Amelia llegó a la base de la Liga de Villanos quitándose la chaqueta a tirones. La dejó por ahí, sin mirar mucho dónde, y se quitó la camiseta con una contorsión del cuerpo. No tenía tiempo que perder. Spinner, que había ido a saludarla, se dio media vuelta al ver que la sirena se desnudaba en la misma puerta de la base.
—¡Bloodlust! —llamaba la chica—. Los nomu están fuera, tenemos que irnos.
Dabi, que al oírla llegar había salido de su habitación, se acercó a ella a grandes zancadas. Golpeó a Spinner a medio camino, resoplando de ira, pero no se detuvo hasta que colisionó contra el cuerpo de Amelia y la empujó hacia atrás. La agarró por el cuello, arrancándole una exclamación, y se acercó a su rostro con tal brusquedad que le golpeó los labios con sus dientes serrados. Resopló junto a ellos, caliente, depredador.
—¿Te has tirado a Mr. Compress?
Spinner decidió que, definitivamente, era el momento de irse. Retrocedió hasta la habitación del Mr. Compress y Twice y se aseguró de que ninguno de los dos tuviera intención de salir. Tomura, sin embargo, no se movió de aquel amasijo de muebles al que llamaban cocina: daba tranquilos sorbos a un vaso de agua, apoyado contra la encimera hecha añicos y observándolos en silencio. Amelia boqueó por la falta de oxígeno y le agarró la muñeca al joven que la ahorcaba.
—Dabi. Tengo a los nomu esperando fuera…
Él la soltó con un empujón. Amelia trastabilló y cayó contra la puerta, pero luego acabó de quitarse los pantalones de una patada y se los tiró enfurruñada contra el pecho. Él los cogió y se los llevó al rostro en un gesto puramente posesivo. Amelia, reafirmada en su poder sobre él, tragó saliva y levantó la barbilla.
—No debería importarte, ¿no? —jadeó—. No somos nada.
Aquellas fueron las palabras equivocadas. Dabi dejó caer los tejanos que sujetaba al suelo y fue a aprisionarla contra la puerta de un manotazo. Aprovechó la ligera diferencia de altura para inclinarse sobre ella, amenazador.
—No te rías de mí, Amelia. ¿Qué le ves a esa lamentable excusa de villano?
Ella mantuvo la barbilla alta. Levantó la mirada, ojos azules clavados unos en otros.
—Me trata como a una diosa. Deberías aprender algo de él.
Él ladeó la cabeza. Levantó un labio para mostrarle los dientes, furioso y tremendamente molesto, tras lo que se presionó contra el cuerpo desnudo de la chica. Ella no se resistió, pero tampoco relajó los músculos un ápice. Le daba igual notar la hebilla del cinturón del villano clavarse dolorosamente en su cadera.
—Yo te trato como lo que eres —siseó él.
Ella resopló contra los labios del chico pegados a los de ella. A pesar del intento de Dabi de amedrentarla, Amelia estaba dispuesta a desafiarlo, su mirada chispeante de orgullo.
—¿Ah, sí? ¿Y qué soy?
Él se esperó. Se pegó más a ella y se aseguró de arrancarle el aire de los pulmones con el peso de su cuerpo; la crispó contra la madera y le robó el aliento al respirar junto a su boca.
—Mía.
Entonces la besó. La colisión de sus labios golpeó la cabeza de Amelia contra la puerta; ella se retorció, trató de apartarlo, hasta que él le agarró las muñecas… y ella se rindió bajo su fuerza.
Tomura, sentado sobre la encimera y encorvado sobre sí mismo, no había dejado de mirarlos mientras bebía de su vaso de agua. Por muy valioso que fuera aquel mechero con problemas de autoestima, no iba a dejar que le tocara un pelo a Amelia; le daba igual lo posesivo que se pusiera sobre ella. No le importaba lo que hicieran en la cama, o que ella se paseara por la base con el cuello pálido salpicado de morados, pero no iba a permitir que comprometiera su integridad física o mental. La necesitaban operativa.
Cuando Dabi hubo concluido su triste demostración de superioridad, dio un paso atrás y recogió los tejanos que antes había dejado caer al suelo. Miró a Shigaraki por el rabillo del ojo mientras se los cargaba al hombro, desafiándolo en silencio a intervenir. Su líder, sin embargo, no tenía ninguna necesidad de jugar a su juego.
Amelia carraspeó y procedió a vestirse en silencio. Buscaba ponerse algo fácil de quitar; y no por Dabi, por supuesto. Tenía lugares a los que ir.
—¿Habéis visto a Bloodlust?
Shigaraki se humedeció los labios y bajó al suelo para dejar su vaso en la encimera.
—Salió hace un rato diciendo que iba a matar a alguien.
Ella se llevó las manos al pelo.
—¿¡Se ha ido!? ¿Cómo voy a transportar a los nomu a ningún lado sin ella? Joder…
Jadeó, exasperada, arañándose la melena con los dedos. ¡Aquella cafetera impulsiva! Miró a ambos lados, consciente de que los gruñidos a las puertas de la base empezaban a aumentar en intensidad: Firebreather y Hexcavator no se llevaban bien, así que no podría dejarlos allí sin más.
Con un gruñido de rabia, Amelia se colocó bien la ropa y abrió la puerta de par en par.
—Dabi, llévate a los nomu. Que no se maten entre ellos.
Él se volvió de un bandazo para replicar, pero ella ya se había ido cerrando la puerta con un golpe seco. Shigaraki sonrió.
En las afueras de la ciudad, bajo la luz del anochecer, un autocar regresaba de los exámenes de licencia y de vuelta a la UA. En él, los alumnos de la clase B cantaban y se congratulaban por haber aprobado en su totalidad. Haru, que todavía no cabía en sí de emoción, le contaba a Tetsutetsu cómo su alianza con Monoma y los taladros Sen Kaibara lo había llevado a la victoria en los terrenos inundados de la prueba. Gesticulaba ampliamente, levantaba la voz, disparaba la mirada aquí y allá en un intento por explicarse. Tetsutetsu lo miraba con los ojos muy abiertos, tan emocionado como él y con los puños cerrados con la fuerza del orgullo que le llenaba el pecho.
Al frente del autobús, junto a Sheziss y Vlad King, Eleonora se recostaba contra la ventana agarrada de la mano de Morpher. Como había tenido que hacer el examen en otra ubicación, había tenido que reunirse con los jóvenes de la clase B para poder volver con ellos en autocar. Se moría de ganas de saber cómo les había ido a sus predilectos de la clase A. Pero, si aquellos chicos habían aprobado, ¡seguro que sus protegidos lo habían logrado también! Quería tener fe. Y abrazarlos a todos.
Sin embargo, en cuanto el autocar empezó a cruzar el puente que los separaba del resto de la ciudad, los Excepcionales en el vehículo se retorcieron en un escalofrío. Haru jadeó y se revolvió contra su cinturón y Sheziss se levantó como un resorte:
—¡Detenga el autocar!
Una mole oscura se abalanzó sobre la carretera.
El conductor tuvo que dar un volantazo en un intento por esquivarla; el vehículo resbaló por la carretera con un terrible chirrido y se ladeó peligrosamente. Los alumnos se libraron de sus cinturones y saltaron al lado contrario del autobús en un intento por detenerlo… pero entonces Eleonora se dio cuenta de que no iban a poder hacerlo desde dentro.
Estaban cayendo.
En su inmenso poder, el gigante negro sobre el puente había logrado romper la estructura: el asfalto se agrietaba, los cables se soltaban zumbando contra el aire, y la carretera empezaba a inclinarse peligrosamente hacia abajo.
—¡Morpher!
A su orden, el cambiaformas se puso en pie y se abalanzó sobre la puerta para abrirla a la fuerza antes de que el conductor pudiera ayudarlo. Saltó a través de la apertura; tomó su forma de nomu, clavó los pies en el suelo y detuvo la caída del vehículo con un golpe de los cuatro brazos. La carrocería se abolló, los estudiantes resbalaron unos sobre otros, pero el autocar no avanzó más.
Claro que… a Morpher le daban igual el resto de coches.
Por ello, el resto de la clase B se había lanzado ya a la acción: habían estallado una de las ventanas para salir por ella, y se organizaban en grupos de rescate bajo las órdenes de Kendo. Uno de ellos se ocupaba de detener los coches que caían, mientras que otro se centró en evacuar a los civiles en peligro. Shiozaki y Pony se mantuvieron al borde de la brecha, encaramadas a los cables, para vigilar que nadie cayera al agua. Una vez vacío el autocar, Sheziss, Eleonora y Vlad King salieron por la puerta abollada. Eleonora pasó una caricia por el muslo tenso de Morpher para indicarle que podía relajarse y acompañó a sus compañeros al borde del boquete para encararse al monstruo colgado del puente.
Aferrada al asfalto que se abocaba cada vez más peligrosamente al agua, agarrada a él con zarpas grandes como puños, Bloodlust siseaba como una serpiente de cascabel. Sheziss fue la primera en asomarse: al verla, la cabeza del robot se abrió en una sonrisa rebosante de dientes.
—¡Zizi! —chirrió torciendo el cuello—. Qué casualidad verte por aquí. ¡Una pena que tenga cosas que hacer!
Entonces arqueó la espalda, clavó las garras de los pies en el suelo y subió doblando el cuerpo sobre el puente. Se irguió majestuosamente sobre el asfalto y, como si no los viera, levantó los pies por encima de los tres adultos para pasar. Al ver a Morpher aceleró el paso y, a grandes zancadas, se dirigió hacia él con los brazos abiertos.
—¡A ti venía yo a verte!
El cambiaformas no se esperó a recibir órdenes. Emitió primero un gruñido gutural de advertencia y gachó el cuerpo pero, al oír que Bloodlust seguía acercándose, agarró el metal abollado del autobús y lo lanzó de un bandazo contra ella.
El vehículo impactó de lleno contra el robot, se arrugó como una lata vieja y la lanzó hacia atrás, pero ella logró redirigir parte del peso con los brazos y empujó el vehículo al agua con un giro del cuerpo antes de abalanzarse con un rugido sobre el cambiaformas. Los ecos metálicos de su voz chirriaron como un tenedor sobre pizarra.
—¡Muérete!
Morpher le agarró los brazos con sus cuatro manos y logró amortiguar el golpe. Le mostró las afiladas hileras de dientes, escupiendo ácido por las muelas.
Eleonora se volvió hacia Sheziss. Si su vida dependía de ello, Morpher no escucharía ninguna orden. Al fin y al cabo, la simbiosis solamente funcionaba si los mantenía vivos a los dos y a él no le interesaba arriesgarse. Así que tendrían que dejarlos pelear. Vlad King, que se apresuraba a contactar con los héroes locales, hizo un gesto a ambas tutoras.
—Sheziss, ve con los alumnos. Star; me ayudarás a mantener a Bloodlust distraída.
Ellas se pusieron en marcha inmediatamente. La vampiresa esprintó hasta sus estudiantes, recorrió el lugar con la mirada y comprobó que todos estaban a salvo. Algunos, como Tetsutetsu o Shishida, estaban rasguñados de cargar coches, pero por lo demás parecían estar todos bien. Awase jadeaba de cansancio aferrado al último coche que había tenido que soldar.
La vampiresa subió de un salto a uno de los coches, que chirrió bajo su peso, y supervisó la evacuación con los labios temblorosos y un nudo en la garganta.
Ver a Bloodlust en aquel estado le desgarraba las entrañas… Pero, ¿cómo podían detenerla? Ella parecía odiarlos ahora tanto como los amaba. Se había lanzado al ataque sin ningún tipo de plan o apoyo. Aquella cosa que ahora trataba de asesinar a quien siempre había admirado era, solamente, una carcasa de lo que en un día había querido ser Rhyonna.
Si tan solo pudiera detener su dolor…
Entre el caos, Honenuki y Bondo se escaparon de su vigilancia. Honenuki llevó las manos al suelo para ablandarlo, lo que logró desequilibrar a Bloodlust. El robot se sacudió con un bufido, molesta, y se torció sobre su torso violentamente para alzar las garras hacia él.
—¡Niñato!
Morpher retrocedió y agachó el cuerpo para prepararse para un nuevo ataque. Sin embargo, un temblor sacudió el puente y Honenuki tuvo que retirar su singularidad tan rápido como la había desplegado para evitar que cayeran todos. Los cables metálicos se soltaron, haciendo silbar el aire, y la carretera se inclinó todavía más peligrosamente. Eleonora se agachó a tiempo para recuperar el equilibrio, pero Vlad King perdió pie y cayó al suelo. Ahogó una exclamación en un intento por pedir ayuda, trató de recuperar el agarre, pero resbaló hasta el borde sin poder hacer nada por evitarlo. Por suerte, detrás lo esperaban los cuernos de Pony, que lo agarraron por las axilas y lo anclaron al suelo hasta que las vides de su compañera pudieron agarrarlo y arrastrarlo a tierra firme.
En el proceso, el cuerpo del hombre voló junto a Bloodlust; el robot se volvió hacia él y trató de atacarlo, pero Morpher se abalanzó sobre ella para detenerla.
Mientras los gigantes colisionaban en aquella trampa de asfalto, Bondo se lanzó a la rampa con las vides de Shiozaki atadas a la cintura a pesar de los gritos de sus profesores. Ahora era un héroe. Ahora podía ayudar. Enzarzada en su pelea, Bloodlust cometió el error de ignorarlo. Así que él se acercó tanto como pudo, indicó a Morpher que retrocediera y vomitó su pegamento por el suelo y por las piernas del robot: el adhesivo fluyó entre sus piezas y huecos y se endureció a la orden de su usuario.
Por un momento, esto logró inmovilizarla.
Mientras Shiozaki retiraba inmediatamente a su compañero del campo de batalla, Bloodlust se dobló sobre sí misma con un rugido. Sacudió el cuerpo, furiosa, siseando de frustración en un intento por liberarse de aquella maldita sustancia que le había aferrado el espacio entre las piezas. Morpher trastabilló hacia atrás y cayó pesadamente al suelo. Bondo se encargaba a duras penas de llenar de adhesivo la grieta que amenazaba con terminar de romper el puente, pero el golpe del nomu contra el asfalto la quebró y tuvo que volver a empezar. Morpher jadeaba y babeaba de dolor. Se llevaba una mano a un profundo corte en el torso, que sangraba copiosamente, y uno de sus hombros era poco más que un amasijo de carne verdosa y cortes coagulados. Trató de volver a levantarse, pero una de sus rodillas se negaba a responderle.
Aun así, a los pocos segundos quedó claro que Bloodlust no podía avanzar. Vlad King se agachó junto a Bondo, que se daba un descanso, y le apoyó una mano en el hombro.
—Lo has hecho muy bien. —Entonces levantó la mirada al cielo. Había pedido auxilio hacía ya rato, así que levantaba la mirada al cielo y buscaba, desesperadamente, señales de que Endeavor estaba de camino. Tras su último encuentro, parecía ser el único héroe que Bloodlust consideraba que no podía vencer sola—. Descansa.
En la zona del ataque, Morpher seguía tratando de retroceder. Su peso le dificultaba el trabajo a Bondo, pero al menos ganarían algo de tiempo. Se hubiera transformado para huir de allí volando, o al menos para no pesar tanto en aquel pedazo de asfalto, pero la gravedad de sus heridas lo mataría si trataba de cambiar de forma en aquel estado.
Bloodlust seguía revolviéndose, iracunda, chillando y siseando furiosamente. Se inclinó sobre sí misma y clavó las garras en el asfalto para poder tirar, pero nada parecía suficiente para liberar sus piezas de aquella barricada de pegamento.
Cuando comprobó que era seguro acercarse, Eleonora dio algunos pasos dubitativos hacia el robot. Ella se detuvo y entrecerró los ojos con un bufido. Los tentáculos de su pelo se arquearon como serpientes.
—Madre.
—Bloodlust —susurró ella. El tono bajo de su voz obligó al robot a moverse más despacio y agacharse para poder oírla—. ¿Por qué haces esto?
El cuerpo entero de la villana se convulsionó, y una onda metálica recorrió su piel con un escalofrío, si es que ella podía sentir aquellas cosas. Miró a los ojos al espíritu, alargó una mano en vano hacia ella y cerró las garras con una caricia al aire.
—Quiero volver a casa, madre…
Eleonora osó dar unos pasos más hacia adelante. Estiró un brazo muy lentamente, le acarició los dedos fríos llenos de piezas oxidadas, le cogió una zarpa con manos cautelosas.
—Puedes hacerlo, mi niña… —Intentó. Su voz maternal, esta vez teñida de verdad y de pena, logró hacer levantar la cabeza a Bloodlust—. Podemos empezar de cero.
Ella tardó unos momentos en responder. Escrutó su mirada tierna con sus luces rojas, se perdió en aquellos ojos brillantes tan diferentes a los de ella. Entonces negó lentamente con la cabeza.
—No.
Con esta sentencia, la mano que Eleonora agarraba afiló las garras y lanzó un zarpazo: el metal abrió la piel del brazo de la tutora como mantequilla y le arrancó un grito. La joven retrocedió a trompicones, sollozando de miedo y confusión.
—¡Bloodlust!
Ella clavó ambas manos en el suelo y erizó el cuerpo entero en un empujón. Jadeaba pesadamente, las piezas de su pecho girando a velocidades que no habían alcanzado antes. Acuchilló a Eleonora con la mirada y dio un coletazo al aire.
—¡No! Ese nombre también me lo has dado tú.
Entonces, con un chasquido, sus piernas se desprendieron de su cuerpo. Las piezas de Bloodlust se hundieron en un torbellino de chirridos metálicos y se ondularon, zumbando entre ellas, mientras se redistribuían y trataban de reconstruir su cuerpo a falta de la mitad de su masa. En cuanto recuperó los pies, un robot mucho más pequeño los hundió en el suelo y se lanzó hacia Eleonora emitiendo un estridente, desgarrador chillido. El espíritu se agachó, Bloodlust sacó las garras.
Hasta que una llamarada chocó contra ella y la detuvo en seco.
Lenguas brillantes de fuego se derramaron por los huecos entre las piezas de Bloodlust y se colaron como una plaga en su cuerpo. Lamieron las cuencas de sus ojos, su boca, su pecho; la criatura retrocedió a trompicones y se desplomó pesadamente sobre el asfalto. La falta de agarre la hizo resbalar algunos metros, pero las llamas se intensificaron y le soldaron los pies al suelo. Sheziss se volvió de golpe sobre su puesto sobre el coche y chilló:
—¡No, fuego no! ¡Para! ¡Lea!
Eleonora, sin embargo, solamente miraba a su hija arder.
Se acercó a ella, las llamaradas reflejándose en la sangre que le bajaba por el brazo. Observó cómo sus piezas se libraban del óxido, por fin, y se derretían lentamente. El fuego se hizo más intenso y se volvió azul, y Bloodlust dejó escapar un agónito grito de socorro.
—¡Mamá!
Alargó una zarpa hacia ella, sus ojos chispeantes de dolor, ira, amor, impotencia, odio; pero su arañazo se detuvo a mitad. Sheziss bajó del coche de un salto y echó a correr hacia Endeavor, que sudaba copiosamente de esfuerzo mientras descarcaba su fuego contra el robot. Se lanzó contra él, desesperada, pero Vlad King corrió hasta ella y logró agarrarla antes de que lo alcanzara. Los brazos de la vampiresa se cerraron en el aire.
—¡No!
Sheziss se revolvió, pataleó, chilló, pero no quería hacer daño al profesor que la agarraba. Así que propinó un taconazo al hombro de Endeavor, dispuesta a atravesarle la piel a base de patadas. Él no se movió. El color del fuego le enrojecía la piel y le había hecho sangrar la nariz, pero ella no dejó de sacudirse.
—¡Para! —suplicaba—. ¡Por favor, Endeavor, para!
Las llamas se apagaron demasiado tiempo después.
En los dormitorios de estudios generales, a Hanna Flora le cayó una caja de las manos. Tierra, plantas, macetas se estrellaron contra el suelo de baldosas de la sala común. La chica, pálida como el papel, se llevó una mano al pecho y cayó de rodillas.
Irwin entrenaba con tres jóvenes héroes de tercero cuando un mareo le golpeó el pecho y le robó el aire de los pulmones. En ese momento, lo único que pudieron sentir sus cuernos fue el grito desgarrador de Percyval en la sala de profesores. Enid se estremeció en su autocar.
Haru, aturdido por una súbita falta de aliento, trastabilló hasta la columna de humo que emergía del boquete en el puente. Kendo y Tetsutetsu lo acompañaron y se detuvieron al ver el cuerpo rendido de Sheziss sollozando derrotada en brazos de Vlad King. Morpher perdía el equilibrio, aturdido, agachando la cabeza y bebeando ácido incontrolablemente sobre el asfalto. Junto a ellos humeana un amasijo de metal fundido todavía al rojo vivo del que, si alguien miraba con la suficiente imaginación, parecía emerger una garra y una cabeza con la boca demasiado abierta.
Con el fuego, los ojos de Bloodlust, vacíos y desencajados, se apagaron para siempre.
