La vida da muchas vueltas, es verdad. Todo lo que se construyó puede ser derrumbado. Todo por lo que se luchó puede ser perdido. Percy Jackson creyó haber pagado la cuota de problemas para su vida. Creía que por fin podría llevar la típica vida de una semidiosa moderna. Luchar contra monstruos, ir a la escuela y soportar el peso de la dislexia y el THDA, disfrutar a sus amigos, a su novio y a su familia. Creyó que podría estar en paz. Pero una maldición derrumbó todo y la dejó a la deriva. Una maldición a simple vista sencilla de evadir, si se tomaba a la ligera, pero desastrosa si se analizan las consecuencias. Esta era una amenaza diferente a todas las que alguna vez enfrentó. Una que no podría solucionar con su adorada espada e ingenioso sarcasmo. Porque era un ataque directo e inevitable. Un ataque físico y un ataque emocional, todo a la vez. Un ataque que podría despedazarla a la mínima oportunidad.
No era una amenaza cualquiera, y eso dolía más de lo que esperaba. Acababa de enterarse y ya lo estaba perdiendo. Lo amaba incluso cuando sabía que hacerlo haría que todo se derrumbara. Lo amaba más que a la vida misma. No podía hacerle daño, no podía perderlo. Iba a luchar de la forma en que se le presentara. Y la verdad es que para salvarlo debía de dejar todo; a su novio, que finalmente creía que tenía la oportunidad de ser plenamente feliz; a su familia, que la había apoyado desde el inicio; a sus amigos, que habían luchado a su lado, que habrían dado su vida por ella. Debía dejarlos si quería salvar a ese bebé que crecía en su interior.
E iba hacerlo. Su bebé merecía vivir. Una maldición no le quitaría la vida a su hijo si tenía la oportunidad de salvarlo. No sabía cómo, y no sabía si lo lograría. Pero debía intentarlo. Quería intentarlo. Ese pequeño bebé era parte del hombre que amaba y parte de ella, no iba a rendirse tan fácil. Era Percy Jackson, era la hija de Poseidón, la mestiza de la profecía y la líder de los semidioses. No iba a dejarse amedrentar. Nadie podía hacerla caer. Salvaría a su bebé costase lo que costase.
Nació con la victoria en las venas. Con el amor, la lucha y el poder en el corazón. No sabían lo contraproducente que podía ser una amenaza, y ella se los demostraría. Tendría a su bebé, lo cuidaría y lo criaría como un digno nieto del mar e hijo del sol. Nadie podía elegir su destino, ella debía hacerlo. Y a todos les quedaría claro. Ya fuera en Nueva York, en Alaska o en el mismísimo Olimpo. Percy Jackson no estaba para juegos, porque ella siempre era la ganadora.
Un bebé. Una maldición. Un destino por descubrir. Un nuevo hogar. Y una nueva vida.
Percy está decidida. Y nada la haría cambiar de parecer. Nada.
Los personajes son propiedad exclusiva de Rick Riordan, pero la trama de este fanfic fue creada cien por ciento por mí.
