El cuerpo de Sheziss perdió toda su fuerza entre los brazos de Sekijiro. La vampiresa se estremeció en un sollozo, sintió que se ahogaba y boqueó, pero el profesor la ayudó a ponerse de pie en el suelo y le agarró los brazos. Ella se tambaleó. El mundo le daba vueltas alrededor, giraba y se emborronaba. Cada vez que volvía la mirada a aquel amasijo metálico, humeante, irreconocible, se le cerraba el estómago y las arcadas la doblaban sobre sí misma. Se aferró a los hombros de Vlad King en un intento para mantener el equilibrio, pero cayó sobre su pecho y dejó escapar un largo lamento de dolor.
Endeavor se acercó a ella, arrastrando los pies por el calor y el cansancio. Bajó la mirada y alargó una mano hacia Sheziss… pero ella se volvió de golpe y le lanzó un taconazo a la muñeca. Luego trastabilló y cayó de nuevo sobre Vlad King, pero pudo mirar a los ojos del héroe y mostrarle los colmillos dilatados de odio.
—Eres un monstruo —siseó, sus pupilas contraídas por el veneno que la carcomía por dentro—. Mereces todo lo que te ha pasado.
Se sacudió entre los brazos de Sekijiro, furiosa, pero él la agarró y le impidió acercarse a Endeavor, que había dado un paso atrás y se agarraba la muñeca herida con los ojos abiertos de par en par.
—Sheziss, por favor —murmuraba el profesor tras ella, tratando de calmarla con el calor de su pecho—. Sé que estás alterada, pero ahora tenemos que sacar a los chicos de aquí.
Algo que, al parecer, Eleonora ya había empezado a hacer. Sin decir nada, se había apartado del cadáver de metal fundido, luchando contra la gravedad del asfalto inclinado con una solidez que nadie le había visto antes, y había arrastrado los pies hasta sus estudiantes. Morpher la seguía con la cabeza gacha. Sheziss se volvió hacia el espíritu mientras ella, mortalmente seria, guiaba a los alumnos y peatones a un lugar seguro y ayudaba a liberar los coches que todavía funcionaran. Por una vez completamente desprovista de luz, la piel de la tutora había adquirido un tono apagado, mustio, de un gris deprimente más parecida a la piel translúcida del cambiaformas. Cuando llegara Cementoss, podrían volver a la UA. Hasta entonces, tenían que lograr que se apartaran todos del boquete.
—No tuve otra opción —intentó Endeavor con voz grave. Se frotaba las manos magulladas con gesto ausente, pero Sheziss estaba cegada por el odio, el dolor y la pérdida y no vio el reflejo oscuro de sus ojos.
—¡Sí la tuviste! ¡Bloodlust merecía vivir!
—Sabes que Endeavor tiene razón —susurró Sekijiro acariciándole el vientre. Trataba de calmarla, así que la envolvió con su cuerpo y le encajó la barbilla junto al cuello—. No iba a atender a razones, Sheziss. Ella…
Entonces empezó la canción.
Sheziss tardó un poco en reaccionar, pero tras unos momentos de desconcierto se dio cuenta de que la fuerza en los brazos de Vlad King había disminuido. La mirada de Endeavor se había perdido en algún punto de la nada. El héroe se giró sobre sus talones y escrutó las aguas tranquilas del río.
Sheziss conocía aquella voz.
Tras asegurarse de aferrar los brazos de Sekijiro con las manos, la vampiresa se quedó quieta, expectante. Observó como Endeavor daba algunos pasos dubitativos hacia el borde de la carretera, la mirada clavada en un punto concreto del agua. Al hacerlo, el hombre resbaló un poco por la inclinación, pero recuperó el equilibrio con un gesto de los brazos y se estiró un poco hacia el río. Sheziss se humedeció los labios a medida que lo veía avanzar.
—¿...Sheziss? —murmuró Vlad King. Repentinamente, sus brazos recuperaron la fuerza y se libraron del agarre de la vampiresa de un empujón—. ¡Sheziss! ¡Endeavor!
El profesor se lanzó a la carrera sin pensarlo dos veces. Lanzó su sangre contra los pies del héroe para anclarlo al asfalto, y repitió después el proceso consigo mismo para dejar de resbalar boquete abajo. Tuvo que sacudir los brazos, porque la inercia amenazó con lanzarlo al agua, pero finalmente logró afianzarse sobre su ancla.
—¡Endeavor! —rugió—. Es la sirena de la que te hablamos, ¡no la escuches!
El héroe reaccionó entonces. Parpadeó varias veces, confundido y descolocado, pero bajó la mirada al agua a tiempo de ver una figura blanquecina ascender como una flecha hasta él.
—Ni se te ocurra.
Con un rugido de rabia, Endeavor estiró ambas manos hacia la criatura y derramó todo su fuego sobre la superficie del agua. Un grito chocó contra el bramido de las llamas, pero Endeavor pudo ver que las aletas irisadas bajo el agua daban media vuelta y se refugiaban de nuevo en las profundidades.
Una vez el vapor de la superficie se disipó, Vlad King se volvió con un golpe hacia Sheziss.
—¿Se puede saber en qué pensabas? ¿Pensabas quedarte a mirarlo morir sin hacer nada?
Ella se dio media vuelta. Por su bien, se obligó a volver junto a sus alumnos. Monoma, que jadeaba y sudaba copiosamente tras sus esfuerzos en el equipo de rescate y evacuación, se abrió paso a empujones entre sus compañeros para ir a abrazarla. Chocó contra el cuerpo de la vampiresa y se aferró a él con toda la fuerza que le quedaba… y fue aquello lo único que logró destilar el veneno del pecho de la vampiresa.
—Sheziss… —gimió, tembloroso como una hoja—. ¿Qué está pasando? ¿Qué es eso?
Ella echó la vista atrás. Miró, una vez más, la tétrica estatua de muerte retorcida sobre el asfalto mientras Endeavor y Vlad King arrastraban los pies de vuelta a suelo firme.
—Era… alguien peligroso —murmuró. Se le rompió la voz, atacada por el nudo en su garganta, pero ella se obligó a tragarlo y acariciarle el pelo rubio a su alumno predilecto—. Pero ya estáis a salvo. Lo has hecho muy bien, Neito. Estoy muy orgullosa de ti.
Él se relajó con un temblor. Rendido, dejó que su tutora lo cogiera en brazos y lo acompañara al nuevo autocar que los llevaría de vuelta a la UA. De camino, Sheziss cruzó una mirada con el fantasma de Eleonora. Ella se había sentado sobre un coche con Morpher al hombro, y miraba a la gente pasar con gesto ausente y los ojos apagados. Tal vez, se dijo Sheziss, esas mismas palabras que ahora le endulzaban la lengua… habrían ahorrado muchos problemas al espíritu. ¿Cuándo las había oído por última vez?
Se las había susurrado Sekijiro, un día en que ella había dudado de su capacidad como tutora.
La vampiresa chasqueó la lengua. Mientras Monoma cojeaba junto a ella, la mujer levantó la barbilla y repasó su clase con la mirada. Uno, dos, tres, cuatro…
Vlad King se le adelantó, y su poderosa voz detuvo la evacuación.
—¿¡Dónde está Kendo!?
Sheziss se volvió solamente a tiempo de ver a la delegada de la clase andar directa hacia el agua.
El primero en reaccionar fue Haru. Se lanzó hacia adelante y echó a correr, algo que pensaría mucho más tarde de que sus piernas actuaran por él. Saltó sobre el pedazo inclinado de asfalto, resbaló por la carretera y tropezó directo a su amiga. Cuando ella llegó al borde, Uzusame se dio cuenta de que no sabría frenar. No podría frenar.
Pero podría salvar a Itsuka.
Así que estiró un brazo hacia ella y le agarró la mano. Con todas sus fuerzas la tiró hacia atrás y, sin planteárselo dos veces, lanzó una palmada al aire.
Una vez más, el contacto con su singularidad lanzó sus dedos hacia atrás e hizo estallar el espacio entre él y Kendo. La chica salió despedida hacia arriba, donde Bondo y Vlad King lograron agarrarla, pero precipitó a Haru al vacío. Y mientras caía sintió… dos brazos finos rodearle la cintura y tirar de él.
La colisión contra la superficie del agua fue mucho más dura de lo que Haru había esperado. El impacto le dobló la espalda, le golpeó la barbilla contra el pecho y le robó el aire de los pulmones. A pesar de los dedos magullados, Uzusame llevó las manos a los brazos que lo agarraban y tiró de ellos mientras el pánico se apoderaba de él.
Tras hundirse varios metros, sin embargo, su opresora lo soltó.
El chico se dio media vuelta en el agua, dispuesto a propulsarse con la mano sana hacia arriba, pero entonces sus ojos rosados se encontraron con los de la criatura… y todo se detuvo.
Ella levantó las manos, sus ojos azules temblorosos de dolor y dudas. Sus retinas inyectadas en sangre, sus párpados hinchados, amenazaban con hacer llorar a una criatura que no podría derramar lágrimas. Le temblaban los dedos, pero la sirena logró, poco a poco, hacerlos obedecer.
"Ha… ru…", signó.
A él se le escaparon sus propias manos.
"Amelia."
"Estás vivo… "
Él iba a responder, pero levantó la cabeza al oír una voz conocida amortiguada por el peso del agua. Al otro lado de la superficie, Tetsutetsu se había asomado al borde y lo buscaba con la mirada. No. Oh, no.
Amelia, sin embargo, no perdió un segundo. Con manos gomosas agarró el cuello de Uzusame y lo arrastró hacia abajo, lo que le robó en un grito todo el aire que le quedaba en los pulmones. Encogió el cuerpo y enroscó la cola alrededor de sus piernas para inmovilizarlo, y luego le cogió las muñecas mientras ambos se hundían río abajo.
Haru se resistió. Se sacudió furiosamente, pataleó, contuvo el aliento tanto como pudo y trató de evitar que el nudo de terror en la garganta le hiciera bajar la guardia. Quería usar su don, pero el férreo agarre de ella no le permitiría librarse tan fácilmente.
Pero entonces Amelia le aferró la mandíbula, se la abrió, y él perdió la batalla.
El agua entró en sus pulmones como un torrente y le llenó el pecho, la nariz, la garganta. El joven se retorció de terror, trató de impulsarse al exterior, levantó una mano hecha trizas a la silueta borrosa de Tetsutetsu en la superficie… pero, poco a poco, la cordura lo abandonó y él se hundió en la oscuridad.
El mundo perdió definición frente a sus ojos. Los instintos, el frío, el miedo, se abrieron paso como fuego en sus venas. Le retorcieron el cuerpo en el agua y lo obligaron a llevarse las manos a la ropa.
Amelia, que lo observaba con un brillo indescifrable en la mirada, aflojó su agarre y se apartó. El joven se tiraba de la ropa insistentemente, como si fuera esta la que lo ataba al agua. Le sobraba, le sobraba. Toda aquella ropa era innecesaria, pesada, inútil. Lo ahogaba, lo apresaba. Él no tenía frío. Él no tenía miedo al agua. Él era el agua.
La sirena dio un aletazo y se alejó de él. Observó cómo sus piernas se sacudían cada vez menos, cómo su piel se cubría de una capa blanquecina de grasa y tras sus rodillas crecía un enfermizo brillo irisado.
Llevaba mucho sin ver las aletas de Haru.
Cegado por el dolor de la transformación forzada, el tritón levantó la mirada arriba. Una figura humana. Sin poder pensarlo se lanzó hacia arriba, propulsado por sus poderosas aletas, y saltó fuera del agua para agarrar el rostro del desconocido. Sus dedos se cerraron sobre el pelo de Tetsutetsu, se enredaron bajo su nuca, y Haru tiró de él para abocarlo con él al río.
Tetsutetsu chocó contra el agua con una violencia nueva incluso para él. Haru levantó la cola negruzca y la enrolló en las piernas del joven para inmovilizarlo, dispuesto a arrastrarlos a ambos al lecho del río. El otro, sin embargo, todavía era incapaz de reaccionar. Había tomado la precaución de coger aire, pero ahora se había perdido en los ojos de Haru con la garganta llena de preguntas.
Levantó una mano al rostro de su amigo, que le resultó extrañamente gomoso. Acarició su mejilla, su pómulo, y pasó los dedos por las marcas profundas de su cuello. Tal vez sí fueran branquias, si los tritones tenían de eso. Entonces volvió a perderse en sus ojos rosados. Desencajados, perdidos.
Entonces fue consciente de que iba a morir. Y sonrió.
"Eres impresionante."
Cuando se le escapó la última burbuja de aire de los pulmones, sin embargo, Tetsutetsu sintió un nudo en la garganta que lo amenazó con hacerlo llorar. No, los hombres no lloraban por algo como la muerte. Así que acarició de nuevo la mandíbula de Haru, que ahora se había quedado prendado de sus ojos, y se acercó a sus labios.
Tetsutetsu nunca había pensado que su primer —y último— beso ocurriría en aquella situación. Sin aire, abrazado a un tritón, ambos hundiéndose por su peso hasta un autocar encastado en la parte más profunda de un río. Pero se abandonó a aquello. Se fundió en unos labios que poco a poco le respondieron, acarició unos brazos que se movieron para aferrarle los hombros y que se abrazaron a él.
La piel de Haru estaba tremendamente fría…
Pero entonces hubo un cambio.
La cola negruzca se desenroscó de sus piernas, y Uzusame apoyó las manos en el pecho de un Tetsutetsu tremendamente débil para evitar que siguiera hundiéndose. Él trató de bracear, de nadar hacia arriba con la ayuda del tritón, con los dientes serrados de esfuerzo para tratar de contrarrestar el peso de su metal. Sin embargo, el esfuerzo acabó agotándolo y lo hizo volverse hacia el chico con una sonrisa torcida por el miedo. Mientras despertaba de su trance, Haru solamente podía mirar aquel rostro que nunca, jamás, le culparía por aquello.
No, no, no.
"Te quiero. ¡Te quiero!"
Tetsutetsu sonrió y le cogió las manos con las que él le signaba, pero la fuerza lo abandonó entonces y le hizo cerrar los ojos. Haru, desesperado, se impulsó con toda la fuerza con la que logró agitar las aletas y lo empujó hacia arriba… pero Tetsutetsu pesaba demasiado. Sin nada que lo ayudara a flotar, el joven se hundía sin remedio, y nada de lo que el tritón intentara funcionaba para levantarlo del suelo, incluso a pesar de los sutiles intentos del joven por ayudarlo. Haru le agarró un brazo y tiró desesperadamente, serrando los dientes desconsolado mientras las fuerzas le fallaban.
Entonces, el joven de metal le cogió ambas muñecas y lo atrajo muy sutilmente hacia sí. Lo rodeó con los brazos, hundió el rostro junto a su cuello y se rindió.
Pero Haru se negaba.
Se aferró al cuerpo agarrotado de su otra mitad y empujó su singularidad con todas sus fuerzas, ignorando el dolor desgarrador de sus dedos. La corriente se disparó hacia arriba y los levantó del lecho del río, pero el peso de Tetsutetsu volvía a arrastrarlos irremediablemente hacia abajo.
Haru no iba a rendirse.
Abrazado al cuerpo frío del joven, Uzusame agitó la cola con todas sus fuerzas, alternando su singularidad, sus aletas, su singularidad, sus aletas. Los dedos le dolían, le escocía el pecho y le sangraban los brazos de rascarlos contra el suelo, pero no se permitió detenerse. Levantó una mano, que le tembló como una llama bajo un huracán, y logró disparar una corriente ascendente con todas sus fuerzas… antes de rendirse y caer de nuevo al fondo.
Enroscado como una serpiente rendida, Haru miraba arriba, sobre sus cabezas… hasta que la silueta de dos pares de cuernos se estrelló contra la superficie del agua y buscó en su trayectoria a los dos jóvenes. Haru los agarró con la mano libre y colgó de ellos a Tetsutetsu; luego a sí mismo, y dio un tirón para suplicar a Pony que los ayudara a subir.
Después, vides. Las plantas se metieron en el agua como un torrente de espinas y se agarraron al brazo de Haru, que arrugó el gesto de dolor pero tiró con fuerza hacia arriba.
El tritón abrió una boca que no pudo gritar.
No te rindas, por favor. No te rindas. Lo siento.
Tras lo que pareció una eternidad, ambos atravesaron la superficie del agua. Haru tomó una generosa bocanada de aire y estrechó el agarre de su cola sobre el cuerpo inerte de Tetsutetsu. Los sollozos le acuchillaron los pulmones, y las lágrimas le brotaron de los ojos a borbotones.
Ayudadle . Quería gritar. Pero, si se transformaba para hablar, lo soltaría. Y no lo dejaría caer otra vez.
Poco después, las vides de Shiozaki y los cuernos de Pony dejaron caer los cuerpos de los dos estudiantes al suelo. Haru se desenroscó inmediatamente de Tetsutetsu, sollozando histéricamente, y mientras los médicos se apresuraban a asistir al joven de metal Sheziss y Eleonora corrieron hasta Uzusame.
Eleonora abrazó al chico, lo levantó del suelo y le acarició el rostro amarado de lágrmias.
—Ya está… Ya está, hijo mío…
Sheziss se quitó la chaqueta y la colocó sobre Haru, que volvió a su forma humana entre sollozos de dolor y de miedo.
—Lo siento —logró decir en cuanto recuperó la voz—. Lo siento mucho, me ha obligado… Me ha obligado a transformarme y no supe lo que hacía. No quería, lo siento…
Eleonora obligó al chico a callar presionándole el rostro contra su pecho, para que la tela de su sudadera amortiguara su respiración agitada. Le peinó el pelo con los dedos, susurrándole, calmándolo.
—Tetsutetsu está bien —murmuró mientras lo acunaba—. Está vivo.
Haru estalló en un lamento de alivio y dolor, y Sheziss se arrodilló a su lado para abrazarlo también. Sekijiro, poco más atrás, detuvo su conversación con las autoridades para llamar a Yui Kodai a su lado. Tras algunas indicaciones, la chica se acercó dubitativamente a Haru y se agachó a su lado.
—Con permiso…
Rozó con los dedos la chaqueta de Sheziss, que aumentó de tamaño, y la usó para arropar a Uzusame con dulzura. Itsuka corrió hasta ellos y se tiró al suelo. Tenía heridas en los brazos y en una rodilla, pero ya se las habían tratado.
—¡Haru! ¿Cómo estás?
—Lo siento… —murmuró él.
Ella le acarició la frente. Sus ojos se distrajeron en el brazo ensangrentado del chico y sus dedos hechos trizas, pero apartó la mirada tan rápido como pudo.
—Está bien. No lo has hecho a propósito. Tetsutetsu se recuperará, siempre lo hace. —Entonces hizo una pausa y levantó una mirada fugaz a Eleonora y Sheziss antes de volver a centrarse en su amigo—. ¿Qué… ha pasado, exactamente?
Él logró dejar de sollozar. Tragó saliva, todavía tembloroso de miedo.
—Ahí abajo estaba… mi hermana.
La vampiresa levantó inmediatamente la mirada a la de Eleonora.
—¿Su hermana? ¿Tú sabías esto?
Haru se volvió hacia ella, pero estaba demasiado cansado como para hacer preguntas. Dejó que el espíritu le acariciara los dedos ensangrentados mientras los médicos se abrían paso hasta ellos.
—Sí.
—
Al día siguiente, los informes del incidente llegaron a un despacho de la zona rica de Musutafu. Unas manos enguantadas los recogieron con una caricia ceremoniosa, y el hombre tras el escritorio se echó atrás en su silla para leerlos en silencio. Se llevó a la boca un pincho de pulpo, tal vez demasiado caliente todavía para comerlo, y lo mordisqueó con gesto ausente. Bueno… informes así no se leían todos los días.
Tras dejar de nuevo los papeles en su mesa, Kitai dejó otra vez el pincho en su plato y se levantó. Acalorado por un súbito sofoco, soltó un gemido y se abrió los botones de la camisa mientras se llevaba a la boca los dedos bañados en salsa. Una bocanada de vapor le escapó de entre los labios en una mueca de placer, y se volvió de nuevo hacia los papeles.
—Así que un tritón, ¿eh…?
—
Fin del tomo 1 de Estrellas y Sombras
