de hecho, esas ideas supremacistas. Luego Sesshomaru desposó a una humana y el camino se volvió intransitable. Ya no era tan sencillo pretender acabar con los shogunatos sin incurrir en un acto políticamente incorrecto y potencialmente mortal. El Oeste era un solo dominio, pero de gran peso y relevancia entre los cardinales y otras dinastías menores.
Por lo tanto, primero debían acabar con el Oeste, especialmente la humana, y, vientos favorables mediante, continuar con aquel proyecto.
—Milord, el señor Hiromasa está aquí.
—Hazlo pasar.
Su hijo ingresó a su estudio y como siempre, esperó en silencio. Hacía muchos siglos que Hiromasa había hecho paz con la idea de que su padre no lo favorecía como su sucesor; ni a él ni a ninguno de sus hermanos. Lo conocía y por eso sabía que no era sencilla sed de poder, era algo tan doloroso pero sencillo como que lo creía incapaz e inadecuado para sucederlo. Y si él, su primogénito y el único que había sido instruido para precisamente heredar su título, no era el idóneo, no podía si quiera conjurar un suplente.
—Comandarás el Ejército del Sur. Las tropas de Naraku ya se encuentran en viaje y juntos liderarán la batalla.
—Naraku es mi inferior. No compartiré autoridad con él.
—No depende de ti esa decisión. Además, querrás compartirla. No subestimes a tus aliados.
—Naraku es tu aliado.
—Del Sur —corrigió—, y por tanto tuyo. No desaires mis órdenes o te reemplazaré.
—Eso ya lo has hecho, padre.
Takayuki lo miró con impaciencia, queriendo reprenderlo por su insolencia; pero, Hiromasa ya no era un cachorro ni aceptaba sus amonestaciones tan pacíficamente.
—¿Te duele no ser el Lord del Sur?
—Dolor me generaba tu indiferencia para con mi hija —enmendó, indiferente—. No me importa no ser lord ahora, eventualmente lo seré, mi reclamo es legítimo.
—¿Eso crees?
Hiromasa suspiró con manifiesta irritación. Detestaba a su padre.
—Tu pequeña excursión al Oeste me parece un desatino y buscar conscientemente la enemistad de Sesshomaru un error del que no te recuperarás.
—No he pedido tu opinión —espetó—. Acatarás mi comando o…
—¿Me enviarás al exilio? —manifestó con sarcasmo.
—O buscaré a otro para que comande mi ejército.
—Inténtalo así ves a quién le son fiel tus soldados.
Sin otra palabra, el heredero trunco se marchó.
Miroku esperaba de pie en las puertas principales, aquellas que conducían al salón más amplio del Pabellón de las Dalias, donde en algún momento su lord ofició de anfitrión en la Asamblea de los Cardinales. A esa hora tan avanzada, era escaso el movimiento y sólo se veía a los centinelas más adelante, cumpliendo sus funciones en silencio e inmóviles. Cuando los vio acomodarse, supo que había llegado.
Avanzó, bajando la escalinata hasta alcanzar el discreto palanquín. La encorvada figura de su vieja amiga se materializó al correr la puertecita.
—Anciana Kaede, bienvenida.
—Nunca pensé que pisaría este lugar.
—Las circunstancias lo justifican, se lo prometo —decía, mientras la ayudaba a bajar.
—Lo sé, por eso he accedido a venir. ¿Cómo está Rin?
—Muy bien, la verá en unos instantes.
—¿Pero antes?
—Milord desea verla.
—Por supuesto.
Allá lejos, donde el día ya había sucumbido ante el horizonte, nubes espesas se juntaban para retumbar en graves truenos, anunciando una fantástica tormenta. Kaede, intuitiva en niveles inconcebibles, no pasó por alto ni le resultó fortuito el anuncio del firmamento y sabía que su visita al Oeste no era sólo esperada sino que se prolongaría más de lo anticipado.
El daiyoukai la esperaba en su asidua fachada, en apariencia en calma e imperturbable. Pero ellos se conocían hacía mucho, mucho tiempo y por eso sabía que esa criatura tenía motivos, y por eso sentimientos, de preocupación.
—Lord Sesshomaru.
—Kaede.
—Los dejaré a solas —y Miroku se retiró.
Sentándose uno frente a otro, té de por medio, le sirvió a su invitada y bebieron en silencio unos minutos hasta que habló.
—La perla está en poder del Sur.
—Así es. Si estuviese en manos de Naraku ya lo habríamos advertido. Un hanyou como él difícilmente habría resistido la tentación de emplearla.
Sesshomaru tomó nota mental.
—Tú lo conoces —dijo, esperando con esas palabras que su interlocutora elaborara en favor de ese personaje.
—Usted sabe que su naturaleza hanyou tiene un origen oscuro.
—Sí.
—Antes de eso era un humano ordinario, aunque cruel y traicionero. Era un bandido sin mayor propósito que el de enriquecerse a costa de otros, incluso de sus compañeros. Así fue que perdió la confianza de los suyos y fue quemado su cuerpo y desechado sin más.
Sesshomaru esperaba más.
—Kykio lo encontró en deplorable estado, pero vivo. Cuidó de él y así fue como se obsesionó con ella.
—Entonces ofreció su cuerpo a los demonios.
—Para renacer, sí y poder apropiarse de ella también —Kaede sopesó unos segundos y prosiguió:—. Naraku debió sentir algo de esto cuando conoció a Kagome.
—La perla.
Kaede lo miró significativamente y Sesshomaru agregó:
—No conocí a esa sacerdotisa pero aparentemente su parecido es considerable.
La anciana asintió.
—Haré por Kagome todo lo que esté en mi poder, Milord.
