Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la escritora Jennifer Niven, yo solo hago la adaptación. Advertencia: alrededor de esta historia se tocan algunos temas delicados como ansiedad, depresión, suicido, bullyng, etc. se recomienda estar consciente de ello a la hora de leer. Pueden encontrar el libro a la venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.


Bella

A 147-146 días de la libertad

La mañana siguiente. Mi casa. Salgo por la puerta y me encuentro a Edward tumbado en el césped, los ojos cerrados, las botas negras cruzadas a la altura de los tobillos. La bicicleta descansa a su lado, entre la acera y el césped.

Doy un puntapié a la suela de una bota.

—¿Te has pasado toda la noche aquí?

Abre los ojos.

—¿Así que sabes que vine? Es difícil adivinarlo cuando uno se ve ignorado aun haciendo, si se me permite el comentario, un frío polar. —se incorpora, se carga la mochila a la espalda y levanta la bicicleta—. ¿Más pesadillas?

—No.

Mientras saco a Esmer del garaje, Edward recorre la acera arriba y abajo con su bici.

—¿Así que adónde vamos?

—Al instituto.

—Me refiero a mañana, cuando vayamos de excursión. A menos que tengas planes más importantes.

Lo dice como si supiera que no los tengo. Pienso en Ryan y el autocine. No le he dicho todavía ni que sí ni que no.

—No sé si estaré libre mañana.

Nos ponemos en marcha, Edward acelerando, dando media vuelta, acelerando de nuevo, luego otra media vuelta.

El recorrido es tranquilo hasta que dice:

—Estaba pensando que, como tu pareja de trabajo y chico que te salvó la vida, debería saber qué pasó la noche del accidente.

Esmer se tambalea y Edward estira el brazo para que la bicicleta y yo mantengamos el equilibrio.

Me recorre de nuevo la corriente eléctrica, como el otro día, y recupero la estabilidad. Rodamos un minuto con la mano de Edward sujetando mi sillín por detrás. Mantengo los ojos bien abiertos por si aparecen Rosalie o Lauren, porque sé qué pensarían.

—¿Qué sucedió? —aborrezco que saque a relucir el accidente así sin más, como si no pasara nada por hablar del tema—. Te contaré cómo me hice la cicatriz si tú me cuentas lo de esa noche.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque me gustas. No en plan romántico, ni «anda, liémonos», sino como compañera de geografía de Estados Unidos. Y porque te iría bien hablar sobre ello.

—Tú primero.

—Estaba actuando en Chicago con unos tipos que conocí en un bar. Me dijeron: «Hola, tío, nuestro guitarrista se ha largado y parece que sabes moverte en el escenario». De modo que subí, sin tener ni idea de lo que yo hacía, de lo que ellos hacían, pero nos enrollamos. Yo era más bueno que Hendrix... Lo sabían, y el antiguo guitarrista de la banda también lo sabía. De modo que el hijo de puta fue directo a por mí y me abrió un tajo con su púa de guitarra.

—¿De verdad fue eso?

Ya se ve el instituto. Hay chicos que salen de los coches y esperan por los jardines antes de entrar.

—Es posible que hubiera también una chica de por medio. —por su expresión no sé si me esto tomando el pelo o no, pero estoy casi segura de que es así—. Tu turno.

—Solo después de que me cuentes qué sucedió de verdad.

Pedaleo con fuerza y acelero en dirección al aparcamiento de bicicletas. Cuando me detengo, Edward está justo detrás, partiéndose de la risa. Oigo el teléfono que no para de sonar en el bolsillo. Lo saco y veo que hay cinco mensajes de Lauren, todos iguales: «¿Edward el Friki? ¿De qué huevos va esto, tía?». Miro a mí alrededor pero no la veo por ninguna parte.

—Hasta mañana. —me dice.

—La verdad es que tengo planes.

Mira el teléfono y luego me mira a mí, lanzándome una mirada difícil de interpretar.

—De acuerdo. Está bien. Nos vemos, Ultrabella.

—¿Qué me has llamado?

—Ya me has oído.

—El instituto es por ahí. —digo, señalando el edificio.

—Lo sé.

Y se marcha en dirección contraria.

Sábado. Mi casa. Estoy al teléfono con Lynn Etkind, la periodista del periódico local, que pretende enviar a alguien para que me haga una fotografía.

—¿Qué se siente sabiendo que le has salvado la vida a alguien? —me dice—. Conozco, por supuesto, la terrible tragedia que sufriste el año pasado. ¿Te ha servido esto, en algún sentido, para darla por cerrada?

—¿En qué sentido podría ayudarme esto a darla por cerrada?

—Pues por el hecho de no haber podido salvarle la vida a tu hermana pero sí a ese chico, Edward Cullen...

Le cuelgo. «Como si fueran exactamente lo mismo, y además, no soy yo quien salvó una vida».

El héroe es Edward, no yo. Yo no soy más que una chica que finge ser una heroína.

Sigo furiosa cuando llega Ryan, cinco minutos más pronto. Vamos caminando al autocine porque está solo a un kilómetro y medio de casa. Mantengo las manos sumergidas en los bolsillos del abrigo, pero al caminar nuestros brazos se rozan. Vuelve a ser como una primera cita.

En el cine nos encontramos con Rosalie y Mike, que están dentro del coche de Mike. Tiene un viejo Chevy Impala enorme, más grande que una manzana de casas. Lo llama «El coche juerga», porque deben de caber dentro unas sesenta y cinco personas.

Ryan abre la puerta de atrás y entro. El Impala está aparcado y no me pasa nada si subo, aunque huele a humo, comida rápida rancia y, débilmente, a vómito. Creo que solo sentándome ahí dentro estoy incurriendo en años de daños como fumadora pasiva.

La película va sobre un monstruo japonés, en sesión doble, y antes de que empiece, Ryan, Mike y Rosalie hablan sobre lo maravilloso que será ir a la universidad (todos van a ir a la Washington University). Entre tanto, pienso en Lynn Etkind, en Nueva York y las vacaciones de primavera y en lo mal que me siento por haberle dado largas a Edward y haber sido maleducada con él cuando me ha salvado la vida. Haber ido de excursión con él habría sido más divertido que esto. Cualquier cosa sería más divertida que esto.

En el coche hace calor y está cargado de humo a pesar de que tenemos las ventanillas bajadas, y cuando empieza la segunda película, Mike y Rosalie se tumban en el enorme asiento delantero y se quedan casi completamente quietos. Casi. De vez en cuando capto el sonido de un chupetón, un beso sonoro, como si dos perros hambrientos estuvieran relamiendo el recipiente de la comida.

Intento mirar la pantalla, y viendo que no funciona pruebo a escribir mentalmente la escena: «La cabeza de Rosalie asoma por encima del asiento, la camisa abierta de tal modo que le veo el sujetador, que es de color azul celeste con florecitas amarillas. Noto la imagen quemándome las retinas, donde permanecerá eternamente...».

Hay demasiadas distracciones e intento hablar con Ryan, superando los ruiditos, pero él está más interesado en meterme mano por debajo de la camiseta. He conseguido cumplir diecisiete años, ocho meses, dos semanas y un día sin mantener relaciones sexuales en el asiento trasero de un Impala (o donde sea, de hecho), de manera que le digo que me muero de ganas de contemplar el paisaje y abro la puerta y salgo. Estamos rodeados de coches y, más allá, de campos de maíz. No hay paisaje excepto arriba. Echo la cabeza hacia atrás, fascinada de repente por las estrellas. Ryan sale detrás de mí y finjo conocer las constelaciones, las señalo e invento historias sobre todas ellas.

Me pregunto qué estará haciendo Edward. Tal vez esté tocando la guitarra en algún sitio. Tal vez esté con una chica. Le debo una excursión y, de hecho, mucho más que eso. No quiero que piense que hoy lo he dejado plantado por mis supuestos amigos. Tomo mentalmente nota de investigar, en cuanto llegue a casa, adónde podemos ir de excursión. (Términos de búsqueda: atracciones excepcionales de Indiana, fuera de lo normal en Washington, Washington única, Washington excéntrica.) Y tendría que hacerme también con una copia del mapa para asegurarme de que no duplico ninguna cosa.

Ryan me rodea con el brazo y me besa y, durante un momento, lo beso también. Retrocedo en el tiempo, y en lugar de en el Impala, estoy en el Jeep del hermano de Ryan, y en vez de Mike y Rosalie, son Eli Cross y Esme, y estamos en el autocine viendo La jungla de cristal en sesión doble.

Las manos de Ryan vuelven a deslizarse por debajo de mi camiseta y me aparto. El Impala ha vuelto. Mike y Rosalie han vuelto. La película del monstruo ha vuelto.

—Siento mucho tener que decírtelo —le informo—, pero me han impuesto un toque de queda.

—¿Desde cuándo? —entonces parece recordar algo—. Lo siento, B.

Y sé que está pensando que es por lo del accidente.

Ryan se ofrece a acompañarme, aunque le digo que no, que estoy bien, que no pasa nada. Lo hace de todas formas.

—Me lo he pasado muy bien. —dice al llegar a casa.

—Yo también.

—Te llamaré.

—Estupendo.

Se inclina para darme un beso de buenas noches y yo giro un poco la cara para que solo me lo dé en la mejilla. Se queda allí plantado y entro en casa.


Las cosas no fueron tan bien como Bella pensaba, es lo que pasa cando un suceso te cambia, no solo la vida, sino también como persona. Creo que a Bella se le cayó una venda de los ojos, y de repente se vio rodeada de cosas sin sentido, vánales y superficiales. Y entre todo eso, tenemos a Edward, que la impulsa a abrir camino a esta nueva Bella.

Las leo en los reviews siempre (me encanta leerlas) y recuerden que: #DejarUnReviewNoCuestaNada.

Ariam. R.


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