Hanna Flora no se sentía excepcional.

Durante aquellas horas muertas del atardecer, la joven se había tumbado en su cama e inspiraba el olor floral y penetrante de sus sábanas. Levantaba un brazo a las hojas de la planta que colgaba sobre su almohada y las acariciaba con expresión pensativa.

Cuando Eleonora la había acogido bajo su ala, Hanna Flora se había sentido tremendamente agradecida… pero también igualmente inadecuada. De repente se había visto rodeada de gente verdaderamente Excepcional: una vampiresa, el pasado trágico de Irwin, la montaña rusa que era la vida de Enid. Pero ella… ¿Qué había hecho ella de especial para merecer la atención de alguien como Eleonora, que la equiparaba a todas aquellas criaturas? Aquella sensación de inadecuación la carcomía por dentro desde el momento en que había decidido seguirla y no la había llegado a abandonar nunca.

Ahora ella les había pedido que dejaran de seguir sus órdenes, y la noticia había caído sobre los hombros de Hanna Flora como un jarro de agua fría. ¿Por qué? ¿Por qué ella ya no los necesitaba? La joven no tenía otra cosa que hacer. No sabía hacer nada más. La única porción del mundo que conocía era la que Eleonora le había enseñado. Así que aquella mañana, tras su conversación con el espíritu, Hanna Flora se había encontrado metida, de repente, en un lugar enorme y lleno de gente en el que ella no tenía adónde ir.

El sonido de alguien llamando a su puerta distrajo a la chica de sus pensamientos. Al oírlo se sentó en el colchón como un resorte y se pasó las manos por el pelo para peinárselo apresuradamente, tratando de ocultar su aspecto desaliñado. Se puso la corona de nuevo en su sitio y se frotó las mejillas en un intento por secarlas y reducir su rojez.

—¡Adelante!

Una vez le hubo dado permiso, la puerta se abrió: tras ella asomó Hitoshi Shinso, que ladeaba la cabeza con la preocupación marcada en los ojos caídos y una mano apoyada en la madera. Hanna Flora retrocedió inconscientemente sobre la cama. Al verlo, el chico frunció ligeramente los labios, buscando las palabras adecuadas mientras miraba a la joven crisparse por momentos.

—¿Estás bien? Llevas… evitándome desde esta mañana.

Ella se dio cuenta entonces de la postura tensa de su cuerpo y se obligó a relajarse. Esbozó una sonrisa falsa y suspiró, tal vez demasiado cerca de llorar.

—Sí, no es nada. Estaré bien, perdona que haya estado evitándote.

Él arqueó una ceja. Tras una breve pausa, miró atrás para comprobar que nadie lo veía y se metió en la habitación sin siquiera pedir permiso. Cerró tras él y, al inspirar profundamente, un penetrante olor floral le llenó las fosas nasales y le relajó los músculos.

—Huele bien.

—Gracias.

Hitoshi se sentó a los pies de la cama y miró alrededor. La habitación de Hanna Flora parecía un pequeño portal a un mundo muy diferente al suyo: las paredes pintadas a mano de blanco y las estanterías abarrotadas de plantas, flores, libros y cuadernos sin un orden aparente. Sobre su escritorio, una percha con forma de árbol sujetaba varias coronas y otras joyas elegantemente dispuestas entre ramas relucientes. A su lado, un ordenador portátil de aquellos caros, finos, blanco y como nuevo, con pegatinas de flores y corazones y una agenda abierta poco más allá. Shinso no pudo evitar curiosear con la mirada las páginas llenas de dibujitos, fotos y elaborados trabajos de organización: marcadores, títulos, colores y alguna que otra flor.

Inusualmente tierno.

Ella no decía nada, prácticamente pegada a la pared contraria pero sin dejar de sonreír. Él no la miraba.

—¿Estás cómoda aquí, Hanna?

Ella se humedeció los labios para callarse la corrección y parpadeó, confundida.

—¿Por qué lo preguntas?

—Por suerte o por desgracia… he aprendido a leer las intenciones de la gente. Y sé cuándo alguien es sincero al hablar. —Entonces se volvió para mirarla—. ¿Por qué tú nunca lo eres con nadie?

El color abandonó inmediatamente el rostro de Hanna Flora. La chica abrió de nuevo la boca para responder pero, por una vez, no supo qué decir. ¿Se había dado cuenta? Todo este tiempo, ¿Shinso había sabido que ella no estaba siendo sincera? ¿Por qué, aun así, había lidiado con su cariño, con su presencia, si sabía que todo era mentira?

—Yo…

Levantó ambas manos, tratando de explicarse, intentando buscar las palabras que la excusaran, pero la ansiedad le atenazó la garganta y la dobló sobre sí misma con un suspiro.

—No se me da muy bien socializar —reconoció finalmente, derrotada. Hitoshi la miró con las cejas arqueadas, sorprendido de que ella realmente decidiera abrirse—. Yo… vengo de una familia noble. Siempre estudié en casa: con profesores particulares, todos los mejores profesionales. Dietistas, músicos, psicólogos. Todo el mundo pendiente de mí —añadió con una carcajada—. Me encontré metida en fiestas presuntuosas y protocolos falsos. Así que aprendí a hablar como mis padres me enseñaron, siendo complaciente y correcta. Esta es la primera vez que acudo a clase con otra gente de mi edad, y no sé expresarme de otra forma.

Hitoshi, sin dejar de mirarla, dejó que se hiciera otro de aquellos silencios. Hanna Flora empezaba a apreciarlos.

—Puedes probar —dijo al fin. Algo en su tono bajo, en su voz grave, cosquilleaba el pecho de la chica—. ¿Cómo te sientes?

Ella agachó la cabeza.

—Perdida —admitió—. Mi familia lo elegía todo por mí. Incluso arreglaron un matrimonio con un héroe profesional, para mantener nuestro estatus. Ya sabes… —Hitoshi negó suavemente con la cabeza, lo que logró arrancarle una carcajada a ambos—. La cuestión es que llegó un momento… en que no pude más. Supliqué a mi psicóloga que me sacara de allí. Quería ver el mundo más allá de mi casa. Y vino… alguien.

Esta vez fue ella la que tuvo que hacer una pausa. Si había una sola cosa en la que Eleonora era abiertamente estricta, era en la confidencialidad. Shinso esperó.

—Ese alguien —continuó ella al fin, pasándose las manos por los calcetines bordados con hebras blancas y doradas— habló con mis padres. Me ofreció un futuro fuera de allí y me guio hasta aquí. Ella rompió el acuerdo de matrimonio, me alistó en la UA… —Entonces, levantó la mirada a la de Hitoshi—. Y me pidió que te conociera.

Él suspiró y se pasó una mano por el pelo de la nuca. No podía decir que no se lo esperara. No era la primera —ni sería la última— vez que alguien trataba de acercarse a él con segundas intenciones. Aun así, ella no había terminado.

—Esta mañana… esta persona me ha dicho que ha hecho mal llevándome de la mano. Que yo tengo que ser libre de hacer lo que quiera. Pero yo… no conozco nada fuera de lo que ella me ha enseñado. Y no sé qué hacer. Por una vez puedo hacer lo que quiera, pero no sé qué quiero.

Él se acercó, muy lentamente, a ella. Durante la conversación, la joven había ido relajando el cuerpo, así que él se atrevió a ofrecerle una mano.

—Así que te sentías culpable.

Hanna Flora asintió muy lentamente.

—No sabía mirarte a la cara sabiendo que… ¡sabías que te estaba mintiendo!

Él soltó una carcajada. Bajó la mano a la rodilla de ella y se la acarició con delicadeza.

—Supongo que estoy acostumbrado. Pero… no más mentiras.

Ella asintió. Sin embargo, luego buscó su mano y enredó los dedos de ambos. Hubo algo en aquel contacto que se le hizo mucho más grande que ellos dos. La piel fina, delicada, insegura de ella acariciando las manos angulosas, ásperas, firmes, de él.

—Shinso —murmuró ella—. Esa persona me dijo… que yo era excepcional. Pero no soy capaz… de verme así. Solo veo mentiras, y lo que otros han construido. No sé quién soy debajo de todo eso.

Él soltó una carcajada. Hanna Flora, desconcertada, levantó la mirada a aquella sonrisa torcida. Y fue aquello lo que encendió un fuego en su pecho que ella ya no sabría contener.

—Hay cosas mucho más importantes que preocuparse por la opinión que otro tenga de ti. No tienes que ajustarte a lo que otros crean que significa eso de excepcional. Tú haz lo tuyo, que es lo que importa.

Ella se olvidó de respirar un momento. Se llevó la mano al pecho, consciente del calor que empezaba a escalarle por las entrañas y le hacía cosquillas en la punta de los dedos. Se perdió en los ojos de Shinso, la heterocromía azul y rosa chispeándole en la mirada.

—¿Qué es lo mío?

Él, que notaba la emoción que se le había arremolinado en la voz, le apoyó el puño en el pecho.

—Todo lo que te haga sentirte así.

Fue mucho más tarde cuando los miembros de la Liga de Villanos llegaron a su base. Dabi, aunque no venía con el resto, sí llegó al mismo tiempo y fue el primero en tirarse sobre el sofá. El resto se pusieron cómodos; Toga se ocupó de limpiar su cuchillo y Bloodlust se encaramó a la repisa de la cocina para transformarse en una cafetera y desaparecer. Poco después, Amelia salió de su habitación ya con ropa cómoda y un botecito en las manos. Dabi la miró de reojo.

—¿Has ido a ver a los nomu?

Mientras ella se acercaba, el joven se irguió en su asiento y se quitó la camiseta de un tirón. Toga no pudo evitar mirar de reojo los músculos magullados del villano y su postura relajada mientras la sirena se sentaba sobre su regazo y abría el bote de crema.

—Spite no sobrevivirá mucho tiempo —murmuró. Dejó la tapa del bote a un lado y cogió algo de crema para empezar a aplicarla sobre las cicatrices del torso de Dabi, como si el resto de la Liga no estuviera presente en aquella misma sala. Él había apoyado los brazos sobre el respaldo del sofá y se toqueteaba las grapas del rostro con expresión ausente, mirándola con la sonrisa de quien admira su posesión más valiosa. Spinner se hizo notar con un carraspeo y desvió la mirada del pijama tal vez demasiado vaporoso de Amelia.

—Es al que le arrancaron la mandíbula, ¿no?

Ella asintió, pero Dabi la interrumpió chasqueando la lengua.

—¿Les has puesto nombre?

Amelia ignoró por completo el comentario. Tan solo… aplicó un poco más de presión mientras le ponía la crema en las cicatrices. Él la miró mucho menos sonriente, pero no dijo nada.

—Sí —continuó ella—. Ya no puede expulsar ácido, y parece que la herida se le ha puesto fea. Está muy débil. Los otros dos… están bien. Unos pocos arañazos, pero nada que les impida moverse bien. Hexcavator ha perdido algo de visión después del ataque de Eleonora, pero no es algo que necesite realmente si se le guía bien.

Con un gesto tal vez demasiado provocativo, la chica pasó las manos por los brazos de Dabi para aplicarle el ungüento, lo que la hizo agacharse hacia adelante y rozarle los labios con una sonrisita. Él se hizo de rogar, pero finalmente le dio un beso y esbozó de nuevo aquella repugnante sonrisa posesiva. Shigaraki fue el primero en perder la paciencia.

—Hablando de Eleonora.

Dio un golpecito a Bloodlust, que se deshizo sin demasiadas ganas y adoptó su forma humanoide, con la que se acercó a Magne y se sentó a su lado. La mujer le acarició el pelo áspero y oxidado, que se encallaba y daba chasquidos al moverse mientras el robot redirigía su atención a la conversación. Tendrían que volver a conseguirle aceite… No tenía buen aspecto.

Tomura se quitó la gabardina y las manos de encima sin ningún tipo de prisa mientras el resto esperaban a que continuara. Tan solo dejó fuera a Padre, que se apartó del rostro un momento cuando fue a sentarse en el sofá. Se pegó muy conscientemente al cuerpo de Dabi, lo que lo obligó a cerrar los brazos y las piernas que tan gustosamente había abierto, y le hizo un gesto a Amelia. Al principio, la chica no entendió: pero luego el líder de la Liga echó la cabeza atrás con el mayor suspiro de disgusto que pudo reunir. Con una amplísima sonrisa, la chica se levantó del regazo de Dabi y se sentó en el de Tomura, sobre el que se inclinó para echarle, con infinito cuidado, crema en la piel maltratada del rostro.

—¿Qué pasa con ella? —susurró.

—Ya va siendo hora de que nos contéis qué relación tenéis con ella —remugó él. Pegada a su cuerpo, Amelia notó que sus músculos se tensaban, pero él se forzaba a relajarlos inmediatamente después—. No permitiré que vuestros secretitos nos pongan en peligro.

La sirena dirigió una mirada cautelosa a la mano cercenada que Tomura sujetaba entre los dedos, por encima de su cabeza. Siempre le habían dado repelús, y de cerca le resultaba todavía más escalofriante. Decidió centrarse en su trabajo y pasó un pulgar con delicadeza por el pómulo del chico.

—Eleonora es, en resumidas cuentas, un espíritu con un complejo de salvador enfermizo. Va recogiendo perritos abandonados por ahí y les lava el cerebro a cambio de su lealtad. No puedo decir que sepa qué hace aquí…

—¿Tú eras uno de esos perritos? —murmuró Tomura, despacio para no moverle la mano.

—Bloodlust y yo lo fuimos. Eleonora me encontró en una cueva junto a la playa, ensangrentada y traumatizada. Un grupo de energúmenos había torturado y asesinado a algunos de los míos, y yo los había torturado y asesinado a ellos. Me dijo que ella me aceptaba rota como estaba y que podía hacer el bien si aprendía a perdonar. Me intentó convencer de vivir entre humanos en armonía y de que olvidara lo que me habían hecho en nombre de la paz. Negó mi dolor y mi pasado y me obligó a reformarme.

Toga puso unos exagerados pucheros y se abrazó al brazo de Magne, que agachó la cabeza.

—Suena a alguien que no ha sufrido nunca.

—¿Verdad? —rio Amelia. Pasó un delicado pulgar por la mandíbula de Tomura, que empezaba a crisparse de nuevo ante tanto contacto físico. Así que prefirió cerrar el bote—. Por eso le dije que estaba cansada de su intento por lavarme el cerebro y me junté con gente… que me entendía un poco mejor.

Se levantó del regazo de Shigaraki, que muy de buen gusto volvió a colocarse la mano de su padre en la cara, y fue junto a Twice. Le indicó que se quitara la máscara para poder echarle también en la cicatriz, y él obedeció con manos temblorosas.

—Nosotros te entendemos —murmuró él por lo bajo—. ¡No te compares a nosotros!

Ella sonrió con ternura y le besó la frente antes de guardar finalmente el bote e indicarle que volviera a ponerse la máscara.

—Bloodlust… fue peor. Eleonora logró convencerla de que era inútil, y que estaba inservible para cualquiera que no fuera ella. Pero no acabó de conseguir hacerle creer que la solución era su supuesto amor de madre y obedecer cada uno de sus deseos. Así que parece que se escapó… Me la encontré un día desguazando coches y dejé que me acompañara.

El robot asentía lentamente. En lo enorme de su cuerpo, intentaba acomodarse en el suelo junto a Magne de alguna forma sin romper nada, aunque levantó los tentáculos y mostró los dientes cuando notó que la miraban.

—Y desde entonces me he hecho fuerte. Eleonora nos decía lo que teníamos que ser. Era todo expectativas… Siempre teníamos que ir un poco más lejos para que estuviera orgullosa de nosotras. Para que nos quisiera. Ahora, somos nosotras mismas.

Amelia le guiñó un ojo.

—¡Y destrozamos cosas!

Bloodlust abrió una boca repleta de dientes y sierras, sacudiendo la cola en un gesto amenazador. Emitió un siseo grave, inquietante, que logró hacer que Spinner se apartara de ella unos pasos.

—Y destrozamos cosas. —Sin embargo, volvió a cerrar la boca y le pasó los dedos por el pelo a Magne en un intento de caricia—. Aunque a veces… pienso que quiero volver a casa.

Big sis arqueó una ceja.

—¿Con esa mujer?

Ella sacudió la cabeza.

—No, no… Da igual.

Tomura frunció el ceño y se echó adelante en su asiento. Sin decir nada, tendió a Dabi su camiseta y él la cogió de mala gana. Se la puso en silencio, y Amelia pudo disfrutar de sus ganas reprimidas de golpear a Shigaraki en el proceso.

—Bloodlust —murmuró el líder de la Liga en un susurro amenazador—. Espero que este… "accidente" no afecte a tu lealtad a nosotros. No podemos permitirnos ciertos deslices. ¿Entiendes?

Amelia chasqueó la lengua. Era la única a la que Tomura le permitía replicarle, así que no iba a desaprovechar su privilegio.

—Shigaraki, ¡tiene cinco años! ¿Qué esperas? Al menos tienes a alguien que puede hacerle frente al perro de Eleonora.

Bloodlust mostró los dientes, que volvieron a sus chasquidos habituales. Los tentáculos de su pelo se sacudieron de rabia. Debería haberlo matado. Si él no hubiera estado allí, ella sería quien estuviera junto a Eleonora, no él.

—Morpher…

Fue el mismo cambiaformas el que, apenas tres días después, acompañaba a Eleonora a una sala con tal vez demasiada gente para participar en el examen de licencia provisional. Por órdenes del espíritu tenía que adoptar forma humana, pero se había hecho algo más corpulento para poder establecer una distancia prudencial entre ellos dos y el resto de candidatos.

Eleonora, por su parte, parecía algo menos agobiada mientras los organizadores explicaban las normas del encuentro. Le apenaba que la hubieran asignado a un grupo distinto al de sus alumnos, porque los echaba de menos, pero comprendía que su ayuda podría haber sido decisiva en sus resultados. Hacían bien en separarlos.

Bueno, la primera prueba no iba a ser nada difícil para ellos: conectar las bolas con los objetivos, eliminar a dos personas cada uno. No sería complicado hacerse con cuatro víctimas nada más empezar, si se colocaban en un buen lugar. Ninguno conocía sus habilidades, así que un ataque sorpresa les daría la victoria si se combinaban bien.

Mientras le colocaba los objetivos a Morpher, Eleonora le acarició el pecho y lo miró a los ojos. Él le devolvió el mismo gesto frío e impasible de siempre.

—¿Te ha quedado todo claro? —Él asintió muy brevemente. Entonces ella se puso de puntillas y le dejó un beso tierno en los labios—. Pórtate bien.

Tras estas palabras, la sala se abrió a su alrededor con un chirrido estridente. Ambos levantaron la mirada al campo que los rodeaba, evaluando sus posibilidades en silencio. Y, una vez las paredes de la habitación se asentaron en el suelo con un golpe amortiguado, los estudiantes se dispersaron en todas direcciones. Eleonora no quiso avanzar mucho: buscaba con la mirada un lugar visible donde Morpher y ella pudieran tener el control total del terreno. Sabía lo que tenía que hacer, lo habían ensayado con Ectoplasm, pero los nervios se le agolpaban en la garganta y le sudaban las manos. Si tan solo no tuviera tantas cosas en la cabeza…

No pudo pensar más, porque dieron el pistoletazo de salida.

Tal y como habían practicado, Eleonora se lanzó la primera hacia el grupo de participantes más cercano. Proyectó hacia adelante una explosión cegadora de luz, lo que logró hacerlos retroceder, y se elevó en el aire. Pisándole los talones llegó Morpher, que se abrió paso junto a ella y vomitó un amasijo de tentáculos negros que se abalanzaron sobre sus oponentes y los apresaron en cuestión de segundos. Mientras los apéndices se cerraban en torno a sus víctimas, que se resistían en vano, Eleonora se deslizó por el aire y conectó sus bolas con los objetivos de los estudiantes apresados.

—¡Morpher!

Sin embargo, justo cuando alcanzaba su último objetivo, Eleonora notó un cambio en los movimientos del cambiaformas.

Todo pasó demasiado rápido.

Con un burbujeo húmedo, una de sus víctimas perdió solidez y se deshizo del agarre de Morpher; el tentáculo se cerró en el aire y la criatura retrocedió con un jadeo en un intento por recuperarla. Aprovechando el breve instante de confusión, el último estudiante se encorvó sobre sí mismo: decenas de púas metálicas le nacieron de la piel y se clavaron en la sustancia negra que lo retenía. Se retorció y sacudió los brazos, abriéndose paso a tajos entre los apéndices de Morpher para liberarse. Nada más tocar el suelo, el chico giró los talones y saltó hacia él, con los puños listos y acorazados de pinchos. La que se había liberado antes regeneró su cuerpo y saltó también hacia él enarbolando sus bolas.

Morpher se encogió, esperando órdenes, y Eleonora recibió una llamada.

—Los participantes que hayan aprobado deben dirigirse a la sala de espera.

Oh, no. No.

—¡No! ¡Esperad!

Morpher no podía quedarse solo.

Hanna Flora Lilesse

Edad: 18

Don: Sangre dulce

Su sangre tiene un olor dulzón. No tiene ninguna propiedad especial o diferente, ni se puede desarrollar de ninguna forma, así que a menudo se presenta como sin don. Su padre tenía la sangre azul y su madre puede emitir aromas a través de la piel, lo que dio lugar a su singularidad.

Altura: 1,65m