Harry estaba subiendo a la última planta del edificio de oficinas donde le había encantado trabajar. Realmente le gustaba su trabajo, y la carta de renuncia que llevaba en la mano le pesaba mucho más de los escasos gramos que pensaba el papel.

Draco Malfoy era un jefe duro, pero justo, y aunque exigente le había gustado ser su secretario por aquellos siete meses.

Estaba tan acostumbrado a entrar de los primeros a la oficina que la inercia de los hábitos le habían hecho llegar en su último día igualmente temprano.

Las mesas en el departamento de recursos humanos seguían vacías, y pocos eran los compañeros que aparecían a esas horas.

Quizás era lo mejor, miró su reloj y fue cuando lo sintió. Una nueva oleada de feromonas omegas inundando sus fosas nasales.

Había tenido una noche de continuas pesadillas, porque el deseo que sentía por su jefe, y no poderlo tener consigo como su alfa le demandaba, había plagado su noche de muerte y destrucción.

No se había dado cuenta, pero su carta de renuncia estaba arrugada dentro de su puño. Notaba el gruñido que quería salir de su garganta, pero que tragó a duras penas.

Sabía donde estaba, lo sabía perfectamente, pero nada le preparó para encontrarlo agarrado a su mesa con claros síntomas de dolor cuando abrió la puerta de su despacho.

El reguero de flujos que bajaban por sus piernas ya encharcaba el suelo, cuando Draco Malfoy le vio lloriqueó de ese modo que solo había conocido el día anterior, pero que jamás podría olvidar.

No era su omega, ni siquiera iba a seguir siendo su jefe, y sin embargo era incapaz de no quererlo para sí.

Llegó hasta él cubriéndolo con su cuerpo, soltando todas sus feromonas alfas que relajaron al omega en el momento.

—No, no puedo—gemía el omega, no era a Harry, no era al alfa, era algo que se decía a sí mismo.

Harry se había sentido tan mal marchándose de su despacho el día antes, tan equivocado como hacía años que no lo hacía.

Ojalá no hubiera sido él, llegó a pensar en lo absurdo de su noche, pero sintiendo como Malfoy se acoplaba perfectamente a su cuerpo de nuevo, como lo protegía con sus brazos, supo que no quería que fuera nadie más quien tuviera al omega así.

—Otra vez no—gemía el omega desconsolado, Harry muy a su pesar iba a quitarse de encima suya, pero Draco le agarró por los antebrazos en un débil reclamo de protección. Harry lo giró contra su pecho y lo cargó contra su cuerpo, susurrándole palabras de consuelo.

Un omega en celo tardaba en el mejor de los casos tres días en acabar con su ciclo, bajo ninguna circunstancia Malfoy debería haber ido ese día a la oficina, pero Harry conocía a su jefe, y ni siquiera un celo descontrolado acabaría con sus obligaciones.

Salvo que nada estaba ocurriendo como él quería. Besó sus cejas fruncidas entre rabia y dolor, su entrepierna estaba dura como una piedra, y los fluidos no hacían más que invitarlo a destrozarle la ropa y meterse en su interior.

Pero algo que dijo el omega le hizo cambiar de parecer.

—Aquí no, por favor.

Harry nunca había tenido un omega, difícilmente se había podido mantener a sí mismo, como para poder hacerlo con un omega y una camada de cachorros. No había sido el momento, o eso se había dicho siempre. Ahora dudaba de todo lo que había pensado alguna vez en su vida, quería a ese omega para sí, aunque nunca pudiera ser suyo, aunque este jamás pudiera escogerle estando en sus cinco sentidos.

—Sácame de aquí—gimió el omega lamiendo la glándula que Harry tenía en su cuello y contra la que le había hecho frotarse para encontrar consuelo.

Harry no sabía de omegas, pero sí sabía de ese omega.

Cargó en sus brazos al rubio, el día anterior había sido tarde, pero los empleados estaban a punto de llegar, y aquello sería una catástrofe, quizás no para él, pero sí para el omega hijo del jefe y que se había granjeado una fama nada inmerecida de completa frialdad.

—Alfa—escuchó contra su cuello.

Harry no lo pensó más y cargando a su jefe en brazos, abrió la puerta y en grandes zancadas lo llevó a los ascensores. Tenía que sacarlo de allí, pero no sabía cómo, no había pensado en cómo cuando sintió algo duro en su mano. Malfoy le había colocado la llave de su carísimo coche que rara vez el omega conducía él mismo.

Llegó a los aparcamientos con Malfoy lamiendo su glándula, le costó desprenderlo de sí mismo, le costó porque ni él mismo quería que se despegara.

Accionó el mando incorporado a la llave y vio las luces del coche parpadear un par de veces, le ayudó a subir y luego él, cruzando por detrás, llegó al lado del conductor.

Al cerrar la puerta ambos quedaron sumergidos en el aroma penetrante. Harry agarró el volante, muy fuerte. No era el lugar, no debía ser aquel lugar.

Pero el omega no le dio ningún tipo de opción y se sentó sobre él. Habían roto una barrera el día anterior, y todas las reticencias de Malfoy se habían ido, ahora era un omega necesitado y que no luchaba contra él. Harry acarició su nunca, le reconocía como alfa, y no podría ser peor candidato para alguien como Draco Malfoy. Pero no podía dejarlo.

No cuando le necesitaba de esa forma.

Dudando con el rubio en su regazo no supo que hacer, debía llevarlo a su casa, protegerlo de otros alfas que quisieran poseerlo, no lo había marcado y sus colmillos le dolían en las encías de pura necesidad.

Sabía perfectamente donde vivía su jefe, de hecho sabía todo, o casi todo lo que se tenía que saber sobre él, puso en marcha el motor y comenzó la marcha sin que el omega se bajara de su regazo sin dejar de frotarse contra su entrepierna sensible.

La zona donde se encontraba la mansión Malfoy era la más selecta y costosa de la ciudad, un barrio donde a Harry nunca se le hubiera ocurrido ir, y sin embargo, no lo sentía adecuado para el omega, todos los instintos de Harry se pusieron alerta. Y cuando estuvieron delante de la imponente mansión, notó como Draco dejaba de lamerle para envararse sobre él.

—No—gimió compungido—No.—Volvió a pegarse a Harry sin ningún tipo de rastro sexual, sino con la pura necesidad de ser protegido por el alfa.

Harry pisó el acelerador y lo sacó de allí, ¿en qué momento pensó que iba a poder separarse de él en ese estado?

El deterioro en las calles de la ciudad se iba notando a medida que ponía distancia entre el barrio de Malfoy y el suyo.

La vibración del motor cesó cuando Harry apagó el contacto del coche, el exterior no podía ser más distinto, pero el ambiente dentro del coche era mucho mejor, el omega ronroneaba pidiendo ser atendido.

Harry lo acariciaba, y miraba hacia el bloque de pisos donde vivía.

Abrió la puerta, y salió con el omega sobre él, era temprano, pero no eran los únicos en la calle, y apretó el rostro del omega contra su pecho. No quería que nadie lo viera y estaba seguro que Malfoy no quería ser visto por nada del mundo.

Subió las escaleras hasta el tercer piso a grandes zancadas, ir con un omega en celo era el detonante perfecto para una lucha entre alfas, pero con un fuerte gruñido Harry espantó a todo aquel que osó tan si quiera mirarlos.

Nadie nunca le había visto así, era un alfa tranquilo y solitario pero amable, sin embargo, cargando a su omega sería capaz de matar a cualquiera que se les acercara.

Abrió rápidamente su puerta cerrándola con llave después, mientras el omega gimoteaba desesperado, lo notaba respirar tan aceleradamente que lo separó para mirarlo. Las aletas de su nariz se abrían y cerraban, y un fuerte chorro de su lubricación los empapó a los dos. Todo olía a Harry, y Draco le besó bajándose con dificultad sus pantalones levemente para que le penetrara.

Aquella vez Harry no le pidió que le reconociera, ya lo había hecho, ya le había cedido todo el control desde que entró por la puerta de su despacho.

Maniobrando con dificultad sacó su pene hinchado y lo penetró de ese modo, en la puerta de su casa, y completamente vestidos.

El omega le ofreció su cuello, y Harry lo mordisqueó, no sabía cuánto autocontrol iba a poder seguir teniendo para no marcarlo si se seguía ofreciendo así.


Draco estaba hecho un ovillo en una cama ajena, pero que olía tan bien que no quería salir de ella nunca más. Estaba exhausto, pero también se sentía completo, completo en un lugar que ni siquiera sabía hubiera estado vacío.

Aspiró el olor de las sábanas una vez más hasta que su mente racional pateó al omega dentro de él.

Las piernas le temblaron, las manos le temblaron, él mismo era un cúmulo de temblores desnudo. Sabía perfectamente de quien era ese olor, y de quién era esa casa aunque nunca hubiera estado allí. Notó su vientre inflamado, se lo acarició sabiendo que estaba completamente lleno del semen del alfa que lo había tomado una y otra vez.

Tenía que levantarse, expulsarlo e irse rápidamente de allí.

Lo que había pasado volvía rápidamente a él, el calor y el dolor que había vuelto a sentir en su vientre, su secretario sacándolo de las oficinas, llevándolo a su casa, follándolo sin compasión.

Y como durante todo ese tiempo Draco no había querido otra cosa más que pertenecerle, ser suyo, y que ese alfa fuera suyo para siempre. Como le ofrecía su cuello, como el mismo mordía su piel firme y dorada, como le suplicaba una y otra vez que no dejara de montarlo.

Llevó sus manos a su rostro avergonzado, odiaba los celos que convertían a los omegas en eso, en algo que Draco nunca querría ser.

Tocó su cuello y su glándula intacta, se alegró y desilusionó a parte iguales.

Tenía que irse de allí, trataba de llegar a la puerta de la habitación pero esta se abrió antes de que él pudiera salir.

Su secretario llevaba algo en las manos, lo olió antes de verlo, era comida, mucha y apetitosa comida que había hecho para él.

Esa mañana había tomado los supresores, nunca había pasado un celo sin ellos, nunca había sentido lo que desde el día anterior ese celo le había provocado. Pero los supresores no servían, no habían servido.

Harry se veía dubitativo en la puerta, no esperaba encontrarlo incorporado. Draco quería odiarlo, odiarlo como el alfa que le había tomado incontables veces, pero no podía, en el fondo no podía, porque no era ningún alfa que hubiera abusado de un omega como tantos. Y se sentó agotado a los pies de la cama.

El alfa dejó la bandeja en el otro lado y se acercó a él.

—¿Estás bien?—preguntó Harry dulcemente, quiso tomarlo entre sus brazos, pero Draco se negó a su contacto y un aroma intenso se coló por las fosas nasales de Draco.

—Le he traído algo de comer, señor Malfoy. Cuando quiera le puedo llevar a su casa.

El tono profesional de Harry se sentía equivocado, pero Draco solo asintió.
Su secretario era alguien realmente eficiente, era algo que le había distinguido del resto de sus anteriores empleados. Diligente y servicial, y nunca le había mirado por encima del hombro ni con ese deseo insano que los omegas se llevaban gratuitamente.

Al menos, hasta la tarde anterior.

Harry le ayudó a vestirse, le había lavado la ropa sucia de su celo, pero se movía a su lado serio.

Draco no quería ni mirarlo, la vergüenza junto a otro sentimiento, uno demasiado cercano a la necesidad se lo impedían.

Subió a su coche que desentonaba en aquel barrio tan deprimente, Harry lo conducía en silencio. Suavemente, sin la brusquedad que la cantidad de caballos de potencia que la máquina podía ofrecerle.

Draco se concentró en las calles con tal de no reproducir lo que habían vivido en aquel coche antes, Draco sobre su regazo. Draco oliendo, lamiendo, gimiendo por él. Draco delante de la puerta de su mansión pidiéndole que se lo llevara de allí, y ahora viendo como Harry descendía de su coche una vez que habían traspasado las verjas de seguridad.

Harry abriéndole la puerta y ayudándole a bajar con cuidado, Harry tan grande como un alfa podía ser y completamente humillado cuando Draco le ofreció una importante cantidad de dinero por su ayuda.

—Cuídese, señor Malfoy—fue lo único que le dijo el alfa cuando se encaminaba a pie a la puerta de entrada para desaparecer de su vida.

Draco entró en su mansión, y la sintió fría y desagradable en todo su esplendor.

Instintivamente buscó el aroma del alfa en su piel, en su ropa, pero se iba poco a poco, se iba porque este no le había marcado, ni lo haría nunca.

Draco se encerró en su habitación, se metió en su cama, y soñó con su alfa.